El caparazón de hielo de la estrella fugitiva no tardó en derretirse con el calor de agosto, y de la misma forma se desvaneció de nuestra memoria a pesar de su importancia capital para que yo me volviera más fuerte que Yuna D. Kaito. Sencillamente se me olvidó, porque estaba más concentrado en mi... Bueno... Ah, al demonio la timidez, en mi naciente noviazgo con Sakura. Inventábamos cualquier pretexto para vernos aunque fuera por poco tiempo, siempre a escondidas de su hermano y esperando (en vano) que no apareciera Kerberos. No pude evitar darme cuenta de que la mayor parte de las veces en las que lo descubrimos espiándonos llevaba una cámara web pegada a la cabeza, lo cual significaba que mi estimada Celestina era quien lo ponía en nuestro camino. Bueno, no puedo culparla por idolatrar tanto a Sakura, pero al maldito oso sí que me dan ganas de ahorcarlo. ¿Acaso no es capaz de mantenerse escondido grabando como un paparazzo normal en lugar de saltar a interrumpir el beso que siempre está a punto de llegar y nunca llega? Puedo apostar lo que sea a que incluso la misma Daidouji tiene ganas de matarlo a estas alturas.

Entre estas y las otras, agosto llegó a su final y las vacaciones de verano también. Volver a la secundaria y a la rutina iba a ser todo un reto ahora que Sakura y yo estábamos más cerca que nunca de ser novios, porque seguramente la tarea, mi club de fútbol y su club de animadoras (amén de mi omnipresente entrenamiento mágico, que, dicho sea de paso, mejoraba día tras día porque Sakura también me apoyaba en eso) nos quitarían mucho del ya de por sí escaso tiempo que teníamos para estar juntos.

Por los pasillos de la escuela se regó como pólvora la noticia del estudiante nuevo, y varios chicos (y chicas, sobre todo ellas) me preguntaron si lo conocía cuando se supo que era chino, aunque no de Hong Kong como yo, sino de Sichuán. Obviamente les dije que no. No estaba en mi salón, y al parecer tampoco en el de Sakura, así que tenía que ser mayor que nosotros. Si es ese el caso, no lo conozco en absoluto.

Nos enteramos después de que era un alumno de intercambio y que en realidad tenía nuestra edad, solo que no asistió el primer día de clases por asuntos que nadie quiso aclarar. Sí venía de Sichuán, pero no se quedaría más de un año escolar aquí en Japón.

Jamás olvidaré la mirada de esos ojos azul gris cuando se presentó ante todos, y esa voz iba a tardar mucho tiempo en salir de mi cabeza.

-Mi nombre es Zheng Dao, vengo de la provincia de Sichuán en China y mi familia es del campo... Seguramente se nota en mi acento.

En efecto, su voz delataba que no era un citadino, aunque no tenía las inflexiones crudas de quien ha pasado toda su vida entre sembríos y animales... Probablemente nació en el campo y se crió en alguna ciudad.

-Pueden llamarme como gusten, y son libres de ser mis amigos o no. Después de todo, dudo mucho que llegue a querer a alguien en el poco tiempo que permaneceré aquí, aunque ése sea precisamente mi mayor deseo.

Sus enigmáticas palabras y su físico (más o menos de mi estatura, delgado, cabello marrón dorado que acentuaba más el hecho de que fuera extranjero, aunque no terminaba de encajar con los cánones chinos, y esa sensual y atractiva voz) enloquecieron a la mayoría de las chicas. Por mi parte, me sentía bastante intrigado por el chico nuevo, así que me le acerqué durante el receso y a él se le iluminó la cara al verme.

-Has venido, joven mago... Deseaba mucho conocerte.

Casi se me detiene el corazón al oírlo.

-¿Me conoces?

-No, pero percibo tu magia que proviene de la Luna. El poder que habita en mí desea pertenecerte, aunque mi voluntad humana se niega a entregarse tan pronto.

-Lo sé, primero tendrías que confiar en mí.

-De hecho, eso no es tan cierto -me contradijo, dando un paso hacia mí inesperadamente con sus ojos azul gris clavados en los míos-. En realidad, lo que debes lograr si quieres mi poder es que me enamore de ti.

Me quedé helado. ¿Eso quería decir que...?

-Por desgracia, veo en tus ojos que tu corazón le pertenece a alguien más y no puedes amarme -dijo amablemente, como si me hubiera leído la mente-. Cuéntame, ¿cómo es la persona dueña de tu corazón?

Incluso a pesar de mi renuencia, le hablé de Sakura. La describí desde lo más profundo de mi alma enamorada, y Zheng Dao parecía cada vez más interesado en ella... ¿acaso estaba creando un rival sin darme cuenta?

Pero no, en realidad lo que pasó fue algo distinto e inesperado, algo que nadie podía haber visto venir: de repente, Zheng Dao se puso de pie y me puso una mano sobre la cabeza.

-Tus sentimientos me suenan sinceros, Xiaolang -dijo, pronunciando mi nombre con un impecable acento chino-. ¿Ella siente lo mismo por ti?

-Estoy seguro de que sí -respondí con voz firme-. Ya hemos estado a punto de darnos un beso en varias ocasiones... Aunque siempre hay algo que lo impide.

-¿Eliminarías ese impedimento si tuvieras la oportunidad? -preguntó, y algo en su voz me advirtió que mi respuesta no debía ser dada a la ligera. ¿Eliminar al estorboso de Kerberos por un beso de Sakura?

-No podría... Ella lo quiere mucho.

-¿Más que a ti?

-¡No!

Él sonrió.

-No sé si lo sepas, pero tengo derecho a ponerte a prueba antes de entregarme a ti -me dijo-. Así averiguaremos si ella realmente te ama por lo que eres y no por lo que significas... Cuando me comas, serás poderoso más allá de tu imaginación.

-Si le pones un dedo encima...

-Eso debería decirlo yo.

Sus hermosos ojos resplandecieron con una luz sobrehumana y yo de repente sentí dolor en todo mi cuerpo. Quise gritar, pero lo que salió de mi boca no fue mi voz.

-Esta noche es noche de luna nueva. Tienes hasta la siguiente para demostrar que ella te ama sin importar cómo luces o los poderes que puedas poseer... Y que tú la amas por encima incluso de ti mismo. Nos volveremos a ver, Pequeño Lobo... Y no te preocupes, si fracasan, te ayudaré a morir en paz y ella no tendrá que lamentar tu ausencia porque nunca te habrá conocido.

No sé cómo describir las horribles sensaciones que me atormentaron mientras Zheng Dao hablaba. Solo sé que, cuando todo terminó, la cabeza me daba vueltas y mis patas apenas sí me sostenían. Tuve que sacudir varias veces la cabeza para despejarla, aunque el mareo solo terminó de irse cuando me rasqué detrás de la oreja con la pata trasera. Y solo entonces caí en la cuenta: yo ya no era Li Shaoran, el estudiante de secundaria heredero de la familia Li, sino Li Xiaolang, el pequeño lobo de pelaje gris azulado. Alcé el morro y aullé a una luna que no podía ver por ser aún de día y salí corriendo cuando los estudiantes que hacían la limpieza del edificio me corrieron a escobazos.

Mi prueba había comenzado.