CAPÍTULO 4: REUNION DE CAZADORES.
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Castlevania y todos los personajes relacionados con la saga (menos Drácula, supongo) pertenecen a Konami. Esta historia se escribe sin ánimo de lucro.
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-Gutten Avend, mein freund!!- exclamó alegremente Van Helsing al ver a Alucard.
Este solo hizo un ligero asentimiento con la cabeza a modo de saludo, y luego dirigió la mirada a las dos personas tras él. A la derecha estaba Ana María, que parecía algo desconcertada, pero mucho más animada que en días anteriores. A la izquierda estaba un hombre alto, rubio y con una musculatura muy desarrollada. Sus movimientos eran algo desgarbados, y echaba unas miradas furibundas hacia la española.
Van Helsing procedió a presentar a Alucard y Morris. El primero repitió el gesto que le había dirigido a Van Helsing (y que, en opinión de Ana María, era lo más que lograrían sacarle para un saludo), mientras que Morris extendió la mano con un "pleased to meet you". Alucard dudó un momento, como ya había hecho la vez que Ana María le había presentado la mano, y luego se la estrechó, con la misma cara seria de siempre. Finalmente, con otro saludo, algo más pausado, a Ana María, se dirigió de vuelta a la casa.
La mujer no pasó por alto que Samuel estaba sacudiendo la mano.
-Te lo dije- le espetó Van Helsing al americano, con una sonrisa de oreja a oreja-. Te dije que no hicieras una competición de fuerza con él.
-Me alegro de tenerlo en nuestro bando- murmuró entre dientes Morris, todavía sacudiendo la mano dolorida de arriba a abajo.
-Yo también- anunció el alemán con su sempiterna sonrisa-. Aunque era de esperar. Creo que ya les he comentado que odia a Drácula con todas sus fuerzas.
-Sí, es de lo único de lo que no se olvido cuando me habló de él- comentó Ana María.
Van Helsing se echó a reir.
-¡Ya le he dicho que es mucho más emocionante así! Además, por mucho que le hubiera advertido al respecto de su naturaleza, le aseguro que el susto habría sido igual de grande.
-Un tipo extraño- comentó Samuel, mientras se recomponía de su apretón de manos con Alucard-. No ha dicho ni esta boca es mía en los cinco minutos que hemos estado con él.
-Necesitarías media hora de conversación para arrancarle un monosílabo- dijo Ana María con voz monotona. Lo cierto y verdad era que se había acostumbrado a la forma de ser silenciosa del dhampir.
-¿Media hora solo? Lecarde, le debe usted caer realmente bien- el tono de Van Helsing era socarrón por decir algo suave.
-¿Caerle bien? ¿Usted llama caerle bien a alguien a no soltar más de dos frases seguidas en una conversación?
-Llegan a ser tres, y digo que está enamorado de usted.
Ana María y Samuel miraron con los ojos como platos a Van Helsing, mientras este entraba en la casa, riendose a mandíbula batiente. La española fue la primera en reaccionar, y miró al cielo con cara de desesperación.
-He hecho muchas cosas malas en mi vida, Señor, pero, ¿realmente me merezco a esta panda de tarados?
**********
Van Helsing, apoyado contra la pared, hizo un ligero gesto de asentimiento al ver como Ana María se agachaba para evitar el látigo de Samuel y, al mismo tiempo, hacía un barrido con la lanza. Morris saltó por encima de la cuchilla dirigida a la altura de sus rodillas, pero perdió ligeramente el equilibro al aterrizar, lo que le dio tiempo a Ana María para volverse a poner en pie y prepararse para el siguiente ataque.
El alemán estaba bastante contento con la evolución de la española. Había pensado en comprobar lo que había mejorado en una sesión de entrenamiento. En un principio, había querido que Alucard hicieran de sparring, pero Morris le había dicho que era conveniente que se tratara de alguien al que ella no conociera tan bien, y Van Helsing había consentido, pensando que así tendría un rato para charlar con el dhampir, sobre cosas serias... Y no tan serias.
Una vez habían decidido que saldrían en dos días al Collado de Borgo y al castillo que se alzaba cerca de allí, más o menos a media tarde, los dos se habían mantenido silenciosos, observando el entrenamiento. Van Helsing estaba encantado con los pregresos de Ana María, comprobando que había estado en lo cierto cuando había dicho que la sangre de los Lecarde corría con fuerza por las venas de la detective. Sin embargo, Alucard no parecía nada contento al respecto.
-¿Hay algo que te preocupe de la chica, mein freund?- preguntó el alemán, volviendose hacia su compañero.
Alucard asintió con la cabeza.
-Los ataques irán dirigidos principalmente a ella- dijo-. No estoy seguro de que esté preparada para eso.
-Fraulein Lecarde es nuestro eslabón débil, al parecer. Pero sospecho que no es muy buena idea acorralarla; puede ser tan peligrosa como un tigre herido.
-Eso espero...
La tranquila sonrisa de Van Helsing se ensanchó ligeramente.
-¿Sabes?, desde que la conoces estás mucho más hablador- dijo en un tono festivo-. Si no te conociera, diría que Lecarde te gusta.
El hecho de que Alucard tardara en reaccionar cerca de tres segundos le dio la seguridad a Van Helsing de que había dado en el blanco con su comentario. El dhampir le dirigió una mirada asesina que no logró acallar las risas del alemán. Este iba a hacer un apunte más al respecto cuando un grito de sorpresa hizo que ambos volvieran la vista hacia los dos contendientes.
Morris, harto ya de que Ana María esquivara y parara todos sus golpes, lanzó el látigo de forma que se enroscara en el largo mango de la alabarda. De un tirón, se lo quitó a Ana María de las manos, pero el peso del arma de la mujer obligó al americano a soltar el látigo, de forma que los dos se vieron desarmados. Seguro de que ella no podía vencerle en un combate cuerpo a cuerpo, se abalanzó sobre la muchacha.
Pero, en su típica manera de actuar, Van Helsing había obviado que Ana María, sin armas, era mucho más efectiva que con ellas.
La mujer esquivó el puño y agarró a Samuel de las solapas, apoyando un pie en su estomago, y se dejó caer hacia atrás. El impulso que llevaba, junto con el peso de ambos, hizo que Morris perdiera el equilibrio y cayera sobre Ana María. Cuando la espalda de ella tocó el suelo, apoyó el segundo pie al lado del primero y empujó con todas sus fuerzas hacia arriba y hacia delante. Con la suma de ambos impulsos, Morris giró en el aire y voló un par de metros, para aterrizar sonoramente sobre su espalda, mientras Ana María se ponía en pie de un salto.
La detective sacudió la cabeza, quitandose de encima el ligero mareo que le había venido por usar una maniobra tan rápida, y se giró hacia los dos observadores. Van Helsing se estaba riendo todo lo humanamente posible, con los brazos sobre el estomago y doblado mientras luchaba por calmarse. Alucard, por su parte, parecía ligeramente sorprendido por la forma en que Ana María había ganado el combate, aunque la sombra de una sonrisa pareció curvar sus labios durante unos instantes.
-Ay...- gimió Morris desde su posición, mientras intentaba erguirse sin que su maltratada columna vertebral se quejara demasiado por el trato recibido-. ¿De dónde demonios has salido, chica? ¿De una película de Van Damme?
-No, de la facultad de Derecho de la Universidad Complutense- contestó Ana María con algo de sorna. Se acercó al americano y le tendió una mano, para ayudarle a ponerse en pie.
Van Helsing, todavía sonriendo por la escena que había presenciado, se acercó a los dos jovenes.
-Es mejor que descanseis. Dentro de dos días nos dirigiremos al Collado de Borgo, y necesitareis todas vuestras fuerzas para entonces.
Ana María no reaccionó exteriormente, pero un nudo pareció formarse en la boca de su estomago. Fijada ya la fecha, el asalto al castillo de Drácula, el momento que ella más temía, estaba ahora a la vuelta de la esquina.
**********-Oh, Dios...- musitó ella.
Estaba apoyada en el alfeizar de su ventana, observando como las luces de Bistrizt se iban apagando poco a poco, hasta que solo quedaban encendidas las farolas de las calles y alguna que otra luz en las ventanas de los más trasnochadores. Había intentado durante todos aquellos días olvidarse de lo que podía ocurrir en el castillo, pero en esa noche no podía ya evitar pensar en ello. O más bien, en las cosas que había dejado a medias detrás.
¿Qué pasaría si la mataban en aquel castillo? ¿Qué les dirían a sus padres y a su hermano, y cómo reaccionarían? Ahora lamentaba profundamente no haber hecho las paces con su familia, pero lo pasado no se puede cambiar, y solo le quedaba rezar para poder salir con vida de aquel atolladero, con la promesa de que, lo primero que haría al llegar a Madrid sería ir a casa de sus padres y pedirles perdón y esperar, al menos, que ellos comprendieran por qué se había separado de ellos de aquella manera.
A pesar de todas las veces en las que había pensado que los odiaba, sabía que en el fondo de su corazón seguía ardiendo el amor que sentía hacia su familia.
"Ojalá pudiera decirles ahora todo lo que siento..." pensó.
Alzó la vista hacia el cielo, que volvía a nublarse lentamente, y deseó de todo corazón que, al menos, sus padres todavía sintieran una pequeña chispa de cariño hacia la oveja negra de la familia.
-Un paisaje interesante, ¿no cree?- comentó de pronto una voz a su lado.
Ana María se giró para ver la cabeza rubia de Morris en la ventana de la habitación de al lado.
-Nunca creí que fuera a ver alguna vez este sitio- siguió el americano-. La verdad es que esperaba no visitarlo nunca. ¿Y usted?
Ana María volvió la vista hacia el pueblo.
-No me hubiera importado, pero nunca tuve el dinero suficiente como para pagarme un viaje decente- contestó.
-¿No?
-El trabajo de detective privado está sobrevalorado. Mucha serie de televisión, mucha novela, pero cuando te pones a trabajar en ello, te encuentras con que más te habría valido haberte buscado otra carrera. Supongo que si me pusiera a ello, me admitirían en la policia, pero no es que me ilusione la idea.
-Ya veo. ¿Por qué se metió entonces en todo esto?
-Simple y llanamente porque me lo pidieron, y se me revuelven las tripas solo de pensar en lo que un vampiro como Drácula pueda hacer. ¿Y usted?
-Es mi trabajo. Y puede tutearme si quiere.
Ana María sonrió ligeramente.
-También puedes tutearme.
Una enorme sonrisa se dibujó en los labios del americano, que al parecer había decidido hacer las paces con ella después de la proyección en la sesión de entrenamiento que habían tenido anteriormente. Durante un momento los dos permanecieron en silencio, observando el paisaje frente a ellos.
-¿Crees que lo lograremos?- preguntó de pronto Samuel-. ¿Crees que podremos con él?
Ana María se volvió hacia su compañero.
-No importa lo que crea. Tenemos que hacerlo- contestó-. No estamos hablando de enfrentarnos a un pobre pringado, en un tipo que bien puede sumir a la Tierra en la más absoluta oscuridad. A mí no me apetece que eso suceda. Así que, aunque me deje la vida en ello, le pararé los pies.
-Tienes muchos ánimos.
-Que remedio me queda. Si no los tuviera, a estas alturas Alucard y Van Helsing me habrían tenido que atar a una silla para que no me escapara.
Samuel soltó una carcajada.
-No digo que Robert no lo hiciera, pero me temo que el dhampir es demasiado digno para ello.
-No te fies de las apariencias.
Samuel sonrió ligeramente, y se volvió hacia la oscuridad de la noche fuera de la casa.
-En que lio nos hemos metido, Dios mio- dijo-. Y lo peor de todo es que nosotros lo hemos aceptado por nuestra propia voluntad. Supongo que tenemos madera de heroe.
-A mí nunca se me ha dado bien ser una heroina. Más parezco la típica secundaria de película de terror condenada a caer para salvar a la prota y así se pueda liar con el guaperas.
-No es como para bromear con eso- musitó el americano.
-No bromeo.
La escueta respuesta dejó de piedra a Samuel, pero cuando fue a preguntar que quería decir con ello, la española se había girado y habia cerrado tras de si la ventana de su cuarto. Él se quedó un rato más mirando el paisaje hasta que el frío aire atravesó sus ropas y mordió su piel. Cuando cerró la ventana, tenía unas cuantas dudas, y muchas conclusiones, sobre su compañera española.
**********
Más tarde aquella noche, Ana María se encontró con Van Helsing en el salón de la casa. El hombre parecía animado, a pesar de la cercanía del ataque. La española estaba hecha un manojo de nervios, aunque intentaba ocultarlo como mejor podía. En cambio, el carácter bromista y dicharachero de Van Helsing no parecía haber variado en nada.
-¡Ah, las mujeres!- exclamó como continuación de la conversación que habían estado manteniendo los dos hasta el momento-. Ojalá hubiera nacido mujer. No me malinterprete, Lecarde, soy todo lo hombre que se puede ser, pero admiro el espíritu combativo que todas las mujeres poseen. ¡El sexo débil! ¡Ja! Un hombre en dificultades es presa fácil, pero una mujer se vuelve tan peligrosa como un tigre.
Ana María esbozó una sonrisa sardónica.
-Entonces estará encantado de tenerme en el grupo.
-¿Encantado? La palabra se queda corta, mein freundin. Por mucho que le pese a otros, estoy convencido de que, de los cuatro, usted es la que tiene más posibilidades de sobrevivir.
-No me tome el pelo. Sabemos perfectamente que soy la más débil de los cuatro.
-Pero por ello es usted la que más esfuerzo ha puesto desde el principio. Que no se haya echado atrás, a pesar de todo lo que ha vivido, es lo que me hace pensar que usted será capaz de salir de ese castillo.
-Le agradezco los alagos, pero todavía no las tengo todas conmigo.
-Debería preocuparse menos- comentó el alemán en tono socarrón-. Es usted una mujer afortunada, a pesar de todo por lo que ha tenido que pasar. Tenga confianza en si misma, y puede estar segura no solo de que saldrá de este embrollo por su propio pie y viva, sino que además es probable que todos salgamos de allí gracias a usted.
-Pone demasiada confianza en mí.
-¡Al contrario! Sé que no me defraudará.
Ana María suspiró, ligeramente desesperada. Ella no tenía la confianza en sus posibilidades que parecía Van Helsing poseer. Era cierto que en aquellos últimos días había mejorado bastante, pero no tenía muy claro si esa mejora sería suficiente para enfrentarse a su adversario.
-En serio, Van Helsing, ¿qué le hizo elegirme a mí? Si mi hermano hubiera creido, ¿a quién de los dos habría elegido?
El alemán ladeó la cabeza, divertido. Tenía una idea de la razón por la que la mujer le preguntaba aquello.
-Habría sido una difícil elección, aunque probablemente hubiera elegido a su hermano- Ana María se giró y le miró directamente a los ojos, y Van Helsing no apartó la mirada-. Tenga en cuenta que su hermano poseería una experiencia de la que usted carece, y a pesar del instinto, la experiencia y la disciplina suelen ser las mejores armas.
Ana María sonrió.
-O sea, que para la próxima vez tengo que convencer a mi hermano de que existen los vampiros.
-Dudo que lo lograra, a menos que le hiciera ver uno de primera mano.
-Ver para creer, como se suele decir.
-.Justo.
Ana María miró al techo.
-Espero sinceramente que tenga razón, Van Helsing. He dejado demasiadas cosas por hacer como para morir en este sitio.
**********
-No entiendo por qué confiais tanto en él- musitó Morris, sentado en la cocina. Van Helsing se volvió hacia él tranquilamente.
-Creo que he explicado ya más de cien veces desde que estoy contigo que Alucard tiene sus razones de enfrentarse a Drácula- explicó.
-Aun así, yo no me fio de él. Solo te ha dado su palabra, ¿cómo puedes estar tan seguro?
-Tengo mis razones, Samuel. Si te soy sincero, al principio yo también era un poco escéptico, pero después de un tiempo admití que era precisamente lo que decía ser.
Morris soltó un ligero bufido.
-Lecarde también parece confiar en él, y solo ha pasado unos cuantos días con él.
-Ah, pero Lecarde es un personaje muy interesante. Con lo que ha pasado últimamente, se han abierto mucho sus miras. Hay veces en que los sucesos perjudiciales pueden traer beneficios.
-¿Ya estás otra vez con tus misterios? Has hecho referencia un montón de veces a ese suceso que afecta a Lecarde, pero nunca me has dicho de que se trata.
Van Helsing suspiró, subitamente serio.
-Incluso si mi naturaleza no fuera la de ocultar toda la información posible, Samuel, no te lo diría. Ese asunto solo le concierne a ella, y ella es la que tiene que decidir si te lo cuenta o no.
Morris suspiró y miró por la ventana.
-Sigo sin fiarme de él.
-Bien, yo no puedo meterme con tus opiniones, pero creo que deberías tener en cuenta que Lecarde si confía en él- Van Helsing se volvió y le dirigió a Morris una sonrisa socarrona-. De hecho, confiaría más en él que en toda su familia y parte de la tuya. Y sinceramente, estoy de acuerdo con ella.
Morris lanzó un bufido y dirigió su mirada hacia la ventana. Pronto llegaría el atardecer del último día que tenían antes de encontrarse con su destino.
-Me pregunto qué saldrá de todo esto...
Van Helsing no contestó, aunque Samuel pudo leer la respuesta del alemán.
Solo hay una manera de saberlo.
**********
Ana María, a la que el ambiente de la casa parecía estarla oprimiendo por momentos, decidió encontrar al alguien con el que charlar y liberar algo de presión. Era la víspera de la incursión, y sus nervios la tenían hecha polvo. Así que, con un suspiro, abrió la primera puerta que se le ocurrió, que resultó ser la biblioteca.
Lo que Ana María llamaba biblioteca era, en realidad, un despacho cuyas paredes Van Helsing había "forrado" de estanterías llenas de libros, y en el que había instalado, a demás de un escritorio y una silla, dos confortables sillones. A la joven le hubiera encantado el sitio de no haber sido por la inconveniencia de que casi todos los volúmenes que había en aquella sala estaban todos en idiomas que no comprendía, mayoriatariamente en alemán y rumano.
Claro que, aunque aquello era un impedimento para Ana María, no era lo mismo que para Alucard, por lo que la española no se sorprendió demasiado de verle allí. Claro que no era precisamente la persona que ella hubiera querido como interlocutor... Especialmente teniendo a Morris y a Van Helsing por la zona. Alucard alzó la vista de su lectura y clavó sus ojos en Ana María, la cual no pudo evitar sentir un ligero escalofrío recorriendole la espalda. No sabía como demonios lo lograba el dhampir, pero no había forma de evitar aquella sensación.
Aunque llegaba a ser ligeramente placentera una vez se acostumbraba a ello.
Ana María sacudió la cabeza.
-Perdón, no quería molestarte- dijo ella, con una ligera sonrisa, y empezó a retroceder.
-No es molestia- contestó él, dejándola de piedra-. ¿Querías algo?
Ana María ensayó una sonrisa inocente.
-En realidad, me encontraba algo intranquila y pensaba hablar con alguien- respondió-. Tal vez encuentre a Van Helsing en el salón. Siento haberte molestado.
Era horrible, pensó, con aquel hombre delante era incapaz de reaccionar como era habitual en ella. En varios años de trato con gente del sexo opuesto (y en especial con alguno de sus fallidos noviazgos), Ana María siempre se había comportado como lo hacía habitualmente. Como una marimacho, decían sus amigas; como el mísmisimo sabueso de los infiernos, decía uno de sus profesores en la universidad (al cual había llevado por la calle de la amargura en algunas ocasiones, teniendo en cuenta que parecía haberla cogido algo de cariño). Pero con aquel hombre de modales anacrónicos y ojos como nubes de tormenta reaccionaba de una manera diferente a la que era la tónica en el modo de ser de Ana María.
Pensó de nuevo en ponerse en movimiento cuando la voz de Alucard volvió a dejarla clavada en el sitio.
-Puedes hablar conmigo.
-Uh, siento decirtelo, pero no te elegiría para que fueras mi adversario en un debate, sería demasiado fácil- sonrió un tanto intranquila-. Espero que no te lo tomes a mal.
Por segunda vez en dos días, Ana María casi creyó ver una sombra de sonrisa en los labios del dhampir.
-A veces basta tan solo con escuchar lo que el otro dice.
-Llegas a ser más críptico, y dejas a los cabalistas judios a la altura del betún.
Como única contestación, Alucard cerró el libro que había estado leyendo y lo dejó sobre el escritorio. Luego se sentó en uno de los dos sillones y le indicó a Ana María el que estaba justo en frente. La joven detective tradujo el movimieto como "jaque mate".
Suspiró y se sentó en el sillón, imaginando como su dedo índice impulsaba una ficha de ajedrez, un rey negro, de forma que este cayera tumbado al tablero.
-¿Hay algo que te preocupe?
En aquellos últimos dos días, pensó Ana María antes de contestar, Alucard parecía especialmente hablador, y no sabía muy bien como tomarselo.
-La verdad, unas cuantas cosas, pero no son más que tonterías. Son los nervios, supongo, pero no puedo evitarlo.
-Me extrañaría. ¿Qué es lo que te preocupa?
"Para ser silencioso como él solo, sabe muy bien como tirarte de la lengua..." pensó Ana María.
-Las pesadillas, por ejemplo... Sigo preocupada respecto a eso- hizo un gesto tranquilizador cuando vio que el ceño de su compañero se fruncía ligeramente-. No he vuelto a tenerlas desde lo de la cruz, pero... No sé... Hay muchas cosas que todavía no he aclarado de todo eso. Quiero decir, no sé si me creeras, pero opino que no eran naturales...
Alucard simplemente asintió, pero para Ana María aquello le bastó por el momento.
-Y... Tengo algo de miedo. Acepté todo esto por propia voluntad, y no me voy a echar atrás, pero...
Hubo un largo silencio, en el que Ana María no sabía como continuar y en el que Alucard parecía que estaba esperando a que la mujer siguiera con la conversación. Finalmente, con un suspiro, algo no muy habitual en él, el dhampir se levantó y se acercó a la joven detective.
-Es lógico que tengas miedo- dijo-. Pero no te has echado atrás, y eso es lo que cuenta.
Ana María intentó sonreir sin mucho éxito.
-Es lo mismo que me ha dicho Van Helsing, pero sigo sin tranquilizarme por mucho que me lo digan- la joven se mordió el labio inferior-. A veces tengo la sensación de que soy más una carga que otra cosa. Pero di mi palabra, y me temo que el honor es lo poco que me queda intacto.
-No creo que vayas a ser una carga.
Ana María alzó la vista, y sus ojos se encontraron una vez más, con los de Alucard. No estaba muy segura de lo que estaba viendo en ellos, pero si podía decir una cosa, y esa era que, a pesar de los escalofrios que le producía el mantener la mirada del dhampir, sabía que podía confiar en el dueño de aquellos iris grises. Y eso incluía creer en sus palabras.
-Si es eso lo que piensas- dijo ella-, tendré que creerte- y esta vez la sonrisa sí asomó a sus labios. Para su gran sorpresa, Alucard respondió con una sonrisa propia.
El dhampir se apartó de la joven y fue a recoger el libro que había dejado sobre el escritorio. Ana María aprovechó el momento para ponerse de pie. Alucard se volvió hacia ella.
-Ten confianza. Es lo único que te puedo decir. Sólo ten confianza.
-Ojalá pudiera tenerla... Pero te prometo que lo haré lo mejor que pueda. Es de lo único de lo que estoy segura.
Alucard, una vez más, solo asintió. Con un movimiento grácil y elegante abrió la puerta del despacho y dejó salir a Ana María. La mujer sonrió y le agradeció el gesto con un simple asentimiento. Ambos se alejaron cada en un dirección distinta; ninguno de los dos se dio cuenta de que estaban siendo observados.
**********
Era la hora.
El sol todavía estaba alto en el cielo, debía de ser media tarde. Alucard se mantenía bajo la sobra del porche, incómodo. Aunque a él el sol no le afectaba demasiado, gracias a su herencia humana, no se sentía a gusto bajo los rayos del astro rey. Desde su sombrío escondite podía observar los preparativos finales que Ana María y Van Helsing estaban llevando a cabo. Aunque antes de que el alemán partiera en busca de los dos jovenes cazadores le había explicado lo que era un coche, el dhampir no podía evitar maravillarse de los adelantos de los seres humanos. Si le hubieran contado la última vez que se hubiera despertado que existían vehículos que se movían sin necesidad de animales, no se lo hubiera creido, pero en aquella ocasión tenía la prueba allí delante.
-¿Dónde va a ir, Lecarde?- escuchó que preguntaba Van Helsing desde el vehículo.
-Atrás- contestó la joven-. Si intento meter la lanza en la parte de delante, lo más probable es que le saque un ojo al conductor.
El coche era un jeep (aunque Alucard no entendía demasiado la diferencia, pero tampoco era que le interesara en lo más mínimo entenderla), y la "parte de atrás" a la que se refería Ana María era un espacio sin asientos y sin techo. Realmente no era demasiado inteligente el llevar el arma de la joven en la parte cerrada del vehículo.
-¿Incomodo?- escuchó que preguntaba una voz tras él.
Alucard se volvió para encontrarse cara a cara con Samuel Morris.
No era un secreto para el dhampir que el cazador de vampiros desconfiaba de él. No le preocupaba demasiado; también Van Helsing había tardado un tiempo en creerle, y también era cierto que su origen hacía que la mayoría reaccionara negativamente. Aun estaba algo sorprendido de la confianza que parecía otorgarle la española.
Asintió ligeramente, y se volvió a mirar a los que se estaban encargando del coche. Ana María ya había cargado el bulto envuelto en tela de su lanza. Probablemente la mantendría así hasta que estuvieran bien adentrados en el peligroso collado de Borgo.
Morris siguió su mirada.
-Si la pones un dedo encima sin que ella te lo permita- dijo de pronto-, no descansaré hasta que lamentes ese error.
Alucard se volvió hacia el americano con una ceja arqueada, intentando mostrar la menor sorpresa posible. Sabía que Morris desconfiaba de él, y que desde el combate con Ana María se había mostrado bastante amable con la española, pero, ¿hasta tal punto habían crecido ambos sentimientos incluso en solo dos noches, que se sentía en la obligación de protegerla de él? Probablemente ni se estuviera dando cuenta de lo que implicaban sus palabras. No era sorprendente, Morris tenía el caracter de un paladín, y uno temerario, para más inri.
Sin embargo, si el americano estaba esperando una respuesta, no la obtuvo.
Mantuvieron el silencio durante unos instantes. Finalmente, Morris pareció perder la paciencia y se decidió a hablar de nuevo.
-Lecarde tiene mucha confianza en ti, espero por tu propio bien que seas digno de ese honor.
Hubo una pausa, y finalmente Alucard contestó con un tono de voz que habría helado la lava de un volcán.
-No sé si soy digno de ese honor, pero no pienso dejar que Ana caiga en manos de la oscuridad- Morris se volvió, y vio como los ojos grises del dhampir parecían arder con un fuego interno que resultaba aterrador-. Nadie caerá en la oscuridad estas noche, si eso depende de mí. Y ella menos que nadie.
-Repito lo que te dije hace dos noches- comentó de pronto la voz de Van Helsing. Ambos Alucard y Samuel se volvieron hacia el alemán-. Si no te conociera, diría que la razón por la que se te ve tan hablador ultimamente es que fraulein Lecarde te gusta.
El dhampir le dirigió una mirada asesina a Van Helsing.
-...Pierdete...
Van Helsing lanzó una carcajada.
-¡Incluso estás aprendiendo de su forma de hablar! ¡Estás perdido, mein freund!
Alucard sintió la imperiosa necesidad de lanzar un suspiro de desesperación. Discutir con Van Helsing era una batalla perdida, especialmente cuando usaba aquel tono bromista y socarrón. Recogió su escudo y su espada, la herencia de su familia, y se dirigió hacia el coche. Se detuvo a unos pasos de los dos humanos, y se volvió.
-Tengas razón o no, Van Helsing, da lo mismo. Eso no cambia lo que soy.
Y, de nuevo, se encaminó hacia el coche. Ana María estaba sentada ya en su sitio, y miraba con curiosidad hacia los tres hombres.
-¡Te engañas comportandote así!- exclamó el alemán tras él-. ¡Deja que juzguemos nosotros!
A esas alturas, el dhampir había alcanzado ya el jeep y se había subido a la parte de atrás, junto con la española.
-¿De qué demonios estabais hablando vosotros tres, si es que puede saberse?- interrogó ella.
Alucard no dijo nada, y con un suspiro de derrota, Ana María apoyó la espalda contra la carrocería del vehículo.
-Muy bien, tú mismo, ya tendré tiempo de arrancarselo a Van Helsing.
Oh, de eso no cabía duda, se dijo Alucard, pero ya verían si tendría tantas ganas de saberlo una vez hubieran salido del castillo. Si es que salían.
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NOTAS DE LA AUTORA: Otro capítulo que va. La intención que tengo es que Ana María vaya sacando de la concha a Alucard poco a poco. Claro que Van Helsing y Morris no la están ayudando demasiado. Quisiera dedicarle este capítulo al alma caritativa que me dejó la discografía completa de Blind Guardian en mp3 (sabes quien eres, así que paso de poner el nick). Tengo que decir que la conversación de Ana María con Alucard se completó al son del Mirror Mirror. Estaba intentando reflejar un poco los sentimientos de los personajes, aunque no sé si me habrá salido demasiado bien ^^U Ea, nos vemos en el siguiente capítulo.
