Disclaimer: Naruto y todos sus personajes pertenecen a Masashi Kishimoto. Este fic es sin fines de lucro, solo lo hago para mi y vuestro disfrute personal.
Pareja principal:
-Gaara/Hinata
Parejas secundarias:
-Shikamaru/Temari
-Kiba/ Ino
-Naruto/ Shion
Gracias por adelantado por los reviews.
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El miedo cubría totalmente sus perlados ojos humedecidos por las retenidas lágrimas.
Miraba con terror de un lado a otro del blanco estudio de su casa, casi en penumbras, viendo los trozos rotos de lo que fue hace unos escasos segundos un precioso y caro jarrón de cerámica china y un delicado juego de té.
Objetos que ella compró hace algunos años para adornar porque le parecieron perfectos y que ahora estaban hechos añicos como su frágil y maltratado corazón.
Sintió aún más pánico cuando sintió de repente como le agarraban del pelo detrás de ella y la hacían arrodillarse cruelmente sobre los afilados trozos de cristal del suelo que se clavaron sin piedad en su nacarada piel.
Los pequeños pero profundos cortes no tardaron en comenzar a sangrar manchando el pulcro suelo de laminada madera.
Las lágrimas ya corrían libres y sin nada que las retuviera por sus hinchadas mejillas ante el intenso dolor, tanto físico como mental al que estaba siendo sometida.
-No mereces tener el pelo como ella.
Abrió con sorpresa y miedo los ojos al poder leer entre líneas lo que pensaba hacer con ella.
-No, por-por favor, n-no lo hagas-. Suplicó al ver como tomaba un largo trozo de cristal y le tiraba del pelo hacía arriba con rudeza sacando un quejido de su boca.
-¡Cállate, no tienes derecho alguno a parecerte a ella!
Sintió como el duro y doloroso agarre en su cabello desapareció sin más, escuchó el cristal que él antes había cogido, caer de nuevo al suelo con un sonido agudo al mismo tiempo que observaba sus largos mechones caer despacio y ondulantes al suelo frente a sus heridas rodillas.
Un nudo se trabó en su garganta cuando llevó una mano temblorosa a su cabeza y acarició la zona intentando ocultar el llanto que amenazaba con hacerse más fuerte.
Su larga y lacia cabellera medianoche que tanto amaba y había cuidado por el recuerdo de su madre era ahora sumamente corta y desigual, ni siquiera le llegaba a sus hombros.
-¿Por- por qué…?
¿Qué había hecho para merecer semejante trato? Solo quería ser tratada bien, no pedía amor, ni cariño, solamente que dejaran de causarle dañó y sufrimiento.
-Porque te odio…
Abrió los ojos repentinamente siendo cejada al instante por la claridad que entraba de la ventana.
Quedó quieta e inmóvil con el rostro perlado en sutil sudor en posición fetal hasta que su vista se acostumbró a la luz y su corazón se calmaba poco a poco. Se incorporó en la cama dejando que las mantas cayeran a su regazo y se llevó la mano al rostro.
Lagrimas, estaba llorando de nuevo con ese sueño. Otra vez.
Desde que se mudó había soñado cuatro noches con lo mismo, y solo llevaba una semana viviendo ahí. Si los tres días restantes no había soñado eso es porque no había conseguido dormir bien entre preocupaciones y miedo.
Aunque estuviera lejos de él, el miedo de que pudiera encontrarla y terminar lo que empezó en aquella habitación la aterraba por completo. Le congelaba la sangre y la volvía pálida al mismo tiempo que se sentía mareada.
Tal vez le vendría bien encontrar un buen psicólogo para ayudarle con todos los problemas que tenía en su cabeza y no sabía como sobrellevar por si sola.
Necesitaba urgentemente poder olvidarse de todo por lo que había pasado hace dos semanas y conseguir llevar una vida normal como debería y no la que antes poseía desde que nació.
Realmente quería una vida normal como la de cualquier otra persona, le daba lo mismo que fuera aburrida y sumamente monótona, pero quería una vida normal.
Miró el reloj digital de la mesa de noche encontrando que eran las once pasadas de la mañana.
Nunca se había levantado tan tarde, como mucho, lo más tardio que se había levantado eran sobre las nueve, pero claro, la noche anterior no pudo pegar ojo por el miedo y tomó un desagradable sueño cerca de las cuatro y pico de la noche.
Pero no se sentía mal, no tenía nada importante que hacer, así que si quería podía trasnochar o levantarse todo lo tarde que quisiera. No tenía obligaciones importantes por ahora.
Se estiró desperezándose y decidió que una buena ducha caliente le relajaría los nervios obtenidos por la incesante pesadilla de sus recuerdos.
Un terrorífico recuerdo que la perseguía sin descanso cada noche y que tenía gravado a fuego en su piel y entrañas.
Un baño o ducha caliente siempre la habían relajado y tranquilizado desde, siempre suponía, no se acordaba exactamente.
Sentía como el agua la calmaba al sentir el calor que su piel tomaba al recorrerle el cuerpo, como era limpiada de todo mal y miedo que estuviera acechándola o ya invadido en su ser.
El agua era su elemento, rodeada de ella se sentía libre, en paz con cualquier cosa.
Si cerraba los ojos como ahora, podía imaginarse en un lugar seguro para ella donde nadie, jamás, podría dañarla ni llenar de un profundo vacío si mente y dejarla a merced de la inseguridad.
Cuando tomó consciencia del tiempo que llevaba ya metida en la ducha desperdiciando agua, cerró el grifo y se envolvió una enorme toalla mullida alrededor para poder salir.
Se acercó al espejo lleno de vaho sobre el lavabo y pasó su mano arrugada por el agua para poder verse.
Su reflejó le quitó el tan buen estado de animo que la ducha le proporcionó. La imagen que recibió era el crudo significado de las palabras maltrecho y pena.
Los ojos se le enrojecieron y aguaron en cuestión de míseros segundos, nunca fue una chica demasiado coqueta, se miraba al espejo lo justo y necesario, pero ahora odiaba más que nunca verse reflejada en él.
En su piel estaban marcadas las señales del maltrato que por años se vio obligada a soportar.
Parecía que su piel, pálida y siempre tersa como la fina porcelana llevaba un traje de lunares morados y desiguales. Un demacrado traje permanente de hematomas y heridas del que llevaba años sin poder deshacerse.
Las lágrimas corriendo por sus mejillas al ver su fino cuello como la zona más maltratada y afectada de su piel.
Por tu culpa ella se marchó, tu nacimiento fue lo que destruyó esta casa, tu existencia no es más que una maldiión… no tienes derecho a vivir.
Automáticamente se llevó las manos a su cuello con angustia intentando cubrirse y encorvando su cuerpo en modo de defensa ante el vivo recuerdo del momento en el que había estado a pocos segundos de rozar con sus finos dedos el huesudo brazo de la muerte.
-Ne-Neji…- Su nombré salió entrecortado, envuelto en un llanto desconsolado.
Desearía que su primo estuviera ahora mismo ahí con ella como cada vez que sus fuerzas flaqueaban y como ahora se derrumbaba en un penoso saco de carne y huesos malheridos.
Era débil, para que intentar ocultarlo a las personas si con nada más mirarla se podía ver la fragilidad en su mirada.
Resulta que el apodo de muñeca de porcelana que tenía en el instituto era algo que la calcaba en la cruda realidad.
No supo por cuanto tiempo estuvo agachada, abrazándose a si misma y sintiendo el frío aire quitarle con facilidad el calor que le proporcionó la ducha caliente de minutos antes.
Se secó el rostro con sus manos, dejando unos segundos su cara oculta entre ellas para respirar profundamente y serenarse del ataque de pánico que sin desearlo hizo aparición dejándola en ese estado tan vulnerable.
Ayudándose del lavabo, se levantó del suelo y se acercó a su cuarto con paso torpe. Abrió el armario y saco unos pantalones vaqueros ceñidos y un jersey de punto que le quedaba ancho junto a una camiseta de cuello alto.
Siempre vestía con cosas algo anchas ahora que buscaba cosas en las que pensar para distraer su mente.
Y lo bueno de vestir así era que podía ocultar bien su cuerpo, no por complejo a su cuerpo, que también era en parte, si no por sus heridas. Que todo ese infierno de un par de semanas hubiera sido en invierno fue lo mejor.
Lo suyo por supuesto hubiera sido que jamás sucediera todo aquello, pero quitando ese imposible, si en su lugar hubiera pasado en verano, se moriría del calor al tapar cada una de sus heridas con ropa. Podría hacerlo con maquillaje, pero era demasiado laborioso y se podía correr si sudaba.
No quería que por un descuido, alguien, quien fuera, viera en su piel las marcas del odio hacía ella.
Cuando se calzó sus botas favoritas de pelo, bajó a la cocina para tomar un brick de zumo y un par de galletas como desayuno y ojear de paso las alacenas.
-Tengo que comprar comida, ya apenas queda nada.
Tomó la lista que había estado haciendo conforme se terminaba la comida y salió de su casa con el bolso colgado al hombro y una galleta a medio comer en la boca mientras cerraba la puerta con llave.
Un día, calido y despejado de nubes le saludaba, y lo agradecía, la ciudad estuvo tres días y noches con unos nubarrones cargados de nieve que dejaron las calles desoladas de vida por el frío.
Cuando vio al frente se encontró con un muñeco de nieve en el jardín de sus vecinos y como los hijos de estos estaban haciendo otro aprovechando que ese día no había colegio por estar las calles saturadas de nieve.
Sonrió un poco al verlo, ella solía hacer eso cuando era una niña y jugaba en compañía de su primo la mañana siguiente de la nevada. Llenaban el inmenso jardín de la mansión con muñecos de nieve de todos los tamaños.
Era de los pocos recuerdos felices y bonitos que su mente albergaba de su niñez.
Borró su mirada nostálgica sustituyéndola por una falsa sonrisa la ver como los hijos de sus vecinos se le quedaron mirando con infantil gesto de preocupación. No quería almas inocentes como ellos malgastaran su tiempo y preocupación el alguien como ella.
Caminó por la acera directa al supermercado que ella más o menos recordaba del día que llegó.
Era una autentica gozada escuchar la nieve crujir y hundirse ante el peso de cada una de sus pisadas. Dejar un rastro de huellas en la lisa capa blanca que cubría parcialmente la acera.
Todas las casas tenían ahora los tejados teñidos de blanco, un blanco brillante e impoluto que reflejaba el agradable sol.
Sus tranquilos pasos y su memoria la llevaron al lugar que buscaba desde un principio, el supermercado estaba para ser día entre semana, bastante abarrotado.
Los aparcamientos estaban casi en su totalidad ocupados, no quería ni imaginarse como sería aquello en fin de semana que es cuando la gente aprovechaba para salir y comprar la comida mensual.
Un silencioso suspiro de pura satisfacción se escapó de su boca al pasar las puerta automáticas y sentir el calor de los calefactores chocando con el suyo.
Se quitó los guantes metiéndolos en el bolso y se acercó a tomar un carro para las compras. Lo bueno de vivir sola es que compraba un poco de todo y le duraba mucho tiempo.
Aunque no negaba que le gustaría, muchísimo al decir verdad, tener un motivo para comprar para dos o tres personas, eso sería un claro significado de que no estaba sola y tenía compañía en esa solitaria casa que era ahora su hogar.
Un hogar solitario y triste que se llevaba sus ganas de seguir adelante por día que pasaba.
Tachó los elementos de la lista conforme los iba echando en el carro tras comprobar los precios y las ofertas. Esperaba para cuando terminara, no tener muchas bolsas que llevar o lo tendría bastante difícil para ir a casa.
Pasó por un pasillo y vio colgados una pequeña variedad de carritos en la sección de elementos de cocina.
-Esto me solucionaría el problema-. Pensó al ojearlos para ver cual le gustaba más. Sus ojos se posaron en un carrito escondido del resto, blanco con flores de lavanda como decorado. Una flor que adoraba porque su madre supuestamente era aficionada a cultivarlas según su tío le había dicho unas cuantas veces-. Este me gusta.
Escuchaba a gusto el barullo de voces que la rodeaban. Los niños pidiendo a sus madres envueltos en tiernos pucheros que les compraran dulces, madres que se negaban alegando que se le picarían los dientes y luego no comerían en el almuerzo, señoras cotilleando con amigas sobre nuevos eventos en la ciudad.
Por mucho que adoraba la tranquilidad y pasar desapercibida, de vez en cuando, y más ahora en su situación, sentirse rodeada de gente, aunque esta no te conozca ni sepa que existas se sentía muy bien.
Tal vez, siendo un poco optimista, al fin, encontrara a un amigo o amiga con quien poder hablar y no estar tan sola mientras esperaba las cortas y lejanas visitas de su primo.
Conocía a sus vecinos un poco, no tenía mucha confianza con ellos por ahora, todavía escuchaba decir cuando salían a tirar la basura, que era reconocida como la chica nueva del barrio. Pero ninguno era de su edad, no podía dialogar de temas acordes a su gusto, los más cercanos tenían treinta y pocos con la carga de dos tres hijos.
Se acercó a una caja con pocos clientes y esperó pacientemente que llegara su turno mientras pensaba.
Tal vez si hacía una cena e invitaba a todos le daría la perfecta oportunidad de conocerles a todos un poco mejor, pero claro, sin dudarlo en la comida saldrían las típicas preguntas que tanto temía como ¿por qué te mudaste siendo tan joven?, ¿Y tus padres? Tendría que recurrir a la mentira para contestarles y así persuadirles con disimulo para que dejaran de insistir, pero ella misma sabía mejor que nadie que la mentira no era precisamente su punto fuerte.
Era una mentirosa horrible, no sabía mentir, sus ojos eran como un libro abierto y se descubría a si misma por ello.
Lo mejor era dejar las cosas tal como estaban aunque siguiera estando entonces tan sola.
Un carraspeo de la cajera la sacó de su ensimismada cabeza y con un notorio sonrojo al sentir las miradas en ella, pagó rápidamente el dinero en efectivo por su compra y fue veloz a meter las cosas en el carrito que había comprado.
Tuvo la suerte de que casi todo cogió dentro del carrito, solo una pequeña bolsa en su otra mano fue lo restante.
Miró el reloj de su muñeca viendo que solo había tardado una hora, pensar que ahora debía volver a casa y estar allí encerrada hasta que necesitara algo de nuevo le deprimía la moral.
Un pequeño paseo no le haría ningún daño, realmente no quería ir a casa todavía, pasaba horas, días, encerrada allí, para un momento en el que podía salir tenía que alargarlo lo máximo que pudiera.
Se sentía como un pequeño y endeble pajarito encerrada en una jaula.
Se acercó a un pequeño y oscuro callejón para traspasarlo, no lo suficientemente grande para que un coche pasara pero si unas tres personas sin problemas.
-Deberían cuidar un poco más las fachadas de las casas.
No era para nada bonito a la vista de nadie ver las paredes de ladrillo completamente cubiertas por verdoso moho ante la humedad del clima actual. Y ya ni quería mencionar el asco que le daba la sensación que daba tocarlo.
Un escalofrío de asco le recorrió la espalda entera, pensar en tocar algo así pegajoso y que para colmo olía mal le revolvía las entrañas.
Paró en seco al ver que la pared llena de moho tenía en una parte la baga silueta de una persona, como si alguien hubiera estado apontocado, y no estaba equivocada, a pesar de que nevó un poco el día de ayer, todavía podía ver huellas en ese callejos que justamente terminaban en ese lado de la pared.
Justo donde estaba ella misma en ese momento curioseando un poco.
Dio un solo paso al frente y la bolsa que sostenía se rompió cayendo todo por el suelo.
-Oh no, ¿por qué las bolsas de supermercado son tan finas y malas?- Casi parecía que los comercios hacían eso adrede para que compraras dos más para estar segura de que no se rompería-. Que buitres son.
-Eso es verdad-. Chilló asustada dejando caer las cosas que tenía en brazos y cayendo para atrás al ver a un chico con las manos en los bolsillos de su grueso abrigo delante de ella que hace dos segundos no estaba-. Oye, tranquila mujer, que no muerdo.
Sonrió alegremente de manera desinteresada, mostrándole su amplia y blanca dentadura para posteriormente agacharse frente a ella y ayudarla a coger las cosas del suelo.
-Los comercios solo se interesan en obtener dinero de la manera que sea, y nuestra comodidad les da lo mismo mientras puedan llenar sus bolsillos de pasta, llamarles buitres ha sido muy acertado.
Estaba callada, con la mirada baja sin saber que decir, el corazón por el susto aún lo tenía acelerado, en ningún momento se imaginó que ese chico que parecía tener su edad aparecería de la nada delante de ella.
No negaba que estuvo tentada por el susto que se llevó al verle, a lanzarle a la cara, preferiblemente a un ojo que era donde más dolía, una o dos de las naranjas que estaban por el suelo y salir corriendo de allí como alma que lleva el diablo aunque se dejara su compra y su carro nuevo abandonados.
Pero hubiera hecho el ridículo al ver que solamente la había visto en un apuro con la compra y solo quería ayudar.
Por supuesto que eso no quería decir que se sintiera segura, no se confiaba todavía, no lo conocía de nada, así que mejor estar prevenida para lo que pudiera ocurrir.
-¿Tienes alguna bolsa de repuesto?
-S-sí-. Y ahí de nuevo su odioso tartamudeo hacía aparición para no variar. Sacó un rollo amarillo de bolsas de dentro del cesto sacando una.- Pe-pero son bolsas para la ba-basura.
-También sirven y apuesto lo que quieras a que son más resistentes que esta cosa que llaman bolsa.
-Se-seguro que sí.
Maldita sea, el método de hablar frente al espejo, auto convenciéndose de que no tartamudearía nunca más era una autentica porquería. Una hora perdida durante una semana para nada, si hablaba sin trabarse en su casa era porque sabía que nadie la estaba mirando, nada que ver con salir a la calle.
Tendría que buscar otro método, no quería pasarse la vida tartamudeando por cualquier cosa que saliera de sus labios.
Tomó una manzana de sobre la nieve para meterla en la bolsa y el hueco que creó la fruta en la blanca superficie captó su interés por completo hasta el nivel de inclinarse y mirar fijamente.
Parecía que la nieve estaba marchada.
-¿Sa-sangre? -La nieve estaba de color rosado si quitaba la capa fina que cayó la noche pasada.
Encontrar eso no era muy buena señal, en ningún lado ver manchas de sangre era algo por lo que alegrarse, podía significar muchas cosa, y cada cual peor.
Una violación, un robo, un asesinato, las tres cosas juntas, y señor, pensar que podía estar en ese mismo lugar donde podría haber sucedido algo de eso la estaban llenando de nervios.
Como si los que ya tenía sobre los hombros no fueran suficientes.
-Este callejón cuando llega el fin de semana es bastante transitado por los jóvenes al conectar la calle principal con las discotecas, tal vez alguno de ellos decidiera inyectarse algo, ya sabes.
Se lo dijo tan serio, tan diferente del hombre alegre y apuesto; porque tenía que reconocer que ese hombre poseía uno de los rostros más atractivos que había visto en su vida, que intimidaba.
-O-oh-. Un drogadicto, eso no era bueno tampoco ciertamente, pero de igual manera la tranquilizaba más que las otras cosas previamente pensadas por su paranoica cabeza-. Pro-procuraré no pasar más po-por aquí.
Volvió a verlo sonreír y pensó que riendo estaba infinitamente mejor que adusto y recto. Se puso en pie con una agilidad que le recordó a un perro por su energía y su manera peculiar de deshacerse de la nieve pegada a su abrigo.
La ayudó a ella a levantarse también con un suave, pero fuerte tirón del brazo donde no tuvo siquiera que hacer ni un ápice de fuerza para alzarse en pie.
Era un hombre con mucha fuerza sin duda, algún tipo de deportista especializado en levantamiento de pesos seguramente, porque una persona normal no levantaba a otra así como así.
Como si fuera una ligera y simple pluma.
-Listo, ha sido un placer ayudarla pequeña señorita.
Se sonrojó ante sus palabras, que si bien eran bastante ciertas porque apenas le llegaba a los hombros, la apenaba escucharlo precisamente de una boca desconocida como la de él.
-Gra-gracias por su a-ayuda.
-No ha sido nada, ya hice mi buena acción del día.
Se despidió de él con una suave y tímida sonrisa sin saber que más decir, aún con las mejillas sonrosadas, tras inclinarse y se alejó por la calle comercial de nuevo sintiendo que ya había sido suficiente salida por ese día.
Cuando ella se perdió en la esquina, su sonrisa se borró en cuestión de segundos en una mirada apagada. Miró la rosada nieve con perpetua seriedad e inexpresión.
Soltó un suspiro mientras negaba con la cabeza, alzó la pierna y pateó la zona para dispersar la nieve manchada de rojo para eliminar cualquier rastro que delatara que una vez hubo sangre en ese callejón apartado y casi abandonado de la cuidad.
-Hay que tener cuidado, los humanos nos pueden descubrir si tenemos despistes como este-. Se alejó de aquel lugar para dirigirse a su hospedaje con porte tranquilo, como si nada hubiera pasado-. Y no deben de saber nada, para su propio, y nuestro bien.
Nada debería salir a la superficie por el bien de todos o sería el fin de ambos mundos.
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Tercer capitulo terminado, creo que esta vez no podré publicar dos en un mismo mes, estoy ocupada con el capitulo que me corresponde de "Erotics Rooms" así que para el mes que viene seguramente podré publicar el cuarto de este.
Gaara no sale, algo de él sí, pero no él, ¿con quién habrá hablado Hina? Es fácil adivinarlo.
Cualquier error que encontréis, no lo dudéis, decídmelo para corregirlo cuanto antes.
Contestación a reviews de usuarios sin cuenta:
-Gaahinaforever: ¿Pensabas que no continuaría esta historia? ¿De donde sacaste semejante idea? Si estaba deseando escribir esta desde que estaba a medias en la historia anterior.
Bueno, ya has podido ver algo de lo que le pasó a Hinata, en breve… dos o tres capítulos más, se sabrá el resto.
Hasta el próximo capi. Cuídense. (L) Dulces mordisquitos ;)
Publicado el 14 de Marzo del 2014.
