DISCLAIMER: Los personajes de G.I. JOE no me pertecen, créditos a sus respectivos autores. La trama en la que los envuelvo es originalmente mía.
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SUMMARY:
"Solo porque sepas como se viste el diablo, no quiere decir que lo conozcas". Una vez que ella se integra a los JOE algo queda en claro: las más viles traiciones nunca vienen de tu peor enemigo.
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¡Hey! Es bueno estar de vuelta en fanfiction, escribiendo para ustedes. Ahora, una nueva historia (en un fandom nuevo… creo) Espero que la disfruten.
S7s
CAPITULO CUATRO
ESA CHICA, AYER
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CINCO AÑOS ANTES
Abril de 2009 –En algún país de Latinoamérica.
El celular sonaba a la misma hora acordada nuevamente y nuevamente, posponía la alarma diez minutos más.
Treinta minutos más tarde…
—Carajo… otra vez tarde —murmuro desganada.
Corrió a ducharse y a vestirse lo más rápido que pudo. Como la noche anterior no había escogido que vestir para ese momento y no contaba con el tiempo suficiente para arreglarse el cabello de forma decente, tomó para vestir la misma ropa con la que había estado vagando en casa durante el fin de semana. Cabello húmedo, medio desayuno y para colmo…
25 minutos más tarde.
—Mierda… ¡Olvide los ensayos escritos! —Lloriqueó y junto a ella Hana reía por verla de ese modo —también los ejercicios para ...¡Ah! —dejo caer su cabeza sobre el brazo de la silla… armando una silenciosa pataleta.
—Rápido, sígueme —sonrió su compañera quien, levantándose rápidamente, prácticamente arrastró a la desaliñada chica fuera del salón de clases. Ella la siguió sin chistar.
—. ¡Que! —Alegó la joven —ya no tengo nada más que perder, déjame… ve, sigue tu, sin mi… —
—Ya, cállate de una buena vez. Aquí tienes la copia del trabajo de producción; me lo enviaste hace dos días para corregirlo, imprimí un extra por si las dudas. Y aquí están las fotocopias del taller de Pensamiento… eres pésima en matemáticas pero debo reconocer que te esforzaste —y en manos de la joven azabache dejó los papeles que anteriormente había mencionado.
Sonreía con burla y altivez. Sin embargo, ella le abrazó.
—. ¡Gracias! —repitió hasta el cansancio —de verdad, que haría yo sin ti, oh, amadísima Hana. Muchas gracias.
La chica sólo correspondió a su abrazo levemente y aún sonriendo la alejó —ahora péinate de una buena vez, tu amado profesor debe estar por llegar y sigues así de garra. Luces fatal.
Ella sonrió ampliamente y luego de responder con un enérgico "si" ingresó al baño de chicas, donde arreglo su cabello como debía.
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—Tatianna Luna ¿está? —mencionó el joven profesor.
Afortunadamente ella entraba en el preciso instante en el que corroboraban las firmas de asistencia.
—Aquí estoy —contestó con voz cordial, demasiado seria para su personalidad "original" —Siento mucho la tardanza.
El profesor alzó su vista hacia ella —por favor, firma la asistencia.
—Si —
Avanzando con paso seguro y un rostro compuesto por una seriedad indiscutible, tomo la hoja de la mesa y firmó donde correspondía. Muchos de sus compañeros estaban más atentos en el adelanto de trabajos de las otras materias que no parecieron notarlo.
—Gracias —Tatianna le sonrió cálidamente y en un giro perfecto, regresó a su lugar sentándose bastante recta; una vez que la clase tomo su rumbo intentaba preguntar e interactuar con la misma, como si del clima estuviesen hablando. Aunque no entendiera absolutamente nada.
Algo vibró en su bolsillo. Discretamente sacó su celular… un chat privado con Hana.
—"Serás cobarde, hablale de una vez" —
Tatianna regresó su vista con furia, su compañera, dos puestos detrás de ella, apenas y podía contener las carcajadas.
—"Te jodes, cabrona. Ahora si te acabo" —
—"Vamos, alza la mano y dile: profesor..."—
Hana, una vez que vio la reacción de su compañera, dos puestos delante de ella, de verdad comenzó a reír. El docente alejó su atención del tablero para centrarla en la persona que en ese momento reía. Tatianna cambio totalmente sus facciones como si no supiera de que se trataba, sin embargo, Hana continuaba con su repertorio… cada vez se le hacía más difícil respirar.
—. ¿Todo bien? —insistió el profesor
Hana, en subliminal molestia para con su amiga, relajo sus facciones tan rápidamente que Tatianna supo de qué se trataba. Hana la estaba imitando de lleno
—Sí —
—"Estás muerta" —
Tatianna Luna es una joven menos del promedio, 17 años, amante de muchas cosas, aprendiz de muchas otras… maestra de nada. Solía ahogarse en vasos de agua, en cualquier situación. Cabellos azabaches oscuros, largos hasta poco mas debajo de los hombros; ojos de una tonalidad azabache tan oscura que incluso le confundían con el color negro. Básicamente de tez blanca, sin embargo por sus descuidos su piel se había mudado a una suave tez trigueña y su altura, bueno… una altura mínima de 1,56.
Carácter fuerte por obligación, burlona y orgullosa en el extremo… sin embargo, nunca se veía en la capacidad de dejar a alguien en un apuro… era jodidamente alcahueta y de ahí, por no medir consecuencias, se había visto en el extremo de convertirse en una persona que no era.
Descuidada, desordenada entre otras de muchas cualidades.
Hana González, por otro lado, es una joven de 20 años; tez blanca, cabellos castaños claros y cortos, ojos del mismo color. Se ha de suponer que mucha más alto que su compañera; buena en música (piano y guitarra)… entre otras. Mujer de carácter, bastante decisiva pero con preferencias a los ambientes pasivos. Se conocían desde febrero de ese mismo año, en la inducción de su carrera universitaria. Aunque parecía que Hana, sobre todas las cosas… la conocía desde mucho antes.
Desde el primer día de clases Tatianna había adquirido un fuerte cariño por el hombre que ahora le explicaba frente al tablero: Leonardo Meneses. Alto, cabellos negros, ojos oscuros, piel completamente blanca con algunas pecas que adornaban su rostro. Excelente físico y una actitud tan amable y cordial que la habían terminado arrollando.
No había otro maestro en toda su facultad que llamara tanto su atención.
—Háblale y ya —le había dicho Hana, hacia ya unos meses.
Pero sencillamente no podía, le temblaban las piernas y la voz. Se pondría como un tomate si no se controlaba, por eso de sus labios salían escuetos "Si", "Gracias", "Lo siento"… lo demás se lo debía a su actitud cordial y excluyente que manejaba con el resto del planeta, literalmente hablando.
La única interacción que podía tener con él, eran las dudas acerca de la clase una vez que se formaban los grupos y ella debía ir hasta su escritorio para mostrarle el ejercicio que no entendía o si estaba bien… o si no lo estaba; o cuando guardaba sus cosas en ultimas, para cuando todos los alumnos salían del aula y Hana le regalaba el privilegio de la privacidad, ágilmente le dejaba algunos caramelos en su mano y se iba. Feliz porque le había visto sonreír…
—Y cuando sonríe su cara se torna roja, es tan lindo —la imitó Hana.
—Te jodes, ya basta. Solo envidias su preciosa actitud —se quejó Tatianna, cruzándose de brazos.
Hana comenzó a reír —venga, y si le hablas de una buena vez. Siempre cambias el rumbo cuando lo ves… es más ¿de dónde sacas excusas tan creíbles para evitarlo? —
—Es un privilegio con el que nací, no te metas —
—Ok, no lo haré. Pero es verdaderamente increíble de cómo le cambias el rumbo a las cosas una vez que te ves en apuros y la mayoría de las veces siempre sales bien —admitió Hana cruzándose de brazos mientras ingresaban a la universidad luego de un breve receso de clases
—No importa— reflexionó al fin la joven de cabellos claros —corre que la próxima clase es con el profesor Diego —y empujándola un poco, subió las escaleras de dos en dos. Tatianna suspiro pesadamente… genial, Diego.
Los días miércoles dejaban de ser lindos una vez que terminaban las clases de Leonardo. Ingresar a la clase de Diego que, para ella era un demonio clasista y favoritista… ya se convertía en un martirio de solo pensarlo. Y es que tener que escuchar lo que dicta un hombre que pide un trabajo impecable para sólo subirle las calificaciones a las chicas que le habrían las piernas no era nada gratificante.
Lo malo de todo era que si Diego encontraba a alguien que no se acomodaba a sus reglas impecables la cosa terminaba extrañamente mal para el estudiante (de verdad que sí, no solo malas notas sino también una pésima reputación entre el cuerpo de docentes y referencias para la práctica de los alumnos)… así que al parecer, la gran parte de las chicas de ese primer semestre no habían visto más remedio que rendírsele y lamerle los zapatos comprándole caramelos, chocolates, helados o invitarlo a sus mesas en los desayunos y almuerzos si lo encontraban en la cafetería de la universidad; la cosa podía pasar incluso a guiños y sutiles coqueteos con tal de hacerlo parecer importante.
El tío también estaba como quería, aunque su preferido Leo no tenía nada que envidiarle. Diego mantenía su figura intacta, bastante a decir verdad, se le notaba a leguas que su cuerpo estaba bien trabajado, que nunca había sido descuidado en ningún aspecto, incluso su piel parecía perfecta. Ojos que tornaban un suave color grisáceo que parecían oscurecerse cuando estaba molesto y parecían ser más claros y grises cuando se veía complacido o alegre… Tatianna nunca iba a saberlo. Cabello negro, piel blanca, su voz y sus facciones también eran bastante masculinas pero toda esa maraña de perfectas cualidades se iban al caño al conocer un poco más de su absurda, hipócrita e intolerante actitud.
Hasta el diablo se viste de ángel.
Tatianna era una férrea detractora de las fans de su tan querido profesor, de ese grupo en particular, la jodía la conveniencia y ese jodido narcisista pervertido no iba a hacerle el semestre un infierno; a ella no iban a arruinarle la reputación delante de nadie y no iba a necesitar comprar un mísero chocolate para lograrlo. No por nada soy yo, se decía a sí misma. Tatianna siempre terminaba en situaciones que terminaban por brindarle información valiosa, siempre terminaba relacionada con personas que, sin ella pedirlo, finalizaban contándole experiencias, por eso sabía lo que sabía.
Tenía al tipo en sus manos y lo mejor de todo era que parecía qué, todo lo que conocía, valía la pena para sobrevivir ese semestre en paz… pero, ¿Cuál era el precio a pagar por conocer tanto?
Era extraño como, siempre, en determinadas situaciones, terminaba haciéndose la misma pregunta. Miro a ambos lados y luego su vista se clavó en los escalones que tenía justo en frente, detallándolos uno a uno, granito y baldosa roja. Uno, dos, tres… cuatro escalones.
¿En verdad valía no ser igual? Cinco, seis, siete, ocho, nueve…. el decimo escalón tenía una mancha de pintura amarilla, el decimo escalón parecía ser diferente.
Varios estudiantes, ajenos a ella, pasaron a su lado, subiendo por la escalinata directo al segundo piso. Una de las chicas, de falda plisada de cuerina negra y tacones rojos piso justo sobre la mancha una vez que llegó y siguió por el decimo escalón que Tatianna ahora detallaba.
Abrió los ojos un poco sorprendida, ¿era esa su respuesta? … lo meditó un poco.
—Hm… tengo hambre —y girándose, salió de la universidad en busca de un puesto de comida rápida con una mesa absolutamente para ella sola.
—Son nuevos por aquí ¿verdad? —le preguntó Tatianna a la mujer que le ofrecía un vaso de gaseosa de uva.
—No, trabajamos en este puesto desde hace tres años —le contestó la mujer limpiando la mesa donde se encontraba su nueva clienta para luego dejar su pedido en el carrito; un pequeño puesto de comidas rápidas que constaba del carro donde preparaban los alimentos y de cuatro mesas pequeñas con dos bancas cada una.
—. ¿Pero porque yo no los había visto antes? —interrogó Tatianna algo extrañada, aún con el vaso en la mano, la mujer sólo la miraba intensamente.
Tatianna, por otro lado, juraba conocer cada uno de los puestos de comidas: desde los puestos de fruta, los de fritura hasta los puestos que vendían comidas rápidas, pero ese, ese autoservicio en especial, jamás lo había visto. Frunció un poco el ceño ante su desconcierto.
—Tal vez no bajaste lo suficiente, estábamos detrás de los puestos de fruta —sonrió cordialmente la mujer; baja y regordeta, de bata blanca y el cabello recogido y cubierto con una pañoleta blanca. Limpiaba la mesa donde estaba su clienta con un trapo rojo.
Tatianna se extrañó aún más —Tal vez no caminé lo suficiente —pensó para sí —entonces, quiero un hot dog, sencillo y con bastante cebolla por favor —le sonrió a la mujer y esta, al mismo tiempo le devolvió la sonrisa.
—Como diga —fue su respuesta y se retiró del lugar.
—Que día —volvió a memorar la joven azabache.
Ese día en especial, fuera de las clases de Leo, había sido todo un desastre; ya cumplía una semana de estar peleando con sus padres (divorciados, si cabía mencionar) que se tomaban la extraña molestia de incluirla en sus cómodas y causales conversaciones; como si a ella le importara. Su madre había dejado de hablarle desde hacía dos noches y su padre también había dejado de dirigirle la palabra justo tres horas después que su ex –esposa.
—Brillante sincronía —volvió a pensar para sí misma —A ver cuánto les dura el silencio... —
Volvió su atención a la mujer que repartía algunas gaseosas a otros clientes.
—Vaya puesto, supongo que debí caminar un poco más hace algunos meses… ya tendría el almuerzo asegurado—se lamentó pero en el intento de beber por primera vez de su vaso se asió mal del borde de este provocando que este callera y derramara todo el liquido en el suelo; brincó un poco sorprendida sobre su asiento y miró apenada directamente a la señora. Con una seña, le pidió a la amable mujer otro poco de gaseosa.
Lo extraño del asunto, comenzó cuando hizo aquello, al pedirle un poco más (algo común en el servicio que estaba pagando) la mujer, creyendo que ella no se daba cuenta, le rodó los ojos con fastidio antes su petición para luego dejarle, con bastante dejadez, la botella de gaseosa completa…
—Pero qué… —se sorprendió — ¿Fui tan imprudente al preguntarle cuanto tiempo llevaban trabajando en este lugar? —Se regañó a sí misma —Fue un accidente, de verdad lo lamento. Más "Por favor" y menos señas… sí, eso debió ser —y con ello hizo el intento de tranquilizarse un poco.
El sonido de tambores que tenía como aviso para la llegada de sus mensajes de texto resonó en sus oídos y se hizo más creíble gracias a la vibración de su celular en el bolsillo de la chaqueta, sin embargo, pensando que los mensajes serían Hana o de sus padres, los dejó pasar. No iba a aguantarse el sermón de su amiga y compañera sobre eso de "caerle bien a todo el mundo" para que le remordiera la conciencia y regresara a clases. Privaría a su dulce y preferido profesor de su presencia; que se jodiera, ese día en particular se le habían ido todas las ganas de verlo; en cuanto a sus padres… bueno, podrían rogar otro poco… ella lo hacía la mayor parte del tiempo, después de todo.
Un hombre, ajeno a ella, se hizo sitio en una de las mesas vacías justo a la derecha de Tatianna, dándole la espalda; pero la joven azabache si pudo notar que el pedido de aquel hombre había llegado casi al instante, sin embargo, Tatianna ya iba para diez minutos, un vaso derramado y una botella de gaseosa de uva y nada que llegaba el suyo; por amor a…
El sonido que hacía de aviso para la llegada de mensajes de texto se hizo más frecuente, tanto así le llegaban los mensajes que el sonido alarma no completaba su melodía sino que se repetía siempre la nota del inicio y eso comenzó a hastiarla.
En lo que llevaba su mano derecha al bolsillo para llegar al aparato, divisó a un hombre con chaqueta de color azul oscuro y capucha que parecían cubrir su rostro, una mochila oscura algo familiar para ella y lentes de sol, que se detuvo frente al puesto de frituras junto al de comidas rápidas donde estaba sentada ella; Tatianna sacó al fin el celular de su bolsillo y como autómata, lo desbloqueó; el hombre al que había estado detallando también tecleaba y parecía mirarla a ella, de reojo, aunque eso no podría asegurarlo ya que llevaba bien puestos los lentes.
Se hizo un poco de espera para su celular en lo que buscaba los mensajes (que aun seguían llegando) y bebió lo último que le quedaba en la botella, una vez que terminó, acarició la botella, como la mala maña que tenía de no saber dejar las manos quietas.
Dos hombres más se hicieron de pie en el puesto donde ella estaba… sólo que uno cometió el error de mirarla amenazante.
Extraño, pensó y aún más extraño al ver que en su bandeja de entrada tenía múltiples mensajes de texto (si no es que decir millones era exagerar) pero de un número desconocido, sumándole a un mensaje de texto de un número no registrado que se hacía de último en la pantalla.
—Algo no anda bien —murmuró bajito y muy para sí.
Optó por revisar la millonada de mensajes del primer número en particular… la palidez adornaba su rostro por cada mensaje que leía.
— "No le hables" —
— "No te quedes" —
— "No te sientes allí" —
— "No pidas nada" —
— "Tiene droga. No bebas de ese vaso." —
— "Ten cuidado con esa mujer" —
— "No comas nada de lo que te ofrezca" —
— "Recoge tus cosas con disimulo" —
— "¡Levántate y vete!" —
— "El hombre que te da la espalda tiene un cuchillo bajo la mesa" —
— "No los mires directamente a los ojos" —
— "Los dos hombres que han llegado quieren llevarte" —
Su pulso se aceleró, creía temblar… seguro era una mala pasada pero aun así se atrevió a voltear un poco, silbando como signo de buen disimulo para ver si era cierto sobre el hombre casi junto a ella… y…era cierto, bajo el sobrio mantel, aquel hombre le daba vueltas al cuchillo sobre su mano, como inquieto, esperando, justo como cuando mamá espera a que le desocupen la cocina para empezar a pelar las verduras.
La advertencia se hizo a gritos en su cabeza y una opresión se le instalo en el pecho. Seguro era una coincidencia, por amor a todo lo bueno, tenía que ser una broma.
Reviso el último mensaje del número no registrado, el único que no había revisado, se abrió luego del sutil tacto de su dedo pulgar, ignorando los últimos dos mensajes provenientes del destinatario de la lista anterior. Sintió el alma salirse del cuerpo y el corazón en la garganta.
— "Sólo porque sepas como se viste el diablo, no quiere decir que lo conozcas" —
La mujer le llevo, al fin, el hot dog "sencillo" a su mesa. Cubierto con nada más que salsas y una exagerada cantidad de cebolla… más de lo que había pedido, demasiado queso rallado y abundante mostaza y mayonesa. Leyó los mensajes restantes al fin.
— "Le ha puesto agujas a la comida" —
Tragó duro. El hombre que le daba la espalda se levantó al fin, queriendo caminar como si se alejara del sitio.
—No pagó… ¡este hombre no ha pagado su pedido! —pensó con mortal angustia, entonces supo que todo lo que estaba sucediendo era cierto… terriblemente cierto.
—Corre—
—AHORA—
Entonces, todo fue caos. El hombre de la chaqueta azul terminó apuñalando a la mujer que la había estado atendiendo, llevándose así, la atención de los dos hombres que momentos antes habían estado parados allí y que parecían, la habían estado vigilando; ambos se le fueron encima.
El cliente que parecía haberse ido sin pagar la tomo del hombro con fuerza pero Tatianna, aun con el hot dog sobre su mano y consiente de las agujas que en él estaban, se volteó, girándose sobre su talón derecho y le restregó, con la mayor fuerza posible, el alimento en la cara y este cayó, sentado y casi de espaldas al suelo, gritando y con las manos cubriendo su rostro. Con lo que no habían contado, el chico de la chaqueta azul y ella, Tatianna, era con el hombre que freía las salchichas y sacaba el pan aún estaba libre y corrió hacia ella… Tatianna no tuvo más a la mano que la botella de gaseosa vacía, no vio más opción que reventársela, también, en el rostro
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Sin importar que tan mínima sea la diferencia, nadie va a detenerse a contemplarla; cómo la chica de tacones rojos y falda plisada de cuerina negra que no se detuvo a ver la mancha amarilla sobre el decimo escalón, para ella seguía siendo un trozo más de cemento por el que debía pasar.
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