Cecelia:
No puedo hacer que mis manos dejen de temblar. Simplemente no puedo. Muerdo mi labio y me concentro en tomar aire profundamente por la nariz. Inhala, exhala. Llega un punto en el que saboreo la sangre y sé que me he mordido demasiado fuerte. Tomo mi vestido con las dos manos pero eso sólo hace que mis hombros tiemblen y ahora mi vista se nubla con lágrimas de miedo puro. Ya no entiendo nada de lo que pasa y escucho una voz gritando como un animal torturado. Me doy cuenta que soy yo.
—¡No, no! ¡Basta! ¡NO! ¡BASTA!
Y grito hasta que no tengo más aire en mi pecho, hasta que la voz se me rompe, hasta que colapso en el sillón respirando el olor del polvo y el terciopelo.
Las manos me siguen temblando.
Miro el reloj en la pared. He estado aquí por dos minutos y por siempre. No han pasado ni veinte de mi cosecha y ya he tenido un colapso emocional. ¿Cómo voy a sobrevivir la siguiente semana? ¿El desfile, la preparación y el entrenamiento antes de los Juegos? ¡¿Y los Juegos?!
Mis manos tiemblan aún más. ¿Fue ayer que me encontraba caminando por la plaza con Crin y Dolla y la chica de la que no recuerdo el nombre? Les dije que no estaba nerviosa, que la cosecha no me asustaba. Mis palabras parecen tan ridículas que suelto una risotada y estoy segura que suena medio loca.
Cierro los ojos y me digo a mi misma que es hora de recuperar el control, que no me estoy haciendo ningún favor; pero todo desde mis zapatos apretados hasta el sonido de la ventilación amenaza con enviarme a otro episodio de lágrimas histéricas y ya no puedo permitírmelo. No ahora que mi familia está en camino para verme. No dejaré que los últimos recuerdos de su hermana e hija sean de llanto. No lo haré. Aprieto los párpados y hago lo que he hecho todo el último año de mi vida, entro al río.
Floto en la corriente, alejando todo pensamiento y sentimiento, enfocándome en el suave movimiento del agua y el sonido del bosque a mi alrededor. El bote plateado serpentea río abajo y la luz del sol danza entre las velas de seda y las cuerdas perladas. Es una escena que he creado para mí misma tantas veces que se vuelve una realidad alterna, nebulosa y callada. Cuando levanto mi cara al sol casi puedo sentir su calor.
Pero no puedo quedarme, debo volver al Distrito 8. Sin abrir los ojos dejo que el cuarto del Edificio de Justicia vuelva a mí, muy muy despacio. La primera cosa que noto es el aire, huele diferente y se siente diferente. Me toma un momento darme cuenta de que es porque el Edificio de Justicia está en el Claro y que a pesar de mis mentiras de todo el año nunca he estado en ésta área. El smog y suciedad que se impregna en Ciudad Ceniza no es parte de éste lugar y de alguna manera se hace más fácil respirar, todo es más limpio, está más vivo.
Poco a poco abro los ojos. El cuarto que antes no había notado es muy hermoso; las paredes tienen paneles de una madera oscura, sin duda importada del 7. Sé muy poco de los demás distritos, el Capitolio se asegura de que no haya comunicación entre los oprimidos, pero las exportaciones de cada distrito son de lo primero que aprendemos en la escuela. Comienzo un juego en mi cabeza encontrando piezas de otros distritos en el cuarto. El reloj con montura de oro encima de la chimenea es del 1; el mármol de las decoraciones fue extraído en el 2; la fruta en el frutero de plata fue cosechada en el 11; un dispositivo en la pared que regula la temperatura y seguridad del cuarto seguro que es del 3 y el carbón que arde es del 12. Pero el verdadero foco de atención son los tapices, el orgullo del Distrito 8 y lo que están en éste cuarto sin duda fueron hechos por docenas de manos y miles de horas de tejido y bordado. Muestran la historia de Panem, o al menos las partes que sabemos. Comienzo a admirar el que está frente a mi, maravillada de que el bombardeo al Distrito 13 pueda verse tan hermoso y la puerta se abre.
Casi me aviento a los brazos de mi hermano Carl cuando entra. El pecho de mi hermano mayor tiembla y logro contener mis propias lágrimas. El río corre a través de mi y mis ojos permanecen secos.
—Celia —susurra—. Yo no… No puedo… No sé…
—Cállate cara de muto —le digo y se ríe al oír el mote que no he usado con él desde los cinco años. Me abraza y me aparta de él para mirar mi cara con intensidad antes de sentarse conmigo en el sofá.
—¿Twin y Cole? —pregunto, registrando por primera vez que la novia de mi hermano y su hijo no han venido con él.
—Tuvo que llevar a Cole a casa. Estaba gritando y llorando cuando te vio en el escenario y vio a Pa, ya sabes… Twin te desea buena suerte y te manda su amor, por supuesto —asiento con la cabeza y elijo no preguntarme si Cole realmente estaba tan conmocionado o Twin no quería despedir a un tributo. He conocido un par de chicas que fueron a los Juegos, sólo de vista, y el sólo hecho de imaginarme visitándolas antes de que se marcharan era suficiente para hacerme vomitar.
Carl toma mi barbilla y levanta mi cara para mirar mis ojos.
—Puedes ganar Celia. Yo sé que puedes hacerlo.
—Carl… —suspiro. Y me asusto cuando se levanta de un salto y me mira enojado.
—¡No! —grita—. No te vas a rendir. ¡No te puedes rendir! Vas a pelear Celia, puedes hacerlo. Eres muy lista, siempre lo has sido y eres hermosa, al Capitolio le gustan esas cosas. Tienen que amarte. ¡Tienes que hacer que te amen!
—Carl, para por favor —susurro, no porque esté enojado sino porque las emociones en su cara amenazan con hacerme llorar y el río sólo ayuda un poco.
Se arrodilla frente a mi y pone las manos en mis hombros.
—Es por Pa. Yo lo amo, todos lo hacemos, pero lo conozco mejor que muchos. Después de que Ma murió casi no lo cuenta. Se habría perdido de no ser por nosotros. Ahora tiene a Kerry y tiene a Della pero tú eres su bebé. Él no saldrá de esta si no peleas, tiene que verte pelear Cecelia, es por eso que no puedes darte por vencida. No ahora. No aquí.
—Carl… Pa… —cierro los ojos.
—Promételo Celia. —La puerta se abre y dos agentes de paz entran. Carl se levanta y lo toman de los hombros, asistiéndolo en su salida. Voltea la cabeza gritando—. ¡Promételo! ¡Prométemelo Celia!
No puedo alzar la voz, no puedo decir nada hasta un segundo después en el que estoy gritando también.
—¡Lo prometo! ¡Lo prometo! —pero sólo la puerta puede oírme.
La misma puerta que se abre casi de inmediato y ya no puedo contenerme al sentir a Kerry enredándose en mi cintura y a Pa abrazándome por encima, de algún modo todos estamos en el sofá en un abrazo familiar. No puedo parar de llorar y mi padre tampoco, todo su cuerpo se sacude con violencia. No necesito caer al río aquí, Pa y Kerry son mi río, mi refugio. Y aunque hay cosas de las que no me pueden proteger los aprieto fuerte en mis brazos e intento que me den fuerza.
Pa me mira y parece que va a hablar pero niego con la cabeza, no quiero que diga nada, no quiero despedidas ni disculpas ni lamentaciones de oportunidades perdidas. Ahora mismo sólo quiero a mi padre conmigo. Quiero que me abrace como lo ha hecho desde que tengo memoria, esas manos que me mataban a cosquillas y me enseñaron a cocer; esos ojos que me aman.
—Te amo Pa —le digo, y sus temblores se convierten en convulsiones.
—¿Me cuentas una historia Celia? —pregunta Kerry subiéndose a mis piernas con una voz que a penas se corta y me parte el corazón el coraje que intenta mostrar.
—Claro que sí —digo y la abrazo acariciando su cabello—. Había una vez cuatro niños que tenían que escapar de una guerra.
—¿Era una guerra fea? —pregunta con su pequeña voz.
—Muy, muy mala. Pero los cuatro niños eran buenos y valientes y no tenían miedo. Escaparon a una tierra llena de magia y buenas criaturas, donde los animales hablaban y los árboles bailaban.
—¿Pero no bailaban verdad? ¿Los árboles?
—No, porque una bruja malvada mantenía en lugar en un invierno permanente, lleno de frío, hielo y nieve. Pero los cuatro niños eran tan buenos y tan valientes que derrotaron a la reina y llevaron paz al reino, incluso cuando sus amigos murieron nunca se dieron por vencidos. Por eso ganaron.
—¿Y se deshicieron de toda la nieve Celia? —pregunta Kerry mirándome con sus enormes ojos.
—Así es Kerry —mi voz tiembla—. Se deshicieron de la nieve para siempre.*
Pero no hay para siempres y la puerta se abre para revelar otro agente de paz. Kerry grita cuando la apartan de mí y Pa no quiere soltarme, finalmente tengo que gritarle que se llevan a Kerry y que tiene que quedarse con ella. Es lo único que hace que suelte su agarre y quedo en el sofá mirando al frente para no tener que ver la última mirada que me dedica antes de que la puerta se cierre.
Me levanto y limpio mi cara, deseando tener un lavabo como en mi celda en el Rojo. Me detengo de pronto con un nuevo pensamiento. El Rojo. Nunca volveré ahí, podré regresar en una caja de madera, o por algún milagro como Vencedora pero nunca volveré a ese sucio y horrible lugar. Siento deseos de reír y vitorear con mis puños al aire pero el sentimiento choca con el dolor, la pérdida y el enojo. No sé si llorar o sonreír o gritar así que me conformo con limpiarme los mocos con la parte trasera del tapiz del Distrito 13 para ocultar la evidencia.
Es sólo cuando escucho pasos detrás de mi que me doy cuenta que la puerta debió abrirse nuevamente. Toda mi familia ha venido a visitarme, excepto Spindella que sin duda está celebrando el hecho de que nunca ensuciaré sus pisos otra vez. No tengo idea de quién más podría venir y es una sorpresa ver a la chica de ayer, la que cuida a Crin después de la escuela.
—Cecelia Rheys. Lamento que esto te pasara.
Asiento con la cabeza y me siento en el sofá, ella aún lleva su vestido de la cosecha que luce extraño en su figura robusta. Puedo ver que se siente mucho más a gusto en el overol de la fábrica. Su cara sigue llena del hollín de Ciudad Ceniza y combina con su cabello que ha peinado en un severo chongo.
—¿Crinoline y Dolla? —pregunto antes de darme cuenta de lo estúpida que es mi pregunta.
—Fueron a casa con sus familias. Estaban muy alteradas de verte en el escenario, Crin en especial —por primera vez muestra algo parecido a una emoción y una pequeña sonrisa trepa por su cara—. ¿Aún no te asusta la cosecha Cecelia?
—Soy más parecida a ti de lo que crees, siempre estoy asustada —contesto mirándola a los ojos.
—Te ayudaré de cualquier manera que me sea posible —promete sentándose a mi lado.
—¿Por qué harías eso? —no puedo alejar el tono acusador de mi voz—. ¿Por qué estás aquí siquiera? ¿Qué soy yo para ti?
—Eres una representante de mi distrito y de mi casa en los Juegos del Hambre. ¿Por qué no quería ayudarte? —toma mi mano entre las suyas y continúa—. Cecelia Rheys, te juro en este momento que si puedo ayudarte en esta lucha lo haré; ya sea patrocinándote con unas monedas o una entrevista a tu favor y todos los que son como yo haremos lo mismo. Si vuelves como Vencedora estaré contigo, hombro a hombro sin importar lo que haya pasado en la arena. Si vuelves en una caja pelearé hasta mi último aliento por vengar tu muerte.
—¡Cállate, calla! —siseo alarmada—. ¿Crees que es seguro decir esas cosas aquí? ¿En cualquier lugar? ¡Están en todos lados, siempre saben!
—Que lo sepan —dice con un gesto desdeñoso al cuarto—. ¿No crees que han escuchado cosas peores que esa en cincuenta y siete años? Soy una amiga muerta de dolor, no soy responsable de lo que estoy diciendo.
—¡Pero no eres una amiga! ¡Ni siquiera te conozco! —entrecierro los ojos—. ¿Vienes a decirle a esto a cada tributo que va a los Juegos?
Me mira con sus ojos verdes, claros como un valle florido, la única parte de ella que podría considerarse hermosa.
—He visitado a cada tributo desde que tengo diez años.
No tengo respuesta para aquello excepto apretar su mano. Finalmente digo algo.
—Dile a mi familia que los amo. Diles que lo siento mucho cuando… cuando caiga.
—Diles tú misma cuando vuelvas a casa —dice ella con la voz dura—. De todos los tributos que he visitado, eres por la que apuesto sin dudarlo. Tienes algo Cecelia Rheys, algo que no puedo describir pero podría ponerte en la silla de los Vencedores. Si juegas el juego.
—Es lo que no tengo lo que importa. No tengo entrenamiento, no vengo del Uno, el Dos o el Cuatro. No puedo usar un hacha como los del 7 o una guadaña como en el 9. ¿Cómo podría siquiera…?
—Seeder Crue. Nolan DeNaro. Haymitch Abernathy. Blight Gavin. Cora Shutter —nombres de campeones pasados salen de su boca como campanadas—. ¿Quién de ellos tenía lo que tú mencionas? ¿Y quiénes de ellos volvieron a casa?
La puerta se abre y ella se levanta antes de que los agentes puedan llevársela.
—¡Espera! —grito antes de que se cierre la puerta—. Ni siquiera sé tu nombre.
—Mis amigos me llaman Paylor —dice mirándome una última vez. Me deja pensando en lo injusto que es por fin tener una amiga una semana antes de morir.
No miro cuando la puerta se abre por cuarta vez. Escucho los zapatos en la costosa alfombra, el movimiento de una silla puesta frente a mí. Es sólo cuando la oigo decirme que la mire que levanto mi cabeza y me encuentro con la cara larga y apretada cara de mi madrastra.
—Estás horrible —opina disgustada—. Debes guardar tus lágrimas para el tren, hay cámaras afuera.
Dejo salir un poco de aire en lo que encuentro palabras que parezcan amables.
—¿Qué estás haciendo aquí Della? —toda la civilidad que pude acumular.
—No eres estúpida Cecelia —chasquea de pronto—. No es el momento en que empieces a actuar como una, no hasta que estés cerca de otros tributos, entonces sería prudente esconder tu inteligencia para que piensen que eres otra pobre, asustada e idiota chica del barrio bajo.
—¿Es decir exactamente lo que siempre has pensado de mi Della? —me sorprende que pueda contener el enojo de mi voz.
—No vine para discutir así que puedes bajar el tono ahora mismo. Estoy aquí para ayudarte a planear cómo vas a salir de esa arena y volver a casa.
Me recargo en el sofá, segura de que el shock se refleja en toda mi cara.
—No sabía que te importaba tanto.
—Claro que me importas, niña tonta. Puedes ser una criatura temperamental pero tienes quince años y todos hemos pasado por eso. Deja ya la hosquedad y escúchame; eres hermosa, siempre lo has sido. Úsalo.
—¿Es todo? Carl dijo lo mismo —mi labio se curva y cruzo los brazos.
—Seguro que lo hizo, y también estoy segura de que se refería al Capitolio. Yo no, no del todo. Recuerda que algunos de los tributos, los más peligrosos son más hombres que muchachos. Hazlos pensar dos veces antes de matarte y toma la oportunidad, o haz que confíen en ti, que te protejan hasta que puedas acabar con ellos.
—¿Estás sugiriendo que los seduzca? —miro a mi madrastra como si fuera la primera vez.
—Por supuesto —afirma sin mirarme a los ojos—. De todas formas ya eres muy buena en eso.
Me toma unos segundos para que la enormidad de aquél comentario me golpee y cuando lo hace es como si una montaña cayera sobre mis hombros. Me levanto y miro a Della.
—Lo sabías. Lo has sabido siempre.
—¡Claro que lo sabía! Desde el primer día que entraste al Rojo y Cora me dijo lo que planeabas. ¿Cómo crees que tu padre nunca se enteró? He estado mintiendo tanto como tú. ¿Por qué crees que nunca te topaste con algún sádico? Porque Cora sabía que tendría que lidiar conmigo si alguna vez volvías a casa con una marca en tu cuerpo.
—Lo sabías y aún así dejaste que lo hiciera —la sangre en mis venas se ha vuelto fuego.
—Si te lo hubiera prohibido lo habrías hecho de cualquier manera sólo para provocarme. No lo niegues. Y sabes por qué te dejé hacerlo. Necesitábamos el dinero.
—Oh si, el dinero. ¡Siempre se trata del dinero contigo! —gesticulo violentamente mientras camino por el cuarto, mandando un vaso a estrellarse contra la pared. Della no parpadea—. ¿Era Ciudad Ceniza demasiado pobre, sucia y corriente para ti? ¿Tuviste que lavar y fregar y hacer lo que fuera, dejar que otros hicieran lo que fuera por un par de sesterces más? ¿Cuándo ibas a mandar a Kerry al Rojo? ¿O eso es demasiado horrendo para tu verdadera hija?
—No sabes nada Cecelia.
—Sé que eres una viciosa perra sin corazón.
—Tu padre está muriendo —si había una montaña en mis hombros, colapsó. Si había fuego en mis venas, se volvió hielo.
—¿Qué?
—Está muriendo Cecelia y no hay nada que pueda hacer por él. Yo he… lo he intentado todo —su voz se quiebra—. Todas las medicinas que podemos comprar, he intentado mantener todo limpio pero nada ayuda. El el humo de las fábricas que se ha instalado en sus pulmones. No podemos hacer nada.
Quiero llorar, quiero llorar como nunca pero no me quedan lágrimas.
—¿Él lo sabe? —pregunto.
—Por supuesto, pero tu padre es un gran actor. ¿De dónde crees que lo has sacado? Lo ha ocultado de Kerry, de ti, por dos años —me mira con sus ojos de pedernal—. Lamento no haberte podido salvar del Rojo Cecelia pero tuve que dejarte hacerlo. Es el padre de Kerry, es tu padre. Lo amo, como amo a mis hijas, pero no puedo salvarlo y me estoy quedando sin tiempo. Por eso estoy aquí.
—El salario de Vencedor. ¿Podríamos…?
—No lo sé. ¿Pero por qué no intentarlo? —me volteo a verla y ella se levanta y me mira de igual manera.
—Lo haré
—Nunca lo dude. Tu pelea por él en la arena y yo pelearé por ti aquí.
—Trato hecho.
La puerta se abre y entran los agentes de paz. Della me acomoda en cabello.
—Recuerda que eres hermosa —dice antes de salir. Un agente va a escoltarla del brazo pero ella se zafa de inmediato—. No me toques.
Me quedo en el sofá con mis pensamientos. Pa está muriendo. Y tengo que salvarlo.
Lo salvaré.
La puerta se abre, esta vez son sólo agentes de paz escoltándome al tren. Tengo la boca seca y los sigo sin decir nada. Caminamos por los pasillos del Edificio de Justicia en silencio hasta que llegamos a las grandes puertas de hierro que llevan a la estación y a una horda de reporteros intentando llegar a nosotros.
—¡Esperen, esperen! —las puertas se están abriendo pero alguien corre por el corredor moviendo la mano derecha y sosteniendo su peluca con la izquierda. Los agentes de paz le cierran el paso hacia mi pero se mueven al ver que es una capitolina.
—¿Quién eres? —pregunta el hombre que parece estar a cargo mientras ella toma aire.
—Soy Glouda, me enviaron para preparar a la Srta. Shutter este año. Ella me envió. —Sin decir nada más desvela su kit de maquillaje que mide lo que mi brazo y a penas si puedo parpadear cuando ella ya ha pasado un par de brochas con polvos sobre mi rostro. Estornudo un poco y me mira con desaprobación antes de pasarme un lápiz negro por los ojos—. La Srta. Shutter dijo que bajo ninguna circunstancia debías dejar este lugar con los ojos rojos. No es mucho pero al menos te ves marginalmente decente.
—No soy decente —le digo alejándome de ella—. Soy hermosa —y salgo a través de las puertas de hierro hacia la luz.
Nota de la traductora:
*Es una aparición de Narnia y una metáfora sobre acabar con la nieve para siempre, ya que en inglés nieve es Snow. (Get rid of the Snow forever).
