Todo empezó en Grecia
Capítulo 4
Dedicaron el día a hacer una excursión hasta Cabo Sounion, para ver, precisamente, el templo de Poseidón. Estaba visto que el dios de los mares le estaba marcando el rumbo de su viaje, en todos los aspectos. No podían librarse de él, ni tampoco querían. Alquilaron un coche de manera que pudieran recorrer con tranquilidad la costa cercana a Atenas. A Stella le gustaba todo de su país de origen, el paisaje, la luz, toda la región Ática... y el Egeo siempre presente.
Llegaron cuando ya era hora de comer, por lo que antes de subir al promontorio en el que se erige el templo se dirigieron a un pequeño restaurante sobre la playa. Todavía no era plena temporada veraniega y no había mucha gente, de modo que no tuvieron que esperar. Les atendía una camarera joven y simpática. Stella disfrutaba practicando griego, y notaba que mejoraba de día en día, acostumbrando el oído al sonido del idioma y mejorando su pronunciación y fluidez. De pronto recordaba mucho vocabulario, y no tenía ningún problema para comunicarse. A Mac le encantaba escucharla. No entendía nada de nada, pero la voz de ella sonaba un tono más grave, con otra música. La comida estaba muy buena y ambos indicaron a la chica que felicitara al cocinero. Ella se rió, explicándoles que no era un cocinero sino una cocinera. Su abuela, concretamente. Entró de nuevo en la cocina y pronto apareció en el salón una mujer mayor, con delantal blanco muy limpio y su cabello cano recogido en un moño primoroso. Quería recibir las felicitaciones personalmente, ahora que ya no quedaban más clientes por servir. Ni corta ni perezosa se sentó a la mesa con Stella y Mac, para acompañarles en el café, pues ella había terminado también de comer. Stella le gustó a la primera ojeada, pero Mac... la enamoró. Le pasó una mano por la mejilla, mientras que con el índice de la otra le advertía
- "Antes de ir a ningún sitio, hay que poner esta cara bien cubierta de crema protectora para el sol... Y toda la piel que vaya a estar al sol, si vais a la playa. Hijo mío, aunque no es tan fuerte como en verano, ya estamos en una época en que a una piel como ésta..." Ahora se dirigía a Stella "Dios mío… ¡Si este hombre tuyo es tan pálido como las estatuas de mármol de Paros...!" Mac quería saber qué había dicho, pero Stella no se lo traducía, sólo se reía. La mirada cariñosa de la señora le hacía pensar que no era nada malo.
Les preguntó de dónde eran, y Stella le contó que ella había nacido en Grecia pero que era la primera vez que volvía desde que se fue a América con dos años. Antes de que siguiera hablando, la señora tomó la taza de café que Stella ya había terminado y la colocó boca abajo.
- "Ahora yo te voy a decir el resto..." ponía voz misteriosa.
Volvió la taza hacia ella y estudió el fondo. Mac y Stella se miraban divertidos.
- "Linda mía, viniste a esta tierra con una gran lucha en tu psyqué... Esperabas encontrar tu pasado... pero más que el pasado, lo que has encontrado aquí es tu futuro. Todo aquello que más deseas ya lo tienes, aunque quizás aún no lo sepas, o al menos no lo sabes todo, pero ya está en ti, y contigo... Por fin vas a tener lo que mereces, y puedo ver que nunca, nunca estarás sola". A Stella los ojos se le estaban humedeciendo. Una tontería, pensaba, porque seguro que esta señora tan simpática le decía a cada uno lo que esperaba oír... pero aún así atesoró esas palabras en su memoria, esperando que fueran reales, veraces.
La mujer tomó entonces la taza de Mac, que también había puesto previamente boca abajo. Sonrió en cuanto miró el dibujo de los posos en el fondo.
- "Vaya, mi rostro pálido también ha sufrido y ha perdido... Y es tan cabezota que le ha costado años reconocer que lo que quiere y merece está del otro lado de un cristal, y que sólo tiene que abrir la puerta para alcanzarlo... La felicidad que tenía al alcance de la mano le ha costado al fin un largo viaje. Pero los viajes son buenos si hay alguien esperando al final para recibirnos, para abrazarnos... ¿no es cierto?". La señora siguió, esta vez mirando a Mac fijamente. "Y no temas amar por miedo a perder de nuevo. Esta vez sólo ganarás". Stella le iba traduciendo a Mac las palabras. Él no dejaba de sorprenderse ¿Qué le había contado Stella con tan pocas frases para que ella supiese todo eso? Como si le leyera el pensamiento, la señora se dirigió otra vez a él.
- "Sólo hay que leer los posos... El pasado y el destino están escritos. Se rió con una carcajada sonora, dándole cachetitos en la mejilla como a un niño. "Y no te preocupes... el verde es su color". Ahora sí que los ojos de Mac se abrieron como platos. Stella le preguntaba qué pasaba, qué quería decir la mujer con eso y por qué le había sorprendido tanto. Mac le dedicó un guiño a la señora mientras se despedía, pero ella le atrajo hacia sí en un abrazo que casi le ahoga, y le plantó unos sonoros besos en ambas mejillas.
Lo primero que hicieron fue comprar crema protectora solar en una tiendecita al lado del restaurante. También compraron un bañador para Mac y un bikini para Stella (Mac opinaba que era demasiado pequeño...) pensando en darse un baño en la playa después de visitar el templo. Stella le embadurnó a Mac la cara hasta no dejar ni un poro sin cubrir, a pesar de sus protestas. Subieron la colina cogidos de la mano, disfrutando del paseo, del sol y la brisa del mar. El templo era impresionante, con sus columnas altísimas, y su emplazamiento aún más increíble.
- "Mira Mac, esto se considera la mejor atalaya para ver los barcos que se dirigen a Atenas. Según la leyenda, desde aquí se arrojó el rey Egeo al mar, desesperado al pensar que su hijo Teseo había fracasado en su expedición a Creta, y por eso este mar lleva su nombre".
- "¿Teseo es el del laberinto del Minotauro?"
- "Sí, el mismo, veo que vas aprendiendo... Es una historia tremenda. Los atenienses, para evitar que el rey Minos de Creta arrasara la ciudad como venganza por la muerte de su hijo en Atenas, tuvieron que acceder a pagar un terrible tributo: catorce jóvenes, siete varones y siete doncellas, que serían ofrecidos como sacrificio al Minotauro, un ser monstruoso con cabeza de toro y cuerpo de hombre que habitaba en el laberinto de Cnosos, del que nadie lograba salir con vida. Cada luna nueva, el monstruo devoraba un joven y así su ira permanecía controlada. Teseo, hijo del rey Egeo de Atenas, decidió ser el primero de los jóvenes en ofrecerse, decidido a vencer al monstruo. La triste expedición que llevaba a los atenienses salió con velas negras en señal de luto por el destino fatal que les esperaba. Teseo acordó con Egeo, su padre, que si lograba vencer al Minotauro regresarían izando velas blancas.
En Creta, Teseo conoció a Ariadna, la hija mayor de Minos. Ariadna se enamoró de él y decidió ayudarle a matar al monstruo y salir del laberinto. Por eso le dio una espada mágica y un ovillo de hilo que debía atar a la entrada y desenrollar por el camino para encontrar luego la salida. Teseo logró su propósito, acabó con el Minotauro y siguiendo el hilo consiguió salir del laberinto. El rey Minos consintió en que los jóvenes atenienses volvieran a su patria. Ariadna y su hermana Fedra se fueron con ellos, pero una tempestad los arrojó a una isla, en la que Ariadna se perdió. Tuvieron que partir, pasada la tormenta, sin haberla encontrado. Teseo estaba tan disgustado que olvidó cambiar las velas e izar las blancas, para que desde lejos su padre supiera que volvían sanos y salvos.
Cuando Egeo vio el barco con las velas negras, creyó que su hijo y los demás jóvenes habían muerto y decidió arrojarse al mar por la pena. Desde entonces el mar lleva su nombre, Egeo."
Cuando Stella terminó de hablar, sentada con Mac en las gradas del templo mirando al mar, se habían congregado a su alrededor como una docena de personas que escuchaban, fascinados, su relato.
- "Perdone", dijo un joven, "pero no hemos podido evitar quedarnos a escuchar... Qué historia tan bonita. Muchas gracias". Los demás le dieron también las gracias a Stella, muy contentos. Ella resplandecía. Mac no podía evitar mirarla. Estaba en su elemento, se la veía feliz.
Descendieron hacia la playa. Mac pasaba su mano sobre el hombro de ella, protector y posesivo a la vez. Se cambiaron sobre la arena, haciendo filigranas para no mostrar mucho, a pesar de que lo tenían difícil, pues no llevaban ni siquiera una toalla. A Mac no le gustó el bikini. Como había pensado, era demasiado pequeño. Stella descubría, divertida, un lado celoso que nunca pensó que Mac tuviera. Le volvió a dar crema por la espalda y los hombros, la cara y el cuello de nuevo. Mac también le pasó a Stella crema por la espalda, pero dejó que el resto se lo pusiera ella porque temía perder el control... y en público no estaría muy bien.
Jugaron como niños en el agua, comprobando que la salinidad altísima del Egeo favorecía en gran manera que los cuerpos flotasen. Apenas hacía falta hacer esfuerzo, el cuerpo ascendía en el agua y se mantenía flotando, perezoso e inmóvil.
Pasearon por el borde del agua, recorriendo toda la playa hasta el promontorio del templo, en uno de los extremos del arenal, mientras su ropa de baño secaba por efecto del sol y la brisa. Ya eran las cinco y les quedaba una hora o algo más de viaje de regreso, de manera que volvieron hacia el coche y tomaron camino de la capital.
Aparcaron frente al hotel, junto a la tienda Made-in-Greece de la tarde anterior. Stella se acercó a ella y llamó a Mac.
- "Oh Mac, mira... ¿Te acuerdas de aquel vestido verde tan bonito que estaba ayer en el escaparate? Lo han debido vender, ya no está...". Mac se hacía el despistado
- "¿Un vestido? ¿Verde?"
- "Sí, era precioso... ¿No recuerdas que insistías en que me lo probara?". Mac hacía como que pensaba... "¡Hombres!"
Ya en la habitación, Mac entró primero en el baño. Antes que nada, por librarse bajo la ducha de toda la dichosa crema que llevaba encima, y después para tener tiempo de disponer que subieran el vestido mientras Stella se bañaba.
En cuanto Stella entró en el baño y él estuvo vestido, llamó al botones, que trajo inmediatamente el vestido perfectamente planchado, en una funda de plástico transparente. Mac lo puso sobre la cama, y sacó el collar y los pendientes y lo dispuso todo junto para que ella tuviera la sorpresa de su vida. Se había quejado hacía un rato que la ropa que tenía no era demasiado elegante para cenar en un restaurante de la categoría del Roof Garden, el maravilloso restaurante de la azotea del hotel, con sus plantas exóticas y sus vistas sobre la Acrópolis y toda la ciudad.
Mac estaba nervioso. Por un lado, no se quería perder la cara de Stella cuando viera el vestido, pero por otro quería dejar que ella se vistiera cómodamente sin espectadores y prefería verla con todo junto, de modo que decidió irse. Se asomó al cuarto de baño. Stella todavía estaba relajándose en medio de la espuma. Se acerco y la besó.
. "Te espero en el vestíbulo, en el bar. Tomamos allí una copa y luego subimos a la terraza. No tengas prisa, aprovecha para descansar".
- ¿Qué quieres decir, que ya nos cansaremos después...? Stella se reía, maliciosa.
- "Pues ya que lo mencionas... Pero recuerda que mañana salimos de crucero, y hay que recoger todo y preparar las maletas. A las 10 tenemos que estar en El Pireo... así que tendremos que dormir algo y madrugar para disponerlo todo". La besó otra vez. "Me voy... Me voy porque me parece que si no me voy me voy a caer en la bañera..." Y salió, dando un último vistazo al vestido, sobre la cama. Ansiaba verla dentro de él, aunque... seguramente el escote llegaría demasiado abajo. Se cacheteó a sí mismo por pensarlo, caramba, el escote de Stella siempre le había llevado la vista, pero ahora... es que le empezaba a molestar que les llevara la vista también a todos los hombres que la miraban...
Cuando Stella terminó su baño se entretuvo secándose el pelo y poniendo un maquillaje discreto en su cara, dorada por el sol. Después, ajustándose el albornoz, salió al dormitorio, decidida a ponerse... antes de llegar al armario, su vista se paró sobre su cama, adosada a la de Mac. No podía ser... Pero... ¿Cómo había llegado allí el vestido? ¿Cómo había hecho Mac para que ella no lo viera? Los ojos se la llenaron de lágrimas, pero se contuvo. No quería tener que volver a empezar con el maquillaje. Le costó un gran esfuerzo, pero se tranquilizó. No podía, no debía, acostumbrarse a ser tratada de este modo, a que Mac le proporcionara el más mínimo capricho, todos sus deseos. Esto no era normal, una vida real no se puede vivir así... Su otro lado le gritaba ¡Disfruta! ¡Te quiere y por fin te lo está demostrando! ¿No es lo que llevabas casi una década esperando?
Mac esperaba impaciente. Había pasado casi una hora desde que dejó la habitación, con su traje oscuro y corbata clara, que de casualidad había puesto en el equipaje por si tenía que asistir a algún sitio formal. Desde que había encontrado a Stella en Grecia, era el espacio de tiempo más prolongado en que se habían separado. Cada vez que el ascensor abría las puertas con su toque tenue de campanilla, Mac miraba esperando ver a la mujer de su vida. Y esta vez sí, era ella.
No sólo Mac miró, y admiró. El lujoso vestíbulo del hotel, sobre el que se abría el salón con el bar inglés al fondo y todos los que en él se hallaban contemplaron a Stella y sonrieron. No cabía más belleza en una mujer. Llevaba el pelo retirado hacia atrás y sujeto alto, lo que dejaba ver el esbelto cuello, adornado por el bonito y colorido collar, y los pendientes colgantes a juego. Lo ojos verdes centelleaban, con el color exacto del vestido que con un profundo escote se adaptaba a cada curva de su cuerpo, a su pecho, sus caderas... Estaba espectacular, nadie podía apartar la vista de ella. Llevaba unas sandalias altas, de modo que su estatura era también imponente, y de hecho cuando llegó junto a Mac él se sintió pequeño al lado de aquella diosa...
- "¿Así que no sabías qué vestido verde...?" empezó Stella. Mac la calló con un beso en los labios, dulce y prolongado. La gente sonreía contemplando a la bella pareja. Era... de película. Tan guapos, tan enamorados... eso era algo que se saltaba a la vista.
Cuando por fin se separó, Mac le preguntó a Stella
- "Te gusta?"
- "¿Que si me gusta? Es lo más bonito que me he puesto en mi vida. Y lo primero desde que soy adulta que no me compro yo misma... Mac yo..." No quería llorar, pero le estaba costando un gran esfuerzo "… te quiero". A pesar de lo que había pasado la noche anterior, aún no se lo había dicho. Mac la besó de nuevo, sujetando la cara preciosa de ella entre sus manos.
- "Yo te quiero también, y para siempre"
Más de una foto de aquella pareja hicieron de recuerdo los transeúntes del hall del Grande Bretagne. Parecían estrellas de cine, no era algo que se viera cada día. El gerente del hotel les invitó a una copa, tenerlos en el bar un espacio de tiempo mayor daba prestigio y glamour, aún más, al establecimiento.
Para cuando regresaron a la habitación, tras una cena perfecta y un rato de baile romántico a la luz de la luna, Mac sólo tenía en mente despojar a Stella del precioso vestido, y depojarse del serio traje que él vestía. Quería sentir esa piel junto a la suya, besar y adorar cada centímetro, hacerla sentir amada, deseada, pletórica de vida… Y así se sintió Stella.
Casi dormida, abrazada al hombre que amaba, recordó palabra por palabra y con los ojos húmedos por la emoción lo que la señora del restaurante había dicho:
"Todo aquello que más deseas ya lo tienes, aunque quizás aún no lo sepas, o al menos no lo sabes todo, pero ya está en ti, y contigo... Por fin vas a tener lo que mereces, y puedo ver que nunca, nunca estarás sola". La mano de un dormido Mac descansaba sobre su vientre, y ella puso también la suya encima, con una sensación a la vez dulce y extraña.
"Ya está en ti y contigo" fue su último pensamiento antes de dormirse.
Y ahora nos vamos de crucero. No sé si os gustará el Fic, pero yo estoy disfrutando enormemente recordando unas estupendas vacaciones en Grecia, hace un tiempo.
