Nota de la autora:

Los Cullen son extraños. Y eso es decir lo menos.


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"I don't bring forgiveness
I don't bring peace
I've come to slay you
Come to kill the beast"

-Ruby Friedman, Hunt You Down.

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A primera vista, la dinámica familiar de los Cullen es totalmente común.

Jacob tuvo el descuido de pensar que no podrían ser más interesantes que el resto de las familias opulentas que había conocido. Un Alfa a la cabeza con una Omega bellísima a su lado y varios cachorros Alfa o Beta para ser sus herederos. Típicos. Corrientes. Cuando Edward le ofreció ser suyo, Jacob se lo pensó bien, y no lo hizo porque tuviera mejores propuestas, sino porque ya tenía varias que prometían ser insoportablemente aburridas. Pero al final, luego de haber hablado con Edward durante más tiempo, y habiendo conocido a Alice gracias a una presentación inesperada, Jacob aceptó quedarse con ellos.

Ahora, tiempo después, Ephraim y Anthony están por cumplir dos años, y, apenas hace unos días, acaba de nacer otra heredera de la familia Cullen.

Anette Brandon Cullen, hija de Jasper y Alice. Una pequeña Alfa de grandes y curiosos ojos verdes que se alimenta del pecho de su padre con un hambre voraz, y que duerme tan profundo que ni el sonido de tres alarmas junto a su cuna la despiertan. Carlisle suele decir, mientras la ve en los brazos de su hijo menor, que sin duda es la hija de su padre, que era igual de perezoso y glotón en su tierna infancia. Jacob, que tiene la costumbre de siempre llevar a sus dos hijos con él, recibe comentarios parecidos del líder familiar.

—Mi Edward tampoco lloraba —dice Carlisle tomando en brazos a Ephraim, que le sonríe y acepta sus besos de buena gana—. Nunca nos despertó en medio de la noche por un cambio de pañal o porque tenía hambre. En cuanto le establecimos horarios, los siguió hasta hacerse más grande —. Anthony mira a su abuelo y hermano desde su sitio en los muslos de Jacob. Los considera cuidadosamente durante un rato, y después, cerrando sus brazos alrededor del cuello de Jacob, los termina ignorando—. Pero claro, si bien no era ruidoso, compensaba la dosis de mal comportamiento haciendo otras cosas —se ríe. Anette, en brazos de Jasper, se remueve en su sueño, pero su padre la besa en la frente, le acaricia su castaña pelusilla de cabello y ella vuelve a su acostumbrada tranquilidad.

—¿Qué es lo que hacía? —pregunta Jacob más por cortesía que por real interés. Jasper sigue muy distraído admirando a su niña como para en verdad prestarles atención a él y a Carlisle. Como has de recordar de tu propio embarazo, sucede con la gran mayoría de los Omegas, le dijo Alice a Jacob el día en que Anette nació y Jasper no tuvo ojos para nadie más que su diminuta, preciosa, inigualable bebita. Es el tiempo de vinculación. Tanto la madre o el padre como el cachorro liberan hormonas para asegurar el reconocimiento entre ellos. También es un paso importante para el resto del desarrollo. Cuando los Omegas o los cachorros no liberan estas hormonas, se corre el riesgo de abandono repentino, o de una extrema indiferencia entre ambos… ¿Sabes? Pensé que eso sucedería contigo y los gemelos. Pensé que te irías de repente.

—Me mordía mientras lo amamantaba —responde Carlisle pasando sus dedos entre el cabello castaño de Ephraim—. Un par de veces me hizo sangrar. No sabes cómo se puso Esme cuando lo hizo por primera vez.

Ah… Esa es una de las cosas interesantes sobre esta familia.

Carlisle es un Omega y Esme es su Alfa.

De acuerdo con lo que Jacob sabe sobre la historia de ellos dos, Carlisle fue el que aportó el ingenio empresarial a la fortuna centenaria de Esme, cuyas raíces pueden ser rastreadas en la historia de los Estados Unidos hasta uno de los Trece Clanes que colonizaron Norteamérica. Carlisle, sin embargo, es muy parecido a Jacob. Un Omega sin apellido importante o nombre respetado que se ha hecho camino en la vida usando puras tenacidad y astucia. Pero Carlisle, si la percepción de Jacob no se equivoca —y casi nunca lo hace—, es mucho más que sólo inteligente.

Inmoral.

Malintencionado.

Sádico.

Nunca con su familia, pero sí con otros.

Carlisle es esa clase de personas que pueden hacer lo que sea por quienes aman.

En ese aspecto, Jacob lo entiende.

—Ah —murmura Jacob besando la mejilla de Anthony—. Me sorprende —dice con sinceridad, porque Edward simplemente no parece haber sido nunca tan... salvaje.

—Por supuesto que te sorprende —dice Carlisle regresando a Ephraim al suelo sobre sus propios pies. El niño mira a su abuelo durante un segundo, pero acaba dándose la vuelta para ir de regreso a los brazos de Jacob—. Ya que nunca te ha mordido a ti... —sonríe, pero Jacob ve el cambio de su expresión, el leve, pero claro, descontento que siente ante la falta de marca o anillo en Jacob. Porque cuando se trata de relaciones Alfa-Omega, Carlisle tiende a lo tradicional. Sus propios anillo y cicatriz de mordida prueban la firmeza de su postura.

Pero Jacob no es del tipo que se queda callado en estas situaciones. Valentía. Estupidez. Lo que sea.

—No a mí, pero sí a Bella.

La mención de la chica —la prostituta, dicen el fruncir de cejas de Carlisle y Jasper, que ha puesto algo de atención desde que el hombre mayor bajó a Ephraim— hace que el ambiente se vuelva no precisamente pesado, sino un poco tenso. Jacob sólo abraza a sus dos pequeños, encantadores bebés, y sostiene la mirada punzante de Carlisle sin siquiera parpadear.

—Si ya me conoces —le dice al otro Omega, la cabeza de la familia Cullen, la mente detrás de una organización atemorizante—, no sé por qué insistes en hacer esa clase de comentarios, Carlisle.

Tras un momento, durante el que Jacob permanece inmutable bajo el desapruebo en la mirada ajena, Carlisle se relaja y niega con la cabeza, una sonrisa incrédula en sus labios granate.

—Sí —dice respirando profundo—. No sé por qué insisto si ya sé que antes morirías a dejar que Edward te marque.

No queda nada más que decir al respecto.

Jacob lo toma como una pequeña, pero significativa victoria sobre las imbéciles expectativas que todas estas personas tienen sobre él. Parece que les tomará mucho maldito esfuerzo rendirse a que él nunca llevará la marca de Edward. No voluntariamente, al menos. Y las marcas forzadas... Bueno, no suelen ser buenas para ninguna de las dos partes comprometidas.

Días más tarde, cuando el Celo de Jacob está tan cerca que incluso Ephraim y Anthony muestran una reacción ligera a las hormonas que su cuerpo está liberando, Edward se encarga de hacer dormir a los niños antes de ir a la habitación de Jacob y sentarse en el borde de la cama. Jacob puede percibir las hormonas que el Alfa libera en respuesta a las suyas. Su cuerpo está más caliente, se siente más suave, y Jacob está seguro de que en un par de horas la mayoría de su sentido común se habrá evaporado.

—¿Cómo estaban? —pregunta a Edward, cuya mano derecha se ha colocado sobre el hombro desnudo de Jacob; el calor hace que la ropa sea innecesaria cuando se encuentra bajo las sábanas—. No querían irse de la habitación.

—En lo más mínimo —asiente Edward—. No creo que duerman durante mucho tiempo. Dos o tres horas máximo.

—Para entonces ni tú y yo vamos a poder encargarnos de ellos —murmura, porque la idea de que otros toquen a sus cachorros, que los besen y abracen, le revuelve el estómago y baña de agresividad cada uno de sus incómodos síntomas. Edward no dice nada, sólo continúa tocándolo (el toque de un Alfa, después de todo, apacigua las molestias de los celos de una porción considerable de Omegas) y espera a que Jacob diga alguna otra cosa. Cuando no lo hace, pregunta:

—¿Necesitas algo antes de que comience?

Jacob sabe que no es momento de bromas o tonterías, pero, aun así, dice:

—Supresores. Fuertes, muy fuertes supresores.

Edward ríe.

—Dije necesitar, no querer —contesta en una voz baja, pero amena, que hace a Jacob sonreír. Así es Edward. Así de maldito es este bastardo.

—Um... Te odio tanto.

—Ah, pero no es cierto, cariño —sonríe, y no hay sorna alguna en su voz o su rostro; amabilidad, piensa Jacob, aunque con él...—. No me amas incondicionalmente, lo que está más que claro. ¿Pero odiarme?... No, eso no lo haces. Ni siquiera un poco.

Sí... Sí... ¿No es eso increíble?

Algo en Edward, algo en que es el padre de sus dos bellos, perfectos cachorros, vuelve complicado que Jacob sienta cualquier desagrado hacia él. ¿Hacia sus fiestas con Omegas y mujeres Beta? Claro. ¿Hacia algunos de sus negocios? Por supuesto. ¿Pero hacia Edward?...

No.

No realmente.

—Pero sí odio los Celos...

—Sin duda —Edward se inclina para darle un beso en la frente—. Pero deberías decirlo bien.

—¿Bien?

Edward asiente, sus labios sobre la mejilla de Jacob.

—Que odias ser un Omega.

Oh... oh.

Cuánta verdad.

Cuánta jodida verdad.