El Pegaso había descendido en un claro de bosque, donde a unos cuantos metros se podía divisar una hermosa casita. Ichigo recorrió el sendero inicial y se acercó a la puerta de la casa, donde brillaba una placa de oro con la inscripción "Residencia de los Conejos Kuchiki" grabada en ella. Aunque llamar "casita" a aquella morada era quedarse corto: Era una lujosa mansión que ocupaba casi todo el claro. Y eso, obviamente, era algo propio de la familia Kuchiki, en especial de Byakuya. Byakuya, el hermano adoptivo de Rukia… ¿Estará allí, en el País de las Maravillas? Él no lo había visto, pero Rukia había mencionado que "no quería defraudarlo" entonces seguro andaba por ahí. Pensó en tocar la puerta, pero el sonido de unos pasos acercándose llamó su atención. Era la Coneja Blanca, que volvía con un trotecillo saltarín y miraba nerviosamente a su alrededor, como si hubiera perdido algo.
— ¡Por las maravillas de este lugar! ¡Su Majestad no dudará en ejecutarme! ¡Pobre de mis orejas! ¿Dónde demonios los habré dejado caer? ¿¡Dónde!? ¡Pyon, pyon!
Ichigo se acercó a ella con la intención de ayudarle a encontrar lo que fuera que anduviese buscando, pero Rukia al verlo, lo miró muy enojada y le gritó:
— ¿Qué diablos haces ahí paradote, Kon? ¡Corre inmediatamente a la casa y tráeme dos pares de guantes blancos, una zanahoria azul y un erizo de croquet! ¡Aprisa!
Ichigo sin pensarlo se metió a la casa, dispuesto a ayudar a su atareada compañera hasta que cayó en la cuenta de que Rukia lo había llamado "Kon". ¡Cómo había osado a confundirlo con semejante idiota! El pelinaranja estaba que echaba chispas.
— ¡Me ha confundido con su puto criado o qué se yo! Pero esto no se va a quedar así, ¡la haré entrar en razón a como dé lugar! Pero ahora será mejor que le lleve sus cosas, quizá así pueda hablar con ella un momento… —Se decía así mismo.
Mientras pensaba en todo aquello se topó con las escaleras y subió, algo confundido porque no sabía dónde diablos encontrar lo que Rukia le había pedido.
— Esto de andar haciendo recados para conejos es la peor estupidez que he hecho. —Se decía Ichigo, frustrado— Y eso que no llevo mucho tiempo aquí.
A todo esto, había llegado a un dormitorio enorme, con las paredes pintadas de rosa pastel, muebles blancos, una delicada cama con dosel y muchísimos conejos de peluche por doquier. "Esta debe ser su habitación" pensó.
Buscó por todas partes hasta que descubrió que en la mesita de noche estaba una caja de madera tallada en cuyo interior estaban los dos pares de guantes blancos, cinco zanahoritas azules atadas con un lazo rojo y un asustado erizo verde hecho bolita. Kurosaki los tomó y los metió en su bolso, pero antes de irse, notó que a la par de la caja había una manzana dorada de jugosa apariencia. Ya que tenía algo de hambre, tomó la manzana y le dio un mordisco, sin pararse a pensar si esa simple acción le traería consecuencias o no. Y vaya que sí las trajo. Antes de probar otro bocado se encontró con que su cabeza tocaba el techo y tuvo que doblarla para no quebrarse el cuello. Había dado un brusco estirón de la nada. Escuchó algo similar a cristales rotos y sintió cortaduras en su brazo izquierdo. Había quebrado una ventana al estirarse y quizá algunas otras cosillas más.
— ¡Maldita sea! —Vociferó el shinigami— ¡Estoy harto de estos cambios tan estúpidos y sin sentido!
Uno de sus pies salió disparado por la puerta, el otro atravesó dolorosamente una de las paredes mientras que el otro brazo lo tenía torcido en un ángulo no muy favorecedor, además que de estar tan encorvado la espalda empezaba a torturarlo. Estaba realmente incómodo y comenzaba a exasperarse. Mientras se debatía consigo mismo sobre cómo salir de esa desgraciada situación, escuchó una voz fuera de la casa y se calló para poner atención.
— ¡Kon! ¡Kooooon! ¡Necesito mis cosas inmediatamente!
Volvió a escuchar pasitos acercarse y se puso nervioso. Así que Rukia había ido a buscarlo… ¿Qué le diría y qué haría ahora?
— Eh… ¿Qué es esto? ¿Kon?—Inquirió la morena, tocando ligeramente la pierna de Ichigo, intrigada.
Kurosaki movió la extremidad, extrañado a que alguien lo estuviera tocando. Se escuchó un gritito e Ichigo se quedó quieto. La shinigami decidió ir a investigar. Al ser tan pequeña comparado a la bestia que era Ichigo ahora, la Coneja encontró un espacio para pasar por la puerta rota y al ver aquel gigante en su habitación pegó un alarido y salió saltando, tropezando con la pierna de Ichigo y a un milímetro de caerse de las escaleras. Kurosaki estiró el brazo y rompió la pared de la puerta para atraparla y evitar que cayera, justo a tiempo. Una vez a salvo la puso en el suelo de nuevo.
— Ten cuidado, Rukia. ¡Idiota! —Exclamó Ichigo, preocupado.
La chica lo miró horrorizada y salió corriendo. El pelinaranja suspiró y cerró los ojos. Presionó el puente de su nariz con los dedos para intentar calmarse, mientras escuchaba a Rukia gritar otra vez, pero en esta ocasión llamaba a alguien.
— ¡Renji! ¡Renji! ¿Dónde estás? —Exclamó muy enfadada— ¡Renji!
Y otra voz que Ichigo no había escuchado en ese lugar hasta entonces. "Hasta el imbécil de Renji terminó metido aquí…" pensó con acritud.
— ¡Aquí estoy mujer! ¡Cavando en busca de manzanas y mandarinas, mujer! ¡Con su permiso mujer! —Canturreó alegremente el pelirrojo.
— Tenías que estar precisamente cavando en busca de algo, como siempre. —Replicó Rukia muy irritada— ¡Deja eso y ven aquí inmediatamente! Ayúdame con esto.
Más ruidos de pasos por la casa.
— Y ahora dime, Renji —preguntó la Coneja, más calmada— ¿Qué es eso que hay en la ventana?
— Es un brazo, mujer. —Respondió el interpelado.
— ¿Un brazo, tonto? ¿Quién ha visto antes un brazo tan grande que llena toda la ventana? —Gruñó la shinigami.
— Aseguro con toda seguridad segura que es un brazo. —Insistió Renji.
— Bueno, sea como sea, no tiene por qué estar en mi ventana. ¡Quítalo de ahí!
— ¿Eh? ¿Y por qué yo? —Debatió el hombre.
— ¡Porque eres la mano derecha de Nii-sama! —Farfulló Rukia a su vez.
Lo siguiente que se escuchó fue una serie de discusiones sobre quién debía y cómo sacar a aquella criatura de ahí. Se hizo silencio repentinamente y unos segundos después se volvieron a escuchar, esta vez a tres personas discutiendo. Una voz juvenil que Ichigo no había notado antes exclamó un grito de negación, mientras los otros dos parecían incentivarlo a hacer algo peligroso.
— ¡Ah no, de ninguna manera! ¡Socorro! ¡Socorro! —Gritaba el pobre muchacho.
— ¡Venga, Hanataro! Eres el único con la maravillosa capacidad de derrotar a la bestia que yace en la Mansión Kuchiki. ¡Serás el héroe de este país!
Parece que con eso último lograron convencerle. Se escuchaban pasos ir y venir, y con cada vuelta parecían traer materiales pesados, aunque Ichigo no pudiera saber de qué se trataba.
— Bien Hanataro, sube por esta escalera y entra por la chimenea. Una vez ahí adentro nos dices qué pasa con la monstruosa criatura y veremos qué hacer.
"Maldito Renji" pensó Ichigo con desdén.
— De… de acuerdo. Todo sea por ayudar la señorita Blanca. —Murmuró el joven en voz baja.
Se escucharon pasos en el techo. "No voy a dejar pasar a este idiota para que Renji se quede con todo el crédito verdadero mientras al otro siquiera le hacen caso" pensó Kurosaki, así que a como pudo movió uno de sus pies y lo introdujo en la chimenea para hacer un puntapié. Justo cuando escuchó que el chiquillo descendía, pateó con fuerza hacia arriba y lo siguiente que escuchó fueron expresiones de asombro, un sonido como de vidrios quebrándose, una estrepitosa caída y luego una muy molesta Rukia recriminándole a Renji. "Toma esa, cabello de menstruación" rio Ichigo.
— ¡Hanataro! ¡Santo cielo! ¿Te encuentras bien? —Preguntó una preocupada Rukia.
Después de un rato de silencio se escuchó una vocecilla débil y aguda.
— Oh, ¿Qué ha pasado, señorita Blanca? ¡No recuerdo nada! ¡Sólo que algo me pateó muy fuerte y salí expulsado por los aires como un muñeco de trapo!
— ¡Eso lo hemos visto vistosamente con nuestros ojos, amigo mío! —Exclamó Renji con una carcajada. —Bueno, dado que nuestro plan no ha funcionado, ¡Hay que quemar la casa!
— ¿¡Qué!? —Gritó Rukia.
— ¡Traigan fósforos y madera! —Canturreó el pelirrojo alegremente.
Ichigo se quedó en shock. Renji estaba totalmente fuera de sí. ¡Realmente pensaba quemarlo vivo! Tenía que hacer algo y rápido.
— Ni se les ocurra hacer eso. —Gritó el desgraciado Ichigo.
Un silencio de muerte. Pero pronto se reanudó el movimiento ahí afuera y el shinigami sintió un fuerte olor a quemado. Si no actuaba rápido, se convertiría en antorcha humana.
— ¡No me hagan repetirlo! —Sentenció Kurosaki, con más firmeza.
Otro silencio mortal.
— Nah, con una carretada tendremos bastante para calmar a esa bestia. ¡Prepárense! —Ordenó Renji.
"¿Una qué…?"
Pronto lo descubrió. Un centenar de cosas se estrellaron en el tejado y otras entraban por la ventana, dándole en plena cara. Ichigo sentía que se lo llevaba el diablo. Sin embargo, notó entre los muchos objetos que le lanzaban, una zanahoria azul, que llamó su atención. "Si la manzana dorada me hizo crecer, la zanahoria azul debe hacerme disminuir" pensó. Sin perder el tiempo, tomó la zanahoria azul y la devoró de un solo bocado. Inmediatamente empezó a empequeñecerse, realmente aliviado de salir de aquella situación tan hostil. Mientras recogía su bolso, se palpó el cuerpo y descubrió con gran alivio que la ropa se ajustaba según su tamaño, sin siquiera sufrir una rotura. Definitivamente tenía que darle las gracias a su hermana menor.
— Si tengo suerte, quizá Rukia esté allí afuera y pueda darle su encargo…
Empezó a correr y pudo salir justo a tiempo, para ver cómo la Coneja Blanca comenzaba otra carrera por el bosque. Empezó a correr detrás de ella, sin embargo, esta vez Ichigo fue más listo y omitió su nombre real, llamándole como se le conocía en aquel lugar.
— ¡Coneja Blanca! ¡Estás olvidando tus cosas! —Gritó el pelinaranja, esperando que funcionara aquella estrategia.
Y después de tantos esfuerzos, funcionó. La Coneja frenó de golpe y se acercó a Kurosaki, algo desconfiada.
— Los guantes, la zanahoria azul y el erizo de croquet. —Dijo él, sacándolos de su bolso y entregándoselos.
Los tomó, con cierta desconfianza todavía, pero más tranquila al ver su inventario completo.
— ¿Quién eres tú y cómo te llamas? ¿Y qué le pasó a tu brazo?—Inquirió ella, sin quitarle la vista de encima.
Ichigo dirigió la vista al lugar donde señalaba la Coneja. De la mera adrenalina había olvidado el detalle de su brazo, que mostraba numerosos rasguños sangrantes. Se encogió de hombros.
— Tuve una pequeña batalla con la bestia que había en tu habitación, Kon. —Mintió él— No es nada.
— Tch, me pregunto qué habrá hecho Kon para convertirse en un monstruo tan temible y qué pasará con él… Pero voy muy tarde como para quedarme a averiguarlo… —Susurró ella, como hablando consigo misma.
— Tampoco importa. —Dijo Ichigo, volviendo la mirada hacia la mansión.
De pronto sintió una tela suave acariciar su piel herida. Volteó a ver, impresionado. Era Rukia, que había tomado un par de guantes y los había rasgado en final tiras formando una especie de vendas que ella envolvía lentamente alrededor de los rasguños y los sujetaba con firmeza. Al sentir la mirada insistente de él sobre ella, la mujer se encogió de hombros y miró con insistencia al suelo.
— Es lo menos que podía hacer… Por el encargo cumplido. —Farfulló ella, incapaz de verlo a los ojos.
Ichigo se frotó la nuca con aire nervioso.
— Esto… No tenías qué… Gracias. —Masculló él, mirando hacia otra parte.
La sonora alarma de un reloj los sacó a ambos de aquel trance. Rukia sacó el reloj de uno de los bolsillos de su vestido y al ver la hora se le erizaron las orejas.
— ¡Oh cielos, se me hace muy tarde! Debo llegar a tiempo a la fiesta de té de la Reina. ¡Pyon!
Guardó los objetos que Ichigo le había dado y comenzó a ponerse en marcha, pero antes echó una mirada hacia atrás, directamente hacia el joven de cabello naranja y esbozó una ligera sonrisa.
— No me dijiste tu nombre ni quién eras. —Gritó ella a lo lejos, sin perder la sonrisa.
Él la miró divertido.
— ¿Qué clase de pregunta es esa? Soy Ichigo Kurosaki, tonta. Ya deberías conocerme. —Gritó él en respuesta.
— Me acabas de decir tu nombre nada más. —Replicó ella. —La próxima vez que te vea quiero que me digas quién eres.
— ¿Es una desafío el volver a verme? —Inquirió él al verla cada vez más lejos.
— No, es una promesa. —Respondió ella mientras se adentraba en los bosques a toda prisa.
Y por primera vez desde que estaba en el País de las Maravillas, Ichigo sonrió genuinamente.
