A: alter321 14/Febrero

Declaro: La saga de Harry Potter pertenece a J.K. Rowling, este escrito va sin ningún animo de lucro, y yo no obtengo más que la satisfacción de escribir supuestas historias que pudieron haber sido en otra vida una rotunda realidad.

Advertencia: No canon, se ignora totalmente el epilogo del último libro. Infidelidad, remordimientos y deseo por lo desconocido (?). Si esperas que Hermione se mantenga como una total mojigata, entonces querido lector, este no es tu fic. Otro detalle este capitulo contiene escenas no aptas para menores de edad, que seamos sinceros, nadie respeta esa norma, igualmente quedad advertidos. Por otra parte, yo suelo leer con el formato en Georgia y aumentando el tamaño hasta que se adapte a mi gusto, aconsejo lo de Georgia, le da cierto toque imponente y agradable.

Aclaración: Este fic participa en el Reto Anual "La Agenda del Señor Tenebroso" del forum "El Mapa del Mortífago."

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IV

LABIA: DECEPTIO

Ӝ

Su cabeza le dolía de solo pensar en lo que ella estaría sintiendo en ese momento. Hacía ya una semana desde la vez en la que ambos disfrutaron de sus cuerpos en su apartamento. Aquel día tormentoso y ardiente, tan contradictoriamente exquisito que simplemente no podía dejar de rememorarlo por el placer que significaba el solo hacerlo.

Levantándose de su lugar se dirigió nuevamente a la tendera a ordenar algo más. "Black coffe*" se había convertido en su lugar predilecto para pasar el tiempo antes de volver a su vida normal. Ese pequeño espacio en que por vez primera interactuó con la castaña bajo el termino de los muggles, solo como simples desconocidos que compartían una taza de café y algo más que su silencio.

Realmente quería a esa mujer con él, mantenerla caliente en su lecho, mimarla, consentirla, darle todo, absolutamente todo lo que ella deseara. Se le había metido bajo la piel en tan poco tiempo que no podía ni quería explicarse el "porque". La deseaba y ya, la quería, así, sin adornos o explicaciones vagas que no hacían justicia a todo lo que ella estaba significando para él. Marcus, simplemente no la quería lejos de él, cada instante deseaba escuchar su voz, y esa risa que retumba como un suave retintín. Esa encantadora forma de hablar que lo atraía y que de apoco lo volvía loco, deseoso por pedir que hablara aún más, por que le encanta escucharla, hacerlo la hacía más real y de alguna forma -inexplicable y mundana- así la sentía más suya.

La dependienta le entregó su orden y él volvió a su sitio con un café con esencia de vainilla, canela, crema batida y ralladura de chocolate amargo. Un par de bollos dulces para pasar el sabor concentrado del café carente de la dulzura con la que con regularidad lo pedía. Retuvo su intento de suspiro al sentarse. "Esa vez" ella se había despedido por la mañana, sin promesas de por medio, solo con un ligero beso, y una mirada que hablaba de censura.

Una parte de él no podía entender el porqué ella no podía valorar esa chispa que ambos compartían. La otra parte se negaba a aceptar que Hermione se arrepentía de lo que vivieron. Pero, sí, ese pero que le hacia rememorar la charla nocturna que compartieron entre las mantas y el calor de sus cuerpos:

Lo que desee—repitió con suavidad. Marcus asintió, acariciando sus brazos. — ¿Quien eres?

Levantando una ceja la miró sin comprender a donde quería llegar con esa pregunta, así que decidiendo ir por lo seguro respondió: —Marcus Flint.

Hermione rió con ligereza, aun hecha un ovillo contra él. —No me refiero a eso—habló aún entre risas, y sin esperar a que él agregara nada más continuó—quiero decir, todo este tiempo, no he sabido nada de tí. Sé cual es tu nombre, pero no quien eres realmente.

Marcus observó sus castaños y ondulados cabellos por un momento antes de encogerse entre hombros y responder.

—Los Flint, somos una pequeña familia de la aristocracia mágica. Crecí rodeado de toda esa porquería sobre la pureza de la sangre—añadió con desdén comenzando a peinar su pelo con sus dedos—, ya sabes, no creo que sea necesario explicar que todo lo que me rodeaba tenía que ver con familias de sangre pura. A pesar de eso no pretendo engañarte diciendo alguna tontería como "Yo era diferente" o que "No compartía dicha ideología" simplemente me daba igual.

— ¿De verdad?—preguntó ella, alzando su cabeza para mirarlo desde su sitio, sus ojos de miel y caramelo mirándolo con marcado interés— ¿No eras ese tipo de mago que confiaba ciegamente en Lord Voldemort?—quiso saber. Él negó con un meneo de cabeza. — ¿Qué hay de Hogwarts? Solo te recuerdo vagamente, junto a Draco Malfoy...

—No me lo recuerdes—interrumpió con un quejido. —No era yo en ese momento.

— ¿A que te refieres?

— Era yo, pero no lo era. Solo era un chico sin mejores cosas en las que pensar.

—Lo dices por Malfoy...

—Y por esa ocasión en la que te ofendí de forma injustificada.

—Pero fue Malfoy quien me llamó Sangre suci...

—Yo no lo detuve. En mi recaía las acciones de un niño con deseos de vanagloriarse ante los demás—gruñó refiriéndose al joven blondo. La tomó por la cintura en un abrazo. —No hablemos del tiempo que no pase contigo en Hogwarts—pidió, no sabiendo realmente por que prefería no ahondar en el tema.

—Entonces ¿Cómo podré saber sobre ti?

—No participé en la guerra. En el verano del 95' me aparté completamente de Hogwarts y toda esa mierda conflictiva. Hice de mi vida lo que quise, y tuve todo lo que desee en esos momentos.

—Debido a tu estatus de sangre... supongo.

La risa de Marcus vibro desde su pecho, llenando el lugar con el sonido grave de su voz—Quiddicht no se rige por la pureza de la sangre, o tu estatus en la sociedad. Es un deporte, y para mí es lo mejor que hago.

Hermione lo miró de reojo, tratando de comprender la simpleza de sus palabras. — ¿Qué te llevó a conocer el mundo muggle?—preguntó a lo valiente, su respiración lenta.

—Los sabores.

Alzando completamente la mirada hacia él, no pudo evitar mirarlo con desconcierto. —Claro—dijo con clara sospecha—, los sabores.

— ¿Qué?—preguntó, sus ojos cerrados y una tenue sonrisa a penas perceptible en sus facciones.

— Bueno—dijo, titubeando al principio— no comprendo a que te refieres con los sabores.

—A que me atrae la variedad, y los muggles poseen todo eso. Para mí, un café es como para ti leer un nuevo libro. —simplificó, ignorante de la sorpresa que causó en ella al hacer dicha comparación. —Aunque no más que el quidicht. Cuando habló de sabores, me refiero a todo, las comidas, los postres, la variedad de combinaciones que se pueden hacer. Pero sobre todo—añadió con un tono suave y sugerente: —el placer de degustarlos.

La piel se le erizó bajo su tacto y sus palabras. Contuvo un jadeo al sentirlo deslizar sus manos sobre su cintura, y se quejó de su acción —tienes demasiada energía.

—Es lo que hace tu presencia.

Y así, nuevamente se hundieron entre roces, jadeos, y cuerpos húmedos y exigentes, hasta que los alcanzó el cansancio. Hermione susurró su nombre entre el limbo del sueño y la realidad.

—Soy Marcus Flint, y soy tan tuyo como deseo que tú seas mía—recitó como un arrullo a los sueños de la mujer de castaña cabellera.

Y si bien, Marcus despertó encontrándola acurrucada contra su cuerpo por el amanecer del día siguiente, no había estado preparado para las acciones de la chica. Se despertó estirando su cuerpo al completo, lo saludo recibiendo un beso de sus labios, y partió envuelta entre mantas hacia el baño. Despues de ducharse aceptó desayunar con él. Y mantuvieron un conversación sencilla. Marcus retomaría los entrenamientos con más disciplina en una semana, y Hermione asistiría a una practica al día siguiente.

De ello ya hacía un buen tiempo que a Marcus se le figuraba eterno, por eso, allí con su café entre las manos trataba ahora de no matarse el cerebro, Hermione le había contado de muchas cosas, y ahí era donde radicaba el "pero"... con seguridad no le representaba un capricho, y menos un gusto pasajero, aun la deseaba, la quería y la añoraba entre sus brazos por la noche, y en esas palabras solo siendo cursi, y Marcus no lo era, para nada, en toda regla era un hombre, y siendo así lo que realmente deseaba, lo que de verdad, enserio quería, era tenerla en su cama, calentar su delicado cuerpo con el suyo y cargarla entre nebulosas de placer, llenarla del éxtasis puro de sus caricias para encandilarse entre el sonido de sus dulces suspiros. Ya más brutal, sí, quería tener sexo puro y colmarse de ella hasta el hastió.

Por ello había esperado -como el hombre paciente que no es- por dos días, dándole tiempo para asistir a su practica y acomodar su día a día. Despues de que dejó correr todo aquel largo y valioso tiempo (en el que pudo haberla abordado en el Ministerio de Magia) -¡al fin!- pudo poner en acción sus pensamientos. Al tercer día amaneció con el canto de un grillo en la ventana, se desperezó, levantó un cacharro cualquiera del suelo y con gran tino puso fin a la existencia de aquel ruidoso insecto, despues volvió a la cama hasta que reconoció que era el momento justo para despertar. Todo iba bien, desayuno, un café y a la vuelta de la esquina entraría de nueva cuenta a la "zona mágica" y atravesaría las salas del MofM* y fase uno concluido. Tal vez fue tonto olvidar el hecho de que en diferencia con el mundo muggle -donde se podía pasar horas caminando sin ser agobiado por túmulos de fanáticos- al pisar la baldosa del edificio mágico toda una panda de agobiantes admiradores se le lanzaría encima, y así quedó: incapaz de pasar de la entrada, firmando prendas y objetos varios, besando la frente de pequeños (como si darle su bendición sirviera de algo), saludando a señoras que se desmallaban con su tacto y a hombres que parecían no querer soltarlo. Fotos, paginas de diarios, ¡La imprenta saturada de la reciente aparición de un gran jugador de Quidditch! ¿Porqué simplemente no podían dejarlo respirar? En su momento soltó en su fuero interno un suspiro calmando así las ansias que sentía por matar a todo ser mágico que se le atravesaba, todo lo hacía por su pasión al Quidditch. En fin, ese día no pudo ver a Hermione así que lo intento al siguiente, y al siguiente, y al siguiente... despues de que fue evidente que no lograría pasar desapercibido sin un hechizo de glamour* muy bien ejecutado, optó por una retirada estratégica.

Y ahora, ya con su café terminado, no paraba de pensar en su poco productiva semana. Girando su vista hacia la gran ventana del local observó. Lentamente el invierno cobraba fuerza, las nubes grises gobernaban el inmenso cielo que cubría la ciudad, y -como escarcha- copos de nieve se deslizaban lentamente desde la altura, danzando al ritmo impuesto por el frío aire estacional.

Fuera los muggles caminaban -ya sea con prisa o sin ella- abrigados entre telas de estambre,lana, pana o terciopelo. Gorritos de punto, bufandas largas, anchas y gruesas, habían gabardinas de todos los colores, tamaños y medidas, botas, botines, zapatillas y unas cuantas sandalias descubiertas -solo los osados se atrevían a ello-, si prestaba atención podía captar incluso las siluetas que dejaban al andar, las huellas sobre el piso y esa maña de llevar un cacharro muggle pegado al oído, un llamado teléfono móvil si se arriesgaba a herrar, era curioso la forma en la que parecían hablar solos y a la vez con alguien. Hasta un punto llegaba a sorprender.

Despues de minutos de larga apreciación, empezaron a entrar en el rango de visión señoritas, pequeñas, menudas y abrigadas, con faldas plisadas y grises, largas medias y zapatos de charol. Paraguas en mano, y esas bolsas que cargaban a la espalda como si fuera un caparazón. Había niñas de todo tipo, con risos, morenas, de cabellos de zanahorias, con hilos de oro por cabellera, cortos, largos, quebrados, al ras... una gran variedad. Al paso le siguieron los jóvenes, señoritos de alta sociedad, pantalón con las lineas bien marcadas, zapatos pulcros, camisa, chaleco, chaqueta y abrigos. Alguna bufanda o gorro y entre ellos viajaba la madre diversión, risas, codeos y pequeñas señales que lanzaban para mirar a la chica de su atención.

Tras la procesión de jóvenes le seguía la parte que más captaba su atención.

Madres y padres con niños en brazos, andando y preguntando. Ya fuera en par o los tres por igual, cuatro si era el caso.

Cualquiese que fuera, la imagen siempre lograba que le temblara el corazón.

Siendo sincero, en sus primeros años de vida tal vez nunca se preocupó por la ausencia de sus padres en su niñez. No había razón de hacerlo ya que para él siempre estuvieron los elfos, esas criaturas tan serviciales y atentos, tan amorosos, tan fieles y carentes de prejuicios. En su infancia figuraron como una clase de "sustitutos", ya que decir "padres" no entraba a discusión. Desde pequeño lo colmaron -siempre- de mimos y cuidados, llenaban su cuarto de juegos, postres y chucherías, con cualquiera que pudieran alimentarlo. Baños y comidas incluidas.

Aunque siempre deseó tener un hermano con quien jugar.

En algún punto recuerda vagamente haber pedido aquello, durante una rabieta lanzando los juguetes de la recamara exigió que le trajeran un hermano, su clara inocencia, aún no conocía que los niños no se podían traer de la nada, no se cultivaban ni cosechaban como una hortaliza, ni tampoco se pedían como obsequio de cumpleaños. De ahí que los elfos le explicaran -con profunda paciencia- que para tener un hermano tenía que hablar con lo señores del hogar -su papá y su mamá- y preguntarles si podían darle uno.

Eso sí que lo recuerda bien, pues marcó un punto importante en su crecimiento. La palabra "padres" le era muy ajena para entonces, y a penas era consiente de la existencia de dos señores en la enorme mansión, no los veía mucho, no hablaban con él ni él con ellos. Eran desconocidos totales aun punto tal que cualquier otra bruja o mago los hubiera catalogado por extraños. No sentían la necesidad de reconocerse en la mansión.

A lo mucho que puede rememorar, se recuerda preguntando -con su tonta voz de niño mal letrado- qué era un padre y cómo podía conseguir uno. Lo demás simplemente es una historia en la cual prefiere no pensar mucho.

El arrastre de la silla frente a él atrajo su atención al interior del local. —Deberías ver tu cara—habló con una sonrisa, Pucey metido en un traje de punto en todo su esplendor cruzando ambas manos sobre la mesa—, Marcus—llamó ante la calma que se reflejaba en las esmeraldas de sus ojos— ¿Al fin te destrozaste las neuronas con tanto caramelo?

—Nunca me cansaré de eso—repeló, sus dientes blancos y rectos asomándose entre sus labios. — ¿Café?

Adrian miró con una ceja levantada hacia la mesa, cerca de cinco vasos desechables (cosa de muggles) esparcidos en el espacio. En una se veía un poco de chocolate en trozos, y otra parecía tener un chuche metido. — Tienes que estar bromeando—añadió mirándolo a él — ¿Quieres destrozarte los dientes? Déjame decirte que sería más eficaz y rápido romperlos todos con el impacto de una Quaffle* yo podría ayudarte—ofreció, y mirando de reojo a la salida añadió: — Hay algo sobre lo que necesitamos hablar.

— ¿Importante?

— Seguro.

— ¿Para quien?

—Ambos

— Estoy hambriento—se levantó dejando unas cuantas monedas sobre la mesa.

— ¿Enserio?—lo siguió— ¿Qué se supone que estabas haciendo ahí entonces?—señaló con su pulgar hacia el lugar que abandonaban.

—Tomar un aperitivo.

— De verdad, comienzo a preocuparme por tu salud alimenticia.

— Pucey—gruñó, ambos caminando a paso calmo sobre las calles de Londres muggle—Te estas pareciendo a Monnie.

Haciendo un gesto que expresaba su molestia Adrian gruñó un escueto: "No jodas". Anduvieron por al menos media hora, esquivando personas, gabardinas ondeando al viento, copos de nieve acumulandose ligeramente sobre sus hombros. Adrian miraba todo de refilón, como era costumbre cada cuando de por casualidad -y por pura emergencia- necesitaba pisar terreno muggle. No les tenía algún tipo de aversión, pero sencillamente no eran lo suyo.

Era el sol de hoy, y despues de tantos largos, e interesantes años, aún no podía comprender del todo a Flint, con su cara de póquer, y esa insensibilidad que se cargaba frente a los desconocidos. Era un ser tan común y tan... él. Metiendo sus manos a las bolsas del abrigo muggle, giró a la izquierda, apurando el paso junto a Marcus. Sus facciones marcadas y serias defendían el hecho de que tiempo atrás había dejado de ser un niño, al cual recordaba tropezando con una piedra por ir tan distraído con una jugada para el equipo de Quiddicht, capa verde, diminutas pecas marcando su nariz redondeada y esos dientes chuecos y grandes que opacaban sus labios. Esos que solo se movía firmemente al compás de una orden, al compartir una táctica, a contar majaderías y estirarse en curvas que expresaban su alegría.

Entendía por que aquel deporte significaba tanto para Marcus, había sido en lo único que más había destacado en Hogwarts, y sencillamente el quiddicht lo liberó de la aplastante soledad en la que creció. Lo alejó de aquel encierro, cubriéndolo con las sonrisas de su equipo, de todo aquel barullo donde era sobajado, insultado, casi maltratado por los chicos de otras casas.

Adrian sabe poco al respecto, pero sabe y eso es seguro, que los primeros dos años de Flint fueron frustrantes, en un ir y venir de palabras insultantes, y esfuerzos por aplicar cada clase. Marcus, en toda regla, era un campeón desde el mismo momento en que nació.

— ¿Cómo esta Monnie?—preguntó de pronto, su aliento vuelto vapor contra el frío clima.

Marcus lo miró de soslayo, escuchando como sus pisadas hacían tronar bajo su peso la nieve al caminar. —Igual de anciana.

—Querrás decir más anciana—corrigió con un ligero ademán.

Él negó con un amago de sonrisa—No, esta igual de anciana. No pierde ese encanto de mujer grande dispuesta a llenar el estomago de un "nieto muy flaco"—rió, su mirada brillando ante un recuerdo.

Adrian soltó un poco de aire, ignorando el pasar de cada edificio muggle que dejaban atrás. — Es una buena mujer.

—Y por suerte no es tuya—se burló, logrando así que Pucey lo mirara con un gesto escandalizado.

Con sus manos a la altura de su corazón exclamó: — ¿¡Cómo podría yo deshonrar a la abuela de mi mejor amigo?!—un aire dramático colándose entre sus labios. A penas fue capaz de contener la risa, y aun caminando con los ojos entrecerrados por su propia diversión, reconoció el sonido de una carcajada, fresca y tenaz, claramente era Marcus divirtiéndose a costa de una buena y sana burla.

Nuevamente giraron en una avenida aun menos concurrida que la anterior, lentamente el sol caía en el horizonte, ya de por sí oculto por las oscuras nubes y los grande y ostentosos edificios.

—Marcus—llamó su atención, manteniendo su mirada al frente. — He estado pensando, sobre ti y aquella mujer en tu recamara—tanteó.

Un gruñido de advertencia le hizo encoger los hombros. Sabía que no debía forzar al hombre a hablar, si él lo quería lo haría, de ser lo contrario no sacaría el tema ni a base de cruciatus.

—Era de esperarse—convino, deteniéndose al fin frente aún edificio de estilo gótico, gárgolas bordeando las esquinas del séptimo piso, grises y notablemente imponentes.

Frente a ellos, una gran puerta de madera de ébano se alzaba orgullosa. Pesada, gruesa y un tanto ostentosa con los grabados al centro de todo.

Adrian dio un paso, y en cuanto su talón tocó el primer escalón se fue de lleno contra el suelo. Todo su cuerpo extendió sobre el resto de escalones. Marcus alzó una ceja antes de pasar por su lado y abrir con una gruesa llave de cobre.

— ¿Piensas levantarte?— inquirió, recargado contra el marco de la puerta.

Un quejido fue su respuesta al tiempo que se hacia un ovillo, la caída había sido dura y el golpe fue contundente contra sus costillas. Contuvo un improperio y miles de maldiciones que deseaba lanzar contra el cielo. La nieve había vuelto resbaladizo el suelo y por su falta de atención había terminado por caer. — ¡Maldita sea Flint!— se quejó al fin. Sus labios y cejas fruncidas, su mirada sosteniendo desde abajo la de él.

— No recuerdo haber insinuado que bajaras a besar el suelo.

— Claro que no, fue por voluntad propia. Ya sabes, el suelo esta condenadamente solo en esta temporada.

Un gesto de burla remarcó las facciones de Marcus, que girándose dijo "Te espero dentro, tomate tu tiempo".

Adrian pensó en la posibilidad de transmutar a Marcus en una silla, una muy cómoda en la cual poder recargar su trasero. Resoplando se giró, y acomodó todo lo que el dolor le permitía mover hasta que logró sentarse. Su abrigo se había humedecido, su cabello desordenado, su nariz vuelta un farito rojo así como sus orejas y dedos descubiertos ¿¡Porqué, en nombre de Merlín, no había tomado un gorro y guantes!? Hacia un condenado frío, pero claro, salió tan aprisa de su mansión que no se fijó en tomar nada más que lo que ya llevaba encima, suerte tuvo de tener algo abrigador.

Exhalando, tomó su cabeza entre sus manos, masajeando con sus pulgares cada costado. Le había entrado un dolor de solo pensar en lo que estaba haciendo antes de buscar a Flint.

Diora -su prometida "francesa"-había vuelto de Italia despues de reunirse con sus padres. No habría supuesto un problema si ella no hubiera entrado como una ráfaga a su despacho, su rostro ahogado en lagrimas y sollozos contenidos. Con un suspiro de resignación, había intentado calmar su estado de animo. El error radicó en preguntarle despues que fue lo que sucedió para estar de esa forma.

Tomando asiento, estrujó su pañuelo entre sus largos dedos, secando al instante las lagrimas que aún recorrían sus mejillas. — ¡Pasa todo!— exclamó, su voz chillona e insoportable retumbando en la cabeza de Adrian, que no pudo evitar un brinco sobre su lugar. — ¡Tú! ¡Te he dicho lo mucho que me gustaría tener un anillo de compromiso que puedan envidiar todas mis amigas! ¡Y solo me has dado esto!— lo acusó señalando el enorme diamante rodeado de cinco más pequeños que brillaban en el aro de oro que giraba tres veces en descenso sobre su dedo indice. — ¡Todas se burlan de mí! ¡Dicen que mi prometido es un simple despojo de la sociedad!— y nuevamente las lagrimas comenzaron a correr entre gemidos demasiado agudos e incómodos para el oído.

— Si ese es el problema, solo tienes que devolverlo— resolvió en un segundo, sirviéndose de una botella de Whsisky de fuego. Tragó de un solo golpe el contenido de su vaso y volvió a servir repitiendo la acción. — Como otras, tú no estas obligada a mi— agregó al tener toda su atención y silencio.

— ¡Eso es lo que más te gustaría!— gritó levantándose de golpe y lo señaló con su dedo— ¡Nos casaremos, así tengas que conseguir el anillo más caro para mí, lo haremos!— juró, hebras de cabellos rubios safandose de su apretado moño.

— Llevas una fortuna que no sabes apreciar sobre tu mano— gruñó molesto.

— ¡Esto es solo una estúpida reliquia sin valor!— y ante la mirada de Adrian se sacó el anillo lanzandoló hacia él. — ¡Quiero algo más hermoso!

Pucey lo atrapó al vuelo, observando como la reliquia volvía a su forma original. Eran tres aros con runas grabadas en el interior, intricados hermosos le daban una delicada formas hasta ir de vuelta al otro lado de los aros que eran recorridos por pequeñas esmeraldas y diamantes hasta el centro, donde se erguía gloriosa una fina gema de incalculable valor.

Diora gimió con sorpresa, sus ojos adquiriendo un brillo de interés.

— Aceptó tu renuncia hacia la Casa Pucey— habló, su voz gruesa y profunda. En sus labios una sonrisa se extendía al sentirse vencedor de una contienda.

— ¡No puedes! ¡Es mió, devuélvemelo!— exigió estirando se mano, creyendo que así Adrian lo pondría de vuelta.

Suavemente negó con su dedo indice. — Creo que es mejor que te retires.

— ¡Adrian! ¡Nos vamos a casar! ¡Tienes...!

— ¡No, no tengo!— aseveró. — En el instante mismo que regresaste el anillo, has renunciado al pacto de los Pucey. No significas nada para nosotros en este momento.

— ¡Tus padres, ellos lo sabrán! ¡Me apoyaran!— repuso.

— En estos casos eso no sirve de mucho— y dándole la espalda esperó que entendiera que no había nada más de que hablar.

Se levantó sacudiéndose la nieve del cuerpo y entró al edificio cerrando tras de sí. Tomó el ascensor aun a pesar del ajetreo que se vivía allí dentro. Admitía que no era tan brusco como los ascensores del Ministerio, pero vaya que aún le causaban cierta desconfianza al operar si ningún tipo de magia.

Al detenerse el cacharro en el séptimo piso, se sacó su abrigo y salió con paso calmo. El corredor de aquel nivel era angosto y largo, con dos cortos pasos se encontraba atravesando la puerta hacia el interior del apartamento de Marcus. Cerró tras de sí y colgó en el perchero su abrigo y se deshizo de la camisa que estaba completamente sucia de tierra.

Con pereza caminó hacia la cocina sacándose el cinturón. Sus pies descalzos al dejar calcetas y zapatos en el recibidor. Una vez en el lugar se recargó contra el marco de la puerta. Al centro había un amueblado tipo isla, trastos colgando desde los metales que eran suspendidos por vigas. Y ahí, en medio de todo, Marcus rebanaba una hogaza de pan, abría un frasco con contenido dudoso y pelaba con paciencia una banana*.

— ¿Gustas?—preguntó Marcus por simple cortesía. Al verlo negar continuó con lo que hacia. Entre sus manos tomó un cubierto y cortó en rodajas el plátano. Se acercó a la hogaza y al frasco con cajeta, hundió el mismo cubierto en el fraco y esparció el espeso producto sobre el pan. Ignoró el sonido de asco que Adrian produjo, concentrándose en acomodar la banana sobre el pan cubierto de cajeta. Se giró en redondo con su torta entre las manos— ¿Qué?—cuestionó ante la atenta mirada de Pucey.

— ¿Que hay en la olla?—preguntó negando a la par que se acercaba a la estufa.

—Es el recalentado de ayer—respondió, lamiendo la comisura de sus labios donde había quedado residuos de cajeta—, pato si no mal recuerdo.

Adrian asintió alzando la tapa, al ver que el guisado estaba hirviendo giró la perilla para cortar el fuego. El aroma era delicioso y agradable, y no podía dudar del sabor.

Era curioso que de tantas cosas en el mundo en lo que Marcus podía ser bueno a demás del Quiddicht, nunca imaginó que se le diera condenadamente bien la cocina. Sabía -por boca de él- que había aprendido de Monnie. Una tarde a sus nueve años, conociéndola por primera vez, Marcus fue recibido como nunca nadie lo había hecho. Entre besos y abrazos fuertes, la agradable ancianita que decía ser su abuela lo arrastró hasta la cocina de su casona en Grecia, lo sentó en la barra y le arrimó un pie* de fresas con helado de vainilla. Algo que él jamas había probado hasta entonces. "¡Había sido el verano más feliz de su vida!" palabras de Flint.

Antes de poder tomar una cuchara, sintió como la bola de pelos andante (que habitaba la casa de Flint sin permiso) encajaba sus zarpas en sus pies desnudos.

— ¡CARAJO!— gritó tomando al tiempo su pie, sosteniéndose en uno solo y brincando hacia atrás. Antes de poder hacer más ya se había ido de lleno contra el suelo.

Desde su altura, Flint lo miraba con una ceja arqueada, masticando lentamente su torta. — Así se hace Ginger*— felicitó, una mancha de burla en sus palabras.

Adrian se levantó con su pie adolorido y lanzó una mirada furiosa al gato y a su prospecto de dueño. — Te digo, que ese animal me odia.

— Si yo fuera él tambien te odiaría— repuso encogiéndose de hombros, Ginger gruñó en dirección de Pucey y este brincó retrocediendo.

— Animal del mal, a veces creo que eres capaz de entenderme.

Adrian estaba seguro que a ese paso sus pies se llenarían de cicatrices. El animal, si es que podía clasificarse como tal, llegaba a parecer un gato, con esa cola larga y esponjada y esos pelos a penas descuidados, producto de Flint por supuesto. La historia de aquel proyecto de gato era corta breve y concisa. Marcus había dicho la primera vez que los presentó: "Ginger, Pucey. Pucey, Ginger. Trata de no tomarlo mucho en cuenta, es muy arisco y en ocasiones no parece un mago real." Cuando Adrian le escuchó casi se le lanza encima, pero el regordete animal se le anticipó mordiéndole los dedos. "Nos encontramos mientras caminaba de regreso a casa, y me siguió. Llévense bien". Y Fin, no había nada más.

Solo que era algo así como un feo gato, cojo y con las patas chuecas. Hasta la fecha el gato... o algo, le sonaba, pero no lograba pensar de donde.

— Marcus— dijo restandole importancia al animal. El mencionado le miró mientras se desafanaba de su camisa—, hay algo sobre lo que debemos hablar— Marcus lo instó a continuar con un asentimiento de cabeza—. Le han dado luz verde al proyecto que presentaste ante la junta directiva.

— Hablemos sobre eso— respondió girándose en dirección a la sala.

Adrian le miró retirarse, siendo seguido por el gato. Ya le diría sobre Diora, ahora lo más importante eran los negocios y agradecerle de forma indirecta por su intervención en el compromiso. Sí, porque él sabía que Marcus había tenido mucho que ver en el asunto.

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[Labia]: Labios

[Deceptio]:Engaño, mentira.

[Black coffe]: ¿Qué? Algún día tendría que salir a relucir el nombre. Puede traducirse como "Café negro" o "Café solo" por algo el café negro es negro.

[MofM]: me dio pereza y al final tuve que explicar a que me refería... Ministerio de Magia. Aunque es obvio... solo lo hago para aclarar.

[Glamour]: Adj. de Olvidé el nombre y no había internet, así que use un termino universal en el mundo de la magia... con universal me refiero que se usa en todo escrito que incluya universos donde exista la magia, el glamour (contrario a lo que creéis) se usa para pasar desapercibido, y aparentemente cambiar rasgos físicos, aunque igual en otros universos con el glamour de plano como que nadie te ve...

[Quaffle]: Para aquellos incautos que -como yo- tal vez hayan olvidado la finalidad de dicha cosa... Del tamaño del balon de fut, color rojo brillante, si esta pasa por un aro se otorgan 10 puntos. Los cazadores se la tiran entre ellos. Planeaba usar la Bludger, pero eso sería más sádico, ¿Imaginan a Marcus atravesándose en el camino de esas pelotas solo para destrozar sus dientes? Eso es masoquismo puro.

[Banana]: Sé que ustedes saben que es eso, solo quería agregar que por donde vivo tambien al plátano se le conoce como guineo, y estuve con la tentación de poner guineo en cada momento (risas).

Aversión: No esta marcado, pero por si alguno gusta: sentimiento de odio, rechazo o repugnancia hacia alguien o algo.

[Ginger]: Toda mi vida he vivido en una mentira... resulta que se escribe Jengibre. Pero bueno, por allí va la cosa. Ya sabrán que la traducción de Ginger es Jengibre o viceversa...

[Pie]: Es el pay... ya saben, la tarta... honestamente esta cosa me corregía demasiado, creo que a final de cuentas debí haber escrito tarta de fresa (se golpea la cabeza)


Notas D. Vie:

¡Hey!

Bueno, el cap. Estaba esperando ser publicado despues de estar medio mes guardado en la carpeta, pero preferí adelantarme a escribir un capitulo al menos antes de subir este. A parte releyendo de nuevo tuve mis dudas. Pero bueno, solo espero que sea de vuestro agrado. Alter321, dedicado a ti (guiño)... la espalda me esta matando (risas).

* ¿Cuándo terminaran las escenas de sexo? En este cap. Se toca por ultima vez la primera vez de Flint y Granger, si, ya no hay más, así que no rehuyan de esas escenas que pretenden ser candentes (guiño).

*¿De verdad estaba Adrian comprometido con esa mujer? Sep, el pobre hombre se las vio un poco difícil con ella, pero ahora ¡Adrian es libre al fin!

*¿Quien es Monnie? Se comenta un poco sobre la vida de Marcus, por ende esta mujer, una anciana muy hermosa y que aun se conserva en buena forma -así como los encurtidos- es parte de su vida, aunque no lo fuera de su niñez. Monnie es la madre del Señor Flint... a veces me entra la tentación de escribir Sir Flint. En fin, Monnie es Monnice Flint, vive en Grecia, se mudó allí despues de la boda de su hijo. Debido a que no deseo alargar mucho la historia, esto no tendrá mucha relevancia.

*¿que onda con Ginger? Aparece un gato, lo sé, tambien tengo la vaga idea de que estarán pensando, y sí, pero no. Ya sabrán más adelante.

*¿No apareció demasiado Adrian? Realmente viendo más a fondo como que no hay nada relevante... Iré a colgarme (lagrimas de dolor). Aun así de alguna forma sentí que el tipo debía tener una razón de ser. Él es consiente de que por ayuda de Flint ya no esta comprometido con Diora, y como un caballero, él pagara su deuda.

*¿El gato es relevante? A que no adivinan, sí, hasta el gato tiene una historia, una muy triste si debo agregar. Vivir bagando por mucho tiempo con una pata mutilada... es doloroso incluso para un gato. Aunque no se le puede marcar como relevante. Ahora que caigo, quizá habrá quienes se pregunten donde andaba el bendito animal cuando Marcus y Hermione estuvieron en el apartamento... bueno, hay una explicación para eso.

*¿Qué hay de tus fracturas? Bueno, eso, aun me duelen los dedos pero supongo que ya estoy mejorando. El otro día casi me caído cuando una de mis cachorras se me atravesó en el camino. De no ser por la parece a la que me incliné otra vez me hubieran internado en el hospital.

*¿No estas olvidando algo? Honestamente creo que si... pero no sé el que... Solo espero que este cap. sea de su agrado.

Bueno, creo que sin más me despido agradeciendo su constancia, honestamente es sorprendente ver como dejan comentarios, leen, y agregan a favoritos. ¿Como le hacen para encontrar este tipo de historias con parejas tan particulares? Porque honestamente yo tardo mucho en caer en este tipo de historia ya que es difícil saber si existen (risas).

Muchas gracias a: ««« Duhkha, Portia White, alter321. rosangela: Muchas gracias por tu comentario, supongo que hay muchas que desearía poder tener a un hombre como Marcus, pienso que el tipo es muy genial. Gracias por tu comentario querida 3 »»»»

¡Nos estamos leyendo!


01/03/2016