CAPÍTULO III


—No. Por mucho que quiera, no. No necesito esto, Edward. Busco sentirme bien, querida, y algo fijo. Las relaciones esporádicas no van a solucionar mi situación; solo me harán sentir peor. —Bella se sintió genuinamente valiente, dado que por lo general solía dársele mal rechazar cualquier tipo de propuesta. No le gustaba crear polémica o hacer sentir mal a los demás.

Edward la recorrió con la mirada. Aquellos ojos verdes parecían estar devorándola de una forma abrumadora y hasta el momento desconocida para la chica. Aun así no iba a flaquear. No importaba que aquel hubiera sido el único chico en toda su vida que la deseara de aquella forma.

—¿Por qué? Te prometo que te haré sentir muy bien.

Frustrada, Bella se incorporó. Se alejó de él y respiró acalorada. Contra más distancia hubiera entre sus cuerpos más espacio tendría para pensar con lucidez. Cerró los ojos e inhaló. Estaba temblando con una mezcla de excitación y frustración.

—¿No te cansas de que la gente solo te vea así?, ¿no esperas que el mundo te considere algo más que un juguete para su placer? No te entiendo, de verdad que no te entiendo. Pensaba que eras más inteligente, que en algún momento buscarías que las personas vieran algo más de ti. —Edward se incorporó, herido. Bella había dado en el clavo.

—¿Y tú qué, Bella?, ¿no es más patético ser una mojigata como tú? Te encierras en tus miedos y no vives. Una vida de mierda, eso tienes y lo sabes. Por eso fuiste al bar mendigando atención por dinero. —Los ojos de Bella se humedecieron y se puso a llorar. Empezó a derramar lágrimas y a tomar forzosas respiraciones.

Se dio cuenta de que en el poco tiempo en el que habían intimado los dos habían dejado a relucir los puntos más patéticos y tristes de ellos mismos. La máscara que llevaban puesta se hizo añicos y dio paso a lo que en realidad eran: dos piezas desencajadas. Dos personas que se habían olvidado de su lugar en el mundo.

Bella se acurrucó sobre sí misma en el suelo y lloró más. Era como si aquella pose infantil la hiciera sentir resguardada del mundo; como si de aquella forma no pudiera recibir daño. Edward la miró con los ojos llorosos, también. Se habían herido mutuamente y dejado supurar sus puntos flacos sin ningún tipo de cuidado.

—No quiero que estés aquí —articuló Bella en un sollozo—. Vete. —Edward salió de la habitación sin dirigirle de nuevo una mirada.


Al amanecer Bella se despertó sola en su cama, con la almohada húmeda por sus lágrimas. Pensó durante unos instantes que le habría gustado estar acompañada por Edward, incluso a pesar de lo mucho que le habían dolido sus palabras. No iba a volverlo a ver, desde luego que no. Después de lo que le dijo probablemente desaparecería de su vida.

Tomó su móvil pensando en llamar a Cris y continuar con el plan de rehacer su vida, pero no tenía ganas. Se sentía mentalmente agotada y le dolían los ojos de haber descansado tan poco. Quizá no era el tipo de persona diseñada para llevar aquel estilo de vida. Había gente que estaba hecha para la soledad y la soltería. A lo mejor el problema era que ella no se daba cuenta de que era como esas personas. Se preparó el café para desayunar y agradeció no tener que trabajar aquella mañana. No se veía con fuerzas para afrontar un día de rutina. Se preguntó, todavía con los ojos enrojecidos, qué haría Edward en aquel momento.


Edward se puso el estúpido calzoncillo de cuero con las palabras de Bella en su cabeza. Tenía razón, por eso le habían dolido tanto. Era consciente de sus ansias por que el resto de gente pudiera ver algo más en él mismo a parte de su aspecto. Y el hecho de que Bella lo hubiera notado y lo hubiera dicho en voz alta solo había servido para hacerlo más real, más doloroso. Se puso a la defensiva con ella y no debió de hacerlo. Le habló mal y con lo sensible que era no olvidaría nunca sus palabras. Había conseguido que la única persona capaz de comprenderlo lo odiara. Quería volver a verla, pedirle perdón, pero temía en gran parte su rechazo. No se sentía preparado para escuchar su desprecio o ver de lleno cómo lloraba.

Recordó el modo en el que se encogió sobre sí misma como una niña pequeña en busca de un apoyo que nadie le podía brindar. Y aquello de algún modo lo conmovió. Parecía estar incorrupta. A pesar de vivir en un mundo cruel a Edward le dio la sensación de que Bella seguía en la entera infancia; en una época en la que era vulnerable y debía de construir una coraza a su alrededor. Bella parecía carecer de coraza, de aprendizaje a partir de errores, por ello la consideraba tan cándida.

No había aprendido a vivir la vida y aquello la había arrastrado a elegir senderos equivocados. Era el extremo opuesto a él, que simplemente se sobrexplotó de experiencias tristes hasta convertirse en una persona cínica y escéptica. Quizá fue aquella una de las tantas razones por las que le gustaba Bella. Era tan diferente a él, tan tierna. Visualizando el recuerdo de las lágrimas que le produjo le entró un remordimiento amago. Quería que dejara de llorar, ayudarla a abandonar aquella burbuja.

Salió al escenario y se puso a bailar sin poner demasiado interés a lo que hacía. Había más chicos y no tenía por qué molestarse en hacerse de notar demasiado. No, no tenía ganas de despuntar o sobresalir de sus compañeros. Por primera vez en su vida quiso pasar desapercibido. No obstante, no lo consiguió. Cuando puso atención en el público se dio cuenta de que gran parte de las chicas estaban mirándolo a él, suspirando por él. Frustrado como se encontraba dio con la solución a todos sus problemas. Tomó un vaso con vodka y bebió hasta olvidarse de su nombre.


Bella no sabía por qué narices había vuelto a aquel bar. Una parte de ella le dijo que para alejarse de Edward debía de despedirse de él primero. Necesitaba escuchar las palabras de rechazo de sus atractivos labios. De aquella forma, con el dolor supurando en su pecho, podría perder cualquier tipo de esperanza en la que él estuviera de algún modo en su vida.

Entró y lo primero que apareció a su vista fue un Edward bailando desinhibido sobre la barra del bar. No estaba dolido, no le había importado aquel intercambio hiriente de palabras que tuvieron. Fue entonces cuando los enrojecidos ojos del chico se fijaron en Bella y, de un salto, se escapó del escenario. Corrió hacia ella con la mirada curiosa de varias mujeres detrás y se lanzó a sus brazos como si se tratara de un niño.

—¿Has venido a verme? —inquirió con lo que Bella quiso catalogar como esperanza.

Aquella noche se había vuelto insufrible para el chico. Se sentía desconsolado, solo, y las miradas frívolas de las clientas solo acentuaban esa emoción. Las palabras de Bella seguían resonando en su cabeza como si de un mantra se tratara y el alcohol solo sirvió para manipular sus emociones desde la tristeza hasta la agonía. Por ello, cuando vio a Bella entrar con su relajante presencia se lanzó hacia ella. Solo necesitaba que lo perdonara, que aquella situación terminara y le dijera que todo iba a salir bien.

—Lo siento —articuló Edward. Estaba temblando y olía a bebida.

—¿Cuánto has tomado?, ¿estás borracho? —quiso saber, preocupada.

—No tanto como piensas —aseveró antes de enterrar su nariz en la parte alta de la cabeza de Bella—. Todavía tengo conciencia de lo que hago, creo. ¿Puedo irme a tu casa contigo?

Bella asintió con ganas de salir de allí; no le atraía ser el centro de atención de toda la gente del bar. Edward tomó su mano y se aferró a ella como si fuera su salvavidas.


—¿No tienes frío con esa ropa? —quiso saber Bella. Llevaba puestos unos vaqueros negros ajustados y una camisa que dejaba su pecho trabajado al descubierto.

—No importa —afirmó, antes de añadir—. Siento lo de anoche.

—También yo. —Abrió la puerta de entrada de casa. Llegaron al comedor y se sentaron en el sofá. Los ojos de Edward, de su estremecedor verde hierva, se fijaron en los de Bella. Se inclinó hacia ella y acarició sus mejillas. Sus manos se movieron hacia su cabello, que peinó con ternura. Aquella era una intimidad un tanto extraña pero, de alguna forma, se sintió bien.

—No quiero que estés fuera de mi vida —empezó Edward, con sus manos peinando sus hebras.

—A mí también me gustaría que estuvieras en mi vida. Pero no quiero relaciones esporádicas y cosas poco serias. Podemos ser solo amigos, si quieres. Pero, por favor, nada de pasar la noche juntos sin la promesa de nada serio. No me gusta ese estilo de vida.

Edward no contestó. Se acercó a ella y apoyó su cabeza en el pecho de la chica. Bella movió sus manos al cabello del chico y lo peinó como él hizo con ella instantes antes.


—¿Quieres darte una ducha? —inquirió Bella por la mañana. Habían dormido juntos sin hacer absolutamente nada. Aquello se le hizo un tanto extraño a ambos, pero no por ello fue desagradable.

—Estaría bien, por favor. —Edward sacudió la cabeza; le dolía un poco por haber bebido anoche—. También estaría genial que me dieras un Ibuprofeno, si tienes. —Bella asintió.

Edward entró en el baño y dejó correr el agua hasta que salió caliente. Se desprendió de la ropa y, mientras caía envolviendo su cuerpo, pensó en Bella. Aquella noche entre las sábanas se sintió perfecta; tan suave como recordaba. Tuvo que hacer acopio de su autocontrol para no poner sus manos encima.

Enjabonó gran parte de su cuerpo y se excitó. Imaginó que no eran sus manos las que lo tocaban, sino las de Bella. Que era ella con su rostro avergonzado la que trataba de darle placer, y se endureció. Masajeó lento el tronco de su miembro para subir, poco después, a su cabeza. Aquella zona era tan sensible que lo hizo gemir. Pensó en que aquello fue por Bella, que lo tomaba en su boca y lo miraba con aquellos ojos ardientes por la lujuria y tímidos por la escena.

Se sacudió movido por una gran corriente de electricidad que zumbaba alrededor de su vientre. Inhaló despacio y bombeó más fuerte cambiando de escenario. Tenía a Bella desnuda, con toda su cremosa piel al descubierto, y estaba mojada por la ducha junto a él. La abría de piernas y la elevaba para tomarla contra los azulejos. Tuvo la visión de cómo el calor de la chica lo envolvía y succionaba hasta llevarlo al paraíso. Fue entonces cuando alcanzó el clímax y tuvo un orgasmo insatisfactorio. Aquellas fantasías en realidad no ocurrieron y no estaba seguro de si iban a volver a suceder. Anhelaba a Bella en toda su extensión pero no estaba seguro de qué era capaz de ofrecerle.

Se vistió rápido y salió del baño con el cabello húmedo y despeinado. La mirada de Bella, que estaba sentada en el taburete, le dio un discreto repaso. Desde su trabajado pecho hasta sus pesadas y gruesas piernas. Luego regresó a sus ojos enigmáticos, que descansaban sobre su masculino rostro. Lo deseaba como él a ella.

—Después de desayunar si quieres puedo llevarte a casa. Tienes la pastilla de Ibuprofeno en la encimera. —Avergonzada por haberle mirado de aquel modo, clavó la vista en el suelo.

—Gracias. —Tomó la pastilla. —Antes de que nos vayamos me gustaría darte mi móvil, así podemos mantener el contacto más fácilmente.


Cuando Edward llegó a casa se encontró con su hermana Alice sentada en el sofá. Tenía el pelo castaño oscuro recogido en dos trenzas que le había hecho él mismo por la mañana a la hora de ir al colegio. Le puso con mucho mimo sus dos gomas favoritas con la cara de Mickey y Minnie Mouse. Alice le sonrió y le dijo que se sentía una princesa de cuento. Eligió para ella, también, un vestido azul celeste con vuelo y unos zapatos blancos de charol. Quería que fuera arreglada, que nadie se diera cuenta de las carencias que tenía. No obstante, la realidad era otra. El peinado que llevaba estaba ya deshecho y su bonito vestido apestaba a bebida. Los ojos de Alice, del mismo verde que Edward, estaban fijos en sus zapatos; la única parte impoluta de su vestuario.

—Mamá ha vuelto a enfadarse, me ha dicho que no me levante del sofá.

Edward no le dijo nada. Sabía que mamá en el fondo tenía un problema, que no era mala persona. Llevaba una semana sin coger una botella y Edward llegó a pensar que aquella vez iba a ser la definitiva, pero no lo fue. Se recriminó a sí mismo haber confiado en ella pero no lo podía evitar. Algún día saldría de aquel pozo y volverían a ser una familia de nuevo.

Alice miró a su hermano a los ojos y sonrió. Tomó la mochila de clase, de color lavanda con estampado de mariposas, y sacó su cuaderno. En él había muchos dibujos que hacía durante gran parte de si tiempo de ocio. Cogió uno de ellos y lo elevó a los ojos de su hermano,

—Mira, estos somos nosotros —susurró—. Estamos comiendo un pavo como en las navidades pasadas. Me lo pasé chachi las navidades pasadas. ¡Papá Noel me trajo una Bratz! —Edward le sonrió y le dejó un beso en la coronilla.

—Salimos muy bien, ¿no? —Alice le sonrió divertida y después asintió.

—Anoche te eché de menos, ¿te fuiste a trabajar?

—Sí, y después me quedé a dormir a casa de una amiga.

—¿Tu amiga es tu novia? —preguntó Alice con picardía—. La chica que vi hace tiempo no era tu novia ni tu amiga; me dijiste eso —aseveró recordando cómo vio a su hermano en su cuarto con una mujer de pelo largo y rubio. Era muy guapa. A Alice no le habría molestado que aquella fuera su novia—. ¿Esta es tu novia?

—No lo sé —le contestó Edward despacio.

—¿Es guapa? —musitó su hermana—. ¿Es una princesa?

—Sí, es guapa, pero no es princesa. La única princesa aquí eres tú con ese vestido azul celeste. —Alice se echó a reír sonrojada.


Edward fue hacia casa de Bella sin molestarse en avisar. Tenía ganas de verla y pasar tiempo a solas con ella. Llamó a la puerta y a los pocos segundos se encontró con el recibimiento de la chica en pijama. De algún modo verla con aquella ropa se le antojó adorable.

—Hola —saludó Bella sorprendida y un tanto avergonzada por estar sin arreglar. Edward le dedico una mirada ardiente, antes de contestar.

—No llevas sujetador. —No hubo respuesta por parte de la chica, por lo que Edward añadió. —He venido a hacerte una visita. Podríamos quedarnos a ver una película en tu casa, si quieres.

Bella arqueó una ceja. El modo en el que hablaba con ella y su arrebatador aspecto no parecía estar acorde con la idea de ver solo una película. Un tanto cohibida lo dejó pasar. Con el pijama que llevaba puesto y su pelo desastrado era completamente consciente de que no estaba lista para ningún tipo de seducción. Si de alguna forma aquello atraía al chico debería de hacerse mirar sus instintos sexuales. Se sintió cómoda de aquel modo: no quería darle a entender a Edward ninguna segunda intención.

Se sentaron cara el televisor. El teléfono de Bella sonó instantes después. Contempló que quien la llamaba era Cris y, avergonzada, salió del cuarto para responder.

—¡Bella! ¿Cómo estás? Siento si te parezco pesado, pero como no me llamaste…

—Lo siento, estuve muy ocupada y no tuve tiempo, de verdad. No quiero que pienses que no quería quedar contigo.

Edward se quedó en el sofá y su humor varío de juguetonamente seductor a estar a la defensiva. Cris, le había llamado el chico. Podía escucharles incluso desde el cuarto en el que estaba él. Las palabras que le decía eran de disculpa por no devolverle la llamada y aquello le ofendió. Hasta el momento nunca antes había estado celoso y consideraba aquello como un amasijo de miedos e inseguridades. Pero en aquellos instantes, hirviendo de rabia, supo que era un sentimiento más cercano de lo que pudo imaginar jamás.

Quizá hasta aquel instante no había conocido a alguien que fuera de su real interés. Quizá Bella era la chica adecuada para él y por eso tenía unos innecesarios quebraderos de cabeza. ¿Sería capaz de estar a su lado, de merecerla? No supo contestar a aquella pregunta pero de lo que sí estaba seguro era de que quería tener una oportunidad con ella y no iba a permitir competencia. Cuando Bella regresó Edward le dedicó una mirada furibunda, de reproche.

—¿Vas a seguir saliendo con Cris? —quiso saber él.

—Es bueno conmigo y me respeta. No creo que haya nada malo en que le dé una oportunidad —aseveró Bella, un tanto a la defensiva.

Edward se incorporó con rabia y caminó hacia ella. Tiró de su brazo hasta apretarla contra su pecho. Sus manos se movieron sin ningún tipo de reparo entre las curvas de Bella; la acarició de arriba abajo.

—Creí que quedamos en que no íbamos a hacer nada de eso —le reprochó la chica, tironeando para alejarse.

—No haríamos nada porque no querías relaciones de una sola noche. —Movió su mano desde su pecho hasta sus muslos, tratando de provocarla. —Pero si me interesara algo serio, ¿querías estar conmigo?

Bella tragó saliva sin saber qué contestar; no se esperaba aquella reacción por parte de Edward. Las manos de él atravesaron el elástico de su pantalón de pijama y ahondaron en su ropa interior. Frotó aquella zona con suaves movimientos circulares. Su boca se movió a su cuello y lo lamió. Recibió como recompensa un estremecimiento de Bella, seguido por un gemido apenas audible.

—¿Qué dices, Bella?

No le contestó. Cerró los ojos y se dejó arrastrar hacia su sofá, mientras en Edward empezaba a crearse la duda de si aquella relación tendría algún futuro o si de verdad se merecía algo de todo lo que le podía dar Bella.


Holitaa. Aquí estoy cumpliendo con el plazo de subida, como buena autora que soy. ¿Qué os ha parecido el capítulo? ¡Esperaré ansiosa vuestros reviews y favoritos!

Por cierto, he puesto una encuestra en mi perfil; agradecería que votárais si habéis leído algún otro fic mío o si os apetece.

¡Gracias a brigitte y Klary Alice Cullen Swift por sus maravillosos reviews!

Nos leemos la semanita que viene~