Disclaimer: Shingeki no Kyojin no me pertenece, el autor es Hajime Isayama. La obra musical es creación de Catherine Johnson, encargada del libreto.
CAPÍTULO CUARTO
"GIMME, GIMME, GIMME (A MAN AFTER MIDNIGHT)" [1]
Gimme, gimme, gimme a man after midnight
Won't somebody help me chase these shadows away
Gimme, gimme, gimme a man after midnight
Take me through the darkness to break of the day
(Dame, dame, dame un hombre a la medianoche
Alguien que me ayude a despejar esas sombras
Dame, dame, dame un hombre a la medianoche
Tómame a través de la oscuridad hasta el amanecer).
.
Mikasa pensó que Farlan era algo torpe.
Se pasó bastante rato entretenida oyendo todo lo que Eren tenía para contarle sobre el tiempo que conoció a su padre, y sentía que se iba forjando cierta confianza entre ellos. Eren le resultó bastante accesible y confiable, quizá en parte porque no era demasiado viejo, por lo que podían comunicarse más fácilmente. Solo cesó su conversación cuando Erwin y Farlan volvieron y, para su buena suerte, cuando eso ocurrió Eren ya le había contado hasta el momento de su despedida con Levi.
Ambos volvieron con algunos raspones en el rostro, seguramente provocados por la maleza que había en medio de su camino. Sin embargo, Erwin apenas tenía un par de líneas delgadas en el rostro, mientras que Farlan tenía rasguños en los brazos y los pómulos. Mikasa pudo ver que incluso sus rodillas estaban heridas, notorias las marcas por lo clara que era su piel.
Pero no solo eso le hacía pensar que era un poco torpe; verlo lastimado fue el primer indicio. Esa idea cobró más fuerza en su pensamiento cuando, mientras Eren se encargaba de deshacer el nudo que había hecho para atar el bote, este intentaba empujar la embarcación para ponerla en movimiento. Farlan le ponía bastante empeño, pero no parecía ser muy fuerte para ser alfa. A veces terminaba resbalando en la arena fangosa en su intento por mover el yate de Erwin.
Un alfa extraño. Farlan era un alfa extraño.
Su primera impresión de él fue que era una persona tranquila y sonriente, amable. Pero Erwin también le había dado esa impresión. La diferencia radicaba, a sus ojos, en que Erwin se veía bastante erguido, orgulloso y soberbio. Quizá no se lo proponía o era inconsciente, pero ciertamente parecía ser un tipo con bastante confianza en sí mismo.
—Bien, podemos partir —dijo Erwin mientras subía al yate—. Suban, por favor.
Y era muy gentil también. Pero si algo destacaba de Erwin era definitivamente su natural liderazgo. Pese a tener tres alfas con ella, tanto Farlan como Eren aceptaban lo que les decía sin rechistar. Tampoco era un pedante que les ordenaba, y probablemente a causa de eso aceptaban sus direcciones.
Y Mikasa no analizaba su comportamiento y cualidades en balde. Lo que se proponía era hallar rasgos que alguno le haya podido heredar.
—¿Podemos ir despacio? —pidió ella.
—¿Por qué? —preguntó Erwin, quien en ese momento dirigía el bote.
—No veo razón para apresurarnos.
—Creí que podrías tener algo que hacer, pero si no es así, bien podríamos tomarnos un momento.
Eren insistió mucho en tomar el control del bote con el pretexto de aprender, y Erwin aceptó con la condición de que Farlan le acompañe, no sin antes explicarle un par de nociones básicas. Le parecía un tipo bastante inteligente y al menos estando esos dos juntos podrían manejar mejor ese asunto.
Mikasa entonces se aproximó más a la barandilla, justo donde estaba Erwin, para poder platicarle. El viento agitaba la camisa que Farlan le había prestado, al igual que sus cabellos, los cuales ya no estaban húmedos gracias a los rayos del sol de la tarde. Él la recibió con una sonrisa que la motivó a acercarse con confianza.
—¿Deseas algo? —dijo él con una expresión afable. Era un hombre maduro en toda la extensión de la palabra. A Mikasa le parecía todo un caballero.
—Quiero saber sobre Levi.
—Lo suponía —rió—. Pero me gustaría que me aclares qué quieres saber exactamente, así puedo ser más directo.
—Preferiría que me des detalles. Cómo se conocieron.
—Ya veo —dio un suspiro y volvió la vista al mar—. Hace veinte años, cuando era joven aún —volvió a reír—, llegué a la isla en un bote...
Con dieciocho, Erwin Smith ya era un hombre independiente. Hombre, sí, porque su madurez mental le compensaba los pocos años con los que contaba cuando inició su aventura. Su padre había sido un importante investigador, siempre curioso y dispuesto a aprender más sobre cualquier materia. Erwin deseaba también conocer de forma similar: su padre había visitado muchos lugares a lo largo de su vida, pero con el paso del tiempo esto fue dificultándosele por culpa de la edad; entonces lo que se proponía era seguir su legado. Quería ver el mundo con sus propios ojos, aquel del que le hablaba cuando niño.
Su familia ciertamente poseía dinero, y en consecuencia era poderosa. Sin embargo, Erwin no era despilfarrador, más bien pensaba en invertir lo que ya tenía. Y proyectándose a su objetivo de conocer el mundo fue que compró un bote de buen tamaño, tan bien equipado como un yate, pero no tan costoso. Su padre le felicitó por su compra y le alentó de muchas maneras, ya que él también deseaba nutrirse de lo que pudiera aprender su hijo en sus viajes.
De ese modo, Erwin se convirtió en una especie de marinero desde muy joven. Su madre, una mujer discreta, aceptó de muy buen grado la decisión de ambos hombres; y cuando llegó el momento de la despedida, no hizo más que abrazar a su hijo y desearle la mejor de las suertes. Sabía por supuesto de los múltiples riesgos a los que se exponía, pero no podía ponerle freno a sus verdaderos deseos. Su padre también lo abrazó y le pidió encarecidamente se cuide y procure mantenerse en contacto por medio de cartas, además de que, de ese modo, lo mantendría al tanto de lo que aprendiera o viera.
Confiaba en sus capacidades como alfa que era. Y no se equivocaba, ya que pasó muy bien dos años visitando diversas costas, asimilando un poco de cada cultura nueva que conocía. Cumplió veinte años y la relación con su padre era muy estrecha pese a la distancia, como si compartir un mismo ideal los hubiera unido muchísimo más de lo que pudo el ambiente familiar.
Sin embargo, no dejaba de verlos. Cada tres meses se tomaba unos días para volver a su hogar, dejando una extensa relación acerca de todo lo que había visto a su padre. Este posteriormente se encargaría de archivarlo para, combinada con su investigación, convertir la información recopilada en un proyecto de enciclopedia para viajeros. Erwin no estaba muy convencido del éxito que pudieran alcanzar, pero tampoco quería desilusionar a su padre, por lo cual, cuando reemprendió su viaje, decidió ser aun más minucioso de lo que ya era.
No esperó lo que le ocurriría en cierta isla.
Quería viajar a algún lugar apenas visitado, del que no se supiera casi nada. Entonces, mientras estaba en casa de su padre, llamaron su atención un grupo de islas griegas que vio en un mapa físico. No había oído de ellas y en sus libros no se hacía mucha mención sobre estas, por lo que de inmediato captaron su atención. No estaría nada mal ser pionero en cuanto a información sobre estas, así la enciclopedia sería mucho más rica. Luego podría averiguar más sobre el resto del archipiélago; teniendo tanto por descubrir y tan cerca podría ser muy provechoso ese nuevo viaje.
Su padre no pudo estar más de acuerdo. En cuanto le contó sobre sus planes lo felicitó por su decisión y gran visión. Tanta emoción le causó la idea que le instó a viajar de inmediato. Erwin aceptó y, motivado por su padre, se puso en marcha.
El viaje duró muchísimo [2]. Su familia vivía en Norteamérica y llegar hasta Grecia le tomó una eternidad, además de bastante dinero.
—¿Gastaste mucho?
—Por supuesto. No iban a permitirme pasar de frontera en frontera así nada más. Podría decirse que fui muy "persuasivo".
—¿Solo hizo falta dinero?
—No, si así fuera me sentiría un delincuente, aunque mi objetivo lo justificaría de sobra. Mi familia es muy reconocida por parte de mi padre, así que me tenían por alguien importante en ese entonces. Supieron de mi apellido y me facilitaron mucho las cosas. Además les expliqué el motivo de mi viaje; así que, de no ser por eso, habría gastado muchísimo más.
Así, luego de una extensísima travesía, Erwin Smith llegó a la isla de Scíathos [3].
Lo primero por hacer era encargar muy bien su bote. Los pescadores se ofrecieron a cuidarlo muy amablemente, y le pareció que estos se sentían algo honrados con su visita. Curioso por tanta amabilidad, se animó a preguntarles si acaso lo conocían, y estos le explicaron que incluso a la isla habían llegado noticias sobre las investigaciones de su padre; así que, en parte por gratitud, velarían por la seguridad de su bote.
Agradecido por sus atenciones y su honestidad, se echó a andar siguiendo las direcciones de aquellos hombres trabajadores. Ellos le dijeron que en la cima de un enorme risco, en la parte más alta de la isla, hallaría posada: un hotel sencillo, pero de muy buena atención, cuya encargada era una mujer ya bastante entrada en años.
Escaló un sendero muy pedregoso hasta poder alcanzar la puerta enrejada del hotel. No fue la mejor primera impresión, pero el lugar parecía ser decente al menos. No quería perder tiempo en esperar a que le atiendan, así que simplemente abrió la cerradura y se adentró en la propiedad hasta encontrarse con alguien. Pronto vio a la que seguramente era la encargada, porque coincidía completamente con la descripción que le habían dado. Bien podía empezar su investigación haciéndole un par de preguntas a esa anciana. Porque habiendo vivido tantos años, seguramente podría brindarle muchos datos interesantes.
No supo qué gesto hizo exactamente, pero la mujer, que había estado barriendo, soltó su escoba y de inmediato se acercó a él para tomar sus maletas y guiarlo pronto a una habitación. Erwin quiso detenerla, no le pareció correcto que una anciana lleve su equipaje por él, pero ella se negó en todos los modos posibles. Resignado, solo pudo ir a su lado sin rechistar, atento a los lugares que recorrían. Luego de doblar dos veces a la izquierda y cruzar un patio que albergaba muchas macetas de diversas flores, la mujer le abrió la puerta de una pieza muy amplia, equipada incluso con un escritorio.
—¿Usted sabe a qué me dedico? —preguntó él, aunque ya sospechaba la respuesta.
—Sé a qué se dedica su padre, joven. Seguramente le está siguiendo los pasos.
—Algo así, señora. ¿Cómo lo conoce?
—Tardó su tiempo, pero incluso a este lugar llegaron noticias sobre él y sus aportes. Nos han sido muy útiles, la verdad. Recuerdo que en un artículo suyo dio muchas sugerencias sobre cómo aprovechar el dinero e invertir. Desde entonces a la gente le va mejor con sus finanzas. Pero sabemos también que no se dedica a eso, sino a investigar, así que usted debe venir por lo mismo. Él ya debe estar algo mayor, ¿cierto?
—Es verdad. Me gustaría seguir su legado todo lo que pueda. Quiero ver el mundo y lo que esconde. Me alegra que mi padre haya podido ayudarles —dijo Erwin haciendo una pequeña reverencia a la mujer.
—Hace bien. Pero no haga eso, no está bien en un alfa como usted —respondió ella mientras le tomaba un hombro para que vuelva a erguirse.
—Entonces también sabe sobre eso.
—Por supuesto. Se nota solo con verle. Me da gusto que los aportes de su padre no se estanquen y usted contribuya. ¿En qué están trabajando ahora?
—Una enciclopedia para viajeros. Sé que no se ha dicho mucho acerca de estas islas, así que por eso estoy aquí.
—¡Es fantástico! —exclamó la anciana juntando sus manos y acunando su rostro sobre estas—. ¡Así podrían venir muchos más turistas! Tienen todo mi apoyo, joven... Lo siento, ¿cuál es su nombre? Solo sé su apellido.
—Erwin, señora. Erwin Smith.
Presentados ambos, la mujer lo dejó solo para que pueda instalarse, no sin antes asegurarle que estaba dispuesta a responder todas las preguntas que tuviera para hacerle. Erwin entonces desempacó la ropa que llevaba en una mochila en forma de saco de arena que solía cargar al hombro, apiló sobre el escritorio los libros y cuadernos que llevaba en una de sus maletas, colocó a un lado sus bolígrafos y dejó todo preparado para poder empezar a apuntar sus primeras impresiones.
Disfrutó de una semana tranquila en conversaciones con la anciana –que le dijo se llamaba Anabelle–, aprovechando al máximo todo lo que tuviera para contarle. Cada tarde la acompañaba en sus labores y las horas se le iban volando en pláticas sobre qué tan duro llegaban las estaciones, cada cuánto tocaban puerto los botes, hacia qué isla se dirigían, con qué parte de Grecia comerciaban más, con cuánta frecuencia llegaban turistas, etc. La mujer parecía un libro abierto y Erwin no hacía más que leerlo y leerlo.
Sin embargo, sus conclusiones no podían basarse solo en lo que ella pudiera decirle. Luego de esa semana tan bien aprovechada decidió que era momento de salir del hotel para conocer a más gente a quien pueda preguntarles.
Mientras terminaba de anotar los últimos datos que había recopilado de boca de Anabelle, su estómago le reclamó por alimento. La noche había caído y no faltaba mucho para que llegue la hora de merendar, por lo que decidió aprovechar su salida para explorar un poco más sobre la isla. Anabelle podría, como había hecho hasta ese día, ofrecerle la comida que servía para los turistas que quisieran cenar dentro del hotel, pero era el momento perfecto para empezar con la otra parte de su proyecto. Y no solo se proponía preguntarles lo mismo, sino que podría hacerse una idea también sobre el trato que daban al turista para así recomendar con mayor conciencia una visita a la isla. Aunque de todos modos tenía pensado hacerlo, el lugar era maravilloso y muy apacible, perfecto para escapar de la ciudad industrial que dominaba esos tiempos. La isla Scíathos, a diferencia de otros lugares más tugurizados que visitó, tenía un aire limpio y puro, además de una vista maravillosa, cortesía de un cielo y mar extremadamente azules.
Salió de su habitación luego de darse una ducha vistiendo un pantalón beige y una camisa blanca. Sentía que terminaría por sentirse sofocado si se ponía encima alguna chaqueta, así que, tras despedirse de la encargada asegurándole que volvería temprano para no causarle ninguna molestia, abandonó el hotel.
Tenía hambre, pero tampoco pensaba correr. Quería tomarse su tiempo para admirar el paisaje de noche, quería ver el contraste y verificar que seguía siendo un lugar hermoso. No se equivocaba, ya que el cielo era bellamente iluminado por la luna y las estrellas, ni siquiera eran necesarios los faroles de las calles. A su paso se sintió observado por algunos pobladores y supuso de inmediato que se debía a la casta a la que pertenecía. Ya hasta la misma encargada del hotel había reconocido en él a un alfa, así que no sería de extrañar que lo hagan ellos también.
Luego de unos minutos de caminata, llegó a un pequeño café que, pese a ser ya noche, le ofreció atención. Las camareras, muy sonrientes, apuntaron su orden y de inmediato corrieron para apresurar al cocinero. Una vez con su comida en la mesa, Erwin se dispuso a comer, pero ni bien iba a dar el primer bocado, un par de, según supuso, amigos, sentados en una mesa adyacente a la suya, llamaron su atención. Una muchacha de cabello castaño y gafas hablaba a voz en cuello; mientras que su compañero, un tipo de cabello muy negro y piel clara, parecía estar muy harto de tanta efusividad. Podría incluso afirmar que estaba ebria.
Le gustaba observar a las personas para analizar, aunque sea solo una parte, su comportamiento. Por eso, todo el tiempo que estuvo comiendo les lanzó miradas furtivas, convencido de que no se darían cuenta.
Esa noche aprendió a no subestimar a los demás.
Porque, cuando terminaba de hacerle el último corte a su carne, cuando el tenedor ascendía hasta su boca, este quedó suspenso en el aire al descubrir al tipo de cabello oscuro mirándolo muy fijamente. El tipo lo perforaba con la mirada, como si supiera que todo el tiempo estuvo observándolo. Y Erwin podía jurar que no lucía nada contento con eso. Sin embargo, tampoco estaba dispuesto a sentirse intimidado al verse descubierto. Y lo mismo podía decirse del muchacho, porque no cedía ni un poco, no le avergonzaba saberse observado. Parecía incluso desafiarlo.
Solo rompieron contacto visual cuando la muchacha le dio tremendo empujón al chico, quien de inmediato se puso de pie para no volver a humillarse al ofrecer ese espectáculo. Ella parecía estar muy contenta por motivos misteriosos, mientras que él seguía serio. O eso pensaba hasta que, al cruzar el dintel de la puerta ambos amigos, el tipo –que resultó ser bastante bajito– cruzó una última mirada con él. Una muy extraña.
Curioso, Erwin decidió ir tras él, pensando en que a lo mejor este pudiera darle otra perspectiva de la vida en la isla. Porque a diferencia de los demás pobladores, parecía ser muy distante y muy negado a las sonrisas. Desde el momento en que llegó no había recibido más que muestras de afecto y gratitud, mientras que aquel muchacho parecía incluso despreciarlo. Así, dejó un par de billetes sobre la mesa y partió con algo de prisa.
De espaldas a una pared, muy oculto, vio al par de amigos alejarse por un callejón bastante angosto. Ella seguía emitiendo berridos y el chico no hacía más que ir a su lado con ambas manos en los bolsillos de su pantalón negro. Apenas asomaba la cabeza para cerciorarse de cuánto habían avanzado ambos chicos, pero lo que le pareció una mirada de soslayo de parte del tipo al que estaba siguiendo le hizo esconderse completamente.
Para cuando creyó que el chico y su compañera estarían bastante más adelante, por fin se animó a caminar. A paso lento, sigiloso, avanzó con tranquilidad, como si no estuviera haciendo otra cosa que andar por la calle. De ser posible hasta se atrevería a fumarse un cigarrillo, pero no contaba con ninguno en ese momento. Cuando el final del callejón estuvo a dos pasos de distancia, pensó en frenar para volver a echar un vistazo y poder ver qué dirección había tomado el tipo. Sin embargo, antes de decidirse al menos, la inesperada aparición del sujeto al que estaba siguiendo lo descolocó.
—¿Qué quieres? —encaró el muchacho aún con las manos en los bolsillos, con una actitud que rayaba en lo agresivo.
—Mucho gusto —dijo, repuesto de esa impresión—. Mi nombre es...
—No creo haber preguntado tu nombre. Qué quieres. Responde.
—Nada en especial. Sólo hacerte un par de preguntas. ¿Eres...?
—¿Qué preguntas? —volvió a desafiar, ya cruzado de brazos.
—Necesito saber tu nombre. Dímelo, por favor.
—Levi.
—Bien, Levi, yo soy Erwin Smith. ¿Podrías acompañarme a tomar algo mientras respondes lo que quiero saber? Es sobre la isla —ofreció con los brazos apuntando al café que había visitado hacía solo unos minutos—. O quizá no puedes porque estás acompañado...
—Si estuviste mirándome todo el tiempo debes saber que no estoy acompañado en ese sentido. Fisgón.
—¿Debo tomar eso como un sí? —rió Erwin, algo conmovido por esa sinceridad.
—Como quieras... —refunfuñó en respuesta Levi.
—¿Y tu amiga? —preguntó mientras se ponían en marcha, uno al lado del otro. Levi tenía la vista al frente y nuevamente había metido sus manos en los bolsillos.
—Terminaré contigo rápido y la alcanzaré.
—¿No se sentirá mal porque la dejas sola?
—Ya la he aguantado bastante. De todos modos sé dónde encontrarla.
—¿Por qué aceptaste responder mis preguntas? Parezco no agradarte aunque no sé por qué.
—Porque cuanto antes haga lo que pides, más rápido me dejarás en paz. No quiero a un alfa detrás mío.
—Entonces también lo has notado... —suspiró—. Y ese énfasis, o desprecio, en lo que acabas de decir me hace pensar que no te gustan los alfas.
—¿Eso es parte de tus preguntas? —replicó Levi sin siquiera girar el rostro. Sin embargo, Erwin pudo ver que había fruncido aun más el ceño. Parecía estar siempre enfadado.
—No, no lo es—volvió a reír—. Disculpa, siento que estoy interfiriendo con tus asuntos. Si así lo deseas, puedes negarte —dijo, y se detuvo un momento para esperar la respuesta de ese hombre tan arisco.
—Nada me asegura que no seguirás insistiendo. Prefiero acabar con esto. Si solo son preguntas no es gran cosa entonces. —A diferencia de Erwin, siguió caminando sin importarle dejarlo atrás.
—Podríamos ir a donde tú prefieras —propuso Erwin, y vio que Levi se detenía, dándole la espalda.
—¿Puedes beber? —preguntó Levi, viéndolo a los ojos al fin, con ambas manos en la cadera y una expresión de desgano en el rostro.
—Puedo, Levi. La pregunta es: ¿por qué quieres tú beber?
—¿Vas a interrogarme sobre mi vida o qué? —repuso Levi—. No es asunto tuyo. Decide, ¿vamos a beber o no?
Erwin se limitó a asentir. Al menos ya tenía ganadas las respuestas que esperaba; quizá no con la amabilidad y respeto que habría deseado, pero tampoco podía negar que esa desfachatez de Levi le agradaba hasta cierto punto. Además, parecía ser el único que desconocía sobre su apellido y la importancia que este tenía, y probablemente a causa de eso no se dejaba impresionar como los demás pobladores. El contraste le gustaba, además de lo directo que hasta ese momento se había mostrado.
Levi lo guió por las calles hasta llegar a un bar cuya fachada no era nada prometedora, pero la perspectiva del lugar cambió en cuanto se halló en el interior. Luces de muchos colores fosforescentes que apenas eran una forma de no quedar en total penumbra; una tarima colocada en una esquina para recibir a quien tuviera el valor de cantar algo para la concurrencia; una barra atendida por cuatro jóvenes muy hábiles para hacer malabares con las botellas; una multitud bailando en total desorden, como una masa oscura que iba de un lado a otro, nada homogénea; y un sofá rojo larguísimo fijado a la pared de todo el local, de modo que el centro del lugar quedaba disponible para el baile y el sofá servía como lugar de descanso para aquellos que no pudieran más.
Algo sofocado por el calor de aquellos que ya sudaban de tanto bailar, Levi se desabotonó la camisa para dejar libre su cuello mientras jalaba por el brazo a Erwin para que pueda seguirlo sin perderse a medio camino hasta la barra. Una vez frente al camarero, tomaron asiento y pidió un par de cervezas para ambos sin siquiera preguntar si Erwin deseaba beber eso.
—Pregunta ahora —apuró Levi, dándole el primer sorbo a su cerveza.
—Bien... —tomó la botella entre sus manos con cierta reserva, negándose aún a disfrutar de su contenido—. ¿Cómo es la vida en la isla?
—Una puta mierda —respondió, tragando con fuerza, con el gesto descompuesto a causa del sabor agrio—. Todo apesta.
—Vaya, difieres mucho del resto de pobladores... ¿por qué la vida aquí es tan horrible?
—No dije que fuera horrible, dije que era una puta mierda —aclaró—. Y lo afirmo porque no me gusta estar aquí. No ahora.
—¿Entonces debo suponer que antes sí te agradaba? —insinuó Erwin, y al fin le dio un pequeño sorbo a su bebida, fijos sus ojos en la expresión que Levi pudiera poner.
—Tal vez —dijo, meneando la botella entre sus dedos, con la mirada perdida en algún punto de la estantería abarrotada de diversos licores.
—¿Tienes problemas económicos? ¿Con tu familia quizá?
—Dijiste que ibas a preguntar sobre la isla.
—Quisiera ahondar más en tus motivos porque eres el único que parece descontento con estar en este lugar. Veo por todas partes a personas que parecen llevar una vida tranquila y retirada, felices de poder estar en un lugar como este. La ciudad es horrible comparada con esta isla.
—Pues te quedarás con las ganas —replicó Levi, volviendo a beber, esta vez un sorbo muchísimo más largo. Erwin vio atento ese pequeño gesto.
—Eso es muy subjetivo, Levi. No es que la vida aquí sea "una puta mierda", sino que tu situación te hace verlo así —explicó Erwin—. Pero no insistiré más, por lo menos no por hoy. Dudo que quieras responderme a eso ahora mismo.
—¿Qué te hace pensar que volveremos a hablar? Suenas muy seguro. Qué presumido... —bufó Levi—. Pregunta lo que concierne a la isla y déjame en paz.
—Me dices que quieres que te deje en paz, pero no te has negado a lo que te propongo. Eres un tipo raro —se burló Erwin, y Levi no pudo refutar a lo dicho—. Incluso ahora me pregunto por qué no me dijiste que no cuando te pedí que me respondas.
—¿Vas a preguntar o no?
—Hagamos algo. ¿Quieres apostar conmigo?
—¿Es normal apostar con un desconocido? —objetó Levi con una ceja curvada; y la cerveza quedó olvidada en la barra. Aunque no le gustara reconocerlo, que le proponga algo semejante le causaba cierta curiosidad.
—No soy un desconocido, te dije mi nombre. Bien, ¿accedes o no?
—¿De qué se trata?
—Me trajiste a un bar, de lo cual concluyo posees gran resistencia al alcohol o lo bebes asiduamente. Escucha: veamos quién resiste más tandas de cerveza, ¿te parece?
—¿Qué gano si te venzo? —cuestionó Levi, cada vez más interesado.
—Si yo gano —desafió Erwin; y sus palabras le supieron más petulantes a Levi al ver que se animaba a dar un largo trago a su cerveza—, tendrás que responder todas mis preguntas, sin importar el tema. Si tú ganas...
—Si yo gano tendrás que pagarme todo lo que quiera, bebida o comida, durante todo el tiempo que estés aquí. Eres alfa, debes tener dinero, así que no me pongas excusas —se apuró a agregar Levi al ver a Erwin vacilar un momento.
—Eso es un poco exagerado, ¿no crees?
—¿Temes perder entonces? —provocó Levi, retándolo con la mirada para luego terminar su bebida de un solo trago.
—¿Cuántos años tienes, Levi? —preguntó Erwin, atraído por tanto descaro.
—Gana y te respondo. Es un trato.
Sin poder objetar nada, Erwin sintió que la situación se le había revertido sin saber cómo ni en qué momento. Podía adjudicarle la responsabilidad de ese trato, a pesar de haberlo propuesto él mismo, a Levi, ya que fue finalmente este quien impuso las condiciones. Sin embargo, era un hombre de palabra y cumpliría con lo acordado, más allá del resultado de la apuesta.
—Creo que es obvio que si yo gano tendrás que pagar todo lo que beba ahora, durante la apuesta, ¿no? —aclaró Levi mientras le hacía señas al camarero para que vuelva a servirles—. No quiero que luego te creas astuto y pretendas deshacerte de tus responsabilidades.
—Por supuesto que no. No haría nada así, Levi.
—Buen chico.
El camarero les entregó pronto un par de botellas muy frías, y de inmediato ambos hombres tomaron sus respectivas bebidas para llevarlas a sus labios e iniciar las hostilidades. Porque por donde se le viera era una especie de guerra que libraban; pero no una grotesca o vulgar, sino alturada: ambos se limitaban a beber, no molestaban al otro y a lo mucho se lanzaban miradas de soslayo, las cuales equivaldrían a las ofensas, que en realidad no pasaban de simples provocaciones. Ninguno estaba dispuesto a ceder, pero tampoco era tan vanidoso como para jactarse de una victoria anticipadamente.
Erwin daba sorbos largos y pausados, dándose un momento para que el alcohol se asiente en su cuerpo y no termine por afectarle demasiado, además de llevarse a la boca un par de hojuelas de maíz. Levi por el contrario bebía un poco, paraba y volvía a la carga, y de a pocos la dosis se hacía mayor. Para cuando Erwin había terminado, Levi ya estaba pidiendo un par más e iba probando algo del tazón de piqueos.
La segunda tanda fue semejante a la primera, al igual que la tercera. La batalla se volvió espectáculo para la quinta ronda, ya que aquellos que habían estado bailando se tomaron un momento para examinar a los tipos que se negaban a dejarse llevar por la música y más bien estaban ahí, sentados, generándoles mucha curiosidad, aun más al saber la razón de su poca actividad.
Transcurrieron muchos minutos, tal vez horas, y llegó el momento de la sétima cerveza. Erwin ya no tenía deseo alguno de probar los bocadillos que yacían sobre el plato; incluso sentía que estaba viendo doble, porque mágicamente las hojuelas y frutos secos se habían multiplicado. Levi tenía los ojos entrecerrados y aprisionaba la botella con su mano derecha, aferrándola por el cuello, mientras que con la otra cubría su frente. Ambos tenían la respiración errática y la vista clavada en la botella, causante de sus malestares. Finalmente, cuando el camarero recogió las botellas vacías, Erwin se dio por vencido y trotó al baño a vaciar su estómago, pero, increíblemente, sin perder su elegancia. Solo entonces Levi dejó ver una suerte de sonrisa victoriosa –que en realidad podía pasar por el reflejo de un nervio facial– y, no sin algo de orgullo, se atrevió a devorar una papa frita del tazón de bocadillos.
Con la cara lavada para recuperar algo de conciencia, Erwin volvió a la barra y halló a Levi en el mismo lugar en el que lo había dejado. Podía suponer que era a causa de la apuesta ganada. Volvió a tomar asiento, muy despacio para no marearse, y Levi al instante se puso de pie para dirigirse igualmente al baño. Levi sentía que lo necesitaba, ya bastante tenía con haber soportado el aliento desagradable que le quedaba por la cerveza: le urgía asearse. Cuanto antes.
De regreso, vio que Erwin ya no estaba en la barra sino en la entrada del bar, con ambos brazos cruzados sobre su pecho y la cabeza recargada sobre el marco del portón. Supuso que ya había cancelado la cuenta al ver que el camarero no se oponía a que intente irse. El alcohol comenzaba a causar estragos en su cuerpo y fue más conciente de la cantidad de alcohol que había ingerido al recibir el frescor de la madrugada, estremeciéndolo entero. Podía imaginarse al día siguiente con una resaca espantosa y el malestar de una posible gripe. Sin ninguna delicadeza, la punta de su zapato terminó en la pantorrilla derecha de Erwin, quien de inmediato reaccionó y reparó en su presencia. Preocupado por caer, se sostuvo del marco con una mano.
—Ganaste —dijo este, con una leve sonrisa. Solo cuando estuvieron más cerca Levi se dio cuenta de que se frotaba los brazos buscando algo de calor—. Admito mi derrota.
—Apestas a alcohol —reclamó, agitando la mano en el aire en ademán de alejar el olor.
—Tú también —sus ojos barrieron a Levi y luego giró el rostro con dirección al cielo nocturno—. Me siento muy mareado... Al principio no parecía tan grave...
—¿Dónde vives? —resopló Levi, como si no quisiera realmente preguntarlo o saber. Como si lo preguntara por compromiso. Agradeció internamente que Erwin no le viera el rostro.
—En el hotel, el único que hay aquí.
—La pobre mujer se decepcionará si te ve llegar en ese estado —dijo, y, sin ningún permiso ni previo aviso, tomó un brazo de Erwin y lo colocó sobre su hombro. Este tuvo que inclinarse debido a la diferencia de estatura—. Vamos, lo único que necesitas es dormir.
—¿Sabes que es malo llevar a un desconocido a tu casa? —Su cuerpo inclinado fue guiado por Levi a pasos cortos a través de la calle. Se sentía bien el calor humano.
—Me dijiste hace rato que no eras un desconocido porque sé tu nombre —hipó—. Y nadie dijo que te llevaría a mi casa. Te llevaré a un cuarto, que es distinto.
Erwin no tenía ánimo de preguntar. No en ese momento y no porque Levi podía terminar enfadándose. No podía afirmarlo, pero sospechaba que esa cerveza poseía una concentración de alcohol particular, más fuerte que otras, porque no explicaba de otro modo que le haya afectado tanto. Muchas veces ya había bebido y en cantidades más que considerables, resistía bien y no había tenido ningún problema; en cambio Levi, pese a estar mareado, seguía en sus cabales e incluso era capaz de sostener su cuerpo, bastante más grande que el suyo. Le preocupaba sinceramente que en cualquier momento pueda colapsar y ambos terminen en el suelo.
—¿Estás bien? —se animó a preguntar—. No tienes que llevarme si es problema...
—Cierra la boca y camina —replicó Levi—. Me da problema sentir tu enorme pecho moverse mientras hablas y sobre todo cuando respiras. Golpea mi hombro.
—¿Mi pecho es enorme? —la pregunta era ridícula y lo sabía, pero al menos la conversación iba fluyendo, al igual que el poder del alcohol por sus miembros.
—¿Que nunca te has visto?
—No es como si reparara mucho en mi anatomía. Tengo muchas más preocupaciones.
—Alfas de mierda... —refunfuñó.
Definitivamente le gustaba su desfachatez y sinceridad. Incluso le hacía sonreír.
En medio de tambaleos y torpezas alcohólicas por parte de ambos, llegaron a un lugar que Erwin no reconoció. Ni siquiera recordaba cómo habían llegado, y eso comenzaba a preocuparle; pero tampoco deseaba desconfiar de Levi. Pese a su carácter hosco, parecía ser un buen sujeto, aunque algo complicado. Tenía formas extrañas de manifestar sus pensamientos.
En el umbral de la puerta de una casa de dimensiones bastante reducidas, Levi lo apoyó contra el marco y dejó caer sus hombros, jadeante y agotado. Erwin veía su espalda sacudirse levemente mientras con los dedos se apartaba los cabellos del flequillo que cubría su frente. Cuando terminó su arreglo y su respiración se normalizó, Levi se incorporó y recostó su espalda contra el lado opuesto del marco, frente a Erwin. Sin proponérselo realmente, sus miradas quedaron prendidas la una de la otra, examinando, tratando de sumergirse en el otro.
—¿Dónde estamos? —se animó a preguntar Erwin.
—Es la casa de una amiga. Está de viaje y no se encuentra aquí.
—¿Por qué no fuiste a tu casa?
—Porque no quiero pleitos ni cantaletas. No con el dolor que me está taladrando la cabeza —respondió, desviando la mirada al suelo—. Mis padres deben estar durmiendo.
—Entiendo. Se vería peor que llegues conmigo.
—Si me joden solo porque algún imbécil se aparece por nuestra puerta cuando... —dijo, pero se frenó a tiempo y, tan rápidamente como sus miembros adormecidos por el licor le permitieron, se metió a la casa.
—Ya veo. Eres omega —concluyó Erwin, entrando también a la casa y cerrando la puerta tras él—. Ahora entiendo tu rencor a los alfas.
Levi, de espaldas, prefirió guardar silencio.
—Gracias por ayudarme —susurró Erwin acercándose a Levi—. La mujer del hotel me tiene en muy alta estima y me ha ayudado mucho. No me gustaría que se lleve una mala impresión mía.
—Como sea... —resopló Levi, volviendo ligeramente el rostro para verlo a los ojos con una mueca de fastidio—. La cama está en el cuarto de al fondo. Yo dormiré en el sofá —dijo, caminando en dirección al dormitorio, tambaleándose levemente.
—Preferiría cederte la cama —respondió Erwin, siguiéndolo a un par de pasos de distancia. Desconfiaba de sus piernas estando tan ebrio.
—Creo que ninguno de los dos está para discusiones, ¿no? —replicó Levi—. Entra al cuarto y duerme. Ya bastante tengo con este dolor de cabeza —y se llevó la diestra a las sienes para frotarlas levemente, buscando alivio.
—Eres como un gato.
—Ajá... —respondió distraídamente, esperando aún a que Erwin decida retirarse a la habitación.
—Arisco con los desconocidos, pero en el fondo sé que eres dulce, y lo serás con la persona que escojas. No te gusta mostrarlo, eso es todo. Y está bien, porque no entregas tus afectos a la ligera.
—¿Un omega no entrega sus afectos? —se burló Levi—. Si todos afirman que somos las putas del mundo.
—No me pareces una puta. Jamás diría eso sobre ti —afirmó Erwin, aproximándose más a Levi, quizá en un intento por aseverar sus palabras.
—Espera a que entre en celo y te portarás como un animal. Como todos —dijo Levi, cruzándose de brazos tras girarse completamente para encarar a Erwin—. Y sí soy una puta, porque cojo cuando entro en celo. Y lo hago con el primer alfa que se me ponga enfrente.
—Es decisión tuya y no soy quién para juzgarte —refutó Erwin. El malestar, misteriosamente, iba menguando. Se lo atribuyó a la conversación—. Es parte de tu naturaleza y lo comprendo. —Sin saber cómo, terminó a escasos centímetros de distancia del cuerpo de Levi. Hasta podía sentir su acre aliento y el calor que emanaba de su cuerpo menudo, pequeño.
Levi era realmente pequeño, pero qué presencia poseía. Estaba seguro de nunca antes haber conocido a nadie así. No era un omega común, sumiso, sino atrevido, directo, sin temor a expresarse a su modo.
Quizá fue el calor de sus cuerpos que se atraían luego de padecer el frío de la madrugada, la soledad que lo propiciaba, la personalidad de Levi que lo cautivaba, el querer demostrarle a Erwin que no le temía y que siempre hablaba en serio... o todo en conjunto, que los llevó a pasar de la embriaguez del alcohol a la de los besos.
Con una ternura dolorosa, con un cuidado que le lastimaba el alma por motivos que jamás le contaría, Erwin tomó a Levi por la cintura y lo elevó del suelo hasta que este rodeó su cintura con sus piernas. Y no solo eso envolvió el cuerpo de Erwin, sino también los brazos de Levi que se sumaban a la labor de acariciarse los labios. Porque eso hacía Erwin, frustrando a Levi que buscaba algo más violento.
Erwin pudo reconocer lo desesperado que estaba Levi al sentir sus manos sobre su cabello, desordenándolo por completo.
—Levi... no estás en celo... No lo hagas así... —pidió, porque quería pensar que era una especie de resentimiento lo que lo movió a decir todo aquello sobre ser una puta.
—¿Te importa que no esté en celo? —jadeó, separándose apenas de sus labios.
—No hagas esto por resentimiento —declaró Erwin, muy firme, clavando sus ojos azules en los de Levi—. Porque parece que es eso lo que te motiva. Es como si quisieras demostrarme que de verdad eres lo que dijiste... Y no creo que sea así.
Luego de darle un último beso, suave y delicado, un roce tenue, Erwin bajó a Levi, no sin dar algo de pelea.
—Si deseas podemos dormir juntos. Pero solo dormir —propuso—. Así te acostumbras a mí.
Levi no respondió. En lugar de usar palabras, fue su cuerpo el que se expresó por él: jaló del brazo de Erwin hasta quedar ambos dentro de la recámara, y cerró la puerta.
Sentir el cuerpo tibio del otro los forzó a acercarse durante lo que quedaba de la madrugada. Para cuando la luna murió, hundiéndose en el insondable mar, ambos se hallaban cubiertos por las sábanas: Levi dándole la espalda a Erwin, y este que hacía el amago de rodearle la cintura con su enorme brazo. No tenía sin embargo intenciones de aproximarlo más a su cuerpo, ya que incluso dormido conservaba algo de su razón y procuraba darle su espacio. O quizá en realidad no dormía, sino que fingía para poder velar el sueño de ese omega sin que este pueda oponerse.
Solo despertaron –o Levi despertó– cuando el sol desplegaba sus rayos sobre la isla desde el mismo centro del cielo. Con gran pesadez y un dolor punzándole los sesos, Levi se deshizo de las sábanas de un tirón, y halló el brazo de Erwin justo sobre su vientre. Su primer pensamiento fue apartarlo, pero no lo hizo para no iniciar una discusión unilateral, porque Erwin, según iba viendo, era tan educado que ni siquiera veía el caso de pelear. Podía asegurar que, alturado en todo momento, se limitaría a refutarle muy amable y dulcemente todo cuanto dijera. Incluso el muy descarado en ocasiones le daría la razón.
No tuvo que pensar mucho rato más qué hacer, porque Erwin se removió en la cama, alejando su extremidad de su cuerpo, y de inmediato sintió esa zona estremecerse al percibir el calor perdido. Giró el rostro entonces para contemplar al hombre que había invitado a pasar la noche en casa de su amiga. Ni siquiera podía terminar de creerse que haya confiado tan pronto en ese desconocido. Sin embargo, no podía negar que había algo en ese hombre que le hacía creerle, pese a ser un alfa.
Cuando lo vio, descubrió que Erwin había perdido esa pulcritud del peinado, pero su rostro se veía tan gallardo como si no hubiera ingerido una gota de alcohol. Los mechones rubios caían despreocupadamente sobre su frente, y su mano hacía lo posible por devolverlos al lugar que les correspondía la noche anterior.
—Si vas a peinarte, ve al baño —sugirió Levi, aunque por su voz ronca a causa del malestar y la bilis acumulada en su garganta pareció más bien una orden—. Está saliendo de la habitación a la izquierda.
—Gracias —dijo Erwin, regalándole otra de sus sonrisas amables—. Volveré en un momento.
—Deberías ser político. Te la vives sonriendo como un maniquí.
—Lo siento, me educaron así.
—Como sea... Apresúrate, porque yo también quiero entrar al baño.
En ese momento, mientras hacía caso a la sugerencia y se encaminaba al baño, no lo comprendió, pero con el transcurso de los días supo que debió sentirse honrado de que Levi le ceda el uso de este.
—Tu padre parecía... Triste, por así decirlo. Creo que tenía algún dolor oculto que lo lastimaba.
—Conmigo nunca fue precisamente alegre, pero tenía sus momentos. Extraños y muy pocos, pero podía entender lo que quería decirme... Entonces ganó la apuesta.
—Así es. El desembolso fue, por decir lo menos, bastante considerable...
Si tuviera que atribuírselo a alguna razón para explicarlo, definitivamente diría que fue a causa de la apuesta. Pero siendo sincero consigo mismo, en realidad se debía a la misteriosa confianza que sentía por ese hombre. Porque podía decirle a cualquiera que supiera sobre su pasado que siguió viendo a Erwin durante el resto de esa semana para aprovecharse de lo obtenido, por querer tener unos días carta libre para gastar a su antojo; pero no era así. Y ese asunto comenzaba a preocuparle.
Salían por las tardes. Erwin salía del hotel, sorprendiendo a la encargada que ya no lo veía dedicar tardes enteras a la redacción de sus apuntes. Y, como quien no quiere la cosa, dirigía sus pasos a las calles que ya reconocía como aquellas del barrio al que pertenecía la casa en la que había pernoctado. Siempre encontraba a Levi merodeando por ahí, aunque este nunca le dijo qué hacía allí, pero podía suponer que trabajaba en algo debido a que llevaba puesto un mandil verde e iba cargando algunas cajas.
Cuando Levi se desocupaba, y Erwin ya había calculado a qué hora ocurría eso, le comunicaba con la mirada que estaba dispuesto a ir con él, arguyendo que lo hacía para poder cenar gratis. Y como para no desaprovechar la generosidad de Erwin, pedía la comida más fina, al igual que las bebidas. No tenía muchas –si no es que ninguna– oportunidades de un derroche semejante, pero sí había deseado en varias ocasiones probar alguno de esos platillos exclusivos para los turistas más adinerados. Erwin no pedía lo mismo, se limitaba a beber algún refresco o una suerte de aperitivo mientras lo contemplaba comer.
Y Levi, pese a, según supuso, su humilde condición, no era nada vulgar. A ojos de Erwin era poseedor de una elegancia nata, como si el haber vivido con limitaciones no hubiera sido un impedimento para criarse de la manera correcta, desarrollando buenos hábitos. Ni siquiera al hablar haciendo uso frecuente de expresiones subidas de tono se asemejaba a cualquier ramplón de la calle, porque las palabras en él fluían de forma tan natural que no incomodaban de ninguna forma; incluso terminaba por gustarle que hable así.
Luego de cenar, como por inercia, por prolongar la conversación, se dirigían a algún bar. Levi le había mostrado cada uno, destacando alguna particularidad en cada visita. Bebían, seguían platicando y finalmente se despedían al tener que separar sus caminos. Erwin tenía intenciones de acompañarlo, pero no sabía bien qué paso dar o cómo debía actuar, porque temía alguna tajante negativa de Levi. Cualquier insinuación mal planteada, creía, derribaría la relación medianamente amical que habían estado forjando en esos pocos días.
Sin embargo, llegó un punto en que ambos de algún modo comprendieron al otro. A mitad de la siguiente semana, luego de beber unas cuantas copas en medio de una conversación casi unilateral –porque Levi le respondía con monosílabos principalmente–, bastó una mirada en medio de los mareos generados por su ingesta de alcohol para que salgan del lugar.
—Me habría gustado ganar la apuesta —comentó Erwin mientras cerraba la puerta de la casa a la que nuevamente lo había guiado Levi.
—¿Por qué? —preguntó él mientras se acercaba al baño.
—Porque hay mucho que quisiera preguntarte y que me respondas.
Levi permaneció un momento sosteniendo la perilla de la puerta, cavilando una respuesta que lo deje bien librado, de modo que no responda ni a las palabras de Erwin ni a las posibles preguntas que llegarían en caso fallara en su intento de evadir el tema.
—No tiene caso que sepas de mí. Aprovecha el tiempo aquí y luego márchate —resolvió, adentrándose en el baño.
Erwin aceptó hasta cierto punto sus palabras y no replicó nada al instante. Tomó asiento en la pequeña sala y juntó ambas manos en un intento por pensar más serenamente alguna solución a los problemas que iban gestándose en su mente. Porque lo que decía Levi era completamente cierto, en algún momento, apenas unos días, partiría y no volverían a verse, y quizá tenía razón al afirmar que no debía inmiscuirse más en su vida. Pero a la vez deseaba conocerlo, saber las razones de su trato hosco.
Entonces tomó una decisión.
Levi salió del baño con el rostro levemente húmedo y el flequillo goteando, sosteniendo una toalla entre las manos. Al ver a Erwin sentado, muy serio, creyó que iba a lanzarle algún reclamo. Estaba muy equivocado. Se acercó despacio, pero con paso firme, sin despegar la vista del hombre rubio que también lo observaba. Tendió la toalla sobre el espaldar de un sofá y quedó de pie frente a Erwin, de brazos cruzados e insinuándole con los ojos que estaba muy harto de esa insistencia en mirarlo.
—¿Qué? —espetó al fin al no obtener respuestas solo con sus ojos.
—Quiero que viajes conmigo a Skópelos [4]
—¿Qué? —preguntó Levi, como si no hubiera oído bien.
—Es cierto que voy a viajar nuevamente en unos días, y creo que podríamos intentarlo.
—¿Intentar qué? —replicó incrédulo—. Tienes que estar bromeando. ¿Se supone que voy a seguirte?
—Eso no se oye bien, porque en realidad no vas a seguirme sino que iremos juntos —señaló Erwin—. ¿Qué dices?
—Que estás ebrio.
—Puede que esté algo bebido, pero ciertamente también estoy en pleno uso de mis facultades y de ningún modo bromeo.
—¿Por qué debería irme contigo? —Levi se acercó al sofá y quedó sentado sobre el posabrazos. Descruzó los brazos y sus manos se apoyaron sobre sus muslos—. Argumenta algo convincente y lo pensaré.
—Porque sé que en el fondo también quieres intentarlo, aunque quizá no por las mismas razones que yo —declaró Erwin, cubriendo una de las manos de Levi con la suya—. No perdemos nada. Incluso si fracasáramos no habría problema, porque ambos corremos el mismo riesgo. Date la oportunidad de empezar algo nuevo, Levi.
Levi clavó la vista en esa mano que, en un arrebato único de Erwin, había osado posarse sobre la suya. Porque Erwin siempre había respetado su espacio y nunca había insinuado un acercamiento demasiado íntimo entre ellos, ni siquiera el roce de sus manos, sin su consentimiento. Era demasiado respetuoso. Quizá era eso lo que necesitaba.
—De acuerdo —dijo Levi, cerrando los ojos—. ¿Cuándo nos vamos? Tengo que hacer un par de cosas antes de eso.
Erwin, sin soltar su mano, se puso de pie y acogió a Levi entre sus brazos para plantarle un pequeño beso en la frente. Le acarició levemente la coronilla, repasando los negros cabellos hasta donde desembocaban, continuando su mano el camino por su mejilla, recorriéndola con cuidado. Sus dedos repasaban las líneas del rostro de Levi y, finalmente, sus labios llegaron a los de este para darle otro beso, y para su sorpresa no opusieron resistencia.
—Le insistí bastante. Tu padre es desconfiado y en ese momento se negó, pero logré convencerlo. Partimos apenas al día siguiente, y recuerdo que me dijo que debía hacer algo antes de irse. Supongo que por la prisa que nos dimos no alcanzó a hacerlo, porque durante el corto viaje, porque es corto y debes saberlo, Mikasa, se la pasó refunfuñando algo.
—Seguro no le gustó el lugar en el que eran transportados.
—Lo dudo; fue en el bote que usaba en ese entonces, así que estaba bien cuidado. No sé qué pudo haberle preocupado.
—¿Qué ocurrió cuando llegaron?
—Bueno, no es algo que considere correcto platicar contigo, sinceramente...
—¿Entró en celo?
—Sí.
Una vez en Skópelos, Erwin guió a Levi hasta el hotel del pueblo. Durante sus conversaciones mientras bebían, cuando aún estaban en Scíathos, le explicó los motivos de su viaje, por lo que Levi no se sorprendió al verlo interrogando a cada poblador que veía. Ya instalados, al tercer día de vivir juntos, Levi entró en celo.
Esos tres días transcurrieron con mucha calma, como si fueran ajenos al mundo que los rodeaba. Erwin salía por las tardes a conocer la isla y en solo una oportunidad Levi lo acompañó; mientras que en las noches se dedicaban a charlar, solo que ya no acompañaban su conversación con alguna botella de licor. Fueron días apacibles y sosegados, casi como los de una pareja que llevaba años de conocerse, probablemente debido la gran madurez de Erwin.
El día que Levi entró en celo se negó a salir con él. Su cuerpo ya empezaba a delatar los síntomas propios de su estado, y no deseaba a exponerse en plena calle en caso pierda el control. Cuando volvió, se había encerrado en la recámara que compartían y ya aguardaba a que empiece a arremeter contra la puerta. Erwin, atento siempre, había comprado una tarta para comer luego de la cena –que también había comprado–, y al aproximarse al hotel su nariz fue alertada de inmediato. Subió las escaleras en un par de saltos y alcanzó pronto la puerta de la alcoba.
—¿Levi? ¿Puedo pasar? —dijo, reuniendo toda la fuerza de voluntad que podía. El aroma era casi insoportable y solo sus propias convicciones le impedían comportarse como un animal.
No obtuvo respuesta, por lo que decidió girar la perilla. Descubrió con sorpresa que no había puesto seguro, lo cual le llevó a pensar que o Levi estaba muy necesitado o en verdad deseaba acostarse con él. Se adentró en la habitación y no lo halló. Supuso que estaría tendido en la cama, pero no era así. Guiado por su olfato, lo encontró metido en el armario, con el ceño muy fruncido y las piernas muy juntas, escondiendo lo que guardaba entre ellas.
—¿No tienes supresores? —preguntó Erwin, y su voz se volvía a cada instante más febril—. Podría...
—No... —cortó Levi en un jadeo. Erwin no supo si era uno de excitación o frustración pura—. Está bien... Podemos...
Con su aprobación, no necesitó de nada más para tomarlo por la cintura y restregar su cuerpo contra el suyo hasta conducirlo a la cama.
—Vivíamos tranquilos, aunque a los pocos días entró en celo y eso, creo, fue lo que nos descolocó.
—¿Por qué?
—Porque luego de.. copular... platicamos muy seriamente. Tu padre no parecía arrepentido de lo que había hecho, arrepentido de nada en realidad. Sin embargo, yo sentía que había algo que no lo dejaba tranquilo. Y si iba a quedarse conmigo, deseaba que sea completamente libre.
—Siento que llegaste a conocerlo.
—Me gusta pensar lo mismo, así no me arrepiento de dejarlo ir.
—Decidiste y él decidió. Ambos actuaron bien.
Pasado el celo de Levi, la convivencia continuó por una semana más. Y mientras yacían sobre la cama, descansando por la noche, Erwin percibió una mirada melancólica en él.
—¿Cuántos años tienes, Levi? —preguntó él, pero con intenciones de ahondar más en la mente de ese hombre. La pregunta era un simple pretexto para iniciar una conversación que tomaría otro rumbo.
—Dieciocho. ¿Tú? —dijo, solo por seguir la plática. Tenía la vista clavada en el techo y las manos sobre su abdomen.
—Veinte. Llevo dos de viajar por el mundo y dentro de poco también me iré de esta isla, porque he recogido la información que deseaba. Me gustaría saber qué piensas al respecto —respondió, girando su cuerpo sobre la cama para encarar a Levi. Su brazo ya no intentó alcanzar su rostro como había hecho las noches anteriores.
—Que iré contigo, si así lo deseas. Está en tus manos.
—¿Entonces harás lo que sea que te diga? —Erwin resopló, suponiendo de antemano que no sería fácil explicarle lo que pensaba—. Me pregunto si de verdad le tomas peso a lo que acabas de decir.
—¿No quieres entonces? Hace unos días me insistías para que venga aquí contigo —cuestionó, y al fin volvió el rostro en dirección a Erwin. La luz de la noche realzó el azul de sus ojos, estremeciéndolo al sentir en ellos un aura reveladora, temible.
—A veces creo que para ti soy una especie de escape a lo que sea de lo que huiste de Scíathos, como si fuera un salvavidas que tomaste a pesar de no estar muy convencido. Parece que te dejaras llevar por la vida que te propongo, como si me tomaras porque te ofrezco algo estable —explicó, muy calmado, intentando hacerlo reflexionar—. No me gustaría tener conmigo a alguien que simplemente me siga.
—Confío en ti. Es eso.
—Creo que es en parte eso, aunque no comprendo cómo logré ganarme tu confianza tan pronto. Hay algo en tu vida que no te deja tranquilo, y no tiene que ver con que seas omega. Hay algo a lo que le temes, y no quiero que vengas conmigo si aún te sientes ligado a tu pasado. Y no lo digo porque quiera que lo olvides, sino porque no lo has superado.
—¿Qué es lo que te propones con esta conversación? —cuestionó Levi, y también giró su cuerpo para quedar frente a frente con Erwin—. Dímelo.
—Eso, que decidas si quieres seguirme y ligarte a mí de forma irreversible, que te reclame como mío; o que soluciones tus asuntos y vuelvas a la isla. Escoge lo que te siente mejor.
—¿A qué supones que le temo? —riñó Levi—. Habla, quiero oírte.
—Eso es algo que sabes tú, solo tienes que preguntártelo a ti mismo —declaró Erwin con una sonrisa amable—. Estoy seguro de que ya lo sabes, solo que no quieres reconocerlo en tu afán de seguirme. —Parpadeó un par de veces a causa del sueño que volvía a su cuerpo luego de exponer todo lo que tenía que decir—. Esperaré tu respuesta, Levi —y giró nuevamente su cuerpo, pero esta vez para darle la espalda y dormir.
Erwin no se equivocaba. Sí había algo a lo que le temía Levi, y era terminar por apegarse a las personas. Ese mismo temor comenzaba a invadir sus pensamientos al tomar conciencia de lo mucho que empezaba a acostumbrarse a pasar los días muy tranquilo junto a Erwin. Le gustaba Erwin, le gustaba vivir darse un descanso y apartarse de esa vida de continuas trasnochadas, pero temía acostumbrarse a él, porque entonces ya no habría marcha atrás. Y acostumbrarse a alguien era, para él, igual a morir. Erwin era demasiado atento y gentil, y aunque le gustara, sentía que le hacía falta aquella pizca de emoción que agregaba a su rutina con sus salidas nocturnas.
Era una gran persona y no quería que la buena relación que habían llevado se dañe a causa de una unión que terminaría por desgastar lo que habían construido. Porque era preferible distanciarse y extrañarse que vivir juntos en monotonía. Además siendo alfa podría encontrar con el tiempo a un omega que vaya más con su estilo de vida, alguien mucho más elegante que él.
¿Para qué engañarse? No quería sentir demasiado apego por Erwin porque sabía lo que significaba amar con intensidad y que al final todo quede en el aire. No quería que eso ocurra, de ningún modo.
—Entonces, al día siguiente, cuando me desperté, Levi había preparado el desayuno. Le sonreí, según recuerdo, y entonces reparé en las mochilas que había sobre el sofá.
—Decidió irse.
—Así es. Le di un último abrazo, muy fuerte, y le dije que aceptaba su decisión. Por último le di un beso en la frente y en los labios; él no se negó, incluso me correspondió. Desayunó conmigo y entonces se marchó. Antes de irse le dije que me comunicaría con él, pero me aclaró que no deseaba que fuera así, sino que esperara a que él me envíe alguna carta. No hace alta decir que nunca ocurrió —rió Erwin, aún con la vista en el horizonte.
—No me sorprende.
—Le tengo mucha estima, Mikasa. Es alguien particular... Me dio la impresión de que quería algo estable, pero a la vez algo lo movía a buscar otra cosa, como si su alma estuviera descontenta... Me ha dado gusto poder verlo otra vez. No ha cambiado nada... Y tú te le pareces muchísimo, eres tan linda como él.
—¡Erwin! —gritó de pronto Farlan, y Mikasa y este giraron para prestarle atención—. Eren ha aprendido rápido y le ha agradado mucho tomar el volante —dijo con una sonrisa, y Eren apareció detrás de él.
—¡Aprendo rápido! —exclamó este.
—Es porque pareces empeñoso —destacó Erwin—. Por cierto, Mikasa, ahora que estuvimos conversando, tengo curiosidad. ¿Podrías decirme cuántos años tienes?
Mikasa se quedó con las palabras en la boca al sentir un grito desde la orilla.
—¡Mikasa! ¡¿Dónde estás?!
—¡Es mi novio! —exclamó ella—. Hoy es mi fiesta y debía verlo desde hace rato —dijo, corriendo hacia la borda—. Tengo veinte años, Erwin —y se quitó la camisa de Farlan, aventándosela a la cara antes de sumergirse en el agua.
Los tres la vieron nadar hasta la orilla con gran habilidad. Eren decidió volver a tomar el volante, necesitado de distraer su mente al llegar a una sospecha causada por esa revelación, mientras Farlan y Erwin aún permanecieron contemplando la figura de Mikasa que se perdía, acompañada de un muchacho de cabello castaño.
Ninguno de los tres dejó de pensar en su edad.
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Continuará
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[1]: Esta canción es también posterior, en el musical recién suena en el siguiente capítulo junto con la otra que será la que pondré en el próximo título.
[2]: Averigüé que un viaje por mar desde Estados Unidos hasta las islas de Grecia dura aproximadamente tres semanas en el s. XX, hasta casi un mes, dependiendo de las escalas. Por eso puse que el viaje fue larguísimo, porque en verdad lo fue.
[3] y [4]: La isla de Scíathos y la de Skópelos son parte de las Islas Espóradas que se encuentran en el Mar Egeo, y pertenecen a Grecia. En la película se dice que la isla en la que viven se llama Kalokairi, pero esta en realidad no existe. Todas las grabaciones ocurren principalmente en estas islas que menciono. Y, como verán, no son tan conocidas tampoco.
N.A: Bueno, debo confesar que este capítulo es el que más me ha costado. He tardado varios días en poder escribirlo, tuve un bloqueo terrible y recién ahora termino. Aunque, pensándolo bien, no es que me haya tardado demasiado en actualizar tampoco... Creo que he cumplido con lo que dije, una semana y media aproximadamente.
Con respecto a eso, la actualización se volverá algo incierta. He decidido participar en el evento de Shingeki no Heichou Traducciones y también dedicaré un tiempo a pensar en mi One-shot, sumado a mis clases que empiezan mañana, es probable que tarde un poco más en actualizar. Sin embargo, aclaro que de ningún modo olvidaré el fic. Nunca haría eso, tengo un compromiso con las personas que sean tan gentiles de leer esta historia.
Bueno, espero poder actualizar en una semana y media de todos modos, pero no aseguro nada u.u
Gracias por leer n_n
