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Resumencillo hasta ahora:

Las hermanas Hatake han llegado al pueblo tras que su padre heredara una suma considerable. Su nuevo hogar está junto a otro bastante destartalado y en cuyo interior conviven seis hermanos de edades semejantes.

Las chicas conviven bajo la mirada atenta de Izumi, su hermana mayor y cuyo ataque nocturno tras que su padre heredara una misteriosa llave de la ciudad, la lleva a tomarse muy en serio la proteccion y a pensar de muchas formas acerca de los vecinos, especialmente de Itachi Uchiha.

Y estos, que tienen que sobrevivir a duras penas a base de robar y engañar, tienen que añadir una regla muy importante: nunca enamorarse de ellas.

Por otro lado, el prometido de Hinata no cesa de pincharla para que se casen y se muden lejos de sus hermanas, cosa que aterra a Hinata y la hace sentir incómoda. Acusándola de egoismo, el hombre la deja tirada y Hinata, rumiando su decisión, pierde conciencia del tiempo y termina en una situacion peligrosa y no es otro más que Naruto quien la salva.

Al llegar al hospital, el médico la reconoce. ¿Quién es?


4º: Entrando


Te abriré las puertas al infierno de mi corazón

No te asustes, el que grita soy yo.


Izumi fue la primera en hacer guardia esa noche. No sentía el cuerpo cansado y solo podía pensar en Hinata sobre la camilla, pálida, con ojeras, los labios cortados y la voz que apenas le salía. Todo podía ser un susto tal y como el médico explicara, pero era un susto que no se lo quitaban nadie de encima.

Por otro lado, que su padre se hubiera marchado con el médico tras que este viniera a la habitación vestido de calle, le preocupaba. ¿Habría algo que no podía contarles? ¿Algo grave?

—Cálmate Izumi. Nerviosa no vas a conseguir nada.

Desvió la mirada hacia Rin. Su madrastra daba golpecitos con el pie y, sin embargo, su semblante se mostraba tranquilo, confiado. Era la parte serena que su padre necesitaba. O quizás la intranquila.

—Lo sé —aseguró—. Pero me preocupa. Además, ese hombre se me hace conocido.

—¿A ti también? —inquirió Izumi enarcando una ceja—. Me lo pareció al verle, pero no he comprendido en qué. Pensé que sería alguien antes de que nosotros volviéramos a estar juntos y lo viera de refilón algún día. También, como hemos crecido aquí, quizás es un viejo conocido.

—Pues posiblemente —expresó sorprendida.

—Pero no recuerdo, lo siento. Seguro que eso te tranquilizaría.

Izumi negó y miró hacia su hermana. Dormía y parecía ajena al caos que había creado. Si lo pensaba detenidamente. ¿Qué había ocurrido exactamente? Ambos vecinos estaban con ella y el joven rubio parecía cargarla en su espalda. Su rostro recordaba a una máscara preparada para ser ofendido y el mayor… el mayor había sido frio y neutral.

Tragó al recordarlo y caminó hacia la ventana. El amanecer comenzaba a brillar en su esplendor. Pegó la frente contra el cristal y cerró los ojos. Todavía podía verlo frente a ella, peleándose con aquel sujeto extraño y luego, tras burlarse de su condición femenina, marcharse tan fresco de un salto.

—Rin. Mi padre dice que tú siempre has tenido buen ojo con las personas. ¿Qué piensas de los vecinos? —cuestionó.

La escuchó moverse hasta su altura, centrarse en el paisaje.

—No puedo opinar gran cosa porque no los he visto mucho. Pero, Izumi, seis hombres viviendo solos en una casa que se cae a cachos. Sin una mano femenina que los ayude. Y pese a todo, han sido cuidadosos de dejarnos a Hinata en las manos. Tu padre accedió a que le hicieran una prueba a Hinata. No había tenido relaciones sexuales. Esos chicos se portaron con ella —aseguró. — ¿No crees que eso dice mucho de ellos?

Izumi se mordió el labio inferior. Sabía que Rin tenía razón, pero algún tipo de sentimiento extraño le gritaba por dentro que no bajara la guardia con ellos.

—¿Y qué piensas que deberíamos de hacer? —inquirió.

Rin se tocó los labios, pensativa.

—¿Cuánto crees que vale la vida de tu hermana, Izumi?

Izumi la miró atónita.

—Demasiado como para exponerlo en una cifra. Ni la ecuación más larga podría dar un resultado óptimo a esa respuesta —respondió ligeramente ofendida.

Sin embargo, la mujer le sonrió.

—Entonces, piensa. ¿Crees que la vida de tu hermana es como para darles una palmadita y listo? No conocemos los detalles y hasta que Hinata no despierte no estaremos seguros, pero creo que, si realmente algo le ha sucedido a Hinata y esta nos lo quiere contar, si esos chicos realmente la salvaron, y fuera mi hermana, me sentiría avergonzada de solo darle dos palmadas en la espalda. Además, creo que ya hemos dudado bastante al hacerle la prueba a Hinata para asegurar su integridad. Sinceramente —añadió—, la mirada del mayor me recuerda a alguien que conocíamos tu padre y yo. Y era un chico increíble.

Izumi iba a protestar. ¿Qué sabía ella de todo eso? Era como si estuviera echándole en cara sus defectos o regañándola por querer aferrarse en la desconfianza. Pero lo que más le irritaba es que tuviera razón.

Rin le sonrió pese a todo. Siempre sonreía, como si siempre pudiera ver una luz diferente en ellos.

—Ya estoy aquí.

Su padre apareció en el umbral, con gesto cansado mientras se frotaba los cabellos blancos. En realidad, no era un deje de su edad. Desde que tenía uso de razón ese había sido su tono de cabello, aunque Rin alegara que antes era más blanco que en el presente.

—¿Qué tal ha ido? —cuestionó ansiosa.

Kakashi se mostró sorprendido ante su impaciencia.

—Bien. Creo. Solo he recordado algo que creía olvidar.

—¿Por qué? —inquirió esa vez Rin por ella—. ¿Hinata estará bien?

—Ah, sí. No nos hemos reunido para hablar de Hinata. Ella estará bien cuandito que despierte, no os preocupéis —tranquilizó con un gesto cansado—. Me refería a mi relación con el médico. O la relación de Hinata, mejor dicho.

Izumi enarcó una ceja al igual que Rin.

—¿Es familiar nuestro? —se interesó.

Kakashi se frotó la barbilla, pensativo.

—¿Cómo decírtelo, Izumi? Es primo de tu hermana. Se llama Neji Hyûga.

Izumi apretó los labios para retener un suspiro de sorpresa. Rin avanzó hasta acercarse a Kakashi y abrazarle. Las relaciones con los Hyûga era algo delicado y procuraban no adentrarse demasiado con ellos. Especialmente, desde que aseguraron que su padre les quitara a Hinata.

Una cosa estúpida teniendo en cuenta que la familia había repudiado a su madre y la incitaron al suicidio. Como su padre siempre fue un hombre trabajador y capacitado para criar a su hija, pudo optar a la custodia de su hija sin problemas. Por eso, Hinata había crecido con ellos. Y ningún Hyûga se interesó por ella hasta que descubrieron que su madre le había dejado parte de su herencia —que, pese a ser expulsada de la familia, su abuelo le dejara—. No fue la gran cosa, pero ayudó a Hinata a ir a la universidad y dar un respiro a su padre.

Nunca habían dado señales de vida de nuevo. No desde que echaron a su padre y a su hermana de aquella enorme mansión. Izumi todavía recordaba el rostro tranquilo de su padre, quien acallaba mucho más sufrimiento del que parecía, después de que le acusaran de asesino.

Izumi desconocía si Rin lo sabía, pero fue su padre quien encontró a la madre de Hinata muerta e intentó inútilmente salvarla. Desde entonces, estaba segura de que cada vez que Kakashi miraba a Hinata aquel remordimiento regresaba de algún modo.

—¿Qué es lo que quiere? —gruñó plantándose frente a su padre con las manos en las caderas—. Esta vez no soy una niña. No pienso dejar que se lleven a mi hermana o que os hagan sufrir. ¿Qué es? ¿Qué le devolvamos el dinero de su asquerosa herencia? Pues podemos hacerlo. Que les salga por la boca de ser necesario.

—Izumi —exclamó sorprendida Rin.

—No es nada de eso, cariño —intervino su padre antes de que continuara su retaría—. Es justo al contrario.

—¿Al contrario?

—Sí. Más bien está interesado en retomar su cercanía con ella. La ha reconocido al verla. Al parecer, ya se habían encontrado, pero ninguno cayó en la cuenta de quienes eran. No es raro ver Hyûga por estos lares u otros, son mucha familia. Él investigó un poco y tras ver su ficha, se dio cuenta de que era su prima. Al verme lo confirmó. La última vez que vi a Neji era un chaval y ahora mira, un médico. Y es raro. Debido a la rama de su familia hubiera debido de hacerse abogado o algo semejante. ¿Médico? ¿Salir de la casa principal? Jamás.

—Los Hyûga siempre han dado miedo en esos temas —recordó Izumi pensativa—. Es todo un valiente.

Kakashi sonrió y besó la mano de su esposa.

—Más bien es que encontró un motivo para luchar. Está casado con alguien fuera de la casa.

—¿Por qué se empeñan en casar primos con primos, etc.? —inquirió Izumi frotándose los brazos—. Es egoísta.

—Es para mantener la sangre. En el caso de tu madre también lo hacían, pero era algo más liberales puesto que su sangre siempre es fuerte.

Izumi se llevó una mano a los cabellos, sorprendida.

—Por eso me parezco tanto a mi madre —dedujo. Kakashi sonrió—. Aunque tengas cosas mías. En realidad, creo que ninguna os parecéis tanto a mí, si no a vuestras madres.

—Eso no es cierto —discrepó Rin sacudiendo la cabeza—. Todas tienen mucho más de ti de lo que crees.

Izumi sonrió mientras les observaba. Durante su vida había visto a su padre amar a muchas mujeres, pero dudaba que a alguna la mirara del mismo modo que sucedía con Rin. Era como si algo los hubiera destinado desde el principio y deseaba, de verdad, que esa vez pudiera ser feliz.

—Papá —interrumpió tras carraspear—. Hemos estado hablando Rin y yo —comenzó incluyendo a su madrastra, cosa que pareció gustar a su progenitor—, acerca de lo que sucedió. Cuando despierte Hinata preguntaré mejor, pero creo que esos chicos merecen un tipo de compensación.

Kakashi pareció interesado.

—¿Y de qué tipo estamos hablando?

Izumi enrojeció por un momento, incómoda.

—Hablamos a cuenta de cómo está su casa, cariño —intervino Rin sonriéndole en ánimo—. Y estamos segura de que esa casa no ha tenido presencia femenina nunca si por fuera está de ese modo. Desconocemos la situación, pero por lo que me dijiste, el hijo mayor es quien lleva la voz cantante en esa casa, así que me da cierta curiosidad también. Pero creo que merecerían algún tipo de premio. Estoy seguro de que no querrán dinero, se les ve orgullosos.

—¿Y qué propones? ¿Qué mis hijas se pongan a fregarles los calzoncillos?

—No es ninguna deshonra coger un trapo para fregar —corrigió con el ceño fruncido—. Y creo que eso es bueno hasta para ellas tener esa clase de experiencia. Yo las ayudaré, por supuesto.

—¿Tú? —exclamó sorprendido—. ¿Qué pasa con nuestra luna de miel? No la hemos terminado.

—Pues…

—Lo haré yo— interrumpió Izumi levantando una mano—. Yo me encargaré de todo. Me ocuparé de que las chicas no se inmiscuyan. Seguro que a mí no me pasa nada. Ya soy perra vieja, como suelen decir —bromeó.

Pese a todo, ambos adultos frente a ella fruncieron el ceño. Izumi estaba segura de que si Hinata no se hubiera despertado en ese momento la charla hubiera terminado en una buena regañina. Para los padres, al fin y al cabo, sus niños eran niños hasta emancipados.

—¿Qué hacemos aquí? —murmuró Hinata al reconocer el olor y el aspecto de la habitación—. ¿Papá?

—Estás en el hospital, cariño —explicó este estrechándola entre sus brazos—. El chico vecino te trajo a casa, desmayada. Nos preocupamos y te trajimos, pero estás sana, tranquila.

Hinata asintió y nada más apartarse se frotó el entrecejo.

—¿Puedes contarnos qué pasó? —intervino Izumi sentándose a su lado y dándole un cálido apretón de hombros.

—Sí. Yo fui a cenar con mi novio y al volver, me entretuve mirando a la nada en el puente. Comenzó el vendaval y terminé cayéndome. Nadie me escuchó hasta que el chico rubio de los vecinos me escuchó. Me salvó la vida. ¿Dónde está? —cuestionó alarmada—. Tengo que darle las gracias.

Los tres la miraron atónita. Izumi se sintió repentinamente avergonzada y cuando sus ojos se encontraron con los de Rin, supo que la comprendió. Le sonrió y se puso en pie.

—Se fueron a su casa. Pero estoy segura de que querrá saber que estas bien. Así que iré.

—Yo también debería…

—Kakashi, cariño, tú necesitas quedarte a cuidar de Hinata mientras tantos. Yo acompañaré a Izumi y me aseguraré de que Sakura, Ino y Matsuri van a clase. Le diré a Temari que venga a suplirte —interrumpió Rin incorporándose—. No te preocupes.

Mientras hablaba en un sinfín de escusas, besó a su marido y ayudó a Izumi a escapar de sus preguntas y cuidados. Cuando abandonaban el hospital, Rin suspiró.

—Espero que no tenga que arrepentirme de ayudarte en esto —confesó—. Si os pasara algo a alguna de vosotras, a tu padre le daría un síncope o algo peor.

—No te preocupes —aseguró—. Solo seré yo.

Rin la detuvo del brazo.

—Izumi, no has de despreciarte. Sigues siendo una mujer y ellos seis hombres. Más fuertes que tú. Te superarían en número y sé que suena perverso y retorcido, pero las posibilidades de que te hagan algo son muchas si bajas la guardia. No te desprecies de ese modo. Eres hermosa.

Izumi le sonrió agradecida. Le dio unas palmaditas en la mano.

—No tienes que hablarme con ese tono de madre preocupada, Rin. Estaré bien. Deja que me ocupe de proteger a mis hermanas. Tú solo haz feliz a papá.

—Izumi…

—No te sientas ofendida, por favor. No es que te esté excluyendo —aseguró—. He visto a mi padre emocionarse y hundirse muchas veces. Ha sufrido desengaños y pérdidas que parecen sacadas de una novela barata. Se merece ser feliz y tú eres la primera mujer a la que creo que ha amado de corazón.

—Te equivocas —negó Rin caminando a su altura. Una sonrisa dolorosa cruzó su rostro—. Te diré que he sido rechazada muchas veces antes de poder casarme con él. Nuestro amor parecía imposible. Y no me siento feliz de que creas que solo me ha amado a mí. Me ha contado muchas cosas. Cosas que le pueden retorcer el alma y provocar que su voz se corte en un sollozo acerca de vuestras madres. Las amaba a cada una. Muchísimo.

Izumi miró a Rin con sumo interés. Su padre, desde luego, no era un hombre que exteriorizara el amor tan fácilmente. Más bien, siempre escondía todo en sonrisas que parecían felices o echaba alguna excusa que lo alejara de las preguntas importunas.

Que le hubiera abierto su corazón a Rin decía mucho más de ellos. Como amigos y como pareja.

Casi sintió envidia de ellos.

—Pues le haces muy feliz. Gracias.

Rin se encogió de hombros.

—Me encanta hacerle feliz.

Ambas sonrieron a la par. Se tomaron del brazo y avanzaron por las calles en busca de un taxi.

Itachi estaba metiéndose las llaves en el bolsillo de los vaqueros cuando la puerta retumbó con varios golpes secos. Sai estaba a su espalda y enarcó una oscura ceja con curiosidad. Miró el reloj sobre la mesa de la entrada donde descansaban las llaves de Naruto, Sasuke y Gaara.

—Si no abres no conseguiremos quitarnos la duda —expresó Sai haciendo un gesto con la mano—. Ya sabes, girar el pomo.

—No sabía que fueras tan inteligente, Sai —espetó tan irónico como su hermano.

Abrió justo cuando empezaban a llamar de nuevo. Esquivó la mano y la apretó entre sus dedos, abarcándola al completo y delatando así la forma de una mujer.

Izumi Hatake. La orgullosa mujer, con cara de sorpresa y las mejillas enrojecidas.

—¿Podrías devolverme la mano, por favor?

Itachi reaccionó.

—Sí.

Y la soltó. Pero el tacto se le quedó en la yema de los dedos como fuego.

—¿Necesitas algo? —cuestionó mientras Sai retrocedía hasta ocultar en las sombras.

—Sí.

Y se quedó esperando. Cuando comprendió, Itachi suspiró.

—Iba a salir al hospital —comenzó.

—Ah, no tiene por qué. Mi hermana se ha despertado.

Itachi notó que los hombros se le tensaban.

—Es por mí hermano, no la suya —corrigió con cierta aspereza.

Pero al contrario de responderle con irritación, la mujer dio un brinco sorprendida, llevándose una mano hasta los labios.

—¿Su hermano? ¿Enfermó? ¿Es por culpa de lo que sucedió? Deje que le acompañe y…

Itachi suspiró una vez más y se apretó el puente de la nariz.

—Sai, adelántate tú.

Su hermano obedeció y tras hacer una reverencia a Izumi, quien dio un brinco al verle salir, se marchó. Itachi se hizo a un lado y la invitó a pasar. La mayor de las hermanas Hatake dudó solo un instante antes de acceder. Un acto de valentía que le pareció por un instante gracioso.

Lo siguiente fue preguntarse por qué cara iría poniendo por cada lugar que viera de su destartalada casa. Eran limpios, lo más que podía permitirse, pero esos días su casa estaba hecha unos zorros. Al menos, se alegró de que su sótano fuera el lugar de sus trapicheos más importantes y que necesitara conocer la llave correcta para ello.

La vio detenerse frente a la puerta de la cocina y entrar. La siguió con curiosidad y esperó a que se sentara. En lugar de eso, se apoyó contra la mesa y cruzó los brazos.

—No quiero hacerle perder mucho tiempo —murmuró—. Mas si su hermano enfermó por culpa de Hinata…

—Es mi otro hermano el que está ingresado. Gaara. El pelirrojo. Naruto estará arriba durmiendo la noche.

La vio llevarse una mano al pecho, aliviada.

—Menos mal. Ah, no quiero decir que me alegre porque su hermano esté enfermo, pero…

—Que su hermana no sea la culpable la alivia. Sí. Es comprensible.

—Pero no quiero que parezca que me alegro de lo de su hermano —recalcó—. ¿Es grave?

Itachi se encogió de hombros.

—Solo cuando se es pobre.

La vio apretar la mandíbula y bajar la mirada.

—Bueno. ¿Cuál es el motivo de que hayas venido a mi humilde morada? ¿Te has equivocado de casa?

—¡Claro que no! —exclamó—. Quería hablar con vosotros. O contigo mismo. Me da igual.

—¿Y de qué exactamente?

La mujer carraspeó. Se metió un mechón rebelde tras la oreja que enseguida volvió rebelde al mismo puesto, justo sobre su mejilla. Los ojos negros le miraron con determinación.

—Quiero agradecerles por salvar a mi hermana. De algún modo que no sea algo… sexual —expresó cohibida al final.

Itachi no podía estar más sorprendido. Se rascó la mejilla e inclinó la cabeza.

—¿Qué?

Ella hizo un puchero y repitió palabra por palabra. No había escuchado mal. No supo exactamente si llorar o reír. Era como si le sirvieran en bandeja todo y no tuviera que hacer el menor esfuerzo. Casi parecía verla abrirle las puertas de su casa y ofrecerle la llave en la mano.

—¿Le parece mal que quiera hacerlo? ¿Le ofende?

Itachi estaba tentado a contestar que sí, pero detuvo sus palabras. Sus pensamientos anteriores emergieron como una buena solución. Quizás de ese modo, todo estuviera más a mano de lo que esperaba.

Se acercó hasta ella y apoyó una mano sobre la mesa inclinando la cabeza hacia un lado para observarla mejor. Ella parpadeó por un instante.

—¿Y cuál es su plan?

Ella se lamió los labios. Desvió la mirada por la casa.

—Puedo dar una mano femenina a este lugar.

Fue su turno de sorprenderse. Ahogó una carcajada en la garganta.

—¿Disculpe? —cuestionó intentando mantener toda posibilidad de burla lejos de su voz—. ¿De qué habla exactamente? Una mano femenina casi se puede entender como que quisiera casarse con uno de nosotros. Quizás… ¿es eso lo que le interesa?

Inclinó la cabeza de forma inocente y clavó los ojos en ella. Fue adorable ver cómo se sonrojaba y abría la boca con pura sorpresa y una exageración encantadora.

—¡Claro que no! —exclamó incómoda—. No es que ustedes sean… bueno… no les conozco. ¡Dios! Si para empezar todos son niños al lado mío.

Estalló en carcajadas y pareció recuperar su fuerza una vez más. Itachi no pudo contenerse.

—Le recuerdo que tenemos la misma edad. Año más, año menos, pero lo somos.

—¿Qué?

—Sólo tengo veintiocho años. ¿Creías que era más joven?

—Es que eres más joven —objetó—. ¿Verdad?

—No sé si ofenderme con ese tono de duda al final —bromeó llevándose una mano al mentón—. De todas maneras, dejando eso a un lado. ¿Realmente la edad es la causa de que usted no se case? O que piense en uno de nosotros como no posible amante.

La mujer se envaró y apretó los dientes antes de hablar.

—Ya le he dicho que mi intención no sería esa y que sería imposible que pasara algo así conmigo, por eso me he ofrecido a darle a su hogar un toque femenino. Y no me diga que no le hace falta cuando su mantel, por ejemplo, está completamente grasiento y pegajoso. ¿No le preocupa que sus hermanos coman en él?

Itachi frunció el ceño mientras la veía rasgar con la uña el plástico de la mesa. No podía negar que los chicos y él fueran unas marujas de la limpieza, pero tampoco eran tan desastrosos. Solo que su índice de limpieza quizás no era como el que una mujer limpia podía tener.

—Claro que me preocupan mis hermanos —aseguró y llevó un dedo hasta aquel dichoso mechón rebelde, enrollándolo tras la oreja. Pequeña, sexy—. Pero dudo mucho que usted no sea consciente de que su cuerpo es capaz de crear en un hombre. ¿He de recordarle el ataque de la otra noche?

Izumi soltó una carcajada.

—Ese tipo no estaba ahí para violarme si quiera.

—Podría haberlo hecho —dedujo.

—No. Estaba por mi padre. Estoy por apostarlo. O por una de mis hermanas —añadió—. Ese mal nacido… Ah —recordó—. Eso me recuerda que estoy en deuda con usted por eso. Aunque su comentario final no fue tan interesante.

Itachi se rascó la nuca y suspiró.

—Creo que hasta que no se lo demuestran usted no se dará cuenta.

—¿Darme cuenta de qué? —cuestionó levantando el rostro hacia ella.

Bajando la guardia completamente.

Itachi solo tuvo que inclinarse un poco. Solo un leve gesto, un giro suave de su cabeza y presionar con suavidad. Blandos, cálidos y totalmente a su merced.

Quizás no fuera un gran avance, pero dio sus frutos. Esperando una bofetada, lo encontró fue una mujer de casi treinta años, sonrojada, con los pelos de punta y la boca abierta.

Un carraspeo le interrumpió la pregunta que le quemaba en la garganta.

Sasuke estaba en la puerta y les miraba alternadamente, hasta enarcar una ceja y mirarle directamente. Itachi se echó hacia atrás para darle espacio y carraspeó.

—Sea como sea. Siéntase libre de hacer lo que quiera.

Se acercó a un bote que debería de estar lleno de galletas y sacó una vieja llave, dejándoselo sobre la mesa.

—Una llave porque nunca estamos todos en casa. Siéntase como en la suya.

Se acercó hasta Sasuke y le dio una palmada en el hombro.

—Iré al hospital —anunció.

Y se marchó, silbando una canción cualquiera, sin ritmo especial.

—Gaara, deja de hacer el tonto y cómete el dichoso Danone.

Shikamaru no era de los que les gustaba dar órdenes y mucho menos a sus hermanos. Generalmente cuidaba de Naruto y Sasuke y pocas veces terminaban haciéndole el caso que debieran, pero siempre había sido el encargado de hacer que Gaara comiera cuando estaba enfermo. Porque era el único momento en que este solo le fulminaba con la mirada y no le cerraba la puerta de su habitación como último aviso.

—Mira, quiero ir a donde te he dicho, a ver si logro sacar algo para pagar la medicina —explicó bostezando.

—Con el sueño, lo dudo —indicó este mirando al Danone como si fuera su peor enemigo.

Tenía la voz tomada por la intubación y más ojeras de lo normal. Pálido y con el pijama del hospital su pelirrojo cabello se acentuaba todavía más.

—No teníais que haberme traído.

—Si Itachi te escucha decir eso, probablemente te pateara.

Shikamaru desvió la mirada hacia la puerta. Sai le dedicó una sonrisa curiosa y avanzó hasta la cama, abriendo la tapadera del Danone y clavando la cucharilla en la masa blanca. Gaara bufó.

Shikamaru se metió las manos en los bolsillos.

—¿Te quedas tú? —cuestionó.

—Sí. Itachi vendrá en un rato.

—¿No iba a venir contigo? —cuestionó.

—Sí, pero tuvimos visita.

—¿Quién? —se interesó.

—La mayor de las vecinas —respondió sentándose en el sofá al que había odiado toda la noche—. Al parecer quería hablar con él de algo. ¿Habrán terminado entre las sábanas?

—¿Tan pronto? —balbuceó en medio de un bostezo—. Lo dudo.

—¿Qué harás? —se interesó Sai sacando un bloc de pintura viejo que probablemente le habría quitado a algún despistado.

—Quiere ir a ver si saca algo para pagar la mierda que me meto en el cuerpo —espetó Gaara mientras aferraba finalmente la cuchara—. Pierde el tiempo.

Sai sonrió y miró a su hermano menor.

—SI sigues hablando así, seré yo quien te haga comer el Danone.

Gaara engulló la cuchara en un abrir y cerrar de ojos. Shikamaru se rascó la nuca. Nadie, ninguno de ellos, dudaría nunca del sadismo que poseía ese chico. Era tan capaz de clavarte un cuchillo mientras sonreía amablemente: como les hacía a las pobres manzanas cuando tenían alguna por casa.

Shikamaru se alejó de ellos, más tranquilo con Sai ahí para hacer comer a Gaara. Si no se sintiera tan débil no dejaría que ninguno de ellos lo mangonease, pero dado que su situación era delicada, ya protestaba lo suficiente.

Por otro lado, él necesitaba enfocarse en poder llevarse algo. Las facturas de hospital no se pagaban solas y mucho menos, las medicinas.

Se metió en el primer cuarto de baño que encontró para asearse lo mejor que le permitían las condiciones y luego, abandonó el ala sur para ir al norte.

Las habitaciones de los ricos eran mucho más diferentes que las de los pobres y aunque Gaara había tenido suerte de tener una habitación para sí mismo, la desventaja era que apenas cabían todos en ella. Ni siquiera las enfermeras podían maniobrar correctamente. Sin embargo, a todo aquel que le sobrara el dinero para el médico, tenían habitaciones propias y enormes, como si de un hotel se tratara.

Robarles un poco de calderilla no le estaba haciendo ningún daño.

—Eres uno de ellos. ¿Verdad?

Se detuvo antes de entrar en una última habitación y miró por encima del hombro. Justo a su espalda se encontraba una de las hermanas. Y la que casualmente, le había tocado a él en el sorteo.

Temari Hatake, si no se equivocaba. Una rubia del montón con un carácter de mil diablos. Tenía el ceño fruncido pese a lo tirante que llevaba el moño sobre la cabeza y su boca marcaba una tensión de disgusto al verle. Si la miraba bien, en ese momento lo único que podía atraerle de ella era sus ojos. Una mirada firme, fuerte, pero que igualmente su peligrosidad no quitaba su belleza.

Algo exótico, sí. Pero demasiado problemático.

—Soy Shikamaru —se presentó.

Ella enarcó una ceja.

—Sí, uno de los chicos vecinos.

Hizo una mueca de comprensión y avanzó, pasándole por el lado.

—¿No vas a preguntar?

—Pensé que simplemente me seguirías. No es que te muy de acuerdo, pero al menos que os intereséis por ella dice mucho de vosotros.

Shikamaru no pudo más que asentir y seguirla por los pasillos. Llevaba algo de dinero en los bolsillos que les bastaría para pagar la medicina, pero no la habitación. Mas dudaba que pudiera quitarse de encima a la mujer como si nada, así que la siguió hasta detenerse frente a una de las habitaciones. Tras llamar, ella abrió la puerta.

—¿Está Hinata visible? —cuestionó.

Alguien respondió y luego, le indicó que podía pasar.

La siguió y se encontró con la joven sentada en la cama, comiendo poco a poco un yogurt. Tenía buen aspecto y algo de rubor en sus mejillas que desapareció al verle, confundida.

—Eres uno de los muchachos. ¿Verdad?

Se volvió hacia el hombre que se había puesto en pie y asintió, estrechándole la mano cuando se la ofreció.

—Sí. Quería saber cómo se encontraba. Nos quedamos preocupados —mintió. Diablos. Qué bien se le daba a su familia hacer eso—. Quería aprovechar que mi hermano también está ingresado y saludar antes de irme.

Hatake cambió su rostro de sorpresa a severidad.

—¿Tu hermano está ingresado?

—Sí —respondió.

Y explicó en la medida de lo posible de qué y por qué. El hombre frunció más las cejas.

—¿Qué pasa con esta seguridad sanitaria? —protestó—. Iré a ver qué puedo hacer.

Shikamaru se envaró.

—No tiene que…

Pero el hombre ya no le escuchaba. Ambas mujeres soltaron una risilla a su espalda. Cuando se volvió para verlas, enarcó una oscura ceja.

—¿He dicho algo malo?

—No —respondió Temari—. Nuestro padre es un fotofobo de Robín Hood.

La vio dejar el abrigo a un lado de la silla y sentarse junto a Hinata. Solo una leve sonrisa bastó para que ambas se entendieran. Repentinamente, se sintió fuera de lugar e incómodo. Tanto por ellas como por la hazaña del progenitor.

—Su hermano… ¿saldrá? —cuestionó Hinata a media voz.

Shikamaru apenas la escuchó.

—Sí. Solo es uno de los tantos ataques. Al no poder tomar su medicina, recae.

—¿No son peligrosos esos ataques? —inquirió esa vez Temari.

—Lo son —confirmó—. Pero no si son débiles o se le cogen a tiempo. Lo que ocurre es que es algo bribón y le gusta preocuparnos.

Era una broma que ambas no captaron. Con sus ceños fruncidos en preocupación y los labios tensos. Se llevó una mano a la nuca.

—Bueno, creo que será mejor que vaya a casa. Me quedé de guardia.

—Gracias… por venir —agradeció Hinata inclinando la cabeza.

Con tan mala pata que un mechón de su cabello se metió en todo el yogurt. Al Instante, Temari se levantó para limpiarla, regañándola. Y pese a su tono de voz, pese a que parecía furiosa, había un deje de amor entre sus palabras.

Y casi le pareció adorable.

—Espera, chico.

Hatake volvió a retenerle antes de que se marchara. Iba acompañado por un médico de guardia, cuyo rostro casi le resultaba familiar.

—Mira, este es el chico del que te hablo, Neji. ¿Podrías hacer algo? —inquirió—. Sé que es horrible que te pida este favor, pero pagaré lo necesario.

—Sí —asintió el hombre inclinando la cabeza antes de pedirle que le acompañara.

Tras preguntarle los datos de su hermano y hacerle firmar varios documentos, lo dejó marcharse. Shikamaru miró repentinamente la factura, totalmente pagada. Los botes de medicina que le entregaron.

Luego recordó el dinero que llevaba en el bolsillo.

Y se sintió el hombre más sucio del mundo.

Itachi llegó poco después de que la enfermera entrara para colocarle el medicamento a Gaara. El color empezaba a sonrojar sus mejillas y estaba más gruñón. Señales de que mejoraba a grandes pasos. Le medicina intravenosa era mejor que la oral y a ese paso, mejoraría antes. Lo que Sai no comprendía era porqué de mirarles como si fueran cucarachas las enfermeras se deshicieron en elogios y en ofrecerles cualquier cosa que necesitaran.

—¿Qué les habéis dado? —cuestionó Itachi dejando la chaqueta sobre el perchero—. ¿Droga?

—No se trata de droga.

Shikamaru cerró la puerta tras él y suspiró, con las manos en las caderas y el gesto severo.

—Tsk, es tan problemático que fastidia.

—Habla —ordenó Itachi.

Shikamaru obedeció al instante la orden, explicándoles el modo en que se había encontrado con la mujer y que el padre de estos había hecho por Gaara. Incluso dejó la bolsa con el cargamento de medicamente y futuros libros de visita.

—Ahora me siento jodidamente sucio —expresó mirándoles con reparos.

Era extraño ver a Shikamaru comportarse de ese modo, con culpabilidad. Mientras que siempre solía ignorar todo lo que le resultara tedioso, en ese momento le habían pillado con la guardia baja completamente.

Itachi extendió la mano frente a él, pidiéndole el dinero. Tras hacer un rápido recuento le entregó a Shikamaru una parte, otra a él y el resto la guardó. Sai miró la cantidad de dinero sin poder creérselo.

—Compra lo que necesites —indicó Itachi—. No vamos a desperdiciarlo. Chicos, recordad qué somos y para qué estamos haciendo —expresó—. Le agradeceré debidamente a Hatake y veré el método de meterme en esa casa.

Sai no pudo reprimirse. De verdad que no.

—Como, por ejemplo: la chica de esta mañana.

Itachi hizo una mueca.

—¿Qué pasó exactamente? —se interesó Shikamaru.

—La hermana mayor va a estar pululando por casa por un tiempo. No sé qué diantres quiere hacer. Algo de dar una mano femenina a la casa, así que a saber. Sed cuidados con ya sabéis qué —ordenó—. Ya se lo he explicado a Naruto y Sasuke por si las moscas. Solo faltabais vosotros dos.

Sai se llevó una mano a la barbilla, curioso.

—¿A qué se refiere con mano femenina? Porque solo se me ocurren a unos cuantos sitios donde pudieran ir.

Todos clavaron la mirada sobre él, incrédulos. Sai simplemente les sonrió inocentemente. Disfrutaba tanto ver sus rostros sorprendidos o confundidos. Gaara tosió a su lado y les dio la espalda.

—Que no entre a mí cuarto —exigió.

—Si, no sea que pierdas la virginidad a tu edad —se burló.

A cambio recibió una almohada directa a su cara.

—Basta— intervino Itachi antes que la cosa se caldeara—. Lo que hará seguramente será limpiar y a saber qué cosas más. Así que todo aquello que no queráis que tire, vea o pregunte, ya sabéis donde llevarlo. Sai, le diré que no entre a tu cuarto y Gaara, no eres el dios de la limpieza. La última vez que entré en tu cuarto había hasta arena de la playa.

—Me gusta la arena —refunfuñó acurrucándose. Un bostezo ganó a su protesta.

—Vale. Todos a sus cosas. Yo me quedaré —indicó—. Ves a dormir, Shikamaru.

El nombrado levantó una mano en afirmación, agarró su chaqueta y le miró.

—¿Vienes?

—¿Me pagas el taxi? —bromeó recogiendo sus cosas.

—No te pases, tsk.

Con una sonrisa le siguió, soportando sus bostezos y ronquidos en el taxi hasta que llegaron a su casa. Nada más llegar, el mayor se metió en la casa con intenciones de dormir y Sai se detuvo al ver una rubia cabeza escondida tras un gran seto.

Dejando su bolsa junto a la entrada, caminó hasta el lugar.

La imagen fue demasiado cómica hasta para él. La muchacha estaba inclinada sobre el seto, que al parecer había sido podado, luchando por liberarse de sus garras. Uno de sus cabellos había quedado atrapado e intentaba torpemente quitarlo.

—Diablos, mira que engancharme. Por favor, no te rompas, no te rompas…

—¿Se lo dices a la rama o a tu pelo? —cuestionó.

Esperaba que gritara, se asustara y saltara de alguna forma. Pero se quedó un instante en silencio.

—¿Eres uno de los chicos de al lado?

—Sí —respondió.

—¿Podrías desenrollar mi cabello de la rama? Con cuidado, por favor, no le hieras.

—¿A qué exactamente?

—La rama. No importa si tienes que tirar un poco del pelo o alguno se rompe.

Sai asintió pese a que no pudiera verla y metió las manos por las rejas hasta alcanzar la batalla entre planta y pelo. Liberó a ambos, quedando con la sensación sedosa de sus cabellos en los dedos. Incluso se tomó un momento más para fingir que continuaba trabajando en ello.

—¿Ya?

—Sí —respondió apartando la mano.

La joven se incorporó, frotándose el lugar del tirón y mirando con los ojos entrecerrados el seto.

—No lo he roto.

—Lo veo —asintió mirándole esta vez a él—. Gracias.

—¿Por qué?

—Por no herir el seto —explicó acariciando con ternura una de las hojas—. Es un buen árbol que ha tenido que soportar mucho tiempo solo. Si le hiriéramos por algo tan tonto como un cabello enredado, sería demasiado triste.

—¿Tanto valoras esa vida?

—Sí.

Sai parpadeó. Parpadeó porque repentinamente ella brilló. Con un brillo fantástico que no era capaz de comprender. Mientras acariciaba la diminuta hoja entre sus dedos y le sonría.

Repentinamente, tuvo muchas ganas de dibujar.

Y sabía perfectamente qué.

Sakura bostezó mientras daba golpecitos sobre el cuaderno. No había forma de que le entrara en la cabeza algo tan sencillo como un repaso de la nutrición. Su mente estaba en cualquier parte menos donde debía y pese a que Izumi llevara un rato dando vueltas por la casa en busca de un sinfín de trastos a los que no quería prestarle atención, no podía quitarse de la cabeza ni a Hinata, ni la pelea con Ino o que todo su mundo estuviera cambiando rápidamente.

Recordaba la charla con Itachi Uchiha antes de que Ino lo mandara todo al diablo con su necesidad de acostarse con cualquiera que tuviera el aparato reproductor correcto entre las piernas.

Miró la sudadera sobre la cómoda.

Se levantó y caminó hacia la ventana. Como supuso, Ino estaba inclinada sobre la maleza y a su lado, un gran bulto de hierbas que seguramente quemaría. Ella no había ido a la piscina por estudiar, pero Ino podía permitirse enfrascarse en lo que más le gustaba y el jardín era una de sus grandes pasiones.

Con el cabello recogido en una coleta alta que estaba volviendo a aferrarse, en pantalones y cortos y top, observaba hacia la casa de los muchachos.

Sakura se mordió el labio inferior al recordar el bochorno o la forma en que la había mirado esa mañana al despertarse: como si ella tuviera la culpa de todo. Pero Sakura es que no podía entender cómo podía querer en todo momento un hombre a su lado. Esa necesidad sexual que nunca parecía aplacada y que reconocía como si fuera una libertad.

No encajaban pese a todo. A medida que iban creciendo se daba cuenta de ello.

Le gustaba jugar, seducir, sí, pero tenía la seguridad de que cuando se enamorase sería para siempre. Ino, sin embargo, disfruta de ir en flor y eso la atormentaba.

—¿Sakura?

Dio un respingo al escuchar la voz de Izumi y en cuestión de segundos, verla entrar cargada con varios cubos y vestida de deporte.

—¿Vas a limpiar? Que yo recuerde papá encargó un servicio de limpieza.

—No es para nosotros —negó ella. Desvió la mirada hacia el escritorio—. ¿Estás muy liada?

Sakura siguió la dirección y suspiró, frustrada.

—Un respiro me vendrá bien. ¿Qué vas a hacer con ello?

Por un instante, casi pareció ver que Izumi se sonrojaba.

—Voy a limpiar la casa de los vecinos.

Sakura abrió la boca. La cerró. No podía haber escuchado bien.

—¿Qué?

—No hagas que te lo repita —protestó azorada—. Esta mañana descubrimos la verdad sobre Hinata. El chico rubio…

—Naruto.

—Ese. La trajo porque estuvo a punto de morir. Papá buscaba cómo agradecerles y con Rin estuvimos hablando. Papá quiere darles dinero, pero es un poco frío pagar por la vida de Hinata, así que pensé: "son todos hombres, seguro que les viene bien algo de mano femenina". Y por lo que vi esta mañana, les hace falta.

Sakura parpadeó varias veces intentando comprender la información. Quitando la parte importante de que Hinata estaba bien —cosa que ya les había dicho por la mañana—, estaban esos factores que le llamaron la atención.

Su hermana limpiando la casa de seis hombres.

Su hermana sonrojándose.

Izumi. Sonrojada.

—Espera qué…

—No tengo tiempo para explicarte mucho. Han de venir los de la alarma, pero ya avisé a Temari y Ino está en el jardín, así que los verá. Ven a ayudarme, anda.

Más por curiosidad que otra cosa, la siguió, cargando con los detergentes y demás cosas que Izumi era incapaz de cargar por sí sola. Avanzaron hacia la puerta y tras llamar, esperaron hasta que la puerta se abrió.

El chico extraño de las sonrisas apareció frente a ellas y al verlas cargar con las cosas, se hizo a un lado para hacerlas pasar.

Sakura se horrorizó del estado de la casa. No solo en temas de limpieza. Necesitaban arreglos cuanto antes y aunque parecía que alguien mañoso había intentado cubrir lo más importante, eran reparaciones con buenos materiales lo que necesitaban.

—Ven, Sakura —ordenó Izumi autoritaria.

Por supuesto, no iba a dejar de ser su hermana- perro guardián.

Dejó las botellas en la encimera y enarcó una ceja al ver la falta de fruta en un cuenco o la olla cuya sustancia era algo sospechosa. Como si hubieran ido echando cualquier desperdicio en ella para que cociera.

—¿En qué te ayudo? —cuestionó.

Izumi se remangó mientras miraba a su alrededor. Caminó decidida hacia la nevera y casi gritó cuando una cucaracha salió disparada del interior. Ambas miraron atónitas las estanterías vacías.

—Creo que ya sabes por dónde.

Sakura asintió y tras dejar la última de las botellas, caminó hacia la salida para darse de lleno contra el pecho de alguien.

—¡Ah, lo siento!

Levantó los ojos hacia el joven, sonriente y con ese pelo brillante que sería capaz de ver en cualquier lugar.

—Naruto —saludó.

—¿Qué haces en mi casa? —cuestionó.

—Izumi estará rondando por aquí un tiempo —expresó Sai, quien salía con una paleta y pinceles del cuarto de baño—. Itachi nos lo dijo, pero como estabas recién despierto no te has enterado de nada.

—Diablos, no lo digas como si fuera idiota o algo —protestó Naruto levantando un puño.

Sai solo sonrió y avanzó escaleras arriba.

Izumi se asomó, colocándose unos guantes. Al verles, enarcó una ceja.

—¿Todavía no te has ido? —cuestionó.

—¿Dónde vas? Se supone que hoy no hay clases —curioseo el chico.

—Voy a hacer unas compras. ¿Por qué no te vienes? Así me ayudas con las cosas pesadas.

Naruto pareció dudar por un instante. Se asomó a la escalera y se aferró del pasamanos.

—¿Sai? —gritó.

—¿Qué? —respondió el nombrado.

—¿Está el teme en casa?

—Si lo estuviera ya te habría contestado —respondió el mayor.

Naruto se volvió hacia ella, con la sonrisa más amplia que le hubiera visto y la tomó del talle.

—Bien, iré contigo con mucho gusto.

Izumi les siguió hasta la puerta.

—¡Las manos donde pueda verlas, chaval!

Guiñando los ojos, Naruto las apartó y las levantó como si alguien le hubiera arrestado. Con una carcajada, Sakura lo guio hasta su coche, completamente convencida de que aquella no iba a ser la única sonrisa que le sacaran en toda la tarde.

Temari firmó los últimos papeles antes de que los operarios se marcharan y le dejaran el mando que desconectaría o conectaría la alarma. Lo dejó sobre la mesa de la entrada y corrió hacia la cocina antes de que toda la sopa se le fuera al traste.

Cuando había recibido el mensaje de Izumi apenas podía creérselo y cuando llegó a su casa, cargando comida de más y la vio tirar el agua de un cubo de fregar en la acera, casi se le cayó toda la compra.

Había corrido hasta ella, completamente incrédula.

—¿Qué diablos estás haciendo?

—Limpiar —respondió—. No puedes hacerte una idea de la cantidad de suciedad que hay. ¿Qué hora es?

—¿Qué importa? —ignoró—. ¿Por qué demonios estás haciendo de chacha en la casa de estos… tipos?

—Me preocupa la hora porque hace ya bastante que Sakura se fue de compras con uno de ellos. El rubito. Y estoy limpiando para agradecerles por salvar a Hinata, Temari. No creo que sea el fin del mundo. Nadie se ha muerto por quitar telarañas y limpiar pelos de hombre del sumidero.

Temari no podía estar más atónita.

—Vale, comprendo que quieras estar agradecida, pero…

—Pero nada, Temari —cortó—. ¿Has comprado lo que te pedí?

—Sí, claro.

—Pues ponlo en el fuego y me lo traes a la hora de la comida. Ya te envié los ingredientes y demás.

Temari había suspirado sin poder convencerla de otra cosa, pues Izumi había vuelto al interior, completamente decidida a continuar con su periplo de limpieza. Y ella había tenido que atender a los técnicos y calentar comida para un regimiento.

Cuando Rin entró en la cocina la tensión se le acumuló en la espalda. La mujer no abrió la boca más que para saludarla y tras beber un vaso de agua, se dispuso a salir.

—¿Te parece bien?

Se detuvo ante su pregunta.

—¿El qué?

—Lo de Izumi.

—Me parece perfecto e increíble —respondió tras meditarlo un momento—. Lo triste es que lo esté haciendo sola. ¿No crees?

Temari abrió la boca para protestar, pero la cerró al ver su sonrisa afable. Rin era el tipo de mujer a la que te daba una sensación extraña de herirla. Y aún así, Temari no cesaba de hacerlo sin quererlo.

No le extrañaba que sus hermanas la llamaran reina del hielo.

A veces hasta ella misma creía que no tenía corazón.

Suspiró y apagó la hornilla para comenzar a servir la comida en fiambreras. Tras ello, las rodeó con un trapo y las cargó hasta la casa vecina. Su hermana había dejado la puerta abierta y había sacado parte del mobiliario al exterior para que se secara al sol. Al verla, levantó una mano como saludo.

Tenía el cabello pegado al rostro y sudaba a mares. Pese a ello, sonreía satisfecha.

—He conseguido adecentar la cocina algo, pero es imposible comer en ella. Como Sakura y Naruto, creo que era, van a tardar, prepararé para comer aquí fuera. ¿Qué te parece la idea? —cuestionó.

—A mí no me preguntes. No vivo aquí.

Izumi cayó en la cuenta de ello.

—Cierto. Quizás les moleste.

—¿Tenemos montado un mercadillo?

Ambas desviaron la mirada hacia la puerta de la cocina. Uno de los hermanos, el que se había encontrado en el hospital y si mal no recordaba su nombre era Shikamaru, estaba recostado contra la puerta, bostezando. Con una camiseta y pantalones cortos, recién salido de la cama y el cabello cayendo por sus hombros.

Por un instante, se preguntó si todos aquellos hombres estaban hechos del mismo talón.

—No, perdón —se excusó Izumi—. He sacado los muebles para que se sequen. Mi hermana ha hecho la comida, así que pensaba en que se podría comer aquí fuera.

—Ey, si vamos a comer ahí me apunto.

Ino las saludó desde el otro lado de la vaya, sonriente.

—Me muero de hambre, la verdad —aseguró.

Izumi se volvió hacia Shikamaru, quien las miraba medio dormido.

—¿Os importa?

El hombre se encogió de hombros, se rascó el trasero y se adentró en la casa justo cuando Ino se unía a ellas.

—Joder, todos los hombres de esta casa están como trenes.

Temari rodó los ojos.

—¿Alguna vez has lamido un tren, Ino? —cuestionó ganándose una mirada irónica—. Anda, ayúdame a servir y poner la mesa, si es que Izumi ha dejado algo que usar.

—Está todo limpito —aseguró sonriente.

Temari estaba seguro de ello.

Ambas se adentraron y tras preparar la mesa, Temari se asomó al recordar.

—¿Rin no está en casa?

—Me dijo que iría al hospital con papá para que saliera a comer al menos —respondió Izumi quitándose los guantes y tirándolos a una bolsa de basura donde otros asomaban en un estado lamentable—. Lo que no sé es cuántos de los chicos comerán.

—Por ahora solo tres, estoy seguro.

Temari casi dio un grito al escucharle a sus espaldas. Sai, otro de los muchachos, tan solo le sonrió con curiosidad y se sintió repentinamente grosera.

—Dios, estáis insuflados con sigilo —acusó—. El otro chico es igual, diablos.

—¿Shikamaru? —cuestionó el muchacho abriendo levemente los ojos. Negros y profundos—. Sí, tiende a ser muy sigiloso. El ruidoso siempre es y será Naruto.

—Es como nuestra Matsuri —sopesó—. Siempre que pisa por la casa parece que es un huracán el que pasa.

Sai volvió a cerrar los ojos y se acercó para coger el plato que sostenía entre sus manos. La olisqueó por encima.

—Huele delicioso.

—Y seguro que sabe delicioso —canturreó Ino guiñándole un ojo—. Estoy segura de que nuestra Temari engordará a su marido de felicidad algún día.

Temari hizo una mueca de protesta y se volvió para rellenar otro plato, que, al volverse, fue a parar a manos del otro hermano.

Shikamaru, más acicalado y con su característica cola de piña. Solo la miró un instante antes de alejarse hacia el patio.

Temari dudó por un instante. ¿Cómo hacía el resto de gente para entablar relaciones? Para ella era impensable. No era una de esas chicas fantásticas que salen en los libros de romance.

Naruto se lamió los labios, sintiendo la boca hacérsele agua cuando Sakura le extendió su bocadillo. Uno entero para él. Envuelto. Incluso tenía su propia lata de Fanta para él solito. Si hubiera podido permitírselo habría hasta llorado. Pero Sakura no tenía por qué saber hasta qué punto llegaba sus penalidades. Aunque como iba de cargado el maletero de su coche ya debería de imaginárselo.

Sin embargo, la chica no preguntó demasiado y tan solo se dedicó a comerse su propio bocadillo y dar pequeños sorbos de su té. Había ido con ella con la esperanza de dar por saco a Sasuke y disfrutaba completamente de poder hacerlo en vivo y en directo.

Levantó la vista del bocadillo y la clavó sobre el mesero que dejaba una notita sobre la barra con un pedido. Resaltaba por sus cabellos negros y tez blanca y sobre todo, por la mirada que les había dedicado al verles entrar.

Sakura se había quedado completamente atónita al verle y Naruto le chinchó hasta que Sasuke casi le golpeó.

—Me ha sorprendido ver que trabaja aquí.

—No tenía ni idea de que lo hacía —aclaró antes de dar un mordisco. Tras masticar y tragar, continuó—. Más bien ha sido Sai el que me lo ha chivado. Al parecer, quiere dejarlo fuera de mesa.

—Bueno, en la universidad no les hace gracia que se trabaje y más si eres becado.

Naruto asintió y abrió la lata, escuchando el refrescante sonido que hacía el gas al esparcirse.

—Sí y tendrá que dar muchas explicaciones si le pillan. Porque dudo que llevar gafas y el cabello recogido con una diadema baste para que no se note de quién se trata.

Sakura clavó la mirada en él.

—¿Vas a delatar a tu hermano?

—Jamás —negó completamente seguro—. Pero me fastidie que siempre encuentre algo que hacer y sin resaltar y nunca me lleve.

—Bueno— murmuró Sakura alargando una mano y revolviéndole los cabellos—. Diría que tú llamas mucho la atención.

—Sí, eso mismo dice él —protestó—. Por cierto. ¿Cómo está?

Sakura enarcó una ceja.

—Tu hermana.

—Ah. Hinata. Está bien. Ha sido solo un susto. Pero mi padre es algo exagerado cuando se trata de una de nosotras. Ya sé a quién ha salido esa vena de Izumi —bromeó.

Naruto asintió. No fue nada agradable ver las miradas de duda de los demás o cómo habían sospechado que él pudiera haber sido el causante de algo que simplemente era un error.

—¿Naruto?

Levantó la cabeza para mirarla y sonrió.

—Estoy bien. Solo me distraje.

Sakura sonrió y volvió a retomar lo que estaba contándole. Pero Naruto de nuevo se evadió en sus pensamientos, hasta que algo llamó su atención. Sasuke se sentó frente a ellos, con gesto cansado y un bocadillo entre las manos junto a un vaso de agua.

—¿Has terminado el turno, teme?

—No. Es mi hora de comer —respondió con gesto ausente.

Luego clavó la mirada en él. Una que claramente avisaba de que se había colado con Sakura y que realmente estaba molesto. Al fin y al cabo, Sakura era su presa y la suya era Hinata tras el intercambio con Gaara.

Pero él había querido ir tras Sakura desde el principio solo que Sasuke había sacado la pajita ganadora y no era justo.

Sasuke devoró el bocadillo en un visto y no visto y se levantó para volver al trabajo. Sakura y él se prepararon para volver a la casa.

—Tengo tantas llamadas de Izumi que creo que colapsó mi buzón.

Naruto la miró con curiosidad mientras abría la puerta para ella.

—¿Es muy insistente?

—Sí. Mi hermana tiene la creencia de que ha de cuidarnos a todas como si fuera nuestra madre en vez de preocuparse por ella. Sinceramente, siempre ha sido muy reservada y cuando la he visto que ha decidido limpiar vuestra casa… he alucinado —confesó—. Por cierto. ¿No os molesta que lo haga?

Naruto estuvo a punto de responder que sí pero no hubiera sido sincero del todo. Que Izumi estuviera trasteando por su casa era tan peligroso como una ventaja. Tenerla ahí les daba la oportunidad de acercarse a las chicas sin tener que armar muchos paripés y convertirse en tipos que no eran.

Así que simplemente sonrió y se llevó las manos a la nuca.

—¡Para nada! —mintió—. En realidad, nos da una mano. No hemos tenido nunca una mujer en casa que no fuera la asistente social. Y no solía venir con buenas noticias. Por suerte, cuando Itachi creció y se volvió adulto, todo terminó y hemos podido vivir más cómodos, pero tampoco es que nos sobren las cosas, ttebayo.

Sakura arrugó el ceño ante sus palabras y él le dio una palmadita en el hombro.

—No te preocupes. No es como si mordiéramos. Bueno, quizás Gaara sí —sopesó.

—Cierto. Mi hermana Temari dijo que tu hermano estaba ingresado también en el mismo hospital. ¿Está bien?

—Sí, solo son ataques que le da. Quizás tenga que ver cómo tenemos la nevera, pero hacemos lo que se puede.

No quería más detalles porque tampoco la comprendía del todo. Solo sabía que hubiera preferido tenerla mil veces él antes que su hermano. Pero era una estupidez que nunca pasaría.

—Por cierto —dijo Sakura sacándolo de sus pensamientos—. Estoy segura de que Hinata querrá darte las gracias. ¿La escucharías?

Esbozó la sonrisa más amplia que su rostro le permitió.

—Por supuesto.

Realmente le gustaría volver a verla.

Hinata miró con tristeza el teléfono sobre la mesita auxiliar. No había ningún mensaje ni llamada aparte de sus hermanas o compañeras de trabajo. Hasta su jefe le había dado días de vacaciones para recuperarse.

Pero no había ninguno de él.

Estaba seguro que le habrían avisado desde el trabajo y que tendría que saberlo. Probablemente hasta que el avión no aterrizara no viera el mensaje. Quería creer en ello. Rezaba por ello.

Había estado como una tonta pensando en ellos dos, en su extraña relación, en si sería tan egoísta como para no comprender lo que él sentía. Y había estado a punto de perder la vida por andar ensimismada.

Si ese chico no hubiera llegado a escucharla, habría muerto de una forma muy dolorosa. Pero peor hubiera sido el daño que hubiera ocasionado a sus hermanas y padre. Incluso a Rin.

Aunque al que quería… no. Al que necesitaba a su lado en ese momento era a él.

Tembló ante la idea de verse nuevamente en esa situación, acurrucada en un trozo de piedra que quizás no fuera capaz de sostenerle del todo. Había pensado que era el final al primer tras pies. En los siguientes gritó con todas sus fuerzas y cuando la voz estaba acabándosele, temió lo peor.

Pero luego ese chico apareció y fue como si acabara de llegar un ángel. Y era gracioso pensarlo con ese cabello tan rubio.

Sonrió a la nada.

Tendría que darle las gracias apropiadamente más tarde.

Unos golpecitos en la puerta la sacaron de su ensoñación.

—Adelante —invitó.

Un hombre alto cruzó el umbral, con el cabello castaño recogido en una coleta cayendo por su espalda y unos ojos tan curiosos como los suyos propios. La miró fijamente por un instante y el silencio se mantuvo hasta que alguien le golpeó la espalda y él dio un respingo.

Una joven mujer le sonrió desde los pies de la cama.

—Diablos, Neji, así pareciera que vas a un funeral, hombre. La asustarás. Y eso que eres su médico.

Hinata no comprendió del todo.

—¿Perdón?

La chica se llevó una mano hasta la cara y ladeó la cabeza, resaltando sus dos moños recargados en su cabeza.

—Ay. ¿Tu padre no te ha dicho nada todavía? — Hinata negó sin comprender—. Somos Neji y Tenten Hyuga. Familiares tuyos. Neji es tu primo por parte de madre. ¿Por qué estoy haciendo yo las presentaciones?

Le dio un toque suave en las lumbares al hombre y tras guiñarle un ojo, salió de la habitación. Tal y como había entrado como una tormenta.

Hinata desvió la mirada hacia el hombre, quien suspiró cruzándose de brazos.

—Lo que ha dicho mi mujer es cierto —comenzó—. Creí que tu padre te lo habría contado ya.

—No —negó confundida—. Creía que… toda la familia de mi madre no quería saber nada de mí. La expulsaron y…

Él entrecerró los ojos.

—A mí también —expresó—. Supongo que por lo mismo. Estudié medicina y me casé con alguien fuera de la familia.

—¿Por qué no… te pusiste antes en contacto conmigo? —cuestionó preocupada.

—Porque no sabía dónde estabas. La familia es muy celosa y no habla de integrantes que han sido expulsados. Mucho menos dan información. Cuando te vi entrar en urgencias te reconocí. He hablado con tu padre y ha accedido a que tuviéramos contacto.

Hinata sonrió al darse cuenta. La preocupación de su primo. La mirada angustiosa y fría. Quería que alguien le aceptara.

Extendió una mano y sonrió.

—Pues ahora no estás más solo, primo.

Cerró el maletín con un golpe seco y miró por la ventanilla. El hombre frente a él continuaba con la mirada en su persona.

—¿Qué? —cuestionó arto de su escrutinio.

—¿No has encendido el móvil desde que llegamos?

—No —respondió ignorando el peso del metal en su bolsillo—. ¿Por qué?

—Han llamado de la sucursal. Tu prometida tuvo un accidente y está ingresada en el hospital. Estaba bastante mal.

Apretó los labios al escuchar esas palabras, entrecerrando los ojos.

—Dije que no quería molestias durante el viaje. Este es un negocio importante. Lo es tanto que, si funciona, Hatake Kakashi perderá esa dichosa llave que cuelga de su cuello.

Cerró los ojos.

Y se imaginó el maravilloso mundo que podría construir.

Continuará...


Notas de autora:

Perdón por tardarme, pero los estudios no me dejan mucho tiempo libre.

Quiero aclarar que aquí, Neji, actuara como si ya hubiera sido liberado en el manga y que, además, está casado con Tenten. Mientras que la madre de Hinata perdió el apellido al ser expulsada, Neji no por ser varón.

Siento que haya sido un rollo de limpieza este capítulo, pero era importante xD.

¡Gracias por leer!