Capítulo Tres

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Un pasillo de sexto piso

- ¿No te dijeron para qué nos citaban? – preguntó Ron, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la túnica flameando detrás de sus talones.

Harry negó con la cabeza, frunciendo el ceño.

- No.

Hermione intentaba mantener el largo paso de sus amigos, mientras acarreaba su cargada mochila y apretaba dos libros pesados contra el pecho.

- Esto es muy extraño – comentó, acomodando la mochila por tercera vez sobre su hombro. – Supe que además de los prefectos y los dos premios anuales, están citados todos los alumnos de séptimo año.

Ron alargó la mano y tomó la mochila de la chica.

- Dámela – dijo, colgándosela de la espalda. – Supongo con eso queda descartada la posibilidad de que se trate de algo referido a la Orden o la profecía – continuó diciendo, sin prestar mayor atención a la expresión de asombro de Hermione ante su gesto.

Harry, concentrado en intentar descifrar el motivo de la reunión, no se percató del gesto de Ron ni del estupor de Hermione.

- No entiendo por qué me dijeron que debía asistir. – Hizo una pausa, pensativo. - ¿Los otros tres capitanes de Quidditch también estarán? – le preguntó a Hermione.

- No que yo sepa, pero tal vez se trata de una reunión con todos aquellos que tienen alguna responsabilidad de grupo – respondió la chica.

- Pero en ese caso no encaja que estén aquí los alumnos de séptimo, ¿no? – comentó Ron.

Llegaron hasta la sala en donde cada semana se reunían prefectos, premios anuales y jefes de casas, sin decir nada más. Habían varias personas allí cuando entraron: al menos diez prefectos conversaban en tres grupos, junto con uno de los dos premios anuales, mientras que todo el plantel docente del colegio parecía haber concurrido y la mayor parte de los alumnos del último año habían ya llegado.

- Esto no es una reunión deportiva, Potter, así es que piérdete – la cascada voz de Malfoy resonó clara en el silencio que provocó la presencia de Harry.

- El señor Potter ha sido citado aquí al igual que usted, señor Malfoy – Dumbledore apareció desde una puerta lateral. Casi sin detenerse, se dirigió hacia una mesa que, por lo regular, era utilizada por los profesores en las reuniones semanales de asignación de tareas. - ¿Ya estamos todos?

Cuatro alumnos más entraron en el salón, seguidos un momento después del otro premio Anual.

- Señor Wells, ¿podría cerrar la puerta? – le pidió Dumbledore al alumno de Hufflepuff. - Por favor, tomen asiento.

El ruido de las túnicas se mezcló con algunos comentarios que se hicieron por lo bajo cuando todos se sentaron frente al director del colegio. Alumnos y profesores lo miraron con distintos grados de interés y curiosidad en sus rostros.

- Les he pedido que vengan esta noche porque, como todos ustedes saben, fuera de las paredes de este castillo existe una amenaza que no podemos ignorar y contra la que debemos prepararnos – comenzó el mago, clavando sus penetrantes ojos azules en los rostros de jóvenes y adultos.

Harry miró por un segundo a Evelyn y Matthew, que sentados cerca de Dumbledore se mantenían serios. Le llamó la atención que ambos mantuvieran sus ojos fijos en una persona para luego pasarlos a otra, y se le ocurrió con asombro que parecían estar usando la Legeremancia con los asistentes a esa reunión.

- En vista de la situación, he aprovechado la experiencia como aurores de nuestros nuevos maestros para trazar el plan que deberemos seguir, en caso de que el castillo sea atacado – continuó el director, con lo que varios profesores lo miraron con sorpresa y cierta ofensa. Los alumnos, por otro lado, parecían alarmados.

- Pero… este castillo es inaccesible – dijo una prefecto de Ravenclaw. – He leído La Historia de Hogwarts y allí lo dice.

- ¿Escuchaste eso? ¡No eres la única que leyó ese libro! – susurró Ron al oído de Hermione, logrando que la chica lo fulminara con la vista.

- Es verdad que el colegio tiene excelentes defensas, pero también es verdad que muchos de los que en este momento representan una amenaza han estudiado aquí – acordó Dumbledore. – No debemos olvidar que hace tres años, un fugitivo de la justicia, ex alumno de este colegio, entró en la torre de Gryffindor y amenazó al señor Wesley con un cuchillo en mitad de la noche.

Harry sintió que algo se revolvía en su interior al escuchar que Sirius era usado para lograr que todos los que estaban en ese salón cooperaran. Iba a decir algo cuando los ojos de Matthew se clavaron en él, destellando con un claro mensaje de que debía permanecer callado.

- No sabemos si el castillo será atacado – Dumbledore entrecruzó los dedos de sus manos sobre la pulida superficie del escritorio detrás del cual estaba sentado. - Pero hemos instalado una alarma que podrá ser activada por cualquiera de los que nos encontramos aquí esta noche en caso de que alguno de nosotros detecte mortífagos que ingresaron por la fuerza.

- ¿Cómo se activa? – preguntó la profesora Sprout, que escuchaba con tensión, sentada en la punta de su silla.

- ¿Profesor Flitwick? – Dumbledore miró a su colega.

El pequeño profesor asintió.

- La alarma se activará cuando haga falta – aseveró el maestro de Encantamientos. – Aunque inicialmente sonará en todo el castillo, se irá apagando gradualmente hasta sonar únicamente en el lugar en donde fueron detectados los intrusos.

Ron levantó las cejas.

- Eso es malditamente brillante – murmuró por lo bajo.

Ni Harry ni Hermione respondieron a su comentario, demasiado atentos a lo que se estaba diciendo como para distraerse.

- Todos los alumnos deben identificar el sonido de la alarma, así es que mañana los reuniremos y la activaremos, para que puedan reconocerla sin posibilidad de error – comentó el director. - Ahora, lo más importante es qué haremos si la escuchamos. Profesor Whitherspoon.

Mathew se puso de pie y se acercó a un pizarrón que se hallaba a su izquierda, junto a Dumbledore. Un plano de los pisos de Hogwarts y su distribución cubría toda la superficie.

- Hay dos cosas primordiales a tener en cuenta. La primera es el tamaño del castillo y la cantidad de lugares por donde puede ser penetrado. Considerando esto, nuestra prioridad es obtener tiempo para que los alumnos logren ponerse a salvo – comenzó Mathew, mirando al grupo reunido frente a él. – Por esto, cuando se escuche la alarma, todos los profesores deberemos dirigirnos a lugares específicos para darle ese tiempo a los alumnos. La segunda es que al sonar la alarma, no sabremos desde dónde viene el ataque hasta que la alarma no se centre en el sitio donde se originó. Por esto, hemos ideado la siguiente disposición – apuntó la pizarra con su varita y los nombres de los profesores aparecieron en el mapa frente a ellos. – Cada uno de nosotros, los profesores, deberá llegar lo más rápido posible al lugar que tiene asignado, hasta tanto no determinemos dónde está la amenaza realmente. Hay una serie de opciones, que varían dependiendo de la hora del día en que el ataque se produzca, de manera que su ubicación sea la más cercana al sitio en que comúnmente nos hallamos a esa hora – hizo un giro con su muñeca y en la parte superior del pizarrón comenzaron a aparecer distintas horas. Al cambiar la hora, los nombres de los profesores cambiaban de ubicación.

- No creo que sea práctico el tener tantas posibilidades – replicó Snape con voz seca.

- En caso de que puedas proporcionarme un lugar que podamos considerar como único posible punto de irrupción, estaré encantado de descartar esta opción – respondió Mathew, atravesando al profesor de Defensa contra las artes oscuras con la mirada.

Hubo un silencio tenso durante el cual todos los alumnos que sospechaban que el nuevo maestro de Pociones y el antiguo maestro de Pociones no se caían nada bien, lo confirmaron.

- ¿Y nosotros dónde deberemos ir? – preguntó uno de los premios anuales, un chico alto de Ravenclaw, que parecía estar muy preocupado.

- La responsabilidad de ustedes será conducir a todos los alumnos hasta este pasillo.

La varita del mago señaló un lugar del segundo piso en el mapa del pizarrón. Un lugar que Ron, Hermione y Harry reconocieron sin problemas.

- Pero… eso es el segundo piso… si vamos allí quedaremos atrapados… ¿No deberíamos tratar de huir? – preguntó uno de los prefectos nuevos de Gryffindor, un chico que a Harry no le agradaba porque miraba demasiado a Ginny.

- Son demasiados y fuera del castillo son un blanco demasiado grande como para correr ese riesgo – respondió Mathew -. Además, si yo fuera a atacar este lugar eso sería exactamente lo que estaría esperando. No, lo que haremos es tratar de ponerlos a todos a resguardo, en un sitio al que nadie pueda acceder.

- Pero el segundo piso es tan accesible como cualquier pasillo público del colegio – murmuró con escepticismo otra chica.

- El lugar donde se refugiarán se accede desde el segundo piso. Y por eso vamos a colocar barreras especiales allí que les den el tiempo de llegar y entrar – aclaró Mathew -. Lo que queremos que entiendan es que no habrá más que una oportunidad para que entren allí, así es que su prioridad es llegar hasta el punto de reunión y llevarse con ustedes a todos los alumnos que encuentren a su paso. ¿Está eso claro?

Ceños arrugados y expresiones de desconcierto fueron las únicas respuestas que obtuvo por un momento, hasta que varias cabezas acompañaron las afirmaciones verbales. Entonces, miró a Harry, Ron y Hermione.

- Quiero que ustedes tres se dirijan directamente hasta el punto de reunión. No guiarán alumnos hasta ese sitio, sino que deberán estar allí para cuando el resto vaya llegando. Esperen la mayor cantidad de tiempo que puedan, pero si alguien se demora demasiado y la mayoría ya ha llegado, lleven a los que estén hasta el escondite.

Todos se giraron para mirar a los tres amigos, que con distinta velocidad comenzaban a darse cuenta de cuál era el plan. Y no les gustaba.

Harry miró con aprehensión esos ojos verdes iguales a los suyos.

Ni en un millón de años se le habría ocurrido que le pedirían que abriera esa maldita Cámara para meter dentro a casi mil personas. Tenía un nudo en la boca del estómago mientras la imagen de Ginny, tirada en ese suelo de piedra mojado, helada, casi muerta, regresaba a su mente y le atenazaba las entrañas.

Casi podía sentir los ojos de Evelyn entrando a través de la maraña de sus miedos, pero se negó a mirarla. Porque si lo hacía no podría engañarla. Y no quería discutir lo que estaba pensando frente a todas esas personas.

Por suerte, Draco Malfoy vino a rescatarlo de ser el blanco de la atención de todos cuando preguntó:

- ¿Y cuál es el sitio donde nos esconderemos?

- Me temo que por razones de seguridad no podemos darles esa información, señor Malfoy – intervino el profesor Dumbledore. – Ninguno de ustedes sabrá del lugar hasta que sea la hora de ir allí. No queremos que se transformen en blancos ambulantes que puedan ser atrapados para obtener información.

Se hizo una pausa durante la cual todos pensaron exactamente lo mismo. Finalmente, una joven espigada con insignia de prefecto, se atrevió a decirlo en voz alta.

- No quiero señalar lo obvio, pero hasta donde sabemos, y si debemos dar crédito a las historias que circulan, el Innombrable intenta llegar hasta Potter. ¿Y pretenden que todos sigamos a Potter a ciegas hasta un sitio misterioso y nos encerremos allí con él? No es nada personal, pero en lo que a mí respecta, el mejor plan es mantenerme lo más alejada posible de él.

Varios murmullos de aprobación resonaron tras este planteamiento.

- Si damos crédito a las historias que circulan, ¿se te ocurre alguna otra persona más interesada que él en no permitir que Voldemort lo alcance? – preguntó Evelyn entonces, con la voz muy calmada.

La bruja de Ravenclaw sostuvo la mirada de la Cazadora por un momento antes de murmurar:

- No.

- Recuerden – remarcó entonces Mathew, dando por zanjado el punto –, una vez que el escondite esté cerrado, no habrá forma de que sea abierto. Sólo hay una oportunidad de quedar del lado seguro. Por lo tanto, esperamos que confíen en nuestro criterio y se dirijan allí lo más rápido que puedan.

Los jóvenes estudiantes asintieron en su mayoría.

- En resumidas cuentas, nuestro papel es llevar a los alumnos hasta ese pasillo y seguirlos a ellos adonde sea que nos lleven – concluyó Malfoy.

Dumbledore le clavó la mirada por un momento.

- Su tarea no es únicamente guiar al resto del alumnado. Deberán encargarse, junto con los alumnos de sexto año, de defender a sus compañeros. En caso de que los profesores no logremos darles el tiempo necesario para que puedan llegar a destino, ustedes son el último bastión de defensa.

- Pero… nosotros sólo somos estudiantes – dijo una chica bajita de Slytherin. – No somos aurores. Ni siquiera hemos egresado.

- Entonces todos deberán tener ahora en mente, cuando vayan a clase, que lo que aprendan allí dentro no es para aprobar una materia. Es lo que tal vez les salve la vida – concluyó Mathew.

La joven palideció y Dumbledore apretó los labios antes de ponerse de pie y mirar a todos los alumnos allí sentados con gran seriedad.

- No voy a mentirles. Si la alarma suena, no se tratará de un juego, ni de una broma. Las decisiones que cada uno de nosotros tome serán de vida o muerte. La nuestra o la de algún amigo. Así es que quiero que piensen en eso la próxima vez que entren en un salón de clases.

Un silencio sepulcral cayó sobre los que estaban allí reunidos. Ninguno de los alumnos, y la mayoría de los profesores, había escuchado jamás decir algo semejante al director de Hogwarts. Y la expresión de esos ojos, que se veían opacados por la preocupación detrás de los anteojos de media luna, no dejaba lugar a duda respecto a cuán seria era su afirmación.

La sonrisa paternal retornó a ese rostro que por años les había dado la bienvenida a Hogwarts desde el asiento principal de la mesa de maestros, quitando un poco de tensión al momento.

- Les sugiero que aprovechen al máximo a nuestros excelentes maestros. Nadie va a negarles ayuda si se trata de prepararse y mejorar. Pero eso será a partir de mañana… ahora vayan a descansar.

Los alumnos fueron poniéndose de pie con diverso grado de premura y se dispersaron entre murmullos nerviosos por los pasillos. Los profesores se acercaron a Dumbledore dispuestos a pedir mayores detalles del plan, pero el director levantó sus manos evitando la lluvia de preguntas.

- Por favor, los invito a venir a mi oficina para discutir cualquier duda que tengan. En privado – señaló con la cabeza hacia los últimos alumnos que salían del salón.

Todos, excepto Mathew y Evelyn, siguieron al director del colegio fuera del aula.

- ¿Harry? – Hermione se inclinó hacia el silencioso muchacho que no se había movido de su silla.

Harry se puso de pie con decisión.

- Adelántense. Iré en un momento.

Hermione fue a decir algo, pero Ron se colgó la mochila de la chica al hombro una vez más y la tomó del codo mientras se levantaba de la silla.

- Te esperamos en la torre Gryffindor, viejo.

Ignorando la evidente intención de su amiga de quedarse, la arrastró con suavidad pero firmeza hacia el pasillo. Harry escuchó cómo la voz inquieta de Hermione resonaba a medida que ella y Ron se alejaban, discutiendo, pero no les prestó mayor atención. Se acercó hasta donde estaba Mathew, que con un movimiento de su varita estaba borrando los diagramas de la pizarra.

- ¿Su plan es que guíe a todos los alumnos hasta la Cámara Secreta y la abra para que puedan esconderse allí? – preguntó a boca de jarro.

Guardando su varita, Mathew se giró para quedar de frente al adolescente. Podía casi palpar la tensión en el muchacho.

- Y que luego cierres la puerta cuando estén todos dentro – le respondió, apoyándose en el escritorio detrás del cual Dumbledore había estado sentado un momento antes.

- Tú incluido – agregó Evelyn, que no se había movido aún de su silla.

Harry metió las manos en los bolsillos del pantalón, echando para atrás su túnica abierta. Frunció el ceño con concentración, buscando un modo de exponer lo que quería y obtenerlo.

- Yo podría ayudarlos.

- Nos ayudarás quedándote en la Cámara, a salvo – la bruja remarcó la última parte de su frase.

- Pero ustedes son muy pocos. Si van a atacar el castillo, probablemente serán muchos. No soy bueno en otras cosas, pero sí en Defensa Contra las Artes Oscuras – argumentó Harry, intentando otro enfoque. – Yo les conté que el año pasado organizamos un club de práctica, por si teníamos que enfrentarnos con mortífagos. Y yo fui el instructor. ¿Recuerdan?

- Perfectamente – asintió Mathew. - Esa es otra de las razones por las que te estamos pidiendo que te quedes con el resto de los alumnos. Si los mortífagos lograran abrir la Cámara, es mejor que allí dentro haya gente capaz de defender a los más chicos e inexpertos.

El muchacho tomó aire.

Las cosas no estaban resultando bien, pero no podía darse por vencido. Tenía que lograr que cambiaran de opinión. Él no quería bajar hasta allí. No creía poder hacerlo.

- ¿Y qué pasará si tienen razón y Voldemort viene detrás de mí? Él puede abrir la Cámara. Ya la abrió antes. Yo no debería estar cerca del resto porque entonces los estaría poniendo en peligro.

- Esa es una forma de verlo – admitió Evelyn. - La otra forma es que si tú estás allí, sólo habrá un lugar adonde él puede buscarte. Y eso reduce la cantidad de lugares a cubrir por nuestra parte. Pero, con sinceridad, no creo que venga en persona. La posibilidad de que atraigas a Voldemort hasta tus compañeros es bastante remota.

"Demonios", pensó Harry. Era más que evidente que ya habían pensado en todas las objeciones que él iba a poner y estaban preparados para rebatirlas.

- Ustedes no entienden – dijo, desesperado.

- Sí entendemos – le aclaró Mathew. – Harry, podemos ver tus reparos a regresar allí, en verdad lo entendemos…

- ¡No! ¡Ustedes no saben! – exclamó el adolescente. – Ustedes no estuvieron allí… con él… con Ginny…

Harry se interrumpió, tratando de completar la idea, con las manos cerradas en puños que clavaban sus uñas en las palmas sin piedad. Pero no sintió el dolor porque todo en lo que podía pensar era en Ginny casi muerta y Tom Riddle, hablándole. Dibujando su nombre en el aire con su varita.

Evelyn se puso de pie y se acercó hasta quedar frente a él.

- Tienes razón, Harry. No estuvimos allí. Como tampoco estuvimos en muchas otras ocasiones en las que debimos. Y lo lamento… en verdad lamento que no hayamos podido protegerte – hizo una pausa y respiró hondo antes de seguir. – Sé que no quieres entrar en la Cámara Secreta nuevamente, pero si tú no bajas hasta allá y abres esa puerta, entonces la única opción es que yo lo haga. Y si yo lo hago, entonces no estaré aquí arriba, luchando para darles tiempo a ustedes a que pongan a salvo al resto de los alumnos.

Su estómago se encogió al ver la batalla que el muchacho estaba librando consigo mismo. Sabía que acababa de acorralarlo, que había jugado sucio y lo estaba extorsionando de la peor manera. Y odió tener que hacerlo.

Odiaba ver toda esa angustia en los ojos del adolescente. Odiaba que tuviera tantos lugares vedados por recuerdos atroces. Pero mantenerlo con vida, a él y al resto de los casi mil chicos que estaban en el castillo, era en ese momento su más alta prioridad, por lo que enterró su enojo y eliminó toda emoción de su voz.

- Así es que la pregunta no es si quieres o no hacerlo, porque sabemos la respuesta. La pregunta es: ¿contamos contigo o no? Porque si la respuesta es no, mejor dínoslo ahora. No podemos arriesgarnos a que te eches atrás en el último momento. No cuando hay tantas vidas en juego.

Harry apretó aún más los puños. Por un largo momento se quedó allí, frente a una mujer que había pasado por cosas que él no quería ni pensar y un hombre que había elegido el camino más difícil, con tal de no renunciar a alguien a quien amaba. Y no tuvo valor de decirles que no podían contar con su ayuda sólo porque no quería bajar a un lugar que estaba vacío desde hacía cuatro años.

Tomó aire y le devolvió la mirada a la bruja a quien no necesitaba explicarle cuánto le estaba costando tomar esta decisión.

- Cuentan conmigo.

E internamente rogó para que, llegado el momento, pudiera cumplir con su afirmación.