¡Hola a todos!
Disclairme: Naruto le pertenece a Masashi Kinomoto, yo solo soy una soñadora que se atrevió a escribir.
Cuando nos volvamos a encontrar.
Capitulo III.
La persona que no era para ti.
Él no debía estar ahí.
Shikamaru le había aconsejado irse a descansar, mientras que Sakura le ordenó mantenerse al margen, al menos hasta que se esclarecieran todos los detalles. Pero siendo tan impulsivo como era, no pudo evitar el acercarse al hospital después que el mismo Shikamaru le informara sobre el estado de Hinata.
Hasta entonces, le había hecho caso a Sakura, manteniendo su distancia de la recién llegada, tan solo concentrándose en los escabrosos hechos que parecían envolverla. Velar por la villa, llevar a cabo su trabajo como Hokage. Sin embargo, ya no podía ignorar la necesidad de verla, la misma que le oprimía el pecho y le causaba punzadas dolorosas en la sien, necesitaba definir lo que su aparición le hacía sentir.
Se llevó la mano hacia su corazón, estrujando su camisa naranja. Debía verla.
Ni siquiera tuvo que usar el modo sabio para encontrar su habitación entre todos los rincones del hospital, era como sí sola presencia le atrajera y su cuerpo gravitara hacia ella. Saltó justo a su ventana, abriéndola con un simple chasquido y entrando con apenas un imperceptible movimiento de cortinas.
Entonces, la vio.
Hinata dormía profundamente. La cobija la cubría hasta la cintura, dejando a la vista unos brazos cubiertos de vendas, en donde la poca piel expuesta aún lucia amoratada y con algunos cardenales que se habían tornado de un horrible color amarronado, oscureciendo su palidez natural. Su muñeca seguía conectada a una vía endovenosa y un respirador se apreciaba incomodo en su nariz.
Lucía justo como la recordaba y a la vez tan diferente.
El cabello oscuro se desbordaba por su hombro derecho, cascadas de mechones de un negro azulado, a penas atados por una cinta blanca, se extendían hasta su vientre y lucia mucho más largo que en su juventud. Sus pechos se movían al compás de su respiración, redondeados y turgentes, dejando entrever una madurez de la que antes carecían y que le hiso sonrojar como sí se tratase de un adolescente. Su cintura se apreciaba más pequeña, sus caderas más anchas, aunque no sabía sí se trataba de una apreciación exacta o se debía a su estado. En cambio, podía observar perfectamente su rostro, el cual se encontraba más perfilado, todo rasgo infantil evaporado de sus facciones, las cuales a la escasa luz parecían talladas en roca lunar.
Un leve suspiro captó su atención, logrando que apartará la mirada de la ahora mujer. Hecha un ovillo en un sofá al lado de su cama, se hallaba la niña que llegó junto a Hinata.
Su hija, se repitió mentalmente.
La pequeña se aferraba a la mano de su madre como si su vida dependiera de ello, y quizá lo hacía, después de todo aún no era capaz de esclarecer las circunstancias de su llegada a Konoha. No pudo evitar examinar a la niña también, tenía el mismo cabello de un negro azulado que Hinata, así como mucho de los rasgos que le recordaban a la pequeña que se sonrojaba y se escondía ante su presencia. Sin embargo, había detalles como la curvatura de su nariz o el tamaño de sus labios, que le recordaba a ese ser pálido que alguna vez amenazara la paz y seguridad de su mundo.
Sus puños se cerraron con fuerza.
Sakura tenía razón, no debería haber ido. La curiosidad que había estado dominando sus acciones hasta ese momento fue reemplazada por una ira toxica y asfixiante, la cual se arremolinaba peligrosamente en su caja torácica. Y es que simplemente, no podía concebir la idea de que Hinata se entregara voluntariamente a un hombre que tuvo que secuestrar a su hermana, amenazar el mundo y apartarla de su hogar, solo para tenerla. Mucho menos, podía creer que hubiera aceptado ser la madre de su hija en aquellas condiciones. Pero la verdad estaba ahí, ante sus ojos, en forma de una pequeña niña, como sí se tratase de una broma que se reía en su cara.
"No es la hora", le susurró Kurama.
Sin darse cuenta, había zanjado la distancia que le separaba de Hinata; dispuesto a despertarla y reclamarle aquella traición. Pero justo como le decía el Kyubi, no era el momento.
Conteniendo un suspiro, se dio la vuelta dispuesto a irse justo como entro.
— ¿Otōsan? —y su plan de irse sin ser visto, se fue directo al caño.
Ladeó la cabeza para observar por encima de su hombro el rostro infantil que se frotaba los ojos, en un vano intento de espantar el sueño. El cabello oscuro se deslizaba por sus hombros y un mechón plateado sobresalía entre rizos oscuros.
Sus ojos azules se encontraron, de repente, admirando las pupilas en forma de flor de aquella pequeña niña.
—No soy tú papá —se excusó, aunque por su expresión decepcionada, era más que obvio que se había dado cuenta de ello.
La niña asintió, aferrándose a la mano de su madre y hundiendo su cabeza entre sus rodillas, atrayendo las piernas hasta su pecho.
—Quiero a Otōsan —susurró, sin volver a levantar la mirada.
Algo en aquella escena le quemó por dentro, así que, haciendo uso de toda su velocidad, escapó por la ventana.
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Ya no tenía nada por lo que luchar.
Nunca sería la heredera de su clan, su padre nunca le ofrecería una sonrisa de orgullo y ya no tenía que seguir protegiendo a su hermana menor. Tampoco había razones para entrenar, ya no habría más misiones junto con Shino, Kiba y Akamaru, y Kurenai-sensei ya no la esperaría con un poco de té y sonrisas de Mirai-chan. Nunca más tendría la oportunidad de caminar al lado de Naruto, la calidez de su mano se había evaporado sin que ella lograra alcanzarla por completo.
Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas, empapando las cobijas que cubrían su cama. No sabía cuantos días ni cuantas noches había estado llorando, simplemente parecían que las lágrimas no se acababan. Llevaba encerrada en su habitación lo que se le antojaba una eternidad, aunque como muy bien le habían informado las marionetas de Toneri, tenía completa libertad de recorrer sus aposentos. Tan solo de recordarlo, hundió su rostro en la mullida cama, intentando cegar cualquier visión de su nueva realidad. Su estómago rugió, tampoco recordaba cuando fue la última vez que se alimentó, y aunque sabía que debía hacerlo, nada la motivaba a arrastrarse fuera de aquella cama.
Aunque tenía una misión, se recordaba cuando podía. Debía cumplir con el legado de Hamura, asegurarse de que la tierra del Sabio de los Seis Caminos se mantuviera segura, su camino ninja era proteger la paz por la cual Naruto había luchado y Neji muerto.
Pero…
Simplemente no tenía fuerzas, todos sus sueños se habían esfumado como sí se tratase de hojas secas al viento. Y esas malditas lagrimas que no la abandonaban.
Sintió que alguien abría las pesadas puertas de madera de sus aposentos, escuchó entre sus lágrimas los pesados pasos acercándosele; pero no levantó la mirada, segura de que sí las ignoraba las marionetas pronto se irían. No obstante, cuando un peso muerto hundió su colchón, no pudo evitar alzar un poco el rostro y apreciar al intruso entre mechones de su cabello.
Toneri se había sentado a su lado, con sus ojos permanentes cerrados perdidos en el paisaje lunar que se apreciaba desde su ventana. Por un instante, intentó en vano frenar el río de lágrimas que se deslizaban por sus mejillas, pero al ver que era imposible volvió a hundir su rostro entre las sabanas. Y siguió llorando, a pesar del peso que se posó sobre su cabeza y los dedos que navegaron entre su cabello. Lloró, sin importarle la caricia que intentó limpiar sus lágrimas, ni los labios cálidos que se encontraron con su coronilla.
—No llores, Byakugan no Hime —susurró, y no supo porque aquella voz se le antojó tan vacía y rota como su propia alma —. No llores, yo… yo… la libero de su promesa.
Y de repente, las lágrimas se detuvieron y sus ojos como la misma Luna se abrieron en toda su extensión, y ahora eran las lágrimas de Toneri las que empapaban su lecho.
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Hinata despertó con un sollozo atrapado en su garganta, no así un par de lágrimas que se deslizaron por su mejilla y de las que apenas fue consiente.
"Toneri-sama" pensó, sintiendo como su corazón se fracturaba un poco más. El mismo, que tanto tiempo atrás, le había costado recomponer.
La luz del amanecer se colaba poco a poco por la ventana entreabierta, por lo cual aún permanecía en penumbra la mayor parte del cuarto. Observo a su derecha, donde podía sentir la calidez de Himeko, la niña dormía de una manera imposible, sosteniendo su mano, sin abandonar su lado. Ella le devolvió el agarre, sin querer soltarla.
A pesar del dolor, se las arregló para enderezarse lo mejor posible, y con su mano izquierda se retiró el respirador, ya no lo necesitaba y comenzaba a ser una molestia. Observó sus heridas, sus brazos vendados y el color amarronado de su piel golpeada. Un suspiro se coló entre sus labios, aunque muy bien pudo ser un gemido de dolor.
Extendiendo los brazos hacia su pequeña y haciendo gala de la poca fuerza que había recuperado, la trajo a su lado y la acomodó sobre su pecho, dispuesta a mantenerla ahí, tan cerca de ella como pudiera. Así fue como la encontró Sakura una hora después, con su hija sobre su pecho y sus manos jugueteando con los mechones oscuros de la más pequeña. Los ojos color jade de la doctora parecieron brillar ante la bruma de la mañana, como sí aquella escena le impactara de alguna forma.
—Ohayô gozaimasu —saludo Sakura, intentando no despertar a Himeko quién aún dormía.
—Ohayô gozaimasu, Sakura-sama — respondió Hinata, y sus ojos claros se posaron en la recién llegada.
—Por favor, Hinata, no seas tan educada —inquirió la doctora, acercándose — ¿Cómo te siente?
—Aún sin fuerzas, pero ya no tan adolorida, Sakura-san.
Sakura asintió, aún incomoda por el trato tan distante y fijándose que la mujer se había quitado el respirador por sí misma. Dejó escapar un suspiro, acomodando el equipo.
—Veo que ya respiras con normalidad —afirmó, sintiendo la tensión que se había instalado entre ellas desde el día de anterior.
Hinata afirmó, volviendo a fijar su mirada en su pequeña. Sus labios se curvaron levemente cuando Himeko pareció sonreír en sueños, gesto que no paso desapercibido por la peli rosada.
—Quisiera disculparme —empezó la doctora, captando la atención de Hinata —, sí ayer dije algo que te incomodara.
Hinata bajo el rostro, su mirada perdida en algún lugar en la habitación. Permanecieron en silencio, mientras Sakura revisaba los equipos y tomaba nota en su tablilla.
—Discúlpame tú a mí, Sakura-san —dijo Hinata, rompiendo el silencio —. No debí responderte como lo hice. So-solo, no quiero que me juzguen. No por él, no por Himeko.
Sakura suspiro, volviéndose a Hinata y comenzando a revisarla con sus manos envueltas en chakra verde.
—Tranquila —comenzó la doctora, mientras chequeaba el estado de su cráneo y su columna —. Yo puedo entenderte mejor que nadie —dijo, y una tímida sonrisa curvo sus labios —. Porque yo también estuve enamorada de alguien a quién no todo el mundo apreciaba.
—Sasuke-kun… —susurró Hinata, cerrando sus parpados y recordando ese pasado que había enterrado en el fondo de su ser.
—Sí, Sasuke-kun —afirmó Sakura, acomodando un par de almohadas a la espalda de Hinata y recostándola con cuidado para así revisar su pecho —. Creo que fui un poco grosera, solo que no pensé… Creo que nadie… En fin, creo que todos estamos un poco sorprendidos.
Hinata lo entendía, a veces, ella misma no podía creer como se había desviado su camino. Pero a pesar de todo, estaba segura de cada una de sus elecciones.
—Creo que estas mejor, Hinata-chan —dijo la doctora con una sonrisa, terminando de revisarla —. Aún no puedes hacer ningún tipo de esfuerzo físico y deberás permanecer en cama un par de días antes si quiera de intentar ponerte de pie, pero al menos ya estas fuera de peligro.
—Arigatô gozaimasu, Sakura-san.
Sakura sonrió, aunque a la final esa sonrisa se desvaneció cuando sus facciones se oscurecieron levemente.
—Voy a informarle al Nanadaime y al consejo de tú estado, probablemente quieran interrogarte lo más pronto posible—explicó Sakura, causando que la inquietud en su interior se agitara —. Si quieres, puedo darte uno o dos días más, pero no creo que haga mucha diferencia, Hinata-chan.
Le costó un par de segundos calmar el mar en el que se había convertido su interior, y con lentitud asintió. Aunque todo su mundo parecía haberse derrumbado sobre ella, tantos cambios en tan poco tiempo, debía comenzar a ordenar todo a su alrededor y a pesar de sus sentimientos, los mismos que en ese instante no podía explicar, tenía que enfrentar su destino. Necesitaba informar del peligro en el que podía verse envuelta la tierra, proteger a Himeko y encontrar a Toneri.
—Está bien, Sakura-san —contestó, su voz a penas un susurro —. Estoy bien.
Sakura asintió, dedicándole una efímera sonrisa antes de salir.
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Himeko se despertó minutos después de que Sakura abandonará la habitación.
En ese instante, su hija estaba empeñada en darle el desayuno como si se tratase de una niña pequeña, con trozos de frutas salpicándole el rostro y una cuchara repleta de caldo de verdura apuntando en su dirección.
—Okāsan, tienes que decir "Aaaa" —dijo la pequeña, haciéndola reír a pesar de su malestar.
—¡Aaaa! —abrió la boca, engullendo la cucharada de sopa y escuchando la risa fresca de Himeko.
Hinata la observó, mientras la niña se servía otra cucharada de sopa y no pudo evitar concentrarse en sus ojos. El tenseigan se encontraba en ese momento dormido, así que los ojos de su pequeña se apreciaban azules, como alguna vez lucieron los ojos de Hanabi en las cuentas vacías de Toneri. Recordó la primera vez que los vio, y como Toneri se había apresurado a depositar un beso en la frente de su hija y explicarle que al poseer la línea sanguínea más pura entre los Hyūga y el chakra de los Ōtsutsuki, Himeko había heredado el Tenseigan. Aún no lo controlaba, sus ojos variaban de ese azul grisáceo a un color blanquecino como sus propios ojos a ese diseño tan peculiar que evidenciaba el Tenseigan.
—Otra vez, Okāsan —dijo la pequeña, captando su atención —. Tienes que comer bien, para que así te puedas recuperar y podamos ir a buscar a Otōsan.
Sintió como su interior se desgarraba, pero disfrazó el dolor con una sonrisa que le dedico a su hija. Su pequeña no tenía que saber lo que la oscuridad que ahora reinaba en la Luna pudiera significar.
—Claro que sí —contestó, en cambio.
La puerta de su habitación se abrió, revelando una enfermera. Himeko dejó el plato de sopa sobre la mesa de noche instantáneamente, aferrándose con fuerza a la mano de su madre, sus ojos parecieron brillar y sus pupilas revelaron ese patrón en forma de flor que tanto admiraba.
—Gomen ne —dijo la enfermera, con una inclinación —. Pero Hinata-sama, tiene visitas.
Hinata solo atino a desviar la mirada hacia la puerta cuando un torbellino verde y castaño invadió la habitación, de repente el olor a pino, sudor y tierra mojada la envolvió, y las lágrimas que estaba reteniendo desde que despertó fluyeron con toda libertad cuando unos brazos fuertes la rodearon. Soltó con delicadeza la mano de Himeko, aferrándose a la espalda de aquel quién ahora la envolvía. Una tras otra, cada memoria que pensaba enterrada, se amontonaron ante sus ojos y una calidez que pensaba olvidada la invadió. Sollozos, risas, gemidos y aullidos, se dejaron escuchar, en esa tormenta de abrazos en la que se encontró atrapada.
—¡Kiba-kun! —chilló, y el sonido de su voz era una mezcla de felicidad y melancolía.
—¡Hinata! —contestó el hombre que la envolvía, acercándola a su pecho y reteniéndola contra su corazón —¡Mi Hinata!
Y la mujer no pudo contenerse más, porque por primera vez desde que aquellos intrusos atacaran la Luna, se sentía a salvo. Así que lloró contra el pecho de Kiba y sus manos se enterraron en su espalda, con fuerza, como si se tratase de un madero en el medio del mar. Porque era Kiba, su compañero, su amigo que se reía a carcajadas y que siempre parecía derrochar fuerza, sin importar lo mal que estuviera la situación.
—¡Kiba-kun, lo siento tanto! —exclamó —¡Perdóname!
Por haberse ido, por no estar ahí para él durante esos siete años. Por no haber dicho adiós.
—¡Baka! — gimió Kiba, hundiendo su nariz entre sus cabellos y aspirando su aroma — No tengo nada que perdonarte, niña tonta.
No supo cuánto tiempo se mantuvo así, entre los brazos de Kiba, con las lágrimas desbordándose por su rostro y una sonrisa autentica, de esas que solo su hija lograba sacarle, adornando su rostro. Pero después de una eternidad, cuando recupero el aliento y el dolor de sus heridas comenzó a hacerse presente, levanto la mirada encontrándose con los ojos castaños de su ex compañero y una sonrisa perruna que le abarcaba todo el rostro. Su rostro había perdido cualquier rasgo infantil, sus facciones se habían endurecido y sus gestos eran mucho más varoniles, los niños que alguna vez habían sido se quedaron en el pasado.
—¿Okāsan?
Ambos voltearon a ver a Himeko, quién mantenía su distancia sentada en el sillón, siendo muda testigo del reencuentro de dos amigos. Hinata no quiso dudar, así que extendió la mano a su hija, la cual no dudo en tomarla y finalmente desvió la mirada hacia Kiba, cuya expresión no supo leer.
—Kiba-kun —comenzó, con una sonrisa en sus labios —, te presentó a Himeko-chan, mi hija.
La niña saltó a la cama, acomodándose a un costado de Hinata y examinando con sus grandes ojos azules a Kiba, al parecer el Tenseigan se había desvanecido nuevamente de su mirada.
Por un instante, la mujer volvió a dudar, cuando Kiba dio un paso atrás, alejándose de ambas. Pero rápidamente el castaño se recompuso, soltó una carcajada al aire y tomo entre sus brazos a Himeko, sorprendiéndola y arrancándole un chillido.
—Es muy hermosa —afirmó el castaño, logrando que Himeko se ruborizara en sus brazos —, e igualita a ti cuando eras pequeña —bromeó, al notar el rojo que había tintado las mejillas de la niña.
—Kiba-kun…—susurró Hinata, sintiéndose a gusto por primera vez desde que llego.
—¡KIBA! —bramó Sakura desde la puerta, claramente enfadada y con una vena palpitándole en la frente — ¡Te dije que Hinata aún no podía recibir visitas!
Hinata parpadeó asombrada mientras su compañero depositaba a su hija en su cama, y con gesto aburrido encaraba a la doctora.
—Tranquila, no hice nada malo —contestó el hombre, encogiéndose de hombros.
—¿Ah no? —inquirió la doctora, acercándose peligrosamente a Kiba —¿Crees que coquetear con mis enfermeras está bien...? Arggg ¡Te matare! —exclamó, agarrándolo de las solapas de la chaqueta.
—¿A quién piensas matar, pelo de chicle? ¿eh? —inquirió Kiba, con una vena palpitándole en la frente.
—¡A ti, chucho apestoso! ¡Por desobediente! —grito la medic-nin, encarando al hombre.
La risa de Himeko cortó ambiente de pela que comenzaba a formarse en la habitación, provocando que la atención de los adultos se enfocara en la niña. Hinata sonrió tímidamente, acariciando el cabello de su hija cuando está se sonrojo y oculto su rostro en su pecho. A diferencia de ella, Himeko nunca había sido una niña tímida, al contrario, pero tampoco había tenido la oportunidad de compartir con más personas a parte de sus padres y las marionetas de Toneri. Konoha y su pasado, era un mundo nuevo para ella.
—Me las pagaras, chucho —dijo la doctora, apartándose el cabello del rostro y acercándose a Hinata —¿Cómo te siente, Hinata?
—Adolorida —dijo, haciendo que Kiba le dirigiera una mirada culpable y Himeko le sujetara con fuerza —, pero mejor, mucho mejor.
—Bien, recuerda que debes descansar y no alterarte, aún no te has recuperado del todo —dijo, lanzándole una mortífera mirada a Kiba por sobre su hombro —. Bien, déjame revisar la herida de tú cabeza —continuo, usando su chackra curativo para revisarla.
—¿Okāsan se pondrá bien? —preguntó Himeko, atenta a los movimientos de Sakura.
—¡Claro que sí! —exclamó, sorprendida de que la niña le dirigiera la palabra —Ya vas a ver como se recupera, eso sí, si perros sarnosos la dejan descansar como se debe.
—Tsk —gruño Kiba, atentó también a la revisión de Hinata.
—No lo regañes, Sakura-san —contestó a su vez Hinata, recostándose en los almohadones —. Estoy bien.
Sakura asintió en silencio, alejándose un par de pasos.
—Lo sé, por eso mismo le avise a Ino y Shikamaru para que vinieran.
Inmediatamente, el buen humor en la habitación se evaporó. Hinata asintió, cabizbaja, con su corazón latiendo desbocado dentro de su pecho. Kiba, en cambio, pareció tensarse y su mirada cálida anteriormente, se afiló. Sakura sonrió a modo de disculpa, desviando su atención a Himeko quién no parecía entender nada.
—Himeko-chan ¿te gustaría dar una vuelta por el hospital? —preguntó, extendiendo una mano hacia la niña —Tú mamá tiene que hablar con unos amigos en privado.
Hinata abrió los ojos desmesurado y antes de que su hija pudiera contestar, la envolvió en un abrazo y la atrajo hacia sí. El movimiento fue tan rápido y repentino, que estuvo segura que alguna de sus heridas debió verse afectada.
—¡No! —protestó en un susurro —No alejen a Himeko de mí.
Sakura, quién sorprendida por sus acciones, solo atinó a dejar caer el brazo.
—Pero Hinata —comenzó la doctora, intentando entender a su paciente —. Estoy segura que habrá cosas que no quieras que Himeko-chan escuche.
Y tenía razón, Hinata lo sabía. Pero ya había perdido a su esposo, casi pierde su vida… Himeko, era lo único que le quedaba en este mundo –su luz-, y temía que sí no la protegía, también se la arrebataría. Su temor debió reflejarse en sus ojos, porque un instante después, Kiba había zanjado la distancia que les separaba y posado sus enormes manos sobre sus hombros. Sus miradas se encontraron, aflojando el agarre de Hinata alrededor de su hija.
—Todo estará bien, Hinata —dijo Kiba, presionándola con suavidad —. Yo cuidaré de ti, también cuidare de Himeko-chan.
—Pero…
—¿Okāsan? —inquirió la niña, observando el rostro de su madre.
—Estará bien, yo la protegeré —insistió el castaño, sonriéndole con esa confianza que desde niño exudaba —. Además, estoy seguro que Akamaru se alegrará de tener noticias tuyas, y Himeko-chan disfrutará de conocerlo.
—¿Akamaru…? —susurro la mujer, recordando el suave pelaje del perro ninja.
—Sí, me está esperando en los jardines del hospital —explicó —, Sakura y Shizune-san me matarían sí lo llegara a meter en las instalaciones.
Hinata asintió, desviando la mirada.
—¿Okāsan? —volvió a preguntar la niña, está vez logrando atraer la mirada de su madre.
—Ve con Kiba, él te cuidará —dijo la mujer, depositando un beso en su frente.
—Pero quiero estar contigo —se quejó la pequeña, y sus ojos mostraron aquel diseño en forma de flores del Tenseigan.
—Solo será un momento.
La niña asintió, cabizbaja.
—¡Vamos Himeko-chan! —chilló Kiba, tomando a la niña entre sus brazos — Sé que te encantará conocer a Akamaru.
Y sin más, el hombre se llevó a su hija; seguido de una Sakura con una expresión triste en el rostro.
Por unos minutos, la habitación estuvo en silencio y su vista enfocada en sus manos entrelazadas sobre su regazo. El sonido de la puerta la alerto que no estaba sola, pero aun así no alzo la mirada al instante, sino en cambio se tomó el tiempo para enfocarse en los recién llegados.
Un machón morado se lanzó sobre ella, y por segunda vez en el día, se encontró envuelta en un cálido abrazo. El perfume de Ino, una mezcla de orquídeas y flores silvestres, apaciguó un poco sus nervios.
Sobre el hombro de la mujer, observó a Shikamaru, quien a su vez le dirigía una mirada examinadora. Había cambiado, como Kiba y Sakura, y seguramente Ino también, sus rasgos se habían vuelto más maduros, su mirada un poco más enigmática y su semblante más sabio. El rasgo más resaltante, era la barba puntiaguda que ahora ostentaba, como alguna vez le había visto usar a Shikaku Nara.
Cuando Ino se apartó, también pudo observarle, le sonreía con calidez y añoranza, aunque sus ojos ya no brillaban tan enérgicamente como en su juventud. Se veía mucho más calmada, pero seguía desprendiendo ese aire de sensualidad que recordaba de su adolescencia, que, mezclado con su madurez, le dotaba de una belleza singular. Como Kiba, se sintió a gusto, casi como si volviera a encajar en ese lugar.
—Ino-sama —dijo, recordándose así misma que el tiempo había pasado y que Konoha ya no era su hogar —. Shikamaru-sama.
—Hinata, no tienes que ser tan formal —comenzó Ino, recordando que la mujer en frente de ella siempre había sido excesivamente respetuosa.
—Ha pasado mucho tiempo — comentó, inclinándose levemente ante los recién llegados y destacando la distancia que esos años había sembrado entre ellos.
—Tsk —se quejó Shikamaru, acercándose a Hinata y tomando asiento al lado de su cama —. ¿Cómo te encuentras, Hinata-sama? —preguntó, entendiendo la situación con mayor claridad que Ino.
—Bien, un poco cansada —respondió respetuosamente — y adolorida.
—Tranquila, intentaremos ser lo más rápidos posible —dijo el hombre, analizando a la mujer frente así —. No queremos incordiarte.
Ella asintió, mientras Ino tomaba asiento al otro lado de la cama.
—¿Sabes por qué estamos aquí? —preguntó Shikamaru.
—Sakura-san, me dijo que necesitaban interrogarme por orden de Hokage-sama.
—¡Eso no es as…!
—Exacto —contestó Shikamaru, interrumpiendo a su rubia acompañante —. Quiero que sepas, que después de este interrogatorio, toda la información que colectemos será expuesta a el Nanadaime y a su vez al consejo de Konohagakure no Sato. Dependiendo lo digas, tomaremos medidas antes los recientes acontecimientos —el hombre tanteo su bolsillo, donde se encontraba su caja de cigarrillos, antes de recordar que se encontraba en un hospital y no podía fumar—. Tsk, también es mi deber informarte, que como kunoichi renegada de Konoha, debes enfrentarte a un juicio cuando tú estado de salud este mejor.
—¡Shikamaru, eso no es así! —se quejó Ino, quién mostraba su ceño fruncido —¡Hinata no es ninguna criminal!
—Es una ninja que abandonó su aldea —afirmó Shikamaru, desviando la mirada a su ex compañera —. No importa las razones que tuvo, ni que tan buenas fueran sus intenciones o lo que lograra con sus acciones. Tomó decisiones independientes a las órdenes de su Hokage y abandonó su villa —explicó—. Tsk, mujer problemática.
—Entiendo — asintió Hinata, antes de que Ino pudiera tomar la palabra nuevamente.
—Bien, empecemos —dijo Shikamaru, clavando sus ojos oscuros en Ino.
—Bien, bien —se quejó la kunoichi, acercándose a Hinata y posando sus manos a ambos lados de la cabeza de la mujer —. Discúlpame, Hina. No te dolerá, solo necesitas mostrarme tus recuerdos.
—Tranquila.
—Bien, comencemos —dijo Shikamaru, abriendo una carpeta en su regazo, mientras Ino cerraba los ojos y concentraba su chakra en las puntas de sus dedos — Quinto día del mes de sexto mes, Hospital de Konoha. Ninja renegada de la Konohagakure no Sato, número de identificación shinobi: 012612. Nombre: Hyūga Hinata.
—Ōtsutsuki Hinata —interrumpió la morena, causando que tanto Ino y Shikamaru le dedicaran una mirada de sorpresa.
—Hinata…—susurro por lo bajo Ino, mientras que Shikamaru corregía el documento en sus manos.
—Bien. Nombre: Ōtsutsuki Hinata…
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No volvió a dormir, tampoco lloró más. Tan solo permaneció en el mismo lugar en que la dejo Toneri después de devolverle su libertad. No se movió, hasta que las luces del castillo se extinguieron y la oscuridad de la noche se hizo presente, fue entonces cuando pudo incorporarse lentamente de su cama. No se preocupó en arreglar su vestimenta, ni en peinar su cabello.
Caminó por los pasillos oscuros del castillo hasta aquel salón que sabía le pertenecía a Toneri. Ahí lo encontró, con su alta figura en medio del balcón, apreciando con sus ojos cegados un cielo salpicado en estrellas, el más hermoso que alguna vez hubiera visto. Sus pasos la llevaron a su lado, sus dedos se aferraron a la barandilla y su rostro sintió la fresca brisa que por meses se había negado. Las lágrimas se habían secado sobre su piel, pero aún podía sentirlas empapar su rostro, ahí donde habían tallados caminos salados.
Aspiro una bocanada de aire, tan diferente al de Konoha.
—¿Sí me voy, atacaras a la Tierra? —preguntó, y su voz se le antojo ronca y mecánica por las falta de uso.
—No, si Byakugan no Hime se encuentra allá.
Ella asintió, la brisa acariciando sus cabellos que bailaban ante la noche.
—¿Qué ha cambiado? —preguntó, dudando.
—No quiero ser el culpable de que su alma se extinga, hime —dijo el hombre con sus cuencas vacías.
Ella asintió, llevándose la mano al corazón.
—Yo me encargaré de proteger el legado de Hamura, ya lo he entendido —continuó, recordándole la misión que su antepasado le había asignado meses atrás, en un sueño —. Usted puede ser libre, la libero de su promesa y de este matrimonio.
A pesar de que volvía a ser consciente de sus alas, seguía sintiéndose como un ave enjaulada. El deber, la soledad, su camino ninja.
—Quiero irme —admitió, observando el cielo estrellado —. Quiero ver a mi padre, abrazar a mi hermana. Me gustaría estar con mis amigos, poder caminar al lado de… —Naruto.
—Puede hacerlo, Byakugan no Hime —afirmó el albino, volteando a verla con sus parpados eternamente cerrados —. Yo la libero.
Y ella quería volar, lejos, hacia su felicidad. Pero en cambio…
—Yo jamás retrocederé en mi palabra —dijo, desviando la mirada hacia Toneri —. Ese es mi camino ninja.
Hinata no vio la expresión de sorpresa en el rostro de Toneri, ni el temblor en sus manos.
—Siempre he fallado intentando proteger a las personas importantes para mí —explicó, alzando la mirada al cielo —. Probablemente, porque no soy tan buena como quisiera —dijo, y sus ojos recorrieron el firmamento hasta posarse en el rostro de Toneri —. Pero Hamura me encargó proteger el legado de su hermano, no solo detenerte, sino detener a cualquiera que intentara usar el Buque de Energía contra la Tierra.
—Hinata hime…
—No me puedo ir, así este dolor me mate —dijo, sintiendo como las últimas lagrimas que le quedaban se deslizaban por su rostro —. Porque es la única forma de proteger lo que más quiero.
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Volvía anochecer en Konoha. Él debería estar en la Torre de Hokage, trabajando; o en todo caso, en su casa, descansando. Sin embargo, se encontraba en la cima del monte de los Hokage, justo sobre la cabeza de su padre, observando como sus clones se dispersaban alrededor del pueblo, solo para asegurarse que en la villa todo se encontraba bien.
Suponía que Shikamaru e Ino ya debían haber terminado con el interrogatorio, y que el mismo seguramente aguardaba por él en su escritorio. Pero por alguna razón, no quería leerlo. Hyūga Hinata había estado ausente de su vida por siete años. Tiempo en el cual había llorado por su ausencia y su traición, en el cual había lamido sus heridas y aprendido a vivir con las cicatrices de lo que no pudo ser, y se convirtió en Hokage en menos tiempo del que Kakashi había previsto. Durante esos años, había conocido mujeres y salido con algunas de ellas, aprendió el arte del sexo y la pasión, hasta logró enamorarse de nuevo. Pero cada noche, cuando la Luna brillaba en el cielo, no podía evitar pensar en su princesa.
"¿Seguirás tejiendo?", se había preguntado sin recibir respuesta.
Y ahora ella estaba de vuelta, cuando ya había aceptado que nunca regresaría.
"Pero ella no siguió tejiendo", se recordó, apretando los puños.
Había tenido una hija con el mismo hombre que le arrebató su libertad.
Quería reclamarle, gritarle, desahogar toda esa frustración que bullía en su interior. ¡Sí! Él se había enamorado nuevamente, se habría acostado con mujeres y pensó en casarse en una ocasión, pero siempre había algo que evitaba que siguiera avanzando. ¡Y era ella! Ella quién lo había visto antes que los demás, la primera persona que realmente le había amado. La que tejió la bufanda que ahora colgaba en su cuello. Porque ninguna de esas mujeres que había conocido, habían visto más allá del héroe de guerra.
—Así que aquí estas —la voz lo sorprendió, no había notado que alguien se le acercaba.
—¡Kiba! —exclamó, volteando a verlo.
El castaño clavó su mirada penetrante en él por un instante, antes de tomar asiento a su lado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, intentando calmar su interior.
El hombre chaqueó, apoyando su codo sobre su rodilla derecha mientras su pierna izquierda se extendía sobre la roca.
—Hoy la vi —dijo, provocando que el rubio abriera los ojos por la sorpresa —, y antes de que preguntes a quién, obviamente a Hinata.
El rubio asintió, desviando su mirada hacia el pueblo a sus pies.
—¿No has ido a verla? —inquirió el castaño.
—Aún no…
—Tsk, mentiroso —dijo, captando su atención —. Su habitación apestaba a ti.
Naruto sonrió culpable, aunque pronto la seriedad se dibujó en sus rasgos.
—Además, la pequeña Himeko-chan, me dijo que vio un hombre rubio colarse a media noche en su cuarto —soltó como si nada, haciendo que el rubio frunciera el ceño.
—¿Himeko-chan?
—Su hija —afirmó el castaño.
Él asintió, claro que lo sabía. Ambos sabían quién era la niña.
—Resulta ser que Himeko-chan nunca había visto un perro ¿Puedes creerlo? —preguntó, ignorando la turbidez en los ojos de su Hokage — Obviamente, Akamaru robo su corazón al instante —sonrió, orgulloso —. Y a diferencia de su madre cuando era niña, a Himeko no le cuesta para nada entrar en confianza y conversar.
—Ya…
—Es curioso, la niña me contó cómo llegaron Hinata y ella hasta aquí. Lo cual, estoy seguro que leerás en ese informe que Shikamaru dejó en tú oficina hace un par de horas.
Naruto simplemente lo ignoro.
—No me importa que estás pensando, Naruto —dijo Kiba, tras un par de minutos en silencio —, mucho menos lo que estas sintiendo —agregó —. Y entiendo bien todo ese protocolo de mantener su presencia en secreto, los interrogatorios y aunque no me guste, el jodido juicio ese —dijo, y en la oscuridad su mirada parecía tan afilada como sus colmillos —. Pero Hinata es alguien muy importante para mí, mucho más de lo que todos creen, y Himeko y ella escaparon por los pelos de quienes la estaba persiguiendo, así que no dejaré que nadie más las lastime. Ni siquiera tú.
—¡Maldito! —estallo el rubio, poniéndose de pie y agarrando a Kiba de su abrigo —. Yo nunca lastimaría a Hinata.
Kiba frunció el ceño, pero no intento ningún movimiento para quitarse el rubio de encima.
—Entonces, te aseguraras de que Hinata y Himeko estén a salvo —dijo —. Alguien atacó a la Luna, Himeko solo me dijo que querían sus ojos y que gracias a su padre pudieron escapar —explicó, tomando a Naruto de las muñecas y obligándolo a soltarlo —. Hinata ama a Himeko, y la protegerá con su vida sí es necesario, la conozco lo suficiente como para saberlo. Así que para que ambas estén a salvo, debes proteger a la niña también.
Naruto frunció el ceño, apartándose de Kiba.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó el rubio, dándole la espalda a Kiba y sentándose nuevamente sobre la roca.
Kiba suspiro.
—¿Hacer qué? —inquirió el castaño a modo de respuesta.
—Hablar con la hija del hombre que te arrebato a la mujer que amaste —explicó el rubio, su mirada ausente.
El castaño se encogió de hombros, dándose vuelta.
—Tal vez, porque me acostumbre a que la mujer que amo siempre se fije en idiotas —dijo —. O puede ser, que pienso en ella como la hija de la mujer que amo y no en la hija de alguien a quien quisiera moler a golpes.
Y sin más que agregar, el castaño desapareció en un torbellino de hojas y tierra.
—Así que aún la amas, Kiba… —susurró Naruto, observando la Luna.
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Sabía que no debía estar ahí, pero necesitaba verla de nuevo.
Notas de la autora: ¡Hi! ¡Sorpresa! Bien, hasta yo estoy sorprendida, en serio que estoy motivada con esta historia y por lo mismo hoy terminé esté capitulo.
¿Qué les pareció Kiba? No pude resistirme, el KibaHina es uno de mis ocultos placeres (junto al ShikaHina y al GaaraHina). Siempre he pensado que Kiba notó el potencial de Hinata desde el principio, y que al igual que Kurenai y Shino, se dio cuenta de los sentimientos de Hinata desde el principio. Por eso mismo, acallo cualquier sentimiento que pudo desarrollar por la Hyūga, después de todo, Kiba es un chico orgulloso.
Luego está Sakura, siento que entre ambas se mantiene la tensión del episodio pasado, y les explico por qué. Sakura conocía de los sentimientos de Hinata, así como de los sentimientos que Naruto desarrolló en The Last. También fue testigo de lo que vivió el rubio cuando Hinata decidió quedarse con Toneri. Por más que sea, Sakura ve a Naruto como su hermano, y como cualquier hermana, lo que menos desea es que alguien le haga pasar un mal momento. Y ella, al igual que Shikamaru, saben que la presencia de Hinata puede llegar a perturbar al rubio y solo quieren protegerlo.
Sobre el ToneHina. Creo que el amor debe ser libre, por eso, me gusta pensar que en algún momento Toneri se dio cuenta que aprisionar a Hinata solo la estaba ahogando, así que, en vez de abusar de ella, le otorgó su libertad. Pero Hinata, al igual que Naruto, son personas de palabra, y ella juró proteger el legado de Hamura, así que es fue su decisión quedarse en la Luna a pesar de que muy bien pudo haber regresado con sus seres querido. A partir de este punto, es cuando todo comienza.
Finalmente, espero que les agradará esta sorpresa. Muchas gracias a todos los que se toman su tiempo en leer está historia, más a aquellos que han dejado sus comentarios. No les aseguro que vuelva a publicar antes del mes, pero intentaré ser puntual para la próxima vez.
¡Un abrazo!
