Nota: He corregido algo en los anteriores capítulos que se me había pasado, y es el uso del triple asterisco (***) para separar una escena de otra. Me di cuenta cuando en la misma escena intenté cambiar de punto de vista, pequeño lapsus xD Ahora ya está la fina linea por fin xD

Ah, ah, y por si te encasquillas con cierta palabra del texto:

Termostato: (según el D.R.A.E) Aparato que sirve para mantener automáticamente una determinada temperatura.


CAPÍTULO 4

(Sakura)

— ¿Qué tal el día? —Murmuró, con un lápiz entre los dientes, apuntando algo en el margen de sus apuntes con un bolígrafo azul— ¿Algo interesante que contar?

Estaba algo frío. Quizás se había enfadado por faltar al desayuno de todos los días, o por no devolver las diez llamadas que se habían perdido en mi móvil la noche anterior. Pero si hubiese sido alguna de esas cosas, posiblemente me hubiese preguntado directamente y se hubiese asegurarse de hacerme ver cuánto le había molestado. Y sin embargo actuaba como si todo le diese igual, como si hubiese tenido un día de mierda.

Y eso era difícil para él, dado que AMABA la Arqueología.

— Bien, supongo. Normal. Quitando el pequeño detalle de que estés enfadado conmigo.

Syaoran alzó la mirada por encima de los folios.

— Yo no estoy enfadado con nadie.

— ¿Y entonces?

— Tengo un examen mañana con tu padre —se limitó a responder. Esa era toda la explicación que pensaba darme—, y no tenía pensado quedarme a comer con nadie. Al parecer tú decides cuando se puede o no contar contigo.

— ¿Ves como sí estás enfadado?

— ¿Y qué si lo estuviese? —Recogió su lápiz de la boca, serio, y me miró directamente a los ojos— ¿Te importa acaso que lo esté? Porque no veo que eso te quite el sueño ni nada.

— Estás siendo muy injusto conmigo, ¿no te parece?

— No, estás siendo muy injusta conmigo —me señaló con el lápiz, escupiendo el "tú" como si le amargara en la boca—. Tú desapareciste ayer sin decir nada, sin contestar a ninguna de mis llamadas, sin presentarte hoy para desayunar con nosotros, y dejaste que me pasase toda la noche dando vueltas en la cama rezando porque no te hubiesen pegado un tiro en un callejón o algo así, aunque sabias que no soporto no saber nada de ti mucho tiempo. A Eriol le vino de perlas que no pasases por el piso anoche, pero a mí me dio un micro infarto.

— Pero…

— Y no pienso sacar más el tema, tampoco es tan importante. — continuó, hablando por encima de mí. Su tono de voz era más parecido ahora al de un hermano mayor que al de mi amigo—. Pero intenta al menos llamar para decir que estás bien, ¿Quieres?

—Está bien —Sonreí.

Y él lo notó, pero fingió que le daba igual y volvió a concentrarse en su temario. Era imposible para Syaoran estar enfadado conmigo mucho tiempo. Siempre acababa ganándole, por hache o por be, haciendo que cediera primero. Según él, no era raro en mí, porque podría hacer sonreír hasta a un muerto, pero yo sabía que exageraba demasiado porque era mi amigo. Pero esta vez era diferente. Aunque él se había relajado un poco, sabía que había algo que le preocupaba, y que no quería contarme. Lo notaba en la forma en que fruncía el ceño y me miraba de soslayo de vez en cuando. En ningún momento había estado mirando realmente sus apuntes.

— Me lo contarías, ¿no? —Dijo de repente, sin mirarme; subrayó una de las frases del tema, y dibujó un asterisco al final de ella—. Si algo fuese mal, quiero decir. Somos amigos, ¿Verdad?

— Claro…. Desde hace mucho tiempo.

— Eso estaba pensando, sí. Yo confío mucho en ti. ¿No te pasa lo mismo conmigo?

Yo solo me encogí de hombros. Si quería sacarme algún tipo de información, tenía una forma muy rara de intentarlo. No era bueno fingiendo naturalidad.

Sobre todo porque su forma de ser natural era no parecerlo.

— ¿A qué viene todo esto?

— ¿A qué viene el qué?

— ¡Oh, venga ya, Syaoran! — Tiré de sus apuntes, cerrándolos al vuelo, y consiguiendo que él me prestase toda su atención—. Fuiste tú el que quiso comer conmigo hoy, no entiendo por qué has hablado como si te hubiese obligado o algo así. Y para colmo me hablas de la confianza y de si somos amigos o no… ¿por qué no me preguntas directamente lo que sea y dejas de dar rodeos? Mientes fatal.

Sus ojos brillaron. Los noté vidriosos, a punto de dejar escapar alguna lágrima quizás, pero yo nunca iba a saberlo porque él era demasiado fuerte para contener esa clase de emociones. Realmente lo había preocupado demasiado anoche, y no llamé por que no quisiera, no dejé de pensar en él mientras me vencía o no el sueño. En qué sería de mí si se enteraba de lo sucedido y saliera corriendo, o peor aún.

Si me viese como a una fulana.

Alargó sus finos dedos, pero se quedaron a la mitad cuando le pedí con la mirada que no lo hiciera. Aquello terminó de destrozarle, en apariencia, aunque no hizo ningún comentario al respecto. Recogió con cuidado sus apuntes y los guardó en su mochila, dándome la espalda. El silencio era, más que incómodo, violento. Seguramente mi profesor hablaría de esta sensación como "falta de confianza en uno mismo". Era duro no poder aplicarte lo que tú misma aprendías en tus clases para ayudar a otros.

— Tengo la vaga sensación de que todos me están mintiendo —dijo, apenas audible, mirando el suelo—. De que realmente anoche pasó algo de importancia y nadie confía lo suficientemente en mí como para contármelo. Y no te haces una idea de lo horrible que es el nudo que tengo ahora en la garganta.

— Syaoran…

— ¿Si?

No supe qué decir. Supuse que me interrumpiría, como en las películas dramáticas, y seguiría hablando. No quería tener que hablarle de todo. No ahora, al menos.

No sabría por dónde empezar…

— Claro que… confío en ti —si su nudo en la garganta era grande, ya no hablemos del mío. Ya no sabía si dolía más lo sucedido o el hecho de que él estuviese a punto de llorar por mi culpa. De lo que sí podía estar segura era de lo difícil que era soltar unas simples palabras como aquellas—. Puedes estar seguro de que te contaré todo lo que necesites saber.

— ¿Y no necesito saber esto?

— No —fue rotundo, aunque por dentro dudase—. Al menos… no por ahora.

Él había empezado a quedar con Akame apenas la noche anterior, y yo no quería arruinarle el momento. Seguramente por mi culpa también (qué curioso, la cantidad de cosas que son mi culpa) él había estado pensando más tiempo en mí que en ella, como si acaso lo mereciese. Aunque estuviese loca, esa chica no era mala del todo. Le gustaban las antigüedades (como a Syaoran) y adoraba visitar ruinas y escuchar anécdotas sobre pirámides y maldiciones (como a Syaoran).

Por no hablar del sexo propuesto en sobrecitos color Salmón. Y no es como si pensase que Syaoran solo buscaba esa clase de relaciones, pero estaba claro (si es que no eras completamente ciego) que él sí tenía derecho a disfrutar de ellas. Era demasiado… ¿Cómo decirlo?

Perfecto.

— Está bien —lo escuché susurrar, abatido—. Tienes mi número, así que no tienes excusa para no llamarme a cualquier hora del día.

— Lo haré —oh, claro que no. Nunca. No para eso, al menos—. ¿Qué tal te fue con Akame anoche?

— Ni siquiera llegué a verla, la policía empezó a desalojar el bar y tuve que irme a casa —se encogió de hombros—. Podría haberla llamado, Eriol se despidió de mí antes de que subiese, pero no tenía demasiado ánimo para ver a nadie.

— Es significativo entonces que quisieras saber algo de mí.

— Nadie que no fueses —matizó, y mi corazón dio un vuelco—. Eriol aceptó por mí esa invitación. Según él, debo suplir la carencia de alcohol con otra clase de… entretenimientos.

— Y tú le hiciste caso, supongo.

— ¿Es que con Eriol tienes otra opción?

— Eso es cierto —reflexioné, y la imagen de Eriol arrastrándonos a hacer cosas que nos parecían estúpidas (y/o ridículas) se pasó por mi mente. Ciertamente no conocía la palabra "miedo"—. Aunque no puedes negar que sea divertido ser amigo suyo.

— Solo cuando no mete las narices demasiado en tu vida. Ahí se vuelve insoportable.

— Supongo…

— Aunque me sorprende que de verdad puedas pensar que sea de esa clase de hombres — ¿Hombres? ¿Cuántos tenía? ¿22? ¿Cuándo había dejado de ser un chico, para ser un hombre? Esa palabra tenía cierto efecto negativo en mí. Como si arrancaran mi corazón de cuajo y me lo devolvieran de mala manera. Aún trataba de averiguar por qué—. No sería capaz de separar sexo y amor, me parece totalmente absurdo.

—Bueno… no tanto, ¿no?

— ¿A qué te refieres? —se acercó, peligrosamente, escrutando mis ojos en el proceso. Su expresión era una mezcla entre la curiosidad y el miedo. Algo lo había puesto en alerta por alguna razón—. ¿Tú serías capaz de separarlos con tanta facilidad?

— No, pero…

— ¿Pero?

— Hay quien sí es capaz de hacerlo —Me encogí de hombros.

—Ya. Como Tsukishiro.

Sí. Como Tsukishiro.

— Por ejemplo.

— Y tú seguirías sus… pasos, de alguna forma, ¿me equivoco?

(Syaoran)

Sí. Como seguramente estaba pensando ella, estaba celoso. Celoso, nervioso, y un poco inquieto, tengo que admitir. ¿Qué podía ser tan grave como para no poder contárselo a tu mejor amigo?

O bueno. Lo que quiera que yo fuese para ella.

Últimamente nada estaba claro. Juraría que sus ojos eran tan transparentes que podía ver el fondo de ellos, pero ahora estaban turbios, miedosos, con un toque de tristeza. Como si pidiese ayuda desde dentro. Como si quisiera que la abrazase.

Que esa es otra... no había dejado que la tocase.

Tal vez la pelea la atrapó de lleno y ella también se llevó su parte, y sus mejillas rojas eran solo maquillaje. Sinceramente, nunca sabría si iba maquillada o no, era muy malo para esa clase de cosas. Solo podía estar seguro de algo en aquel momento.

Ella necesitaba más que solo tiempo.

— ¿Qué estás insinuando, Li Syaoran? —preguntó, con las orejas rojas. Estaba realmente enfadada.

Parpadeé un par de veces.

Tierra. Trágame.

En serio.

— No... Nada.

Me arrepentí, ¿Cuán es el problema? Los hombres también se arrepienten. Y se equivocan, y vuelven, y lo intentan, y puede que se equivoquen o no, pero saben ser fuertes por ellos mismos.

Hasta que llega alguien y se convierte en su termostato personal, claro. Este era uno de esos puntos en la vida de un ser humano en que sabe que está enterrado hasta las rodillas: cuando te enamoras tanto que solo la miras a ella.

Yo nunca había sido alguien excesivamente celoso. De hecho, podría decirse que nada celoso. Vivir en una casa con seis hermanas mayores te enseña a valorar lo que puedes tener y dejar pasar lo que no tiene remedio. Pero ahora era distinto. Ella me había robado el corazón sin preguntar, era justo que sin preguntar también quisiera entregárselo solo a ella. Y saber que alguien se estaba poniendo por medio (alguien que era, digamos, incapaz de querer a alguien que no fuese sí mismo) era… frustrante. Si Touya estuviese aquí, quizás diría algo como: "¿Ves como es imposible confiar en ti? Ni siquiera cumpliste la promesa de no sacar el tema" y pondría los ojos en blanco. A diferencia de los de ella, que estaban clavados en los míos.

— Si te lo estabas preguntando… no. No seguiría sus pasos de ninguna forma —Explicó, completamente seria—. No sé qué te has pensado que soy, pero no voy por ahí haciendo ese tipo de cosas.

— ¿ese tipo de… cosas?

Se estaba poniendo roja. Seguramente se refiriese al sexo en sí. A veces parecía idiota.

¿Quién en su sano juicio le habla de algo así a la chica más vergonzosa sobre la faz de la tierra?

—Sí, bueno… eso —ya sabes, eso de lo que hablas sin tener ni idea del tema. Del sexo y sus alrededores— Ya sabes…

— ¿El sexo?

— …

— ¿Qué tiene de malo el sexo?

Además de subirte los colores a las mejillas, claro. Aunque no sé si eso es malo del todo, la verdad…

— Ya son las cinco y media. Debería ir a casa —se levantó, recogió todos sus lápices de colores en su estuche y cerró su mochila de un golpe. Ni siquiera estaba anocheciendo—. Touya se enfadará demasiado si no llego para preparar la cena.

— Pero si tú ya no…

— ¡Adios, Syaoran! — sonrió, agitando la mano mientras corría lejos de mí. Su sombra se perdió al fondo de la calle — ¡Prometo ir mañana a desayunar!

— … vives con ellos.


(Touya)

— ¡Ya estoy en casa! —Se escuchó la voz de mi hermana, desde el fondo del pasillo— ¿Touya?

Mi padre alzó las cejas en mi dirección. Había dejado un mensaje en su bandeja de entrada con un escueto "tenemos que hablar, no tardes", que al parecer ella había leído hacía poco tiempo. Incluso mi padre salió antes de la universidad alegando problemas familiares urgentes. Aquello se nos estaba yendo de las manos, siendo que nosotros éramos allí los adultos. Ella no tardó en aparecer. Con el rostro ensombrecido. Si no la conociera demasiado, hubiese pensado que era simplemente cansancio. Pero llevaba "Syaoran" escrito en la frente.

— Recibí tu mensaje… ¿Algún problema?

La cocina estaba casi a oscuras. Mi padre sugirió crear el ambiente más cómodo posible, y desde luego, uno lleno de luz amarillenta justo encima de la cabeza no sería muy reservado. Tiré de la silla a mi lado y la invité a sentarse; dudó.

— Sé que es difícil pero… sabes que no puedes esquivar el tema eternamente.

— Claro que puedo.

— Pero no vas a hacerlo — gruñí—. Siéntate.

— Touya… ¿Qué dijimos de perder los nervios?

Le miré. Sus ojos eran más oscuros ahora, y algo más pequeños que de costumbre. Al parecer de camino a casa él mismo había roto la promesa que le hizo a mi madre de no llorar. Como si de alguna forma lo necesitara. Tal vez la poca luz era para que eso no se notase.

— Perdón — murmuré—. Tampoco es fácil para mí.

— Estamos de acuerdo en que no es fácil para nadie, ¿verdad? — preguntó, pero ninguno de los dos abrió la boca, mirándonos fijamente. Él volvió a llenar de aire sus pulmones, y a soltarlo con cuidado— ¿Verdad?

— Sí — dijo ahora ella.

— Y en que es algo que debemos tratar en familia, ¿Verdad?

(Sakura)

Si me preguntaban a mí, hubiese estado mejor bajo mis mantas sin tener que dar explicaciones a nadie sobre si seguía o no sintiéndome muerta. Y no es que no agradeciera enormemente el gesto que estaban teniendo ambos hacia mi persona, pero tampoco era agradable sentarme frente a ellos y contar cosas que ni yo misma era capaz de recordar con facilidad. ¿Y si su preocupación se transformaba en asco de repente?

Eso era algo que, sin duda, no soportaría.

— No es algo que deberíamos tratar en familia—Me quejé—.No es justo meter siempre a la familia en los problemas que solo yo he causado y que se han vuelto un poquito grandes.

Aquello indignó a mi hermano, que se olvidó de repente de todo ese cuento de mantener la calma para tratar un tema serio y agarró mis hombros con fuerza. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, mareándome. De nuevo esa sensación tan rara, como si el solo roce me hiciera daño. Las lágrimas se me saltaron sin saber por qué.

O bueno, sí. Dolía.

— No fue tu culpa estar trabajando en un bar de copas, Sakura. Ni siquiera por llevar ese uniforme —Sus ojos se posaron un segundo en mis labios temblorosos, y luego regresaron a mis pupilas—. Eso no le daba derecho a actuar como si tú fueses suya.

— Pero…

— Escúchame. Seiya había empezado a trabajar allí porque quería vigilarme, siempre me ha odiado. Es un sicótico— sus dedos se pasearon por mis brazos ahora desnudos por mi uniforme, con cariño. Su voz había empezado a romperse—. Él quería… hacerme daño a mí, ¿entiendes?

»Si alguien tiene aquí la culpa de algo, ese soy yo.

— La culpa es de ese hombre, y no hay discusión al respecto —intervino papá, como una sombra que solo hacía de espectador—. Es normal que algo tan fuerte bloquee tu mente y no quieras hablar del tema, no quiero saber detalles si no estás lista, hija, pero… creo que deberías decidirte.

— ¿De…decidirme?

— Tu hermano llevó a ese chico al hospital toda la noche — explicó, con calma, pero no sirvió de mucho. El peso de toda mi culpa cayó sobre mí como un jarro de agua fría—. Y si tiene la oportunidad de meterle en problemas lo va a conseguir con mucha facilidad.

— A no ser que...

— Que lo cuente, ¿es eso? —por fin pude deshacerme de sus brazos, pero la sensación permaneció en mi estómago por un buen rato. Aún estaba cerca de él—. Queréis que confiese que esa paliza fue en defensa propia y que él me… me…

No. Yo no era de esa clase de chicas. No era de las que necesitaban estar protegida veinticuatro horas al día y tomaban terapias por años. Yo era normal. Todo estaba bien.

No era yo. Esa que se había tirado al suelo de la cocina y se había agarrado las costillas porque le dolían no era yo. Solo era un pequeño momento de debilidad. Yo era fuerte. Yo podía con todo eso. A mí no estaba pasándome esto, ¿Verdad? La que no se dejaba tocar por nadie, incapaz de sentir algo más que no fuese asco. Esto solo era temporal. Se pasaría. Y Syaoran dejaría de quedarse sin dormir por mí. O mi hermano y mi padre preocupados. Solo me hacía falta dormir. Por días. Semanas. Tal vez años.

O para siempre.

¿Por qué alguien a quien nunca había tratado mal me obligaba a aceptar tantas cosas juntas? ¿Por qué ahora iba a necesitar terapias? Yo no quería ser una nueva yo. Dolida, rota. Me gustaba quien era hasta ahora. Me gustaba apreciar a quien me abrazaba o me miraba a los ojos. La mente humana era realmente odiosa cuando se lo proponía.

¿Por qué no podía curarse simplemente con un beso de buenas noches y unas horas de dormir a pierna suelta?

Lo único que quería ahora era tenerle delante. Preguntarle por qué. Y que respondiera algo que consiguiera aliviarme del todo. Ni siquiera me había pedido permiso. Ni siquiera dijo por favor.

Aunque debía ser realista. Él era demasiado egoísta como para eso. Él jamás diría nada.

Él haría que todas esas fuesen preguntas sin respuestas en mi cabeza. Revoloteando, atormentándome. Para siempre.