Akano 01 - Preludio

– ¡¿Cómo que no sabéis donde está?!

– Volverá – sentenció Kumaru, con una falsa expresión de seguridad que no podía ocultar la preocupación que a él también le invadía. – Lo prometió.

– ¿"Lo prometió"? – gritó de nuevo Rin. – ¡Menuda justificación! ¡¿No lo entiendes?! ¡Es mi marido! – terminó entre sollozos.

Habían pasado ya tres días desde la batalla y Sadoq aún no había regresado al Sereitei o a la mansión Akano. Como era natural, su esposa estaba atacada de los nervios ante la desaparición del Teniente de la Sexta División. De confirmarse los temores que afirmaban que su ausencia significaba su muerte, el heredero de los Ashartîm y su padre, el jefe de la casa, eran las únicas bajas entre los Capitanes y Tenientes tras la batalla.

Sí, era cierto, Xabier Suddley había tenido que sufrir la amputación de su pierna izquierda y, nunca más, podría volver a ejercer como Capitán, pero, como él bien se había encargado a los muchos que le visitaban para expresarle sus condolencias, seguía vivo y eso era lo más importantes. A partir de entonces, según afirmaban los rumores, sería el Director de la Academia, puesto que llevaba vacante desde poco después del comienzo de aquella feroz guerra que había devastado por completo la Sociedad de Almas y diezmado el Gotei 13.

De forma que pudieran cumplir la promesa, siempre había alguien en la mansión Akano, para que no estuviera vacía cuando regresase Sadoq conforme habían pactado antes de avanzar sobre el Valle del Gran Sol. Cuando les era posible, pues eran momentos de gran agitación en el Sereitei, los tres permanecían allí. Si no, hacían turnos.

Aquella noche nevaba y los bosques que rodeaban la mansión estaban cubiertos por aquel manto albino que refulgía bajo los pocos rayos de la luna que conseguían escurrirse a través de las nubes. Contemplar la escena concedía cierta paz a Rin, aunque no lograba aplacar del todo la inquietud que la devoraba y que la había llevado casi hasta el borde de la locura.

– Rin…

– Déjame – dijo ella, apartando la mano de su hermano, quien la había apoyado sobre su hombro. – Necesito estar sola.

– Kum – le llamó Kaiser – Vamos a…

La mirada de Rin se perdió entre los árboles que habitaban los alrededores de su casa. Miraba fijamente al Este. Mucho más allá de las lindes del bosque se encontraba el Sereitei, su nuevo hogar, pero aún mucho más allá, allí donde nacía el sol, se encontraba el lugar donde había desaparecido Sadoq.

Aquella noche todo permanecía inmóvil, quieto, mudo… como si toda la Creación guardase luto por la desaparición de aquellos dos hombres. Y Rin no podía ser más consciente de su inutilidad, de que no había nada que ella pudiera hacer en aquel instante. Y aquella era una sensación que no lograba resistir.

Kumaru, que había rechazado la propuesta de Kaiser para dar un paseo y así dejar a Rin a solas, la observaba en silencio desde el interior del salón, tratando de apoyarla con su mera presencia; pero parecía una situación desesperada. El clima, la ferocidad de la batalla… todas las circunstancias imaginables se daban cita para presagiar un trágico desenlace para toda aquella situación.

Y para colmo, aunque trataban de no comentarlo entre ellos para no magnificar sus consecuencias, por el Sereitei comenzaba a propagarse la noticia que las dos cabezas de la familia Ashartîm habían atravesado una garganta hacia Hueco Mundo una vez la batalla llegaba a sus compases finales, cuando los VastLords comenzaban a batirse en retirada y los shinigamis trataban de evitarlo y así eliminar al mayor número de ellos posible.

A partir de aquel dato, se había comenzado a elaborar una compleja red de rumores que iban desde la alarma más inquietante provocada por el secuestro del Capitán y del Teniente de la Sexta División hasta la indignación más profunda por la alta traición de una de las casas nobles más importantes.

Jeconías, el hermano pequeño de Sadoq y Tercer Oficial del Escuadrón, se encontraba también en el punto de mira. Había quien le acusaba de haber propiciado la desaparición de sus familiares y superiores en un cruel movimiento surgido de la ambición y de la soberbia, cualidades que, decían las malas lenguas, llevaban inscritas los Ashartîm en sus genes.

Cuando se conoció la murmuración acerca de la garganta, los investigadores de la División Científica de Gugliermina Marlatti se desplazaron de nuevo hasta las Llanuras Verdes con sus aparatos de análisis para tratar de comprobar en la medida de lo posible la verdad escondida tras los rumores que dominaban paulatinamente el Sereitei. En efecto, muchas gargantas se habían abierto en los compases finales de la batalla, pero se trataba de determinar si efectivamente un Capitán y un Teniente habían cruzado alguna de ellas.

Pero la capacidad de análisis de los instrumentos se veía mermada por la gran concentración de reiatsu de shinigamis y hollows que inundaba el lugar hasta hacerlo irrespirable y convertir el hasta entonces verde y fértil paraje en un yermo. No podrían sacar datos concluyentes hasta que pasaran varios siglos y, para entonces, cualquier rastro que pudiera haber de una garganta habría desaparecido. Nada había allí que pudiera proporcionar la respuesta a la gran cantidad de preguntas que comenzaban a formularse en el seno de las más altas esferas del Sereitei.

Los esfuerzos por confirmarlos eran vanos, pero había verdad tras los rumores. En lo más íntimo de su corazón Rin lo sabía, porque aquello era una buena explicación para aquella angustia que supuso, en medio de la batalla, dejar de percibir la energía espiritual de Sadoq, su marido, y de Farés, su suegro.

Minutos antes de aquello, a kilómetros de la tienda-hospital que la Cuarta División había instalado a una distancia prudencial del lugar donde se desarrollaría el cruento combate, la lucha era encarnizada. Los VastLords, la nobleza hollow, habían entrado en combate, frenando en seco el hasta entonces imparable avance de los ejércitos del Sereitei y poniendo en serios aprietos a los Tenientes y Capitanes.

Poco a poco, se había ido confeccionando aquel selecto grupo de combatientes de uno y otro bando que se debatían entre la vida y la muerte en medio de aquel hipnótico baile de espadas, zarpas y aquellos rayos de energía negativa que los Menos llamaban "Ceros".

En un lance de la batalla, uno de estos rayos de energía logró alcanzar la pierna izquierda del Capitán Suddley, arrancándola de cuajo poco por encima de la rodilla. La herida era fatal. La sangra manaba sin cesar del muñón y la conciencia comenzaba a abandonar el cuerpo de aquel excepcional guerrero.

Atento siempre a las necesidades de su Capitán, Kumaru se lanzó en su auxilio y detuvo al Menos que, fuera de sí, avanzaba hacia Suddley relamiéndose ante la expectación de una sabrosa y suculenta comida. Un Capitán era el manjar más sabroso y nutritivo que podría llevarse a la boca uno de su clase. El filo de Nottung, una imponente y gigantesca hacha de batalla, se interpuso entre él y su presa, cogiéndole desprevenido y seccionándole el brazo derecho a la altura del hombro.

El grito desesperado de dolor que profirió el Menos mientras se desangraba hizo que muchos se giraran hacia el lugar donde estaban Suddley y Kumaru. Sin perder un solo instante, el Teniente se echó sobre los hombros el cuerpo de su Capitán y se escabulló de allí poniendo en práctica todas sus habilidades. Su famosa velocidad le permitió, para su fortuna, no ver la macabra y nauseabunda escena que había comenzado a producirse a sus espaldas.

Movidos por el olor de la sangre, algunos de los VastLords que acosaban a los Capitanes habían dejado de lado a su oponente y se habían congregado en torno a su compañero para comenzar a devorarlo sin piedad, aprovechándose de su incapacidad para defenderse. Aquel momento de instintiva debilidad bastó para que el poder destructivo de la espada del General Kraug en su liberación prohibida diera buena cuenta de una decena de enemigos, consumidos por la inmensa masa magmática que había surgido del suelo bajo sus pies.

Para cuando Kumaru pudo regresar al campo de batalla, habiendo dejado a su Capitán bajo los cuidados de Rin, los shinigamis habían hecho valer ya su superioridad numérica y habían eliminado al grueso del batallón de los VastLords. Pero no se trataba sólo de vencerlos, de expulsarlos de su territorio, de hacerlos batirse en retirada. Las órdenes de la Cámara de los 46 y del máximo dirigente del Gotei 13 eran claras: el objetivo era la completa exterminación del enemigo.

– Esto es una carnicería sin sentido – protestó el Teniente Akano, mientras avanzaba a toda velocidad a través del Valle.

– Míralo de esta forma – se encogió de hombros Kaiser, que iba junto a él. – Cuantos menos sobrevivan a esto… menos posibilidades de que vuelva a repetirse.

– Debería de haber otras formas – musitó su amigo. – De hecho hay otras formas…

– ¿Otras formas?

– ¿Tú te has dado cuenta de la racionalidad de estos bichos? – preguntó mientras se desembarazaba de un Adjucha.

– Ahora mismo ya no hay otras vías – replicó Kaiser. – De todos modos… No hablarías de racionalidad si hubieras visto lo que hicieron con el tío que le arrancó la pierna a tu jefe. ¿A que no lo viste?

– Me llevé a Xabier al hospital de campaña – alegó Kumaru.

– ¡Se lo comieron! – exclamó el joven Teniente de la Décima División con un gesto de profundo asco. – ¡Se lo comieron vivo! ¡Como buitres!

A cientos de metros de allí, Farés y Sadoq Asharet perseguían a un VastLord que se había batido en retirada. La bestia con aspecto humanoide trataba de interponer entre él y sus perseguidores a sus subordinados Adjuchas para interrumpir el camino de los Ashartîm y así hacerles perder el tiempo.

– ¡El día de la gloria ha llegado, hijo mío! – bramaba fuera de sí el patriarca. – ¡Nuestro señor nos ha bendecido con este día! ¡Por los Ashartîm!

Sadoq, que llevaba masticando el fanatismo exagerado de su padre durante toda la batalla, perdió su paciencia e hizo que Luzbel creara ante su capitán la ilusión de toparse con un grupo de Adjuchas que lo rodearan. Sin sus sentidos en la realidad, Farés Asharet fue presa fácil para un grupo de aquellos monstruos, estos reales, que lo arrastraron consigo hacia la garganta que se había abierto en las proximidades.

Arrepentido de lo que acababa de hacer o, quizás, ya completamente desequilibrado por las "provocaciones" de su padre, el Teniente se lanzó a perseguir a los captores del noble y se internó en la puerta dimensional.

Entonces todo lo que había a su alrededor comenzó a difuminarse y a confluir en un misterioso vórtice frente a él que parecía girar en espiral, aunque no sabría decir si su movimiento era completamente real o tan sólo aparente. Lo cierto es que tenía la impresión de que toda la realidad se había suspendido a su alrededor. Sin sonidos, sin sensaciones, sin emociones… sólo él y su conciencia..

No podría decir cuánto tiempo pasó, pero al final aterrizó en un páramo helado. Por deducción, supuso que se trataba de Hueco Mundo, el hogar de los hollow, y aquello le llevó a estar todavía más alerta. ¿Qué había pasado? ¿Por qué había reaccionado así en aquel momento, en aquel lugar, en aquella situación? Si su acto salía alguna vez a la luz sería acusado de alta traición y ejecutado. Todo por lo que había luchado hasta entonces se desvanecería.

Pero, por alguna extraña razón, aquello le parecían minucias sin importancias. Su padre merecía lo que le acababa de ocurrir y, probablemente, en el Sereitei nunca llegarían a entender qué había pasado. Al fin y al cabo, las ilusiones de Luzbel sólo eran visibles por él y por su víctima. Farés Asharet era un hombre mayor y orgulloso que no soportaría el peso de una derrota y sería capaz de inculpar a cualquier para mantener su honor, especialmente a su hijo mayor, la oveja perdida de su familia.

Más aún, Farés Asharet era un fanático cuyo comportamiento en el campo de batalla era impredecible. Se había parado mientras perseguía a unos Adjuchas y a un VastLord. ¿Quién sabía por qué? Seguro que sería uno de esos extraños arrebatos místicos que nadie entendía y que acostumbraba a tener durante las situaciones más inexplicables.

Además, Sadoq aparecería ante los ojos de todo el mundo como el héroe capaz de lanzarse de cabeza a Hueco Mundo para salvar a su padre y, en caso de que su Capitán hubiera visto más allá de su treta, siempre podría alegar que se trataba de los desvaríos de un anciano loco herido en lo más profundo de su honor.

Revisando el lugar donde se encontraba, encontró un pequeño rastro de sangre y de arena removida mezclada con el omnipresente polvillo blanco de la nueve, que teñía el paisaje de un blanco azulado característico.

Siempre había considerado que Hueco Mundo sería un desierto, y así lo imaginaba cuando fantaseaba, como tantos otros jóvenes shinigamis, con increíbles aventuras como las que narraban las leyendas de las edades pretéritas. Pero nunca hubiera apostado a que se trataba de un páramo helado. Volvió a posar su mirada sobre los restos: Su intuición le decía que era aquel el camino que debía tomar, y así lo hizo.

Siguió el rastro durante horas hasta llegar a lo que parecía un pueblecito. El pequeño grupo de construcciones estaba íntegramente hecho a base de hielo, aunque tras llevar horas caminando por aquel paisaje gélido ya no le pareció sorprendente la utilización de aquel material.

En el centro, lo que podría llamarse la Plaza Mayor de aquella pequeña aldea, se alzaba un monolito de cristal que refulgía con el característico color celeste del reiatsu, como si realmente estuviera compuesto de la cristalización de la energía espiritual, una idea que Sadoq inmediatamente rechazó por lo absurda que le parecía. Allí, en el obelisco, acababa el rastro.

Sadoq agudizó sus sentidos para tratar de localizar la ubicación concreta de los captores de su padre, pero no parecía haber nadie más allí. Se acercó más, aprovechando la soledad en la que se encontraba y, así, pudo avanzar a sus anchas hasta el mismo centro del poblado. Atraído por la magnificencia del cristal, se aproximó todavía más para examinarlo más detenidamente, pero sólo podía seguir pensando en aquella idea antes rechazada. ¿Y si realmente se había formado un cristal a partir de reiatsu? Meneando la cabeza, volvió a decirse que era imposible.

Cuando tocó el obelisco volvió a experimentar de nuevo aquella sensación de vacío y de suspensión, la misma que había tenido al atravesar la garganta hacia Hueco Mundo. Cuando volvió a la realidad, ya no se encontraba en el medio de aquella extraña aldea, sino que parecía haber vuelto al medio del desierto: Se encontraba frente a una magnífica construcción excavada en el hielo que a todas luces debía ser una especie de templo.

¿Un templo en Hueco Mundo? Por lo que había visto de sus habitantes, por lo que habían oído en el Sereitei, la idea era, simplemente, aborrecible por estúpida. ¿Cómo iban a tener aquellas bestias un culto? Aquello presuponía una racionalidad más allá de sus instintos. Era imposible que eso pudiera darse en unas criaturas capaces del canibalismo con un compañero herido en el medio de una batalla. Aunque lo cierto es que también era consciente de lo mucho que les quedaba por aprender si querían llegar a conocer a sus mortales enemigos.

Ocultó al máximo su energía espiritual y se internó en el edificio. Inmediatamente, se ocultó en las sombras de una de las naves laterales para no llamar la atención y comenzó a caminar, adentrándose más y más en el santuario, moviéndose hacia la energía que desprendían los monstruos que habían secuestrado a Farés Asharet. Llegó a lo que parecía el atrio central del templo y allí, en el medio, se encontraba una especie de altarcillo al que se accedía a través de una serie de gradas. Sobre él, inconsciente, habían depositado al anciano Capitán.

Aunque había sellado su espada, no le supuso mucho esfuerzo volver a invocar los poderes de Luzbel con un susurro que no llegó los oídos de los Menos allí congregados. Así, hizo aparecer ante los ojos de las bestias a los veinticinco altos oficiales restantes del Gotei 13 y a los misteriosos líderes del Escuadrón de Artes Demoníacas. Ahora, los sentidos de aquellos monstruos estaban completamente a su merced.

Lo único que alcanzaban a ver eran las ilusiones provocadas por la espada del Teniente. Por eso, la confusión sólo pudo aumentar cuando, uno tras otro, los Adjuchas fueron cayendo ante los devastadores hechizos que ejecutaba el shinigami amparado por la realidad, que se encontraba mucho más allá de las ilusiones que generaba la habilidad de Luzbel.

Sin embargo, el VastLord supo mantener la calma y ver a través de la ilusión. Eso le permitió evitar los ataques de Sadoq, aunque, al final, terminó cayendo de nuevo en la trampa que la había puesto el noble y recibió una herida fatal. Con su enemigo herido de gravedad e inutilizado para el combate, al fin pudo acercarse al altar, donde su padre, a quien habían despojado de su uniforme y habían vestido con una túnica blanca como la nieve que caracterizaba aquel mundo,

esperaba inconsciente ser entregado en sacrificio.

– Moria… – susurró recordando un episodio de las Escrituras, de aquellos que su padre le había hecho memorizar en su infancia.

Al abandonar las sombras, Sadoq pudo comprobar el motivo que hacía aquel lugar tan especial. Allí, encerrado en un enorme bloque de aquel extraño cristal de energía había un hombre vestido con unos ropajes blancos, un pantalón y lo que parecía una casaca ribeteada en negro. Debajo de él, había unas grandes lápidas de hielo escritas en un idioma que no conocía, pero cuya escritura le recordaba vagamente a algo que no sabía nombrar en aquel momento. Atraído por la magnificencia del conjunto, se acercó a él lentamente, cada vez más y más, hasta que lo tuvo al alcance de su mano.

– ¡No lo toques, shinigami! – chilló el VastLord, que parecía querer resistirse a la muerte. – ¡No toques a Nuestro Señor!

– ¿"Nuestro Señor"? – repitió Sadoq mientras se daba la vuelta hacia el Menos.

No pudo evitar las muchas veces que había escuchado aquella expresión en boca de su padre, de su hermano o en la suya propia. ¿"Nuestro Señor"? ¿Qué clase de señor podrían tener aquellas criaturas? La diferencia entre su padre y aquellas criaturas de pronto se le antojó insignificante. Sólo apariencia exterior.

Volvió la espalda al gran bloque de cristal y encaminó sus pasos nuevamente hacia el altar. Pero ya no veía allí a su padre sino que, como si él mismo hubiera caído presa de sus propias ilusiones, veía a un VastLord más, listo para ser eliminado como merecía junto con todos sus hermanos. Pasó de largo el altar y se detuvo frente al que aún quedaba vivo.

– Así que… "Nuestro Señor" – rompió el incómodo silencio, dirigiéndose al VastLord. – Ya veo…

Alzó la espada y, en un imperceptible movimiento decapitó al Menos, acabando de un solo corte con una agonía que se había prolongado ya más de lo debido. El monstruo desapareció y sus cenizas se esparcieron con la pequeña corriente que recorría el templo. Allí sólo quedaron ellos tres: su padre, el misterioso hombre encerrado en el cristal y él.

– Nuestro Señor… – repitió enfermizamente una vez más.

Con los ojos desencajados se dio cuenta de que al fin lo comprendía todo. Su padre, en cierto modo, tenía razón. Había sido un profeta. Había visto con claridad que aquel día era el comienzo de la era en la que se cumplirían todas las promesas hechas sobre los Ashartîm. Pero se había equivocado gravemente en una cosa. No sería él, el viejo fanático apoltronado en su trono de poder, sino su hijo, el joven decidido a cambiar el destino de su casa y del mundo y ponerlo todo bajo sus pies, quien recibiera el "Último poder" prometido.

Farés Asharet había sido, y eso no podía negarse, un gran regente, un gran señor de la casa elegida, un gran sacerdote del Altísimo, un gran profeta, pero su destino, como el de tantos y tantos profetas a lo largo de los tiempos, era el martirio y no la gloria.

Volvió a acercarse una vez más a su padre, sin subir aún las gradas del altar, y lo miró con los ojos inyectados en sangre mientras recordaba las brutales muertes de los más famosos profetas, según eran recitadas por las antiguas leyendas.

Farés Asharet seguía vivo, aunque gravemente herido. No importaba. Ya no importaba lo que dictara el destino o la naturaleza. Su tiempo había acabado y ahora se abría uno nuevo, el del cumplimiento, el del verdadero destino glorioso de los Ashartîm. Allí, delante del mismísimo Señor en persona, comenzarían a realizarse los más altos designios que el buen Dios había reservado para ellos. Allí comenzaban a tener sentido todas aquellas palabras que recitaba mecánicamente cada día durante su oración.

Farés Asharet había sido un cobarde, un ambicioso atado al poder que no se había atrevido a romper con las tradiciones para llevar a plenitud aquello a lo que habían sido llamados todos los miembros de los Ashartîm generación tras generación. No habían sabido leer la verdad que contenían las Escrituras. Pero él, Sadoq Asharet, lo había comprendido todo a la perfección. Comenzaría a forjar aquella nueva era allí mismo, en las gélidas estepas de Hueco mundo, en el Templo donde Dios estaba realmente presente.

Su mente volvió a volar una vez más hacia el monte Moria y revivió en su imaginación la escena allí acontecida. Ahora le había dado la vuelta a las tornas. No era ya el padre quien ofrecería a su hijo primogénito en sacrificio, sino que sería el hijo quien entregar a su padre a Dios en aras de cumplir su voluntad. Una voluntad que era sinónimo de gloria, de poder, pues Dios reviste con honores a los hombres que se abandonan a sus designios.

Subió la pequeña grada del altar y, con el filo de su espada rasgó la túnica con la que habían ataviado a su padre, dejando su pecho al descubierto. Luego paseó la hoja por todo su torso de una forma casi lujuriosa, entreteniéndose enfermizamente en el cuello. Un resplandor azulado llamó su atención. La cárcel de cristal refulgía como nunca lo había hecho en el tiempo que llevaba allí.

Interpretándolo como una señal, rajó la garganta de su padre, que acababa de recuperar la conciencia. Condenado ya a una muerte inevitable a manos de su hijo, sólo pudo contemplar aterrorizado y con el rostro desencajado la sonrisa de su hijo, quien se le antojó como la verdadera encarnación del mal, mientras entregaba su último aliento.

Horas más tarde, mientras, empapado en sangre, caminaba por lo que un día habían sido las Llanuras verdes, los campos más hermosos de todo el Rukongai, Sadoq Asharet examinó todo lo que había hecho y no encontró en sí mismo el menor atisbo de culpabilidad.

Había hecho lo correcto y su Señor se lo recompensaría. Gracias a ello, había adquirido una nueva conciencia de la realidad. A partir de entonces, sus pasos sólo se encaminarían a un único objetivo: alcanzar el Último Poder que anunciaban los profetas. Ahora ya lo comprendía todo: él, Sadoq Asharet, nuevo patriarca de la casa de los Ashartîm, era el Mesías que había de venir, el Ungido de Dios enviado a la tierra para llevar a cabo sus designios.

Akano Rin llevaba horas inmóvil contemplando los blancos bosques del Distrito 7 Oeste. Ni siquiera se había enterado cuando su hermano le puso una manta sobre los hombros para proteger su delicadísima salud del intenso frío que dominaba aquella zona del Rukongai en aquella noche.

Lo único que le importaba en aquel instante eran los tres días que llevaba sin noticias de su marido, desaparecido tras el cruel y brutal combate que había tenido lugar en los lugares más remotos del Este del Rukongai. Era casi media noche y, en un combate sin tregua contra Morfeo, trataba de mantenerse despierta mientras su rostro surcado por los restos del llanto escrutaba el horizonte de una señal.

Entre las figuras asomó entonces una silueta humana. Un shinigami alto, con una barba meticulosamente recortada y la melena recogida en un amplio lazo carmesí. La insignia que lo distinguía como uno de los tenientes del Gotei 13 y las pequeñas gafas redondas y sin patillas que descansaban sobre su nariz identificaban a aquel hombre de forma inconfundible, haciendo que el corazón de Rin latiera a toda velocidad.

¡Era él! Sin importar el frío que hacía, rin abandonó el calor de la manta y corrió a su encuentro. Lo recibió con un no correspondido abrazo antes de dar un paso atrás y, entre lágrimas de alivio, examinar su estado. Su cara de satisfacción dejó paso a una ligera mueca de preocupación cuando, a la tenue luz de la luna, comprobó que Sadoq estaba empapado en sangre y reflejaba alguna herida de gravedad media.

– ¿Qué… qué ha pasado? – balbuceó mientras preparaba mentalmente las curas que debía aplicarle a su esposo. – Venga, vamos dentro que aquí hace demasiado frío. Te prepararé algo caliente y te curaré esas heridas. ¿Vale?

Sadoq asintió en silencio con la mirada perdida en sus propios planes y se dejó arrastrar por su esposa al interior de la casa de su amigo. Allí, en el gran salón, Kumaru y Kaiser se levantaron bruscamente al suelo, tirando al suelo el tablero de ajedrez sobre el que aquellos dos maestros solían desplegar todos sus talentos como estrategas, aunque el resultado solía ser siempre el mismo.

– Llegas tres días tarde – le reprochó con una sonrisa cariñosa Kaiser, quien había comenzado a temer que sus peores presagios se hicieran realidad. – Estoy cansado de ganarle…

– ¡¿Pero qué dices?! ¡Hace años que no eres capaz de ganarme! – replicó su rival entre risas mientas se acercaba para abrazar a su cuñado. – Es bueno tenerte de nuevo en casa, Sad. ¿Quién te ha hecho todo esto?

– Nadie.

– ¿Nadie? – preguntó extrañado el Teniente de la Décima División. – ¿Te lo has hecho tú mismo? Sabía que eras un poco raro pero…

– No – le corrigió el noble, interrumpiendo la pequeña broma del lobo. – Me lo ha hecho Nadie.