¡Hola de nuevo! Con este capítulo, estrenamos nueva portada. Espero que pueda ayudaros con respecto a la apariencia de Blaire Emilsdóttir.

Como de costumbre, perdón por la tardanza. Pronto empezaré la Universidad y estoy haciendo los amaños de última hora. Espero que esto os guste.

Nota: esto se supone que pasa unos días después de la cita.

Axis Powers Hetalia no es mío, es exclusiva propiedad de Hidekaz Himaruya-san.

¡Dentro fic!


—¡AAAAAAAAAAAAAAAAH!

Si alguien me miró al oír ese grito, ni me di cuenta ni me importó; mi atención en aquel momento estaba centrada en el terrible error que había frente a mi edificio. La mochila que segundos antes pendía de mi mano había caído de manera poco ceremoniosa al suelo, mis piernas estaban pesadas y rígidas y mi expresión mientras miraba aquello era digna de una inocente víctima de cine de terror: ojos desorbitados, piel pálida y la boca en forma de una perfecta O.

"El terrible error", por supuesto, era una enorme pancarta con un número de teléfono y una inscripción en mayúsculas que decía: "Blaire, ¡por favor, sal conmigo!". Al ser tan grande, era prácticamente imposible que nadie en el vecindario pudiese no verla; y así me encontré, como invitadas a aquel espectáculo, a cientos de mujeres de todas las edades que reían con alborozo o fotografiaban aquella monstruosidad y a otros tantos hombres que asentían y sonreían con indulgencia. En resumen, que el único horrorizado era yo, el protagonista desconocido.

Oí detrás de mí apresurados pasos, y la puerta del portal se abrió ruidosamente; en menos que canta un gallo, Lukas ya se había reunido conmigo.

—Te oí gritar, ¿se ha atrevido a hacerte algo ese idiota de Mathias?

Al ver que no respondía, siguió mi mirada y se fijó él también en la odiosa pancarta.

—Oh, así que era eso…

La naturalidad con la que lo dijo hizo que girase la cabeza y clavase en él la mirada asesina que solía reservar para el danés.

—¿"Eso", qué? —gruñí, sin molestarme en disimular mi ira. Lukas enarcó una ceja, pero, si estaba sorprendido, no dejó traslucir más.

—Es curioso —comentó, en cambio, mesándose la barbilla—. Pensé que ya lo sabías, como no fueron muy silenciosos…

—¿Saber el qué?

La noche anterior había estado chateando tranquilamente con Jialong hasta que me entró el sueño, y en ningún momento había visto u oído nada fuera que se pudiera considerar extraño. O yo tengo el sueño muy pesado o Lukas tiene cierto tipo de paranoia crónica, porque nada de esto rozaba en lo más mínimo la normalidad.

—Que alguien vino aquí con una escalera y colgó eso —la señaló, mirándome al mismo tiempo como si lo que estaba diciendo fuese obvio—. Como era bastante alto, al principio creí que era Mathias, pero luego le oí hablar en un idioma muy raro… y, por supuesto, nadie en este edificio se llama Blaire.

Me quedé paralizado, apenas sin prestar atención a la última apuntación de Lukas. Alguien. Sabe Dios quién. Había hecho eso. Sabía dónde vivía. ¡Y conocía mi secreto! Sólo tenía que seducir a un solo hombre, ¿por qué de repente me venían todos en manada? ¿Y quién más aparte de Jialong y del estúpido podía saber dónde vivía? Deseé morirme.

—Deja de mirar la pancarta y muévete, vas a llegar tarde —dijo mientras ponía la mochila en mis manos y me daba un empujoncito. Tardé un poco en reaccionar, pero, cuando por fin pude moverme, salí de allí a todo correr y sin mirar atrás.

Alguien más me conocía. Alguien más sabía de la existencia de Blaire Emilsdóttir y estaba interesado románticamente en ella. Y ese alguien no había entrado en mis planes desde el principio.

.

El primer mensaje lo recibí en clase de Geografía, justo cuando nuestro profesor se daba la vuelta para apuntar en la pizarra no-sé-qué cosa sobre los bosques de Noruega. Saqué con disimulo el móvil del bolsillo y lo dejé sobre mi regazo, empezando a leer una vez me aseguré de que nadie me vería.

"Qué, guapetona, ¿poniendo en práctica mis consejos de seducción? 8D".

Mathias.

"Sabes, aunque aprecio mucho tu compañía…". En realidad no, pero eso nunca lo sabrá. "… no entiendo por qué me tienes que estar molestando con esas cosas en medio de clase".

Solté el teléfono a tiempo de hacer como que copiaba cuando el profesor se dio la vuelta y me miró, para luego volver a concentrarse en la pizarra. Por los pelos. Mientras con una mano seguía copiando (o fingiendo hacerlo), con la otra continuaba una conversación que muy probablemente acabaría siendo larga.

"Ya, que no lo sabes. A otro perro con ese hueso, 'Blaire'. Luke ya nos lo ha contado todo, todo, todo~".

Bufé. Casi me había olvidado de la insana manía de Lukas de marujear acerca de mí en cuanto le era posible, y la verdad es que daría lo que fuese por olvidarlo. Un momento, marujearcotillear

PORRAS. Iba a tener que acabar poniendo un candado en mi habitación. ¿Y si descubría lo del trato y lo de Blaire y lo de su "dulce y adorable" hermano pequeño seduciendo a un hombre que, definitivamente, no era de su misma edad? Suprimí los escalofríos que me vinieron al pensarlo, consciente de que estaba en clase y con gente tal vez más cotilla que Lukas. Conociéndolo, estaba seguro de que armaría un buen espectáculo acerca de ello –y no me apetecía más tortura gratuita, gracias–.

"Lo raro sería que no lo hubiera hecho", respondí, fingiendo no concederle importancia; aunque la tenía, y mucha. Después de todo, era mi tapadera la que iba a acabar pagando el pato.

"No me vengas con ésas, señorita, y dime la verdad. ¿Quién es el perdido enamorado? ¿Tu príncipe azul?".

Reprimí las ganas de reírme. Por muy raro que fuese Jialong, seguía siendo incapaz de imaginármelo trepando un edificio para poner un ridículo cartel; sobre todo, si se tenía en cuenta que ya me había dado su número. Sólo Mathias, con el poder de su estupidez, podía deducir algo tan descabellado.

"Mi 'príncipe azul', como tanto te gusta llamarlo, no hay día en que no me escriba un mensaje. ¿En serio crees que alguien que puede contactar conmigo pondría pancartas con su número de teléfono?".

—¿Bondevick?

Levanté la cabeza y miré al profesor con toda la normalidad que pude reunir mientras devolvía, discretamente, el móvil al bolsillo.

—¿Sí? —contesté, y mi voz sonó como de costumbre, algo a medio camino entre incomodidad y desinterés.

El profesor parecía intrigado, incluso un poco decepcionado, debo añadir. ¿Esperaba pillarme haciendo algo malo? Nunca lo supe, porque inmediatamente después se recompuso y me habló con normalidad.

—Hágame el favor y lea lo que pone en la página 104.

Y eso hice, ignorando automáticamente los indiscretos mensajes que el danés, por lo visto todavía sin darse cuenta de que estaba en clase, continuaba enviando.

.

Horas después, cuando el peligro de los profesores y de los compañeros de clase indiscretos había desaparecido y lo único que me quedaba era volver a casa, me decidí por fin a rescatar el teléfono del bolsillo. Lo desbloqueé: nada más hacerlo, cientos de alertas de mensajes desfilaron por la pantalla. La mayor parte –del danés– los borré sin molestarme en leerlos, quedándome finalmente con unos cinco: cuatro de Jialong, uno de Lukas. Ninguno de ningún desconocido. Suspiré de alivio y, sin detener mi paso, los miré.

Empecé por el de mi hermano. Bastante escuetamente, en él me informaba que, por culpa de algo que había hecho Mathias, tenía que repetir un trabajo y que tardaría en volver a casa. Suspiré y agaché la cabeza, negando con pesar. Normalmente no suelo decir esto, pero… pobre Mathias.

Los de Jialong eran muy breves y se resumían en una sola frase: que, cuando tuviera un rato libre, le llamase. Fruncí el ceño. ¿Por qué parecía tan preocupado por mí –por Blaire, Emil, por Blaire–? ¿Habría pasado algo? ¿También él sufriría por la idiotez de mi torturador? Compadecido de él, busqué sin pensar la tecla de llamada para luego darme cuenta de lo que había estado a punto de hacer.

"Contrólate, Emil", me regañé, guardando nuevamente el móvil. No era para menos: la calle no suele ser el mejor lugar en el que tener conversaciones privadas, sobre todo cuando el que está al otro lado cree estar hablando con una mujer. Sacudí furiosamente la cabeza, todavía con el rapapolvos interno. Ya le llamaría al llegar, decidí. Mucho mejor y más sensato que poner voz de chica en plena calle.

En eso iba pensando mientras volvía a casa, dejando a un lado mis preocupaciones por el misterioso aspirante a pretendiente. Me preocupaba, era cierto, pero por lo que podía llegar a descubrir más que por otra cosa; pero bueno, mientras no estuviese vestido de Blaire Emilsdóttir, no tendría nada que temer… por el momento.

Tan perdido estaba en mis pensamientos que no me di cuenta del desconocido que esperaba frente al portal hasta que una voz profunda y viril sonó de repente a mi lado.

—Perdona, pequeño, sólo será un minuto.

Esa voz… ESA VOZ. Yo la conocía.

Me di la vuelta despacio, retrasando lo máximo posible lo inevitable, hasta que la verdad me golpeó en la cara. Alto, moreno, con una sonrisa supuestamente arrebatadora que no encajaba con unos ojos fríos y –ahora que podía verlos– ambarinos. ¡El tipo raro de la tetería!

Miré con cautela a ambos lados, esperando encontrar una salida o, por lo menos, un inesperado pero bienvenido salvador que me sacase de allí, pero no vi ni uno ni otro. ¿Dónde están los misteriosos pero amables desconocidos cuando más se necesitan? Vale, lo que tenía delante era un desconocido misterioso y, a su modo, amable, pero no era eso lo que yo quería y cualquiera, incluso Mathias, podía verlo. Salvo él.

—Quisiera que me ayudases con una cosa, si te es posible —empezó, ignorando olímpicamente mi expresión de horror—. Verás, tengo una amiga… más bien es la amiga de un amigo… y me pidió que la esperase en su casa.

Un suspiro que retenía sin darme cuenta acabó saliendo por fin de mis entrecerrados labios y mi rostro lívido recuperó algo de color. Tal vez el asunto no tuviese nada que ver conmigo y todo fuese parte de mi paranoia, bastante justificada debido a cierto artículo de silicona y un danés entrometido.

—Sé que vive en esta calle, pero no sé exactamente en dónde, así que me preguntaba si me podrías ayudar, pequeño.

Asentí, pasando por alto el hecho de que me había llamado "pequeño" dos veces –ya sé que no soy muy alto, muchas gracias–, y crucé los dedos con la esperanza de tener suerte.

—¿Te suena una tal Blaire Emilsdóttir?

Ante la mención de aquel nombre, mis mejillas perdieron el poco color que habían recuperado y mis manos se pusieron pringosas de tanto sudor. No lo había imaginado. No era una paranoia. ¡Realmente estaba ahí por mí –por Blaire, ¡por Blaire!–! ¡Quería algo con ella!

Reuní las pocas fuerzas que me quedaban para no desmayarme y dije, con toda la seguridad que pude:

—¿Se refiere a la misma Blaire Emilsdóttir de la pancarta de allá? —señalé el edificio con un gesto de mi cabeza, sin atreverme a mirar, y él asintió, esperanzado. Todo era una maldita pesadilla— Ah, ehm… aunque es cierto que pude haberla visto por aquí alguna vez, yoooo… no conozco a nadie con ese nombre. Lo siento.

La desilusión invadió enseguida sus rasgos, y supongo que, de no estar involucrado en aquel lío amoroso, habría sentido compasión por él (no sé, si mi príncip- princesa azul estuviese así de inalcanzable, yo también lo pasaría mal). De todos modos, lo único que me importaba en aquel momento era estar en la seguridad de mi casa, sin moscones agolpándose a mi alrededor.

—No pasa nada, pequeño —respondió por fin, dejando caer la cabeza—. A lo mejor me he equivocado… después de todo, esta ciudad es muy grande. Gracias, de todos modos.

Recuerdo haber respondido algo, no sé lo qué, pero sí me acuerdo con claridad de que, no mucho después, estaba solo y relativamente a salvo en el interior del recibidor. No miré atrás, por miedo a descubrir al moreno observándome, y no me sentí seguro del todo hasta que la puerta de mi casa se cerró con fuerza detrás de mí. Sólo entonces dejé escapar un hondo y prolongado suspiro de alivio.

Estúpido moreno acosador… A su lado, Mathias era un inocente corderito, y eso ya era decir. Él también me acosaba, por supuesto, aunque no por los mismos y menos preferibles motivos que el otro… aunque, puestos a escoger, no sabía exactamente qué prefería. Ambas cosas eran horrendas.

En el bolsillo, mi móvil vibró, sacándome con un sobresalto de mi pesadilla; lo saqué con rapidez y lo revisé, como esperando ver un mensaje de algún desconocido. En el mismo momento de hacerlo me sentí idiota: ¿quién en este mundo es capaz de enviar nada a un número que no conoce? A pesar de lo evidente, el mensaje no era más tranquilizador.

"¿Hay algo que no me hayas contado, reina?".

Mathias. Otra vez. Y más molesto que nunca. ¿Y a qué vendría aquel enigmático mensaje? Tras examinarlo unos instantes, me encogí de hombros y lo borré. Ya llamaría luego.

Hablando de llamar… Marqué el número de Jialong y esperé… si es que a no hacer nada durante un par de segundos se le puede llamar así. Creo que nunca antes había sido tan rápido.

¿Estás sola o hay alguien contigo?

Sólo una frase y ya me sentía como bajo un microscopio. Aquello debía ser lo denominado popularmente como "celos", supuse mientras intentaba disimular el tic de irritación en mi ojo derecho, pero distaba mucho de la "experiencia romántica" descrita comúnmente.¿A quién podría gustarle sentirse vigilado?

—Estoy en mi casa, sin nadie más, y bien —dije, disimulando mi enfado como bien pude—. ¿Por qué lo preguntas?

Oí un leve suspiro de alivio al otro lado de la línea.

Verás, es que, hoy, en clase, un amigo me comentó una cosa que me dejó bastante preocupado.

Mi tic se convirtió de inmediato en una mueca de estupefacción.

—¿De qué hablas?

Hubo silencio durante unos segundos que me parecieron excesivamente largos; por fin, no mucho después. Jialong empezó a hablar.

Por lo visto, hoy colgaron en su calle una pancarta en la que alguien te pedía salir —explicó, resentido, pero extrañamente sereno—. Y no me siento tranquilo, ya sabes, pensando en que esa persona pueda hacerte daño. No sé si deberías ir por ahí tú sola.

Entrecerré los ojos mientras le escuchaba, sintiendo sin saber por qué la sospecha de que yo aquello ya lo conocía, y miré por la ventana casi sin pensarlo. El edificio de enfrente aparecía tan inocente como de costumbre, sin rastro alguno del horroroso cartel que –por suerte– alguien había tenido la decencia de retirar.

—No exageres, Jialong —suspiré, pasándome una mano por el flequillo—. No creo que en esta ciudad sólo yo me llame Blaire. Además, si de verdad fuese a mí, no creo que pasase nada.

Y podía demostrarlo: el moreno del portal no me había reconocido.

No sé cómo serán las cosas aquí en Europa, pero sigo creyendo que ese comportamiento no es normal —insistió con terquedad—. ¿Y si es un acosador, o algo?

Abrí la boca con la intención de rebatirle, pero pronto descubrí que no sabía qué decir. Pensé una vez más en el moreno y agaché la cabeza, enrojeciendo con vergüenza al darme cuenta de que había una pequeña probabilidad, pequeñísima, de que Jialong tuviese razón y ese tipo fuese un acosador.

Él debió interpretar mi silencio como señal de que había ganado, puesto que añadió, con voz más suave:

Sabes, creo que iré a buscarte a tu casa dentro de un rato. Cuando te llame, sal, ¿vale? Hasta luego.

No contesté y colgué, sintiendo que no podía contener por más tiempo la rabia y la humillación que sentía. En todo lo que había pasado de día, hasta tres personas me habían tratado como si fuese poca cosa y no supiese valerme por mí mismo. Es cierto que de Lukas podía esperarme esas cosas –lo había hecho toda la vida y, honestamente, no creía que eso llegase a cambiar–, y Mathias… bueno, era Mathias. ¿Pero Jialong? ¿Por qué tenía que tratarme así?

Lancé una mirada glacial al edificio de enfrente cuando me levanté y me fui a mi habitación, muy decidido. Aquello ya no era cuestión de tratos y chantajes, sino de honor. De mi honor. Me arreglaría, le llevaría a donde hiciese falta y le dejaría muy claro que, aunque me sentía muy halagado por su preocupación –mentira–, no era ninguna doncella en apuros. Solucionaría esos problemas y continuaría adelante con la relación hasta que los dos meses acabasen… o descubriesen que Blaire era un hombre, lo primero que pasase. Una cosa estaba clara: no me iba a dejar pisar.

Al cabo de media hora, mientras solucionaba un par de detalles de última hora, recibí dos mensajes: uno de Jialong y otro del danés. El de mi cita lo dejé estar, puesto que probablemente sólo fuera un aviso de que ya estaba esperándome, y leí el de Mathias.

"Eeeeeh, contéstame cuando te hablo Dx ¿Por qué no me contaste que tu chico era Jialong Wang?"

Miré el teléfono, alarmado. ¿Cómo podía saber su nombre? ¿Lo conocía? ¿De qué?

Terminé de arreglarme y salí de casa a toda prisa, tecleando furiosamente mientras el sonido de los tacones retumbaba por el pasillo.

"¿Y tú cómo lo sabes?"

La respuesta fue inmediata.

"¡Lo sabía! Te felicito, hace falta tener mucho valor para salir con él 8D Verás, mi querida Blaire, Jialong Wang es…"

No llegué a acabar de leer el mensaje. Al salir de casa, vi a algo –o, mejor dicho, a alguien– que hizo que me quedase paralizado, sin atravesar del todo el umbral. Porque allí, en el portal, delante de mí, mi cita y mi acosador se miraban el uno al otro en un silencioso duelo de miradas que se interrumpió al abrirse la puerta.

Jialong reaccionó a tiempo y se colocó delante de mí, como protegiéndome, mientras volvía a mirar al otro a los ojos en una actitud que, decididamente, no podía ser positiva. El moreno, sin embargo, mantuvo la calma.

—Me alegro de verte, Wang —dijo, educado pero burlón, y me guiñó un ojo.

El otro retrocedió, haciéndome entrar nuevamente en el edificio.

—Lo mismo digo, Adnan —respondió en el mismo tono.


Bueno, supongo que esto ya os da un par de pistas sobre el "error" que cometió Emil al olvidarse del moreno y de sus terribles (e hilarantes) consecuencias.

Hoy no responderé reviews, puesto que vendría a ser repetir lo mismo una y otra vez, conque me conformaré con dar una única respuesta:

Quiero agradeceros a todas vuestro cariño, vuestra paciencia y vuestras ganas de leer este fic. Cosas tan pequeñas como ésas son, aunque no lo creáis, el mayor premio de un ficker. ¡Es todo un placer escribir para vosotras!

Por cierto, kusajishi-chiru y Maria Anneliese Edelstein, ¡por supuesto que sí! ¡El amo Mathias lo sabe bien!

Muchísimas gracias a todas por leerme y añadir esta historia a vuestros favoritos. ¡Hasta la próxima!