Manos frías.
Nieve.
Por todos lados y en cada rincón del centro de Shibuya, la ciudad prácticamente se había vuelto una manta de color blanco que le derretía la piel con cada copo de nieve que se incrustaba en sus descubiertas manos. Seguía preguntándose a sí mismo porque había esperado casi cuarenta minutos frente a la estación más concurrida del mundo mientras la nieve le está dando algo más una simple gripe por un idiota que vivía a menos de 20 minutos de la estación caminando, aunque sí, también se preguntó porque no había llevado unos guantes con él. El viaje desde Kanagawa no era para nada corto, en lo absoluto.
Le había citado a las 4:00 p.m. y muy a pesar de conocer a ese cabeza hueca irresponsable e impuntual seguía esperando, porque sabía que él llegaría en cualquier momento, algunas veces se cuestionaba si sería capaz de dejarlo ir de una vez por todas, lamentarse por un tiempo y después seguir adelante como si nada hubiese pasado.
Estaba tan asqueado de tan absurda farsa, estaba tan asqueado de Aomine Daiki, pero esa sonrisa llena de ego y locura borraba todo indicio de molestia, los besos cargados de pasión eliminaban cada pensamiento relacionado con la palabra arrepentimiento. Estaba tan aferrado a él, como un árbol lo está a su raíz, por ello no le importó cuando Daiki por fin apareció burlándose sobre él, llamándolo Hachiko, como el perro fiel que esperó por muchos años a su dueño en esa misma estación. Al final de cuentas el simple hecho de que Aomine pronunciase su nombre o rozara su piel bastaba para confundirlo y seguir con esa mentira sin final.
