Capítulo beteado por Carlie Stoessel, Betas FFAD.
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DECLAIMER: "Los personajes son de nuestra gran inspiracion Stephanie Meyer, la historia es totalmente mía, se prohibe su publicación sin mi autorizacion"
Musica para el capitulo.I wont give up- Jason Mraz
CAPÍTULO 4
* Compartiendo tu dolor*
Simplemente no sabía que es lo que le había sucedido, esa reacción… Él no tenía idea del porqué había admirado a esa chica.
¿Quién era ella?
¿Cómo una desconocida había logrado removerle cosas que creía muertas?
No era posible, él no podía, no tenía derecho, había prometido amarla hasta al último minuto.
Se sentía culpable, un traidor…
Pero, ¿cómo "ella", con ese cabello, con su mirada —furiosa—, con su cuerpo, había logrado colarse entre sus pensamientos?
Recostado sobre su cama, Edward no paraba de pensar en aquella mujer que había visto en el lago.
— ¡Por Dios Santo! No puede ser que me esté pasando esto… —se levantó y se dispuso a ir a la casa grande, donde su madre y su hermana se encontraban.
Pero al pasar por la mesa de su mini cocina, decidió tomar un trago para desahogar su frustración, esa mujer, sin haberle hablado de una manera suave —ya que le haba gritado degenerado— le había calado profundo.
Hasta ahora jamás había pensado en encantamientos o embrujos, pero ella con solo su imagen de sirena, lo había logrado.
Quería saber quien era.
De un solo golpe bebió el vaso, sintiendo el calor del líquido recorrer su garganta. Salió de su cabaña y fue a donde estaba su familia.
Al entrar a la sala de estar, se encontraba su hermana Alice, quien era un chica muy hiperactiva, siempre ha sido feliz, y sabía cuan triste se ponía al verlo sufrir por la muerte de Lauren, él había decidido no hacer pasar a su familia por lo mismo que él, esa pena le pertenecía a él y nadie más. Tal vez era un poco egoísta, pero fue su esposa la que murió, fue su futuro hijo que también había perdido. No podían culparlo de que quisiera absorber el dolor y la culpa solo.
Sí.
Porque él se culpaba por la muerte de su esposa e hijo —no nato—, por no haberla acompañado, si tan solo hubiese ido con ella ahora estarían juntos, donde quiera que ella esté.
Pero no era así, y él se lamentaba, lamentaba ser tan terco, la única vez que había peleado con ella y la había perdido para siempre.
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Esme se encontraba en la cocina, le fascinaba hacer repostería y en sus ratos libres hacer los quehaceres de su hogar, era un mujer muy dulce y modesta que amaba con todo su corazón a su familia, su esposo Carlisle y sus dos hijos, Edward y Alice.
Edward para ella, era su hijo pródigo, siempre había estado segura que merecía la felicidad eterna por ser un hombre de bien, honesto y amoroso… El chico que siempre estaba dispuesto a ayudar en todo, pero la cruda realidad les había llegado el día que menos esperaron, su tesoro, su hijo, había perdido todo lo que había soñado, su felicidad y estabilidad emocional. Ella lloraba al saber que su amado hijo estaba muerto en vida, que seguía en forma física, pero que era como un cuerpo andante, sin noción de lo que a su alrededor sucedía.
En cambio su hija menor, Alice, era dinamita pura y sabía que junto a su hermano sufría, ellos tenían una relación muy estrecha, y lo que a uno le afectaba, al otro era igual.
—Buen día mamá —saludó Edward entrando a la cocina y dándole un beso en la frente—. ¿Cómo amaneciste?
—Hola hijo, buen día —contestó muy sonriente—. Muy bien, ya sabes, aquí desde temprano vine a hacer unas galletas para el desayuno. Tu padre está en el establo al parecer una de las yeguas está enferma.
— Oh, ¿en serio? –Dijo mientras mordía una manzana que había en la barra— No me comentó nada.
—No te alarmes, probablemente no sea de gravedad y no te quería preocupar —Esme notó que Edward estaba distraído viendo por la ventana— ¿Edward...? —No volteaba— ¿Ed…? —Nada— ¡EDWARD! —gritó Esme.
—Perdón mamá, ¿qué me decías? —Dijo un Edward apenado por no estar escuchando a su madre, ella lo analizaba— ¿Mama, qué decías?
— ¿Qué te pasa hijo? —dijo una preocupada Esme, Edward siempre estaba atento cada vez que hablaban, no entendía que le sucedía.
—Estoy bien, solo un poco cansado. Llegué un poco tarde anoche y me levanté temprano para ir al lago —no pudo evitar volver a recordar a esa chica, algo tenía que no podía sacarla de su cabeza— y recién regreso. Ahora quiero ir al pueblo para hacer unas compras, veré si la enana quiere ir conmigo —dijo al mismo tiempo que se escabuía de la cocina, no quería que su mamá se diera cuenta de que algo le sucedía y mucho menos que era una mujer la que lo tenía así de perturbado y distraído.
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Alice y él se habían subido a su Volvo plateado —un lujo para esos lugares—, para ir al pueblo. Ali estaba que irradiaba de euforia, su hermano casi nunca salía del rancho, normalmente siempre enviaba a Sam, el capataz, o a cualquiera de los ayudantes para comprar, y mucho menos la llevaba a ella porque decía que era una loca e histérica por las compras.
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Entraron al pueblo y se fueron a la tienda donde compraban los alimentos de los animales, se abastecieron de algunos encargos para Esme, se pasaron por una heladería y ambos comieron nieves, porque el calor cada vez estaba aumentando y se hacía un tanto insoportable.
Decidieron llevarse las compras al auto, ya que el alimento lo llevarían las personas del almacén.
—Vamos hermano, quiero que nos sentemos un ratito— dijo Alice tomando la mano de Edward, caminando rumbo a un parque lleno de bancas y una pequeña fuente al centro.
—Al, tenemos que regresar —no tenía ganas de regresar en realidad—, mamá nos espera.
— ¡Nooo! Espera, quiero descansar unos minutos —la duende usaba su típico puchero para conseguir lo que quería—. Por favor, por favor… Eddie, por favor —rogaba y Edward sabía que no tenía escapatoria cuando su hermana hacía eso y sonrió.
—Está bien, enana —dijo al fin derrotado—. Pero devuélveme mi mano.
— ¡Sí! —gritó mientras avanzaba más deprisa hacia la fuente.
Alice parecía una niña cuando conseguía las cosas, era sorprendente la personalidad de ella, a veces Edward deseaba ser como ella, despreocupada, siempre sonriendo, aunque sabía que ella prefería mil veces la ciudad que el rancho donde vivía, era soñadora. Siempre decía que ella se casaría con caballero, decía que ese hombre llegaría montado sobre un caballo blanco en un día de lluvia. Y él la rescataría.
Sueños… Sueños que él ahora no se permitía poseer, él había prometido que viviría en soledad por lo que había hecho, él no debería ser feliz cuando lo único que lo hacía feliz era ella y él, su bebé, que sería fruto de su amor, que ahora por su propia culpa no tenía.
— ¿Ed, qué te sucede hermano? —dijo Alice acercándose hacia él, le acarició la mejilla y él tomó la de su hermana, le dio un beso y sonrió con nostalgia en los ojos, un poco vidriosos por el agua que se estaba acumulando en ellos— Ven, vamos a sentarnos —lo abrazó mientras empujaba, de nueva cuenta, hacia aquella pieza en medio del parque.
— ¿Aún la recuerdas, verdad? —no sabía que más preguntar, no sabía como sacar a colación lo que le pasaba a su único hermano.
—Sí, Alice. Es algo que no puedo controlar —dijo limpiándose una traicionera lágrima que logró desbordarse—. A veces siento que es mentira, estos dos años transcurridos, siento como si fuera una total pesadilla que he estado viviendo, pero luego reacciono y me doy cuenta de que es mi mísera realidad, es como si mí respiración errara, no lo sé, son muchas cosas y sentimientos contradictorios que no puedo descifrar —hizo un pequeña pausa— muchas ocasiones he pensado que debí estar con ella en ese accidente —Alice abrió los ojos con horror.
— ¡No! ¿Cómo puedes pensar en eso Edward? —dijo Alice con lágrimas deslizándose por las mejillas y lo abrazó muy fuerte, como si la vida se le fuera en ello— No hermano, no puedes decir eso, se que no es justo, todo esto que te pasó, pero tampoco creo que debas castigarte tanto como para decir que también debiste morir junto a ellos —esa niña que ahora tenía entre sus brazos, era un poco irónico, porque fueron tantas veces que él la consoló en su infancia, si se caía, si alguna vez recibía un regaño o castigo por ser traviesa, ahora esa pequeña chica que es su hermana, lo consolaba y sufría por él, porque más que compartir la sangre de hermanos, compartían una infinita amistad que muy pocos seres llegan a lograr en esta vida.
—Ya, tranquila Al —la separó un poco de él, limpiándole su pequeño rostro y mirando los ojos azules —como los de su padre— de ella y le dio un beso en la frente—. Voy a estar bien enana, lo sé, porqué ustedes me apoyan, son mi soporte y por ustedes y por la promesa que le hice, sobrevivo.
Sobrevivir, sí, sobrevive porque es lo único y verdadero que puede hacer.
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Libertad profunda y adrenalina, es lo único que ella buscaba.
Sus sueños una vez se rompieron y la habían llevado a convertirse en alguien imposible de ser reprimida, y había decidido vivir lejos de mentiras e hipocresías, la gran mayoría de su vida estuvo llena de ellas, y ahora su día a día se rige por lo que ella eligió y con eso, se sentía poderosa.
Nadie le decía que hacer, ni que decir, pensar y mucho menos como vivir.
Tal vez el vivir con su abuelo no fue lo que en primera instancia, y jamás pensó hacer y mucho menos la mejor manera de ser libre, pero él no la presionaba con nada, se limitaba a darle la libertad de trabajar a su manera y gusto, y escucharla decir sobre lo que haría.
Porque sí, Joseph Swan sabía lo sofocada que fue la vida de su nieta, con esa mujer y su hijo. Sabía de lo que había huido, pero no sabía hasta que punto fue dañada cuando huyó de esa jaula de vida que tenía.
Aunque nunca lo decía, su nieta era lo más valioso que tenía después de haber perdido a su hijo y a su esposa.
Entrando al pueblo le llamó la atención un volvo plateado. ¿A quién se le ocurría tener un Volvo por estos lugares?, sin importar, estacionó su camioneta cerca del parque que ahí había.
Pero no fue el parque lo que le llamó la atención, sino la pareja que ahí estaba.
Una chica bajita de estatura con un hombre de buen cuerpo, al parecer estaban demostrándose su amor ya que estaban abrazados y después el acariciaba la cara de la chica; por un milisegundo tuvo envidia a aquellas personas, porque sabía que ella no viviría algo así, ella decidió renunciar al amor de pareja, pero jamás al suyo propio —exceptuando a Thunder—, eso era lo único que a ella le importaba, ser feliz con sus decisiones sin depender de nadie…
Esa era su lucha diaria.
Algo en el hombre se le hizo extrañamente familiar.
Aunque lo dudaba, ella no conocía a nadie ahí, —fuera de la hacienda— mucho menos en el pueblo, había estado ahí en dos ocasiones, pero no sabía el porqué de esa extraña sensación que la empezaba a invadir, un "click" en su cerebro la hizo reaccionar…
Era Él…
El tipo del lago…
No supo porque corrió hacia la camioneta y se encerró, con el pecho agitándose por la carrera, encendió el motor con la manos, apretando el volante, hasta que lo nudillos estaban blancos por la presión que ejercía.
¿Por qué de nueva cuenta sintió eso cuando lo vio? —internamente se preguntaba. No podía ser que ese sujeto provocara eso, por suerte no alcanzó a verla —aparentemente— siguió el camino de la calle y pasó por un bar que había, el cartel decía que esa misma noche habría una celebración, pero que debía de usarse antifaz, y habrían concursos, bebidas gratis y no sabía que tantas cosas más.
—"Sí, me hace falta una noche de juerga, tal vez me esté afectando la falta de buen sexo con algún desconocido" —pensó.
Así que sin más, se bajó de la camioneta solo para acercarse a ver el anuncio, al parecer empezaba a las 11p.m y el antifaz era totalmente obligatorio.
—Demonios, y, ¿dónde se supone que conseguiré un antifaz? —pero al pasar al local de a lado de la cantina, los vio.
—Era de suponerse —sonrió y entró al local.
Hola!
Chicas vuelvo con un nuevo capitulo de esta historia, ojala que sea de su agrado y ahora si, espero que ya el proximo capitulo este par se digne a encontrarse de frente y quisiera saber que es lo que pasara.
A las chicas que me han dejado sus reviews muchisimas gracias por el apoyo, no pense que fuera a tener tan pronto mas de 20 RR, y tambien a todas la que m estan siguiendo y aletas y demas. Muchos besitos a todas.
