Uno más uno cuatro


Madge chillaba como si estuviera poseída (y tal vez lo estuviera), pero Gale no se planteó ni por un momento dejarla allí y salir pitando, a pesar de que eso era precisamente lo que su instinto de supervivencia le estaba pidiendo hacer a gritos. Pero tampoco podía llevársela si continuaba emitiendo esos sonidos. Santo cielo, era igual que si tuviera una bocina en la boca, le iba a taladrar los tímpanos. Tenía que hacerla callar, más que nada por salvaguardar sus oídos y también la cordura, pues probablemente era demasiado tarde para impedir que la hubiera escuchado cualquiera un poco atento en diez kilómetros a la redonda.

—Katniss, necesito tu ayuda —le pidió a su amiga. Ella también se había quedado paralizada con el estruendo, tapándose las orejas con ambas manos, por lo que Gale tuvo que repetir la petición en varias ocasiones hasta ser oído.

—¿Y qué hago yo? —pregunto ella en tono asustado.

—Busca algo para taparle la boca mientras yo la inmovilizo.

No podía seguir usando la mano para esa tarea. Ya se había llevado varios mordiscos por parte de Madge y en uno de ellos había acertado a hacerle sangre. No tenía ninguna intención de acabar con algún dedo de menos aquella noche.

Por suerte, Katniss fue capaz de reaccionar con rapidez. Cerraron la bocaza de Madge con el pedazo de tela que sirve para mantener sujetas las cortinas. Usaron más trozos de tela que tenían la misma función cuando se vieron obligados a inmovilizar manos y pies de la hija del alcalde. Posteriormente, cuando por fin Madge se quedó quieta y calladita (todo un alivio), no se les ocurrió nada mejor para pasar desapercibidos en la huida que envolverla en la alfombra persa que reposaba en el suelo de la estancia. Tuvieron cuidado, eso sí, de dejar el hueco suficiente entre la muchacha y el pesado tejido para que pudiera respirar.

Gale se cargó a Madge al hombro. El bulto se agitaba y Gale rezaba, no sabía muy bien a quien, para que se desmayase y dejara de moverse. Una alfombra en movimiento podía resultar cuanto menos sospechosa ante los guardias. Katniss iba armada con la bandeja que Gale había usado para arrear al camarero de sala (y con sus pololos). Gale se dio cuenta al contemplarla de lo cómica que resultaba la escena, y tuvo que admitir (para sus adentros, pues no quería mermar los ánimos) que el plan cojeaba por todas partes. Tenía casi la certeza de que ellos dos iban a acabar siendo ejecutado en algún lugar público, pero aun así salieron del cuarto.

Katniss y la bandeja iban de avanzadilla y por detrás Gale, con Madge a su espalda. Absorto en sus pensamientos y concentrado en soportar el peso considerable, Gale se sobresaltó al escuchar el grito de Katniss.

—¡Leches! —exclamo ella.

—¡Haymitch! —exclamó el al levantar la cabeza.

—¿Hawthorne? —exclamó el aludido.

—Haymitch —volvió a decir Gale, tratando de recuperar la compostura y aparentar normalidad.

—Hawthorne —dijo Haymitch con voz gruesa—, ¿qué haces aquí con tu prima? Le están cantando el cumpleaños feliz a Snow y se esperaba tu presencia en el salón en ese momento tan señalado.

—Ella no es mi prima —repuso Gale, básicamente porque no supo qué otra cosa decir. Tampoco sabía que fuese el cumpleaños del presidente.

—Gale… —dijo Katniss, bandeja en mano.

—Katniss —dijo Gale—. No eres mi prima. Probablemente Haymitch ya esté al tanto.

—Pero Gale…

—Eso es lo de menos —interrumpió Haymitch, dirigiéndose a su pupilo—. Tu alfombra se mueve y maúlla, no sé si te habías dado cuenta. Y Snow espera la presencia del vencedor en su fiesta.

—No pienso abrazarle ni nada de eso —se apresuró a aclarar Gale.

Se escucharon pisadas en los pasillos. Por un momento a Gale le invadió el pánico. Una mano salió de la alfombra y le tiró del pelo. Gale agradeció tener una fuerte melena, en otro caso se habría quedado sin un mechón.

—Joder Madge —farfulló.

—¿Madge? —preguntó Haymitch.

—¿Madge? —preguntó Gale, haciéndose el desentendido.

—Has dicho Madge —afirmó el mentor.

—Ha dicho Marie —interrumpió Katniss. Es otra prima nuestra, del Distrito 12. La hija de la peluquera de la Veta. Seguramente la conozcas, Haymitch.

Gale y Haymitch miraron a Katniss con desconcierto, mientras ella les devolvía la mirada con frialdad mercenaria. Gale no pudo evitar pensar en ese momento en lo mucho que adoraba a su amiga. Ya no tenía tan claro que estuviera enamorado de ella, pero con solo echarle un vistazo, vestida en pololos, jugándose el pellejo por salvar el de él, se le encogía bastante el corazón. Prima o no, quería que ella permaneciera en su vida para siempre, durase lo que durase.

—Volvamos arriba —fue capaz por fin de articular Gale.

—De eso nada —dijo Haymitch. Y luego, como por arte de magia, se convirtió en su compinche.

Les condujo por una puerta oculta tras un armario, les llevó por innumerables pasadizos y fueron ni más ni menos que a parar al vestíbulo de un hotel. Gale tenía el hombro dolorido, machacado más bien. Madge y la alfombra no eran precisamente peso pluma, y el bamboleo que ella provocaba en el bulto lo hacía todavía más difícil de cargar, por no hablar de los tirones de pelo y los arañazos (Madge debia de haberse soltado el nudo marinero que enlazaba sus muñecas). La recepcionista se sobresaltó bastante al verlos salir de detrás de un espejo. Gale ya sabía que el Capitolio estaba lleno de pasadizos, de rutas de huida, de conductos creados para el espionaje, pero al parecer aquella mujer no.

Haymicth salió despavorido hacia ella al vislumbrar su grito y le arreó un buen porrazo con el timbre en la cabeza. La señora cayó redonda al suelo. Haymitch se apresuró en buscar la tarjeta de acceso a su habitación, agarró a la desdichada mujer de los zapatos y la arrastro con el resto del grupo hacia los ascensores.

—Las cámaras lo habrán captado todo —dijo Gale.

—¿Y crees que en los pasillos del presidente no había cámaras? —preguntó Haymitch.

—Vamos vestidos de Avox —apuntó Katniss.

—A Hawthorne lo conocen hasta las ratas de este sitio, lleva la cara al descubierto. Tenemos poco tiempo.

A Hawthorne empezaba a molestarle que Haymitch se refiriera a él por su apellido. Le resultaba muy impersonal. Al fin y al cabo había sido su mentor, debía de haber cierta confianza entre ellos. Cuando llegaron a los aposentos, no hubo más remedio que desenvolver a Madge. El aspecto de la chica era el de alguien a quien le ha pasado una apisonadora por encima. Eso mezclado con un toro bravo, a tenor de la ira en sus ojos. Gale sintió el impulso de disculparse aduciendo que tenía que rescatarla de esas habitaciones de lujo desmesurado, pero ella no parecía especialmente feliz con el detalle. Parecía que iba a volver a gritar en cuanto consiguiera liberarse de la mordaza.

—Tu prima y yo nos vamos a despejar la zona —explicó Haymitch, una vez se hubo asegurado de que todos estuvieran cómodos y bien servidos.

Eso era una ironía. Gale casi pierde la mano al tratar de beber un trago (muy necesario) de una de las botellas de Haymitch. A la pobre recepcionista inconsciente la había arrojado de mala manera contra la pared, y Katniss se había llevado un buen codazo en las costillas cuando intentó husmear en el cuarto de baño. Haymitch era un anfitrión excepcional, pero les estaba ayudando y eso era lo único que contaba. Además, no había hecho ninguna pregunta. Eso también contaba, y mucho.

Gale se quedó a solas con Madge (y la recepcionista ko). Se vio obligado a renovar la atadura de sus manos y pies con doble nudo marinero. La nueva Madge tenía una personalidad bastante bipolar, por cierto. A ratos le miraba con ira descontrolada, otras veces parecía un cordero degollado y otras, sus ojos resultaban repletos de algo parecido al anhelo. Gale se sorprendió pensando tales cursiladas. Esa no era una palabra presente en su vocabulario habitual, el anhelo, la necesidad de algo, de alguien; pero había un vínculo entre ellos, lo podía sentir. Una corriente que vaciaba el aire al conectar sus miradas. Algo que antes no estaba presente, o quizá sí, no tenía ni idea. Lo único que sabía era que quería devolver a Madge al 12, quería… quería devolvérsela a sí mismo. Quería a la Madge de la Arena otra vez.

—Te liberaría la boca si supiera que vas a estar callada — dijo Gale, y se sintió extraño al pronunciar la palabra boca. Le estaban pasando cosas muy raras. Madge asintió y Gale se acercó a ella. Le quito el nudo muy despacio y rápidamente puso la mano por encima de sus labios. Los tenía cuarteados de gritar, y a la vez, le parecieron excepcionalmente suaves.

—No voy a gritar —susurró Madge, haciéndole cosquillas. Unas cosquillas definitivamente rarísimas, que le llegaron a partes todavía más raras del su cuerpo.

—No lo harás —susurró Gale de vuelta. Gale evaluó el estado de su compañera tributo, aprovechando que ella había parado quieta. Se sentía gilipollas al pensarlo, pero es que a pesar de llevar la última hora envuelta en una alfombra, a pesar de tener las mejillas cubiertas de lágrimas y manchas en las comisuras de la boca por haberse desgañitado a gritar, a pesar de todo eso, seguía estando preciosa.

Ella parecía dolida, aunque no especialmente molesta con él. Lo cual era más de lo que podía esperarse, teniendo en cuenta que había sido el autor material de su secuestro. Pasaron un buen rato en silencio, para su sorpresa, solo roto por Madge para mencionar que necesitaba volver. Gale hubiera querido que ella se refiriera a volver al Distrito, pero no. Era con Snow con quien quería volver.

Cuando estuvo seguro de que Madge no saldría corriendo en busca de su adorado presidente, le quitó la tela de las manos y los pies. Preparó para ella una taza caliente de té. La habitación de Haymitch era menos lujosa que la suya, pero tenía un calentador. Gale había pensado que los susurros de Madge eran un bonito detalle, hasta que descubrió que en realidad ella se había quedado completamente afónica de tanto gritar. Fue un poco decepcionante.

Las manos de Madge temblaban como dos hojas agitadas al viento sujetando la taza. Tenía los ojos clavados en Gale, como si el resto del cuarto se hubiera fundido en negro. Y Gale… Gale estaba al borde de la histeria. Tanto silencio le había permitido pensar en la que se había metido. Estaba en peores condiciones que cuando tuvo que batirse en duelo con Cato al amanecer. Se le había ocurrido hacer saltar la alarma de incendios de la mansión de Snow antes de salir de allí. Simplemente se dio de bruces con una palanca y la accionó. En ese momento le pareció una idea estupenda para desviar la atención de los gritos de Madge, pero ahora estaba seguro de que había sido una cagada de tamaño épico. No creía que que hubieran tardado mucho tiempo en darse cuenta de que no había fuego, lo que se dice fuego, por ninguna parte. Quizá tendría que haber prendido aunque fuera una pequeña hoguerita. Estaba fuera de sus cabales. Pensó en hacer la fogata allí mismo y salir pitando con Madge. Quería llevarse a Madge a cualquier parte, lejos de allí, fuera de la ciudad. Pero solo había que mirarla para saber que se le había ido la pinza. No dejaba de mencionar a Snow. Eso cuando no decía su nombre. No es que dijera Madge, decía Gale, igual que cuando le llamaba en la cueva entre sueños febriles, exactamente igual, con la misma voz. Estaba como una puta cabra.

Madge se había sentado en el sofá orejero de la habitación de Haymitch y no parecía tener intención de huír. Por si acaso, Gale había cerrado la puerta y tenía a buen recaudo la llave. Esperaba que no se le ocurriera saltar por el ventanal. Bebía de su taza de té a pequeños sorbos, como un pajarillo. Gale la miraba cuando sintió algo pegajoso cerca de la sien. Se lo palpó, era sangre, seguramente provocada por las uñas de Madge.

—¿Te he hecho daño? —preguntó ella. Ahora parecía consternada; estaba fatal.

—Mi cuerpo sana deprisa, no te preocupes.

—¿Ganaste? —volvió a inquirir.

—Yo diría que sí.

—¿Pensaste que estaba muerta?

—No te vi morir —contestó él. Parecía que le estaba sometiendo al tercer grado. No sabía que podía esperar de esa nueva Madge.

—Pero entonces…

—Te he estado buscando —explicó él—. En realidad no te he estado buscando, no había manera, pero pensaba en buscarte todo el tiempo. No tenía ningún sentido lo que pasó. Y mira por donde, en cuanto me he puesto a la tarea te he encontrado.

Madge lo miró con ojitos tiernos por un momento, pero luego dijo:

—Tengo que volver con Snow.

—Tú estas pirada —replicó Gale.

—No. Bueno, tal vez un poco. Tengo que volver con él, ahora le…

—¿Le qué? —preguntó Gale desafiante. Estaba perdiendo los papeles con las chorradas de Madge.

—Le pertenezco.

Gale ya había perdido los papeles, así que gritó.

—¡No digas sandeces. No le perteneces. No perteneces a nadie. No puede retenerte!

Madge, por el contrario, parecía extrañamente en calma.

—No lo entiendes, Gale. No lo hace, no me retiene. Necesito volver. Tienes que devolverme a mi sitio, con él.

—Se te ha ido la olla —murmuró Gale—. Se te ha ido la olla completamente.

Esto lo decía mientras paseaba en círculos por la habitación, frotándose la cara y los ojos; no quería ni mirarla. Tenía ganas de darla un guantazo y de abrazarla, todo al mismo tiempo. Y quería que regresaran Katniss y Haymitch de una vez, antes de que Madge le volviese loco.

—Esta conversación no va a llevarnos a ninguna parte —concluyó Madge con pesadumbre.

—Es evidente que no —reconoció Gale—. No pienso devolverte a Snow. Si es necesario volveré a atarte.

—Muy bien. Haz lo que quieras —dijo Madge—. Me escaparé y volveré con él. O Más probablemente, él me encontrará. De hecho, lo más seguro es que él me encuentre antes de tener tiempo para escapar. Tiene un ejército Gale. ¿Es que no lo entiendes? Tiene un país a sus pies. ¿Qué puedes hacer tú contra eso?

—Ser muy cabezota —contestó Gale—. Pero mucho. No sabes lo cabezota que puedo llegar a ser. Voy a convencerte para que te quedes conmigo y también pienso averiguar qué es lo que te ha hecho para que lo prefieras a él.

Voy a besarte. Eso lo iba a decir, pero al final se abstuvo, y gracias. Menuda incongruencia. Pero se le había ocurrido que tal vez si la besaba, a ella se le quitaría toda esa idiotez que tenía encima de pronto, como por arte de magia. Qué prepotente.

—Nos encontrará —siguió diciendo Madge mientras él pensaba en besos-. Removerá cielo y tierra. Pondrá patas arriba todo Panem. Nos va a encontrar y luego te matará.

—¿Quieres que me mate? —preguntó Gale. La idea le resultaba absurda. Estaba seguro, por alguna extraña razón, de que Madge, la Madge de antes, no habría querido verle morir. Aunque la de ahora…

—Yo no he dicho eso —se apresuró a responder ella, con voz dulce, con amargura en la voz— No quiero que mueras, no quiero eso. Gale —suspiro—. Gale —repitió otra vez.

Iba a besarla, definitivamente. Se acercó a ella, la agarró de las manos y la levantó del asiento, exactamente igual que había hecho en la mansión. La levantó la barbilla con una mano, y ella suspiró, su aliento le dio en la cara dulce y melosos y Gale se inclinó y…

—¿Y si lo matara yo a él? — fue lo que dijo, en lugar de besarla. Estaba casi seguro de que ella se hubiera dejado, y él lo deseaba, no sabía muy bien por qué. Quería besarla. Era rematadamente imbécil.

—No te lo perdonaría jamás —susurró Madge de vuelta, con la voz rota.

Gale la soltó, indignado.

—¿Lo quieres? ¿Es eso? No me lo puedo creer. ¿Qué te pasa exactamente, Madge?, cuéntamelo. Puedo ser comprensivo, a veces. ¿Te has enamorado de ese viejo sádico cabrón mata niños que escupe sangre? Explicamelo porque yo no logro entenderlo.

Gale hablaba a gritos y se le entrecortaban las palabras. No sabía la razón por la que estaba reaccionando así, podrían oírle, había perdido el juicio.

—No lo entiendes, Gale. Soy suya. Yo… no puedo ser de nadie más. No estar junto a él es igual que morirme. Y no digas que no sé o que significa la muerte —dijo Madge, anticipando sus propias pensamientos—. La conozco, he estado muy cerca, y él me salvó la vida.

A Gale las palabras le dolieron más que un cólico nefrítico. Él la había cargado y cuidado en el estadio. No es que tuviera grandes dotes para la enfermería, pero algo tendría que contar.

—Ahora le pertenezco de la misma manera que tú le perteneces a Katniss —continuó Madge—. Y ella te pertenece a ti. Es un lazo irrompible, no va a desaparecer.

—No creo que Katniss esté de acuerdo con esa afirmación —comenzó a decir Gale, quien ya no podía más del cabreo—. Y francamente yo tampoco —volvía a gritar. Agarró la cara de Madge entre ambas manos y se esforzó por recuperar la calma. Respiró hondo una y otra vez—. Escuchame bien, pequeña, yo no le pertenezco a Katniss. Katniss no es mía ni de nadie. Y TÚ TAMPOCO.

Gale se había acercado mucho a su boca, otra vez. Había logrado controlar la voz y hablaba bajito.

—¿Te ha hecho algo? ¿Te ha tocado? Porque si te ha tocado te juro que me lo cargo. Te juro que lo ahogo con el pañuelo blanco de su solapa, aunque sea lo último que haga en la vida.

—Si lo matas, yo te mataré a ti —siseó Madge. Hablaban en susurros, otra vez. Estaban ambos como una puta regadera, tan cerca el uno del otro que se rozaban nariz con nariz.

—Madge, cariño, no te manches las manos conmigo —dijo él.

—Snow tiene esbirros, tiene un ejercito —musitó ella.

—De esbirros —murmuró él.

—Te van a encontrar.

—Que lo intenten.

—Snow… —decía Madge. Gale solo pensaba en callarla.

—¿No prefieres que lo llamemos príncipe Snow? —preguntó, ya casi contra sus labios—. Tú serás su dama.

—¿Y quién serás tú? —quiso saber Madge.

—Yo —dijo Gale, y agarró su labio entre los dientes, tiró de él, luego se lo soltó (era el labio de ella, hay que aclarar, aunque ella no se inmutó, ni se apartó, cosa muy rara para una damisela enamorada de otro)—. Yo soy el malo —dijo Gale, rozando sus labios con la boca—. El que te secuestra.

Y entonces la besó, esta vez del todo.


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