Sin freno de mano – Capítulo 04

Jamás dos días se le habían hecho tan largos. La manecilla de los segundos de cualquier reloj analógico parecía haberse tomado la libertad de reducir su ritmo, quizás agotada por no dejar de dar vueltas, incesante. Cualquiera hubiese disfrutado en esa situación, en la que se tiene la falsa sensación de disponer de más tiempo, pero ése no era el caso de Francis. Después de un beso inesperado, la calma y aparente falta de atracción física hacia Antonio se habían esfumado.

En sus tiempos muertos en casa, mientras observaba la televisión, aburrido, a su mente volvía el recuerdo de aquel contacto físico, de los nervios que se habían amontonado en su estómago provocándole un cosquilleo extraño y de la calidez y el aroma de Antonio, tan cercano a él. Su postura se tornaba rígida, sus dedos apretaban cualquier superficie sólida cercana y, cuando se daba cuenta del efecto que tenía en todo su ser, respiraba hondo y relajaba los miembros.

A veces, incluso, mientras se arreglaba el cabello, después de una ducha, practicaba el diálogo que mantendría con él cuando Antonio regresara. Se miraba en el espejo, con el cabello mojado chorreándole sobre los hombros pálidos y dialogaba con su propio reflejo. Interpretaba tanto su papel como el del hispano, el cual no se le antojaba nada sencillo. Cuando terminaba suspiraba, resignado, consciente de que cuando se trataba del camionero no podía dar nada por sentado. Su comportamiento se asemejaba al del viento, que parece que va a seguir una dirección concreta pero que, en el último momento, se desviaba. Así era él, libre como el viento.

Agradeció, por el bien de su salud mental, que el tiempo no se tornara caprichoso y decidiera, excepcionalmente, detenerse por completo. El día en que Antonio regresaba por fin inició y después de una noche en la que no había podido conciliar el sueño de manera adecuada Francis abrió los ojos, sobresaltado por el timbre del despertador. Estiró el brazo hasta dar con el reloj que descansaba en su mesilla de noche de color marrón oscuro, con dos cajones con tiradores de metal, y presionó el botón para detener el ruido.

Durante unos segundos permaneció echado bocarriba sobre la cama, respirando un poco más rápido de lo normal. Cuando por fin normalizó el ritmo, recordó que volvería a verle y todo su cuerpo se erizó, anticipándose. Se empujó fuera de la cama, repentinamente cargado de energía, y se puso a buscar en su armario prendas sencillas pero elegantes que ponerse tanto para ir hacia su empleo como al salir de éste. Se duchó, se arregló el cabello, se puso desodorante, se perfumó y entonces se vistió.

Le siguió un rápido desayuno que le costó ingerir debido a los nervios. Todos los discursos que había practicado a lo largo de esos dos días, de repente, le parecían insulsos y carentes de sentido. Sin embargo, un objetivo se perfiló en su mente, tomando una forma definida: debía volver a catar los labios del hispano, esta vez durante más de unos míseros segundos.

Las calles de la ciudad parecían un canal por el cual fluían grandes cantidades de personas, que se dirigían a sus empleos, combatiendo contra el sueño matutino de diferentes formas. Francis se dejó arrastrar por la marea, con sueño, hasta que se desvió hacia el polígono en el que se encontraba el almacén y la cantidad de gente disminuyó. Siguió religiosamente su rutina, con el corazón vibrando en su pecho, imaginando cuándo llegaría el momento en el que le viera llegar, emocionado como una adolescente.

Pero, para su pesar, las horas pasaron y para el mediodía aún no había ni rastro de Antonio. Inquieto, decidió pasar por la oficina central, a ver qué podía averiguar. ¿Es que se había equivocado de día? Conociéndole, cabía la posibilidad. Fernández vivía gran parte de su tiempo en las nubes, aunque uno debía admitir que era parte de su encanto. Dentro, los empleados se encontraban cada uno sentado a su escritorio, tecleando delante de ordenadores blancos de aspecto antiguo. Al final del gran salón, Arthur Kirkland se escondía tras una montaña de papeleo y una pantalla grande, con apariencia nueva.

Estuvo observándole un rato, contrariado. Una arruga surcaba la frente de su jefe mientras observaba el ordenador como si éste le hubiera ofendido gravemente. Puede que no fuera el mejor día, su humor no daba la impresión de ser el ideal. Y aún con eso en la mente, sus pies no le alejaron del lugar. Bien pensado, era excepcional el día en que Arthur entraba por la puerta del almacén con una sonrisa en el rostro. Si tenía que esperar a que los planetas se alinearan, entonces podía envejecer en el proceso. Respiró hondo, se armó de valor y avanzó hacia allí.

Una vez delante de él, Arthur no daba señales de haber sentido su presencia siquiera. Carraspeó, con la mano cerrada en un puño delante de su boca.

— Señor Kirkland, me preguntaba si tenía un momento.

— Debes estar ciego, porque creo que queda evidente, ante la cantidad de papeles que hay sobre mi mesa, que tengo otras cosas importantes que hacer —respondió su superior, sin mirarle aún.

El calor de la rabia burbujeó en su interior y fue necesario que apretara sus dientes para no soltar un comentario mordaz. Desde luego, si deseaba recabar información, confrontar a su jefe no parecía la mejor opción disponible a su alcance. Se forzó a curvar sus labios en una sonrisa.

— Tenía entendido que uno de los camioneros, Antonio Fernández, llegaba hoy a la central con un camión cargado pero aún no le he visto llegar. ¿Usted tiene alguna información al respecto?

— ¿Sobre ese loco? Sí, claro que tengo información. El muy idiota se ha metido de lleno en un atasco y aún tardará una hora en llegar. Ya tendría que haber estado aquí y el contenido del camión en el almacén. Pero tiene el don de ser tremendamente inoportuno.

Fue capaz de ignorar los otros comentarios con estoicismo dado a que el alivio que experimentaba era mayor. Se despidió, educado, y se dirigió por los pasillos de aspecto antiguo hacia el muelle de carga número siete, donde le aguardaba un camión. Aunque a ratos sentía las gotas de sudor, saladas, resbalando por su espalda, debajo de su camiseta de algodón, mantuvo un ritmo activo, sintiéndose lleno de energía. De vez en cuando revisaba el reloj de pulsera, que quedaba oculto bajo la ropa y el guante que protegía su mano.

Cuando concluyó su jornada laboral, Francis terminó de firmar un par de papeles y, antes de pensar en cambiarse, fue a dar una vuelta por el patio externo. De nuevo, no fue capaz de encontrar el camión de Antonio y su estómago se revolvió. ¿En qué atasco estaba metido que aún no había llegado? Gilbert, sudoroso, bebía de una cantimplora de metal plateado, pulido. Los ojos azules de Francis bajaron y se desviaron hacia la izquierda, pensativo. Un par de segundos después, los alzó y se aproximó a su compañero con paso decidido.

— No me lo digas, estás buscando a Antonio —apuntó Gilbert nada más verle, incluso antes de que Francis tuviera oportunidad de saludarle. Bonnefoy se quedó boquiabierto y él sonrió con malicia. Con tal de ver aquello, había merecido la pena.

— ¿Cómo lo has sabido? ¿Es que lo tengo escrito por la cara? —preguntó, alzando sus manos y tanteando su propia tez.

— Lo sé porque he estado descargando el camión de Antonio y no veas el coñazo que me ha estado dando contigo. Que si tengo ganas de ver a Francis, que si le podía contar cómo habías estado, que si eres muy gracioso... ¡Madre del amor hermoso! ¡Es como si fuera tu mayor fan! No lo entiendo.

Trató de retener la sonrisa, pero ésta encontró la manera de florecer sola en su rostro. Bajó la mirada mientras en su pecho se instalaba una calidez reconfortante. Aún le costó un par de segundos más el darse cuenta de algo: él estaba ya allí. Fijó su atención en el canoso joven, como si lo que le fuese a decir fuera de vital importancia.

— ¿Dónde está?

Salió de las inmediaciones de la empresa, sorteada por una valla de color azul gruesa que, en óptimas condiciones, sería demasiado difícil saltar, y caminó hacia la izquierda. Allí, a unos quinientos metros, había un gran descampado en el que los camiones acostumbraban a aparcarse cuando debían de permanecer allí una temporada. Prácticamente de inmediato, Francis vislumbró el camión que tenía escrita la palabra "Fernández" en el remolque y se fue hacia allí, sonriente. Se dirigió hacia la parte de la cabina y se asomó, pero no había nadie, lo cual le hizo arquear una ceja. Rodeó todo el automóvil y, cuando alcanzó la parte trasera del remolque, vio la puerta abierta y un hombre echado en el suelo del mismo, con un brazo sobre los ojos.

Como la otra vez, Antonio enseñaba parte de sus abdominales bien definidos a causa del constante ejercicio físico. Se permitió a sí mismo repasarlo de arriba abajo, apreciativamente, durante unos largos segundos y luego se aproximó y pinzó la nariz del hispano con su dedo pulgar e índice.

— ¿Cómo lo haces para que siempre te pille durmiendo? Se te van a caer los ojos de tanto descanso —regañó, con aire cariñoso.

El camionero, el cual había pegado un respingo y había apartado el brazo para poder ver qué o quién le estaba atacando, le miró con los ojos desorbitados, aturdido por su presencia. Bonnefoy se rio, cubriendo parte de su boca con la mano derecha. Dicho gesto aún le pareció más hechizante. Al final cedió a sus encantos, los cuales quizás desplegaba sin ser consciente de ello, y sonrió. Antes de pronunciar una sola palabra, los brazos de Antonio rodearon el cuerpo del rubio y le atrajo hacia él, mientras lo saludaba por todo lo alto. Sus muslos chocaron contra la parte baja del remolque y tuvo que clavar las manos contra la madera conglomerada para no empujar a Antonio. Allí el joven de cabellos castaños despeinados se quedó quieto, aspirando el aroma dulzón y deleitándose en la calidez del cuerpo de su compañero el cual, eventualmente, elevó los brazos y le devolvió el abrazo con timidez.

Después de largos segundos, Antonio recabó fuerzas para alejarse un poco del rubio y le sonrió, jovial. Le encantaba ver que el gesto, simple, se reflejaba en las facciones de Francis y le suavizaban el rostro. Sus brazos permanecieron alrededor de su cuello, flojos, más reposando sobre sus hombros.

— ¿Ha sido cosa mía o estos dos días han sido más lentos? Han debido de tener como treinta horas, mínimo —preguntó Antonio, casual,

— ¿A ti también te ha pasado? Qué curioso. Pensaba que habría sido mi percepción, alterada por completo.

Fernández ensanchó su sonrisa, satisfecho al ver que lo mismo que él añoraba a Francis, el sentimiento le era correspondido. Después de su movimiento suicida días atrás, que había culminado en un breve pero electrizante beso, Antonio había estado analizando las consecuencias de su inconsciencia. Incluso había llegado a temer que Francis le mirara mal y le detestara por su egoísmo. Por eso, al ver cómo le trataba con normalidad, la ilusión y el alivio habían fluido y se habían transformado en la necesidad de abrazarle, como si el dejarle libre pudiera hacer que se le escapara para siempre.

Aún así, determinó que lo apropiado sería darle libertad. El gesto, aunque no lo demostró, no fue demasiado bien recibido por parte de Francis que, al reencontrarse con el hispano, había descubierto que poseía la urgencia de permanecer próximo a su cuerpo pecaminoso. Por suerte, logró controlar sus instintos, que cada vez se alejaban más de la coherencia.

— Ven, sube —le indicó Antonio una vez se hubo levantado del suelo del remolque—. Te voy a enseñar algo.

El interior del camión se encontraba prácticamente vacío. Parte de la luz se filtraba por el techo, que parecía tener algunos desperfectos que Antonio se había encargado de cubrir con telas. El suelo no estaba muy limpio, se veían arañazos oscuros repartidos por doquier, como si alguien hubiera arrastrado cajas pesadas hasta el punto de quemar el material por la fricción. Al fondo había un perchero pequeño, del cual colgaban un par de toallas y había un par de cajas, que le sorprendieron.

— ¿Y esto? —preguntó Francis, pasando la mano con cuidado por encima de la madera.

— No te lo vas a creer. Encontré una ganga por internet y he comprado un pequeño quad. Lo he dejado dentro porque por ahora no tengo un lugar donde dejarlo.

— Antonio, por lo que más quieras, ten cuidado con esas cosas, que las carga el diablo. No me gustaría que te abrieses la cabeza contra el pavimento. ¿Era esto lo que querías mostrarme?

— ¿Qué? —preguntó su compañero, confundido. Sus ojos se encontraron con los azules y, al comprender finalmente lo que le preguntaba, negó rápidamente con la cabeza—. No, claro que no. De hecho, pensaba esconderlo para que no me reprendieras por cometer otra locura, como ya has hecho.

— Has fallado en tu misión, mucho me temo —respondió Francis, encogiéndose de hombros. No se arrepentía de poner raciocinio dentro de la cabeza alocada del hispano.

— Esto es para ti.

Antonio tenía una maestría inusitada para dejarle con un palmo de narices. Francis recibió la bolsa entre sus manos y la miró como si se tratara de un ser alienígena. Su mente no estaba capacitada para procesar que, de nuevo, el camionero se había acordado de él mientras viajaba por el mundo y le había traído un detalle. Del interior, extrajo una camiseta de algodón blanco, suave al tacto. Pinzó con el dedo índice y pulgar en la parte de los hombros y, por su propio peso, el resto de la camiseta cayó hasta quedar estirada. De ésta manera pudo apreciar que, en la parte del pecho, había el mensaje "I love Madrid".

Mientras Antonio hablaba sobre lo insulsa que era, cómo no había podido encontrar algo mejor y su preocupación acerca de la talla, Francis observaba la pieza de ropa ido. Un pensamiento se había paseado por su mente, demoledor. Lo que le gustaba no era precisamente Madrid.

El discurso del español se interrumpió cuando vio que Francis se aproximaba a él con una mirada que jamás le había visto con anterioridad. Elevó la mano hacia su rostro, pero no llegó a tocarlo. Levitó próxima, delineando la forma de su mejilla y parte de su cuello. A continuación, durante un segundo, la retiró, indeciso mientras sus ojos descendían por los terrenos que había descubierto. Para finalizar, su mano acarició, usando únicamente la yema de sus dedos, el brazo izquierdo de Antonio, que sintió como si el contacto le produjera una descarga eléctrica agradable.

Cuando llegó a la muñeca, sus dígitos se alejaron y Fernández tuvo tiempo para maldecir durante dos segundos, tiempo que tardó el rubio en tener ambas manos libres, en agarrar el bajo de la camiseta corta de Antonio y tirar de ella hacia arriba. Con los ojos como platos, el camionero permaneció quieto, interrogante. ¿Había matado al cerebro de Francis? Sólo esperaba haberlo hecho de la manera adecuada.

Se movió y permitió que le despojara de la prenda, dejando al descubierto su cuerpo musculado y tostado por el sol. Le repasó de abajo hacia arriba esta vez y, cuando sus ojos se encontraron, Francis se aproximó con la camiseta y se la empezó a poner. Cabe decir que Antonio no entendía el objetivo de todo aquello.

— La camiseta es para ti, Fran. ¿Para qué quieres que me la ponga yo? No tengo inconveniente, pero...

— Quiero ver cómo te queda. Concédeme este capricho, ¿quieres?

Lentamente asintió, cediendo a su petición, y observó cómo Francis bajaba la tela hasta cubrirle por completo. Aprovechando que no parecía fijarse en su cara, Antonio apretó los labios, tenso. Desde hacía un minuto, su cuerpo se sentía rígido y el calor había empezado a extenderse a otras zonas que, según su criterio, deberían mantenerse apagadas. Prácticamente desde el primer día que lo vio había deseado encontrar en los ojos azules cielo el deseo y la lujuria dirigidos hacia él. Normalmente no era tan irracional, pero con Francis había encontrado su talón de Aquiles.

Nunca había deseado tanto la compañía de alguien a quien conocía tan poco. Pero algo había en su persona, algo que le llamaba. Le recordaba a aquellos testimonios de gente que dice que sus destinos estaban entrelazados. Por supuesto que no creía en aquello; al menos hasta que había visto a aquel hombre rubio con aire etéreo, el cual parecía sacado de una pintura de Botticelli. Ese mismo ser con pinta de ángel que ahora le observaba con la lujuria de un súcubo.

Cuando el último dedo soltó la tela, éste se ancló en la cinturilla del pantalón crema de Antonio. Dio un paso atrás y le observó crítico. El español no se inmutó y se sometió al análisis. Por la manera en que negó con la cabeza, algo no le terminaba de gustar. Así que sus dedos, habilidosos, se encargaron de liberar el botón metálico del pantalón, dorado, que había sido prisionero del agarre del ojal. Se ayudó con las dos manos para bajar la cremallera, cuyo sonido se propagó hasta los oídos de Fernández.

Bajó el pantalón, agachándose para poder llegar hasta sus tobillos. Como si pudiera saber lo que pasaba por su mente, Antonio levantó primero uno de los pies, para permitirle que le despojara de los zapatos, y luego el otro. Allí, de cuclillas, alzó la mirada y observó la figura del camionero, que ahora se veía alto e imponente.

Algo más llamó su atención, el bulto en su ropa interior, que dejaba entrever la excitación que surcaba cada parte del cuerpo del hispano, como una corriente eléctrica que ha encontrado un buen conductor. Alzó la mano derecha hasta alcanzar la cinturilla del bóxer y tiró de él, dejando que éste rozara contra la piel besada por el sol del hispano el cual, a pesar de mantenerse entero, no había podido disimular el cambio del ritmo de su respiración.

El trozo de tela quedó caído en el suelo del remolque, abandonado, sin forma aunque caliente por haber estado en contacto con el cuerpo de Antonio. Bonnefoy se alzó y fue rodeándole, para verle desde todos los ángulos. Parecía un leopardo a punto de saltar sobre su presa, con intención de clavar sus colmillos para probar la ansiada carne.

— ¿Así mejor? ¿Ya puedes apreciar bien la camiseta? —preguntó Antonio, con sus ojos verdes fijos en una de las paredes y una sonrisa sutil en los labios.

— No es una vista perfecta, pero ha mejorado mucho respecto al inicio.

El español asió con las manos el borde de la camiseta, arrugándolo, y lo elevó hasta dejar a la vista tanto su entrepierna como su trasero, ajustando el bajo hasta que rodeaba su cintura perfectamente. Francis se detuvo en el frente, sus ojos nublados por la candente necesidad que le ardía por doquier, como una enfermedad peligrosa. Se aproximó y tomó la mano derecha del hombre de hechizante mirada verde. Lentamente, como si fuese una preciosa obra de arte que pudiera romperse al mínimo movimiento en falso, hizo que Antonio virara sobre su propio eje, ofreciéndole una visión completa de todo lo que había dejado al descubierto, de lo que le había ofrecido en silencio.

Cuando le tuvo de frente de nuevo, la mano de Francis se presionó contra la de Antonio y entrelazó sus dedos con los de él. Rodeó su cintura y le arrimó, juntando sus cuerpos de manera que pudieron percibir el uno el calor del otro. El rubio se inclinó hasta que sus labios rozaron parte de sus cabellos castaños, a la altura de su oreja. No le pasó desapercibido el estremecimiento que sacudió el cuerpo entre sus brazos y una sonrisa maliciosa adornó sus labios húmedos. Se sumergió en el olor salvaje y pasional de su cuello y dejó besos, lentos, con los labios entreabiertos, entre los cuales después respiraba aire caliente que rozaba la piel de caramelo.

El suspiro, prácticamente inaudible a excepción de para él, que se encontraba demasiado cercano como para pasarlo por alto, le envió directo a una espiral de sensaciones que no había esperado encontrar. Ladeó el rostro, tan cerca que ni podían verse nítidamente, y se adueñó de sus labios con sosegado cariño, controlando el ansia que crecía y rugía, igual que una gran marea que amenaza con arrasar con toda la costa. La mano derecha de Antonio se elevó y se posó en su mejilla para controlar su ubicación con mayor precisión y ahí permaneció cuando el rubio se apartó para ver la expresión de su compañero.

Y en ese momento el sosiego se deshizo, igual que el papel lo hace después de haber sido mojado en exceso. El joven de cabellos castaños se avanzó hasta que sus labios estaban unidos de nuevo y aferró a Francis con tanta pasión que le hizo retroceder un paso, tras lo cual el rubio empujó para recuperar el terreno perdido, rodeando su cintura con los dos brazos.

La febril necesidad se apoderó del control de sus acciones mientras las manos de Antonio despojaban a su compañero de la ropa que cubría su torso y éste le elevó y le sentó sobre la caja. Aprovechó el hecho de no tener que cargar su peso para tantear sus muslos y ascender hacia la entrepierna de su compañero. Mientras, él apartaba la camiseta del que ahora identificaba como su amante y sentía bajo sus dedos la piel suave y tersa del torso de Bonnefoy.

Desesperados, buscaban repetidamente la boca del contrario, mientras sus respiraciones perdían su compás habitual y los gruñidos, fruto de la excitación, resonaban en el hueco del remolque del camión. Ahogaban en la garganta del otro los primeros jadeos, fruto de las caricias sobre sus miembros erectos. Los dedos de Francis asieron los cabellos castaños a la altura de la nuca y tiraron de ellos, provocando que Antonio alzara el rostro para evitar la tirantez y, acto seguido, devoró el cuello, como si pudiera sentir el sabor a cacao de cada poro de esa superficie de la dermis.

Dejar su boca libre, le hizo descubrir el sonido de sus jadeos, lujuriosos, recatados por la vergüenza. Bajó las manos por la espalda, tanteando por encima del algodón, palpando los músculos que no podía ver, hasta que resbaló a la zona desnuda de las lumbares y siguió camino a sus nalgas. Las descubrió, a ciegas, como montículos redondeados, perfectos, rellenos y al mismo tiempo tersos. Hundió sus dedos en ellas y le atrajo hacia él. Acto seguido, deslizó sus dígitos por sus muslos y los aferró.

El trabajo pesado le había hecho desarrollar aguante y fuerza, por lo que no le supuso tanto problema levantar a Antonio. Éste, por instinto, rodeó su cuello con sus brazos para distribuir la carga de su propio peso y facilitarle dicha acción. No sabía a dónde pretendía llevarle, pero poco le importaba. Sintió que giraban y lo siguiente fue el golpe de su espalda contra el lateral del camión, mientras Francis volvía a su ofensiva contra su cuello.

El roce de la punta de su pene, candente, tenso, incluso algo húmedo, contra el torso de Francis le encendía aún más y provocaba de nuevo que suspiros placenteros y algún jadeo fuesen audibles para su compañero. Su pierna derecha se resbaló de su agarre, pero pronto plantó el pie descalzo contra el suelo y, al ver que no caía, Francis se olvidó de ello.

Sin embargo, su mente aún conservaba una chispa de lucidez dentro de todo aquel torbellino, por lo cual habló, con la voz ronca y sensual, contra el mentón del español.

— Por tu bien, espero que tengas condones —murmuró finalmente, experimentando un tirón en su propia entrepierna, sepultada bajo la ropa, necesitada y comprimida de manera hasta dolorosa.

— Tengo —aclaró Antonio, apartando con ternura las manos de Francis para que le dejara de nuevo contra el suelo. Se aproximó a él y le besó en los labios con la misma delicadez—. Aunque eso ha sonado a amenaza. ¿Qué pensabas hacer si no tenía?

— Puede que metértela sin más.

Sabía que su respuesta había sido brusca y, según cómo se mirase, incluso inaceptable, pero el transportista le rio la ocurrencia y se apartó para buscar una bolsa que estaba colgada bajo una de las toallas. En ella tenía diversos útiles, los cuales le hacían compañía en sus largos viajes al extranjero. No dejaba de ser un hombre con necesidades. El celibato nunca había sido hecho para él.

Se agachó, para apoyarla en el suelo, y escarbó en ella hasta dar con lo que estaba buscando. Mientras tanto, Francis observaba prácticamente sin pestañear la silueta de su trasero, el cual le incitaba con su mera presencia. Había sido diseñado para llevarle por el camino de la perdición, lo tenía claro. Una eternidad en el infierno, no obstante, parecía un precio bajo.

Ni tan siquiera perdió el tiempo en quitarse el pantalón de su mono de trabajo. Lo desabrochó, bajó la ropa interior para dejar su miembro al descubierto, el cual agradeció poder mantenerse en la posición que la sangre acumulada le demandaba, y apoyó las rodillas en el suelo. Rodeó la cintura del hispano, que aún estaba de espaldas, y le arrastró hasta que la suya propia estuvo chocando contra una de las paredes del remolque.

Antonio se vio sentado sobre el regazo de Francis, el cual se apresuró en sujetar sus piernas para tenerle en la posición ideal para lo que tenía en mente. El español se giró para poder besarle mientras su pareja tocaba las zonas que más ansiaba. Sentía su erección contra sus nalgas, apretada, palpitante, también húmeda, y un tirón le sacudió, lo cual le arrancó un gemido.

Ninguno de los dos podía tomarse la situación con calma, arrastrados por sus instintos básicos, que habían anulado cualquier pensamiento racional. Embelesado por la sensación de los dedos del rubio hurgando en su interior, Antonio observaba el techo, jadeando, buscando la calma para poder respirar con normalidad y así evitar tensarse alrededor de ellos, lo cual aumentaba la incomodidad. Sin embargo, su cuerpo parecía tener el nombre de Francis tatuado por cada rincón y se adaptaba con relativa facilidad a cualquier cosa que le hiciera.

Cansados de la espera, conscientes de que el previo había sido lo suficientemente largo, Francis soltó a Antonio para ponerse el condón. El español apoyó las rodillas sobre la madera y suspiró, con la vista baja, fija en la punta de su miembro, rojiza, brillante y le dio la impresión de verla palpitar. Echó la vista atrás, para comprobar si había finalizado, y entonces retrocedió y tanteó con la mano, hasta sujetarlo.

Bonnefoy se estremeció ante el toque y cuando la punta de su necesitado pene rozó el anillo de músculos su cuerpo sufrió un espasmo involuntario. Mordió su labio inferior y no se perdió detalle alguno de cómo iba enterrándose entre aquellos perfectos montículos, los cuales estrujó e incluso azotó, con resultados inesperados y, para qué negarlo, muy satisfactorios. Antonio se encargó de iniciar el vaivén, con una lentitud tortuosa y tremendamente erótica.

Se perdía en los espasmos de los músculos de sus piernas, a medida que ejercía la fuerza suficiente para levantarse y los que se producían en el resto de su cuerpo cuando le enterraba todo lo profundo que podía desde esa posición. Rodeó uno de sus muslos y acarició la ingle, mientras usaba la mano como guía para su compañero, incitándole a tomarle una y otra vez.

No era consciente de los gemidos que brotaban de entre sus labios rojizos, por mordisqueárselos a ratos, para sosegar la sensación abrumadora de la fricción. Pero no podía escuchar otra cosa que no fueran los de Antonio y de esas maldiciones que a ratos exclamaba, cuando se estremecía, víctima del placer.

A medida que su compañero encima aceleraba, él mismo acompasó sus propios empujes con la cadera. Levantó la camiseta de su espalda, destapándola, y la besó, mientras con la mano masturbaba con rapidez a su amante, descompuesto, El calor se hizo insoportable y podía notar sus piernas sudando por el contacto contra el pantalón, el cual se había pegado en zonas a su piel.

Empujó contra él, mientras mordía y succionaba la piel, dejándole marcas por todas partes, gimiendo con ansia, cercano a un clímax explosivo pero, al mismo tiempo, deseando resistir un poco más para experimentar aquella delicia durante, aunque fuera, un segundo más. Cuando la tarea se hizo imposible, apoyó la frente en la espalda de Antonio y apretó los dientes mientras aún seguía elevando su cadera. El hispano no tardó demasiado en ceder a su propio placer, acumulado en la parte inferior de su cuerpo, ya que continuó moviéndose y estimulándose a sí mismo.

Durante cuestión de un minuto, ninguno de los dos fue capaz de articular una palabra coherente. Respiraban agitados, Francis aferrando el cuerpo contrario como si fuese a evaporarse si lo soltaba y Antonio con las manos apoyadas contra el suelo y la cabeza gacha. Aún así, él fue el primero en recuperar el aliento y entornó el rostro para ver la expresión que Bonnefoy lucía. Incapaz de aguantarlo, rio y atrajo, de este modo, la atención del rubio.

— Espero que ahora ya hayas podido apreciar la camiseta porque creo que, en un rato, voy a ser incapaz de repetirlo.

Con cuidado, se alzó y sacó el miembro del rubio, que fláccido, se quedó apoyado contra uno de sus muslos. Francis, aún sin ánimos de moverse, le observó levantarse y alzar los brazos, mientras agarraba el bajo de la camiseta, para quitársela. En su interior se preguntó cómo podía algo tan simple ser tan atractivo. Despeinado, Antonio le sonrió y le echó la camiseta encima.

— Toda tuya.

La tomó entre sus manos y levantó el cuello de la misma hasta que rozó con sus labios, los cuales se curvaron en una sonrisa maliciosa.

— Ahora sí se ha convertido en el regalo perfecto. Cada vez que la utilice, pienso recordar este momento.

Adoró la risa de Antonio, sincera, y justo después de ese sonido glorioso le vio agacharse. Alzó el rostro para recibir el beso en los labios, con una sonrisa.

— Menudo pervertido estás tú hecho, Fran. Anda, levántate de ahí. Deberías vestirte, no sea que regrese alguno de los camioneros y nos encuentre como Dios nos trajo al mundo. Además, tengo cosas que hacer.

A regañadientes, Francis se desperezó y recuperó la poca ropa que había perdido. Odiaba tener que irse, pero era la pega de hacerlo en un lugar público. Se acomodó el cabello, mientras sus ojos robaban otra instantánea del cuerpo musculoso de Antonio, y aunque tenía la cabeza llena de dudas, no pudo exponer ninguna de ellas en voz alta. Una vez ambos estuvieron arreglados, descendieron de un salto del remolque y, con pesadez, empezó a despedirse de él.

Antonio esperaba a que el mozo de almacén dijera algo, pero después del orgasmo parecía haber perdido la fogosidad y lujuria que había experimentado en sus propias carnes. Por eso mismo, antes de que se alejara más de cincuenta metros, le llamó a voz de grito. Francis estaba girándose, para encararle, cuando sintió las manos en la camiseta, tirando de él, y fue besado torpe y bruscamente por Antonio. Fue un segundo, al siguiente había un par de centímetros de distancia entre sus caras. El tono del español fue suave y nervioso, lo cual encontró adorable.

— Voy a alejarme en la Posada La Estrella. Queda a unos diez minutos de aquí. Habitación 101, en la primera planta. Antonio Fernández Carriedo. ¿Por qué no te vienes y así repetimos lo de ahora sin tantas prisas?

Sonrió, feliz. El pesar se había esfumado al ver que lo sucedido había tenido también significado para Antonio. Ahora él inició el beso, fugaz pero tierno y con la mano derecha acarició su mejilla.

— Allí estaré. Traeré cena.

Después de otro gesto de cariño, se separaron y retomaron sus vidas. Tenían cosas que hacer, pero sus mentes, al unísono, esperaban la noche.


Buenas~

Pues no hay mucho que decir en este capítulo, ha pasado lo que era ya inevitable. Estos dos tontorrones ya por fin saben lo que sienten el uno por el otro y por fin no lo ocultan. El que no lo tenía tan claro era Francis, eso hay que admitirlo. A Antonio le gustaba mucho desde el inicio. He tenido que escribir "I love Madrid" porque FF no me deja poner el icono del corazón, pero es camiseta con icono de corazón xD

Paso a comentar los review:

LaTipaAby, ya avisé de que este fic iba a ser fluff. Este es más para mayores de 18 pero igualmente xD Sí, realmente lo puedes llamar besito porque no le dio un beso en condiciones. Fue algo corto y breve sin lengua xD. Espero que te siga gustando, más o menos andamos por la mitad del fanfic. Jamás me molestaría por algo así. En serio que me encanta saber qué os hace reaccionar y no creo que me comentes nada fuera de lugar. Además, se nota que te gusta, no podría molestarme cuando te gusta ;w; ¡Gracias por leer y comentar, en serio! PD: No pidas algo de lo que te puedas arrepentir luego~ xD

Zenithia, ya te puedes imaginar a Antonio agitando los brazos todo hiperactivo, jovial y dicharachero como es él. Francis no está acostumbrado así que por supuesto se ha quedado totalmente fuera de combate con tal reacción. Pero en el fondo le parece demasiado adorable xD Jajaja el morreo tenía que llegar y lo de este capítulo también xD. Sí, Francis ya estaba pensando en besarle también pero Antonio ha sido más rápido y valiente xD. Aaww qué mono xD no pensaba que a alguien le podría gustar el regalo en ese sentido. Me alegra mucho. JAJAJAJA ahora no me puedo quitar la imagen mental de Antonio gitano de los malacatones x'D

Anon, hola. Ay no te preocupes. En serio. No hay nada como ser mala con los reviews. Se trata de expresar qué te ha gustado y si te ha gustado. No tienes que hacerme un análisis extensivo. En serio que yo los aprecio todos mucho y es lo que hace que siga escribiendo. Oh, dioses. No creo escribir tan bien y a los personajes… Bueno, les tengo mucho amor, son muchas historias, me he ido haciendo a ellos. Pero no me tengas envidia, al final es mucho trabajo. Ir escribiendo constantemente te llevará ahí o incluso más lejos. Mis primeros fics daban asco xD Y ahora me da hasta vergüenza verlos. Pues Frain es últimamente lo único que escribo xD Como ya he explicado otras veces, Francis no está ahí porque quiere y el mundo es un asco xD Yo iba a ser mozo de almacén hasta que me salió un trabajo en mi sector y por suerte lo evité. Gracias por los ánimos, espero que te siga gustando.

Y eso es todo por esta vez.

Nos leemos en el siguiente capítulo,

Miruru.