Disclaimer: Twilight pertenece a Stephenie Meyer. Esta historia es de samekraemer, yo sólo traduzco con su autorización.

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Vuelve a Casa

Capítulo cuatro

Estaba preparando el almuerzo de Edward el primer viernes de agosto. El tiempo se acababa en mi plan de salida, y no me encontraba feliz por ello. Había intentado tanto, esperando que recordara cualquier cosa, pero eso no había pasado. Él era, sin embargo, un poco más agradable conmigo, cosa que me ponía sospechosa.

Mientras estaba por llevar la bandeja a la sala del comedor, sonó el timbre. Edward, Kate y yo éramos los únicos en la casa, y por lo que sabía, él estaba en el gimnasio entrenando. Solo tenía que usar el bastón por la mañana hasta que su cadera se aflojaba, cosa que parecía ser lo único que le molestaba a parte de del temblor siempre presente en su mano, cosa que le haría imposible volver a realizar cirugías como en el pasado. Al menos estaba progresando físicamente, dejando a un lado el temblor.

Fui a la puerta, abriéndola para encontrar un hombre bajo y corpulento en un traje de negocios y con un maletín.

—¿Lo puedo ayudar? —pregunté.

Me tendió la mano.

—Soy Jason Jenks, el abogado del Dr. Cullen. Él me está esperando —anuncio. Me hice a un lado para dejarlo entrar pero no iba a ir más allá del vestíbulo. Peter Barrett era nuestro abogado que había manejado todo por nosotros desde el accidente. Jason Jenks era un nombre que nunca había escuchado en mi vida.

—Lo siento, ¿el Dr. Cullen lo contrató en calidad de qué? —pregunté.

—¿Usted es? —preguntó con una ceja levantada.

—Soy Isabella C… Swan. Soy la cuidadora —me presenté. No sabía qué quería el tipo, y obviamente no iba a decirle algo que pueda llegar a Edward.

—Ya veo. Bueno, no veo cuernos ni cola —comentó entre risas. Claramente Edward me había mencionado al abogado.

—Sí, el Dr. Cullen me adora absolutamente. Lo siento, pero la familia tiene un abogado, Peter Barrett —informé.

—¿El señor Barrett también la representa a usted, Señorita Swan? —preguntó mientras metía la mano en su maletín, sacando una libreta y bolígrafo. Levanté la mirada hacia él y lo vi anotar el nombre de Peter en la libreta, y luego me miró esperando una respuesta.

—De hecho, sí, lo hace. ¿Por qué? —pregunté.

—Ah, Sr. Jenks. Justo a tiempo. Por favor, venga conmigo. Señorita Swan, el almuerzo puede esperar —gritó Edward mientras entraba al vestíbulo. Los dos hombres se dirigieron hacia la habitación de Edward, cerrando la puerta.

Fui al intercomunicador para hacer "una gran Alice", presionando el botón para escuchar pero no ser escuchada.

—¿Cómo está tu corazón estos días? ¿Sigues con la dieta y ejercicio? ¿Cuánto ha pasado? ¿Dos años? —Edward preguntó al hombre.

—De hecho, veinte meses. Escuché sobre su accidente, Dr. Cullen. Se ve muy bien, señor. ¿Volverá a practicar pronto? —preguntó Jenks.

—Esa es una de las cosas que quisiera discutir con usted. Mi primera tarea es sacar a esa mujer de mi vida. Necesito saber exactamente qué tipo de retención tiene sobre mi familia, o al contrario, mi familia sobre ella.

»—Sospecho que tiene algo que ver con mi accidente. Me dijeron que el otro conductor, una mujer, fue asesinada, pero tengo la sensación que ese no es el caso. Creo que Isabella Swan estaba conduciendo ese otro coche, y llegó a un tipo de acuerdo con las autoridades de que si ella me cuidaba, no pasaría tiempo en la cárcel. Puede que esté es un tipo de prisión domiciliaria también, porque ella nunca va a ningún lugar salvo aquí o su casa. Necesito saber todo lo que puedas encontrar sobre ella, incluyendo el paradero de su esposo —instruyó Edward.

¡Mierda! Necesito contactar a Peter porque si Jason Jenks comienza a investigar mi vida, entonces Edward descubriría todo. Estaba segura que la verdad pondría en riesgo la recuperación de Edward completamente, por no decir acabarla.

Rápidamente tomé mi teléfono y corrí hacia el patio trasero. Sonó dos veces antes que escuchara:_

—Barrett & Glenn. Habla Jessica.

—Hola, Jessica, es Isabella Cullen. ¿Está Peter por allí? Necesito hablar con él inmediatamente. Tengo un gran problema —expliqué. Gran problema… ¡que gran blasfemia!

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—Estaré en contacto con usted, Dr. Cullen —escuché remarcar a Jenks por el pasillo hacia la entrada.

—Gracias. Solo hable conmigo y nadie más, ¿entiende? El privilegio abogado/cliente es igual al de doctor/paciente, supongo —tanteó Edward.

—Sí, lo es. Ya mismo me pondré con esto. Adiós —respondió Jenks antes que escuchara cerrarse la puerta delantera. Fui a la heladera y tomé el sándwich y frutas cortadas, dejándolas en la bandeja junto con un vaso de limonada.

Edward entró a la cocina, su cojera apenas era perceptible.

—Dr. Cullen, es un día lindo afuera. ¿Prefiere comer en el patio trasero? —pregunté mientras que él estaba de pie observándome. Cuando subí mi vista, vi una mirada en sus ojos que casi parecía que estaba feliz. Supuse que estaba feliz pensando que se iba a librar de mí. Bueno, de una manera u otra, probablemente lo estaba.

—Eso suena encantador. ¿Por qué no te preparas algo y te unes a mí? Pareces como si necesitaras una comida. Si ese esposo desparecido regresa, puede que te miré y vuelva a desaparecer —bromeó Edward. Sin embargo, yo no me reí. Golpeé mi mano contra el mostrador y me giré para mirarlo. La expresión de su rostro cambió a una de remordimiento.

—Lo siento. Eso fue innecesario. Por favor, ven conmigo. Nunca respondes a mis preguntas, y temo que nuestro tiempo juntos este por llegar a su fin. No sé nada realmente sobre ti. No eres muy cercana, y pareces saber mucho sobre mí, incluyendo cómo luce mi polla —se medio disculpó. Sin embargo, él estaba refiriéndose a cuando estaba en el hospital y la enfermera vino a chequear su catéter, además de los primeros días en la casa y las duchas que le di una vez que pudo ir al baño y sentarse en la silla de ducha. Sabía que él lo resentía, y si me ponía a pensar, que un extraño me estuviera mirando sin mi aprobación, también me sentiría violada.

—Dr. Cullen, responderé a cualquier pregunta que tenga. Usted nunca pregunta sobre mí —respondí mientras tomaba un plato de fruta. La puse en su bandeja y lo seguí afuera, echando un vistazo a la atractiva parte posterior de mi esposo. Se encontraba un poco delgado, pero estaba adquiriendo músculos con todo el ejercicio de todos los días.

Mantuvo la puerta abierta para mí, y una vez que estuve afuera, la cerró, tomando asiento donde estaba yo. Tenía todo situado a su gusto, porque solía convertirse en una bestia con respecto a la colocación apropiada de su comida y utensilios, así que me senté a su lado. El Edward viejo, a él le gustaba sentarse en la cama en bóxers después de hacer el amor y cenar comida china fría del cartón. No podía ver a este Edward hacer algo tan aburrido y poco agradable.

—Así que, antes de la partida inesperada de tu esposo, ¿cómo era un día normal en la casa de los Swan? Oh, espera, tu nombre de soltera es Swan, ¿no es eso lo que me dijiste? ¿Cuál es tu nombre de casada? —preguntó. Podía ver que estaba intentando obtener información de mí para cualquiera que fuera su plan para deshacerse de mí, así que decidí ser evasiva también.

—No tomé el apellido de mi marido —respondí mientras tomaba el melón y las bayas del cuenco. Él estaba comiendo su sándwich sin quejarse por una vez. Me encontraba feliz que su apetito haya vuelto. Solo deseaba que el mío volviera.

—Oh, ¿en serio? ¿Por qué? ¿Razones profesionales? —preguntó con sarcasmo. La verdad era que tomé el apellido de mi esposo orgullosamente, pero explicarle eso a Edward no era una opción.

—De hecho, sí. Cosas así no eran importantes para… Tony. No le molestó para nada —expliqué

Recordé una discusión que Edward y yo tuvimos la noche que me propuso casamiento. Fue después que habíamos dejado Space Needle y nos dirigimos a "Bella Luna" para cenar. Cuando llegamos a casa esa noche, nos sentamos en el sofá a planear, y follamos como conejos.

—Así que ya dijiste que sí. Es un contrato verbal, Señorita Swan. Ahora no hay vuelta atrás —bromeó mientras besaba mi cuello en el sofá. Acababa de poner el anillo en mi dedo, y estábamos resolviendo algunas cosas.

—Ah, así que efectivamente estoy atrapada, entonces, Dr. Cullen —respondí mientras me subía a su regazo, a horcajadas sobre sus muslos.

—De hecho, sí. Ahora, si vamos al juzgado mañana y conseguimos la licencia, podemos casarnos el viernes y tener todo el fin de semana como una mini luna de miel. No quiero esperar, Bella. Quiero que renuncies a ese trabajo de mierda porque no me gusta ese idiota llamándote a todas horas de la noche para hacer preguntas ridículas. Está usando esa estrategia de "mantenerme en su mente para terminar con su relación." Después que nos casemos, puedes buscar otra cosa a menos que no quieras trabajar —sugirió.

Quería trabajar porque no podía imaginar como llenar mis días si no fuera así.

—Te diré algo, buscaré otro trabajo después que volvamos de este torbellino de Matrimonio Cullen Tour 2010 —respondí mientras jugaba con su cabello.

—No me quejaré de eso con una condición. ¿Le vas a decir a ese idiota que te casaste y tu marido no aprecia que te llame todo el tiempo? —preguntó Edward mientras me subía más a su regazo, ubicándome justo sobre su dura polla.

Me moví un poco, escuchando un gemido mientras sus labios se pegaban a mi cuello.

—¿Qué tal esto? Cambio mi nombre a Cullen así no hay duda en su mente que soy una mujer felizmente casada —sugerí.

Se apartó y me miró a los ojos con tanto amor que casi lloro.

—¿Tú… harías eso? ¿No es eso mucho problema? —preguntó.

Me encogí de hombros.

—No me importa, a menos que no quieras que lo haga.

—Oh, Dios no. Me encantaría que lo hagas. Quiero que todos sepan que me escogiste como compañero para el resto de tu vida, Bella —susurró.

—Mi querido prometido, ¿me harías el amor? —murmuré mientras rozaba mis labios a lo largo de su cuello. Muy rápido, se puso de pie y quitó mi pollera y mis bragas. Abrió su cinturón y pantalones, bajándolos por sus piernas tan rápido que hubiese pensado que estaban en llamas.

Se volvió a sentar, dando un beso en mi ombligo antes de arrastrarme a su regazo otra vez.

—Ponte en posición, Bugsy —bromeó. Me puse de rodillas y lo moví a cómo lo necesitaba más que nada, y me deslicé sobre él, justo allí sobre el sofá. Su dedo se movió en círculos justo encima de donde estábamos unidos, llevándome al borde rápidamente.

—Dios, Edward —jadeé mientras lo montaba más rápido.

—Sí… sí… así, nena. Dámelo, por favor, Bella —gimió. Sus palabras hicieron efecto y mi cuerpo explotó mientras continuaba moviéndome sobre él, desacelerando un poco pero más duro, como a él le gustaba.

—Ese es uno… la meta es cinco—anuncio mientras se liberaba dentro de mí. Esa noche, cumplió su promesa.

¡Snap! ¡Snap! ¡Snap!

—¿Señorita Swan? ¿A dónde fue? Su rostro está algo ruborizado. ¿Está bien? —preguntó Edward trayéndome de vuelta a la mierda que era mi vida actual.

—Lo siento, Dr. Cullen. Estoy bien. Solo hace un poco más de calor de lo que esperaba —mentí mientras me quitaba el cardigan que estaba usando sobre la camiseta de seda que me puse esta mañana. Al principio, él había establecido un código de vestimenta para mí, ese idiota. Nada por arriba de mis rodillas, y mis brazos debían estar cubiertos desde mis codos hasta mis hombros. Estaba segura que lo escucharía quejarse en cualquier momento, y se lo concedería, por tan ridículo que fuera. Le daría a ese hombre cualquier cosa que necesitara porque ya le había dado mi corazón… él simplemente no lo recordaba.

Se me ocurrió mirar a mi derecha y lo vi mirando a mi pecho, cosa que me sorprendió. Esperaba que tal vez si los sobresaltaba un poco, le recordaría el hecho que antes del accidente, él era básicamente mi sujetador.

Lo primero que salió volando cuando volví al trabajo fue mi sujetador. Los fines de semana cuando pasábamos el rato en casa… era nada de sujetadores ni bragas. Él era un demonio del sexo, mi adorable marido, y amaba eso de él. Esos recuerdos me mantenían firmes en mi viaje, por más infructuosos que fueran. Lo amaba, y era lo que se hacía por las personas que amábamos.

—Así que, ¿alguna otra pregunta? —pregunté, tratando de desviar su atención de mis pechos. Al parecer, algunas cosas no cambiaron, trauma cerebral o no.

—Em, sí. Así que antes de tu… ¿qué hacías exactamente…? No, em. Antes de tomar la decisión de ser mi Florence Nightingale, ¿dónde trabajabas? —intentó. Era muy adorable cuando pensaba que estaba siendo evasivo.

—Tengo mi propio negocio. Bueno, tengo a mi socia, y ella está cuidando todo ahora, pero discutimos las cosas cuando ella necesita mi opinión —respondí vagamente.

—Oh, así que estás dejando toda la responsabilidad a tu socia? ¿Cómo se ella siente al respecto? —espetó. ¡Allí estaba el Dr. Cullen que estaba acostumbrada!

—Ella entiende por completo, y me apoya mucho —respondo tomando un sorbo de mi agua.

—Sabes, la única cosa desconcertante en cuanto a mi accidente es que mis padres me dijeron que el conductor del otro coche falleció. ¿Qué sabes de ella? —preguntó. Deseaba poder llamar al Dr. Banner antes de responder, pero a veces, una chica tiene que ponerse los pantalones de mujer grande que era.

—Ella era una madre con un marido e hijos. No les importaba lo suficiente ellos como para ponerse detrás del volante después de tomar muchos cocteles en la fiesta de navidad de la oficina, y no le importaba nadie que pueda cruzarse en su camino. Eso es todo lo que sé de ella —respondí, tratando de retener el veneno que tenía por la mujer. Tanya Denali nunca será alguien a quien extrañe. Su familia tuvo mi más profunda simpatía, pero es mujer… nunca.

—¿Mis padres fueron al funeral? —preguntó. Si lo hicieron y yo fui con ellos porque tenía que echar un vistazo a la mujer que había robado mi vida, incluso si estaba en una caja. Yo no tenía dos niños pequeños y un esposo afligido, pero si estaba haciendo mucho duelo por mí en ese momento.

—Creo que sí. Solo porque ella fuera una egoísta y no tuviera ningún cuidado por aquellos que viajan en el camino esa noche no significa que su familia debe soportar el peso de la hostilidad de su ser querido. Ellos no tenían nada que decir al respecto que yo… que tus padres en ese momento cuando estuviste golpeado —respondí. Sentí las lagrimas cuando pensé en la llamada que habíamos tenido esa tarde antes que él dejara el hospital.

—Nena, ¿puedes empacar por mí? Empacaremos para Hawái cuando volvamos a casa después de Navidad. Lo siento, pero tuve un by-pass de emergencia y tuve que terminarlo —me dijo Edward mientras me encontraba de pie en nuestra sala, con una maleta compartida esperándolo a que vuelva a casa.

—Ya lo hice. Pensé que algo así había pasado. ¿Cómo está tu paciente? —pregunté. Estaba tan jodidamente ansiosa a que volviera a casa así podía decirle sobre el bebé. Planeaba decírselo primero dándole el ornamento de Navidad que conmemora la noticia y el año. Lo había encontrado en una pequeña tienda cerca de la oficina mía y de Esme, y cuando llamé y hablé con el dueño, a ella se le ocurrió la cosa perfecta.

Era una bola de cristal perfecto con confeti rosa y azul por dentro. Por fuera tenía una cigüeña pintada a mano con el año. Era perfecto, y no podía esperar a dárselo y tener un poco de acción antes de ir a lo de mi padre a pasar la Navidad. Era una cabaña con paredes delgadas, así que el sexo definitivamente iba a tener que esperar para los recién casados, pero después que le diera las noticias a Edward que iba a ser papá, sabía que no habría manera de quitar a ese hombre de encima mío.

—Sorprendentemente bien. Él estaba en una tienda cuando comenzó a experimentar dolores en el pecho. Por suerte, un muchacho corrió hacia el pasillo de medicamentos y tomó una botella de aspirinas. Parece que esos comerciales en la televisión llegan a las personas. Iré a casa tan pronto como pueda. Me voy a duchar y cambiar —me informó.

—De hecho, Dr. Cullen, tengo una sorpresa para ti, y luego que te la dé, pensé que podíamos ducharnos juntos y quizás ahorrar un poco de agua —ronroneé sugestivamente.

—Oh, Señora Cullen, me encanta la idea. Voy en camino. Si me detienen, voy a usar el buen nombre de mi suegro para librarme. Enciende el agua, nena. Estaré en casa antes de que te des cuenta —prometió.

—Así será, Doc —le dije.

Justo cuando estaba por golpear el botón para cortar la llamada, escuché:

—Bella, te amo más que a nada en el mundo. —Y luego, se cortó.

El amor y la compasión que mi marido tenía dentro de él era lo que me mantenía en marcha. Sabía que mi alma estaba allí. Solo tenía que encontrar la manera de cómo desbloquearlo.

Miré al precioso jardín de Esme y vi sus rosas a través de mis ojos legañosos. Fue entonces que me di cuenta que estaba llorando. Levanté mi servilleta y traté de secar discretamente mis ojos, pero Edward no se perdía de nada.

—¿Llorando? ¿Por quién? ¿El pobre viudo y su familia? —preguntó con sarcasmo.

—Dr. Cullen, puedo tener empatía por el hombre si me pongo en su lugar. Lo crea o no, no es muy difícil para mí ponerme en sus zapatos. He sufrido perdidas en mi vida. ¿Eres inmune a sentir compasión por tu prójimo? —pregunté mientras me sonaba la nariz.

—Guardo mi compasión para aquellos que la necesiten, Señorita Swan —respondió fríamente.

Miré mi reloj demasiado caro, el cual fue un regalo de cumpleaños de él después que nos casamos, y vi que eran casi las 2:00 p.m. Tenía una reunión en la oficina de Peter a las 5:00, así que necesitaba entregar las noticias delicadamente al hombre enojado a mi lado.

—Dr. Cullen, voy a limpiar ahora. ¿Necesita algo? Tengo que irme a las cinco hoy. Tengo una cita —informé.

—¿Cuál es tu cita? ¿Negocios? ¿Placer? ¿Oficial de libertad condicional? —inquirió.

—No es nada de esas cosas —contesté.

—Así que, señorita Swan, ¿tiene niños, o el desaparecido Tony se los llevó con él? —preguntó con sarcasmo. Pensé en cómo responderle porque le habíamos dicho tantas medias verdades, y odiaba mentirle.

—Sí, se podría decir que mi Tony se llevó nuestro hijo cuando desapareció. ¿Algo más? —espeté.

—¿Puedes traerme mi libro? Creo que me quedaré aquí y leeré. Es una tarde preciosa, como usted lo ha señalado —respondió. Tomé los platos y fui adentro, y luego de dejar la bandeja en la cocina, fui a su habitación y tomé la última novela de James Patterson que había estado leyendo. Ni bien estaba acercándome a la puerta para entregarlo, junto con otro vaso de limonada, lo vi dando vueltas en el patio con un teléfono pegado a su oído.

Salí y dejé el libro en la mesa, tomando mi sweater en el proceso. Mientras caminaba devuelta hacia la puerta, le escuché chillar:

—¿QUÉ ELLA QUÉ? Esa perra demente. —Estaba segura que yo era la perra a la que se refería.