disfrutad del capi ^^
El obispo abrió la puerta, encontrándose con el pequeño apartamento aparentemente vacío.
-¿Silas?-
No obtuvo respuesta, así que se dirigió hacia la habitación de su sobrina, la más apartada de todas las pocas que había.
Abrió la puerta, y pudo ver el motivo de ese extremado silencio. El albino estaba rezando, tan concentrado en lo que hacía que ni siquiera había notado la presencia del obispo en un principio.
Silas se giró extrañado para toparse con el rostro sonriente de Aringarosa.
Al fantasma se le iluminó la cara, un gesto poco habitual en él.
-¡Padre Aringarosa! ¿Está bien? Juro que mataré a ese traidor de El Maestro...
El obispo le paso tranquilizadoramente una mano por el hombro al albino.
-Silas, cálmate y recuerda lo que te dije cuando me dejaste en el hospital.
El albino se concentró y aquella frase le vino casi al momento a su mente.
-"El perdón es el mayor regalo de Dios"- Al momento bajó ligeramente la cabeza, escrutando al suelo.
-Lo siento, Padre... yo... no puedo evitarlo...
-No pasa nada, pero recuerda que siempre hay que perdonar a los demás.- Silas asintió levemente.
-Tenemos que irnos Silas, hay que salir de aquí cuanto antes sin levantar sospechas. Clara ya ha aparcado justo en frente, hay que darse prisa.
-Padre Aringarosa... gracias.
El obispo lo miró como a un hijo, y comenzaron a bajar cautelosamente las escaleras.
Ambos subieron al coche lo más rápido posible; afortunadamente a esas altas horas de la noche nadie transitaba las calles, era un barrio tranquilo, y los jóvenes solían salir por el centro.
Aringarosa se turnó con Clara, a pesar de la insistencia de ésta de que debía guardar reposo y no le convenía conducir el mismo día en el que le acababan de dar el alta, y era ella ahora la que estaba en el asiento del copiloto, con Silas recostado en la parte de atrás.
La pelirroja se giró sonriente para ver a Silas.
-¿Qué tal estás?
El albino la escrutó unos instantes.
-¿Tú también vienes a Arles? - preguntó bastante brusco, haciendo que Clara se molestase ligeramente antes esa actitud.
Por una parte Silas quería que viniese con ellos, lo estaba deseando, pero por la otra sabía que por el bien de los dos, se tendría que alejar de ella cuanto más, mejor, ya que aunque él no se diera cuenta, su subconsciente estaba más que enterado de la fuerte atracción que sentía hacia ella.
-Bueno... si. Es que me acaban de dar vacaciones en la universidad, y como mis amigos están casi todos de viaje, he decidido pasar un tiempo en Arles con vosotros. Aunque parece que no te hace mucha gracia...
-No... me da igual...-mintió el albino, claramente sin darse cuenta- solo que me parece extraño que no quieras pasar las vacaciones con tus padres- comentó con su frialdad habitual.
-Yo...- murmuró la chica bajando la cabeza. El obispo sintió una punzada, por el comentario del albino.
Mi hermano... su padre...comenzó a decir Aringarosa- murió por culpa de un accidente...
-¡Murió asesinado!- exclamó la chica, casi gritando- ¡Lo mató un vagabundo cuando intentaba robar, se volvió loco y le partió el cuello!
Aringarosa se puso muy nervioso, no quería que "eso" se descubriera. Pero Silas parecía no darse cuenta de lo que pasaba.
-¿Y tu madre? - preguntó fríamente, con su grave voz.
Mi madre murió poco después... supongo que no pudo soportar la pérdida de mi padre... enfermó, y se fue consumiendo más y más hasta que...- la chica se contenía, no con mucho éxito las lágrimas que luchaban por salir de sus ojos.
-...
-Bueno- dijo Aringarosa rompiendo la tensión del ambiente- Clara, ahora tenemos que pasar desapercibidos, será mejor que dejemos la conversación.
La chica le obedeció lanzándole una última mirada desdeñosa al albino, ya que esa frialdad pareció enfadarla bastante
"¿Y a este qué le pasa ahora?"
Pasaron casi dos horas en completo silencio, hasta que Sara intentó resolver sus dudas.
-Tío, ¿Cómo conseguiste fingir la muerte de Silas?- preguntó apuntando hacia el monje.
El obispo empezó a ponerse algo nervioso.
-Bueno... tengo mis contactos en la policía...
-¿En serio? Me parece muy raro que alguien, por muy amigo tuyo que sea, arriesgue su carrera solo porque le hayas pedido un favor... ¡Y menudo favor! ¡Que diga que Silas ha muerto! Joder tío, no sé como lo haces.
-Bueno, no quiero hablar de ese tema... ¡Y cuida ese lenguaje!
-No tengo siete años Manu, aunque te parezca increíble soy mayor de edad y todo- murmuró sarcásticamente la pelirroja, provocando un suspiro por parte del obispo.
-Padre Aringarosa- comenzó a decir el albino.
-¿Si?
-Necesito un cilicio y un látigo para mi mortificación.
A Clara le dio un escalofrío, que notaron todos los presentes.
-¿De verdad que eso es sano? Tenías la espalda fatal ... -se atrevió a decir la chica con preocupación en la voz, recordando las cicatrices, y la marca del cilicio en carne viva en su muslo.
-Claro que sí. Y tú también deberías liberarte de tus pecados.
-Yo no tengo pecados porque no creo en lo mismo que tú- respondió la pelirroja, sin girarse siquiera.
-¿Y entonces en qué crees?- preguntó el albino, bastante molesto.
-Yo creo en el universo. No sé si al final habrá algo más que un montón de huesos o no, y por eso disfruto de la vida, y no me la paso castigándome a golpes por algo tan natural y humano como las ganas de... - Clara fue interrumpida por el albino, que se reincorporó bruscamente, a pesar de la herida, para ponerse frente a frente con ella escrutándola con agresividad, a lo que ella respondió tragándose su miedo de una forma bastante mala, ya que se notaba a la legua el cambio de expresión mal disimulado.
Bueno, bueno... - dijo el obispo, separándolos con una mano sin dejar de conducir- Silas, ¿Qué te he dicho de respetar las creencias de los demás? Y Clara, ¡Basta ya! Parece que quieras provocar al pobre de Silas. Respeta tú también, si quieres que te respeten. Vas a conseguir que te castigue.
-¿Pero qu-? ¡Crees que me puedes castigar? ¡Tengo veinticinco años por dios!
-No pronunciarás el nombre de Dios en vano- recitó el albino, sin apartar la mirada de Clara.
-Sois unos flipados... - murmuró la pelirroja por lo bajo. Estaba enfadada, su tío siempre la trataba como una niña, y eso le molestaba más cuando Silas estaba delante. Se sentía estúpida, pero prefirió dejarlo pasar.
Al cabo de varias horas, por fin llegaron al pueblo.
Como había dicho Aringarosa, era prácticamente como ciudad de grande. Había varios hostales, un mercado, muchos bares construidos estratégicamente y por supuesto una gran iglesia de piedra situada en el centro del enorme pueblo. Alrededor de éste había un bosque por el que pasaba un pequeño río, que se oía por todo el pueblo, y a varios minutos andando, una playa no muy transitada.
-¡Vaya, que bonito! - exclamó emocionada Clara- Pero habrá Wi-Fi ¿verdad? -preguntó entre dientes.
-¿Wi- Fi?- Preguntó Silas con curiosidad.
-Internet- respondió rápidamente la pelirroja- ¿De verdad que los monjes no tenéis Wi- Fi?
-No nos hace falta. Solo necesito un cuarto y un cilicio para rezar a Dios.
-¿Y no vas a venir conmigo a la playa?- se cuestionó Clara algo decepcionada, haciendo que Aringarosa se sobresaltase por su directa proposición hacia el albino.
-No- respondió secamente éste, luchando por espantar aquellos pensamientos que le invadían cada vez que tenía alguna situación incómoda con Clara.
-¿No piensas salir? Yo quería que fuésemos juntos a ver el pueblo...
Nadie se podía imaginar las ganas que sentía Silas por hacer algo con alguien. Nadie a excepción de Aringarosa se había tomado tantas molestias en él, y mucho menos le había pedido hacer algo con él.
El obispo notó en la mirada de Silas que quería ir, y no le pareció demasiado mal la idea. Aunque le costase confiar en Clara en cuestión de hombres, sabía que no iba a intentar nada con el albino, ya que su mera presencia imponía respeto, y era demasiado frío para ella.
-Silas, no tienes por qué quedarte en un cuarto hasta el fin de tus días. Deberías ir a ver el pueblo con Clara.
El albino no contestó, pero Clara dio a entender por él que irían juntos.
Tardaron más bien poco en dejar las maletas en una casa bastante espaciosa que Aringarosa había comprado hace varios años. Este pueblo era perfecto para Silas, porque aunque no llovía, casi nunca hacía demasiado sol, y su blanca piel no sufriría ningún daño.
El obispo había quedado en dar la misa durante los dos meses que pasarían alli, y Silas le ayudaría.
-Padre Aringarosa.. vendrá con nosotros¿ no? -
preguntó con esperanzas el albino.
-No Silas, tengo que preparar varias cosas en el pueblo.
El monje suspiró y se limitó a salir por la puerta lentamente, seguido por Clara, que le llegaba a la altura del hombro. Ésta se sentía una niña pequeña a su lado, tanto por el tamaño de éste como literalmente por la edad, aunque sólo la superaría como unos cinco años.
-Oye Silas...- dijo con un ingenuo tono de voz.
-¿Qué?
-¿Por qué quieres ser monje? No sé, hay mucha gente que cree mucho en Dios y tiene una familia y una vida normal.
-Porque estoy en deuda con Dios. Él me salvó dos veces... La última hace una semana...
-Perdona, pero esa fui yo, no Dios. Además, no creo que "Dios" sea más feliz si te clavas ese pincho redondo en el muslo.
Los ojos del albino se tornaron más rojos que nunca, escrutándola con molestia, y ésta decidió dejar de picar a Silas.
-Lo siento... es que no quiero imaginarte sufriendo en un cuarto toda tu vida...
Silas estaba descolocado.
-¿Y a ti que te importa? Nos conocemos desde hace una semana y lo único que sabes de mi es eso, que soy monje, y que la gente se aparta de mí por la calle porque les doy miedo.
-Por eso. A mí no me das miedo- dijo lentamente la pelirroja
-¿Por qué? ¿Por qué a ti no? Nadie quería ni mirarme cuando estaba en la calle- empezó a decir sin darse cuenta, a pesar de que la chica ya sabía su historia- y ahora aparece la pagana sobrina del padre Aringarosa y me dice que no soy un monstruo...
-Silas, es que no eres un monstruo... Si la gente no lo ve, es su problema, pero yo creo que eres muy bueno- le dijo sonriéndole de aquella forma que sólo ella sabía hacer, provocando que a Silas le invadiese un escalofrío.
-"Debe venir de familia eso de aceptarme y no tenerme miedo" pensó el albino mientras mantenía la mirada fría. "¿Será Clara una prueba de Dios? Tal vez debería plantearme mejor lo de ser monje… ¿pero que digo? Estoy en deuda con Dios. Debo pasar el resto de mi vida a su servicio. Lo que no se es si podré hacerlo si está ella cerca…"
-Clara, agradezco que seas tan amable conmigo, pero no soy tan bueno. No sabes nada de mí. Tengo que purificarme de todo lo que he hecho. Será mejor que no nos veamos más.
-Pero...- espetó Clara.
Pero cuando pudo darse cuenta, el albino ya había desaparecido.
