Disclaimer: Avril y Hayden me pertencen. No así sus almas que pertenecen a S. Meyer. Y todo lo que reconozcais, es de ella. Reeditado y corregido.
At the first look (Avril)
"¡Avril, sigue al lobo!"
La voz de la pequeña Isabella me hizo comprender donde estaba. Era muy difícil no reconocer el bosque donde me había criado, si la lluvia me calaba por completo y el olor a tierra húmeda y a verdor de la naturaleza en continuo crecimiento inundaba mi sentido del olfato.
Estaba tan acostumbrada a aquel lugar que no me asusté por la inminente oscuridad que le invadió de repente, ni tampoco me preguntaba porque tenía a un enorme lobo de pelaje rojizo precediendo todos mis pasos y sin sentir el mayor atisbo de miedo ante su presencia.
Le acaricié su pelo para aferrarme a una seguridad que decrecía por momentos. Me sentía segura con aquel animal que parecía comprender todo lo que decía. Repentinamente, se alejó de mi lado para adelantarse.
"¡Jacob!", le llamé asustada, acelerando más mis pasos. La lluvia no parecía darme una tregua, al contrario, parecía caer con más insistencia.
Cuando llegué hasta el final del bosque, el camino de barro se dividía en dos. Uno de los tramos, indicaba un camino oscuro, lleno de barro donde la lluvia caía intensamente.
La luz del sol iluminaba la otra vertiente del camino. Los árboles no tenían formas amenazadoras y la tierra parecía más firme. Puse un pie en este.
"¡Avril, no! ¡No vayas a la luz!", me advirtió Isabella: "Sigue al lobo"
Pero yo ya no le escuchaba. La luz se empezó a concentrar en un punto hasta formar una silueta que surgía de los árboles y se acercaba poco a poco a mí. Mis piernas se negaron a moverse, a pesar que mi cerebro las indicaba que aquello no era seguro. Pero no tenía miedo. Solo curiosidad.
La figura tomo forma humana y se colocó enfrente de mí.
Tuve que tomar aire varias veces para asegurarme que no me iba a ahogar. Él estaba ahí. Más hermoso que en otros sueños. Su pelo castaño dorado se encrespaba con el viento, su piel desprendían destellos robados a los rayos del sol y sus ojos, negros profundos, indicaban que era peligroso. Muy peligroso. Si lo sabía, ¿Por qué no me alejaba de él?
Por primera vez se fijo que yo estaba y me sonrió, perversamente.
Era estúpida. Así me sentía. Tenía que haber gritado, haber corrido, haberme defendido como fuera. Cualquier opción era buena. Cualquiera menos extender su mano hacia él.
"Bella", me llamó con su dulce voz.
"Soy Avril". Tuve el valor de replicarle. Aun así, estiré el brazo hacia él.
"Bella, no me tengas ningún miedo", me suplico con una ternura que no me imaginaba de él: "Ven conmigo". Su brazo fue al encuentro del mío para entrelazar las manos.
"No te tengo miedo", le aseguré.
Sus labios incrementaron la sonrisa.
"Buena chica". Mis dedos acariciaron la suave piel de los suyos.
"¡Avril, no!", chillaba Isabella, angustiada: "¿No ves que quiere llevarse tu alma?"
La ignoré mientras el frío de su piel se calaba hasta en mis huesos. Su mano estaba casi apretando la mía.
Un ruido ensordecedor, parecido a un aullido rompió la armonía del bosque y el chico con la piel brillante se enervó, poniéndose en posición de ataque, entrecerrando sus ojos que se volvieron brillantes debido a la ira y enseño los dientes, escapándose de su garganta un rugido realmente amedrentador. Esta vez sí tenía miedo.
"¡Edward!", le supliqué.
Pero antes de que pudiese realizar algún movimiento, el lobo gigante, salido de la nada, venció la distancia entre los dos y se abalanzo hasta el chico, lanzando su hocico lleno de dientes afilados a la yugular de éste.
"¡Jacob, no hagas daño a Edward!"
—Señorita. —Me sobresalté cuando la azafata me zarandeaba para despertarme. — ¿Se encuentra bien? ¿Le traigo algo?—Inquirió preocupada al ver como sudaba y jadeaba.
Me costó casi un minuto poderla contestar debido a mi estado alterado de conciencia.
—Estoy bien, gracias.
—Tiene que abrocharse el cinturón. Vamos a llegar a Chicago en diez minutos—me avisó. —Estamos a punto de aterrizar.
—Gracias—musité. Cuando se fue, me abroché el cinturón y recliné mi cabeza en el asiento suspirando. Al abrir los ojos, me ruboricé al sentir clavadas en mí, las miradas de mis compañeros de fila, con preocupación en sus rostros.
—Toma linda. —Una anciana de aspecto juvenil y camisa Hawaiana, me ofrecía un trago en su botella de agua.
—Gracias. —Se lo devolví después de tomar un trago.
Miré por la ventanilla y me encontré ante mi vista, una enorme extensión de agua de color azul intenso. Retiré la cabeza, aterrada.
—El lago Michigan—me informó. —No puedes morirte sin haberlo visto alguna vez en tu vida.
—Sí—le di la razón con aprensión.
"Tampoco es cuestión de verlo para morir". Yo y mi estúpido trauma infantil con el agua. Me hubiera gustado tener una fobia más común como el miedo a las arañas y a los perros. Como la gente normal.
Resignada con mi rareza, estiré las piernas.
Había empezado con un viaje de casi una hora desde Forks, donde Jacob se había ofrecido muy amablemente llevarnos en su coche, ya que por razones de trabajo tenía que ir hasta Port Angeles. Como mi coche estaba de camino a Chicago, se lo agradecimos, de paso me despedí de la pequeña Isabella, que había insistido en que su padre la llevase consigo. Nadie podría resistirse a su sonrisa infantil.
"¡Cuando vuelvas, me traerás muchos regalos!". Para después irse al lado de su padre y empezar a lloriquear. Jacob la consoló como pudo.
Me tuve que meter rápidamente en la avioneta con June para que Isabella no me viese las lágrimas.
Después estuve una hora en avioneta desde Port Angeles hasta Seattle. Con la excusa de tener que comprar algunos materiales para el hospital, June, me acompañó hasta Seattle. En realidad, estaba segura que lo realmente pretendía era asegurarse que no tendría problemas para situarme en el aeropuerto y con facturar las maletas.
Se lo agradecí de verdad, aunque cuando me abrazó y se puso a sollozar en mi hombro, mi primer pensamiento fue el de coger el avión de regreso a Port Angeles y mandar todo al carajo.
¿Cómo iba a soportar las largas tardes de otoño sin su taza de de chocolate ante mi mesa de dibujo mientras estaba dibujando? ¿Cómo sobrevivir sin nuestra sesión semanal de cine en la que siempre terminábamos poniendo la película de "Drácula"? Todo esto iba a ser muy duro. Nunca me había separado de June más de cinco días, a pesar de haber pasado un año en Seattle, todos los fines de semana iba a visitarla. Pero tenía que ser fuerte. Esto era por mi bien. Mi gran oportunidad.
—Voy a estar bien, mamá—le aseguré. —Prometo no caerme al lago. —Crucé los dedos. —Y el día de acción de gracias está muy cerca. El tiempo pasa volando.
"¿Llevas los dibujos?"Di un par de palmaditas a mi cartera. "Voy a echar de menos a mi chico de oro. Últimamente, te estabas mejorando".
"Son años de practicas". No podía explicarle que mis sueños y pesadillas se habían intensificado. En el fondo no era mala idea irme a Chicago, lejos de los miedos y las supersticiones absurdas. Pasar una noche más enfrente de la casa de los Swan con la lluvia cayendo sin cesar, era algo que mis nervios no podían aguantar más. Incluso, Billy Black se había puesto impertinente total, susurrando incoherencia sobre que el espíritu de Isabella Swan estaba furioso y me había poseído para beber su sangre. Al final quien pagó los platos fue la pobre Keira, a la cual acusó de mensajera del diablo y empezó a lanzarla toda clase de objetos contundentes. Empezaba a pensar que todo Forks me estaba diciendo que me fuera de allí.
Me deshice del abrazo de June cuando anunciaron mi vuelo por megafonía.
"Debo irme. Te quiero". Le di un beso en la mejilla y me despedí de ella.
"¡Avril, ten cuidado! ¡Si conoces algún chico guapo, y te dan ganas de…bueno ya sabes…utiliza el preservativo! ¡No quiero convertirme en abuela a los treinta y siete años!". Mientras caminaba hacia la pista de vuelo, me tapaba la cara con el equipaje de mano para que la gente, que me mirara, no tuviese constancia de que la sangre se me subía a las mejillas.
Estaba tan cansada debido al viaje, que me había quedado completamente dormida durante las casi cinco horas de vuelo desde Seattle hasta Chicago. Aun así, las pesadilla me causaban un cansancio tan mortal como el haber aguantado las cinco horas de vuelo.
Tenía que asegurar una cosa. De mi bolsa de equipaje, saqué mi inseparable carpeta de dibujos. Fui hojeando uno por uno hasta encontrar los dos que me interesaban.
El primero era el dibujo que Isabella me había regalado y el siguiente era el mismo dibujo hecho por mi. Aparte de la calidad de los dibujos y de las diferencias entre una niña de nueve años y de una adulta que estaba a punto de empezar dibujo y bellas artes, lo demás era todo igual. Solo cambiaba un detalle. Una persona.
Isabella me había dibujado a mí junto al lobo que me protegía del "frío". Mi cara—Un borratajo de color carne y grandes manchas marrones que representaban mis ojos—tenía los rasgos de una persona que estaba completamente aterrada y me ponía detrás del lobo para que este me protegiese. El ser de piel marmórea y pelo broncíneo extendía la mano que yo rechazaba.
Sin embargo, en mi dibujo, yo no era la chica que estaba detrás del lobo. Se parecía mucho a Keira, pero los rasgos dulces e infantiles de su rostro me indicaban que esa chica tendría menos de veinte años. Posiblemente diecisiete o dieciocho. Pero las expresiones que la había dibujado en su rostro no indicaban que estuviese asustada ante la presencia de aquel ser tan hermoso como terrible. Parecía que estaba más bien molesta por la imposición del lobo en su camino. Su brazo estaba extendido hacia la dirección de él. No había miedo. Solo desesperación. Solo la presencia del lobo, que enseñaba los dientes de forma amedrentadora al hombre—demonio, impedía que la chica se arrojase a los brazo de él.
Volví a acariciar el rostro atormentado del "chico" de mis sueños.
"La verdad que eres irresistible, mi pequeño incubo", pensé mentalmente con una sonrisa bastante estúpida.
Para entonces el avión ya había aterrizado.
No me costó demasiado encontrar mi equipaje en la cinta transportadora y luego pasar la aduana. El aeropuerto de Chicago, era mucho más ordenado que el de Seattle, algo muy poco común para una ciudad tan grande. Mientras estaba pasando la cola, se me ocurrió sacar mi MP4 para empezar a escuchar mi canción favorita. Nunca me cansaría de escuchar a Annie Lennox declarando su amor a un vampiro. Antes de tapar mis oídos con los auriculares, oí una estridente voz femenina teniendo una discusión con quien se suponía que era su novio.
—Haydie, ¿Falta mucho para llegar a casa? Me aburro de estar aquí—Se quejó con voz de niña pequeña—No aguanto el olor a sudor que desprende la gente. Y me siento empequeñecida por culpa de las catorce horas que he pasado en ese horrible avión desde Hawai hasta esta ciudad. ¿Cómo se atreven a decir que viajábamos en primera clase? No había bebidas isotónicas y la menestra tenía dos cucharadas de aceite... ¡Puaj!...Encima ahora llegamos a Chicago y estará nublado. Hasta el tiempo se pone en mi contra. ¿Cómo voy a mantener el bronceado que tantos esfuerzos me ha costado conseguir? Y tú no has puesto nada de tú parte. Me he gastado quinientos dólares en una crema de zanahoria con doble refuerzo de carotenos y tú, por fastidiarme, no te pones moreno. Lo has hecho aposta para arruinar mis grandes planes para este año. ¿Cómo puedo mirar a la cara a mis amigas y decirles que hemos estado en Honolulu cuando tu te presentas con esa piel pálida como la de un muerto?... ¡Jo, podías hacer algo de tu parte! Empiezo a pensar que los sacrificios en esta pareja los hago yo siempre…
Disimuladamente, giré la cabeza para atrás, y eche un vistazo a la pareja que estaba armando el escándalo. Dos chicas, que estaban detrás de mí, no pudieron controlarse y se taparon la boca para simular las carcajadas.
Aquella pareja parecían más un par de modelos de pasarela, irreales e incompatibles, que a dos personas perteneciente a la clase media de América.
Ella era alta, esbelta, de cabello largo y castaño, piel tostada y buen porte, sobre todo si llevaba esas ropas tan caras. Me parecía muy bonita, pero tenía un tic de fastidio en su rostro que disminuía toda la expresión de su belleza. Aquello le restaba perfección.
No podía visualizar bien los rasgos del chico, ya que llevaba unas gafas de sol que le tapaban gran parte de la cara. Solo podía entrever que era alto y delgado, aparte de su extraño pelo cobrizo y desordenado. Yo le había visto en alguna parte, solo que si era verdad que mi memoria no me fallaba, no le recordaba con esa expresión adusta y estática. Como si nada de lo que estuviese armando su novia tuviese que ver con él. Solo un leve movimiento de labios, desdeñoso y sutil, indicaba la vergüenza que estaba pasando.
—… ¡Ay, no! ¡Haydie, cariño! ¡Ten cuidado!—Continuó con sus quejas— ¡Hay llevo mis productos de L´Oreal, traídos por mi papá y mi mamá exclusivamente de Londres! ¡Son muy delicados! ¡Imagínate si se derrama alguno de ellos! ¡Que desastre!
—Tranquilízate, Lydia. Si te estresas, te saldrán arrugas y eso sería un gran desastre para mi salud mental—El tono del chico permanecía neutro, pero pude captar cierto nivel de sorna en la voz. Incluso sus mejillas se arrugaron levemente y sus labios se curvaron.
No pude evitar escapar una sonrisa, mientras me ponía los auriculares. Me estaba sintiendo un poco violenta, metiéndome en el medio de una discusión ajena.
El guarda de la aduana me indicó por gestos que todo estaba en orden y que me podía ir. Cogí todo lo que llevaba en la bolsa de mano y me fui lo más rápidamente posible a coger un taxi. Mañana por la tarde, después de las clases, me dedicaría a recorrer las calles de Chicago para familiarizarme un poco con esta ciudad.
Iba tan concentrada cantando, que solo levanté la vista, cuando alguien me apretó del brazo y me hizo una seña con el brazo. Me di la vuelta hacia donde su mano me indicaba. Me había dejado la carpeta.
—Gracias—Se lo dije de todo corazón. Perder la carpeta, era algo similar a amputarme algún apéndice de mi cuerpo. Corrí hacia la aduana cuando de repente sentí como me chocaba con alguien y el impacto del golpe me hacía caer para atrás. Por suerte, alguien me cogió por la cintura y me subió por los brazos. Miré al suelo y mi carpeta estaba ahí.
—Te la habías dejado—Me dijo una voz que me resultaba familiar—Y no seas tan impetuosa al correr. Eres un peligro andante.
Me empecé a ruborizar como una tonta.
—Muchas gracias—Musité como una cría de cuatro años a la que le pillaban cometiendo una falta. Por la voz, me figuré que era un chico joven. Debió pensar que era una autentica gilipollas por no mirarle a la cara, pero el sentido del olfato me traicionó y me dediqué a deleitarme con su extraño olor dulce, fresco y masculino... ¿Yo había olido esto antes? Mi imaginación estaba empezando a fallar.
— ¡Haydie!—Su novia le llamó angustiada— ¡Oh, por favor ven! ¡Creo que me va a dar una liposucción! ¡He visto a una mujer que llevaba una chaqueta roja como la mía, pero en una talla cuatro ¡Oh, por favor que blasfemia! ¿Cómo pueden dejar a las gordas como ella llevar una prenda exclusiva de Dolce Gabbana? ¡Haydie!—Parecía que se desvanecía.
Él parecía resignado a soltarme, a duras penas, para ir a socorrer a su novia del peligro de una lipotimia.
Le oí suspirar y alejarse de mí, en dirección a su novia que estaba a punto de caerse al suelo, desvanecida, mientras dos guardas le atendían.
Me dirigí a la parada de taxi, preguntándome que colonia utilizaría aquel chico que tan impregnada había quedado en mi ropa.
El taxista, un simpático treintañero afroamericano con rastas en el pelo, se ofreció a darme un paseo turístico para conocer la ciudad. Le di las gracias, aunque supuse que el prefería que como recompensa le diese mi numero de teléfono, en lugar de una propina.
No pude evitar sonreír mientras miraba por la ventana. Daba igual estar en Chicago que en Forks. Los hombres solo se movían por un par de razones.
Observaba con la boca abierta la maravilla urbanística de Chicago. Era el ejemplo de ciudad perfecta. Modernidad y tradición juntas de la mano.
Solo tenía un defecto.
No pude reprimir ahogarme al ver una gran masa de agua azul reunida. Posiblemente, el lago Michigan sería una de las grandes atracciones de la ciudad, pero para mí aquello era una tortura psicológica.
— ¿Hay alguna parte de la ciudad que no esté rodeada por el lago?—Fue la primera pregunta que le hice después de un largo monologo.
Me miró como si hubiese estado en algún planeta alienígena.
—Creo que hay pocas zonas sin lago. —Se encogió de hombros. —De todas formas, eso es lo más espectacular de Chicago. Si le quitaras el lago a la cuidad, sería como quitar los canales a Venecia.
Me había puesto el ejemplo de otra ciudad que no pisaría nunca.
— ¿Me has dicho que vas a la calle George Washington? ¿Enfrente de la catedral de San Patricio?—Asentí. Él chasqueo la lengua con preocupación. —Yo que tú me andaría con ojo. He oído que han aparecido un par de cadáveres pertenecientes a unos vagabundos. Una ciudad grande siempre tiene unos altos índices de criminalidad…, si no fíjate en New York,…pero esto es diferente. La policía lo está investigando, es una cosa muy extraña tratándose de dos "sin techos", y están impresionados. Los cadáveres están irreconocibles y a pesar de haber hecho una masacre, no hay ni una gota de sangre. Se ha estudiado la hipótesis de que se tratase de un animal salvaje escapado de alguna casa, ya que se ha registrado el zoológico y no se ha avisado de que algún animal se haya escapado.
— ¿Ha sido una persona?—Inquirí volviéndome hacia él bastante más interesada de lo que había estado cuando me contaba anécdotas de la ciudad.
—Eso es lo extraño. Los huesos fueron pulverizados hasta quedar añicos. No ha podido tratarse de una persona solo…a menos que sea Terminador.
— ¿Dónde ha ocurrido eso?
—En el Downtown. —Eso estaba muy cerca de donde vivía. Él pudo intuir mi miedo. —Por eso te digo que te andes con ojo. Si quieres, puedes venir a mi casa, mi mujer no es celosa. —Me guiñó el ojo divertido.
—Sobreviviré. —Dibujé una sonrisa tranquila.
—Eso espero. Eres una chica muy guapa y no me gustaría ver que has salido en la crónica de sucesos.
Esperaba un poco de confianza. Aunque había salido de un pueblo pequeño, tenía la suficiente cabeza como para sobrevivir en una ciudad grande.
Le pagué y él muy amablemente, me llevó las maletas hasta el portal.
—Espero verte pronto, señorita. —Me hizo una señal con el dedo y me dejó, sana y salva, hasta el portal.
Tuve que ir hasta la portería, donde una señora rechoncha, pequeña, con rulos en la cabeza y cara de pocos amigos, me hizo entrega de la llave y de un par de advertencias:
—Prohibido las fiestas y las drogas. Si tengo la más mínima sospecha de que te traes algo así entre manos, te pondré de patitas en la calle en el tiempo que mi pie te da una patada en el culo, ¿Lo has entendido, niña?
—No haré nada que le disguste—le aseguré haciendo acopio de mis fuerzas y mi paciencia para subir cuatro pisos sin ascensor.
Si de un sitio pequeño decían que era intimo, en este piso mi sombra y yo podríamos haber hecho buenas migas. Por lo menos agradecí que no estuviese lleno de porquería ni que las cucarachas ni las ratas estuviesen campando a sus anchas. El piso estaba inusualmente limpio y tenía lavavajillas, microondas, horno, cafetera, conexión a Internet y una mesa de dibujo. Se lo agradecí en el alma a la señora Brown. Me había ahorrado unos cientos de dólares.
Lo primero que hice, fue sacar de mi equipaje mi ordenador portátil y escribir un —mail a June para decirla que había llegado a Chicago y que me encontraba bien. Mientras iba escribiendo, mi corazón me dio un pinchazo. Había pasado solo veinticuatro horas y ya la extrañaba.
No tenía otra cosa que hacer, que deshacer mi maleta y colocar las cosas en su sitio. Eso me ayudaría a centrarme y acostumbrarme al piso. Mientras colgaba la ropa, pensé la suerte que había tenido con la climatología de Chicago y su enorme parecido con la de Forks. Eso me había evitado la engorrosa tarea de irme de compras. Lo único que tuve que hacer fue comprarme un par de anoraks, ya que me habían comentado que los inviernos eran increíblemente fríos. June me había regalado un juego de bufanda, guantes y gorro para cuando llegase lo peor.
Estábamos en octubre y el clima era templado. Ideal para una chica que provenía del norte.
Una vez ordenada toda mi ropa, los libros que necesitaba para el curso, unas cuantas películas y algunas fotos y recuerdos de mi madre, la pequeña Isabella Black y mis amigos del instituto, me dediqué a sacar mis dibujos. De todos ellos, elegí cuatro para poner en el corcho delante de mi mesa.
Uno de ellos era el que Isabella me hizo; otro era el que yo hice la replica; un tercero era la de la misma chica castaña tumbada en un hermoso prado lleno de todo tipo de flores dándose la mano con mi chico vampiro favorito mientras este brillaba a la luz del sol. June estaba tan enamorada de él, que me había pedido que dejase un par de dibujos en casa para deleitarse la vista. Me había asegurado que la imaginación era maravillosa. Permitía crear el chico perfecto.
El último dibujo era el de los cinco chicos perfectos y extraños en la cafetería. Al verlos tan impasibles, recordé algo.
Saqué de mi carpeta unos bocetos y los miré con cariño. Había dedicado parte de mis fines de semana a este proyecto. Si lograba que alguna editorial me lo publicase, tendría grandes posibilidades de abrirme en el mundo del comic.
Lo había intentado en Seattle en aquel año que estuve viviendo allí, pero no tuve suerte y muchas veces vi con desesperación como, no solo me rechazaban, si no también, como tiraban mis proyectos a una papelera sin ni siquiera molestarse en echar un vistazo. En otras ocasiones, el edito jefe me había echado un vistazo, aprensivo, y se había negado a contratarme debido a mi juventud y mi falta de experiencia. Incluso me enfrenté a una editorial que me robó una idea original en la cual estuve trabajando meses. A pesar que no era un proyecto al cual tenía tanto apego como a este, aquello me desanimó y estuve a punto de tirar la toalla. Entonces June me anunció que había llegado una carta de la universidad de Chicago y que en esa ciudad, podría empezar de cero.
Acaricié con cariño el dibujo que me había inspirado mi comic irónico y de humor sobre vampiros, dibujado a modo de caricatura mezclada con estilo manga.
En el relataba la historia de Edmund Colmillus, un vampiro de pelo cobrizo que cuando se enfadaba tenía cuernos de demonio y alitas negras y un aura de fuego le rodeaba; y cuando se ponía contento le salía una aureola y las alas se volvían blancas, cuyo oficio era robar coches de alta gama. Edmund pertenecía a una familia de vampiros, los Colmillus, cuyo patriarca, Carolus Colmillus, un vampiro de casi cuatrocientos años, fingía haber estudiado medicina y cuando le contrataban en el hospital, se dedicaba a robar bolsas de transfusiones sanguíneas para alimentar a su familia, mientras que en su tiempo libre se dedicaba a ver telenovelas. Su mujer, Esmeralda, se dedicaba a pegarle collejas para que empezase a hacer las tareas del hogar. Como no me gustaba que Edmund fuese hijo único, decidí crear a sus hermanos.
Aliena, tenía la capacidad de ver el futuro y solo fallaba cuando su bola de cristal se llenaba de polvo.
Jean, era un vampiro sádico que no se conforma con la sangre de las bolsas de transfusión y va a los supermercados a morder a las cajeras. Carolus, harto de tener que mudarse cada cierto tiempo, decidió atar a Jean en una camilla, estilo Hannibal Lecter. De vez en cuando, se apiadaba y le decía a Aliena que le llevase a dar una vuelta con el bozal atado en su boca.
Emile, era un gigante de grandes músculos, hercúleo, un poco corto de luces y gran corazón que no se amedrentaba por nada, pero si le quitaban su osito de peluche, se arrinconaba en una esquina y empezaba a lloriquear como un niño pequeño.
Y finalmente, Rosalinda, una replica de Barbie, que tenía un espejo pegado en la mano y todos los días preguntaba quien era la más bella del lugar. Si el espejo le respondía que había otra más bella, empezaba a romper el espejo en la cabeza de su rival.
La familia Colmillus estaba obligada a mudarse cada pocos meses, ya que la disminución de bolsas de transfusión era bastante descarado y antes de que sospechasen de ellos, se mudaban a otro estado.
En uno de esos viajes, Edmund encontró a una chica humana llamada Anabella Patan, una humana bastante torpe, cuyo grupo sanguíneo era cero negativo, el favorito de Edmund y bastante escaso de encontrar, por lo que, Edmund decidió adoptar a Anabella y llevársela a su casa, con el fin de obtener algo de su sabrosa sangre. Después de unas cuantas aventuras y desventuras, Edmund descubrió que amaba a Anabella, y su vida se volvió todo un mal karma para intentar que Anabella saliese viva de las ansias de sed de su familia y de su propia torpeza.
Cada página contenía una historia diferente. Hojeé donde me había quedado y recordé que me había quedado en la parte donde Anabella había accedido que su amado Edmund tomase un poco de su propia sangre. Edmund feliz, la emborracho a base de vodka, y después la clavó una pajita en su cuello para hacerse un "Bloody Mary".
No pude contener la risa al ver la escena.
No me apetecía demasiado salir para cenar, por lo que me tomé la libertad de llamar a un restaurante chino para que me trajese comida a domicilio. Eso era de las cosas que más me iban a gustar de Chicago.
Instaurar un restaurante chino en Forks, era como pedir peras a un olmo. Forks era un pueblo que no estaba acostumbrado a los grandes cambios. Pasase lo que pasase en el mundo, Forks estaba estancado en el espacio y en el tiempo.
Y mientras saboreaba mis fideos con pollo, me puse manos a la obra con mi proyecto.
Tendría que empezar a pensar en buscar editoriales que estuviesen interesadas.
Me puse a dibujar y pensar próximos guiones con tal ahínco que, en lugar de irme a la cama, me quedé dormida en la mesa de estudio, como ya iba siendo habitual en mí.
Me desperté bastante tranquila y descansada. No había tenido sueños demasiado turbulentos. Lo achaqué al cansancio. Recordaba estar en un hermoso prado tumbada en la hierba, con los ojos cerrados, sintiendo toda la brisa en mi cara. Una pálida mano agarraba la mía y al exponerse al sol, emitía reflejos. Por primera vez, me sentía en paz conmigo misma.
Abrir la persiana y que los rayos de sol invadiesen la habitación, fue un motivo de alegría. Esa diferencia con Forks sería una de las que más apreciase. Dando saltos a ritmo de Avril Lavigne, me dispuse a empezar mi curso universitario con una buena ducha de tres minutos.
Cuando abrí el armario, fui consciente de que no tenía ropa lo suficientemente elegante. No había ningún protocolo que indicase como tenía que vestir una chica de pueblo en una gran ciudad para ir a una universidad que superaba los ingresos de casi un año de una madre divorciada y su hija.
Haciendo un acopio de valor, escogí los típicos jeans conjuntados con una camiseta malva de tipo básico y un jersey morado por encima. Aun hacía un tiempo ideal para poder ir en mangas de camisa, cosa más que improbable en Forks.
Haciendo malabarismos, para guardar mi material y cerrar la puerta, bajé hasta el garaje. June había enviado mi coche antes de mi llegada. Supuse que así era y tuve la respuesta ante mis ojos cuando vi allí a mi querido "señor dinosaurio" aparcado.
El coche hizo un ruido excesivo al ponerle en marcha. La señora Brown me miró con sorpresa al ver que tipo de coche estaba conduciendo.
Quizás June tenía razón y tenía que haberme comprado un coche de segunda mano para una ciudad como ésta. En la carretera no había visto un coche que no saliese de la alta gama. Verdaderamente, mi coche era un dinosaurio comparado con la alta gama de Audi, BMW o volvos que desfilaban por la autopista.
Lo peor de un coche que como mucho alcanzaba los setenta kilómetros por hora, era conducir un coche que alcanzaba los sesenta kilómetros, difícilmente, con un mapa de la ciudad para localizar el lugar exacto donde estaba el Lake Shore Campus. Tenía tal barullo en el interior de mi coche con el mapa delante de mis narices, que solo me di cuenta de lo que se estaba formando ahí fuera, cuando un pitido agudo e incesante, procedente de un coche, perduró indefinidamente. Eché un vistazo para atrás y comprendí que la enorme cola que se había producido detrás de mi coche era por mi causa.
La gente empezó a gritar y a insultarme.
— ¡Mujer tenías que ser!—Le oí gritar a uno.
— ¡La chatarra se lleva al basurero, encanto!
— ¡No tenemos todo el día!—Y así continuamente.
Reprimí un gesto obsceno con el brazo, porque, en parte, ellos tenían razón y yo era la causante de todo el caos que se había preparado en la autopista.
El coche no me ayudó demasiado, y por un momento se negó a arrancar, ante mi desesperación. Al cabo de un rato y después de una larga sarta de insultos e improperios contra mi madre, decidió arrancar. Aún así los sesenta kilómetros por hora no eran nada comparados con la media de ciento veinte que se podría alcanzar en autopista. Estaba pensando en la opción de ir todos los días en metro hasta que pudiese ahorrar un poco para un coche de segunda mano. Aunque no me desprendería de "pequeño dinosaurio". Lo utilizaría para la tranquila Forks.
A pesar de tener todo en mi contra, pude visualizar el letrero del campus y entrar en él.
Noté como el calor subía a mi rostro al ser observada por todas las personas que estaban fuera del recinto universitario, pero aun así decidí aparcar al lado de un Audi de último diseño plateado.
"El plebeyo aparca junto al rey", pensé al ver el horrible efecto estético que producía mi coche de campo al lado del flamante coche de alta gama. Y ante la expectación de la gente, baje del coche. Supuse que esperaban que de él saliese un horrible alien de tres ojos y cabeza cónica, y no una chica normal y corriente, incluso algo guapa. En el instituto había sido animadora del equipo de baloncesto y había quedado finalista en la elección de reina del baile. En mi pequeño instituto era muy fácil resaltar.
Me tranquilicé cuando me iba fijando en las distintas tonalidades de piel, ojos y pelos de los chicos y chicas que iban entrando en el edificio. Suspiré con alivio, al ver que yo no sería una extraña de piel pálida.
Cogí la carpeta y el estuche, apretándolos con fuerza en mi pecho y me dispuse a entrar. Tuve una extraña sensación de deja-vú y por un estúpido instante, creí que ya había pasado por la prueba de ser la nueva en otro lugar.
"Eres absurda, Avril. Tú nunca has estado en Chicago"
Me reí de mi misma a la par que mis piernas se adentraban al edificio y esperaba la cola para coger el programa de la universidad con el mapa del edificio y la ubicación de las aulas.
Unos cuantos hombres y mujeres nos iban haciendo señas. Comprendí que se trataban de los tutores de las distintas carreras. Una mujer delgada, estirada y con un look que había dejado de llevarse en los sesenta se presentó como Miss Flower, tutora de primero de Bellas artes y dibujo grafico. Nos indicó que entráramos a una sala.
Un par de chicas, cuyo aspecto era más común ver en las revistas de moda que en un campus universitario, pasaron por delante de mí, hablando de sus cosas y riéndose tontamente.
Una de ellas, rubia, esterilizada y petulante, hizo a bien mirarme descaradamente para después despreciarme. Estuve varios segundos cohibida, hasta que una chica más parecida a las que hay en la vida real, bajita, delgada, con su pelo pelirrojo recogido en dos trenzas y vestida de manera informal con un peto vaquero y una camiseta de manga larga color azul oscura, me sonrió tranquilamente.
"Nadie te va a morder", parecía que decía.
Un chico alto y desgarbado, de pelo lacio oscuro, ojos verdes y expresión soñadora también siguió a Miss Flower. Algo más tranquila, entre en el salón de actos para enfrentarme a mi primer día universitario.
El lobo, emblema de la universidad, parecía que me sonreía. Inconscientemente, me acordé de Isabella, Jacob, Keira y los demás habitantes de La Push.
Mi primera mañana de la universidad no fue tan terrible como las películas americanas nos daban a entender.
La charla del rector y después del decano, me recordaba a las que tenía en Forks cuando los profesores nos tenían que dar algún aviso importante.
En el discurso, nos daba las gracias por haber elegido Loyola como lugar de estudios—Aunque realmente se las tendría que dar a los bolsillos de nuestros padres—, la seriedad de la universidad y lo duro que teníamos que trabajar para sacar lo mejor de nosotros mismos. Decidí desviar mi mente hacia June, Isabella y los fríos y lluviosos veranos de La Push cuando el decano empezó su discurso sobre la eficacia de la universidad. Mis pensamientos estaban con June y su trabajo en el hospital cuando los lideres de las hermandades hablaron y nos animaron a los nuevos a apuntarnos en ellas. Me pareció una autentica perdida de tiempo.
Nunca recordé haber andado tanto de un sitio para otro para encontrar nuestras aulas. Cada vez que cambiamos de clase, un aula nueva.
Por suerte todas mis aulas estaban dentro del recinto y no tenía que moverme hacia otros campus, a las afueras de la universidad como pasaba con los alumnos de medicina.
Lo malo de mis aulas, era que estaban rodeando al lago y durante mis dos primeras horas de clase, me senté al lado de la ventana con la vista plena del lago Michigan en todo su esplendor. Fingí un gran entusiasmo para coger apuntes, simulando mi angustia de ver el espectáculo de tanta agua junta. Su tranquilidad me resultaba amedrentadora.
La chica pelirroja coincidió en varias clases conmigo. Por lo que observé, era muy parlanchina y era una de esas personas que se prefería tener de amiga que de enemiga, debido a la mordacidad de su lengua. Estaban hablando de una chica de publicidad en términos muy despectivos. Cuando se presentó a mí, me dijo que se llamaba Eva Wiston y enseguida su imagen se asoció a mi profesora de historia del instituto, Jessica Newton, la mujer más cotilla de Forks.
Eva era una de las personas que le gustaba más hablar que escuchar. Como en toda la conversación que tuve con ella, no abrí la boca, limitándome a escucharla, ella me consideró su mejor amiga.
La perdí de vista cuando el profesor de historia de arte ocupó su lugar y apagó las luces para enseñarnos unas diapositivas.
—Te reservo un sitio para después de comer. —No admitiría un "no" como respuesta.
Su sitio fue ocupado por el chico alto y de mirada soñadora.
Estaba con la cabeza apoyada en mi hombro, intentando visualizar las diapositivas cuando él se presentó:
—Hola. Antes de separarnos para ir a otra clase, me gustaría presentarme. Soy Richard Holmes. —Su voz era pedante y con un ligero toque de superioridad sobre los demás. Le miré al rostro levemente y su expresión soñadora se desvaneció.
—Me llamó Avril Summers—me presenté con un mínimo de palabras.
—¿Avril?—Movió los labios con extrañeza.
—Tradición familiar. —No me molesté en contarle la historia de mi nombre.
No se dio por vencido a pesar de mis respuestas cortas y frías.
—No eres de Chicago, ¿no?
—¿Tanto se nota?—Pregunté alarmada.
—Tu acento no es tan marcado como la de una persona procedente de Illinois. Parece que procedes del norte.
—Soy de Seattle, pero he vivido mucho tiempo en un pueblo llamado Forks.
—Interesante. —Por su expresión, comprendí que me lo decía por compromiso. —Tengo entendido que llueve casi todos los días.
Afirmé.
—Aquí hasta el mes de octubre podrás disfrutar de una buena dosis de vitamina D. Después vete despidiéndote del sol y prepara el abrigo hasta mayo. Nunca pasarás más frío que en Chicago. Pero aun tienes tiempo y puedes darte un buen chapuzón en el lago.
—¿Por qué me dices eso?—Mi voz temblaba solo de pensar en el lago.
—Es una tradición. Nadie se va de Chicago sin darse un chapuzón en el lago.
—Creo que yo seré le excepción. Ya tengo suficiente agua en Forks. Creo que un poco de secano no me viene mal. —No le iba a detallar mi fobia.
—¿Secano? Pues creo que te has equivocado de ciudad. —Emitió una carcajada.
—¿Te has cogido esta asignatura de libre elección?—cambié sutilmente de tema.
—Sí.
—¿Qué es lo que estudias?—Quería cambiar de tema disimuladamente. Por la sonrisa de satisfacción que cruzó su rostro, había elegido el tema de conversación adecuado.
—Me han concedido una beca para estudiar la carrera de música aquí. Ha sido la misma orquesta de Chicago, quien impresionada por mi talento con el piano, me ha dado esta oportunidad. Puedo dar clase a la mayoría de los alumnos, incluso de los profesores, pero todo tiene su proceso y me han aconsejado que vaya poco a poco. Tengo asegurado mi futuro y cuando termine la universidad, tengo una plaza fija en el conservatorio de Chicago.
—Esa es una suerte. No todo el mundo va a trabajar en lo que estudie.
—El talento es algo que todo el dinero del mundo no puede comprar. Aunque toda esa pandillas de nuevos ricos crean que sí. Todo el mundo puede aprender a tocar el piano, pero solo unos cuantos elegidos son capaces de crear música de él.
"El piano es como una mujer". Una voz masculina y aterciopelada, muy distinta a la de mi acompañante, resurgió de algún lugar oculto de mi interior. Me era tan extraña y tan próxima a mí.
"Todo el mundo puede tocarlo, pero solo un amante experto sabe como acariciarla para que responda. La música se crea de igual manera. Con una caricia…"
—¿Avril?—La ronca voz de Richard me devolvió a la realidad.
—Perdóname, estaba pensando en algo que…
—¿Lo haces muy a menudo?—Parecía contrariado.
—Lo siento—me disculpé. — ¿Qué me estabas diciendo?
—Te estaba invitando para que fueras a oírme tocar el piano, después de comer.
Tenía cosas que resolver aquella tarde, pero no le iba a decir que no. La música de piano siempre me había fascinado. June tocaba muchas veces en él. No lo hacía como una autentica profesional y su técnica distaba mucho de ser perfecta, pero verla abstraída y ensimismada en delante del piano, era uno de los recuerdos más felices de mi infancia. La primera vez que la vi tocar, fue cuando, después de muchos meses de lloros y depresiones, se puso en pie y decidió hacer algo de más provecho que lamentar la ausencia de un marido caradura. No podía describir la alegría que sintió mi corazón infantil, al ver las cajas de pastillas en el cubo de la basura.
—Está bien—accedí. —Después de comer.
La pintura con acuarela no era mi especialidad. Aun así no parecía estar en desventaja con el resto de mis compañeros.
Miss Picture nos había mandado dibujar una estatua de Venus que ella había puesto en el centro del estudio, mientras la música de Mozart amenizaba las clases. Miss Picture iba pasando cada diez minutos para ver nuestra evolución.
—Tienes mucho que aprender. —Me señaló para después sonreírme. —Pero vas por buen camino. Lastima que no pueda decir lo mismo de tus otros compañeros—Suspiró al ver todo el esfuerzo que tendría que hacer aquel año.
Yo había conseguido plasmar perfectamente las formas de la Venus, cosa que Eva fue incapaz de hacerlo si pintar un brazo más largo que otro.
Un chico afroamericano de gran envergadura y aspecto de levantador de pesas con unas largas rastras, me hizo gestos con la mano para que fuese. Al señalarme, extrañada, para ver lo que quería, asintió con la cabeza e insistió.
Me enseñó su dibujo—si un par de rayas y cuatro círculos mal puestos, se llamaba dibujo—y me pidió mi opinión:
—Si le digo que soy un experto en arte abstracto, ¿Me lo dará por bueno?—Aquello me arrancó una carcajada: —Creo que voy a durar un semestre en esta clase. No sé como se me ocurrió meterme en esto…y yo pensando que los ordenadores y las mujeres eran complicados.
—Lastima que no haya una carrera que os ayude a comprendernos—repliqué con sarcasmo.
—Yo creo que alguno de nosotros ni con un master—bromeó. —Bueno, pues si algún día necesitas que haga una reparación en tu ordenador no tienes más que llamar a Jim Stevenson.
—¿Te has apuntado a esta clase para ligar con las chicas?—Inquirí aparentemente ofendida.
—Encanto, si quisiera ligar contigo, te hubiera pedido que me llamaras Jimmy. Eres la única chica un poco más destacable que el resto. —Eva se fijaba en cada una de mis expresiones y palabras como si su vida dependiese de ello. Pronto tendría un tema muy interesante de que hablar en cafetería. —Pero aún así, creo que eres demasiado inteligente para una noche de sexo. Prefiero tener una amiga y aliada en ti. No suelo acabar muy bien con mis ligues de una noche. Y me pareces una chica estupenda.
—Me llamo Avril—me presenté, riéndome.
—¡Ey, Jimmy!—Un chico muy guapo y bastante estúpido, que desde el principio de clase no había hecho otra cosa que mirarme de manera descarada, lanzarme besos y cuchichear con su amigo sobre mí, se dirigió a mi nuevo amigo de manera despectiva—¡Pídele de paso su numero de teléfono y pásamelo! Así cuando esté solo esta noche, me acordaré de ella.
—Prince—contestó Jim de malos modos: —En primer lugar, creo que tú yo no tenemos tanta confianza para que tú me llames Jimmy. En segundo lugar, yo no soy tu carabina. Si quieres mojar, tienes dos opciones: O bien cascártela o irte de putas, como haces todas las semanas. Pero deja en paz a la gente que pasa de ti.
Royce Prince era el típico chico guapo y adinerado, bastante consentido que creía que podía tomarse todo tipo de libertades por tener un Volvo esperando en el aparcamiento, ser rubio con ojos azules, tener cuerpo de modelo, una sonrisa de anuncio de dentífrico y vestir de marcas caras todos los días, podía tomarse todas las libertades.
Dedicó una mirada asqueada a Jimmy.
— ¿Sabes, Jimmy? Hace mucho tiempo, en Estados Unidos había una organización que se vestía de blanco y se dedicaba a limpiar el país de escoria como tú. ¡Lastima que los derechos humanos defiendan a personas como tú, negro de mierda!
— ¡Eres repulsivo!—Exclamé sorprendida y asqueada. —Aprende a ser persona antes de empezar a hablar conmigo.
—Barbie, yo creo que el único lenguaje que comprendes es éste. —Se tocó con morbosidad su paquete. —Así que no voy a malgastar saliva a lo tonto.
— ¡Vaya, Royce!—Jim sonrió con petulancia. —La ultima vez que me llamaste negro de mierda creo que fue después de…o creo que fue antes, de que Hayden utilizase tus costillas de saco de kick boxing. No estabas tan sonriente en aquel momento. Últimamente el chico está muy desentrenado y me ha preguntado por ti.
Aquello le borró la sonrisa de la cara.
—Estaba desprevenido—se defendió débilmente. Se limitó a fijarse en su dibujo y cerrar la boca.
Me pregunté quien sería ese Hayden y por qué Royce le tenía tanto miedo. Más que a Jim. Debía ser un buen elemento.
Jim lo dejó pasar y empezó a hacerme preguntas de cómo mejorar su dibujo antes de entregárselo a Miss Picture.
En veinte minutos conseguimos hacer algo decente y Miss Picture apagó el cassete. Fin de la clase.
— ¿Ya tienes con quien comer? Si no ya sabes…—me ofreció Jim, aunque arrugó el rostro un instante después—…Creo que no es buena idea. Yo mismo estoy en la mesa de los "V.I.P" porque no puedo dejar a mi amigo solo. Aunque suene inmodesto, yo soy su salvoconducto al mundo racional. Si no el pobre chico acabaría loco…o lo que es peor… ¡Pijo perdido!
—No te preocupes. Ya estaba ocupada de todas formas.
—Bueno, pues si quieres una charla relacionada con el dibujo artístico, ya sabes donde estoy. Aula nº 209.
—Lo tendré en cuenta—me despedí de él al ver que se iba hacia la puerta.
Eva me instó para que nos dirigiésemos a cafetería cuando se quedó blanca y paralizada en su sitio.
La miré extrañada cuando sentí que unos brazos me rodearon la cintura y sentí el aliento de una persona en mi oído.
—En esta clase no he estado inspirado—Royce me apretó más y más hacia él. —Esa Venus de mármol no se puede comparar con una de verdad. Donde esté la carne. —Su mano se posó en mi seno y me lo pellizcó. Emití un grito de dolor y de angustia. —Aunque la verdad que prefiero un pose en mi casa, ¿Qué me dices, preciosa?—Me agarró la cara con los dedos.
Afortunadamente, aun tenía en mi poder la caja de temperas y acuarelas. Sin pensármelo dos veces, le pegué un pisotón, me soltó rápidamente y antes de que reaccionase, debido al dolor del pie, le estampé la caja de temperas en su cara, manchando su camisa de marca.
— ¡Te has equivocado de persona!—Le grité. — ¡No quiero nada contigo y aunque tengas todo el dinero del mundo querría que alguien como tú me tocase!
Se limpió con rabia y me lanzó una mirada furibunda.
— ¡Te aseguro que una zorra barata del tres al cuarto no me parará los pies!—Me amenazó. — ¡Lo que quiere Royce Prince siempre lo consigue!—Cruzó la puerta a grandes zancadas.
Eva no salía de su asombro mientras yo me contenía las carcajadas.
—Enemistarse con Royce Prince puede ser muy peligroso—me advirtió.
Me limité a encogerme de hombros.
— ¡Vámonos a comer!—le dije. —Tengo muchísima hambre.
La cafetería se encontraba debajo del edificio principal y al bajar por ella, daba la sensación de estar bajando por una catacumba. Tenía un efecto bonito, pero daba un poco de pavor adentrarse en ella. No me extrañaba que las encargadas de repostería tuviesen esa cara de amargadas. Y sobre todo cuando después de sacar mi ticket para el menú, me volví a encontrar Royce, dándoselas de chulo.
Tuve la suerte de que estuviese muy ocupado hablando con una chica, que por su forma de vestir, era de su estilo. Solo la vi de espaldas y por un momento envidié su preciosa melena castaña. Royce le pegó un pellizco en el culo y ella empezó a reírse de manera muy tonta. Después se dirigió de manera muy despectiva a la camarera:
—Me vas a poner el menú número seis, pero le vas a quitar la carne, la cebolla, porque ésta me altera mi metabolismo y me huele el aliento, el maíz, que engorda, las zanahorias, es que yo ya estoy muy bronceada y una cosa es mi bonito tono de piel, y otra parecer una negra…,¡argh!...¡ y quiero que me pongas la mitad!...No quiero ser una vaca y servir solo para repartir comida como lo haces tú—La camarera le dedicó una mirada de pocas amigas. Por un momento pensé que le escupiría en la comida—Y bueno, ponme también un botellín de agua de trescientos treinta mililitros, que esté a veinte grados y con pH siete, ¿Lo has comprendido? Espero que la carrera que has estudiado te de para que hagas las cosas bien.
—Las tías se creen que por servirnos son las reinas del mundo—Añadió Royce con altivez—Y las muy pánfilas no se dan cuenta que las pagan por ello… ¡Pero mira que cara de cardo! Ya que no es bonita, por lo menos que intente sonreír.
—Te digo yo que no sé donde vamos a ir a parar—Concluyó la chica.
Royce, a pesar de los carteles, sacó un cigarro y lo encendió.
—Señor, creo que el cartel…—Intentó amonestarle la camarera.
—Por desgracia ningún cartel dice que una camarera sea incomoda de mirar y aquí te tengo enfrente. Soportando tu cara, así que no me digas lo que tengo que hacer…
—Cualquier cosa con tal de no trabajar—La voz de la chica tenía un ligero tono de fastidio.
Intenté ignorar algo que me estaba hirviendo la sangre y me limité a darle el ticket a la camarera y sonreírla con compresión.
De modo impersonal, me regaló una cerveza sin alcohol.
La chica pija se fijó en mí y me miró de arriba abajo hasta apartar su mirada, asqueada, de mi comida, compuesta por un bistec de ternera y una montaña de puré de patatas.
Su cara se iluminó con una sonrisa radiante y saludó muy efusivamente al que yo supuse que era su novio:
— ¡Cuchifritin!—Exclamó efusiva, casi pegando un brinco hacia el chico que se dirigía a ella con aire ausente. Royce le dedicó una mirada de pocos amigos para después dedicarse a fumarse su cigarro.
Ella le dio un leve beso en los labios. El chico le respondió como si fuese algo mecánico y carente de pasión. Por cortesía le preguntó como le había el día. Supuso que no esperaba la chaparrada que le contó su novia o que estaba demasiado acostumbrada a ellas:
—…Pues en clase de historia de la economía, me aburría tanto, menos mal que tenía mi set de maquillaje de emergencia y me hice la manicura. El imbécil del profesor me llamó la atención y yo le contesté que como su sueldo lo proporcionaban mis padres, que lo mejor que podía hacer era continuar con sus clases y dejarme a mí de cuentos…
Me perdí el hilo de la conversación y por un casual, me fijé en el chico, que tan estoicamente, escuchaba a su novia. Debía de quererla con locura o se estaba castigando por algún mal karma que hiciese en el pasado y ahora estuviese pagando en esta nueva vida.
Mi corazón me dio un vuelco cuando le reconocí como el chico del aeropuerto.
¡Que tonta había sido! Ahora que se me caía la venda de los ojos, recordé a la perfección los rasgos de su petulante novia.
Y como él no tenía gafas de sol, ahora podía observar su rostro sin impedimentos.
Me pareció el chico de belleza atípica que solo salía en las revistas de modelos y muy retocados, pero él no lo necesitaba en absoluto.
Su rasgo más llamativo, su pelo de color castaño con toques rojizos, estaba en orden caótico muy de su estilo, bastante desenfadado y natural.
Su cuerpo estaba muy bien proporcionado, o eso me pareció, ya que su camiseta gris casi pegada a su torso y sus pantalones negros, no sentaban bien a todos los chicos.
El único defecto era su forma de fruncir los labios. Le hacían parecer desdeñoso y aburrido de todo el mundo. Un rostro como el suyo merecía una sonrisa. Lo hubiese hecho todo más radiante.
Me acordé de mi pequeño vampiro incubo, como yo le había bautizado a falta de nombre, y tuve que admitir que solo él era más hermoso que aquel chico, y solo existía en mi imaginación. Triste realidad.
Ella terminó de soltar todo lo que tenía que contar y fue a la barra, ante la desesperación de la camarera, y pidió la misma extravagante comida para su novio.
—Creo que con el menú seis, tal como está, es perfecto. Gracias—Corrigió a su novia ante el alivio de la camarera. Su voz era grave y profunda. Increíblemente agradable.
— ¿Ha sido el cuchifritin un niño bueno o se ha pirado alguna clase?—Interrumpió Royce con burla.
Él se volvió con cara de pocos amigos.
—Para ti, soy Hayden. Creo que no he tenido la desgracia de darte por el culo todas las noches, por mucho que lo desees. Así que las cosas por su nombre, Royce. Y en segundo lugar, por si no sabes leer, te están indicando que no se debe fumar en una zona de "espacio libre de humo"…pero claro…—Le miró maliciosamente la camisa manchada—…si no sabes que tu camisa no es un lienzo, no voy a dedicarme a echarte sermones.
—Una zorra patosa, que no sabe tener los pies sobre el suelo, me lanzó las temperas. —Estuve a punto de saltarle al cuello al mencionarme a mí… "Si tú hubieras tenido las manos fuera de mi cuerpo, pulpo". Por suerte, el denominado Hayden no dio muestras de creerlo.
—Además—continuó vacilándole— ¿Quién te crees que eres para decirme donde debo y no debo fumar? ¿Un poli?... ¿Acaso te molesta?
—Bastante.
Royce le dedicó un gesto obsceno mientras la chica se reía. Royce la miró con su típica mirada de cazador y ella se ruborizó. Hayden se puso en alerta…como si de un momento a otro se pusiese a atacarle.
—Al parecer Lydia no es tan exquisita como tú. —Le lanzó un beso.
—Se apreciar a mis amigos, aunque huelan que apestan—tonteó con él.
Royce la acechó como un animal salvaje y ella fingió seguirle el juego, la agarró de los hombros y la susurró algo. Y sin darme tiempo a pestañear, le estampó sus labios con los suyos. Me quedé helada en el sitio. O yo era muy puritana y lo de besar solo a tu novio, no se aplicaba en las grandes ciudades, o era una broma que solo entendían ellos tres…
Si no hubiera visto los puños encrespados en su pantalón, hubiese llegado a la conclusión de que a Hayden no le importaba en absoluto que su novia se dejase besuquear y enredase sus dedos en los cabellos de Royce. Su rostro era como el de las estatuas que permanecían impasibles ante los besos de los enamorados en un parque.
Fue cuestión de parpadear, algo perpleja, cuando oí un aullido de dolor por parte de Royce.
Mis ojos se volvieron hacia ellos, al igual que media cafetería, y vi como Hayden agarraba de las muñecas a Royce, retorciéndoselas, para después quitarle el cigarro y apagárselo en su camisa, terminando de rematarla por completo. El rostro de Royce estaba surcado por las lágrimas, aunque yo no podía sentir lastima alguna por él.
La chica se quedó anonadada en el sitio.
—Te advertí que si no apagabas esa mierda, lo iba a hacer por las malas. La próxima vez que lo vuelvas a hacer, te lo apagaré en la polla… ¡Joder!—Olisqueó su ropa. —Ahora tendré el olor impregnado en la ropa toda la tarde.
—Haydie…—le amonestó su novia. —Eso que has hecho ha sido…vulgar.
Se limitó a ignorarla para coger su bandeja de la comida y subirse a las mesas, donde supuestamente se sentaban las personas que pertenecían a su circulo social.
Royce le dedicó toda clase de insultos que a los que él no se molestó en replicar. La chica seguía confusa.
Pasó por mi lado como si yo fuese invisible. A pesar del tabaco, su olor me llenó el olfato. Me gustaba su extraña colonia. ¿Cuál usaría?
Decidí subir a la otra planta donde Eva me esperaba.
En el descansillo, vi a Hayden de espaldas hablando con alguien. Por la voz, reconocí a mi simpático compañero de clase de pintura.
Jim me vio y me guiñó un ojo, para después intentar presentarme a su amigo. Le dijo algo, señalándome, y Hayden se giró la cabeza, clavando, por unos segundos, sus ojos grises en mí.
Tenía la bandeja de la comida, y no podía simular, colocándome el pelo detrás de la oreja, la ansiedad que me producía su presencia.
Intenté decirle un "hola" sin que mi lengua se trabase por ello. Estaba igual que una colegiala y me sentía como una autentica imbécil.
Y él debió pensar lo mismo, porque decidió no gastar su tiempo manteniendo una fluida conversación conmigo, hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo y volvió a hablar con Jim, dándome la espalda.
Dos sentimientos me embargaron.
Uno el de vergüenza. Al fin de al cabo, él era una persona de carne y hueso como yo, y por mucho dinero que tuviese, no tenía que sentirme inferior a él.
El otro fue de rabia absoluta ante su desprecio. No me conocía de nada y ya me había catalogado como una niña estúpida a la que no había que prestar atención. ¿Qué se pensaba?...Pues si él no quería saber nada de mí, no era asunto mío. Ya tenía suficientes amigos y él no era tan especial para sufrir una decepción.
Jim fingió que no había pasado nada y comentó lo que había pasado en el comedor:
— ¿Otra vez el principito ha pellizcado el culo a Lydia?—Inquirió travieso, como si aquello fuese la mejor de las bromas.
—No, esta vez le ha metido la lengua hasta la campanilla—le comentó con aire ausente como si no hubiera sido su novia la ultrajada. Luego pareció tensarse. —Pero, ¿Sabes que fue lo peor?—El talante de Jim se volvió serio, repentinamente. — ¡El muy hijo de su madre se puso a fumar y me llenó de humo! El cabrón de Royce sabe cuanto odio que se me pegué el humo en la ropa y este jersey es de lycra, por lo que tardará en quitarse el olor. Menos mal que no llevaba la chaqueta de cuero…si no…le empotro las narices en el mostrador de la comida.
Jim rompió en carcajadas.
— ¡Estás hecho un monstruo, Hay!—Exclamó cuando pudo contenerse. — ¡Joder, lo que no haces por la estirada de tu novia, lo haces por tu chaqueta de cuero! ¡Yo de mayor quiero ser tú!
—Lydia se sabe defender sola. Tiene un magnifico set de maquillaje para utilizar de ataque.
—Entonces antes se deja follar a que le pase algo a su set. —Le pasó el brazo por el hombro y empezaron a subir las escaleras. —Me muero de hambre.
—Te he reservado mi filete. No quería complicar la vida a la camarera y le dije que me diese un menú sencillo, pero sabes que soy vegetariano.
—Vegetariano no, gilipollas por seguir los consejos de la bruja del cuento de Blancanieves. ¡Joder, tío! ¡Que estás en edad de crecer!
Hayden se rió y subieron las escaleras. Les seguí con timidez hasta desviarme a la derecha de su comedor. Al comedor de los becarios y gentes corrientes.
Empecé a juguetear con el puré mientras miraba por el fino "muro de Berlín" de cristal, la delgada línea que separaba el comedor de los privilegiados y los "parias".
Eva estaba hablando con Kate Bells, la directora del periódico universitario, y con Michael Combs, el fotógrafo, intentando obtener algún cotilleo de fuentes fidedignas.
Capté palabras sueltas mientras miraba Hayden, sentado en una esquina, los ojos cerrados y concentrado en la música de su mp4.
Su novia estaba hablando por los codos, monopolizando toda la conversación y sus "amigos" –en el caso de esa chica debería emplearse la palabra esclavos y súbditos—estaban pendientes de ella como una colmena lo estaba de su abeja reina.
Una chica pequeña y menuda, no muy destacable, pero que vestía ropas caras, la miraba embobada como si de una diosa se tratase.
Royce le dedicaba guiños cómplices, aunque por el rabillo del ojo vigilaba a Hayden, preocupado. Éste ni se inmutó, permaneciendo estático en el sitio.
Jim desconectó de la conversación y sacó un libro de informática avanzado.
La chica dejó de hablar y se levantó de su asiento para dirigirse hacia su novio. Le echó los brazos al cuello y le empezó a besar la coronilla, la frente, los pómulos, la punta de su nariz y finalmente—ante mi sorpresa y frustración… ¿Estaba tonta?...eran novios, eran normal que hiciesen eso…lo anormal era que yo quisiese atravesar el cristal y partirle su preciosa cara a ella…—a sus labios.
Quizás quería autoconsolarme—aun sin saber el motivo de mi malestar—y creí ver entre ellos una pasión tan arrebatadora como la de una pareja de pingüinos bailando sobre el hielo. No había ni física ni química. ¿Dónde estaba la chispa de los ojos de él cuando sus labios se acercaban a los suyos? ¿Dónde estaba el rubor de las mejillas de ella cuando él acariciaba sus pómulos? Todo aquello me pareció mecánico y programado. No había magia ninguna. Ni arrebato ni nada por el estilo que hiciese sentir la pasión vibrando en el aire.
Seguí torturándome mientras les veía besarse a su ritmo.
—Hayden Newman es uno de los solteros de oro de la ciudad—me comentó Eva. Su voz tuvo el mismo efecto que un megáfono en mi oído, sin embargo permanecí como una estúpida, mirándoles. —Es guapo y multimillonario. Sus padres son dueños de la mitad de las agencias de revistas y publicidad de Chicago. Es hijo único y lo heredará todo. Todas soñamos con él. —Suspiró por lo que la incluí en la lista de sus enamoradas utópicas. —Pero como todo príncipe azul, es un cuento de hadas. Su noviazgo fue casi concertado desde que él y Lydia Stuart eran unos niños.
Solté una carcajada.
—Me recuerda a los matrimonios de conveniencia del siglo pasado—comenté divertida.
—El dinero tiene muchas ventajas, pero el amor y el matrimonio, en estos casos no van unidos de la mano. Alguna desventaja tendrá ser rico, ¿No crees?
— ¿Eso significa que ellos no se aman?—Me sentí fatal por ser tan mala y desear, por una milésima de segundo que él no lo hiciera.
Eva me miraba como si hubiese perdido un tornillo.
—Ella es muy hermosa y es la heredera de los bufetes de abogados "Stuart". Eso en Chicago es lo más…Los Stuart, después de los Masen, son los despachos de abogados más prestigiosos y eficaces que existen. Seguro que si mañana mismo, cometes un asesinato y contratas sus servicios. —Hizo un gesto de requerir mucha pasta. —Aunque tú vayas al juicio con el cuchillo y ensangrentada de arriba abajo, el jurado te absolverá. Y ella heredará todo eso… ¿Por qué no habría de amarla él?
—Es cierto—Musité— ¿Por qué no habría de amarla?
"Te han demostrado que los dos son superficiales y superiores al resto de los mortales. No necesitan lo que los demás, para realizar un buen matrimonio".
Suspiré.
—Por lo tanto, Avril, ten los pies en la tierra. Es más fácil que un ángel baje del cielo y te acaricie la cara, a que alguien del entorno de Newman y Stuart se fije en ti. —Posó la mano en mi hombro. —Siempre habrá un montón de hombres disponibles por unos cuantos dólares menos. —Le di la razón mientras veía que Hayden se levantaba, le daba la mano a Lydia y desaparecían por las escaleras.
Richard parecía un niño con zapatos nuevos cuando me arrastró hasta las salas de música del campus. Se encontraban en el otro extremo del campus y yo estaba cansada de andar.
En cuanto llegué a las butacas, me senté, rendida.
—Parece como si te hubiesen dado una paliza—bromeó.
—Casi.
Se rió para dirigirse de manera reverencial al banquillo del piano y se sentó en él con respeto.
Suspiró y antes de darme cuenta, sus dedos empezaron a teclear el piano llenando todo el silencio con una melodía triste y conmovedora. Me golpeó como un martillo.
Oír tocar a Richard, hacía que vibrase hasta el último halito de mi ser. Parecía que algo quería surgir de mi mente pero ahora mismo no sabía el que.
Richard sería un gran experto y tendría un futuro brillante. La técnica de realización era perfecta. Yo no era muy ducha en eso del piano, pero sabía que me encontraba ante un gran músico…Pero…
… ¿En realidad que era lo que fallaba?
"Falta la pasión", me recordé.
La misma pasión que les faltaba a Hayden y Lydia cuando se besaban. La música y los enamorados. La pasión era el motor del amor, el odio y la música.
Entonces una pequeña brecha en mi mente filtró algo que debía quedar en los recuerdos jamás vividos por mí, por Avril, se abrieron.
La habitación se desvaneció de mi vista, siendo sustituida por unas paredes de cristal, donde se veía un hermoso bosque y los rayos de sol jugueteaban con el verde de las hojas de los árboles y el gris de las nubes del cielo.
"¿Te gusta?"
Una voz dulce, musical y maternal. Mis ojos se dirigieron a una esquina y me topé con un piano de cola.
"Bastante", admití.
"¿Sabes tocarlo?"
Negué.
"¿Es tuyo?", le pregunté a esa voz por cortesía. Me sentía mi intimidada ante su presencia a pesar de la dulzura que había en su voz.
"¿Edward no te ha dicho que es músico?";h abía un ligero reproche.
"Tú misma dijiste que no era bueno alardear".
"En ese aspecto, se ha portado muy bien", Defendí a aquel que mi extraña voz llamaba Edward.
"Entonces toca para ella", noté como unas manos frías como un témpano de hielo me empujaban levemente y otra mano se entrelazó con la mía y me guió hacia una banqueta enfrente del piano. La habitación se llenó de extrañas notas musicales que, entrelazadas unas con otras, componían una triste y desgarradora. Después cambió a un sonido más tranquilo, relajado y tenue…Parecía inspirada en alguien que había visto dormir a la persona que amaba…como una nana.
Y de una nana se trataba. Aquella melodía había entrado en mi cabeza y se negaba a salir de ella.
Pronto me sentí agobiada y la sala me daba claustrofobia.
Richard seguía ensimismado en su composición, por lo que no me molesté en excusarme con él por salir tan rápido como podía de aquel lugar.
El aire del exterior no me ayudaba en absoluto a relajarme. La canción seguía sonando en mi mente como una caja de música a la que habían dado cuerda y no había una tapa con la cual cerrarse.
Yo había oído esa nana antes… ¿Dónde?
Me alegré de llegar al coche. Pronto estaría en mi casa y me prepararía una taza de chocolate para tumbarme en el sofá y ver la televisión, relajadamente…Sin pensar en nada.
Por desesperación, tiré los bártulos en el asiento del copiloto y me precipité a encender la radio y empezar a cantar la primera canción que puso la radio.
Like a Prayer…perfecto.
Empecé a cantar con más entusiasmo de lo que sentía en mi interior.
Quité el freno de mano y arranqué el coche. Su rugido característico, me decía que estaba bien.
Oí un "crash" que nada tenía que ver con la canción de la radio. La nana mental desapareció de golpe y porrazo de mi cabeza.
No sabía por qué, pero presentía que algo había ido muy mal…más que mal.
Aquel sonido había sido demasiado real. Era como si mi "señor dinosaurio" hubiese chocado con otro coche. En aquel caso, dudaba que el coche hubiese salido ileso. Efectivamente, mi coche había chocado con otro. No había otra explicación.
Por suerte estaba asegurado. Si me había cargado un coche de alta gama, me serviría de mucho. No quería que June tuviese que vivir en un puente por pagar un coche a un niño rico.
Antes de salir, aspiré y suspiré.
"Avril, tranquila", pensé. "Seguro que si hablas las cosas civilizadamente, no pasara nada. La gente es más comprensiva de lo que tú crees"
— ¡Joder!—Oí una voz masculina que me sonaba enormemente. Aquello no era buena señal.
— ¡Oh, my darling!—Esa voz chillona y pija no se podía olvidar tan fácilmente: — ¡Que tragedia más insostenible! ¡Se han unido para conspirar contra mí! ¡Esto es un ultraje!
"¡Oh, Dios!". Enterré el rostro sobre mis manos. "Tierra trágame"
Hice un acopio de valor y sin pensármelo, abrí la puerta y salí rápidamente del coche dispuesta a pedir perdón.
Hayden estaba al lado de la puerta del coche, evaluando los daños, con el ceño fruncido y cara de pocos amigos.
Tragué saliva. Esto no iba a ser fácil.
— ¿Estás bien?—Pregunté con timidez.
—Eso creo—Respondió cortante.
—No sabes cuanto lo siento…yo no…Lo siento, lo siento, lo siento de verdad...—Tropezándome con todo, fui a coger un papel del cuaderno, y un bolígrafo para apuntar mi numero de teléfono y la compañía de seguros a la que pertenecía el coche—…Si tienes algún problema, ya sabes…—Le di el papel.
— ¿Esa chatarra está asegurada?—Inquirió con sorpresa y burla.
"Chatarra"
—Por supuesto—Repliqué fríamente ante su tono—El noventa por ciento de los conductores americanos, no tienen para comprarse un Audi de alta gama. Algo tendremos que hacer para no tener que hipotecar la casa por tener accidentes, e implicar al diez por ciento que sí pueden permitirse el lujo de tener un coche así.
—De acuerdo—Suspiró irritado—No quiero tener una bronca por este asunto. Pásame el seguro y llamaré—Dio por terminada la conversación. Me estaba menospreciando. Como si yo le hiciese malgastar su valioso tiempo. ¿De que iba?
—Te lo he dado en el papel—Yo también podía ser cortante y dura.
—Gracias y la próxima vez, si conduces, pon más atención. Ese cacharro es peor que un tanque.
—Descuida—Le fruncí el ceño.
Surgió otro imprevisto. Si Hayden iba a dejar pasar el asunto, Lydia, no.
Salió como una furia del coche y empezó a remeter contra mí:
— ¿Pero quien te crees que eres, tú?
—Lo siento—Intenté ser educada. Mi paciencia tenía un límite.
—Lydia…—Hayden la intentó llamar al orden—Ya ha pedido perdón. No creo que esto merezca más atención de la…
—My darling, eres muy bueno y muy blando. A las de su especie—Parpadeé confusa e irritada mientras me señalaba—hay que tratarlas con mano dura.
—Creo que ya he dicho que lo siento—Repliqué muy irritada—No sé que más quieres de mí. Lo del coche ha sido un accidente…pero afortunadamente, todo ha salido bien y…
— ¡Mis botes de laca de uñas, no!—Gritó desesperada.
Reprimí una carcajada.
—Creo que los botes de laca no entran en el seguro. Pero…—Saqué mi monedero y le di un billete de cinco dólares—Con esto servirá.
Me miró como si la hubiese dedicado el mayor de los insultos.
— ¡Mis botes son de L'Oreal! Diseño y colección exclusivos. Pero, claro… ¡Ósea!... ¡Que va a entender una vaca pueblerina, que para salir adelante cada mes tiene que chupársela a un chico rico!
Esto eran palabras mayores. Tenía la suficiente autoestima para no sentirme, en absoluto, acomplejada por mi cuerpo. Una talla cuarenta con mi altura y mi constitución, era una magnifica talla. ¿Pueblerina? Había nacido en Seattle. No era tan gran ciudad como Chicago, pero eso no significaba que no me manejase bien en ella.
¿Pero me estaba llamando puta? ¿Sin conocerme? ¿Ella que se besuqueaba delante de su novio con una persona, que su pareja había puesto en su lista de "non grata"?
Me sacó de mis casillas y yo, por desgracia, me puse a su altura.
—A mí una escoba vestida de Armani, no me llama zorra, ¿Lo has comprendido, o la neurona que tienes en tu cerebro se ha ido a hacer la permanente?
Para entonces, un grupo de curiosos nos estaban rodeando, sin atreverse a intervenir. Todos menos uno:
— ¡Joder! Esa ha sido buena—Reconocí las carcajadas de Jim—Lo apuntaré para la próxima reunión que tengamos como chiste que contar.
—Os estáis pasando las dos—Nos advirtió Hayden.
—Zorra cateta—Me insultó Lydia.
Mi contestación no se hizo esperar. Apreté el puño y lo lancé directamente hacia el ojo de Lydia. Esta gimió y fue retirándose hacia atrás, hasta romperse uno de sus tacones de aguja de sus zapatos y caerse en un charco.
Se hizo un silencio absoluto, solamente roto por las exageradas carcajadas de Jim, que se reía a mandíbula batiente.
Me sentí tan llena de venganza, que antes de que Lydia se pudiese levantar de nuevo, fui a su encuentro para asegurarme de que no se volvía levantar de allí.
Pronto sentí una sujeción en la muñeca y que alguien me arrastraba hacia atrás:
— ¡Que demonios!—Exclamé.
— ¡Haz el favor de estarte quieta!—Me ordenó la voz de Hayden— ¡Sois como las niñas pequeñas y estáis haciendo el ridículo!
—Tú no…—Me encaré para mirarle a los ojos y me callé de la impresión.
Pronto sentí como todo se desvanecía y estaba sola…ante la presencia de unos ojos negros que ardían como brasas de carbón. No hacía falta que me dijese que aquel ser, o lo que fuese, me odiaba. Podía sentir como me quemaba el fuego de su odio. Era como si de un momento a otro, saltase hacia mi cuello y me extrajese la sangre.
Y lo peor de todo, era que yo no podía huir. Estaba estancada en el sitio, completamente inmóvil. Ni siquiera me atrevía a respirar, ni a parpadear.
"¿Por qué no me atacas ya? Eso es lo que quieres"
Cuando dejé de sentir la presión de los dedos de Hayden sobre mi muñeca, todo volvió a la normalidad o casi todo…
Estaba sudorosa y jadeante. No me daba cuenta—o eso me daba igual—de estar rodeados por mucha gente. Con terror, volví a mirar a Hayden, y comprobé que él estaba pálido y aterrado. Tenía una expresión culpable en el rostro y no dejaba de jadear.
Tomó una fuerte bocanada de aire, se pellizcó el puente de la nariz con los dedos y se alejó de mí cuanto pudo. La excusa fue ir a rescatar a Lydia que no había dejado de llorar, o por lo menos, interpreté así los sonidos que me venían de mi exterior.
Antes de montar en el coche, Hayden se dirigió a mí como si fuese una criatura maléfica:
— ¿Quién eres tú?—Me preguntó despacio y escupiendo las palabras.
"Y tú, ¿Quién eres?"
—No lo sé…—Estaba aterrada y no era consciente de estar metida en el coche y empezar a conducir para sentirme a salvo en casa.
