Una soleada mañana de viernes entregué mi artículo sobre Jeff el Asesino. Allí estaba todo cuanto sabía. Todos los datos extraídos de los medios de comunicación y de la propia policía. Decidido a dejarlo todo atrás y pasar página se lo entregué a mi estimado profesor, Antonio Jiménez, y volví a mi apartamento, dónde me preparé para pasar un fin de semana fuera de casa.

Mis tíos me habían invitado a pasar unos días en Mataró, la ciudad donde vivía toda mi familia, lo que incluía a mis padres, mis primos, mis abuelos, y un sinfín más de conocidos que formaban la gran familia de la que venía. Apenas tuve que hacer maleta, ya que aquel lugar era como mi segundo hogar, y tenía a mi disposición todo lo que necesitara para mi día a día.

Era curioso que acabase viviendo solo en Barcelona, bien pensado. Pasé mi vida en aquella casa, junto a mis padres, hasta que ellos mismos decidieron entregarme las llaves e irse a vivir con el resto de la familia. Había pasado toda mi vida bajo aquel techo, y aun así no tuve problema alguno en dejarle las llaves a Óscar, sabiendo que podía confiar en que lo cuidaría como si fuese su propio hogar. Al fin y al cabo lo fue, durante varios años, así que tampoco estuve viviendo solo, exactamente. De hecho, me esperaba volver y encontrarme el apartamento más limpio de lo normal, gracias a su pulcritud y obsesión por el orden. Pero así era como nos complementábamos.

Y así fue como compartí mis anécdotas con mi familia mientras cenábamos, charlábamos y reíamos sin parar. Cada uno de ellos era más extravagante que el anterior, todos con sus historias dignas de tener sus propios libros, anécdotas propias de un monólogo humorista, e ideas y pensamientos que podrían figurar en libros de filosofía. Amo a mi familia, siempre lo he hecho. Ya desde el instituto, cuando mis problemas de asma fueron más difíciles de superar y sufría acoso escolar, mi familia había sido un refugio contra todos aquellos males. Era dónde sentirme cómodo y apreciado. Para ellos, de hecho, siempre he sido el chico callado y aburrido que continúa su vida sin ser una molestia. Aquello me hacía gracia, pues para mí y mis amigos, esa descripción encajaba con Óscar, mi nueva familia.

Volví a casa, comprobando que, en efecto, estaba impoluta. Me encontré a mi compañero estudiando en el comedor, como siempre, y me pregunté cómo debía ser la familia de Óscar. Nunca pude conocerla en persona, pero sabía lo mucho que amaba a su madre y el respeto que mantenía por su fallecido padre.

Los días transcurrieron, y nos devolvieron a todos los alumnos de periodismo nuestros respectivos artículos con su valoración correspondiente. Me alegré mucho al ver muy buena nota en mi trabajo de Jeff. Al salir de las clases, mientras organizaba mi carpeta con todos los documentos, alguien se topó conmigo dándome un fuerte empujón que hizo que todos mis papeles acabaran en el suelo. No fue en absoluto una sorpresa el ver que aquel chico era Martín, un alumno de periodismo que conocía desde hacía varios años.

Martín y yo mantuvimos desde jóvenes cierta rivalidad mutua en el instituto. Él era esa clase de persona que entiende la vida cómo un aula. Sacar malas notas significaba fracasar, y todo esfuerzo era recompensado con una felicitación, en forma de buena nota. Así que mientras él se esforzaba mucho en sacar dieces, yo lo hacía de forma natural, cosa que generaba un desprecio inmediato por su parte. Recuerdo que era muy arrogante y temeroso, alardeando siempre de sus notas y hablando mal de mí y Óscar cuando no estábamos lo suficientemente cerca como para oírlo… Siempre fue un alumno brillante, pese a todo.

Me quedé mirándolo con cierto rencor, en aquel momento. No podía creer que, tras tantos años, siguiera siendo tan infantil. Él me miró de reojo con profundo odio mientras se alejaba, y cuando lo perdí de vista me acordé de que aún no había recogido los documentos del suelo.

Cuando bajé la mirada, y para mi sorpresa, una chica de cabello corto y rubio ya los había recogido. Al levantarse me los ofreció, junto a una sonrisa.

-Ten, creo que se te ha caído. –Al verla la reconocí de inmediato. Desconocía su nombre, pero la había visto en la clase numerosas veces, aunque nunca me había acercado a ella. Me di prisa a tomarlos y guardarlos de nuevo, mientras le daba las gracias. De pronto vi que prestaba interés hacia uno de los documentos– ¿Esto lo has escrito tú? Parece interesante. –Fue entonces cuando me fijé de que se trataba de mi artículo sobre Jeff el Asesino. Quise contestarle algo, pero ella misma me interrumpió– Lara. Lara Marín. –Me dijo, clavando sus ojos verdes en los míos, obligándome a liberar una pequeña sonrisa que, seguro, notó fuera de lugar– ¿Y tú? –Reaccioné.

-¡Me llamo David! –Le contesté, de inmediato, dándole la mano– Si te interesa el artículo te lo puedo prestar. –Le dije, sin pensarlo demasiado

-Me encantaría. –Contestó. Su voz era curiosa. Entre aguda y rasposa, pero agradable y calmada– Parece interesante. Yo pensé en estudiar el caso también, pero decidí buscar algo más fácil para este trabajo. –Reí, sin querer.

-¡Ni te imaginas lo que he tenido que hacer para conseguir esa información! –Exclamé, mientras me guardaba la carpeta en mi mochila– No fue fácil para nada.

-Ya me imagino, ¡si no se sabe casi nada del asesino! –Mientras hablamos me pude fijar un poco más en ella. Curva y de cara algo redonda, Lara era prácticamente de mi misma altura, y vestía con una sudadera azul celeste que resaltaba su piel clara y rosada.

-Desde luego te puedo asegurar que de la policía es difícil sacar nada claro. –Comencé a ponerme pesado, como me pasaba siempre con las chicas guapas– En la rueda de prensa no dijeron absolutamente nada nuevo de lo que leerás en los periódicos –De repente me ofreció una mirada curiosa.

-¿¡Has estado en una rueda de prensa de la policía!? –Dijo, entusiasmada. Su rostro era increíblemente expresivo y curioso. Me dispuse a contarle la historia, pero noté que ella tenía prisa cuando miró hacia el otro lado del pasillo nerviosamente. Logré calmarme.

-Bueno… es una larga historia, pero desde luego una muy curiosa. –Le dije, buscando la manera de terminar.

-Pues a ver si me la cuentas algún día, David. ¿Qué te parece si quedamos este jueves en la cafetería de aquí en frente? –Analicé sus palabras por unos instantes, antes de comenzar a asentir, sonriendo– Bien, así puedes explicarme tu historia en detalle. –Volvió a mirar al pasillo– Oye, tengo prisa, lo siento. –Dijo, justo antes de irse– ¡Un placer conocerte, David!

No recuerdo muchos detalles acerca de si se fue con el artículo o no, por qué lado se fue, o si concretó la hora en la que habíamos quedado, pues tenía la cabeza llena de nervios, fantasías y felicidad. Fue tan rápido y confuso nuestro encuentro que no era capaz de darme cuenta de lo mucho que me había agradado conocer a tan interesante persona. Lo cierto es que no me gustaba hacerme demasiadas ilusiones a la hora de conocer a chicas, pues era alguien que fácilmente confundía las cosas y notaba cada sentimiento diez veces más intensamente cuando comenzaba a caer en tentaciones. Tal vez eso me había llevado a no tener demasiada suerte con las relaciones, otra de las muchas cosas que Óscar y yo compartíamos. Pero, pese a todo, por un golpe inesperado del azar, una atractiva alumna de periodismo acababa de proponerme una pequeña cita y yo acepté cómo si me hubiera tocado la lotería. No recuerdo mucho más de aquel día, sólo la extrema felicidad.

Tal vez fue que Lara me inspiró, o que había pasado una semana desde mi última aventura, pero decidí volver a mis andadas. Esta vez me decidí por sacar información sobre Jeff de la persona que más se acercaría a ofrecerme algo nuevo. Por desgracia la ubicación de Vicente Silvestre era desconocida, así que me puse a buscar entre la información que ya tenía, y a analizar la situación.

Aunque tuviera contactos con el Subinspector Rodríguez, jamás me diría algo tan importante como la ubicación exacta de un testigo protegido por la policía. Esta vez tendría que apañármelas solo. Así que comencé a buscar todos los artículos escritos por Silvestre para poder deducir su situación, justo cuando encontré en uno de sus artículos como describía que en su casa tenía vistas privilegiadas de la fachada principal de la Sagrada Familia. No era nada, era menos que nada, pero era lo único que tenía. Así que cogí las llaves de mi coche y fui directo a la Sagrada Familia, en aquella soleada tarde otoñal.

Llevaba todo el día buscando cualquier pista del paradero de Silvestre. Había tantos bloques, tantos pisos, tantos balcones… ¿Cuál era el suyo? ¿Y si, incluso, había huido del país por miedo a que Jeff tomara represalias? Me senté en un banco para meditar. No solo sobre su paradero, también sobre lo que yo mismo estaba haciendo, si era correcto o no. Todo el asunto Jeff estaba generando una obsesión en mí.

Mis pensamientos se vieron totalmente interrumpidos cuando vi al otro lado de la acera al mismo hombre trajeado que interrumpió la rueda de prensa del Inspector Narváez. En cuanto lo vi, volví a mi objetivo y comencé a seguirle disimuladamente por las calles llenas de gente. Me percaté de que llevaba el mismo maletín de la última vez. ¿Qué escondía aquel extraño hombre de negocios? ¿Cuál era su relación con la policía?

Mientras le seguía una persona se topó conmigo y nuestros hombros chocaron. Pidió perdón y continuó, pero me percaté de que había metido la mano en mi cartera. Alarmado me giré para atrapar al carterista, pero estaba tan distraído con el hombre trajeado que no me había fijado en su aspecto, y para colmo, al girarme de nuevo le había perdido la pista a mi objetivo.

Decepcionado me senté en un banco, cuando me di cuenta de que no me habían robado, sino que me habían introducido un pequeño papel en el bolsillo. Y en el papel había un número de teléfono y unas indicaciones: "llama mañana a las cinco en punto de la tarde". Sin estar muy seguro de quien era la persona que me lo había dado, guardé el número en mi móvil apodado con una interrogación.

Volví a mi apartamento para relajarme y procesar todo lo que había sucedido. Nada más llegar fui a la cocina a prepararme un café y vi en el reloj las cinco y media marcadas. Mis pensamientos se vieron interrumpidos por nerviosismo, al ver que llegaba tarde a mi cita con Lara. Tuve la suerte de no haberme quitado ni los zapatos, así que salí directo a mi cita.

Allí estaba, esperando en la cafetería, en cuanto entré yo por la puerta, corriendo, y me senté a la vez que jadeaba.

-Siento muchísimo haber llegado tarde. –Le dije con el aire que me quedaba en los pulmones.

-No pasa nada –Me contestó Lara– He llegado ahora mismo. Se me olvidó devolverte esto el otro día. –Me dijo, mientras sacaba mi artículo de su carpeta, sorprendiéndome– Me he tomado la libertad de leerlo.

-¿Ah, sí? ¿Y qué te ha parecido? –Le pregunté, con una estúpida sonrisa que debió cubrir media cara, mientras cogía el artículo y lo guardaba de nuevo.

-Intrigante. –Al oír cómo pronunciaba aquella palabra me resultó obvio que estudiaba lo mismo que yo. Nos habían enseñado a comenzar nuestros análisis con una frase o palabra que lo resumiese, como buenos periodistas– Me sorprende la poca información que hay acerca del caso, con la cantidad de víctimas que ha habido hasta ahora. Y al mismo tiempo admiro tu capacidad para plantear las hipótesis. –Noté que su voz era calmada y suave, muy agradable de oír.

-Créeme, eso es un don y una maldición. Me paso el día elucubrando y distrayéndome con cosas estúpidas. Es un sinvivir. –Concluí.

-Entonces ya tendrás algún sospechoso, ¿no? –No supe adivinar si lo decía en broma o si hablaba en serio. Curiosamente eso me pasaba siempre con las chicas, "no hay quien las entienda", solía decir mi padre.

-Bueno… Supongo que alguna sospecha sí que tengo. –Comencé a decir, tratando de recordar los detalles de un caso que hacía semanas había terminado de estudiar– Debido a que el target del asesino ha sido, hasta ahora, tres alumnos de la universidad, una empresaria y un periodista, la única tendencia está en los alumnos. Tal vez esté relacionado con la universidad.

-¿Un profesor…? –Fui a negar con la cabeza, pero algo me impedía mentirle. Habíamos cobrado ambos un tono más serio, al comenzar aquel análisis.

-Puede. –Preferí no decir más. Esperé largos segundos a que ella hablase, cosa que no ocurrió, así que decidí romper la incomodidad– El inspector al caso, Mario Narváez… –Pensé en voz alta– Ese hombre es muy sospechoso. Interrumpió la rueda de prensa para atender unos "negocios". Y tengo entendido que no le gusta hablar del caso con nadie. –Fue en aquel momento, al darme cuenta de que acababa de plasmar mis pensamientos en palabras sin tenerla en consideración, que sentí que estaba malgastando su tiempo. Moví la cabeza de un lado a otro, disimuladamente, para cambiar mi mentalidad y recobrar la sonrisa– Pero dejemos de hablar de asesinatos, por favor, háblame de ti.

-No merece la pena, créeme, mi vida es muy aburrida. –Me contestó en un tono amistoso mientras negaba con la cabeza.

-Insisto. –Dije, casi interrumpiéndola– Dime cómo eres, qué te gusta… Ya sabes, ese tipo de cosas. –Reí por un segundo– ¡Lo único que sé es que te gustan los asesinos en serie! –Se rio conmigo. Su risa también era agradable de oír, aunque tal vez fuese tan estúpida como la mía.

-Supongo que soy esa clase de persona a la que le gusta encontrar semejanzas en los demás, es algo que siempre me ha fascinado. Uno de los motivos por los que decidí entrar en periodismo era para saber lo que pensamientos de los demás. –Me quedé embobado escuchándola. Hablaba increíblemente bien– Es por eso que cuando veo a alguien con un libro que me gusta, o escuchando mi canción favorita, he de saltar y descubrir qué clase de persona es. Aunque solo sea… Curiosidad. –Concluyó.

-Veo que compartimos lo de la curiosidad. –Añadí.

-Exacto. –En ese momento me apoyé sobre mi brazo y me quedé mirándola.

-Me llamó la atención tu nombre. –Le dije. Apartó la mirada, suspirando.

-Lara. –Contestó inmediatamente– Lo sé, todos me lo dicen, "es como Lara Croft". Siempre bromean diciendo que debería hacerme arqueóloga y saquear tumbas.

-No lo decía por eso… –Continué– "Marín". Me gusta mucho ese apellido. Siempre me ha gustado el mar. –Creo que la sorprendí.

-Vaya, eres de los primeros que dice eso de mi apellido… Supongo que algo especial sí debes tener. –Esbozó una media sonrisa que compartimos por un largo rato.

Tras eso hubo silencio. Nos quedamos mirándonos el uno al otro. No supe que pensaba ella, y en cuanto a mí, me perdí en sus ojos azul verdoso. Aún recuerdo lo fácil que era perderse en ellos por aquel entonces…

Fue una pena que la escena se viera interrumpida por el sonido de mi móvil, cuando recibí una llamada de mi mejor amigo.

-Disculpa. –Le dije mientras lo sacaba de mi bolsillo y contestaba– ¿Diga?

-¡David! ¿¡Dónde estás!? –Era la voz de Óscar.

-He quedado con una chica –Murmuré, intentando que ella no me escuchase– ¿No recuerdas que te lo dije el otro día…?

-No. –Y entonces recordé que, de hecho, no le había dicho nada sobre Lara.

-Mierda, tienes razón. –De reojo pude ver como Lara disimulaba su risa entre dientes– Pero bueno, ahora que ya lo sabes, ¿puedo tener mi cita tranquila?

-Te has llevado mi carpeta. –Mis ojos se volvieron inmediatamente a la carpeta que me había llevado, y vi claramente, en aquel momento, que me había equivocado. El golpe que me di a mí mismo en la frente fue tan fuerte que me debió dejar marca por casi una hora. Pude ver a Lara riéndose ante la escena.

-Estaré allí en un rato… –Colgué el teléfono y vi, entre los números de mis contactos, el misterioso número que me habían dado escrito en una nota unas horas antes. Tratando de no distraerme, apagué el móvil y me levanté– Lo siento, tengo que irme.

-No pasa nada. Ha sido un placer, David. –Dijo, mientras se levantaba para despedirme.

-Lo mismo digo… –Sin que pudiera prepararme para ello, Lara me dio un abrazo. No estaba acostumbrado a tener contacto físico con alguien que acababa de conocer.

-A ver si nos vemos otro día. –Al oír su voz tan cerca de mi oído un escalofrío recorrió mi cuerpo y me sonrojé, inevitablemente.

-C-claro… –Separó sus brazos de mí y me despidió con la mano– ¡Adiós! –Y tratando de ocultar mi cara sonrojada salí de la cafetería, controlando mi respiración con tal de calmarme.

El tiempo pasó más lentamente de lo habitual tras ese momento. Sin avances en la investigación, ni noticias de Lara, Iker, o cualquiera de los demás, solo podía entretenerme ayudando a Óscar a buscar un buen apartamento.

Contaba los minutos hasta las cinco de la tarde, la hora en la que mi misterioso contacto me pidió que llamara. Si bien soy un hombre de palabra, no pude evitar llamar una única vez, la noche anterior. Por desgracia, no obtuve respuesta alguna.

Mi intriga crecía a medida que las manecillas del reloj se acercaban frenéticamente hacia las cinco en punto. Cuando la hora había llegado, cogí mi teléfono y busque mí ya preciado signo de interrogación. La espera fue corta, contestó un hombre de voz áspera y grave.

-Sabía que cumplirías tu palabra. –Me dijo, suavemente, con una seguridad notoria.

-¿Quién eres? –Pregunté sin más, sabiendo que el tiempo era oro, y que debía aprovecharlo haciendo preguntas concisas.

-Lo sabes perfectamente, ya que has estado buscándome… –Contestó, sin sorprenderme mucho, debo añadir.

-Vicente Silvestre. –Le dije, sin vacilación– Busco respuestas. Este caso crece por momentos, y la policía no parece estar haciendo nada. Solo usted y yo tenemos la información que necesitan, y me temo que solo yo soy libre para usarla.

-Si quieres un consejo, hijo, déjalo ir. –contestó, esta vez sorprendiéndome ligeramente, pero con un tono conclusivo, y esperanzado– Para mí ya es tarde, pronto dejaré este mundo, y me llevaré conmigo el secreto. –Tardé en contestar. No sabía exactamente qué debía decir, si debía intentar convencerle o no… Parecía dispuesto a llevarse sus enigmas a la tumba.

-Me temo que no puedo dejarlo ahora. No tengo miedo a las consecuencias, y necesito ayuda… –La espera, esta vez, fue eterna. Silvestre no parecía querer contestar, pero notando que su tiempo menguaba, respondió por fin.

-Todo esto es culpa mía. Comenzó hace ya más de un año. Yo estuve ahí… Sobreviví… Y ahora debo pagar las consecuencias. No dejes que te ocurra lo mismo, y déjalo ir. –En ese momento oí portazos más allá del teléfono. Algo estaba a punto de ocurrir, y no podía hacer nada para evitarlo.

-¿¡Qué ocurrió exactamente!? –Actué instintivamente. Cuanto más lo pienso, más sentido tiene. No podía hacer nada por él, solo buscar más respuestas, así que me limité a preguntar– ¿¡A qué sobrevivió!?

-Recuerdo la noche, y la lluvia. –Contestó– iba en el asiento trasero, junto a ella… Delante había dos personas más, pero no tuvieron tanta suerte. –El sonido del portazo terminó en un estallido.

-¿¡Quienes eran!? –Le grité, necesitado de respuestas.

-Solo nosotros dos sobrevivimos… Ya la ha matado, y ahora viene a por mí… Huye, hijo. No puedes hacer nada al respec-

Lo último que oí, un disparo. Mis ojos se habían quedado abiertos totalmente, y el móvil casi se cayó de mis manos. Tuve que sentarme en mi sofá, mientras miraba a la pared en silencio. No supe qué ocurrió, ni quién lo mató. No obtuve respuestas, ni pude evitar su destino.

Al día siguiente salió en las noticias. Vicente Silvestre, a la edad de 47 años, había muerto, disparado en la sien, en su propio apartamento.