CUATRO ESTACIONES
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es propiedad de JK Rowling
PRIMAVERA. PARTE 3
Llegaron a Escocia durante las primeras horas de la mañana. Isla no había tenido ocasión de comunicarles a sus padres que se marchaba de viaje con lord Beurk, pero su prometido aseguró que no era necesario porque la mismísima Lyra Black había autorizado personalmente aquella visita a las Tierras Altas. Isla maldijo internamente a su progenitora, pero después de lo que había ocurrido la noche anterior no tenía fuerzas para protestar. La joven bruja no deseaba pensar en ello, pero cada vez que movía un músculo se acordaba de dónde estaba su lugar según Niven Beurk.
Isla miró de reojo al brujo. Normalmente utilizaba túnicas muy elegantes durante sus visitas a Grimmauld Place, pero los ropajes que utilizó para ese día eran mucho más sencillos y apropiados para moverse por su castillo. Acababan de aparecerse en un viejo patio de armas interior y la chica aún estaba sujeta al brazo de lord Beurk. Podía sentir como sus manos temblaban ligeramente porque, aunque deseaba dominar sus emociones, el miedo que embargaba a Isla en ese momento era demasiado grande. Se repetía sin cesar que era una bruja perfectamente capaz de defenderse de cualquier amenaza, pero cada vez dudaba más de que su magia fuera más poderosa que la de lord Beurk. Él era un hombre adulto, quizá en la cumbre de su poderío mágico, e Isla no era más que una chiquilla. Una chiquilla demasiado asustada que en ese momento no quería que su prometido volviera a enfadarse con ella porque estaba más que claro lo que iba a hacerle. Seguramente cuando pasara algún tiempo sabría encontrar la forma de enfrentar aquella situación, pero esa mañana sólo quería hacerse muy pequeña para que lord Beurk dejara de ser consciente de su existencia.
Por fortuna, en cuanto completaron la aparición el hombre la soltó. Isla sintió de inmediato el frío aire escocés golpeándole en la cara y se estremeció. Allí estaba, a cientos de kilómetros de distancia de su casa, a solas con un hombre que a esas alturas de la historia sólo podía causarle miedo y repugnancia. Obviamente no se fiaba para nada de él. Isla observó los muros de piedra grisácea que se alzaban hacia el cielo, distinguió las pequeñas ventanas de los corredores interiores y no pudo evitar buscar una salida en un gesto del todo inconsciente. Las diferentes generaciones de magos Beurk habían mantenido los portones de madera y el puente levadizo que en su momento protegieron el castillo de las invasiones muggles, durante aquellos años en los que los brujos luchaban al lado de los muggles y eran capaces de eliminar las protecciones mágicas de las fortalezas. Sin embargo, debía hacer siglos que el castillo de lord Beurk no sufría un asedio e Isla se preguntó si el puente aún funcionaría.
-Te acompañaré a tu habitación, Isla –La voz de lord Beurk la sacó de sus pensamientos. La joven miró al brujo de reojo y asintió. El hombre apenas le prestó atención y echó a andar hacia el interior del castillo.
Isla apenas se fijó por dónde iban. Durante su visita anterior ya había tenido ocasión de explorar la edificación con bastante minuciosidad y esa mañana sólo podía pensar en lo que lord Beurk le haría al llegar a su destino. Esperaba de todo corazón que estuviera lo suficientemente satisfecho como para dejarla en paz al menos durante unas horas. Tenía la certeza de que durante la noche sería llamada al cuarto del hombre y que tendría que volver a acostarse con él, pero realmente necesitaba descansar. Quizá por eso, cuando su prometido se detuvo frente a una puerta y se hizo a un lado para dejarle paso, Isla suspiró con alivio. Temió que a lord Beurk fuera a molestarle porque había pocas cosas que no lo hicieran, pero por fortuna no pareció ser consciente de lo feliz que hacía a Isla el poder perderlo de vista.
-Le he pedido a tu madre que te haga llegar ropa y joyas –Lord Beurk habló con cierta suavidad, pero Isla tembló al pasar por su lado, esperando un gesto soez que no llegó- Puedes aprovechar toda la mañana para instalarte, pero espero que podamos comer juntos. ¿Te parece bien?
¿Supondría alguna diferencia si le dijera que en realidad no le apetecía para nada?
-Claro. Allí estaré.
-La comida se servirá a las doce y media. Me gustaría que no te retrasaras. –Isla asintió, deteniéndose a un par de metros de distancia de lord Beurk. Le parecía un tanto irreal que ese hombre le hablara con amabilidad después de lo que había pasado, aunque la joven era consciente de que tras cada una de sus palabras se escondía una amenaza. "Come conmigo y no me hagas esperar o ya sabes lo que te pasará"- Por lo demás, tienes el castillo a tu entera disposición. Más tarde decidiremos en qué lugar celebraremos la unión y el banquete posterior. –Lord Beurk permaneció en silencio un par de segundos, como esperando a que la chica dijera algo, pero Isla se limitó a mirar hacia algún lugar tras el cuerpo de su interlocutor- Si me necesitas estaré en mi despacho.
Lord Beurk inclinó la cabeza en su dirección e Isla hizo una reverencia a modo de despedida. Cuando la puerta se cerró, la joven se quedó inmóvil en su sitio, observando la vieja y recia madera. Los elfos debían cuidar de ella con bastante mimo porque, aunque se notaba que tenía varios siglos de historia a sus espaldas, lucía un aspecto impecable. Isla no supo cuánto tiempo pasó observando aquella puerta porque se sentía demasiado aturdida por todo lo que estaba pasando, pero cuando reaccionó y miró el que sería su dormitorio durante quién sabía cuánto tiempo, se sintió extraña.
La habitación era preciosa. Muy amplia, perfectamente iluminada y con unas espectaculares vistas al lago. A la derecha había dos puertas más. Una de ellas sería la de su baño particular y la otra la que comunicaba con el cuarto de lord Beurk, pero Isla no quiso pensar en eso. Era mejor concentrarse en esa estancia, dejarse invadir por el calor que desprendía e intentar tranquilizarse para afrontar lo que quedaba del día. No se le antojaba una tarea fácil, pero estaba más que dispuesta a intentarlo. Por ese motivo se acercó a la chimenea. Al igual que en Hogwarts, durante los meses del verano no se encendía. El ambiente era bastante fresco, incluso frío en los días en que no salía el sol, pero los suelos de madera y las paredes tapizadas bastaban para que la temperatura en las habitaciones principales del castillo fuera agradable. La citada chimenea era inmensa y seguramente luciría un aspecto magnífico cuando albergara un fuego en su interior. Isla se acordó de sus días en el colegio, de lo mucho que le había gustado sentarse a leer junto al fuego, y sintió como si hubiera pasado una eternidad desde entonces. Aunque se había creído muy mayor, la Isla Black de Hogwarts nunca había dejado de ser una niña tonta que creía en cosas que nunca podría alcanzar. Quizá fuera mejor que lord Beurk la hubiera ayudado a quitarse todos los pajaritos de la cabeza porque ahora era una mujer realista y sabía perfectamente cómo iba a ser el resto de su vida. Estaba siendo duro, sobre todo al principio, pero tendría que mejorar en algún momento. Tendría que hacer que mejorara.
Suspirando, acarició la repisa de mármol de la chimenea y observó el resto del cuarto. Los tapices de las paredes eran de tonos cálidos y presentaban esencialmente estampados florales. Los enormes ventanales estaban engalanados con cortinas de terciopelo rojo y una buena parte del suelo estaba cubierta con diversas alfombras de pieles de animales. Justo frente a la chimenea había una gran cama con dosel y a tan solo dos pasos dos confortables sillones en los que pasar largas horas de lectura. Isla también distinguió una mecedora en un rincón, claro recordatorio de que lord Beurk esperaba que le diera hijos lo antes posible. Seguramente, al año siguiente por esas mismas fechas, Isla Beurk estaría sentada en esa misma mecedora, durmiendo a su primer bebé de pelo rojo y rostro regordete. Aunque en una de las paredes había una estantería repleta de libros y un escritorio enorme con su pluma y su tintero, Isla tuvo la certeza de que no iba a tener demasiado tiempo ni para leer ni para mantener correspondencia con sus familiares. Entre ejercer de esposa solícita y el cuidado de sus futuros hijos, sus sueños de ser algo más que lady Beurk terminarían por desaparecer.
Finalmente, Isla se fijó en el armario. Los elfos debían haberse ocupado de su ropa porque un baúl vacío descansaba al lado del ropero. Eso supuso un alivio para la joven, que descubrió numerosas túnicas en el interior del armario. Además, sus joyas estaban perfectamente colocadas en el tocador que completaba el mobiliario de su dormitorio. Isla fue a sentarse frente a él y observó su rostro en el espejo. Estaba pálida y ojerosa y no tenía muy buen aspecto, pero no fue la visión de su rostro la que le hizo dar un respingo de alarma, sino las marcas que lord Beurk había dejado en su cuello durante la noche anterior. Normalmente era muy cuidadoso en ese sentido, pero no en esa ocasión. Isla observó los moratones en ambos lados del cuello y recordó el dolor que había sentido cuando lord Beurk le mordió. No sólo en el cuello.
Isla agitó la cabeza para alejar los recuerdos una vez más. Estaba sola y necesitaba descansar, no seguir atormentándose por cosas que no tenían solución. Suspirando, fue hasta la cama y se recostó en ella. Era bastante cómoda y la joven cerró los ojos, orgullosa porque al fin había conseguido dejar la mente en blanco. Seguramente esa cama le proporcionaría largas horas de relajación. Lástima que lord Beurk le hubiera dejado tan claro que quería que durmiera con él en su cuarto. Inevitablemente, Isla abrió los ojos y se maldijo por no poder quitarse a ese hombre de la cabeza. Consciente de que sería inútil no pensar en él mientras estuviera sola y ociosa, decidió salir a dar un paseo. Después de todo, el castillo estaba a su entera disposición. Era lo mínimo que podía ofrecerle lord Beurk, teniendo en cuenta de que la propia Isla no tardaría en pertenecerle por completo.
La joven bruja conocía bastante bien esos pasillos gracias a sus excursiones durante la última visita. Decidió que lo mejor que podía hacer era salir a los jardines y allí estuvo hasta la hora de comer. Puesto que no tenía muy claro lo que podría ocurrir si se retrasaba, Isla llegó al comedor con diez minutos de antelación. Lord Beurk no había llegado aún y la chica contempló los cuadros de la estancia mientras lo esperaba. La mayoría de ellos no eran más que cuadros costumbristas, pero sobre la chimenea podía verse un retrato del propio Niven en sus años de juventud. Había sido un hombre con cierto atractivo, aunque la expresión de su rostro nunca invitó a ser amable con él. Huraño y malhumorado, Isla se sintió un tanto incomodada y apartó la vista. Intentó concentrarse en las inmensas dimensiones del comedor y supuso que allí se habrían celebrado grandes banquetes a lo largo de los siglos. En su opinión, era demasiado grande para dos personas y no le resultaba demasiado cómodo, pero estaba bastante segura de que a lord Beurk simplemente le gustaba comer allí.
-¡Oh, ya has llegado, querida!
La voz de su prometido le sobresaltó. Isla sintió como todo su cuerpo entraba en tensión y miró a ese hombre especulativamente, preguntándose si estaría de mejor humor o si seguiría enfadado con ella. No le pareció demasiado hostil. De hecho, en ese momento le estaba sonriendo y se acercaba a ella despacio, como si le estuviera dando tiempo para apartarse si así lo deseaba. Por supuesto, Isla no se movió del sitio y dejó que lord Beurk le besara el dorso de la mano como si fuera un perfecto caballero. Quizá podría haberla engañado en otro momento, pero no ese día. Isla sólo se sintió desconcertada y no supo qué hacer o decir.
-Siéntate, por favor.
Lord Beurk la ayudó a acomodarse en su silla e Isla le devolvió una sonrisa un tanto forzada. El brujo ocupó su lugar en el extremo principal de la mesa y dio una palmada. De inmediato, la mesa se llenó de comida con aspecto delicioso. Isla se acordó de los banquetes de Hogwarts y algo cálido se encendió en su pecho.
-Es costumbre que sean las mujeres las encargadas de organizar los menús diarios, pero hoy me he tomado la libertad de encargar unos cuantos platos que estoy seguro encontrarás de tu gusto –lord Beurk hablaba con suavidad, recuperando el tono de sus primeros encuentros, cuando Isla aún podía confiar en sus buenas intenciones- Los elfos de la familia son espléndidos cocineros como tendrás ocasión de comprobar. ¿Te apetece algo en particular?
Isla no se había dado cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que no tuvo toda esa comida frente a los ojos, así que decidió probar un poco de pavo asado. A pesar de que compartir mesa con lord Beurk era algo que no le apetecía demasiado, morirse de hambre sólo para huir de él no era una buena idea. La única certeza que tenía en mitad de su miedo y su desagrado era que debía intentar mantenerse fuerte para afrontar todo aquello, física y anímicamente. Lo segundo era algo que se le antojaba un tanto imposible después de la noche anterior, pero lo primero tenía fácil solución.
-El pavo tiene buen aspecto.
-Por supuesto –Lord Beurk sonrió y se dispuso a servirle un buen plato de pavo con guarnición de patatas y verduras- Esta es una de las especialidades de los elfos. Te encantará.
Efectivamente, la comida estaba tan deliciosa como parecía. Lord Beurk no volvió a abrir la boca mientras Isla llenaba el estómago y la chica se sintió bastante a gusto con ese silencio, pero después del postre su prometido cubrió una de las pequeñas manos de Isla con las suyas y le acarició el rostro, deteniendo uno de sus pulgares sobre un moratón de su cuello.
-Me gustaría disculparme por haber sido tan brusco contigo anoche, Isla –La voz del brujo sonó grave y sincera y su prometida se estremeció porque realmente no había esperado que le dijera algo así- Reconozco que me dejé llevar por los celos y que no tenía motivos para tratarte de esa forma, pero quiero que sepas que no volverá a pasar. No disfruto causando daño a mis amantes.
Isla lo dudaba mucho. Recordaba perfectamente los jadeos animales de ese hombre mientras abusaba de ella y estaba segura de que sí se lo había pasado en grande. Sintió como su labio inferior temblaba y se centró en la caricia amable de lord Beurk en su rostro. Quería creerle, quería poder recuperar la esperanza de que todo iba a mejorar en cuanto se casara, pero no pudo porque la noche anterior aún estaba demasiado fresca en su memoria y porque tenía la certeza de que el temperamento de ese hombre no se iba a suavizar por más que él le prometiera que no volvería a dañarla. Tal y como había reconocido, lord Beurk se dejó llevar por los celos y nadie le garantizaba a Isla que no volviera a ocurrir. Lo único que le parecía un tanto irónico era que el hombre sí que tenía motivos para estar celoso porque Isla volvió a acordarse de Robert Hitchens y de su beso y fue como si volviera a subir al cielo nuevamente. ¿Cómo había podido olvidarse de Robert si pensar en él era lo único que la consolaba, aunque fuera un poco?
-¿Estás lastimada, querida?
Lord Niven seguía acariciándole la herida del cuello. Isla no pudo evitar removerse con incomodidad y el hombre la soltó, comprendiendo que lo mejor que podía hacer era darle espacio. A pesar de su aparente amabilidad, Isla creyó que no tardaría en hablarle de los planes para esa noche, pero se equivocó. Y se alegró un montón de hacerlo.
-Quizá hoy quieras familiarizarte con tu cuarto –Dijo prácticamente en un susurro.
-Es una habitación muy bonita, Niven –Afirmó Isla, contenta por poder decir algo más o menos coherente.
-Me alegra que te guste. Tengo la sensación de que es un dormitorio demasiado Gryffindor, pero siempre podrás sustituir el rojo por el verde si así lo deseas.
-El rojo está muy bien. Aunque reconozco que sí resulta un poco Gryffindor.
Lord Beurk se rio y le dio una palmada amistosa en la mano. Después la soltó e Isla le agradeció eso y la pequeña broma. Seguramente no sería muy sensato bajar las defensas, pero al menos podría tomarse un respiro.
-¿Sabes que el castillo de Hogwarts está relativamente cerca de aquí? –Isla miró a su prometido con cierto interés. El hombre pareció alegrarse de sacar un tema de conversación que no incomodara a la joven- Unos cuantos kilómetros al norte, al otro lado de las montañas.
-Sabía que el colegio está en Escocia, pero no sabía dónde exactamente.
-Si te apetece, algún día podríamos visitar Hogsmeade. Nos apareceremos a las afueras y podrás hacer las compras que quieras. Yo siempre he disfrutado mucho viendo el castillo desde el pueblo. Me trae recuerdos de mis años de estudiante –Lord Beurk torció el gesto- Supongo que en tu caso, esos recuerdos no están tan lejanos en el tiempo.
En realidad era como si hubieran pasado mil años, pero Isla sólo asintió.
-Mi padre no suele hablar demasiado sobre vuestros años en el colegio.
-Aunque me gustaría poder decir que juntos corrimos cientos de aventuras, me temo que no es posible. Siempre he sido un tipo bastante responsable y en mi adolescencia no era nada diferente. Y en cuanto a tu padre, estaba demasiado ocupado intentando ser el Black perfecto como para causar problemas. Siempre fue un estudiante modelo, el orgullo de sus padres y de la casa Slytherin.
A Isla no le costaba ningún esfuerzo imaginarse a su padre siendo el alumno perfecto. Sirius Black llevaba toda su vida intentando ser un digno representante de su legendaria estirpe, así que podía imaginarse lo duro que debía ser para él ver como toda la fortuna familiar se le estaba escurriendo entre los dedos. Sin duda, el orgullo valía para él más que cualquier otra cosa e Isla se remitía a las pruebas. Iba a sacrificarla a cambio de dinero. Era todo un Black, sí señor.
-¿Lo logró?
-¿Ser el Black perfecto? –Isla asintió- Quizá deberías decírmelo tú.
Justo en ese momento, un tembloroso elfo doméstico los interrumpió. Lord Beurk le dirigió una mirada un tanto oscura e Isla tuvo la sensación de que esa criatura no era mucho más feliz en el castillo que ella misma. Con su voz aguda, anunció que había visitas en el exterior y a Isla le sorprendió muchísimo enterarse de que su padre estaba esperando para entrar en la fortaleza. Lord Beurk pareció tan impresionado como la joven y ordenó al elfo que llevara a Sirius Black hasta el comedor. ¿Para qué habría ido su padre hasta allí? Isla no tenía ni idea y realmente sentía bastante curiosidad respecto a ello.
Unos minutos después, Sirius Black irrumpió en la sala. No se le veía demasiado feliz y la sonrisa de bienvenida que lord Beurk le estaba dispensando se congeló en sus labios. Isla se alegró y por un segundo vio en su padre al príncipe encantador que acudía hasta allí para rescatarla de las garras del brujo malvado.
-Sirius, no te esperábamos –Dijo lord Beurk yendo a su encuentro mostrando una actitud bastante cauta.
-Esto es del todo irregular, Niven.
Las palabras del señor Black pillaron desprevenidos tanto a Isla como a su prometido. Lord Beurk entornó los ojos e Isla, que se había quedado en pie frente a la mesa, apretó la servilleta que tenía entre las manos, expectante y sin saber cómo comportarse.
-¿A qué te refieres?
-A traerte a Isla a Escocia sin mi consentimiento.
¡Oh, Merlín! Sí que había ido para salvarla. Isla contuvo a duras penas la sonrisa que amenazaba con iluminar su rostro. En cambio lord Beurk no encontraba el reproche nada gracioso y volvió a perder toda la amabilidad que había demostrado durante la comida. Por fortuna era Sirius Black el objetivo de su ira, aunque Isla no pudo evitar preguntarse si no terminaría descargando su furia contra ella.
-Tengo el consentimiento de tu mujer, Sirius. No sé a qué viene todo esto.
-Viene a que la reputación de Isla está en entredicho. A estas horas todo el mundo sabe que está aquí, a solas contigo, y las habladurías no se han hecho esperar.
Así que era eso. El bueno humor de Isla se vino abajo al mismo tiempo que lord Beurk recuperaba la sonrisa.
-¡Vamos, amigo! ¿Eso es lo que te preocupa? Isla y yo vamos a casarnos. Tú mismo aprobaste que mantuviéramos relaciones antes del matrimonio. ¿Por qué te importa tanto lo que pueda decir la gente respecto a su estancia en esta casa?
-No está bien y lo sabes.
-Únicamente quiero que Isla se acostumbre a vivir conmigo antes del matrimonio. Su vida experimentará un cambio sustancial y es mejor que se adapte poco a poco. Pasar una semana a solas conmigo la ayudará a hacerse una idea de cómo será la vida conyugal. Te aseguro que tu hija saldrá beneficiada con la experiencia.
A juzgar por su expresión, Sirius consideraba que aquellas palabras sonaban bastante lógicas. Isla esperó la respuesta de su padre con expectación, ansiosa porque dijera que esa convivencia no era posible y que lo adecuado era que volviera a Londres con él. Desde que había entrado en Hogwarts, Isla había aprendido a amar más el castillo que su propia casa, pero en ese momento Grimmauld Place le parecía el paraíso terrenal. No necesitaba pasar tiempo con lord Beurk para saber cómo sería su vida después de la boda y tampoco quería tenerlo, pero al parecer ninguno de los dos hombres iba a tener en cuenta su opinión porque la estaban ignorando por completo.
-Si no te importa, me quedaré a pasar estos días con vosotros –Dijo Sirius con seguridad. Isla se sintió aliviada. No era lo que había esperado, pero al menos no estaría sola con lord Beurk- Me gustaría ayudar con los preparativos para la boda.
-Cuando traje a Isla aquí pensaba estar sólo con ella. Tu familia ya tuvo ocasión de hospedarse aquí hace unas semanas.
-Nadie ha dicho nada de mi esposa y mis hijos. Me quedaré yo solo. No puedes esperar que deje que organices toda la boda por tu cuenta.
-Claro –Lord Beurk se encogió de hombros e hizo un gesto para pasar a la pequeña sala de estar contigua. Isla se quedó donde estaba, sin saber si debía seguirles o no. Se sentía bastante fuera de lugar en ese momento- Supongo que debe ser difícil para ti no poder ofrecerle a tu hija una buena dote, así que no tengo problema en que ayudes con los preparativos de la ceremonia.
Sirius Black había entrado en tensión después de escuchar esas palabras. En opinión de Isla habían sido un humillante golpe bajo para un hombre tan orgulloso como su padre, pero era lo menos que podía esperar después de haberse presentado en las propiedad de lord Beurk sin avisar y con la única intención de hacerle un montón de reproches que, según el brujo escocés, no tenían ningún sentido. Isla pensaba que la presencia de su padre en el castillo estaba más que justificada y una vez más lamentó que el hombre no hubiera logrado llevarla de regreso a casa, pero al menos estaba allí. Quizá se diera cuenta de que lord Beurk no la trataba del todo bien y de que ella era una infeliz y se decidiera a apiadarse de su pequeña Isla. La joven cada vez tenía menos esperanzas al respecto, pero hasta que no llegara el día de la boda podría permitirse el seguir soñando. Sin duda alguna era una de las pocas cosas que aún se le permitía hacer.
-Debo suponer que ya has comido. ¿Cierto? –Preguntó lord Beurk. Su padre asintió- ¿Te apetece tomar una copa? Es obvio que tenemos algunas cosas que aclarar –Su padre aceptó la invitación y Niven miró a Isla- Discúlpanos, querida. Nos veremos más tarde.
Isla hizo un gesto extraño y vio como su padre y su futuro marido desaparecían por la puerta. Durante unos maravillosos minutos había llegado a pensar que todo terminaría de una vez, pero se había equivocado. De repente se sintió muy sola y nuevamente cansada y buscó algo que hacer a continuación. Los platos de la mesa ya no estaban allí e Isla decidió dar otro paseo. Se encaminó nuevamente a los jardines, recorriendo aquel pasillo repleto de retratos de los antiguos señores Beurk, y otra vez se descubrió a sí misma centrando toda su atención en lady Rhona. ¿Habría sido tan desgraciada como todo parecía indicar? Su marido tenía toda la pinta de haber sido un patán aún mayor que lord Beurk. Lord Moray y lady Rhona habían vivido unos tiempos particularmente difíciles en los que la muerte esperaba detrás de cualquier esquina y la civilización aún distaba mucho de serlo. Isla podía imaginarse a lord Moray en el campo de batalla, blandiendo espada y varita y cortando cabezas y lanzando maldiciones mortales por igual. Lady Rhona había sido mujer en una época terrible e Isla estaba convencida de que no había tenido la más mínima oportunidad de escapar de las garras de su marido.
Pensándolo bien, Isla tenía bastantes cosas en común con ella. Ambas lucían igual de asustadas y se veían obligadas a compartir su vida con auténticos canallas. Y ninguna de las dos tenía escapatoria. Lady Rhona no había podido huir porque una mujer medieval no tenía dónde ir. Isla tampoco podía hacerlo porque tampoco existía un lugar en el mundo en el que pudiera estar bien. Sólo podía esperar que todo mejorase, sacar fuerzas de flaqueza para contribuir a que su destino fuera un poco mejor de lo que esperaba. En algún momento tendría que plantarle cara y demostrarle a lord Beurk que no iba a permitir que la tratasen como si no fuera más que una esclava a su entera disposición. No. Isla Black no era eso. Isla Black era una orgullosa representante de su larga estirpe mágica, una bruja poderosa y capaz que no tardaría en sacar las uñas ante el hombre que pretendía hacerle daño. En cuanto se casara y su familia estuviera a salvo, iba a demostrarle a lord Beurk que no pensaba dejar que nadie la tratara mal.
¿Habría pensado lady Rhona alguna vez de esa manera? No aparentaba ser una mujer de carácter fuerte, sino todo lo contrario. Isla la compadeció nuevamente y se acercó un poco más al cuadro. Si hubiera alguna posibilidad de que lady Rhona le respondiera, le habría pedido que se acercara un poco más al marco para preguntarle cosas, pero la presencia de lord Moray la mantenía en un discreto segundo plano. Isla suspiró y meditó sobre las opciones que tenía de averiguar algo más sobre aquella mujer. Preguntarle a lord Beurk no era una opción, pero entonces recordó que en Grimmauld Place guardaban un montón de información más que curiosa sobre los Black del pasado y esperó que los Beurk hubieran hecho algo parecido.
Con decisión, descartó la idea de los jardines y se dio media vuelta. No tardó demasiado tiempo en llegar a la biblioteca a pesar de que el castillo tenía un tamaño considerable y observó los libros sin saber muy bien por dónde empezar. Puesto que su padre y lord Beurk parecían tener para rato, Isla se dijo que tenía todo el tiempo del mundo y se dispuso a saciar su curiosidad. No pensaba fracasar por nada el mundo.
Durante los tres días siguientes, lord Beurk no la obligó a compartir su cama con él. No había vuelto a ponerle una mano encima desde lo ocurrido en Londres y parecía empeñado en demostrarle que era un tipo bastante decente. Isla le agradecía enormemente el gesto, pero algo le decía que no era más que la calma que pretendía a la tempestad. Además, era posible que lord Beurk se estuviera conteniendo gracias a la presencia de Sirius Black en el castillo y no quisiera demostrar cuál era su verdadera naturaleza frente al padre de su futura esposa. En cualquier caso, Isla se sentía más o menos a gusto. Las diversas heridas que su prometido le había causado durante aquella nefasta noche estaban curándose y ya no se sentía tan adolorida como antes. Isla incluso podía notar como su humor mejoraba por momentos. El hecho de mantener su cabeza ocupada con los preparativos de la boda ayudaba bastante, pero las mejores horas las pasaba en la biblioteca. Se había convertido en su pequeño refugio dentro de la miseria que rodeaba su vida.
Lord Beurk no encontraba nada raro en que su prometida pasara tantas horas allí metida. Puesto que le había dado permiso para disponer del castillo como quisiera, sería estúpido reprocharle que dedicara sus ratos libres a rodearse de libros. El hombre consideraba que era normal que una chica tan inteligente como Isla tuviera inquietudes intelectuales y se había asegurado de que los elfos le proporcionasen todo lo que necesitara durante sus horas de estudio. Su padre, que no recordaba que Isla fuera una gran amante de la lectura, encontraba esa actitud un tanto extraña, pero no decía nada. Se notaba que lo único que quería era que su hija fuera feliz y, aunque últimamente sus conversaciones con lord Beurk eran bastante superficiales, Isla le agradecía que hubiera ido hasta allí para demostrarle que él sí la apoyaba. Quizá no estaba dispuesto a dar el paso definitivo para convertirse en el padre ideal a los ojos de Isla, pero al menos no la había abandonado como sus hermanos y su madre.
En todo caso, Isla pasaba las horas muertas en la biblioteca del castillo, aún intentando encontrar a lady Rhona en alguno de los numerosos libros que estaban reunidos en la estancia. Si bien era cierto que Isla había encontrado algunos tomos con el árbol genealógico de los Beurk, no era mucho lo que había podido aprender de ellos. La mayoría sólo incluía datos básicos: fechas de nacimiento y defunción, matrimonios, descendencia y en algunos casos anotaciones sobre algunas hazañas importantes. De lord Moray y lady Rhona no había demasiado. Tan solo sabía que lady Rhona se había casado con catorce años, que había tenido cinco hijos y que había logrado sobrevivir a su esposo durante casi dos décadas. Quizá esos habían sido los únicos años felices de toda su vida y a Isla le pareció un poco triste que no existiera ningún retrato suyo de esa época.
Isla había sentido curiosidad por saber cómo había muerto lord Moray, pero los archivos que había encontrado no explicaban gran cosa. En el momento de su fallecimiento, el hombre tenía cincuenta años. Lady Rhona tenía diez menos y ambos eran dos brujos en la plenitud de la vida. Los dos procedían de familias mágicas de cierta antigüedad y habían estudiado en Hogwarts. Lord Moray fue a Ravenclaw, pero Isla no había encontrado nada sobre su esposa.
Con cada pequeño descubrimiento, la curiosidad de Isla Black iba en aumento. En uno de los libros había encontrado una reproducción del cuadro del pasillo y la joven había arrancado la hoja porque estaba absolutamente fascinada con la historia de lady Rhona. Ciertamente no sabía demasiadas cosas de la mujer, pero se sentía extrañamente unida a ella. Cada día estaba más convencida de que tenían mucho en común y no cejaba en su empeño de descubrir todo lo que fuera necesario para saber cómo había sido la vida de lady Rhona realmente.
A veces tenía la sensación de que estaba demasiado subyugada por la historia, pero al menos preocuparse por aquella mujer la ayudaba a no pensar en su futuro matrimonio. Ni en Robert. Aunque procuraba apartarlo de su memoria todo el tiempo, Isla no se había olvidado del beso que el muggle le había dado. A veces incluso podía sentir los labios suaves del hombre sobre los suyos y lamentaba enormemente verse obligada a separarse de él. Obviamente, era estúpido pensar que tenía alguna posibilidad de estar con un tipo como Robert, pero a Isla no le hubiera importado conocerlo un poco más. Seguramente sólo sentía gratitud hacia él porque la había tratado con dignidad cuando nadie más lo hacía, pero la cuestión era que el beso se le había clavado a Isla en el alma y la joven estaba segura de que tenía que significar algo más que una liberación. No había sido un acto de rebeldía o una forma de escapar de la realidad, sino algo que poco a poco iba cobrando más importancia para ella porque no podía olvidarse de Robert Hitchens. Y tampoco quería tener que hacerlo.
Isla estaba curioseando en los estantes más altos. Había descubierto que los libros más antiguos estaban allí arriba y en su mayoría eran enormes, de pergamino grueso y basto y muy pesados. Quizá por eso le llamó la atención encontrar un libro mucho más pequeño que los otros. Tenía las pastas negras y las páginas de un blanco casi inmaculado. Isla supo que era importante aún antes de tenerlo entre sus manos y descubrir que era el diario de lady Rhona de Beurk.
Casi se cae de la escalera al abrir el librito y descubrir el nombre de esa mujer escrito en él. La caligrafía era elegante y muy bonita e Isla casi dejó escapar un grito de satisfacción, pero cuando pasó las páginas y descubrió que todo estaba escrito en un inglés mucho más antiguo del que utilizaban en la actualidad, se desanimó un poco. Por supuesto que no resultaría demasiado difícil encontrar un hechizo de traducción que la ayudara a descifrar todo aquel entramado de letras un tanto extrañas, pero Isla necesitaba conocer a lady Rhona cuanto antes. Quizá en esas páginas podría encontrar alguna clave que la ayudara a sobrellevar mejor su destino. Quizá lady Rhona podía darle consejos desde el Más Allá para plantarle cara a Niven Beurk.
-Isla, querida. ¿Qué haces allí arriba?
En todo caso, esos descubrimientos tendrían que esperar. Lord Beurk acababa de hacer acto de presencia en la biblioteca y la observaba desde el suelo con curiosidad, como si no diera crédito a que una dama como su prometida se dedicara a trepar por escaleras en busca de algún libro viejo y que posiblemente no entendería. Isla dio un respingo cuando lo escuchó y casi por instinto escondió el diario de lady Rhona. No sabía por qué, pero no quería que Niven se enterara de que había encontrado ese libro. Seguramente él no le daría ninguna importancia al diario de una mujer que llevaba varios siglos muerta, pero Isla no quería correr riesgos. Lady Rhona era demasiado importante como para perder sus recuerdos por una imprudencia estúpida. Simulando que estaba concentrada en los lomos del resto de tomos de la biblioteca, ocultó el diario en su túnica y miró a lord Beurk con una sonrisa. Quizá pareció demasiado contenta de verlo, porque el brujo frunció el ceño como si encontrara su actitud un poco sospechosa y avanzó en dirección a la escalera para ayudarla a bajar. Isla aceptó la mano que le tendía y no dejó de sonreír en ningún momento.
-Estaba curioseando. Esos libros son realmente viejos.
-Pertenecen a la familia desde hace muchísimos años. Si te soy sincero, no los he leído. Me resultan incomprensibles.
-Debe haber hechizos de traducción adecuados –Isla se aventuró esperando que lord Beurk conociera alguno efectivo.
-Mi padre solía utilizar uno con muy buenos resultados. Si estás muy interesada en esos libros, te lo conseguiré.
-¡Oh, muchas gracias, Niven! Me apetece bastante leerme alguno de ellos.
-Seguramente sólo sean tratados naturalistas, nada demasiado interesante –El hombre se encogió de hombros. Consideraba que prestar atención a esos textos era una auténtica pérdida de tiempo, pero no se opuso a que Isla les echara un vistazo. No había nada peligroso en ello- Me gustaría hacerte unas consultas sobre los adornos florales. ¿Me acompañas?
Niven la mantuvo entretenida durante un par de horas. Isla tuvo que esforzarse mucho para concentrarse en lo que el hombre le estaba diciendo porque lo único que le apetecía era echarle un vistazo al diario de lady Rhona. No tenía ni idea de lo que iba a encontrar allí y quizá por eso estaba tan impaciente. En todo caso, no tuvo ni un solo momento libre en todo el día porque después de solucionar lo de las flores, su padre la invitó a jugar al ajedrez y estuvieron charlando hasta la hora de la cena. Una noche más transcurrió con absoluta tranquilidad, pero al finalizar lord Beurk le entregó a Isla un pequeño trozo de pergamino con un hechizo escrito y la chica estuvo a punto de besarlo por propia voluntad. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que él fuera a cumplir con su palabra tan pronto y, aunque era evidente que seguía intentando congraciarse con ella, Isla no pudo sentirse molesta. Era increíble como algo tan estúpido como un libro viejo podía devolverle la vitalidad que había ido perdiendo durante las últimas semanas. Lord Beurk pareció darse cuenta de ello porque cuando Isla anunció que se retiraba a su habitación, sonrió como si estuviera bastante satisfecho consigo mismo.
Sin embargo, Isla no fue consciente de esa sonrisa. Prácticamente corrió hasta su dormitorio y una vez allí dentro no tardó en acomodarse en el sillón junto a la chimenea. Varita en mano, sacó el diario de lady Rhona y lo estudió detenidamente durante un par de minutos. No había podido buscarle un escondite adecuado en todo el día, así que había estado oculto en su túnica las últimas horas. Isla casi podía sentir una unión física con él, algo que le resultó un tanto desconcertante y que seguramente se debería a lo identificada que se sentía con lady Rhona. Sin perder la sonrisa, aplicó el hechizo de traducción que Niven le había dado a conocer y se dispuso a enfrascarse en lo que ella esperaba que fuera una lectura apasionante.
Pero no lo fue, al menos al principio. Lady Rhona no había utilizado aquel libro como un diario propiamente dicho. Básicamente consistía en un montón de pequeños textos sin conexión entre ellos, pensamientos que la mujer había tenido a lo largo de su vida. Algunos estaban fechados, pero la mayoría carecían de sentido para Isla. Y ni siquiera hablaba demasiado sobre lord Moray. En realidad, no había encontrado ni una sola mención al hombre en las primeras veinte hojas del diario. Había empezado a leer con avidez, pero poco a poco iba perdiendo el entusiasmo y algo de interés. Aún tenía la esperanza de que la cosa se volviera más interesante un poco más adelante, pero empezaba a dudarlo seriamente. Además, lo más probable era que lady Rhona no se hubiera atrevido a escribir nada comprometedor relacionado con su marido por temor a que él encontrara el diario. Quién sabía lo que el hombre hubiera sido capaz de hacerle a su esposa en caso de que ella hablara negativamente de él.
Isla estaba empezando a plantearse la posibilidad de prepararse para meterse a la cama cuando alguien llamó a la puerta. No pudo evitar dar un respingo cuando descubrió que no estaban golpeando la entrada principal, sino la puerta que daba a la habitación de lord Beurk. No era como si le pillara de sorpresa, pero había esperado que el hombre tardara unos cuantos días más en ir a buscarla. Miles de días a ser posible.
Consciente de que no podía hacer nada para evitar pasar tiempo con su prometido, guardó el diario de lady Rhona en su tocador, se arregló un poco la ropa y acudió a abrirle. Lord Beurk podría haber entrado sin tomarse la molestia de llamar, así que Isla le agradeció que hubiera sido en parte considerado. No le hubiera hecho mucha gracia que la encontrara leyendo aquel librito, ni aunque estuviera resultando ser tan anodino.
Efectivamente, cuando abrió se encontró con la figura imponente de su prometido. Aún llevaba la túnica que luciera a lo largo del día y parecía el hombre tranquilo y amable de las primeras veces. Al mirarlo a los ojos, Isla se acordó del tipo violento y salvaje del hotel y todo su cuerpo le gritó que saliera corriendo antes de que fuera demasiado tarde. Se contuvo a duras penas y fue capaz de inclinar la cabeza y sonreír en dirección a lord Beurk.
-¿Estabas ocupada, querida? –Inquirió él sin entrar al dormitorio de Isla, signo inequívoco de que debía ser ella quién le acompañara al suyo.
-Estaba leyendo un rato antes de acostarme.
-¿Has probado ya el hechizo traductor?
-En realidad no he tenido tiempo de regresar a la biblioteca, así que he comenzado a leer uno de las novelas que hay en la librería –Isla se alegró de haber sido capaz de inventar una mentira con tanta rapidez- Seguramente mañana vaya en busca de alguno de esos libros tan antiguos.
Lord Beurk la miró como si considerara su afición a la lectura como una excentricidad propia de mujeres ociosas. Después, se hizo a un lado y con un gesto le indicó a Isla lo que quería de ella. Cuando habló, su voz sonó solícita, como si de verdad le estuviera haciendo una petición.
-¿Te apetece tomarte una copa conmigo?
Isla asintió. No se esperaba que el miedo la invadiera tan pronto, pero en cuanto entró al dormitorio de lord Beurk, sus músculos se entumecieron y la garganta se le quedó seca. Ni siquiera conocía las verdaderas intenciones de su prometido, pero la idea de que volviera a ponerle un dedo encima la asustaba bastante.
Lord Beurk cerró la puerta y la invitó a sentarse frente a la chimenea. La decoración del cuarto era bastante parecida a la del dormitorio de la propia Isla, aunque los muebles eran más oscuros y aparentemente más viejos y el color predominante era el verde. Isla miró a su alrededor mientras lord Beurk servía whisky de fuego en dos copas y sus ojos se detuvieron un instante en la cama. Era mucho más grande que la suya e invitaba a pasar largas noches de pasión, pero no con lord Beurk. Quizá con Robert Hitchens.
Isla agitó la cabeza para alejar al muggle de sus pensamientos. No era demasiado sensato acordarse de él cuando estaba junto a lord Beurk. Aunque no era algo que pasara todos los días y definitivamente podría ser considerado como un comportamiento del todo inapropiado, siempre cabía la posibilidad de su prometido intentara practicar la Legeremancia con ella. Si lo hacía y la descubría pensando en el beso que le había dado Robert, Isla terminaría metida en muchos problemas, así que toda precaución era poca. Decidida a guardarse para sí misma las emociones que el señor Hitchens despertaba en su interior, Isla cogió la pequeña copa que lord Beurk le tendía y esperó a que él dijera algo. Fue un alivio que no intentara besarla o tocarla de inmediato, aunque lo más probable fuera que lo hiciera en algún momento de la noche.
-Reconozco que he estado retrasando este momento todo el tiempo que me ha sido posible –Dijo lord Beurk tras darle un trago a su whisky. A Isla le había sorprendido que le diera un poco de esa bebida. Quizá pretendía emborracharla o algo parecido- Aún deseo tu compañía más que nada en el mundo, pero he creído conveniente darte un poco de espacio después de lo que ocurrió en Londres –Isla bajó la mirada y sintió cómo se ruborizaba- A veces creo que he pasado demasiado tiempo viviendo aquí solo. Mi carácter se ha vuelto muy difícil con el paso de los años y cada vez tengo menos paciencia, pero eso no justifica el haber sido violento contigo. Me doy cuenta de que no tenía motivos para estar enfadado y aunque los hubiera tenido no tenía ningún derecho a maltratarte de esa forma.
Isla no se atrevía a mirar a lord Beurk. Sus palabras parecían ser una disculpa sincera, pero a ella le resultaba muy difícil creerle. Desde que conocía a ese hombre, lo único que él había hecho fue abusar del poder que tenía sobre su familia, obligándola a hacer cosas que no quería. La última vez utilizó la fuerza bruta, pero el chantaje sutil al que se estaba viendo sometida desde que se comprometieron era incluso peor.
Isla sintió la mano de lord Beurk en su barbilla y alzó un poco la cabeza para mirarlo a los ojos.
-Te prometo que no volverá a pasar, Isla –Le dijo con la misma suavidad de antes- Vas a ser mi esposa. Mi deber es cuidar de ti y es lo que haré a partir de ahora.
A continuación, el hombre se inclinó para besarla. Aunque se esforzaba por ser tierno, Isla sólo podía sentir repugnancia. No importaba lo experimentado que fuera lord Beurk como amante, el beso que le había dado Robert Hitchens en el muelle fue cien veces mejor por cientos de motivos en los que Isla no debía pensar.
Después de lo que fue una eternidad a ojos de Isla Black, lord Beurk interrumpió el beso y volvió a mirarla a los ojos. Era evidente lo que quería de ella e Isla decidió que se dejaría hacer. Seguía demasiado asustada como para intentar negarse a los deseos de ese hombre y tampoco quería correr riesgos en ese asunto.
Lord Beurk fue amable esa noche y las siguientes. Isla incluso había llegado a sentir placer, aunque eso era incluso peor porque luego se sentía sucia y se reprochaba a sí misma el ser capaz de disfrutar con las atenciones de un hombre como lord Beurk. Por fortuna, no tardarían nada en volver a Londres y su vida sería un poco más normal de nuevo. La parte negativa era, aparte de que se vería obligada a lidiar con su hermana y su madre, que la fecha de la boda estaba cada vez más cerca y sus oportunidades de escapar de aquella situación disminuían día tras día. Isla cada vez se sentía más angustiada ante ese hecho, así que procuraba mantener la cabeza ocupada con el diario de lady Rhona.
La mujer mencionaba a lord Moray por primera vez poco antes de la mitad del libro. Escribía sobre la impresión que le había causado cuando lo vio por primera vez, con solo trece años de edad. Isla se enteró de que lady Rhona había ido a Slytherin y de que no había terminado los estudios puesto que abandonó Hogwarts el mismo día en que se comprometió. A la joven lady Rhona le había parecido que lord Moray era un tipo bastante aterrador y no hablaba en muy buenos términos de él. Afirmaba que era un hombre de mal carácter, sin sentido del humor, arrogante y un tanto cruel. La pequeña lady Rhona se había sentido muy desgraciada al tener que casarse con él e Isla podía imaginar que su vida en matrimonio fue difícil.
En el libro no había encontrado demasiados detalles respecto a eso. Lady Rhona dedicaba hojas enteras a escribir sobre pociones. Al parecer, adoraba el noble arte de la elaboración de pociones y lo había convertido en su razón de ser. Isla, que había sido bastante buena con esa asignatura, era incapaz de reconocer todas las pócimas que se mencionaban y supuso que algunas de ellas habrían caído en desuso con el paso de los años. Aunque leer sus peroratas sobre pociones podía ser interesante e incluso entretenido, no era eso lo que Isla quería averiguar. Ella sólo deseaba saber cómo había sido lord Moray, pero lady Rhona se empeñaba en no satisfacer su curiosidad.
Poco a poco fueron apareciendo reseñas relacionadas con los cinco hijos que el matrimonio había tenido. El mayor de todos ellos había luchado al lado de los muggles en contra del ejército inglés que pretendía invadir Escocia y había muerto de una forma muy poco mágica cuando recibió una estocada en el costado y la herida se le infectó. Los otros cuatro hijos de lady Rhona, todos hombres, habían sido magos de pro y habían fallecido por los motivos más variopintos. Uno de ellos había intentado aparecerse cuando estaba borracho como una cuba y terminó trágicamente escindido. Otro fue asesinado por vampiros cuando las cacerías de esas criaturas eran el entretenimiento de moda en el mundo mágico. Un cuarto se envenenó a sí mismo al ingerir una poción digestiva en mal estado. El último murió de viejo en su cama, rodeado de sus hijos, su esposa y sus numerosas amantes. Por supuesto que lady Rhona no hablaba sobre los fallecimientos de sus hijos porque todos la habían sobrevivido, pero toda aquella información fue fácil de extraer partiendo de los árboles genealógicos de la familia.
Precisamente era aquello lo que Isla estaba leyendo esa tarde. Había ocupado su lugar favorito en la inmensa biblioteca del castillo y estaba tan ensimismada en la lectura que no oyó llegar a lord Beurk. Puesto que en el diario de lady Rhona no se hacía referencia a la muerte de su marido, Isla había ido hasta allí con la esperanza de encontrar alguna clase de información al respecto. Cuando lord Beurk se acercó a ella y le echó un vistazo al libro que tenía entre manos, alzó una ceja con curiosidad.
-¿Estás interesada en los ancestros de la familia Beurk?
Isla se llevó un pequeño sobresalto, pero enseguida se recompuso. Si para algo le habían servido las últimas noches pasadas en compañía de ese hombre, había sido para perderle un poco de miedo. Seguía sin gustarle y no se fiaba un pelo de él, pero al menos ya no parecía dispuesto a saltar sobre ella al mínimo descuido. Y aunque hubiera preferido seguir manteniendo su interés por lady Rhona en secreto, tenía que contestar la pregunta de su prometido.
-Mi madre nos enseñó genealogía mágica a mis hermanos y a mí, así que creo que mi curiosidad es algo que está ahí desde muy pequeña.
Lord Beurk sonrió y se sentó a su lado, echándole un vistazo al libro que Isla tenía abierto sobre la mesa.
-¡Ah, lord Moray Beurk! El primer señor de este castillo.
-He creído conveniente empezar por el principio –Dijo Isla sin mencionar que quién realmente le interesaba era su mujer.
Lord Moray cogió el libro y leyó con interés durante un par de minutos. Después, asintió y le devolvió aquel enorme tomo a su futura esposa.
-Fue un hombre desgraciado –A Isla le sorprendió mucho ese comentario- Cayó en las redes de una mujer terrible.
Isla alzó una ceja sin dar demasiado crédito a sus palabras. ¿Lady Rhona terrible? Sin duda tenían una idea bastante diferente sobre lo que eran personas desgraciadas o terribles. Aún así, se obligó a fingir desconocimiento.
-¿Por qué?
-Lord Moray se casó a una edad bastante tardía para la época –Lord Beurk se acomodó mejor para contarle la historia e Isla se sintió genuinamente interesada por lo que ese hombre tenía que decir por primera vez desde que le conocía- Era costumbre que los niños fueran enviados como pupilos a otros señores para que les entrenaran como caballeros, aunque lord Moray vio interrumpida su educación para ir a Hogwarts. Durante toda su adolescencia apenas tuvo tiempo para otra cosa que no fuera aprender el arte de la espada y de la magia, así que cuando terminó su andadura como estudiante en Hogwarts, era un chico bastante inexperto. Después de marchó a la guerra y regresó cuando era bastante mayor. La mayor parte de sus coetáneos ya estaban casados y su padre había encontrado una futura esposa para él.
Lady Rhona. Isla cruzó las manos sobre la mesa y siguió escuchando.
-Rhona Merrick era hija de un rico comerciante de la zona. Creo que no era más que una niña cuando contrajo matrimonio, pero ya entonces podía vislumbrarse cuál era su verdadera naturaleza.
-¿Qué naturaleza?
Lord Beurk suspiró y pasó la vista por la amplia estancia antes de continuar.
-Dicen que su madre era una experta en magia negra. Los muggles de la época afirmaban que era una adoradora del diablo y que acostumbraba a hacer rituales que precisaban de la magia de sangre. –Lord Beurk se encogió de hombros- Seguramente sólo fueran habladurías. Los muggles de entonces eran aún más supersticiosos que los de ahora, así que imagino que para ellos una bruja estaba condenada a ser maligna por nacimiento. En todo caso, se comentaba que lady Rhona había aprendido todas esas malas artes de su madre.
-¿Hay motivos para pensar que eso fuera cierto?
-Lo más probable es que lady Rhona jamás invocara a ningún demonio, pero yo sí diría que era aficionada a cierta rama de la brujería que no está demasiado bien vista en la actualidad –Isla alzó una ceja sin darle demasiado crédito. La historia de lord Beurk era interesante en cierta forma, pero lady Rhona no tenía demasiada pinta de ser una bruja oscura- Dicen que, a pesar de que lady Rhona era muy joven cuando conoció a lord Moray, él no tardó en quedar prendado de su belleza. Siempre había sido un hombre silencioso y austero, pero desde que contrajo matrimonio se volvió huraño y solitario. Se dice que lady Rhona era capaz de manejar su voluntad a su antojo. Era una gran pocionista y se sabe a ciencia cierta que siempre estuvo interesada en la magia relacionada con el control de la mente. Legeremancia y oclumancia, hechizos desmemorizantes. La maldición imperius –Isla se estremeció al escuchar esa última palabra- Nunca se supo si lord Moray actuaba así por voluntad propia o si estaba bajo los efectos de algún encantamiento o poción. La cuestión es que él era capaz de hacer lo que ella le pidiera, cualquier cosa. Estuvieron juntos durante unos cuantos años, pero un día lady Rhona decidió que no deseaba seguir casada.
-¿Y qué hizo? –Isla creía conocer la respuesta.
-En realidad jamás se pudo probar nada. De hecho, lady Rhona fue señora del castillo hasta su muerte, pero supuestamente envenenó a lord Moray.
Isla volvió a estremecerse. Dudaba mucho que esa historia fuera cierta, pero en caso de serlo lo más seguro era que lord Moray se hubiera merecido ese destino. Podría llegar a creerse que lady Rhona no fuera una marioneta en manos de su marido, de hecho esperaba que no lo hubiera sido, pero de ahí a considerarla una manipuladora y una asesina iba mucha diferencia.
-¿Por qué querría envenenarlo?
-No hay forma de saberlo. Las motivaciones de lady Rhona son una auténtica incógnita. Podría estar descontenta con lord Moray, ambicionar su riqueza y posición y tal vez podría haberse enamorado de otro hombre, pero no existe ninguna prueba escrita que demuestre siquiera que ella lo mató –Lord Beurk se puso en pie para marcharse- Es uno de los grandes misterios en torno a la familia Beurk. Quizá el más grande de todos. ¿Quién sabe? Si dedicas el suficiente tiempo a leer todos estos libros, es posible que encuentres alguna pista sobre la muerte de lord Moray –Isla asintió. No pudo evitar contemplar la biblioteca con curiosidad- Tengo que dejarte, querida. ¿Nos vemos más tarde?
-Por supuesto, Niven.
El hombre se despidió con un beso en la mejilla y se fue dando grandes zancadas. Isla se quedó inmóvil en su sitio, pensando en lo que lord Beurk acababa de contarle. De pronto sintió el impulso de echarle un nuevo vistazo al diario de lady Rhona y se marchó a su dormitorio sin molestarse en ordenar el resto de libros que había estado utilizando. Una vez allí, buscó el diario en su tocador y extrajo el retrato de lord Moray.
Él seguía sin parecerle un hombre demasiado agradable. Físico imponente y expresión seria y fría no eran una buena combinación, pero no era él quién le interesaba ese día. Centró su atención en lady Rhona, eternamente oculta detrás de su marido, y a Isla no le pareció tan indefensa como siempre. De hecho, el antiguo temor en su rostro parecía haberse convertido en algo extraño y que se asemejaba mucho a la malicia. Tal vez Isla debió sentir un poco de lástima por lord Moray, porque si la historia que le había contado Niven era cierta, ese hombre había sido digno de compasión, pero no fue pena lo que sacudió sus entrañas mientras observaba el rostro de lady Rhona, sino esperanza.
Lady Rhona fue una niña cuando la obligaron a casarse y según decían, no le había ido tan mal. Isla era una bruja adulta y perfectamente educada que sería capaz de enfrentarse a cualquier obstáculo que la vida le pusiera en el camino. No sabía si lady Rhona había sido una víctima o una victimaria, pero no le importaba. Lo único en lo que Isla podía pensar en ese momento era en que ella no estaba obligada a resignarse a un futuro desgraciado. Su destino únicamente le pertenecía a ella y podría hacer con él cualquier cosa que quisiese. Sólo tenía que esperar hasta el día de la boda; entonces, lord Beurk salvaría a su familia y ella podría poner las cartas sobre la mesa. Aún no sabía que haría entonces, pero tenía claro que no iba a consentir que lo de Londres volviera a ocurrir. Antes de eso, practicaría la elaboración de pociones con las recetas de la vieja lady Rhona Beurk.
-Tienes una figura exquisita, querida.
Gustav Fournier siempre repetía las mismas palabras. Era un hombre maduro y de piel pálida que disfrutaba enormemente adulando a las mujeres. De hecho, tenía fama de ser un crápula pendenciero entre sus amigos franceses y se había visto envuelto en unos cuantos escándalos relacionados con mujeres de su tierra natal, la mayoría de ellas casadas y muy bien consideradas socialmente. Aunque Isla realmente no se sentía demasiado atraída por él, podía entender que las mujeres cayeran rendidas a sus pies. El sastre estaba hecho todo un adonis griego y tenía mucha labia, así que no le debía ser demasiado difícil encontrar amantes.
Esa tarde, por ejemplo, Lyra Black estaba absolutamente rendida a sus pies. Isla jamás pensó que llegaría a ver a su madre coqueteando con un hombre, así que ver como la bruja se reía tontamente y se ruborizaba ante los comentarios de monsieur Fournier estaba resultando ser una experiencia bastante divertida. Incluso Elladora parecía fascinada con él. Todo lo fascinada que la buena de Ella podría llegar a sentirse por nadie, por supuesto.
Isla, por su parte, estaba encantada de que al fin un hombre guapo la agarrara por la cintura, pero no sentía ninguna atracción física por monsieur Fournier. Reconocía que era todo un profesional y que estaba creando un vestido magnífico exclusivamente para ella, pero nada más. Se divertía durante cada una de las pruebas de vestuario que había tenido que hacer en la última semana e incluso por momentos se olvidaba de que no tardaría nada en estar casada con lord Beurk, pero mientras estaba en compañía de monsieur Fournier era casi feliz. Su mente permanecía vacía mientras el modisto hablaba sobre toda clase de tejidos y tonos de blanco e Isla se maravillaba al mirarse al espejo para comprobar que iba a ser una novia magnífica.
Hacía una semana que había vuelto de Escocia. Al final la semana con lord Beurk no había resultado ser tan terrible como ella esperaba, en parte porque su padre estuvo haciéndoles compañía todo el tiempo, en parte porque su estado anímico había cambiado bastante. Si durante su primer día en las Tierras Altas se había sentido asustada y devastada, al final de su estancia allí había logrado recuperar las fuerzas, gracias en gran medida a lady Rhona. En su diario había encontrado un par de pociones que podrían utilizarse para someter la voluntad de otra persona y otras para ocasionar la muerte, pero Isla no había querido darle vueltas a ese asunto. No importaba que lady Rhona hubiera sido capaz de acabar con la vida de su marido. A Isla solo le interesaba saber que fue una mujer fuerte, que jamás dejó que lord Moray Beurk abusara de ella y que al final consiguió ser feliz. Isla quería ser como ella algún día, poder dejar atrás todos los sentimientos que atenazaban su espíritu y sentirse libre para buscar su propia felicidad puesto que era bastante difícil que alguien fuera a preocuparse por dársela. Isla había comprendido que estaba sola, pero eso ya no la asustaba porque estaba capacitada para afrontar su destino sin ayuda.
Ciertamente su espíritu flaqueaba cuando caía la noche y lord Beurk iba a buscarla, pero poco a poco eso estaba mejorando. Isla estaba aprendiendo a controlar el miedo, la repugnancia y la impotencia y procuraba mostrarse práctica con todo el asunto. El sexo como algo romántico había perdido todo su sentido y para Isla no era más que el arma más poderosa con la que enfrentar a lord Beurk. Si lo mantenía entretenido en la cama, fuera de ella era más fácil de tratar. Había vuelto a ser el hombre amable del principio e Isla poco a poco estaba empezando a anticipar cada una de sus acciones. Lord Beurk no era un tipo demasiado difícil de complacer. Se mantenía fiel a su rutina diaria y constantemente ejercía un gran autocontrol sobre sus emociones. Isla suponía que algún día volvería a estallar como aquella vez y se estaba preparando para afrontar dicho estallido de forma que le permitiera salir bien librada de él.
En cualquier caso, la única realidad en esos días era que debía centrar toda su atención en el vestido de novia. Su madre y su hermana daban vueltas a su alrededor constantemente, más emocionadas con la boda que la propia Isla. Desde su regreso de Escocia, la joven apenas había visto a su hermano Phineas un par de veces. Al parecer estaba demasiado ocupado cortejando a su prometida como para preocuparse de aquella clase de asuntos domésticos. En cuanto a su padre, seguía tan callado como cuando habían estado en Escocia. De vez en cuando miraba a Isla con los ojos brillantes repletos de culpa, pero la joven ya había comprendido que no la libraría del compromiso. Sirius estaba decidido a pagar el precio requerido por salvar a su familia de la ruina y, aunque en principio eso había enfurecido a Isla, ya no era así. Su padre estaba haciendo lo que creía que era correcto y al menos daba muestras de lamentarlo, no como el resto de miembros de su familia. Isla suponía que no debía ser fácil para él afrontar la situación actual y sólo por eso era capaz de no guardarle ningún rencor.
-Mañana vendrá a verte madame Chantelle –Estaba diciendo monsieur Fournier. Daba vueltas a su alrededor como un abejorro zumbón y a Isla incluso le mareaba un poco tanto movimiento- Trabaja para mí desde hace muchos años y se encargará de elegir el maquillaje y el peinado idóneos para el vestido. Vas a ser una novia preciosa, Isla.
-Muchas gracias, Gustav.
Monsieur Fournier insistía en que se llamaran por su nombre de pila. Ni siquiera Lyra Black, ferviente defensora de los buenos modales, había sido capaz de resistirse a la petición del brujo francés.
-Ya hemos terminado por hoy.
El hombre comenzó a recoger sus cosas. Una de sus asistentes ayudó a Isla a quitarse el vestido, que fue mágicamente encogido e introducido en una especie de bolsa transparente que servía para evitar que sufriera cualquier clase de daños. Isla ni siquiera sintió vergüenza cuando monsieur Fournier la vio en ropa interior. El hombre estaba demasiado ocupado coqueteando con su madre como para darse cuenta de que ella estaba casi desnuda. Isla se preguntó si el bueno de Gustav gustaba de las mujeres maduras. Los comentarios que llegaban de Francia indicaban que sus amantes casi siempre eran bastante mayores y el propio monsieur Fournier sedelataba con su comportamiento. Seguramente la pobrecita Ella no tenía ninguna oportunidad con él. Y no era porque no lo estuviera intentando. Desde que Isla se había comprometido y Ella parecía haber comprendido que su última oportunidad de encontrar marido se había desvanecido, la mayor de las hermanas estaba empeñada en encontrar cuantos más amantes mejor. Isla no podía culparla por querer poner un poco de picante en su vida. De hecho, lo necesitaba bastante, pero lamentaba que hubiera perdido la esperanza. Elladora no era la mujer más buena del mundo, pero a Isla le hubiera gustado que viera sus sueños hechos realidad.
Monsieur Fournier se fue pasados cinco minutos. La casa se quedó extrañamente silenciosa sin su constante verborrea a Isla, que aún no se había vestido, se sintió fuera de lugar. Su madre se había ido detrás del hombre como si estuviera siendo hechizada por el brujo, pero Ella se había quedado ahí, mirándola con desagrado. Aún la culpaba por haber sido la elegida de lord Beurk y siempre se mostraba desagradable con Isla. La chica estaba tan harta de la situación que ni siquiera se había planteado la opción de enfrentar a su hermana. Sabía que terminaría discutiendo y no le apetecía escuchar los mismos insultos de siempre ni tener que recitar los de su propia cosecha. Sólo quería que Elladora la dejara en paz de una vez. Ya no aspiraba a que Ella comprendiera que no era feliz con lo que estaba ocurriendo, pero al menos podía soñar con el momento en que la dejara tranquila. Se lo merecía.
Sin embargo, aquella tarde no iba a ser precisamente pacífica. Isla se dio cuenta de que su hermana tenía ganas de pelea en cuanto vio la expresión maliciosa en su rostro. ¡Merlín! Era tan obvia.
-Dime una cosa, hermanita. ¿Qué tal en Escocia? No hemos tenido ocasión de hablar sobre ello desde tu regreso.
-Todo fue muy bien, gracias por el interés.
-¿Todo fue bien? Entonces. ¿Por qué tuvo que ir padre a rescatarte?
-Padre no me rescató de nada –Isla apretó los dientes, intentando convencerse a sí misma de que Ella no la iba a hacer enfadar. No cuando era tan evidente que pretendía hacerlo- Fue a Escocia porque era indecoroso que lord Beurk y yo viviéramos bajo el mismo techo antes de la boda.
-¡Oh! –Elladora tomó asiento y observó sus uñas distraídamente. Isla supo que se estaba preparando para el ataque- ¿Acaso no es indecoroso que padre permita que lord Beurk te folle todos los días bajo su propio techo?
-Padre hace lo que tiene que hacer. Y yo también –Isla alzó la cabeza con orgullo, dispuesta a no dejarse avasallar- Si no fuera por nosotros, dentro de poco tiempo madre y tú os veríais obligadas a trabajar para poder comer, así que déjame en paz.
Elladora pareció momentáneamente sorprendida por esas palabras, pero se repuso de inmediato.
-Entonces debería estarte agradecida. ¿Verdad? Por quitarme el marido y meterlo en tu cama como la ramera que estás demostrando ser.
Isla dio un respingo. Perfectamente podría haberle cruzado la cara a su hermana de un bofetón, pero se contuvo porque en realidad no quería enfadarse y porque eso no era algo propio de señoritas. A pesar de todo, las enseñanzas de su madre eran algo con lo que procuraba cumplir diariamente. Así pues, tuvo que conformarse con la defensa verbal.
-Te he dicho cientos de veces que no te he quitado nada. Si no quieres entenderlo, es tu problema, Elladora. Y en cuanto a lo de si soy o no una ramera, sólo diré que lord Beurk es y siempre será mi único amante. Vamos a casarnos dentro de poco, así que compartir lecho es lo más normal del mundo.
-¿En serio? –Ella torció el gesto- ¿Y por eso no eres una ramera? Yo siempre he pensado que la mujer que se acuesta por un hombre por dinero es una puta. ¿No es eso lo que estás haciendo tú, Isla? ¿Acaso no te estás vendiendo?
No. Ella no se estaba vendiendo. La estaba vendiendo su propio padre, lo cual era mucho peor. Podría habérselo dicho a Elladora, gritárselo en la cara para intentar hacerla callar, pero en lugar de eso suspiró con hastío y decidió que necesitaba respirar aire fresco. Sin dar demasiadas explicaciones, salió al exterior y una vez más se vio a sí misma paseando por el mundo muggle. En esa ocasión era de día y las calles estaban más concurridas. Isla estuvo observando a toda esa gente durante bastante tiempo, preguntándose cómo serían sus vidas. A pesar de que siempre le habían dicho que la gente no-mágica era bastante primitiva, Isla ya no podía estar de acuerdo con ello. Cada vez que comparaba a Robert Hitchens con lord Beurk, sabía que si uno de los dos era un salvaje, no era el muggle precisamente.
Hacía varios días que no pensaba en él, pero cuando el nombre del señor Hitchens vino a su cabeza, Isla se preguntó cómo estaría. La última vez que lo vio, aparte de recibir el beso más maravilloso que nadie le había dado nunca, se encontró con un hombre amenazado con hundirse en la miseria. Habían pasado dos semanas e Isla necesitaba saber si su situación había mejorado. Era absurdo, peligroso y una locura que podría traerle más disgustos que alegrías y aún así Isla buscó un buen sitio en el que desaparecerse y viajó hasta los muelles de Londres. Allí también había muchísima gente, pero por fortuna nadie la vio surgir de la nada e Isla pudo empezar a caminar por el puerto con la confianza que le otorgaban las experiencias pasadas. Aunque estuviera cometiendo una insensatez no le importaba. Necesitaba ver al señor Hitchens por última vez y lo haría pasara lo que pasara.
No era difícil suponer que Robert estaría en la taberna e Isla nuevamente se dirigió hacia allí. El ajetreo en los muelles era algo fascinante que hubiera podido distraerla de no estar tan segura de lo que quería. Isla sorteó a los niños sucios y de ropas harapientas que correteaban por ahí, ignoró los gritos de las mujeres y no les prestó atención a los marineros que la piropearon obscenamente. A pesar de que la chica se había envuelto en su capa de viaje verde, su figura esbelta y bien formada llamaba la atención de aquellos hombres. Isla sonrió sintiéndose extrañamente halagada y siguió andando con paso firme, concentrándose en el ruido que hacían sus tacones al golpetear el suelo. Se sentía bastante ansiosa y se preguntó si era normal que sus ganas de ver a Robert Hitchens aumentaran con cada paso que daba.
Al fin llegó a la taberna. Había bastante gente a pesar de ser temprano, pero a Isla no le costó nada localizar a Robert en su lugar de siempre. En cuanto lo vio, supo que las cosas no le iban bien. Estaba apoyado en la barra, ataviado con una ropa que ya no tenía pinta de ser cara en absoluto y con el pelo rubio un tanto devuelto. Con la mano derecha sostenía lo que parecía ser un pequeño reloj de bolsillo y, aunque Isla no podía ver su rostro desde allí, tuvo la certeza de que estaba viendo a un hombre derrotado. No podía permitir eso. Robert Hitchens la había ayudado muchísimo, más de lo que el propio Robert podría llegar a suponer, e Isla decidió que iba a subirle el ánimo. Si para ello tenía que fingir que su vida era maravillosa, lo haría porque ese hombre se merecía que alguien le echara una mano.
Con la misma decisión que había demostrado mientras cruzaba el puerto, pero sin apartarse la túnica de la cara, caminó hasta situarse junto a Robert. En esa ocasión no hubo mucha gente que le prestara atención. Todos estaban sumidos en sus propios quehaceres y la presencia de Isla en la taberna ya empezaba a ser una constante, así que la ignoraban igual que ignoraban a cualquier otro parroquiano habitual. Isla echó un poco de menos convertirse en el centro de las miradas de todo el mundo, pero una vez tuvo a Robert Hitchens a su lado, se olvidó de lo demás. ¿Qué importancia tenían si ninguno de ellos había sido amable con ella nunca?
-¡Buenas tardes, querido Robert!
El hombre se sobresaltó e Isla lo encontró encantador. Por su expresión, era evidente que se alegraba un montón de verla, de la misma forma que era obvio que pretendía ocultar el reloj por la velocidad con la que se lo guardó en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta. Isla se sintió intrigada por ello, pero su curiosidad desapareció cuando Robert habló. Nunca antes le había parecido que su sonrisa fuera tan bonita ni que él fuera tan guapo.
-No la esperaba, Isla. Me es grato tener ocasión de saludarla una vez más.
A pesar de que sus palabras sonaron como algo que diría lord Beurk, Isla se alegró de que a Robert le hiciera tanto ilusión como a ella aquel reencuentro. Porque estaba siendo completamente sincero. Podía verlo en su forma de sonreír y de moverse y, ante todo, en el brillo cálido de sus ojos oscuros y supo que el beso no fue un espejismo. Robert Hitchens estaba interesado en ella y parecía querer grabarse su imagen en la memoria.
-Lamento no haber podido venir antes –Y realmente lo sentía. Robert no podría imaginarse cuánto- He estado muy ocupada con los preparativos de mi boda.
"Por desgracia", pensó mientras veía como el rostro de Robert Hitchens se tensaba durante un segundo.
-Finalmente ha cedido a las presiones de su padre –Comentó él entonces, apartando la mirada como si el solo hecho de pensar en ello le resultara físicamente doloroso. Isla no pudo responderle. Tuvo la sensación de que le estaba haciendo daño y eso no era lo que ella pretendía. Quería que sonriera, que fuera feliz y le hiciera olvidar todo lo que le esperaba cuando regresara a Grimmauld Place. O peor aún, lo que tendría que aguantar una vez se hubiera mudado definitivamente a Escocia.
Isla se sentó al lado de Robert y se apartó la capucha. En esa ocasión sí que hubo varios hombres que la miraron con descaro y la joven sintió como si cada cosa estuviera nuevamente en su sitio. Ciertamente no atrajo tanta atención como en sus primeras veces, pero era agradable comprobar que aún era capaz de despertar algo en los hombres. Era una estupidez porque en realidad seguía siendo la misma chica de siempre, al menos exteriormente, pero desde que se empezó a acostar con Niven Beurk tenía la sensación de que ya no era tan guapa como antes. No se sentía como antes.
-Mi hermana Elladora ha estado ayudándome a preparar el vestido de novia y no he tenido ocasión de estar sola hasta hoy- Isla ignoró el último comentario del hombre y llamó la atención del tabernero. El hombre ya no se mostraba en absoluto fascinado con su presencia e Isla consideró que era algo perfectamente normal- Señor Taylor. ¿Puede traerme una botella de whisky y un par de copas? Mi amigo Robert necesita beber.
El camarero asintió y se apresuró en servirle el pedido. El señor Taylor parecía estar de acuerdo con eso de que el bueno de Robert necesitaba beber porque, a pesar de estar sentado junto a la barra, no tenía ninguna copa de licor haciéndole compañía. Isla supuso que se debía únicamente a su precario estado financiero (obviamente necesitaba beber. Y con urgencia) y decidió que ayudarle a emborracharse era una buena forma de devolverle la sonrisa.
-No creo que pueda invitarla, Isla –La voz de voz apenas fue un graznido. Si las últimas semanas de la bruja habían sido un infierno, las de Robert no tenían pinta de haber sido mucho mejores- No tengo dinero ni para costear mi propio whisky.
Isla había dado en el clavo. Si no sonrió fue porque no quería que Robert pensara cosas equivocadas.
-No se preocupe por eso. Yo me encargo de los gastos.
-¿Usted?
-Claro. ¿Por qué no?
Isla temió que fuera a decir alguna estupidez machista, como que era la obligación del hombre pagar siempre y en cualquier circunstancia, pero no lo hizo. En vez de eso, volvió a mirarla y le sonrió de nuevo, logrando que el corazón de la chica diera un vuelco y que su cuerpo entero se quedara paralizado durante un instante que pareció una eternidad.
-Estaré encantado de emborracharme con usted otra vez. Es una compañía agradable.
Satisfecha con la respuesta, Isla le sonrió y sirvió las copas. Robert se bebió la primera de un trago y la chica supuso que debía estar realmente desesperado. Tuvo la certeza de que no había nada que pudiera hacer para que se sintiera mejor.
-¿No ha encontrado suficientes clientes, Robert? –Inquirió, suponiendo que ese era uno de los motivos que lo mantenían en ese estado.
-En realidad no he encontrado ninguno –Isla lo lamentó profundamente- Y llámeme Bob, por favor. Mis amistades me llaman así.
Eso fue demasiado. Isla sintió un montón de estúpidas mariposas revoloteándole por el estómago y odió tener que pensar cosas que sólo pensaban las malditas estúpidas protagonistas de las estúpidas novelas rosa que tanto gustaban a su madre. Sin embargo, la realidad era que Isla Black nunca antes se había sentido así. Era como si alguien le hubiera insuflado una dosis de energía. Estaba sencillamente exultante y lo único que había hecho Robert Hitchens había sido afirmar que eran amigos. Era estúpido, pero. ¿Qué sabían los seres racionales de sentimientos?
-Por supuesto, Bob –Isla amplió aún más su sonrisa, sintiendo que la calidez que sentía por dentro era capaz de superar los límites de su propio cuerpo. Se hubiera puesto a gritar de felicidad, pero se obligó a mantener la compostura y a proseguir con la conversación justo donde la habían dejado -¿Por qué no ha encontrado pacientes?
-Como le dije, mi nombre no vale nada –Robert se encogió de hombros y bebió más whisky- En todas las casas que he visitado consideran que soy tan poco digno de confianza como mi padre. Ni siquiera soy capaz de recordar las veces que me han echado a la calle en los últimos días.
Isla alzó una ceja y únicamente pudo pensar en que sus ancestros Black, sus padres y sus hermanos tenían razón: los muggles eran idiotas.
-Lo lamento muchísimo. Estoy segura de que es usted un médico muy bueno. –La joven lo creía de corazón. No terminaba de entender qué era lo que hacían los médicos, pero Robert tenía que ser de los buenos de verdad.
-Por desgracia, nadie me permite demostrarlo.
-¿Y qué piensa hacer?
Robert contuvo la respiración y se quedó callado durante unos segundos, como si se le hiciera muy difícil continuar hablando. Sin embargo, cuando lo hizo su voz sonó firme y decidida e Isla comprendió que nada ni nadie podría hacerle cambiar de idea.
-Tengo un tío en Australia. Lo enviaron allí mucho antes de que yo naciera como castigo por una serie de pequeños delitos y confío en poder encontrarlo en Sidney. Dicen que es fácil hacer fortuna allí.
Isla se quedó absolutamente paralizada. No terminaba de entender por qué la revelación que acababa de hacerle Robert Hitchens era capaz de provocarle tanta desolación, pero la sola idea de que ese hombre pudiera irse a Australia, tan lejos de ella, le hacía tener ganas de gritar, llorar y patalear de horror. No esperaba poder tener ninguna clase de relación con Robert porque ella iba a casarse con otro hombre y porque Bob, su amigo Bob, era un muggle, pero al menos era un consuelo saber que él estaba allí, en esa taberna, esperando para hablar con ella cuando Isla lo necesitara. Aunque la joven se hubiera marchado a Escocia, nada habría sido tan grave porque en realidad las Tierras Altas no estaban tan lejos de Londres, pero. ¿Australia? Eso era el otro lado del mundo. Si Bob se iba, no volvería a verlo nunca más. Y Bob había sido bueno con ella y la había besado. No quería perderlo.
Isla supo que había pasado demasiado tiempo callada. Bob la miraba como si esperara algo y entonces Isla parpadeó y procuró mantener la calma mientras pensaba en una solución. Tenía que haber algo que pudiera hacer. No podía dejar que Bob se fuera.
-¿Me está diciendo que se va a Australia?
-Efectivamente.
La confirmación había sido necesaria porque Isla aún esperaba haber entendido mal. Desgraciadamente, no fue así.
-Pero no puede hacer eso.
-Aquí no tengo nada, Isla. No tengo familia, ni dinero ni posibilidad de un futuro –Bob sonaba tan sensato que Isla supo que tenía toda la razón. Dolía reconocerlo, pero era cierto. Australia era una buena opción para él. Una locura, pero una buena locura al fin y al cabo- Australia es una ocasión única para empezar una nueva vida.
-¿Y qué pasa conmigo?
Sonó herida, casi infantil. Bob la miró con sorpresa y algo de lástima, como si lo último que hubiera esperado fuera hacerle daño al revelarle sus planes. Ciertamente él no quería herirla, pero lo estaba haciendo e Isla aún pensaba en algo que hacer para no perderlo. Era su amigo, el único hombre que aplacaba un poco el dolor que suponía para ella tener que sacrificarse para salvar a la familia. Una familia egoísta y cruel que jamás se había arrepentido de hacerle daño. No como Bob.
-No sé qué…
-Creí que éramos amigos –Aunque no era culpa suya, Isla no pudo evitar hacerle ese reproche. Quizá podría convencerlo para que se quedara.
-Y lo somos, por supuesto que sí.
-Entonces. ¿Por qué me abandona?
Por un segundo creyó que lo había conseguido. Los ojos oscuros de ese hombre también se llenaron de sufrimiento y pareció un animal herido, un pobre desgraciado al que habían colocado entre la espada y la pared, pero cuando Bob habló supo que no habría nada que pudiera hacer que cambiara de opinión. Ni siquiera los posibles sentimientos que pudiera albergar su amigo.
-No la estoy abandonando. Simplemente estoy intentando buscar la oportunidad que Inglaterra me niega.
Isla sintió como el labio inferior le temblaba ligeramente y pensó que no podría contener las ganas de llorar. Bob tenía razón. Estaba haciendo lo que creía mejor para seguir adelante. La vida le había puesto la zancadilla y había conseguido derribarle, pero él se estaba poniendo en pie de nuevo y se empeñaba en buscar la forma de seguir viviendo. Era lo suficientemente valiente para embarcarse en una aventura incierta que lo llevaría a las antípodas de Inglaterra porque allí quizá podría luchar para conseguir sus objetivos.
A Isla le hubiera encantado poseer esa clase de valor. Hubiera querido olvidarse del lastimoso estado financiero de la familia Black y de todo lo que ese hecho había provocado. Le hubiera encantado ser egoísta y mirar solo por su futuro. Si nadie se preocupaba por su felicidad. ¿Por qué debía ella velar por la de los demás? No había día en que no pensara en lo injustos que todos estaban siendo con ella. No quería pensar en el resentimiento creciente que sentía por sus padres y sus hermanos. Incluso había veces en las que no culpaba a lord Beurk por lo que estaba ocurriendo. El brujo escocés únicamente estaba peleando por conseguir lo que quería, a ella. Pero. ¿Los demás? ¿No había otra cosa que su padre pudiera hacer a parte de venderla como si no fuera más que una mercancía? ¿No podrían su madre y su hermana ser más compresivas con ella y consolarla cuando se veía sumida en el horror? ¿No podría Phineas ayudar a su padre a solucionar el problema en lugar de observarlo todo desde la distancia como si nada fuera con él?. No era justo que Isla tuviera que cargar con tanta responsabilidad y no era justo que Bob fuera a dejarla sola, pero él estaba haciendo lo que quería con su vida y la joven sintió una envidia casi ciega.
La idea invadió su mente en menos de un segundo e Isla supo que eso era lo que ella quería. Ya se había lamentado lo suficiente. No necesitaba reflexionar y plantearse los pros y los contras de la decisión que estaba a punto de tomar. Isla, que tanto había llegado a admirar a lady Rhona porque a pesar de las apariencias había sido una mujer muy fuerte, decidió demostrar que ella podía actuar igual que aquella dama.
-¿Cuándo se marcha? –La pregunta le sonó extraña, aunque Bob no llegó a captar el significado completo de la misma.
-En cuanto consiga el dinero para cubrir los gastos del viaje. Pensaba ir mañana mismo a una casa de empeño y con suerte coger algún barco que parta en los próximos días.
Isla se mordió el labio inferior y se puso en pie de un salto. Sí. Iba a hacerlo. No había marcha atrás.
-Hágame un favor, Bob. Espéreme mañana a primera hora en el mismo lugar en que me besó por primera vez –La idea de iniciar una nueva vida precisamente donde la vieja había cambiado para siempre la seducía bastante- Estoy segura de que merecerá la pena.
-Pero Isla.
-¡Espéreme!
Isla no le dejó protestar. No quería que él le hablara de insensateces ni que hiciera preguntas. Isla Black estaba decidida a tomar las riendas de su existencia y acudiría a la cita pasara lo que pasase.
Cuando Isla regresó a casa, se comportó como si acabara de dar un paseo normal y corriente. Aunque nunca se había considerado una buena actriz, no dio muestras de haber pasado un buen rato de la tarde en compañía de un muggle y mucho menos dejó pistas sobre lo que pretendía hacer al día siguiente. Cenó en compañía de su familia, se mostró cortés con lord Beurk y luego se marchó con él a la habitación pensando en que esa sería la última vez que el hombre le pondría un dedo encima. Fue la única vez en la que no se sintió asqueada e incluso se alegró de que lord Beurk disfrutara del encuentro. Quizá el hombre no volviera a encontrar a otra chica con la que casarse y tener hijos; quizá ella era la última amante de la que podría disponer. O quizá Elladora ocupara su lugar una vez Isla hubiera desaparecido. La joven no sabía cuál de las opciones era peor.
En todo caso, Isla se iba a Australia con Robert Hitchens. Él no lo sabía aún, pero no iba a negarse. Isla no le daría la opción. Durante las últimas semanas no había demostrado tener demasiado carácter, pero ahora que sabía lo que quería hacer con su vida, Isla Black no iba a dejar que nada ni nadie la detuviera. Cuando se encontrara de nuevo con Bob, lo convencería para viajar juntos. Si él se negaba, Isla viajaría de todas formas. Porque no iba a quedarse en Inglaterra. No iba a dejar que nadie la manipulara nunca más. Iba a ser como lady Rhona, aunque ella no envenenaría a lord Beurk. Simplemente lo iba a dejar, igual que dejaría a su familia. Y no se iba a arrepentir.
Quizá una parte de su conciencia encontraba incómoda la idea de dejar a los Black en la estacada. Aunque últimamente no sentía demasiado afecto por ellos, eran sus padres y sus hermanos. Seguramente su padre era el único con el que alguna vez se había llevado bien. Lyra Black carecía de instinto maternal, Phineas parecía incapaz de sentir nada por nadie y Elladora no era más que una arpía chiflada. Isla había sido feliz de niña, cierto, pero no podía recordar momentos realmente agradables junto a su madre y sus hermanos. A su padre lo echaría de menos y lo sentía por los cuatro, pero no tenía otra salida. Ya no estaba dispuesta a asumir una responsabilidad que no era suya. No iba a dejar que lord Beurk abusara de ella, ni que su madre la zarandeara o su hermana la insultara. Eso se había acabado para siempre. Isla no sabía de dónde salía aquel valor tan impropio de ella, pero estaba harta e iba a hacerlo. Ella era una Black y todos en el mundo mágico sabían que los Black tenían el orgullo suficiente como para ser dueños de sus propios destinos.
Esperó a que todos se quedaran dormidos. Su plan era sencillo y esperaba de todo corazón que nadie le saliera mal. Estaba dispuesta a enfrentarse a quien fuera con tal de escapar de allí, pero prefería que nadie la descubriera. No quería escándalos y tampoco podía arriesgarse a que la retuvieran por medio de la violencia. Sólo tenía una oportunidad para huir y no iba a desaprovecharla. Lo único que tenía que hacer era ser silenciosa. En silencio hechizó un pequeño maletín de cuero para poder introducir toda clase de objetos en su interior y preparó un equipaje ligero pero funcional. En silencio escribió una carta de despedida dirigida exclusivamente a su padre en la que se disculpaba por irse de esa manera. Y en silencio fue al despacho de Sirius Black para acceder a la caja fuerte en la que guardaba joyas y dinero. Isla necesitaba fondos para iniciar su nueva vida y, aunque seguramente su madre diría que les había robado, a Isla no le importaba. Lo único que quería hacer era escapar.
La caja estaba oculta en la pared mediante un hechizo que Isla había escuchado cientos de veces. A su padre nunca le había importado mostrarles los secretos de Grimmauld Place a sus hijos. Si cualquier ladrón hubiera intentado encontrar aquel pequeño tesoro, no solo no hubiera podido, sino que habría caído víctima de una desagradable maldición, pero Isla sabía dónde estaba y qué tenía que hacer para abrirla. Haciendo uso de un bonito abridor de cartas, Isla se hizo un pequeño corte en la mano y la colocó sobre la puerta de la caja fuerte. A los Black siempre les gustó la magia de sangre y, aunque a la chica no le hacía ninguna gracia tener que causarse esa clase de lesiones, se dijo que sólo era un pequeño sacrificio que no podía eludir. En cualquier caso, mejor derramar un poco de sangre que tener que casarse con lord Beurk. Suspirando, escuchó el pequeño crujido que emitió el cerrojo al abrirse y sonrió cuando vio las joyas y los galeones.
Isla hizo caso omiso del dinero mágico y comenzó a guardar las joyas en el maletín. No podía permitirse el lujo de ir a Gringotts para cambiar los galeones por dinero muggle, así que tendría que apañárselas para vender todas aquellas cosas en el mundo muggle. Eran joyas que habían pertenecido a la familia Black desde varias generaciones y que Sirius Black se había negado a darle a Lyra porque prefería que fueran para sus hijas. La mujer se había molestado enormemente por lo que consideraba una gran ofensa, pero Isla se alegraba de que su padre hubiera pensando en Elladora y en ella. Sólo por eso no cogió todas las joyas. Se conformó con la mitad, dejando el resto para su hermana. Si alguna parte de su mente le hubiera podido reprochar que, efectivamente, estaba robando, Isla podría decirle que solo estaba cogiendo lo que era suyo. Y era verdad.
Apenas tardó nada en recoger todo lo necesario. Volvió a cerrar la caja fuerte, la ocultó a la vista de los curiosos y se curó el corte de la mano. Podría haberse marchado en ese momento, pero el sentido común le dijo que debía conseguir un poco de comida porque no sabía el tiempo que tardaría en llevarse algo a la boca. Era un riesgo porque los elfos dormían allí y podrían descubrirla, pero Isla siguió sin hacer ruido y logró su objetivo. Estaba bastante nerviosa y se movía casi por instinto, así que cuando alcanzó la puerta de salida casi se echó a reír a carcajadas. Lo había conseguido. Era libre. Podría iniciar una nueva vida lejos de todo y de todos e intentar ser feliz.
-¿Dónde vas, Isla?
Se quedó inmóvil, con la mano en el pomo de la puerta, envuelta en su capa verde y con la varita ya oculta entre la ropa. Había estado moviéndose por la oscuridad y ni siquiera había oído a su padre. Pero allí estaba Sirius Black, envuelto en una bata de casa, con su porte elegante y orgulloso y los ojos un poco hinchados de sueño. Isla hubiera preferido que fuera cualquier otro quién la descubriera, pero su padre no. Quizá él fuera el único capaz de hacerla cambiar de idea.
-Contéstame, Isla. ¿Qué haces levantada a estas horas?
Isla apretó los dientes. Su padre había sido bueno con ella hasta que decidió que sería buena idea entregarla a Lord Beurk. No quería hacerle daño, no a él, pero no se merecía que se quedara. Un padre no debía estar dispuesto a sacrificar a sus hijos de esa manera. Debía cuidarlos y luchar por hacerlos felices, no entregarlos a hombres capaces de hacer auténticas barbaridades con ellos. Isla recordó aquella noche con lord Beurk, antes de ir a Escocia, y eso fue lo único que le dio fuerzas para enfrentarse a su padre.
-Lo siento, padre. No puedo seguir con esto.
Sirius Black frunció el ceño y no se movió del sitio. Isla supo que si quería salir por esa puerta él no la iba a detener, no en ese momento, pero no se fue corriendo porque necesitaba decirle por qué estaba haciendo eso. Era la única concesión que iba a hacerle a ese hombre.
-¿No puedes?
-No voy a casarme con lord Beurk, padre –Isla se sentía más segura con cada palabra que pronunciaba- Creí que podría cumplir con mi deber, pero no es así. No quiero estar con ese hombre.
-¿Te ha hecho daño, Isla?
-¿Habrías venido a Escocia si no supieras que, efectivamente, me ha herido?
Sirius Black enrojeció y tuvo la decencia de agachar la cabeza. Isla sintió cierto alivio al saber que su padre no era un monstruo después de todo.
-Hablaré con él. Prometo que no volverá a hacer nada que no quieras.
-No, padre. No puedes hacer nada. Lo único que quiero es no tener que casarme con él. Lo siento por la familia, pero no puedes pedirme que cargue con el peso de esa responsabilidad. No es algo que me corresponda.
El hombre suspiró y pareció meditar sus palabras durante unos instantes. Cuando habló, Isla supo que no le estaba mintiendo, pero ya daba igual.
-Está bien, Isla. Mañana mismo cambiaremos las condiciones del pacto. Te liberaremos del compromiso y haremos que Elladora se case con él. Ciertamente Niven te prefiere a ti, pero encontrará a tu hermana adecuada. Tendrá la esposa que necesita y Ella será feliz a su lado. No tienes que irte.
Podría haberse quedado. Sabía que su padre haría todo aquello porque lo consideraba necesario, pero librarse de Niven Beurk no era lo único que quería. No se iba solo por él. Se iba porque quería estar con Robert Hitchens y ni siquiera su padre iba a permitirle tal cosa.
-No puedo quedarme, padre –Musitó acercándose un poco a él, consciente de lo mucho que lo iba a extrañar- Esta casa se convertirá en un infierno si rompo el compromiso, incluso si Elladora ocupa mi lugar.
-No dejaré que eso pase, Isla.
-He tomado una decisión y no voy a dar marcha atrás –Isla se irguió con orgullo. Podía sentir cómo le temblaban las piernas. Ni siquiera podía creerse que estuviera haciendo aquello- Soy mayor de edad y sé lo que quiero hacer con mi vida. Estar aquí no es algo que quiera.
Sirius Black apretó los dientes y al cabo de un par de segundos asintió. Entonces terminó de bajar la escalera y envolvió a Isla entre sus brazos. Ella volvió a sentirse tan protegida como cuando era una niña y estuvo a punto de llorar. Estaba tensa, abrumada y asustada y le dolía pensar que iba a alejarse de su padre para siempre. Pero era necesario. Ciertamente nadie le había dado a elegir entre Robert Hitchens y su familia, pero no era necesario que lo hiciera. Isla no podía ser completamente sincera en ese sentido y tampoco quería serlo. Únicamente deseaba ser libre.
-Tal vez te escriba alguna vez para contarte cómo estoy.
Él no le dijo nada. La miró fijamente por última vez y le dio un beso en la frente antes de desaparecer escaleras arriba. Isla lo observó en silencio, dándole las gracias por haberle puesto las cosas fáciles. Al menos había alguien en Grimmauld Place al que podría sentirse libre de querer.
En cuanto escuchó la puerta del dormitorio de su padre cerrarse, Isla se dio media vuelta y salió a la calle. La noche estaba siendo ciertamente fría y las calles estaban más vacías y silenciosas que nunca, algo que Isla agradeció porque necesitaba un poco de tranquilizar para templar sus nervios. Había dado un paso que jamás pensó que se atrevería a dar. De hecho, aún estaba a tiempo de dar marcha atrás. Si volvía a Grimmauld Place antes del amanecer y bajaba a desayunar como si nada hubiera ocurrido, su padre no iba a delatarla. Seguramente la recibiría con los brazos abiertos y cumpliría con su palabra de no obligarla a casarse con lord Beurk, pero Isla ya no quería volver. Había abandonado la casa de su infancia tras despedirse correctamente de la única persona que merecía la pena y ahora sólo le interesaba mirar hacia delante.
Estuvo deambulando por las calles hasta que creyó conveniente acudir a su cita con Bob. Cuando se apareció en el puerto el corazón comenzó a latirle aceleradamente. No tenía ni idea de lo que iba a decir para convencer a Bob de que la llevara con ella, pero estaba segura de que iba a conseguir cumplir con su objetivo. Se lo merecía. Por un instante temió que él no fuera a acudir a la cita, pero cuando lo vio justo en el sitio en el que le había dado su primer beso, dándole cuerda a aquel viejo reloj, supo que sus temores fueron infundados.
Isla estaba convencida de que Robert pretendía vender ese reloj para emprender su aventura, pero ella no iba a dejar que hiciera tal cosa. Ciertamente no conocía demasiado bien a ese hombre, pero bastaba con ver la expresión de su rostro para darse cuenta de que ese reloj significaba mucho para él. Isla no iba a permitir que se deshiciera de algo tan preciado. Ella tenía joyas muy valiosas en ese maletín de las que podría prescindir sin problemas. Era verdad que se sentía orgullosa de ser una Black, pero cuando una se convertía en oveja negra e iniciaba su impetuosa nueva vida no tenía tiempo para darle importancia a viejas antiguallas familiares.
Prácticamente corriendo, Isla fue hasta donde él se encontraba. La capucha verde se le había caído hacia atrás y el maletín no facilitaba su camino, pero estaba demasiado contenta como para pensar en esas nimiedades.
-¡Bob! ¡Qué puntual!
Por alguna razón, Isla esperaba que Robert se mostrara encantado con su presencia, pero lo único que él hizo fue señalar el maletín acusadoramente.
-¿Se va a alguna parte?
-Sí –Isla sonrió sin dejarse avasallar por aquella cara de pocos amigos. Tratándose de Bob, sólo era una fachada. O eso era lo que esperaba.
-¿A dónde?
-A Australia. Con usted.
Isla lo había dicho con absoluta tranquilidad. Bob parecía demasiado anonadado para horrorizarse.
-Me temo que eso no será posible, Isla.
-¿Por qué no? –Isla podía comprender su reticencia y no le importaba. De hecho, cada vez estaba más convencida de que no le costaría nada de trabajo convencerlo para que viajaran juntos- Yo también quiero fraguarme un futuro lejos de Inglaterra y me gustaría muchísimo ir con usted. Será el único amigo que tenga durante mi nueva vida.
-¿Se ha vuelto loca?
-No, Bob –Isla, que un rato antes había encontrado una casa de empeño en la que había vendido un par de pendientes y una pulsera, sacó un montón de dinero muggle de entre sus ropas- Me he dado cuenta de que ese reloj que pretende empeñar es muy importante para usted. Pero no hace falta que se deshaga de él. Yo tengo suficientes fondos como para financiar el viaje de ambos. Sólo tiene que llevarme con usted y cuando empiece a hacer fortuna, me lo devolverá todo –Isla lo miró fijamente a los ojos, ignorando la incredulidad y el temor que se entremezclaban en los ojos del joven muggle- Por favor, Bob. Si siente un poco de aprecio por mí, le suplico que me deje acompañarle. Si me quedo –Eso ya no era una opción- Seré la mujer más desdichada del mundo.
Bob la miró a los ojos e Isla supo que no se negaría. Sólo necesitó ser sincera para llegar a su corazón. ¿Qué clase de hombre sería si la dejaba abandonada después de lo que acababa de decirle? Aún así, el hombre se resistió un poco.
-Es una locura –Dijo, negando con la cabeza.
-Por favor –Suplicó Isla, y él apretó los labios porque era lo único que podía hacer.
-¿Qué pensará su familia?
Isla ya sabía lo que pensaba su padre y era el único por el que podría llegar a lamentarlo alguna vez.
-No me importa –Afirmó con seguridad- Yo no les importo a ellos. No quiero volver a verlos. Nunca.
-¿Y qué pensará la gente cuando descubra que viajamos juntos? –El pobre Bob aún luchaba, aunque era obvio que no estaba poniendo demasiado empeño- Su reputación.
-No me importa mi reputación, pero si usted cree que los comentarios podrían perjudicarle, haremos cualquier cosa con tal de acallar rumores malintencionados –Isla se acercó un poco más a él- No me importa qué. Podemos fingir que somos parientes o podemos –Y la joven tuvo que agachar la mirada y sintió como se ruborizaba aunque le parecía estúpido por su parte. Simplemente estaba a punto de decir algo que la turbaba incluso a ella- Podemos convertirnos en matrimonio.
-¿Qué? –Bob no daba crédito. Y no era para menos. Isla no se anduvo con chiquitas.
-Usted me gusta, Bob –Isla habló con decisión, dispuesta a no permitir que ese hombre pensara en nada- Es un buen hombre, atractivo y no le importa compartir una botella de whisky conmigo –Isla no podía creerse que le estuviera diciendo eso. Las palabras salían de su boca a borbotones, imparables y enloquecidas- Además, besa bien, así que no me importaría nada casarme con usted ahora mismo.
Ya lo había dicho. Había puesto todas las cartas sobre la mesa y sólo le quedaba esperar el veredicto. Isla rezaba porque le resultara favorable.
-Isla –Bob habló con seriedad- Está usted completamente loca.
-¿Y acaso no le gusta que lo esté?
Bob soltó una risita y negó distraídamente con la cabeza.
-No tengo nada que ofrecerle.
-No necesito nada salvo su compañía.
-Son los caballeros los que acostumbran a pedir el matrimonio a las damas.
-Efectivamente, pero tal y como acordamos cuando nos conocimos, ni usted es un caballero ni yo una dama, así que no veo dónde está el problema.
A Bob se le agotaron las excusas para seguir negándose e Isla lo agradeció enormemente. Esperaba que él simplemente le dijera que sí, que viajarían juntos, así que cuando él la agarró por la cintura e invadió su boca con la lengua se llevó un buen sobresalto. Pero el desconcierto sólo le duró unos segundos porque aquel beso estaba siendo absolutamente genial, demostrándole que lo que estaba haciendo era la mejor idea del mundo.
Cuando se separaron, aún estuvieron mirándose a los ojos durante un buen rato. En cuanto dejaran de abrazarse, tendrían que enfrentar un futuro juntos que no era más que el principio perfecto para una historia de amor que sacudió por primera vez los cimientos de la familia Black y que, a pesar de algunos problemas relacionados con algo llamado magia, no salió del todo mal.
