Hola!

Aquí llegamos al final de una nueva historia, disfrutad de la lectura.

Disclamer: EL mundo de Harry Potter pertenece a JK R.


IV

Y el final, solo es el principio


Cuando Draco salió del despacho de Albus Dumbledore estaba tan tenso que podría cortarse el aire a su alrededor con un Diffindo. Hermione descendió tras él, pero no se acercó, se mantuvo alejada del chico, temerosa de que cualquiera de los pocos alumnos que quedaban en Hogwarts pudieran verlos ocupando el mismo espacio vital. Los dedos le hormigueaban por la necesidad de tocarle, de intentar calmar aquellas turbulentas emociones que parecían invadir al Slytherin. Pero su acuerdo no hablaba de esas cosas, ella en realidad no tenía la confianza necesaria para eso, pese a lo acontecido la noche anterior, no eran ni siquiera amigos, no tenía derecho a acercarse y ofrecerle el consuelo de sus brazos. Y lo necesitaba, Merlín lo sabía, porque había estado ahí con él mientras contaba a Dumbledore absolutamente todo. Al principio se había sentado rígido y con una mueca de hastío, mirando a su alrededor con fastidio y desagrado pero, en el momento en que comenzó a hablar no dejó absolutamente nada por decir. Habló de todo, en tono monocorde, desde el momento en que le obligaron a hacerse la marca. De la iniciación, del entrenamiento del verano, de la misión. Dio nombres, lugares, objetivos. Habló de todo cuanto había visto u oído que, pese a no ser mucho, era todo cuanto tenía que ofrecer.

Dumbledore asentía despacio, sin dejar de mirar a Draco con un brillo de orgullo en sus claros y perspicaces ojos azules.

— No parece sorprendido, profesor.

Hermione se atrevió a hablar cuando Draco terminó tras lo que parecieron horas. El anciano solo sonrió mirando a ambos mientras agarraba un caramelo de limón y les ofrecía el cesto con un las cejas levemente arqueadas. Ambos negaron y él se introdujo el dulce con deleite en la boca.

— Bueno señorita Granger, tal vez sea porque no lo estoy — Dijo levantandose de la silla y paseando hacia la ventana — Si bien he de decir que nada de lo que el joven Malfoy ha dicho me resulta desconocido. Sí me sorprende — Se giró entrecerrando los ojos — muy gratamente por cierto, el que haya venido hasta aquí para contármelo, que haya elegido el camino difícil... Es francamente inesperado, pero tal vez por ello mucho más excepcional — Miró el vacío por un instante — Pudiera ser que esta vez sí pueda tener un final feliz una historia tan conmovedora. Tal vez, amigo mío sea diferente.

La sombra del Severus Snape se dibujaba asomando tras una estantería. Ninguno de los chicos lo había visto antes y Draco, al observarle salir y acercarse al director le señaló tensándose por completo.

— Él es uno de ellos

Y, para asombro de todos, se medio incorporó y se interpuso entre Snape y Granger. Cuando escuchó la exclamación de la castaña y vio la sonrisa del director quiso gruñir, pero contemplar la mirada alucinada de su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, de su padrino, del amigo de su padre, aquel al que creía casi mano derecha del Lord Tenebroso, quiso tenderle su propia varita e implorarle una imperdonable para que le quitara la idiotez de encima, porque ¿Qué mierda hacía defendiendo a Granger? ¿En qué momento los planetas se habían alineado en fila india y le habían cambiado la realidad? Él no había defendido a nadie en su puñetera vida ¿A qué venía esa inesperada y absurda vena de héroe que no le pegaba para nada? Tragó saliva, consciente de que dar marcha atrás sería constatar un hecho que no pensaba ratificar por nada del mundo, así que decidió ignorar la situación, dejando que la indiferencia se hiciera con sus facciones y borrara la incredulidad que amenazaba con asomar. Como si el hacer de escudo de una sangre sucia fuera algo habitual en un Malfoy, se limitó a mirar a Snape sin parpadear, agarrando con fuerza su varita, consciente de que poco o nada tenía que hacer en duelo directo con aquel hombre, pero decidido a no dejarse intimidar, pese a las ganas que le estaban entrando irse a China o a Australia a esconderse en cualquier agujero o mejor aún arrastrar a Granger de aquel despacho y llevársela de allí con él, lejos de toda aquella mierda.

De pronto la sensación de invasión llegó sin avisar, una fuerza considerable empujaba contra sus defensas, como un ariete intentando penetrar en la fortaleza de su cerebro. Una mueca, entre desdén y diversión asomó a su rostro y alzó sus escudos impenetrables. Podría no ser el más valiente o el más diestro con la varita, pero desde luego era un gran Oclumántico y no iba a dejar su mente abierta a nadie fuera quien fuese.

Los labios de Snape se torcieron en lo más cercano a una sonrisa que era capaz de pintar en su avinagrado rostro y asintió mirando a Draco.

— El señor Malfoy — dijo arrastrando las palabras tal y como el rubio hacía habitualmente — domina asombrosamente el arte de la Oclumancia, es algo... Interesante.

— Y muy valioso, sin lugar a dudas

Hermione pasaba la vista del complacido rostro de Dumbledore, al irritado de Snape y negó con la cabeza aferrando la manga de la túnica de Draco en un gesto inconsciente que no pasó desapercibido para los observadores que, sorprendidos, vieron como el chico no solo no la apartaba si no que relajó la tensión de su cuerpo de forma considerable.

— ¿Por qué iba a ser valioso?

Los ojos del director se clavaron en los de la castaña y ella lo supo, supo que el coste para Draco iba a ser demasiado grande, la Orden le iba a ayudar, pero no a esconderse porque todo tenía un precio, uno que, contra todo pronóstico, Hermione esperaba que Draco no quisiera pagar.

— No... — Susurró

— Señorita Granger, todo en esta vida exige sacrificios.

— ¿Por qué? ¿Cuántos más? — Ante la atónita mirada de Malfoy, Granger se levantó y parecía irradiar poder por cada poro de su piel — Sacrificios... ¿Por qué Harry? ¿O Draco? ¿Por qué nos hablan de sacrificio a nosotros que apenas hemos empezado a vivir? ¿Qué hay de los aurores, de los adultos que han elegido servir y proteger a sus semejantes? Nos hablan a nosotros de deberes, de sacrificarnos, de luchar... ¿Qué clase de mundo es ese?

— El mundo que hay que cambiar, señorita Granger.

— Es un mierda de mundo

Draco no pudo evitar sonreír al escuchar a la perfecta prefecta de Gryffindor decir aquello con esa furia implícita en cada letra y se sorprendió al ver que Snape la miraba por primera vez con algo parecido a la admiración, con un ligero matiz de ¿Añoranza? Parecía perdido en sus propios recuerdos, abstraído de aquello.

— ¿Quieres que haga lo mismo que yo?

Snape se giró hacia Dumbledore, no estaba tan distraído al fin y al cabo.

— Severus...

— No, él tiene una oportunidad, lo veo perfectamente claro en ella, yo no tenía nada que perder, pero él puede perderlo todo.

— Me temo que esa decisión, Severus, corresponde únicamente al joven Malfoy.

Y Draco había decidido.

Ahora Hermione caminaba tras él, mordiéndose los labios y retorciéndose los dedos mirándole de vez en cuando, tratando de mantenerse a una distancia prudencial del Slytherin, sin dejarle solo.

— ¿Crees que eres mi sombra? — Espetó el rubio con odio — Lárgate y déjame en paz. Ya he tenido bastante de ti para dos o tres vidas.

Ella se paralizó, como si un hubiese topado con un enorme muro de hormigón, inspiró hondo, algo impresionada por la capacidad que tenían esas palabras de hacerle daño, por el modo en que había conseguido herirla. Intentó decirse a sí misma que él estaba furioso y con razón, que necesitaba algo de tiempo para calmarse pero Draco continuó desahogando su ira contra ella, algo que parecía tan inherente en él que podría ser hasta inconsciente, demasiados años, demasiado tiempo usándola como diana de sus burlas y su furia.

— No quiero saber nada más de ti. Me has jodido la vida ¿Estás contenta ya? Por tu culpa me he convertido en un traidor, espero que puedas estar feliz contigo misma.

— ¿Qué pasa contigo estúpido?

Hermione se acercó a él, demasiado furiosa para medir sus actos. Levantó el brazo dispuesta a asestarle un buen puñetazo.

— Esta vez no, Granger

Draco aferró su muñeca y retorció su brazo hasta inmovilizarlo a su espalda, aunque no contó con que era la zurda de la chica y la diestra la tenía sujetando firmemente su varita, cuya punta se clavaba en su garganta sin delicadeza.

— Eres despreciable

Y, pese al odio con que trató de decir aquello, no pudo evitar el matiz de tristeza que se filtró en su voz, la desilusión que brilló en sus almendrados ojos.

Valiente, osada, orgullosa... Leal.

Ella era todas aquellas cosas que para Draco eran desconocidas y, tal vez fue por ello que no pudo seguir. Tal vez fue porque él no era ningún héroe. Porque una mejor persona hubiera seguido alejándola de sí mismo para protegerla, una persona más valiente y más noble se habría ido sabiendo que, cuanto más le odiara antes le olvidaría y antes podría ser feliz. Pero Draco no era nada de todo eso. No podía simplemente dejar ir a lo único que valía la pena en esos momentos de su miserable existencia, quería hacerlo pero... No podía, aun sabiendo que la vida de ella correría más riesgo de lo que ya lo hacía.

Al verla ahí, con aquella extraña ternura a la ninguno de ellos quería dar nombre, brillando en sus ojos. Al ver todas las emociones que ella trataba de ocultar en su mirada, sin demasiado éxito por cierto, sintió temblar los mismísimos cimientos de su existencia.

En solo unos días, esa bruja impura había cambiado el rumbo de su vida de tal modo que sentía vértigo al pensarlo. Le estremecía en lo más profundo, se abría paso desgarrando y hundiéndose en su despotismo, en su mismo orgullo, despellejando capa tras capa todas las que le cubrían, buscando entre los despojos de su maltrecha alma algo noble en él, dispuesta a redimirle, a ofrecerle su ayuda cuando a nadie más le importó.

Se sentía jodidamente débil ante ella y lo odiaba. Quería gritarle que se largara de una maldita vez, que le dejara solo de nuevo, porque solo no se sentía tan perdido, tan desvalido... Solo únicamente tenía que lidiar con sus propios fantasmas, con sus propios miedos, con sus propias pesadillas.

Respiró su aliento, tan cerca estaban que era su respiración acelerada la que sentía sobre su boca anhelante. Maldita fuera aquella necesidad, aquella desesperación que le hacía codiciarla de forma dolorosa.

— Mierda Granger — Su voz estaba roca, dejando ver su honda necesidad — No puedo ser noble — siseó mordiendo su labio y exhalando ante el gemido de ella que endureció al instante su cuerpo — lo he intentado, maldita sea, pero no puedo.

Sus palabras quedaron perdidas en algún lugar entre los labios de Hermione que, olvidando el lugar en el que se encontraban, suspiró y se dejó caer contra él.

Furia, miedo, ansiedad, pasión, deseo… dejaron que todos los sentimientos que bullían en ellos les inundaran, que todas las emociones que les desbordaban se fundieran en aquel beso lleno de la más absoluta necesidad. Draco soltó su agarre y con una ternura inédita en él, que contradecía la violencia desesperada de su boca, apoyó las palmas en las mejillas de Hermione, acariciando la aterciopelada piel con sus pulgares de forma lenta y calmante. La castaña aferró la túnica de él, arrugando la tela entre sus dedos, buscando aferrarse a algo que la mantuviera cuerda en aquella vorágine de sentimientos que emergían en ella, amenazando con absorberla, con devorarla del mismo modo que Draco lo hacía. Con un suspiro relajó la sujeción y ascendió por su pecho, rodeando su cuello y, Hermione comprendió entonces qué era la fusión, descubrió como era posible que dos sustancias sólidas se convirtieran en líquidas gracias al calor, porque ella se sentía derretida, deshecha sobre los brazos de aquella serpiente que le había robado la cordura por completo.

— Draco

— Sssch — él mordisqueó su labio superior, acariciándolo con la lengua — Ven conmigo — dijo sobre su boca mientras rozaba su cuello con las puntas de los dedos — Aún faltan días hasta que todos regresen — susurró con voz densa — pásalos conmigo, quiero esos recuerdos.

Los necesito.

No lo dijo, pero Hermione lo supo sin necesidad de que lo hiciera, él no le ordenaba aquello, ni siquiera lo pedía, era una súplica.

Draco la miró, expectante. Sabía que la chica quería irse de Hogwarts, sabía que quería pasar la Navidad con su familia y sus amigos, no la culpaba, pero no creía poder soportar lo que estaba por llegar sin los recuerdos de ella, necesitaba algo a lo que volver, engañarse, creer que ella esperaría, necesitaba un áncora que lo mantuviera anclado para no flotar a la deriva porque sabía, con total seguridad, que sin una sujeción, él naufragaría hacia la oscuridad y sería absorbido por Él, como su padre, como tantos otros… engullido por el poder, por la curiosidad, por la atracción que las Artes Oscuras ejercían sobre su persona.

Vio como las pestañas de ella temblaban, sombreando su pómulo cuando bajó la vista, se mordió el labio y el corazón de Draco se saltó un latido y se encogió.

Un segundo, dos

Ella alzó de nuevo la vista y sus ojos del color del whiskey envejecido se clavaron en él, francos, brillantes, tiernos…

— Sí

Su corazón volvió a la vida en una frenética carrera, bombeando contra sus costillas, golpeando una y otra vez. Exhaló de golpe el aire que había estado conteniendo y se sintió pletórico, feliz. Le embargó una sensación parecida a la que sentía cuando jugaba al Quiddich, cuando volaba en pos de la snich, dejando que la adrenalina se hiciera con él, olvidando todo menos la sensación de liberación.
Aferró sus hombros, sin saber si lo hacía para sostenerla a ella y evitar que cambiara de opinión, o sostenerse a sí mismo. Una lenta sonrisa ladeada curvó sus labios y la atrajo aún más hacia su cuerpo con brusquedad.

— Eres mía Granger — siseó contra sus labios entreabiertos de forma fiera y posesiva — Y voy a hacer que no lo olvides nunca.

Ninguno fue consciente de la sombra que proyectaban las antorchas del pasillo donde, medio oculto por una armadura, alguien observaba el encuentro de ambos con rosto impenetrable, alguien que, sin saberlo, sería crucial en el futuro de ambos.

Aplastó su boca contra la de ella, que le esperaba ansiosa, complaciente y, entre caricias prohibidas y besos robados, ocultos en los oscuros corredores, corrieron hacia el séptimo piso, buscando un lugar propio en el que dejar afuera el futuro y disfrutar del presente que era solo suyo.

Draco cargó a Hermione hasta la Sala de los Menesteres, que se abrió ante ellos como una enorme habitación en cuyo centro regía una cama grande y cubierta de doseles negros. La única luz de la estancia eran las llamas encendidas en la grandiosa chimenea de piedra con dos grabados de Quimeras a ambos lados, el olor a incienso de sándalo inundaba sus sentidos y, cuando ambos cayeron sobre el colchón, solo los suspiros se escucharon, junto al crepitar del fuego y los susurros de la seda.

El tiempo dejó de tener sentido y no les importó absolutamente nada mientras sus cuerpos se buscaban una y otra vez en aquel pequeño mundo atemporal que era solo suyo. Bajo las colchas, entre aquellos doseles que les envolvían como un extraño capullo, todo cambio para ambos, entre gemidos, caricias y jadeos contenidos, todos sus principios giraron y cambiaron, dejaron de ser él y ella, siendo simplemente ellos.

Draco olvidó todo, olvidó su apellido, su juramento, el peligro al que había decidido exponerse. Olvidó el miedo y que la muerte pendía sobre su cabeza como un buitre esperando el momento oportuno, dejó de pensar y se dedicó a sentir. Allí, ella era solamente suya, sin rencores, sin temor, sin condena ni castigo, sin incomprensión. En aquel recóndito lugar, protegidos por aquellos muros, eran libres de enredar sus cuerpos, libres de besarse como si el mundo pudiera terminar en el próximo segundo, libres de entregarse en cuerpo y alma a su extraño enemigo. Porque cuando el cuerpo de Hermione se ajustaba al suyo en cálida bienvenida, acogiendo cada envite de él con impaciencia, cuando su espalda se arqueaba reclamando, suplicando por las caricias de sus pálidas y cálidas manos, cuando sus labios devoraban, en una lucha de lenguas y dientes, de orgullos y pasiones desesperadas, cuando sus dedos se entrelazaban y sus pieles, sudorosas y enfebrecidas se frotaban, rogando, exigiendo, buscándose con incansable necesidad, no había otra guerra que la de sus cuerpos enredados, no existía otro mundo, no existía nadie más que ellos y Draco casi era capaz de creer que podría enamorarse, que quizás aquello que sentía era algo más que necesidad, algo más que simple deseo, tal vez, solo tal vez sí podría tener salvación después de todo.

…..

Los días se escurrieron como agua entre sus dedos, el enemigo invencible del tiempo era inexorable, imposible de detener. Dejaron atrás horas de caricias en la Sala de los Menesteres, minutos de miradas robadas en medio del comedor, paseos imprudentes por los alrededores del lago tomados de la mano, momentos inolvidables en la Torre de Astronomía, vuelos nocturnos, insensatos y llenos de risas y caricias robadas. La Navidad pasó para ambos envuelta en sábanas de seda. Nunca había sido tan perfecta.

El mejor regalo que recibió Draco fue un pequeño espejo del tamaño de la palma de su mano, en el que aquella extraordinaria bruja había dejado parte de su magia, hechizándolo del modo más hermoso posible. Solo mediante el tacto de Draco sobre el cristal, la superficie se opacaba y una foto de ambos se reflejaba en ella, en la que sonreían y se besaban. Nada podría ser mejor que aquella imagen escondida en la que había parte de su corazón.

No había habido palabras de amor, ni de esperanza… Ninguno de ellos se atrevía a poner nombre a su extraña relación, pues era aún débil e inestable, pero aún así, tras guardar el pequeño espejo, Draco se quitó el anillo de serpiente que siempre había llevado y se lo puso a ella. La plata se movió ante el asombro de la castaña, la pequeña serpiente se encogió hasta adaptarse a ella y de nuevo quedó quieta, adornando su dedo corazón con el brillo esmeralda de la piedra que refulgía bajo la luz de las velas.

— Es una joya familiar — murmuró la chica mirándola casi sin parpadear, sintiendo un extraño nudo en la boca del estómago — No puedo…

— Puedes — Su voz era autoritaria y fría, todo un Malfoy

— Te lo guardaré — dijo ella repentinamente — Tendrás que volver a buscarlo, Draco.

— Es tuyo ahora

— No…

Él no la dejó quejarse y la besó, sabían que no podría llevarlo a la vista de los demás, pero esa misma noche, Hermione deslizó la alianza en una cadena y la colgó a su cuello. Dijera Draco lo que dijera para ella era una prenda, una que guardaría, como parte de su esperanza.

Demasiado pronto llegó el día en que las vacaciones terminaron y, pese a que no acabaron sus encuentros sí se hicieron más espaciados, más difíciles… hasta que terminaron. Los acontecimientos se precipitaron como en un efecto dominó, tal y como Dumbledore los había anticipado. Hermione lloró la noche en que el viejo director murió bajo la mano de Severus Snape y calló todo cuanto sabía, manteniendo el juramento que había hecho junto a Draco aquella noche. Lloró cuando vio a su antiguo profesor arrastrar a Malfoy lejos de los muros del colegio, cuando le vio marchar, sin más despedida que una mirada furtiva.

El tiempo pasó, día tras día, semana tras semana y mes tras mes. Para Draco siempre era lo mismo, terror, miedo, irrealidad… muerte.

El Lord daba órdenes desde Malfoy Manor, como un rey a sus vasallos y su tía Bellatrix llenaba el lugar con sus risas enloquecidas y sus gritos. No había una sola habitación que no estuviera ocupada por aquellos mortífagos que se autoproclamaban sus compañeros de armas. Si ellos supieran… Solo las noches en las que le permitían dormir le daban algo de paz, cuando podía abrir el pequeño espejo y contemplar aquella foto que le hacía recordar que en algún lugar estaba ella… la buscaban, era una de las principales presas de caza de aquellos cabrones y cada día que alguien aparecía por sorpresa en la Mansión, se encontraba aterrado por que pudieran haberla atrapado… Hasta que un día sus peores temores se hicieron realidad. Solo las palabras que Snape le había dicho días antes en Hogwarts, avisándole de que un paso en falso significaría la muerte de la joven y de ellos mismos, lograron que no cometiera ninguna estupidez. Temblaba mientras veía el modo en que su padre tomó por el pelo a Hermione acercándola a él.

— ¿Es ella? ¿Es la sangre sucia amiga de Potter?

Su sangre se heló, jamás en toda su maldita existencia había tenido tanto miedo como en aquel momento. Estaba cubriendo su mente porque había sentido el intento de intrusión de su tía en él y luchaba contra ella mientras batallaba también con sus instintos más primitivos, que le empujaban a tomar a Granger de la mano y aparecerse con ella al otro lado del mundo donde pudiera ponerla a salvo. Pero entonces ella nunca le perdonaría, porque la conocía lo bastante como para saber que prefería morir a abandonar a sus amigos, a abandonar aquella estúpida guerra.

— Puede ser… — Se obligó a decir con voz rota, sin apartar la vista de la cadena que veía en su cuello — No lo sé … — Ella aún estaba con él, pensó al ver el brillo de sus ojos en el que el miedo se mezclaba con algo más que no podía reconocer.

Jamás olvidaría aquellos gritos, la tortura, el dolor… Se mordió hasta hacerse sangre, impotente, maldito. Jamás se perdonaría por permitir que la desequilibrada de su tía la hiciera daño, nunca encontraría paz, estaba seguro de ello. Podía ver su sangre manchando aquella carísima alfombra persa, sus rostro deformado en una mueca de dolor mientras sus lágrimas empapaban sus enrojecidas mejillas.

Por eso, cuando lograron escapar, Draco casi cae de rodillas dando gracias a aquel pequeño elfo al que tantas veces había incordiado de niño, por eso recibió como justicia divina el castigo del Señor Tenebroso, que les quiso hacer pagar por perder a Potter. Un precio que sufragó con una sonrisa, estaba dispuesto a pagarlo tantas veces como fuera necesario.

Regresó a Hogwarts días después en cuanto se recuperó y pasó el resto de los días esperando, buscando cualquier noticia que conseguía sonsacar a los estúpidos Gryffindors. No se enorgullecía de haber usado el Imperius con más de uno de ellos, esperando que supieran algo, cualquier cosa de Potter que pudiera darle esperanza, pero lo hubiera vuelto a hacer cuantas veces fueran precisas si tan solo hubiese servido para calmar su desesperación.

Jamás había sentido algo así antes, había necesitado un par de meses para reconocerse a sí mismo que la quería. Había descubierto de la peor forma posible que un Malfoy era capaz de amar y de una forma tal que le aterraba casi más que el Lord Oscuro. Según pasaban las semanas y los meses, había ido dándose cuenta de que tan enfermizo podía ser aquel sentimiento y, el día de la batalla, cuando Crabbe estuvo a punto de matarla, entendió que él la amaba de verdad, profundamente, de la única forma en que una serpiente podía amar, sin principios ni reglas, sin moralidad ninguna. Daría la vida por Granger sin dudarlo, pero preferiría matar por ella, porque ante todo era un superviviente nato, no era ningún héroe. Por eso, en el momento en que Vicent incendió la Sala de los Menesteres supo que sería su tumba. No permitiría que nadie que hubiera tratado de extinguir la luz de Hermione siguiera con vida. Esa fue la razón, por la que cuando Crabbe le pidió ayuda, no le ayudó, sujetó a Goyle y dejó que las llamas devoraran a su antiguo compañero. El perdón se lo dejaba a los buenos, a los nobles como todos aquellos Gryffindors que luchaban por el bien común. A Draco le importaba una mierda aquello, solo tenía una única cosa por la que pelear y tenía nombre y apellido. Para él nada más era importante.

Y luchó. Se quedó en aquella batalla campal, viendo caer a compañeros, atacando a mortífagos, traicionando a Voldemort sin un ápice de arrepentimiento, peleó con rabia, empapando a cada hechizo con su furia, haciéndoles pagar por todo lo que había pasado. Lloró de impotencia mientras se dejaba el alma en aquel lugar, buscándola ciegamente. Esquivó maldiciones mientras corría entre los escombros, esperando encontrar una enmarañada cabellera castaña por algún lugar y, cuando finalmente lo hizo gritó su nombre. Y le dio igual que estuvieran en el Gran Comedor, en un pequeño receso en la lucha, le dio igual que todo el jodido colegio estuviera allí, junto a la de la Orden del Fénix y el cuerpo de aurores del Ministerio, que los heridos e incluso los muertos llenaran las mesas. No le importó nada ni nadie, solo ella. Ella que le miraba con los ojos turbios y preocupados, señales más que evidentes del infierno que había pasado, ella que, ante la atónita mirada de todos se lanzó a sus brazos sollozando mientras tocaba su rostro y su cuerpo en busca de heridas, temblando, tratando de tranquilizarse viendo que él estaba bien. Porque había vivido en un completo estado de angustia desde que pudo tocarlo por última vez.

Draco tragó saliva, inhalando aquel aroma a cerezas que se apreciaba bajo el olor del humo y el polvo que la cubrían y abrazó su cintura con tanta fuerza que ella se quejó. A ninguno parecía importarle haberse convertido en el centro de atención de aquel improvisado velatorio, no podían hablar, ni siquiera se miraban, solo se abrazaban como si encontraran en el otro el pilar que les hacía falta para no caer. Y, finalmente todos dejaron de mirar, porque cada uno tenía cosas más importantes que hacer, muertos a los que llorar, heridos a los que atender, porque, pese a que aquellos que les conocían no eran capaces de encajar la situación, aquel no era el momento de ser jueces o verdugos de ambos. Y así, junto a ella, tomándola de la mano, Draco Malfoy enfrentó con miedo, pero sobre todo con una buena dosis de valor, la última batalla, cuando el ejército de Voldemort traspasó las defensas de Hogwarts.

Con la misma valentía, más propia de ella que de él y una buena parte de Que se vayan todos al infierno, enfrentó un mes después a toda la sociedad mágica cuando, gracias al testimonio inesperado de Theodore Nott, pudo comprobarse que había sido espía de la Orden por mandato del mismísimo Albus Dumbledore, de igual modo que lo había sido Severus Snape durante años.

Y Hermione, con aquel anillo que él le había regalado, colocado de nuevo en su dedo corazón, le esperó en el Atrio del Ministerio al terminar el juicio, orgullosa y nerviosa. Estaba sola, pero no podía pedir más a sus amigos que, finalmente, habían aceptado aquella aberrante relación, no en vano la querían y por encima de todo, estaba su felicidad. Como decía Harry; no podemos dejar que el rencor y los prejuicios sigan rigiendo nuestra vida, no después del precio que hemos tenido que pagar para obtener esa libertad.

— Granger

Su voz era la de siempre, altiva y orgullosa, pero sus ojos la miraban ardientes, como si bebiera de su imagen y, en aquella ocasión, fue ella quien mandó al infierno a todos los que pasaban por allí, corresponsales del Profeta y Corazón de Bruja incluidos, y se lanzó a sus brazos buscando sus labios en un beso diferente a todos los que se habían dado antes. Un beso que hablaba de amor, sentimiento y ternura. Porque aún no había palabras, pero ambos lo sabían y solo aquello era importante. Tenían toda una vida por delante y, esta vez, no iban a esconderse.

Al día siguiente, mientras compraban en el Callejón Diagon todo lo necesario para el último curso, al que asistirían juntos, Hermione cogió una copia del Profeta y se lo mostró con una mueca de disgusto. En la portada, ocupando casi toda la plana, estaban ellos dos, besándose y mirándose a los ojos bajo un titular que rezaba: ¿Amor o estrategia? El más joven de los Malfoy se libra de la pena de Azkaban.

— Condenada Skeeter — gruñó.

Draco solo le quitó el diario de la mano y la beso haciéndole olvidar todo. Porque ellos lo sabían y los demás podían irse al infierno. Porque gracias a aquella suicida misión que le había sido impuesta, había cambiado su destino y algo le decía que este que había conseguido, era infinitamente mejor.


FIN


Bueno, aquí la despedida de Armonia Nectere Pasus, espero que os haya gustado y lo hayáis disfrutado, sin duda yo lo he hecho.

Hubiera adorado la idea de explayarme con este fic, podría haber ahondado en todos aquellos días, en aquel tiempo de separación… pero no es necesario porque ya lo sabemos y, al fin y al cabo solo era una pequeña historia.

Gracias a todas por haberla leído,por haberla seguido, por vuestros reviews y por agregarme a favoritos ^^

Besos

AJ

Nagini27: Mujer! Que te has saltado algo xD ahmmm a mi me da que no solo durmieron ;)

Pamela Vega: Espero que te haya gustado también el final :)

Manu Rocha: Mil gracias! Me alegra que me digas eso ^^ (Qué pregunta? O_O me he perdido! No sé qué pregunta, me la repites pleaseee?)

Escarlata Ravenclaw: Muchas gracias ^^ Aquí está pues la continuación.

Gardeniel: Noo, este sí es el fin. Me alegra que te gustara!

Mariapotter2002: Gracias guapa! Besos

Tormenta oscura: Muchas gracias ^^ me alegra que te enganchara y te gustara la historia!

Nurf: Ahhh no, ya veo que no lo pasaste por alto! Jajaja una historia corta… pues algo tenía que hacer ¿no? Al menos que se imagine uno el futuro ;)

Yuuki Kuchiki: Gracias! ^^

Cleoru Misumi: Muchas gracias! Por tus palabras y por agregarme a favoritos ^^

Crazzy76: Espero que te gustara la lectura ;)