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IV
Martirio
(No sufras, nunca me voy a separar de ti).
Gritos, golpes, llanto. Un aullido de dolor. Gritos, más golpes y, por último, sollozos que poco a poco vuelven a traer la calma en aquella fría noche de invierno. La casa de la que procedían los gritos parece estar ahora desierta. Ninguna luz atraviesa las ventanas, no hay humo saliendo de la antigua chimenea ni voces saliendo del interior. Pero sí que hay alguien en aquella casa. Tres personas moran por sus pasillos y habitaciones aunque el mundo solo sepa de la existencia de dos de ellas.
—Albus, esto no puede seguir así, la vas a volver loca.
—¿Yo? ¿Yo la estoy volviendo loca? Yo no tengo la culpa de que ella sea así ni de que se comporte de esa manera, Aberforth. No es culpa de nadie.
—No, lo que pasó aquel día no tuvo nada que ver con nosotros ni con ella, pero su vida ahora sí depende de nosotros. Y no creo que estemos haciendo lo correcto.
—¿Ah, no? ¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Dejarla salir, sin vigilancia, a que haga daño a gente inocente. No pienso cargar con la responsabilidad de arrebatar ninguna vida a mis espaldas.
—Ya es tarde, Albus. Estas arrebatando su vida —Aberforth no podía creer que Albus fuera tan cuadriculado y cabezota—. ¿No te das cuenta? Es solo una niña...
Albus estaba sentado escribiendo otra de sus numerosas cartas a Grindelwald mientras que Aberforth se paseaba en círculos por la habitación. De pronto se detuvo y dejó caer el peso de todo su cuerpo sobre el escritorio en el que Albus escribía, golpeando su superficie con la palma de las manos.
—No lo entiendes, Albus, estoy preocupado. En unos días vuelvo a Hogwarts y Ariana se quedará sola.
—Yo estaré con ella, como hasta ahora.
—Sabes que no lo harás, Albus. Desde la llegada de ese amigo tuyo, ese tal Grindelwald, apenas estás en casa y, aunque estés, te quedas encerrado en la biblioteca o en tu habitación durante todo el día investigando no-sé-qué cosa tan importante.
Albus si siquiera levantó la vista del papel. Se limitó a mojar la pluma en el tintero y continuó escribiendo. Aberforth se sentía desesperado. Peor que desesperado, rendido, vencido. Sabía que era una lucha perdida desde el momento que tomó la decisión de hablar con su hermano. Albus no atendía a razones, solo parecía preocuparse por sus estudios y por Grindelwald.
Aberforth suspiró y se dejó caer en el sofá, abatido.
—Esto es un martirio, Albus. Pero no para ti ni para mí, para ella. El día que te des cuenta de eso puede que sea demasiado tarde.
—¿Tarde para quién? —replicó él distraído.
De repente los gritos volvieron y Aberforth salió corriendo escaleras arriba a por Ariana. Albus frunció el ceño y apretó los labios hasta formar una fina línea. Apretó el puño alrededor del brazo de la silla y se levantó con apremio. Caminó hasta los pies de la escalera y se detuvo. Él no era como Aberforth, ¿a quién quería engañar? Él jamás serviría para reconfortar a Ariana ni para decirle que todo iría bien. Decidió dar media vuelta y volver a su escritorio, donde continuó escribiendo su carta a Grindelwald.
Arriba Aberforth abrazó a Ariana toda la noche, hasta mucho después de que la pequeña se quedara dormida en sus brazos. Él era el único que sabía qué palabras decir y cómo decirlas para que los ataques de Ariana pasaran lo más rápido posible. Sabía que aquellos ataques no eran de locura, la magia dentro de Ariana era simplemente demasiado poderosa y no dejarla salir la consumía por dentro y le hacía sufrir un dolor inimaginable. Si hubiera ido a Hogwarts, si alguien hubiera podido enseñarle a controlar sus poderes, a olvidar aquello... Pero Aberforth sabía que no tenía sentido pensar en aquello, que no se podía cambiar el pasado. Y también sabía que mientras él estuviera junto a Ariana todo iría bien.
Ese era el problema.
¿?
