Había perdido los estribos, como señorita hormonal y temperamental, incapaz de sostener juntos sus impulsos, le había gritado imbécil, cretino y demás sinónimos, lo había llamado fenómeno a él y a su hermano, le había dicho hasta de lo que iba a morir y le había demandado no volver a ver su cara en lo que le quedaba de vida. Que esperaba que fuera poco, porque el estar lejos de él era simplemente insoportable.
Gregory Lestrade dejó escapar un pesado suspiro, el único idiota era él mismo. No hubo nieve ese día, solo una helada lluvia que calaba hasta los huesos prometiéndole una hipotermia, con lo poco que le importaba. Se abrazó más a si mismo, aunque poco sentido tenía cuando estaba ya todo empapado; sentado sobre una banca en un parque cualquiera de la ciudad, el detective inspector trataba de encontrar una forma de justificar sus palabras cuando sabía que no la había.
Sherlock se había metido en un lío grande, con gente muy importante y además sin razón alguna, siguiendo una de sus estúpidas corazonadas que ocasionalmente erraban, aunque el pequeño Holmes se negara a admitirlo. Se había metido con gente demasiado importante y al final su hermano había tenido que intervenir, una de tantas veces pero en esta ocasión tuvo que ir un poco más lejos; una sola llamada de teléfono y el mayor de los Holmes retrasó las operaciones de Scotland Yard por más de una semana, casos en los que llevaban meses trabajando, meses desvelándose, meses esforzándose y él… lo había hecho por su hermano y Greg lo entendía. Pero en ese momento no lo entendió, la ira inundó cada una de sus células al saber que Mycroft lo había hecho de nuevo, se había salido con la suya aunque eso implicara afectar a Greg y Greg se sentía molesto, ofendido, herido y quizá un poco celoso del amor que Mycroft le profesaba a su hermano, así que cuando les notificaron de los archivos perdidos y la investigación resultante y del cese de operaciones y gestiones burocráticas dentro de Scotland Yard, y cuando Greg se dio cuenta de todo el trabajo perdido gracias a uno más de los caprichos de Sherlock y la forma en que Mycroft arreglaba las cosas, Gregory explotó, le dijo mil y una cosas que no quería recordar, se lo gritó todo por teléfono y salió dando zancadas por la puerta del edificio, caminando bajo la lluvia, sin rumbo, congelándose lentamente mientras trataba de olvidar.
Y necesitaba olvidar, al idiota de Mycroft y su trabajo, sus asuntos y su familia, sus besos y su sonrisa, olvidar todo de él.
Hacía demasiado frío ahora, apenas podía moverse, se levantó bruscamente de la húmeda banca de cemente únicamente para evitar morir congelado en ella; caminó lentamente por el parque, la lluvia ahora era un fino rocío, pero el frío seguía calándole profundamente, casi tanto como su propia vergüenza. Anduvo por el parque hasta que terminó por cruzarlo todo y salió a la calle contraria de la que había cruzado para llegar, y ahí estaba él, con su paraguas en la mano, un ramo de rosas blancas bajo el brazo y su celular en la otra mano, volteando para todos lados con la preocupación escrita en el rostro, claramente buscándole a él. Sus ojos se encontraron y una oleada de alivio cruzó por el rostro de Mycroft, mientras una tímida sonrisa movía ligeramente la comisura de sus labios; guardó el teléfono celular tras apenas un par de palabras, y sostuvo las rosas propiamente con la mano derecha antes de comenzar a andar hacia él.
Estaba ahí, empapado hasta los huesos pero a salvo, el corazón de Mycroft latía a mil por hora, entendía perfectamente los riesgos que suponían para Greg el pasar tiempo con él y que se les relacionara, por eso hasta ahora siempre había estado solo… con Greg no podía, no podía estar sin él y eso significaba que tenía que invertir el doble de esfuerzo ahora, al tratar de mantener seguras no a una sino a dos personas muy importantes para él; cuando Anthea le dijo que la lluvia le había hecho perderle en las cámaras su corazón se detuvo por un momento mientras su cerebro calibraba todas las posibilidades, pero ahora todo estaba bien, él estaba ahí, frente a él, y estaba bien. Una enorme sonrisa estúpida se formó en los labios del mayor mientras observaba a Greg alzar sus ojos a los suyos; Mycroft acercó el ramo de rosas blancas hacia Greg sin decir una palabra, y Greg las tomó como si fueran la cosa más delicada en el mundo.
-Es mi hermano Greg… le juré a mi madre que le protegería, y pensé… pensé que un par de días libres quizá… podrían ser buenos para nosotros… no quise causarte ningún problema. Lo que estoy tratando de decir es… lo siento.
Gregory sonrió tímidamente, era apenas el segundo día de navidad, y Mycroft le había regalado una tormenta de hielo y un inmaculado ramo de rosas blancas. Sostuvo las rosas suavemente contra su pecho y se acercó un poco más al mayor, hasta que sus pies se tocaron; alzó su mano lentamente hasta el rostro de Mycroft y acarició su mejilla con sus heladas manos, sostuvo la mirada en sus labios por un par de segundos y eso fue toda la invitación que Mycroft necesitaba, se inclinó lentamente hacia Greg, hasta que sus labios se encontraron y pudo reclamarlos en el más suave beso. Greg trató de acercarse más, pero Mycroft se apartó de nuevo.
-Tenemos, según me parece, al menos cuatro días libres, Detective inspector, no hay aquí ninguna prisa-, Una sonrisa traviesa se acomodó en los labios del mayor mientras hablaba y retrocedía al mismo tiempo, - ¿Nos vamos?
Un coche negro se detuvo justo al lado de ellos y Mycroft abrió la puerta para él, Gregory entró en el vehículo y Mycroft entró tras él, y a pesar de que había dicho que no había prisas, no pudo evitar que su mano recorriera lentamente la pierna derecha del Detective Inspector, todo el camino hasta arriba y de nuevo hacia abajo, provocando un profundo tono carmesí en las mejillas del más joven.
