DISCLAIMER: Los personas de D gray man son de Hoshino Katsura.
Pareja: Kanda-Allen
Contiene: Ooc , Mpreg y UA.
Este fics está basado en la novela del mismo nombre.
Notas de Autor: Disculpad mi demora en subir este capítulo, pero Junio no fue un buen mes para esta ves el capitulo es un poco mas largo? espero que les guste :3
Capítulo Cuatro
Dos días después en la consulta de su médico, Allen levantó la mirada de la revista y arrugó la frente. El sonido de una voz masculina había llamado su atención y no sabía por qué. Cuando la recepcionista lo llamó y entró en el consultorio, se quedó de piedra.
Kanda, con el hombro apoyado en la pared, estaba recibiendo lo que a todas luces era una explicación exhaustiva del proceso del nacimiento, con diagramas y todo, a cargo de una enfermera rubia y atractiva. No le gustó verlo allí, no le gustó que hubiera utilizado su encanto para colarse en una clínica de fertilización y no le gustó la adoración con que la rubia lo miraba. ¡Como si pudiera curar el cáncer!
Se obligó a controlar sus emociones, aunque algo vibró en él cuando Kanda lo miró, Allen se juró que sólo era una indigestión.
— ¿Qué haces tú aquí? —le espetó en cuanto lo tuvo cerca.
—El sábado, cuando estuve en la tienda, vi la cita en tu calendario —dijo distraído mientras lo contemplaba de la cabeza a los pies— Bien, estás precioso Allen.
No pudo evitar un revoloteo en el pecho. Inconscientemente, se alisó los pantalones y la camisa. Entonces sacudió la cabeza y se recordó que él estaba allí, invadiendo su vida privada para arrebatarle a su niña.
—No puedes estar aquí — siseo mirando a los pacientes y al personal que los escuchaba.
—Soy el padre Allen, tengo todo el derecho.
—Nada de eso. Es mi cuerpo.
—Tu cuerpo está criando a mi hijo.
— ¿Suyo? —preguntó una voz femenina.
Se volvieron y Kanda vio una escultural mujer madura que llevaba una bata verde de hospital. Un clip en su solapa rezaba Doctora Namie
—Allen —preguntó con el ceño fruncido— ¿Quién es éste?
Allen lo miró con aires de superioridad antes de responder.
—El tubo de muestras número 346—1010, o lo que tú quieras.
Entonces ignorándole, tomó del brazo a la doctora Namie Yagiri y se la llevó hablando en susurros. La médica le echó otro vistazo a Kanda.
—Bueno, por lo menos no tiene las verrugas y la calvicie que le deseabas. –comento en un tono juguetón.
—Lo que sí tiene es el encanto suficiente como para ganarse a todo tu personal, a mi hermano y a mis empleadas, ni siquiera debería estar aquí.
—Tranquilízate Allen, tienes razón una clínica de fertilización no es el sitio para que un hombre campe por sus respetos. Sin embargo, las pruebas han demostrado que es la muestra 346—1010 y eso le da el mismo derecho que a cualquier otro padre. Sobre todo, teniendo en cuenta de que no firmó un documento renunciando a ellos.
—No, es verdad.
Kanda era tan víctima de un error de ordenador como el mismo, pero eso no cambiaba el hecho de que se encontrara allí, tratando de invadir su vida como... ¿Como si fuera un padre preocupado por su salud? ¡Ja!
— ¿Le has reconocido como el padre del bebé? —preguntó la doctora.
—Sólo como el donante.
Namie suspiró y tomó una decisión.
—No tiene derecho a acompañarte en el examen, pero honestamente, no puedo hacer que se marche. Como padre tiene sus derechos. ¿Crees que va a dar problemas y ponerse violento?
Allen le echó un vistazo ¿Kanda violento? no lo conocía lo suficiente como para hacer aquel juicio.
—Lo dudo.
Sintió que perdía el control de la situación en el momento en que la doctora le hizo una seña a Kanda para que entrara en su despacho. Con una mirada a Allen advirtiéndole a «comportarse», ambos le siguieron. Allen se sentó y dejó que hablara la doctora.
—Señor Kanda, ante todo debo pensar en el bienestar de mi paciente y el joven Walker no quiere verlo aquí.
—El joven Walker preferiría que yo desapareciera del planeta —dijo con una sonrisa ladeada—Pero no me siento tentado.
— ¿Por qué ha venido, señor Kanda?
Sabía que Allen le estaba observando, pero mantuvo los ojos fijos en la doctora.
—Porque mi hijo está creciendo en su vientre y tengo derecho a saber que todo va bien.
Entonces sí lo miró. Algo pasó por sus ojos tan rápido que Kanda no pudo definirlo, deseó poder conocerlo tan bien como para haberlo descifrado.
—Se supone que debían hacerle una monitorización. Quiero saber si todo está en orden, tanto con él como con mi hijo.
—Para ser un hombre que sólo entregó unos gramos de fluido, estás pidiendo demasiado —gruñó furioso.
—Pues sí, no he tenido parte en esto, y sí nadie me consultó, pero ahora está en juego algo más importante que nuestros derechos y sentimientos; está el niño, nuestro niño. Tanto si te gusta o no, ese niño necesita a todos los que le quieren para que le protejan a él y a sus derechos.
Kanda se dio cuenta, que ya quería a ese niño. Bajó la voz, y habló con Allen como si nadie les estuviera escuchando.
—Puedes pensar lo que quieras, pero no he venido para fastidiarte. Después de lo que sucedió en el Golden Dragón, me di cuenta de lo milagroso e increíble que es todo esto.
Allen sintió un nudo en la garganta al ver la vehemencia de sus emociones.
—Sólo quería vivir algunas de las experiencias que me han escamoteado —hablo mientras le sostenía la mirada un momento antes de dirigirse a la doctora— Cuídelo bien al moyashi.
Y entonces, se levantó y salió sin más palabras. Ambos contemplaron la puerta y luego intercambiaron miradas. Los ojos de Allen le escocían y se sentía terriblemente mal.
— ¡maldición! ¿Qué voy a hacer ahora? Y !¿Qué diablos es moyashi?¡
—Podría quedarse al otro lado de la cortina y escuchar.
Allen se miró el regazo. Aquello era algo muy personal. ¡Por el amor de Dios, si ni siquiera habían llegado a besarse! al final, Allen asintió y Namie salió a buscarlo. Oyó que la doctora le hacía saber qué reglas imperaban allí, ni siquiera le miró cuando volvió. Estaba portándose como un cobarde, pero tenía la sensación de que perdía terreno en una batalla con cada momento que pasaba en su compañía. Sin embargo, la excitación que había en su voz le hacía daño y tuvo que volver a recordarse que Kanda sólo quería al bebé.
Cuando la exploración ya había comenzado, escucho que una enfermera le hacía pasar y vio sus zapatos bajo la cortina. No obstante, Kanda no abrió la boca.
Kanda se quedó sin aliento al oír los rápidos y constantes latidos del diminuto corazón. ¡Estaba vivo! Su hijo, carne de su carne y sangre de su sangre, esperaba el momento de nacer. El pulso se le aceleró hasta igualar a de su hijo de repente, el sonido se apagó.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó lleno de pánico.
—Sólo hemos pasado a un área distinta —dijo Namie con tranquilidad
— Espere, ¿lo oye? Ahí lo tenemos otra vez. ¡Mira, Allen, los deditos!
De repente, Kanda apartó la cortina y miró a Allen, al vientre redondo y tirante cubierto de gel pegajoso. Entonces contempló el monitor. Y Kanda vio cómo un puño diminuto se abría. Con los ojos ardiendo, se acercó más a la pantalla para no perderse detalle.
— ¿Te importa? —dijo Allen, pero él no lo escuchaba.
Los dos, doncel y doctora intercambiaron miradas y la doctora le entregó a Kanda una impresión en blanco y negro. El la aceptó titubeante, buscando en los indefinibles tonos grises señales de una vida latente. La doctora se lo señaló y Allen se dio cuenta de lo fuerte y atractivo que era el ex marine, el ingeniero Yuu Kanda. De repente se encontró al borde del llanto, estupefacto. Kanda lo contempló, se inclinó sobre él y lo besó rápido y apasionadamente en los labios, entonces se marchó.
Y Allen, aunque extrañamente complacido de ver a un hombre rendido ante un bebé que no había nacido, se dio cuenta de lo mucho que deseaba él ser el padre de su hija y lo poco que a le importaba verdaderamente.
Lavi se lanzó hacia delante y estampó la pelota contra el frontón, pensando que tenía acorralado a su contrincante. Pero Kanda, con un chirriar de zapatillas deportivas, se lanzó en plancha y la colocó justo por encima de la línea de base. Lavi se dio cuenta de que nunca podría alcanzarla y tiró la raqueta al suelo.
—Me rindo —dijo apoyando las manos en las rodillas y respirando pesadamente.
—Cómo, ¿tú?
—Sí yo ¿De dónde sacas tanta energía?
Kanda pensó en Allen y sonrió para sí mismo.
—Yo no me paso la vida sentado tras una mesa y poniéndome gordo.
Lavi se enderezó al instante frunció el ceño y no pudo resistir la tentación de palparse el estómago. Kanda sonrió maliciosamente.
—Vamos, te invito a uno de esos batidos energéticos.
—Prefiero una cerveza.
—Ese es tu problema —dijo Kanda— Además, ni siquiera son las diez de la mañana.
—La verdad es que a veces te comportas como un insoportable santurrón —dijo Lavi mientras salían de la cancha.
Kanda se bebió una botella de agua sobre la marcha. Lavi se detuvo para tontear con una preciosidad cuyo único trabajo consistía en entregar toallas a los clientes. Kanda decidió que acabaría secándole ella.
—Vas a acabar en la cárcel por corrupción de menores —dijo cuando Lavi volvió a alcanzarle.
—Bah, tiene veinte años.
—Y tú treinta.
Lavi le miró con el ceño fruncido, como si acabara de darse cuenta de lo mayor que era. Miró hacia atrás, le sonrió a la chica y siguió andando hacia el coche.
—Ayer por la mañana estuviste en la consulta del médico de Allen.
Sin hacer caso del reproche de Lavi, Kanda sonrió.
—Fue increíble, Lavi. Pude ver a mi hijo moviéndose en el interior de su vientre. El corazón me latía tan deprisa que pensé que iba a desmayarme.
Los dos hombres subieron al Jeep y se pusieron los cinturones de seguridad.
—No deberías invadir de ese modo su vida privada, Kanda. Podría hacer que un juez te ordenara no acercarte. Lo que estás haciendo se parece demasiado a un acoso.
—Mis intenciones son muy claras y él lo sabe.
— ¿Hay algo que yo deba saber respecto a ti y al joven Walker? —Pregunto Lavi, observando a su cliente—No quiero que su hermano te empapele con un pleito del que yo no sepa nada.
—Neah no sería capaz, ¿verdad?
—Demonios, ¡sí! Ante todo, es un abogado criminalista, compañero. Para él, todo se reduce a una batalla hasta la última gota de sangre culpable o inocente.
—A mí me pareció muy reservado —dijo Kanda.
—La reserva suele confundirse con los círculos que traza un tiburón antes de atacar. Venga, responde a mi pregunta.
—No puedo, porque tampoco hay nada que decir.
— ¡Tonterías!
—Allen no quiere que esto acabe en un juzgado y yo tampoco. Tenemos que pensar en lo que sea más conveniente para nuestro hijo; hasta ahora Allen me tolera y yo me muero de deseo por él.
— ¿Bromeas?
Kanda detuvo el coche y lo miró con el seño fruncido.
—Te parece que estoy loco, ¿eh?
Lavi se inclinó por encima de la palanca de cambios y señaló hacia el Mana's Attic.
— ¡Por Dios bendito! ¿Me pagas para que te ofrezca consejo legal y luego vas y haces esto? ¿Por qué?
—Porque eres el mejor amigo y siempre te defendía de los abusones.
Lavi se puso rojo al recordarlo.
—Vaya, me halaga tu tremenda confianza en mi capacidad Kanda, pero te advierto que lo dejes en paz.
—Ni hablar
Lavi se negó a acompañarle y se quedó en el coche. Cuando abrió la puerta, alguien silbó, descubrió a Lena lee apoyada contra el mostrador.
—Buenas Días, señor Kanda.
— ¿Está Allen?
Cuando Lena lee iniciaba un gesto, se oyó un estrépito y un gemido de dolor. Kanda estuvo en la oficina en un abrir y cerrar de ojos. Una persiana colgaba precariamente fuera de su encaje y Allen se pasaba la mano por la cabeza. Kanda lo tomó de los brazos.
— ¿Te encuentras bien?
—Sí, maldita sea — gruño mientras él comprobaba que no tenía sangre en la coronilla— Yo estoy bien, el bebé está bien y dime ¿qué demonios haces aquí otra vez?
Kanda acercó la escalera de mano a la ventana y subió los peldaños para volver a colocar la persiana.
—Sólo pasaba a saludarte moyashi.
Allen gimió por dentro, aquel trasero pecaminoso estaba al nivel de sus ojos. No era justo por mucho que le enfadaran sus interferencias, su parte más interior de sí mismo le dijo que retrocediera y echara un buen vistazo al material. Y eso hizo tenía unas piernas magníficas. Que lo partiera un rayo si no estaba sexy incluso sudoroso, con el pelo húmedo y las axilas empapadas. Y aquellos breves pantalones cortos con su raja lateral... ¡Dios! ¡Cómo se ceñían!
— ¿Tengo pinta de disponer de tiempo para charlar, o es que ya no trabajas para vivir? —dijo, disimulando cuando él bajó de la escalera.
—Pues claro —dijo él sonriéndole— Pero también me tomo tiempo libre para no convertirme en un sicótico.
— ¡no no...! ¡Oh, déjalo!
Era inútil discutir con él cuando miraba de aquella manera.
—Tienes que relajarte moyashi
—Y tú tienes que irte y ¡mi nombre es Allen!
— ¡Vaya! Si no te conociera diría que no te alegras de verme.
Allen le traspasó con una mirada homicida.
— ¿Qué te hace pensarlo? —preguntó con sorna, Kanda frunció el ceño. Allen estaba pálido.
— ¿Has desayunado ya?
—Te recuerdo que te metas en tus propios asuntos y no me digas lo que he de hacer, señor Kanda.
De modo que volvían a lo mismo...
—Necesitas...
— ¡Necesito! ¿Qué demonios sabrás tú de lo que necesito? —estalló el, arrojando un motón de facturas sobre la mesa.
Asombrado ante su arranque, Kanda volvió a sujetarlo por los brazos y lo obligó a mirarle a los ojos.
—Me encantaría saberlo Allen.
—No necesito nada de ti.
—Pues vas a tenerlo de todas maneras.
—Eso suena a amenaza —gruñó.
Kanda sonrió y la besó en la frente.
—No tengo la menor intención de hacerte daño, Allen. Un día de éstos, vas a tener que confiar en mí.
—No tengo ningún motivo para fiarme de ti.
—Pero lo harás —dijo, yéndose con una risilla—Vaya si lo harás.
Allen fijó la mirada en aquel trasero suculento que se agitaba bajo el nylon de los pantalones. Ni siquiera se fiaba de sí mismo, no cuando lo único que deseaba era alargar la mano y dar un buen apretón a aquel trasero.
Lavi Bookman apoyó el hombro contra el cristal y observó cómo el camión del servicio de reparto aparcaba frente a la oficina.
Sacudió la cabeza mirando a Kanda que hincaba los codos frente a un montón de papeleo.
—Los ha devuelto otra vez.
Kanda levantó los ojos y sonrió.
—Lo esperaba, sobre todo después del modo en que nos despedimos ayer en su tienda.
Lavi miro a Kanda, que estaba sentado junto a la mesa.
— ¿Hasta cuándo piensas seguir con esto? ¿Hasta que los gastos de envío te arruinen?
—Tanto como haga falta — gruño Kanda levantándose.
— ¿No te das cuenta de que no quiere nada de ti? —comento Lavi.
Pero Kanda ya había salido a recibir al repartidor en el vestíbulo. Le dio una propina para que volviera a intentarlo y se obligó a sonreír. Era un doncel testarudo, tan sólo se trataba de regalos para su niño.
Allen cruzó los brazos sobre el vientre y lanzó al repartidor una mirada hostil antes de que llegara a poner un pie en el primer escalón del porche.
—Devuélvalos.
El hombre pareció profundamente deprimido.
—Joven son los mismos paquetes que devolvió ayer y esta misma mañana.
Allen echó un vistazo al cajón de embalaje y se apartó para dejarle pasar. El repartidor le hizo una seña a su compañero; en pocos segundos el rincón de su salón estaba lleno con cajas de las mejores tiendas de la ciudad.
Maldito fuera Kanda. Llevaban así desde el día anterior y todavía se negaba a darse por aludido, cerró la puerta tomó una determinación y marcó el número de su hermano. Iba a decirle que consiguiera una orden del juez para que dejara de molestarlo, pero colgó sin pronunciar palabra. Miró el montón de cajas. No pensaba abrir ni una sola, pero tampoco tenía intención de pasar su día libre descargando su mal humor con los mensajeros.
— ¡Oiga, señor! no puede aparcar aquí.
—Pues acabo de hacerlo —dijo Allen, subiendo con decisión la cuesta.
El hombre reparó de inmediato en su vientre.
— ¿Kanda Yuu, dónde está?
El hombre tragó saliva.
—Quédese aquí y en seguida voy a buscarlo. No se mueva, ¿de acuerdo?
El hombre extendió ambas manos como para detenerlo. Allen le sonrió con dulzura. Los donceles embarazados tenían aquel efecto sobre algunos hombres, era una ventaja de la que pensaba aprovecharse sin piedad.
—Encuéntrelo rápido —dijo un poco sin aliento y palpándose el vientre con gesto teatral.
El pobre hombre salió a la carrera, dejando caer al suelo un montón de tablas y herramientas. Sin embargo, la escena no mejoró su humor. Iba a decirle a «Papá Dólares» que saliera de su vida para siempre, empezando en aquel mismo instante.
— ¡Eh, jefe! Tienes visita —gritó Ryuu.
Kanda le hizo señas de que esperara a que acabase de comprobar la mezcla de cemento. Entonces se puso en pie y le ordenó a sus hombres que empezaran a verterlo.
— ¿Inspectores?
—Ni por asomo.
Kanda se dio la vuelta al oír el tono de su capataz. Ryuu estaba mirando hacia atrás por encima del hombro visiblemente nervioso, era la primera vez que veía nervioso al antiguo sargento de artillería de los marines. Kanda salió del socavón. Vio a Allen de inmediato y fue a lavarse el polvo y el sudor en un cubo de agua, no le quitó los ojos de encima mientras se secaba y entonces avanzó, tirándole la toalla a Ryuu.
— ¿Has dejado preñada a ese doncel, jefe?
—Mira Ryuu, ya me conoces.
Ryuu sonrió ante su cara de inocente.
—Claro, por eso lo preguntaba.
— ¡Cubríos! ¡Hay un doncel en el trabajo! —bramó Kanda.
Y sus hombres empezaron a ponerse las camisas mientras procuraban usar un lenguaje decente. Allen le vio bajar la cuesta con aquel paso relajado y sintió que el pulso se le aceleraba. No era justo y para acabar de empeorar las cosas, él se detuvo demasiado cerca.
Allen retrocedió y se hizo sombra en los ojos con la mano para poder mirarlo.
—Esto tiene que acabar, Yuu Kanda.
— ¿Cuándo vas a llamarme Yuu?
—Cuando los burros vuelen.
—Ya vuelan.
— ¿Qué?
—Cuando van en avión.
Allen le miró con disgusto.
—Y cerdos de variado pelaje también se han hecho famosos volando en avión.
Allen torció los labios y se rindió.
—Kanda, los regalos tienen que terminarse.
Kanda exhibió una sonrisa triunfal.
—Quiero que mi hijo tenga lo mejor.
—Para eso me basto yo solo.
—Pero Lena lee me ha dicho que todavía no le habías comprado nada.
—Con que sonsacando a mis empleadas cuando me hallo indispuesto, ¡estupendo!
—No le eches la culpa a Lena lee, sólo trataba de darme conversación. Creí que podía ayudar un poco.
— ¿No puedes meterte en la cabeza que no te quiero en mi vida? ¡No quiero nada de ti!
Allen estaba chillando y tenía los puños cerrados. Kanda retrocedió.
—Vale, de acuerdo. Pero cálmate.
—Estoy calmado — siseo entre dientes.
—No, no lo estás. Y quedarte bajo este sol tampoco va a ayudarte ven.
Sin esperar que aceptara, lo tomó del brazo y lo llevó a su coche, que estaba aparcado a la sombra de un árbol. Contempló el Jeep Grand Cherokee negro de Kanda, el suyo era marrón. Kanda sonrió socarronamente y Allen rodo los ojos fastidiado.
—Parece que tenemos gustos parecidos.
El mismo modelo y del mismo año. Era siniestro.
— ¿Quieres un poco de agua?
—Sí —dijo él, con la intención a aclarar sus pensamientos.
Kanda lo observó mientras bebía. Se dio cuenta de que aquél se había convertido en su pasatiempo preferido últimamente.
—Y ahora dime el verdadero motivo por el que no quieres aceptar mis regalos. También es mi hija.
—Sí, tienes razón. Pero Kanda, yo fui inseminado artificialmente por la muestra número 3—4—6 o algo así. Lo hice porque quería un bebé que fuera exclusivamente mío, no con la esperanza de que el padre metiera las narices en mi vida y echara a perder mis planes.
Kanda sintió que algo le oprimía el pecho impidiéndole respirar. Miró a lo lejos y tragó saliva.
—No puedo dejar de desearlo, Allen de modo que no me lo pidas. Nunca pensé que tendría esta oportunidad. ¿Y por qué iban a arruinar tus planes unos cuantos regalos? —preguntó mirándolo a los ojos.
— ¿Unos pocos? ¡Por el amor de Dios! ¿Has comprado todo Bloomingdale o sólo el departamento infantil?
La sonrisa de Kanda era un poco tensa.
—Fue muy divertido con sólo pensar en mi niña me vuelve loco.
—No puedes hacer esto Kanda, ni muebles ni ropas. No, otra vez no.
¿Otra vez? Kanda se dio cuenta de que la tensión de su rostro hablaba por sí sola.
—Dime, ¿qué es lo que te asusta tanto?
Allen se apoyó en el coche con un suspiro, bebió un trago de agua y le miró fijamente.
—Ya he perdido a un niño antes, Kanda. Fue muy duro lo tenía todo comprado y cuando aborté, sufría al mirar aquellas cosas. Lo di todo a la beneficencia y me juré que no volvería a comprar nada hasta que no tuviera a mi niña en brazos.
—Lo siento, Allen ¡Dios! Hay veces que me comporto como un verdadero idiota. ¡Mira! Por lo menos estamos de acuerdo en algo ¿no?
—Supongo —dijo él con una chispa de humor.
Sin embargo, Kanda continuaba sintiéndose inquieto.
— ¿Cuánto tiempo llevabas embarazado cuando sufriste el aborto?
—Doce semanas.
— ¿Y qué dice la doctora Namie sobre la niña?
Allen pareció ofenderse.
—Ocúpate de tus propios asuntos, Kanda.
—Tú eres asunto mío, moyashi.
Kanda le puso los brazos a los lados, encerrándola entre ellos. Se inclinó hasta que sus caras estuvieron muy cerca.
—No vas a perder a este niño — susurro con absoluta convicción— Lleva sangre Kanda y si tengo que vigilarte cada minuto del día, lo haré.
¡Fantástico! Había conseguido convertirle en una mezcla de niñera y de perro guardián.
—Mira, Kanda. No soy ningún estúpido llevo mucho cuidado y he llegado hasta aquí sin tu ayuda.
Kanda se apretó suavemente contra él, encantado al sentir el contacto con su vientre. Miró un momento aquellos beligerantes ojos plateados como un halcón a su presa y cubrió su boca con los labios.
Allen se sobresaltó y dejó caer la botella de agua. Empujó con ambas manos contra su pecho. Giró la cabeza para evitarle, pero él siguió su movimiento, saboreándolo una y otra vez. De repente le dejó hacer; kanda lo mantenía inmóvil sin necesidad de sujetarlo, sólo con el roce de sus labios y su lengua, enviando oleadas de deseo que traspasaban su cuerpo. La mente de Allen gritaba que le abofeteara, que le hiciera daño, pero no podía.
Tenía la sensación de que hacía siglos que no lo besaban y que en cualquier caso, nunca la habían besado así. Las piernas ni siquiera notaban su peso, los gemidos escapaban de su garganta, las manos se aferraban a su camisa y él seguía besándolo. Abrió los labios para él, para que ahondara el beso, explorando su sabor y dejando que su impulso sensual lo llevara a un lugar desconocido. «Ohh, Kanda!»
Kanda notó el momento en que se rindió, sintió que él se ablandaba deliciosamente y que su respiración se aceleraba al compás de la suya. Y cuando él le abrió los labios creyó que se desgarraba y tuvo que batallar contra su necesidad de buscar más y más para siempre»
Apretó los dedos contra el metal frío del coche, sabiendo que se encontraba a punto de estallar. Antes de cometer una estupidez irreparable, se retiró despacio, robando un último y breve beso.
Allen abrió los ojos esperando ver arrogancia en su expresión, pero sólo encontró una ternura que la dejó sin aliento.
—Tú no has creado este niño por ti mismo, Allen puede que yo no haya tenido el placer de estar dentro de ti primero, pero una parte de mí lo está ahora.
Kanda se apartó abruptamente, obligándolo a soltar la camisa. El mensaje estaba claro. Allí estaba desarrollándose algo más que un niño.
Allen se dirigió a su coche sin decir palabra y puso en marcha el motor. Salió de allí levantando una nube de polvo y piedras, diciéndose que lo había complicado todo, que con aquel beso le había entregado una parte de sí mismo que nunca podría recuperar.
Kanda esperó a que el polvo se disipara y se dejó caer contra el coche. Cerró los ojos y se pasó una mano temblorosa por el cabello. Si aquel doncel llegaba a averiguar el poder que tenía sobre él y lo usaba, iba a tener verdaderos problemas. El cielo sabía que ya estaba metido en un buen lío. La entrepierna de los pantalones estaba tan tensa que le parecía que iba a reventar las costuras si se movía.
Jamás había deseado nada tanto como deseaba tener aquella niña, ser su padre.
Sin embargo, después de haber experimentado el fuego de su sensualidad deseaba a Allen mucho más de lo que imaginaba.
