4

Despierta

―¡Agh! ¡No contesta! –se quejó Mimi apretando su teléfono móvil–. Debe estar otra vez en esa maldita escuela de Ikebanna.

―Olvídalo –apuntó Miyako, mirando a sus amigas entre la multitud de gente en la que se encontraban–. Si queremos saber lo que ha pasado tenemos que entrar ya.

El instituto de Tamachi estaba rodeado por un rígido cordón policial. La prensa, sumada a los grupos de curiosos que se agolpaban alrededor, hacía que la policía invirtiese todos sus esfuerzos en contenerlos y evitar que pasasen dentro de la zona acordonada. El edificio ofrecía una imagen de morbosa atracción: sus regias y limpias estructuras se habían torcido dándole el caótico aspecto de un cúmulo de ruinas.

Aprovechando el alboroto del gentío, las chicas consiguieron colarse por la parte de atrás del gran edificio, donde la vigilancia era menor y pudieron pasar desapercibidas. Tras cruzar unas destrozadas ventanas, se encontraban subiendo por las estrechas escaleras de incendios.

―¿Por qué la policía todavía no ha entrado? –preguntó Hikari, y su voz hizo eco a lo largo del pequeño espacio.

―Como hubo una explosión deben temer que haya algo inflamable –dedujo Miyako–. Además, tenían problemas para contener a la prensa.

―¿Creéis que hay alguien dentro? –siguió Kari.

―Sólo espero que haberme equivocado –deseó Mimi–. Salgamos pronto de aquí.

―Miraremos un momento por si acaso –la convenció Miyako, atraída por la curiosidad, mientras abría una puerta metálica que daba fin al pasillo–. Nadie va a enterarse.

Lo que vieron a continuación las dejó a las tres inmóviles en el linde la puerta. Se trataba de un espacio principal dentro del instituto, donde confluían cuatro grandes escaleras y corredores. Al fondo se veían los ventanales que daban al exterior, y a un lado parecía haber habido alguna vez una gran mesa de recepción, pero ahora todo era un caos.

Los ventanales estaban desprendidos de sus cristales, con los goznes destrozados; la mesa estaba volcada y estallada contra la pared; el suelo permanecía cubierto de trozos de papeles y escombros que provenían del techo casi derruido, y de las láminas metálicas que habían cubierto las paredes, arrancadas frenéticamente.

Hikari suspiró, más aliviada.

―Vandalismo –sentenció–. No tenemos nada que ver en esto. Vámonos de aquí, es peligroso.

Mimi estuvo de acuerdo, pero Miyako se había adelantado unos pasos y miraba los destrozos con atención. Las placas metálicas, los cristales, la recepción… todo había sido brutalmente arrancado de su lugar, como con unas manos, con tanta fuerza que era imposible pensar que se tratase de un grupo de jóvenes.

―Esperad un poco –insistió la chica, echando a andar hacia uno de los corredores–. Quiero asegurarme de que aquí no haya nadie.

―¡Pero qué haces! –la detuvo Mimi, agarrándola del brazo–. ¿Quién te dice que se hayan ido?

―Fuera está la policía, quien quiera que lo haya hecho no se ha quedado a esperar.

Mimi se encogió de hombros, derrotada, y dejó que su amiga hiciera lo que quisiese. Junto con Kari se puso a inspeccionar el lugar, observando las aulas destrozadas, el techo resquebrajado, los cristales crujiendo bajo sus pies… y decidió que esperaría unos minutos antes de empezar a quejarse de nuevo.

Por otro lado, Miyako se había adentrado entre los pasillos interiores. Allí las condiciones parecían volverse peores, y la chica se sintió en medio de unas viejas ruinas. Antes de olvidar su idea de seguir adelante, volvió la cabeza hacia el fondo del pasillo y se fijó en un haz de luz reflejado en el suelo, que provenía de una puerta entornada. Atraída por la curiosidad, la chica cruzó el corredor hasta quedar frente a la puerta y miró a través de su cristal. Al otro lado no había más que un aula minúscula con varios pupitres colocados en estrechas hileras… y, sorprendiéndola, distinguió a muchacho sentado en uno de ellos.

No entendió qué era lo que él hacia allí, pero su primer pensamiento fue ayudarlo; o no sabía que aquel lugar era peligroso o se había escondido para protegerse. Entró en el aula y se acercó al joven, que tenía los hombros encogidos y la cabeza gacha, de modo que su cara permanecía en sombras.

―¿Qué haces aquí? –interrogó la chica, asombrada–. ¿Es que no has oído las explosiones?

Él ni siquiera se movió, y Miyako se sintió todavía más contrariada.

―¡Tienes que salir de aquí! ¡Esto es peligroso! –insistió, asiéndolo por los hombros para provocar una respuesta.

Aquel gesto pareció hacerlo reaccionar. El joven levantó la cabeza, fijando sus ojos en ella, y entonces Miyako quedó totalmente inmóvil.

―¿Ken? –murmuró.

Ichijouji esbozó una inquietante sonrisa.


―¡Miyako! –llamó Mimi, extrañada por no verla en ninguna parte–. Kari, ¿la has visto? –preguntó al ver acercarse a la niña.

―Ella se marchó por allí –respondió Hikari señalando el corredor a sus espaldas.

Un grito las alertó desde el otro lado del pasillo. Las dos chicas se dirigieron una rápida mirada alarmada y echaron a correr hacia donde habían escuchado la llamada de auxilio. Mimi se fijo en el haz de luz que provenía de una puerta al fondo, lo que su amiga había visto apenas unos minutos antes, y vio a través de las ventanas algo a lo que no dio crédito.

Miyako permanecía pegada contra la pared, pero elevada en el aire de modo que casi rozaba el techo del aula, sin que nada visible pareciese alzarla. Ella se revolvía y se agitaba con desesperación. Fue entonces cuando vio que había alguien más dentro del habitáculo.

Todo pareció transcurrir lentamente en la mente de Mimi, y cuando ella y Kari llegaron al linde de la puerta, esta se cerró ante ellas de un portazo, impidiendo que pasasen al interior. Ambas se golpearon contra el metal y sólo pudieron abrir los ojos para observar a través del cristal.

―¡MIYAKO! –chilló Mimi, empezando a golpear la puerta con el hombro. Hikari permaneció inmóvil, con los ojos clavados al otro lado de la ventana. No podía comprender lo que estaba viendo.

A Ken, sin embargo, no pareció preocuparle su presencia, y esbozó una complacida sonrisa al ver como la chica se retorcía entre sus manos.

―Por favor… por favor… –suplicó Miyako con voz ahogada, luchando por poder respirar.

El chico entornó los ojos, mirándola con indiferencia.

―Tu vida es insignificante… –susurró–. No vale nada…

Miyako no podía respirar, se estaba ahogando. Intentó arrancarse las manos que se aferraban su cuello, pero no había más que vacío. Y, sin embargo, notaba cada vez más la opresión en su pecho por la falta de aire. Estaba empezando a perder el sentido. Los gritos y golpes desesperados desde el otro lado de la puerta se habían alejado poco a poco, hasta resultar muy lejanos…

Y cerró los ojos.

Ken sonrió al ver que la chica había dejado de moverse. Ya no se agitaba, ya no se retorcía… si no que la sentía como un peso muerto entre sus manos. Antes de soltarla, una gota cayó sobre su rostro. Ichijuoji la secó perezosamente, pero advirtió que muchas más habían empezado a caer desde el techo. Alzó la cabeza, y vio como el techo y las paredes habían comenzado a gotear inexplicablemente por todas partes, cada vez más abundantemente, hasta que el agua comenzó a llegarle a los tobillos. Ken miró incomprensiblemente a todos lados, empapándose con aquella lluvia torrencial, y clavó su vista en la chica, que permanecía inmóvil, pero con los ojos fuertemente cerrados.

El nivel del agua subía muy deprisa, cubriendo las rodillas de la chica, empapando sus medias, su falda, su chaqueta, su largo pelo violeta… La ventisca se revolvía con tal furia que Ken terminó por perder el equilibrio, y cayó hacia atrás. Entonces, Miyako sintió como las manos que la asían desparecían de golpe, y se hundió pesadamente en el agua. Al salir a la superficie la chica empezó a toser y a respirar desesperadas bocanadas de aire. Miró alrededor, sin encontrar al muchacho, y supo que en poco tiempo acabarían ahogándose.

Pero no podía pararlo. Estaban a punto de morir y no podía hacer nada.

Las cristaleras junto a la puerta estallaron al contacto con algo desde el otro lado, haciendo que toda el agua del interior se precipitase al pasillo. Miyako se sintió arrastrada por la fuerza de la corriente, y terminó por caer contra el suelo del aula. Entreabrió los ojos, pero sus gafas estaban completamente nubladas.

―¡MIYAKO! –oyó gritar a Mimi mientras se arrodillaba a su lado–. ¿¡Estás bien!?

Ella asintió con la cabeza, y se irguió lentamente, con cuidado. Se había salvado por muy poco… había estado a punto de condenarse, y todo por no poder controlarse a sí misma. Al quitarse las gafas, pudo ver al muchacho tendido a unos metros en el suelo. Se arrastró rápidamente hasta él, y comprobó con alivio que todavía seguía respirando.

―¿Está… muerto? –se atrevió a preguntar Hikari, impresionada.

―No… –la tranquilizó Miyako–. Sólo inconsciente, ha debido golpearse.

Mimi se fijó en la cara pálida de Kari y en su aspecto desconcertado y abatido. Ella nunca se quejaba, y por el modo que afrontaba las cosas aparentaba ser mucho mayor de lo que era en realidad, pero también seguía siendo una niña. Le apoyó una mano en el hombro, lo que hizo que la pequeña alzase la cabeza para mirarla.

―Creímos que lo sabías… –le dijo culpable–. Ha sido una forma muy brusca de descubrirlo.

Hikari ya no sabía qué pensar. Poco a poco había empezado a ir asimilando lo que estaba pasando, y quizá llegaría un momento en el que nada la sorprendiese.

―Tenemos que llevarlo al hospital… –decidió Miyako.

―¿Estás loca? ¡Ha estado a punto de matarte! –replicó Mimi–.¿Y cómo explicarás lo que ha ocurrido? ¿Qué crees que hará él cuando despierte?

―Al apartamento –las interrumpió Hikari, hablando con una voz firme–. Llevémoslo al apartamento.


Sora se levantó del sillón nada más escuchar el sonido de la puerta al abrirse. Desde el rellano vio entrar a sus amigas llevando entre las tres el cuerpo inconsciente de un muchacho, dejándola paralizada por la sorpresa.

―¿Pero qué es lo que ha pasado? –acertó a preguntar.

―¡Eso luego! –se quejó Miyako–. ¡Ayúdanos a tumbarlo en el sofá!

En cuanto lo consiguieron, la pelirroja se aproximó al muchacho y se fijó en su rostro pálido y en su respiración nerviosa; no dejaba de agitarse y parecía hablar en silencio a juzgar por el movimiento de sus labios. Sora frunció las cejas al palparle la frente.

―Está hirviendo de fiebre… –les dijo. Miyako no tardó ni un momento en ir a la cocina para coger un paño húmedo. Una vez que la pelirroja se lo puso sobre la frente, el chico pareció relajarse poco a poco.

―¿Se puede saber qué ha pasado? –insistió Sora, fijándose en que las tres chicas estaban caladas de agua.

―Mimi nos llamó porque vio en las noticias que algo había ocurrido en el instituto de Tamachi –empezó Kari–. Entramos a ver lo que sucedía, y fue entonces cuando él intentó… matar a Miyako.

Sora las escuchó con atención, intentando comprender lo que había sucedido. Estaban empezando a suceder demasiadas cosas en muy poco tiempo…

―Tuve que llamar a mi hermano Mantarou para que viniera a recogernos con el coche –le contó Miyako–. No dejó de hacernos preguntas, pero nos ayudó cuando le dije que Ken era amigo nuestro y que había tenido un accidente en la piscina del instituto. Intentó llevarnos al hospital, pero le dije que ya estaba bien y le convencí para que nos trajese aquí diciendo que era su casa.

La pelirroja se sintió más calmada con su respuesta, e intentó pensar en el asunto con frialdad.

―Ese chico es peligroso… –reconoció preocupada–. No podemos dejarlo marchar.

―¿Y qué piensas hacer? ¿Retenerlo aquí eternamente? –replicó Mimi con indignación. No podía entender que quisieran encargarse de un asesino. Miyako volvió la cabeza hacia el chico, que dormía profundamente en el sofá.

―No podemos dejarle solo. Yo me quedaré con él.

―¿Pero qué estás diciendo? –se sorprendió Mimi, abriendo la boca con incredulidad.

―Tiene razón, no podemos hacer otra cosa: tendremos que quedarnos por turnos –interrumpió la pelirroja, pero se quedó mirando a Miyako con vacilación–. ¿Seguro que quieres hacerlo?

Miyako asintió sin ni siquiera pararse a pensarlo. Ninguna de las tres chicas comprendió sus razones, pero ella sabía que, aunque se lo hubiesen pedido, no habría podido marcharse. Sólo ella era capaz de sentirse tan unida a un desconocido.


De vez en cuando, en la habitación podía escucharse el sonido de las cuerdas punteadas distraídamente, y entonces Yamato dejaba su bajo a un lado y volvía a garabatear en su libreta. La mayor parte del tiempo lo pasaba así, incluso cuando estaba en clase, sumergido en su música, componiendo y transcribiendo sus ideas al papel. Era su único consuelo, lo que realmente le hacía evadirse del resto del mundo, olvidarse de sus problemas, de todo lo que lo rodeaba, lo que lo hacía sentirse una persona más.

Pero su tranquilidad nunca duraba para siempre. Yamato oyó el timbre de la entrada desde la habitación, lo cual lo hizo extrañarse. Su padre no llegaba hasta más tarde y siempre llevaba las llaves con él, así que entonces solo podía ser una persona.

El timbre volvió a sonar, y el chico salió de su habitación para ir a abrir. No se sorprendió al encontrarlo en el rellano; vestido con aquella ropa, aunque totalmente oscura, parecía ser un chico como cualquiera de los demás. Quizá como él también lo parecía.

―Eres tú… –dijo sin asombro, mientras se hacía a un lado para dejarlo pasar al interior–. ¿Qué es lo que quieres?

―¿Te acuerdas de Ichijouji Ken?

Yamato permaneció un momento pensativo, el tiempo en el que ambos se sentaban en la mesa de la sala.

―Es el que perdió a su hermano en un accidente de coche. No aprovechó mal tu trato, ahora es alguien famoso… –comentó–. ¿Por qué? ¿Qué pasa con él?

―Esta tarde ha montado un espectáculo en el instituto de Tamachi. Ellas estaban allí.

―¿Por qué? ¿Tú se lo pediste? –quiso saber Yamato, extrañado.

―No, fue él quien lo hizo por alguna razón. Quizá está empezando a perder el control sobre sí mismo –Yamato se molestó con su comentario, como si se lo hubiera recriminado a él.

―Eso es inevitable –le recordó.

―Sí, pero no podemos dejar que eso pase. Ellas consiguieron pararle y ahora lo tienen –le contó–. Hay más en esas chicas de lo que había pensado…

―¿Entonces por qué han pasado desapercibidas para los raiju?

―Son ciegos, no siempre encuentran a todos –contestó, aunque parecía pensativo–. Han sido más rápidas que nosotros… Puede que las hayamos subestimado.

―¿Y qué piensas hacer?

―¿Ya no hablas en plural? –inquirió el otro, divertido.

―Te dije que iba a mantenerme al margen –replicó Yamato a la defensiva–. Es la última oportunidad que tengo.

El chico lo miró un momento, con escepticismo, pero decidió seguir con lo que había venido a decirle.

―Dudo que Ken recuerde algo en varios días, pero cuando lo haga, ya me encargaré de él –determinó–. De momento hay otros que pueden servir de ayuda.

Yamato intuyó lo que estaba planeando, y dudó antes de hacer su siguiente pregunta.

―¿Estás seguro de lo que vas a hacer, Tai?

Yagami Taichi asintió distraídamente. No había estado más seguro en toda su vida.


Miyako alzó el shinai e imitó los pasos de su profesor, junto con el resto de alumnos. Se trataba de su clase de kendo, un arte marcial tan disciplinado que parecía imposible encajar en alguien tan inquieto como Miyako. Sin embargo su expresión parecía concentrada, incluso cuando la clase se dividió en parejas para hacer un ensayo de combate. Se quedó frente a un muchacho que apenas le sobrepasaba la cintura, que como el resto de los alumnos portaba el sable de bambú o shinai, e iba cubierto completamente por una armadura, el bōgu, pero eso no impidió que lo reconociese.

―¡Hola, Iori-san! –lo saludó alegremente.

El chico inclinó la cabeza a modo de saludo, pero al instante ya estaba lanzándose a atacarla. Miyako lo esquivó a duras penas y alzó el shinai para justo detener un golpe de él. Era un adversario imbatible, el primero de la clase a pesar de tener tan sólo doce años. La chica no tenía ni un momento para poder a atacarlo, era él quien se le adelantaba a cada movimiento y quien le impedía hacer otra cosa que defenderse.

Miyako no estaba lo suficientemente concentrada. Mientras esquivaba los golpes a su cabeza venían las imágenes de un chico retorciéndose en sueños, con la frente perlada de un sudor frío y el rostro congestionado por la angustia…

Iori la esquivó con facilidad y la alcanzó con el shinai por la espalda. Miyako volvió a la realidad con la dureza del golpe, que sintió como un latigazo, y cayó al suelo de bruces. Había vuelto a ganarle una vez más.

―Peleas peor que antes –se extrañó el niño, levantándose la máscara protectora para mirarla.

―Lo que pasa es que soy rival para ti Iori-san –bromeó Miyako intentando sonreír.

―Eso se arreglaría si pusieses un poco más de interés –replicó el pequeño con aquel tono sabio tan propio de él. Siempre había parecido ser mucho mayor de lo que era.

Pero Miyako no lo creía así. Nunca conseguía hacer nada bien, ni creía que lo conseguiría nunca… Quizá esa era la razón por la que ni siquiera lo intentaba. Iori la conocía muy bien, por eso desde hacía mucho tiempo había empezado a preocuparse por ella.


Cuando Miyako llegó al apartamento comprobó que nada había cambiado desde la última vez que se había ido. Las luces de la sala permanecían encendidas, un vaso de plástico con restos de café seguía sobre la mesa… pero él todavía no despertaba, y ya habían pasado dos largos días.

Suspirando, Miyako dejó su abrigo en el perchero y volvió a sentarse en su lugar de costumbre, una banqueta de la cocina que había aproximado al sofá, justo al lado del muchacho. Apoyó sus manos en las rodillas y miró a su alrededor, reparando en que todo estaba completamente silencioso. Eso la hizo sentirse extrañamente incómoda; no estaba acostumbrada a estar quieta y callada sin hacer nada.

Desvió sus ojos hacia él. Dormía con la cabeza levemente inclinada hacia el respaldo del sillón, respirando con tranquilidad, pero su rostro todavía permanecía tan pálido. En esos momentos le parecía imposible relacionarlo con el que había conocido en Tamachi. Ella no le tenía miedo, a pesar de todo. Quizá era porque creía que el muchacho no era más que una víctima en todo aquello…

Siguió observándolo, como intentando entrar en sus pensamientos. Para ella era alguien indescifrable, inalcanzable, lejano, a pesar de los pocos metros que los separaban.

Y, sin darse cuenta, no conseguía apartar los ojos de él.

Ken ladeó la cabeza, provocándole un sobresalto, y eso le hizo comprender que el chico estaba empezando a despertarse. Sintió miedo; había esperado ansiosamente que despertara, pero no había pensando en lo que haría cuando llegase ese momento. Cuando, al fin, el chico abrió los ojos, se quedó mirándola con confusión y al lugar que lo rodeaba.

―¿Qué hago yo aquí? –murmuró.

―Te quedaste inconsciente –explicó la chica cautelosamente. Ken esbozó una expresión desconcertada.

―¿Qué? –reaccionó–. ¿Quién eres tú?

Miyako se quedó sin palabras.

―¿Es que no te acuerdas?

Ken negó con la cabeza, mirándola con desconfianza. Miyako tuvo que pensar deprisa; no era la mejor idea contarle todo de pronto.

―Apareciste inconsciente muy cerca de aquí –mintió, rezando por sonar convincente–. Estabas muy mal, así que decidí traerte en lugar de viajar hasta el hospital –El chico meneó la cabeza, contrariado.

―No lo recuerdo…

A su mente vinieron las imágenes difusas de un marco de fotos, un largo pasillo estrecho, un habitáculo lleno de agua… pero todas eran inconexas y a ninguna pudo encontrarles sentido. Ken se llevó las manos a la frente, frotándola con frustración.

―No te preocupes –intentó animarle Miyako, sintiendo lástima por él–. Pronto lo recordarás todo.

Ken levantó los ojos y la miró, por primera vez fijándose en ella. Era lo suficientemente listo para saber que no le había dicho la verdad, pero prefirió fingir que la creía. No se veía con fuerzas para recordar, estaba demasiado cansado…

―¿Cómo te llamas? –preguntó. Ella tardó en reaccionar, sorprendida porque quisiese saber su nombre.

―Miyako… –contestó con timidez–. Inoue Miyako.


Tiempo después de que las clases hubiesen terminado, el gimnasio permanecía vacío y silencioso. A un lado de la sala, frente a un sencillo altar de madera, el niño permanecía arrodillado con la vista fija en un marco de fotos colocado sobre la repisa. La fotografía mostraba el rostro alargado y robusto de un hombre, vestido de militar, con una expresión serena.

Su abuelo salió del despacho, después de haber dejado todo minuciosamente guardado, y se detuvo junto a la puerta al ver a su nieto. Iori observaba la fotografía de su padre en silencio, casi con solemnidad, como si entre ellos dos mantuviesen una especie de secreta conversación. Chikara sintió el peso de su propia tristeza, y comprendió aquella necesidad del muchacho por permanecer junto a lo único que le quedaba de su padre.

―Iori… –lo llamó. El pequeño lo miró con sus ojos verdes, sin haberse dado cuenta hasta ese momento de que su abuelo había estado allí–. Voy a ir subiendo a casa… Cuando quieras sube tú también, pero recuerda que tu madre nos está esperando.

El pequeño asintió, y volvió de nuevo a observar la fotografía. Cuando los pasos de su abuelo se perdieron por el pasillo y cuando la puerta de la entrada se cerró tras él, Iori quedó al fin en el dōjō completamente solo.

Nunca se cansaba de observar la imagen, deseando haber sabido cómo era su padre en realidad. No conocía de él más que lo que su abuelo recordaba y lo que podía proporcionarle aquella foto, por lo que había ido creado una idea entre todos esos fragmentos dispersos. Sabía que no era suficiente, pero se aferraba a esa imagen y la seguía con todo su convencimiento.

El viento agitó el resquicio de una ventana abierta. Iori la miró, reparando en ella, y se levantó para cerrarla. Al ver que afuera había empezado a anochecer, decidió que ya era hora de subir a casa.

Pero, cuando se dio la vuelta, se quedó congelado en el sitio al ver a alguien en el mismo lugar en el que él había estado. Se trataba de un joven de pelo castaño y alborotado, con una larga gabardina negra que le cubría casi todo el cuerpo. No lo estaba mirando a él, sino que observaba despreocupadamente la foto que ahora tenía en sus manos.

―Deja eso –amenazó el niño, deseando tener a su alcance el sable de kendo. El desconocido sonrió, como si su reacción lo hubiese divertido.

―No vengo a molestarte, Iori –anunció, haciendo que el chico se sorprendiera porque supiese su nombre–. Sólo quiero ofrecerte un trato.


N/A: ¿Qué os ha parecido? A estas alturas no creo que ha nadie le sorprenda el tema sobrenatural de la historia. Pero todavía falta mucho por saber, por ejemplo, qué le ha ocurrido a Ken, qué pasa con Taichi y Yamato, en qué consisten esos "tratos"…

Por cierto, los raiju son demonios japoneses asociados con las tormentas que tienen forma de gigantescas serpientes –son lo que conocéis como "buscadores". Los "hombres de negro" están inspirados en los jikininki, que según la mitología japonesa son espíritus de humanos avariciosos malditos después de la muerte, condenados a buscar y alimentarse de otras personas.

Gracias por seguir leyendo, sobretodo a anna kyouyama12, adrianitha, Estefi y kuraru-chan, que después de 10 hojas todavía tienen tiempo para dejar un comentario. Estefi acertó que se trataba de Taichi, ¿era muy predecible? Ah, pero no era él quien vigilaba a Kari y a Takeru, sino uno de esos hombres de negro. Siento no haberlo explicado bien.