Advertencia: Situaciones sexuales, considerar antes de leer. Y si tienen la inamovible idea de que el sexo en sí es el romanticismo hecho materia, este capítulo podría no ser para ustedes.

Dedicatoria de capítulo: Maritza, gracias por tu tiempo en leerme y comentar.

Capítulo 4: Qué poco sabes

"Te di todo de mí.
Sin pedir a cambio nada de ti.
Sin medida ni condición.
Te entregué mi cuerpo y mi corazón.
Por qué trataste así mi ilusión.
Tú me has hecho llorar.
Tú me has hecho sufrir."

Era consciente de que Candy no estaba del todo convencida y que temblaba ligeramente bajo de él. A pesar de estar dentro de ella totalmente, sabía que no estaba relajada y que su cuerpo estaba respondiendo de la peor manera. Terry quería olvidar, lo deseaba con una desesperación tan grande que sentía que estaba a punto de reventar. Necesitaba eso con Candy, sentir que todo estaría bien, aunque solo fuera un instante de mentira. Siempre pensó que el sexo no significaba más que una satisfacción física, una batalla perdida con gusto ante las hormonas. A veces era la constatación de su hombría, a veces un pasatiempo tintado de algo más en el que prefería no fijarse. Pero con Josephine, fue la manera más fácil de expresar todos los sentimientos que le burbujearon en el estómago, era un te quiero escondido entre gemidos, un secreto oculto entre sábanas blancas.

Aspiró sobre el cuello de ella antes de comenzar a besarlo nuevamente. Olía a soledad, a miradas de superioridad y lastima, olía a lágrimas derramadas en la intimidad.

Candy soltó una bocana de aire dispuesta a no dejarse invadir por la culpa. Ella quería borrar ese sentimiento a como diera lugar. Apretó los dientes para evitar que un quejido escapara de sus labios, obligando a su cuerpo a acostumbrarse al invasor. Era incómodo, la verdad; ni por asomo tan bueno como lo de antes. Pero se alegró mucho de que hubiera pasado lo otro, porque ella seguía igual o más mojada que el río Hudson y eso ayudaba una barbaridad.

―Oh, sí ―Jadeó entrecortadamente Terry, cuando la sintió relajarse. La sensación fue intensa, él no era la clase de hombre que se corría si se follaba a una especie de mueble. Y si Candy no la iba a pasar bien con ello, no tenía sentido seguir por mucho que él lo deseará, pero aun así quiso constatarlo―. ¿Quieres seguir? ―Candy, giró nuevamente la cabeza para alzar la vista.

―¡Sólo follame! ¡Fuerte, muy fuerte!

La respuesta del castaño no se hizo esperar, incitante, deslizó el envés de la mano por la espalda, provocándole una miríada de estremecimientos. Y su mano subía y bajaba y volvía a subir. Lento, tan jodidamente lento que ella gemía, retorciéndose, pidiendo más de aquello. Su cabello, regado por todo el edredón y sus caderas siendo presionadas por una mano demandante que las asían con una fuerza enfermiza.

Su cuerpo, desnudo y sudado, era empujado contra la suave superficie del mullido colchón.

Su voz, lanzando gritos, enronquecida por el placer. Pidiendo, rogando, implorando por más, por más de aquello que lo estaba llevando al punto de no retorno.

Por más de Terry, quien le otorgaba estocadas rápidas, cortas y violentas que golpeaban en su interior con un delicioso rictus entre el dolor y el placer. Terry Granchester, quien le enloquecía, asiéndose a ella, follándosela sin misericordia, el que la estaba haciendo gritar, rogar y pedir, el que le estaba haciendo vivir, olvidando por un instante su dolor.

Y Candy rogó, rogó por que le diera más, que por favor fuera más y más adentro, duro y profundo.

―Por favor… ―Y Candy, pensó y supo que debería tener un poco más de dignidad, de resistencia a los embates de él, quien la jodía como si no hubiera mañana, pero no podía, no podía pensar en otra cosa que no fuera Terry dentro de ella. No podía resistir sin que la destrozara de placer, no podía aguantar ni un segundo más sin que golpeara dentro de su cuerpo con furiosa velocidad, ahogándola, matándola y a la vez, haciéndola vivir una vez más.

¡Oh, demonios! ¡Qué bien se sentía Terry Granchester en su interior! Porque él la hacía gozar, olvidar, sentir que valía la pena. Diciéndole lo sexy que era con su voz de vocales arrastrada; sin nombres, sin distinciones, sin nada más que no fueran ellos allí, entregándose. Dentro, fuera, sobre su cuerpo, por todos lados, cubriéndola con el suyo, marcándola, tomándola, follándola, haciéndola suya.

No, eso no. Aquello no era amor, distaba mucho de serlo. Era sexo salvaje, primitivo, pasional, violento y posesivo. Una necesidad pura e instintiva de poseerse; de perderse en la piel del otro. De borrarse a besos el nombre de otros, del pasado. Necesidad de perderse en el placer básico del sexo.

Adicción y droga, complementándose a la perfección, consumiéndolos. ¿Quién era uno y quién el otro? No lo sabían. No importaba.

Terry jadeó, halando su cabello sudoroso por el sexo. Y se clavó en su interior, perforándola hasta el centro, atravesándola, una, dos, tres, cuatro veces más, con precisión y locura. Tocando allí, justo allí… así Dios, sí, ahí donde la hacía enloquecer, aplastándola con su cuerpo y soltando en su lóbulo un gemido que sonó a la necesidad que los estaba matando.

―¡Oh, sí! ―dijo entre dientes. Y ella se sintió tan cerca del cielo que lo podía rozar con los dedos. Sus piernas se entrelazaron y se unieron en una danza desquiciante. Terry la sintió gemir y la hizo suspirar, sus propios jadeos se confundieron y ambos sabían que el momento estaba por llegar.

Candy sintió su cuerpo tomado con desesperación, usado para descargar una ira y tristeza que Terry no era consciente de guardar. Lo sabía, que él la usaba para follársela, para destrozarla, para olvidar. Pero eso a ella no le importó, no mientras él la hiciera sentir así de necesitada. Porque, ¿qué sería de la vida sin un poco de sentimientos egoístas?

Su cuerpo se estremeció, mientras Terry siguió embistiéndola. Era tangible, palpable, justo ahí, ahí. Y un poco más. Solo un poco.

Y con un gritó unísono, se dejaron perder. Fue éxtasis en su mayor denominación, explotando en su alrededor, consumiendo sus energías, traduciéndolas en gemidos largos y en su miembro convulso que soltó interminables hilos de espeso elixir que Terry, ordeñó en el condón. El mundo explotó en colores, sonidos y olores, bajo sus parpados se dibujaron miles de estrellas.

Temblaron. El mundo se estremeció. ¿O eran ellos? ¿Sus cuerpos llegando al límite?

Y sin darse tiempo a reaccionar siquiera a lo acontecido, Terry salió de ella, desplomándose a su lado. Miró hacía el techo con los ojos vidriosos. Sintió las ondulaciones del colchón.

Candy se giró, cerrando los ojos. Una presión en el pecho le impedía respirar correctamente. Adoptando una posición fetal se llevó las manos al rostro tapándoselo de vergüenza.

Terry apretó la mandíbula girando la cara hacia el reloj de la mesa de noche, percatándose que aún no eran las doce.

Candy no pudo contenerse más y rompió a llorar. Lloró, no supo por cuánto tiempo, con él a su lado sin acercarse o alejarse. Las lágrimas parecieron rebasar su control, escurriéndose a través de sus dedos entreabiertos. Los recuerdos salieron a borbotones impidiéndole respirar.

―Lo siento ―susurró muy bajito, sin saber siquiera si él la escuchó. Terry la miró por primera vez, con la mano suspendida a medio camino de tomar su hombro.

Candy se giró y de un golpe, se levantó con pesadez. Buscó su ropa con la mirada atenta de Terry siguiéndole.

―Tengo que irme ―anunció por mera cortesía, comenzando a vestirse.

―De acuerdo ―Suspiró Terry, levantándose para buscar su celular.

―No necesito que me lleve tu chofer, puedo regresar sola a casa―. Terry la revisó con la mirada e hizo un gesto.

―No vale la pena que sigas llorando por él. Ethan no mere…

―¡Cállate! Solo… no digas nada ―Le increpó ella, levantando la mirada de sus zapatos.

―Deberías aceptar de una buena vez que eso se terminó, Candy. Acéptalo ―dijo pronunciando casa sílaba lentamente.

―¿Justo como lo haces tú? ―Candy, se levantó y lo encaró. Terry la miró con los ojos oscurecidos―. Pensé que de entre todas las personas tú lo entenderías porque sientes lo mismo.

―Candy… ―Siseó Terry, asimilando las palabras de Candy.

―¡No! ―Ella, llegó frente a él y le enterró el dedo en el pecho―. Tú no solo estabas enamorado de Josephine, la amabas y por más que pretendas que no es así, te afecta. Así que no te metas con mi manera de manejarlo, si tú no eres capaz de superarlo.

―Eso no es de tu incumbencia ―Terry, se cruzó de brazos mirándola enojado.

―Ni lo mío de la tuya ―dijo y oyó su voz extremadamente sin emoción. Terry se encogió de hombros.

―Llorar eternamente no te ayudará ―Sentenció el castaño, dejando escapar un suspiro.

―Eso es mi asunto.

―De acuerdo, ve y llora por él, sigue amándolo aunque esté con otra. A mí no me importa ―Candy, negó con la cabeza enojada.

―Nuca podrás avanzar así, Terry. Tienes que dejar fluir tu dolor para liberarte.

―No veo que a ti te esté sirviendo de mucho, Candy ―señaló. Ella no respondió nada, simplemente tomó sus cosas para después dirigirse a la puerta y cerrar de un portazo, sin siquiera despedirse.

Terry se quedó mirando el espacio vació unos segundos más, mandó un mensaje y se dejó caer en su cama. Tenía que admitir que Candy tenía razón, él estaba sufriendo mucho y le pesaba no tener ningún método que le hiciera olvidar a Josephine, y mucho menos para dejar de amarla. No era justo, porque él quería desprenderse de ella y parecía que entre más trataba, más se le adhería a la piel como un tatuaje.

Se giró en la cama y se hizo un ovillo, abrazando una de las almohadas. Unos minutos después, se talló los ojos para luego mirar sus manos con expresión confundida. Levantó la mirada a la ventana, como si estuviera buscando algo. Luego, volvió a pasarse las manos por el rostro mojado y por fin entendió que estaba llorando, que aquello que estaba empapando sus mejillas y nublaba su visión, eran lágrimas ocasionadas por algo que Jo había roto en su interior, y que por fin estaba liberando después de muchas semanas. El dolor lacerante de la traición, tan doloroso que parecía querer matarlo y que no había forma de detener. Al menos no una conocida por él.

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

Candy salió del edificio de Terry y de inmediato vio a Chuck frente a la limusina, abriendo la puerta para ella. Torció la boca y entornó los ojos, después dejó escapar un suspiro de resignación. Al fin y al cabo, el chofer solo seguía las órdenes de Terry.

Veinte minutos más tarde, bajó del auto y se despidió de Chuck. Subió las escaleras y alzó los ojos al techo, al ver la comitiva que la esperaba frente a su puerta. Patty, Stear, Annie y su novio Archie, conversaban alteradamente. Todos se quedaron paralizados y en silencio cuando la vieron. Candy pudo sentir por igual miradas de alivio y molestia.

―Hola, ¿qué hacen aquí? ―preguntó la rubia, algo mosqueada por la presencia de sus amigos. La primera reacción fue de Patty, quien se acercó a ella con la mirada dura.

―Candys Victorie White, ¿dónde rayos estabas? Saliste del hospital hace 5 horas y nadie sabía nada de ti ―Sus ojos marrones la miraban con gran escrutinio.

―Nos tenías preocupados, Candy ―señaló Stear, uniéndose a su novia. Miró a Annie enviando un mensaje y no le quedo duda que su madre, Lane White era la receptora. ¿Es que no podían dejarla sola? Tenía 27 años, podía cuidarse sola, aunque ellos lo dudaran o no lo entendieran.

―Lo siento, C ―Intervino Archie, apretándole el hombro mientras la rubia abría la puerta―, les dije que no era para tanto, que seguro te habías ido a divertir por allí, pero ya sabes cómo son ―Le sonrió cómplice, como si supiera lo que había estado haciendo durante esas horas. Los recuerdos de ella y Terry en la cama, la sesión de sexo duro y desesperado, volvieron a su mente y sintió sus mejillas arder.

―¿Dónde estuviste? ―Volvió a preguntar Patty, tomando asiento en el sillón de la estancia.

―No deberías estar sola, si tienes ganas de ir a un bar podemos acompañarte. Si quieres ver una película y llorar, nosotros iremos por las palomitas. Candy, déjanos apoyarte a superar esto ―propuso, Stear.

―Incluso si no quieres estar sola, puedes quedarte con nosotros una noche ―Secundó, Patty. Candy ni siquiera quiso mencionar que no tenía sentido bajar un piso solo para dormir en un sillón.

―O con nosotros ―Apoyó, Annie.

Y ahí estaba de nuevo, las miradas de conmiseración. Candy fue a su cocina y se sirvió un vaso con agua.

―Gracias por preocuparse por mí. De verdad, pero justo ahora lo único que quiero es darme una ducha y dormir. Y estar sola ―Les informó, ella.

―Candy, te hemos dejado sola muchas veces y sigues igual, o hasta más deprimida ―acusó, Annie―. Nunca nos dices en dónde estás, o con quién.

―No tengo por qué hacerlo, no lo hice cuando salía con Ethan y no lo haré ahora.

―Candy ―reprendió, Patty―, no seas injusta, nos preocupamos por ti.

―No tienen porqué, ya les dije que no haré ninguna estupidez.

―Mañana tienes la operación de la válvula mitral ―Le recordó, Stear―. ¿Estás preparada? La última vez te pusiste a llorar a mitad de la operación.

―Eso fue antes, ahora estoy lista.

―Como jefa de residentes, creo que no lo estás, quizá yo deba… ―Empezó, Annie. Candy había perdido la oportunidad de ser la jefa, cuando Ethan le pidió que no lo hiciera porque significaba menos tiempo juntos, y ella había renunciado a la contienda―. Es decir, si necesitas tiempo, sé que puede ser doloroso y…

―¡No! No lo sabes, ninguno de ustedes lo sabe. Solo yo sé cómo me siento y lo que necesito para superarlo, y justo ahora necesito estar sola. ¿Quieren ayudarme? ¡Déjenme tranquila!

―Pero… ―Patty, quiso replicar, pero Archie la interrumpió.

―Candy tiene razón, estamos hostigándola ―Se dirigió a todos y luego se giró para hablar con la rubia―. Solo prométenos algo, si nos necesitas, nos buscarás ―Ella, asintió con el ceño fruncido. Después de despedirse de ellos y que desfilaran hacia la salida, Candy se quedó recargada en la pared con los brazos cruzados, negó con la cabeza y se metió al baño a tomar su merecida ducha. Cuando salió, se dejó caer en la cama, esperando poder dormir rápido y sin sucumbir a algún ataque de tristeza.

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Terry había caído en una especie de resaca emocional, tres días después de su último encuentro con Candy. Ese día se levantó decidido a hacer que su mundo girara nuevamente.

Tenía 10 mensajes de Albert. Llamó a Esperanza, quien se encargaba de la limpieza de su departamento, para que ordenara un poco antes de que su mejor amigo llegará a la reunión.

Albert llamó a su puerta diez minutos después de que Esperanza se fuera.

―¿Estás bien? ―Fue el saludo, del rubio. Terry suspiró, allí estaba la misma pregunta. ¿Es que no podía hacerle otra?

―Sí, ¿por qué no lo estaría?

―Entonces espabílate, quiero ver esos capítulos.

Albert notó el mal humor de Terry, pero tenía la obligación de presionarlo para que cumpliese su plazo. Cuando vio el archivo no pudo evitar exclamar, escandalizado:

―¡T.K. Graham, no se retrasa en los plazos, Terry! ―Le regañó, agitando la laptop para hacer énfasis en la llamada de atención.

―¿Eres así de mandón con tus otros clientes? ―Lo inquirió el castaño, con petulancia; le quitó la laptop de las manos y la colocó sobre la mesa.

El editor afiló la mirada, y Terry supo que estaba en problemas.

―Te puedo asegurar que soy mucho más estricto con mis otros clientes, Terry. Desde que terminaste con Josephine no he hecho más que mimarte. Pero esto no puede interferir en tu trabajo, no pienso permitirlo. Tienes que entregarlo la semana que viene y todavía no lo has acabado. Sé que tienes dos best sellers a tus espaldas, pero Serena, no espera. Además, ha programado un almuerzo para pasado mañana, tiene que hablar de algo serio contigo. Por tanto, ¡necesito que te pongas a trabajar!

Terry se sentó detrás de su escritorio y empezó a teclear. Albert sacó muchos manuscritos y los esparció por el sillón del estudio. Al verlo hacer eso, el castaño estuvo seguro que su amigo, no se iría de ahí hasta que le entregará los últimos tres capítulos de la novela.

Tres horas después, Terry no estaba más cerca de finalizar los capítulos que Albert le había exigido. Suspiró frotándose la cara con las manos de frustración.

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1

"El sonido del cucú sonó claramente en la mitad de la noche, Luke se levantó de la cama de inmediato. Había estado dormido profundamente hasta que el sonido del reloj lo despertó y caminó hasta el baño ya totalmente despierto. Era ya una costumbre de años que se levantara a vaciar su vejiga a esa hora exactamente. Prendió la luz y se bajó el pantalón de su pijama con movimientos lentos y pausados, como lo hacía desde que tenía memoria. Su madre decía que había nacido lento, pero él no le creía del todo. Observaba lo que sucedía a su alrededor y lo comprendía a la perfección, pero nadie quería creerle. Cada vez que hablaba, le decían que se callara y él había aprendido a obedecer pues nadie quería escuchar su pausada voz. Se entretuvo en el baño largos minutos antes de jalar la cadena y salir a su habitación. Caminó hasta la ventana y observó hacia afuera, sonrió con alegría al ver que su vecina había organizado otra fiesta de disfraces, esperaba que fuera tan divertida como la anterior. Alcanzó a distinguir una figura que llevaba un traje realmente extraño, pero le pareció que le quedaba muy bien. El hombre llevaba en la mano un látigo y pensó que posiblemente se había disfrazado de domador de leones. Vio que su vecina estaba tirada en la cama y que tenía algo muy rojo sobre todo el cuerpo. Trató de adivinar cuál sería su disfraz, pero nada se le ocurría. El domador se quedó quieto después de hacer chasquear su látigo en el aire un par de ocasiones, luego se dejó caer sobre el muchacho que estaba en la cama y Luke se sintió desilusionado porque no hicieron nada. Generalmente ambos saltaban sobre la cama y hacían graciosas piruetas mientras gritaban como locos, pero eso no sucedió en esta ocasión. Ya estaba a punto de volver a dormir, cuando el domador se levantó de la cama y envolvió su cuerpo en un albornoz negro. Lo vio asegurar la puerta por dentro antes de deslizarse hasta la calle, utilizando la enredadera que estaba justo bajo la ventana de su vecino. Lo vio mirar a su alrededor y desaparecer en la oscuridad. Luke se quedó junto a la ventana unos instantes más antes de volver a dormir."

5

Fue silencioso, letal y efectivo. Fue el crimen perfecto. Janet Doose, una mujer poco expresiva, abrió sus ojos desmesuradamente con una expresión cargada de rabia en contra de su asesino. Un ahogado sollozo escapó de los labios de la fémina, en su pecho se extendió un agudo e incisivo dolor y supo que el próximo latido sería el último que daría su corazón.

―Él te perdonó ―musitó, el domador―, pero yo no soy él. Yo te odio.

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Terry había estado intentando el final del libro una y otra vez, pero nada funcionaba. Se puso de pie empujando la silla hacía atrás y fue a la cocina, perseguido por la mirada penetrante de Albert y preparó café. Le gustaba el té, pero necesitaba cafeína. Faltaban 5 días para la fecha límite y no tenía claro un plan, no podía concentrarse; su mente de deslizó de nuevo a Candy y a su última conversación. Midió el café buscando confort en el ritual, se apoyó contra el mostrador jugando con un imán, con una palabra que había quitado de la nevera mientras esperaba que el café estuviese listo.

La idea de la mujer asesinada por su hijo era atractiva, pero aún faltaba un motivo, ese por el que Jared Forester podría resolver el caso. Su cuerpo se tensó cuando las piezas empezaron a encajar, de alguna manera sus pensamientos en Candy y el desamor, habían llevado a Terry directamente con las respuestas que necesitaba para acabar su libro.

El café quedó en el olvido, Terry se lanzó de nuevo a su portátil y empezó a teclear con furia y con una sonrisa, estaba plasmando un poco su sentir y el de Candy, en las páginas de la última novela de T.K. Graham.

―¡Ella era su madre! ―dijo impactado, Albert―. ¿Pero qué clase de loco mata a la mujer que le dio la vida?

―¡Sólo lee, Albert! Ella lo abandonó, pensó que estaba muerto y lo dejo en el bote de la basura. ¡Su familia era rica y no iba a comprender su desliz! El padre biológico lo adoptó porque tenía los mismos ojos que la mujer que amaba y el hombre murió de amor; el hijo descubrió la verdad y fue por su madre. Luke es la clave para Jared. Otro perfecto final para T.K. y sus detectives ―dijo Terry, con una sonrisa.

―¿Mata a su madre? ― Preguntó Albert, su escepticismo se veía en su mirada. Aceptó la taza de café cuando Terry se la ofreció, puso en su regazo el ordenador, equilibrando la taza de café en el brazo del sillón.

Terry se sentó en la mesa de centro con sus codos en las rodillas, estudiando el rostro de Albert mientras leía. Él era su agente, pero más que eso era su mayor crítico y fan. Si el final era árido, él se lo haría saber. Los labios del rubio se apretaban por la concentración mientras se desplazaba a través de los últimos capítulos, en ocasión parando para dar un sorbo a la taza del dulce y fuerte café que Terry le había servido. El castaño tenía los nervios a flor de piel cuando al final levantó la vista con una sonrisa enorme.

―Yo diría que T.K. lo ha hecho de nuevo ―Terry, lanzó una bocanada de aire que no sabía que había cogido. Albert se levantó colocando el ordenador sobre la mesa, cogió la taza tomando el resto que ya estaba frío, y la llevó al fregadero―. El trabajo es excelente, Terry. Me gusta ―El rubio, recogió su campamento y se estiró. Había pasado 11 horas encerrado en aquel estudio ―¿Vamos a celebrar? Muero de hambre ―sugirió con entusiasmo, su larga espera había sido recompensada con el final del manuscrito.

―Sí, vamos ―Aceptó el escritor, sonriendo y saboreando con satisfacción el final tan ansiado.

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Para Candy las especialidades se dividían en: las interesantes y las aburridas. Precisamente esa tarde, estaba en una de las que consideraba extremadamente aburridas. El área de Obstetricia pocas veces tenía un caso interesante, mujeres parturientas a las que ayudaba a dar a luz. Candy se esforzaba en su trabajo, sin embargo, aquella especialidad jamás le había llamado la atención, pero Annie le había dicho que tenía que cubrir al menos 30 horas esa semana ahí.

Y Candy lo detestaba, siempre estaba llena de gritos y quejas ¡por supuesto que entendía que aquellas mujeres gritaran y se quejaran! Pero eso no quitaba el hecho de encontrarse con padres histéricos corriendo de aquí para allá, enfermeras caminando apuradamente y, además, el lugar le parecía demasiado cerrado y asfixiante.

Fue a los cuneros, aquello se había convertido en un bálsamo para sus pensamientos. Había descubierto que ver a los bebés le provocaba un estado de calma que, cuando menos, evitaba que siguiera llorando ante cualquier situación.

Estaba perdida en sus pensamientos cuando dos internas se acercaron a ella.

―¡Y me dijo que me fuera! ¿Puedes creerlo? Quería a la jefa de Obstetricia para un simple ultrasonido ―Rumió la joven, muy indignada.

―¿Y qué esperabas? Es la esposa del hijo del dueño del hospital ―contestó la otra distraídamente.

Candy sintió como si alguien le derramara sal a una herida recién abierta. Durante un breve instante, no supo qué hacer. Como si estuviera sometida por una extraña fuerza, las piernas se negaron a responderle mientras comprendía que la vida era una sádica por burlarse así de ella.

Como pudo, dio media vuelta levantando con pesadez el pie derecho y luego el izquierdo; recordándose cómo caminar. Sus puños se cerraron por debajo de la suave tela de su bata y tuvo que abrir ligeramente los labios para poder respirar. Su mente tardó un segundo en procesar la imagen que se le mostraba a la distancia.

Alto, de cabello negro, sonriendo ampliamente y andando a ritmo arrogante que tan bien conocía, se encontraba Ethan Raver. Y a su lado, caminando con tranquilidad como si simplemente fuese lo más natural del mundo, estaba Josephine Walsh.

Ethan sonreía en reflejo al mismo gesto que dibujaba la pelirroja en sus labios. Ella parecía estar diciendo algo que sin duda estaba llamando la atención de él, pues en ningún momento apartó la vista de su esposa.

Por un solo instante y sin ser consciente de ello, Candy bajó la mirada. Pocos segundos después, volvió a buscar la imagen de la pareja que le explicaba con sus actitudes, todo lo que Ethan no había sabido poner en ese post-it. Registraba cada uno de los movimientos que hacían, la forma cariñosa y tierna en que Ethan tomaba la mano de Josephine ―Cosa que nunca hizo con ella―, las miradas amorosas que le prodigaba mientras le sonreía, la paciencia para dejarla hacer lo que quisiera sin imponerle su voluntad.

Pese a la distancia y a la casi nula probabilidad de que la pareja la hubiera visto; Candy tuvo la amarga sensación de que Ethan sí se había percatado de su presencia, sin haber mostrado ningún interés por ella, eso le dolió y la hirió, ¡mucho!

Una risa angustiada y casi silenciosa brotó de sus labios mientras se colocaba su mano derecha sobre el rostro, recordando y confirmando una verdad que se negaba a creer.

"Se acabó", se repitió escuchando desquebrajarse el corazón.

Candy no había entendido la dimensión de aquellas palabras, dejadas escritas en un minúsculo papel como si fueran cualquier cosa, las leyó una y mil veces sin querer dar crédito a lo que decían. Y aún en la boda, no pudo creerlas aunque sus ojos le mostraran lo contrario. Y sin embargo, sentía que a cada segundo que pasaba, esas palabras que considero falas, iban volviéndose una cruda realidad que se clavaba en su corazón como una filosa daga. Parada ahí, frente a ellos, Candy supo porque la gente decía que, "a veces una imagen, podía valer más que mil palabras".

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

Terry soltó una carcajada y negó con la cabeza, mientras Albert le contaba con entusiasmo acerca del último partido de fútbol americano al que había asistido; donde los Osos de Chicago habían logrado derrotar a Jets de Nueva York, luego de más de tres horas de juego que había sido más una masacre que un deporte. De pronto se quedó congelado un instante, al mirar hacia la barra y observar que Candy se encontraba en el mismo lugar, o al menos alguien con el cabello idéntico al de la joven doctora.

La boca de Terry se secó y por un largo instante hasta olvidó que Albert estaba con él, deseando más que nada ir con ella. Le tomó medio minuto más decidirse, bebió su copa por completo, pidió la cuenta y se puso en pie con rapidez.

―¿Qué pasa, Terry. Estás bien? ―preguntó el rubio, ante el repentino apuro.

―Sí, bastante bien ―respondió en voz alta, mientras tomaba su abrigo y arrastraba a su amigo a la salida. Una vez fuera, Albert le propuso compartir un taxi, pero Terry se negó excusándose con el pretexto de visitar a su también amigo Neil, cuyo hotel estaba cerca.

―Cuídate, nos vemos mañana donde Serena.

―Sí, nos vemos ―habló apresuradamente, temiendo que la rubia se pudiera ir.

◦•●◉●•◦ ◦•●◉●•◦

En cuanto Candy sintió una mano sobre su espalda, dio un respingo; el alcohol no había conseguido quitarle sus reflejos, así que se dio la vuelta con rapidez, ensayando su mejor mueca de "aléjate de mí", abrió los ojos de par en par cuando se encontró nada más y nada menos que, con Terry.

El castaño arqueó una ceja, los ojos de la chica estaban brillosos y hasta podía apostar que algo húmedos. Se aventuraba a afirmar que estaba ya completamente ebria; aun así, pensó en tentar un poco su suerte.

—Mañana vas a tener una resaca monumental —señaló sin apartar la mano de su espalda. Candy lo continuó observando durante un rato más, antes de encogerse de hombros, ese día libraba.

—Lo siento, hoy no tengo ganas de ningún juego… —Su voz sonaba algo pastosa y pesada, pero aun así continuó—. Disculpa ―añadió dándole a entender que se retirara.

Terry arqueó una ceja, sintiéndose algo herido por el rechazo; pero trató de no tomárselo personal, seguramente Candy tendría algún problema, algo malo habría pasado y por esa razón estaba allí, emborrachándose sola en un bar. Y él sabía lo que era querer estar solo y emborracharse hasta olvidar todo. Pero también sabía que por más que uno dijera que quería estar solo, tener a alguien al lado siempre ayudaba. Suspiró vencido no creyendo lo que iba a hacer, y se sentó junto a Candy, que seguía observándolo con atención.

—¿Qué estás tomando? —preguntó viendo la copa vacía delante de la rubia.

—¿Qué? —Candy, suspiró y apoyó los codos en la barra y hundió la cabeza entre las manos.

—Pregunté, ¿qué estás tomando? —repitió, Terry—, ya sabes, para acompañarte.

—¿Es en serio, Terry? Hoy no tengo ganas de ningún encuentro de esos, es increíble cómo puedes encontrarme incluso aquí, si me he escapado de mis amigos y compañeros…

Terry supo por la forma en que Candy arrastraba la lengua y hablaba, que había bebido demasiado, se preguntó con más preocupación qué era lo que había pasado, aunque no iba a preguntar, claro.

—No te he seguido —admitió.

Candy lo observó un instante más, antes de suspirar y mirar hacia el frente, por un largo rato ambos se quedaron callados.

—Vodka —dijo de pronto, Candy. Respondiendo a la pregunta que le hiciera Terry y pensando que tal vez su compañía no le vendría mal.

—Dos vodkas entonces —Suspiró Terry, levantando un poco la voz para que el barman, un hombre mayor, medio calvo y con algunos kilos de más se acercara. Dejó un par de billetes en la barra y luego el hombre trajo la botella de la bebida, dejando caer el contenido en los dos vasos con gran lentitud.

—¿Sabe qué? —Le habló de pronto Candy, cuando el hombre ya cerraba la botella—. Déjela —Pidió tratando de equilibrarse en el asiento para sacar algo de dinero y pagar por el licor.

—Deja, me encargo yo —Atajó Terry, sacando su billetera y dejándole más billetes sumándose a los anteriores.

El hombre simplemente hizo un asentimiento y se apartó rápidamente, seguramente ya acostumbrado a aquellas discusiones de, "yo pago", "no, pago yo".

Terry hizo una leve inclinación de cabeza hacia la rubia y se bebió el contenido de su copa de un solo trago. Candy lo observó antes de imitarlo y luego dejó el vaso de manera ruda, hundiendo nuevamente la cabeza entre las manos.

Pasó otro largo rato, tan largo que Terry empezaba a creer que Candy simplemente se había quedado dormida, hasta que ella levantó la cabeza nuevamente.

Candy tomó con la mano algo temblorosa la botella y sirvió torpemente una gran cantidad de vodka en cada vaso.

—Tal vez deberías dejar que yo hiciera eso —Le aconsejó Terry, dándole un sorbo muy pequeño a su vaso y tratando de lucir calmado; aunque en realidad empezaba a preocuparse un poco por la actitud de la doctora.

—Hoy estuve en Obstetricia —dijo al fin Candy, luego de beber el contenido de su vaso de un solo golpe. Había bebido tanto ya, que ni siquiera sintió que la bebida le quemara la garganta.

—¿Es tu especialidad? —preguntó Terry, hablando en voz baja y pegándose un poco más a ella, a fin de poder escucharla y sobre todo entenderla.

—No —Negó rápidamente—. Josephine podría estar embarazada —continuó Candy, saltándose todo el relato y llegando a la peor parte.

—Oh… —Suspiró, Terry. Candy volteó y de inmediato, Terry se arrepintió de haber regresado, abrió los labios ligeramente para poder tomar todo el aire que le fuese necesario. Tantos días sin ver o saber nada de Josephine después de haberse acostumbrado a su presencia, hacían que su cuerpo reaccionase. Quería gritarle y odiarla, pero también quería volver a tenerla en su cama y hacerle el amor, hasta que admitiera que había cometido un error al casarse con Raver. Quería que ella gritara que lo amaba.

Pero eso no pasaría. Ya no.

Terry sabía cuán patético era pensando eso, había creado una capa de frialdad que no le cedía el paso a cualquier cosa que hicieran Josephine y su esposo. Había sido suficiente, pero no pudo evitar que le afectara. Entonces descubrió que no era posible poseer a las personas, porque las personas también tenían que hacer su elección, y Josephine había elegido a Ethan. Un hijo de ambos, un hijo que le había negado a él, cuando se practicó aquel aborto dos años atrás.

Eso había sido la gota que derramó el vaso. Los minutos, las horas y los días, desde su separación se acumularon en esa noticia; las decisiones, la rabia, el dolor, la furia y la incomprensión. Esa ridícula mezcla en la que estaban derivando sus sentimientos, todo se había vuelto una sola sensación, odio. Odiaba todo a su alrededor.

Candy se le quedó viendo y con un suspiró se sirvió torpemente un poco más de licor en su vaso.

―No creo que debas seguir bebiendo ―dijo Terry, pensando que era realmente necesario que se fueran de ahí. Candy se dejó caer hacia adelante, tratando de apoyarse en la barra, pero sus brazos parecían ir a una velocidad mucho más lenta que sus pensamientos, y si no hubiera sido por Terry que la sujetó de los hombros, casi se daba en la cabeza―. Creo que es hora de ir a casa ―Recomendó Terry, jalándola un poco para llevársela de una vez por todas.

―No quiero ir a casa —Candy, negó con la cabeza y luego se dejó poner en pie, rodeó con sus brazos el cuello de Terry y trató de pegarlo más a ella―, quiero que me lleves a tu depra… tu de-par-ta-man-to —dijo con voz que pretendía ser insinuante.

—Vaya, ni deletreándolo te sale bien —Sonrió un poco, Terry—, vamos, te llevaré a casa ―Repitió.

—Terry —susurró Candy, obviando las palabras del castaño—. Terry, te voy a decir una cosa, Terry, te la voy a decir, escúchame.

—Te estoy escuchando, Candy. Desde hace mucho rato —Suspiró él, no recordaba la última vez que había cargado con una amiga borracha. Obvió el haber considerado a Candy una amiga y trató de arrastrarla hacia la salida.

—No, no, te estoy hablando en serio…

Candy había alcanzado ese estado de paz y felicidad perfecta que sólo podía proporcionar el alcohol. El contacto del brazo de Terry era agradablemente cálido y la sensación sólo mejoró, cuando enredó sus dedos en los mechones de cabello castaño. Terry olía bien, a vodka y una fragancia cítrica que le inundó los sentidos. Candy notó algo raro en la vestimenta de él, pellizcó la tela de sus pantalones.

―!Llevas vaqueros! ―Se sorprendió.

―Ajá.

―Pensé que siempre vestías pantaboles formales y de diseñador.

―¿Quién dice que no son de diseñador? ―Cuestionó él.

―Empezabas a caerme bien ―dijo ella, con una expresión de desagrado.

―Vaya, ahora no podré morir tranquilo ―Pero su tonó carecía de su antigua mordacidad. De hecho, desde la boda, había notado que Terry no le hablaba como lo hizo en Billard.

―Escucha…

―No he hecho nada más que eso ―Jadeó Terry, Candy se estaba convirtiendo en peso muerto y esperaba poder llegar a la limosina antes de que quedará inconsciente.

―Quiero que me lleves a tu drepa… a tu casa y me folles ―Soltó Candy, elevando mucho la voz. Algunos clientes voltearon a verlos y Terry agradeció que las luces no fueran brillantes como para poder distinguirlos.

Candy lo besó en la acera, fue un beso torpe, un apretón de labios contra los otros. Estaban borrachos y calientes, el beso fue cualquier cosa menos tierno. Sus bocas se unieron con pasión, sus dientes chocaron, sus lenguas se enfrascaron en una lucha sin cuartel.

Terry supo que había cosas que un hombre era capaz de resistir y otras que no.

Continuará…

Espacio para charlar

¡Hola, chicas! ¿Cómo están?

Bueno, pues un día después, pero aquí esta el nuevo capítulo de este fic. ¿Qué les pareció? Yo sé que parece que a Josephine y a Ethan todo les sale bien, mientras que Terry y Candy se hunden cada vez más, pero bueno, a veces, es necesario que el mal triunfe para darle un empujón a los protagonistas, pero descuiden que no pienso dejarlos sin castigo.

Bueno también les cuento que desde el capítulo 2, Mars Lena (Escocia, una reunión inesperada y Había una vez una boda) se unió a esta historia apoyándome con la edición. Muchas gracias, Mars.

¿Qué más? Mmm… bueno, la parte del libro que esta escribiendo Terry es de una historia llamada Atrápame si puedes, no soy muy diestra para el misterio y solo quería que vieran que Terry y Candy tienen una vida además de sus encuentros amorosos, jajaja, y a lo mejor van a decir, ¿otra vez al departamento de Terry? Jajaja, pero que conste que advertí que habría mucho lemon al principio.

Quiero agradecerles sus reviews, hoy por la noche y mañana, trataré de responder dentro de la sección de reviews. Me agrada mucho leer que les esta gustando este fic y ojalá siga así.

Ah, algunas lo saben, pero ppor si hay chicas nuevas, tengo un grupo en Facebook (Ceshire fics) donde pongo algunos adelantos o cosillas de los fics, por si alguien quiere unirse.

La canción del principio se llama Qué poco sabes de Noelia.

Bueno, ahora si me despido que empieza el ritual para dormir de mi hijo, pero no quería posponer más la actualización.

Nos vemos en el siguiente capítulo (que ahora saldrá los viernes)

31 – ago – 2018

Ceshire…