Llamas blancas salieron del suelo y comenzaron a devorar sus tobillos, subiendo por todo su cuerpo hasta que abrió los ojos sobresaltado. Pestañeó varias veces con el sabor de su sangre aún dentro de su boca, echándola fuera con un escupitajo para no tragársela. Su cuerpo, como la primera vez, le dolía a rabiar pero era más soportable que cuando se desmayó. Revisó si tenía las costillas en su sitio y cuando confirmó que estaban intactas y podía mover su mano izquierda respiró aliviado.
No todo era malo, desde aquel punto tenía una vista perfecta del cielo nocturno y la falta de luna hacía que solo las estrellas iluminaran la noche pintando la bóveda celeste de colores azules y morados. Pero, ¿podía quedarse a dormir ahí? Lo cierto es que no tenía nada de sueño y no era el mejor sitio para hacerlo teniendo el templo tan cerca, así que trató de levantarse con cuidado aún tras recibir un potente pinchazo en la base de su columna sintiendo a la perfección el hueso de su pelvis chillar, frotó sus riñones y recogió el trozo de escudo que quedaba, mejor protegerse con eso que no protegerse, y el hacha cuyo mango de madera había sido quemado superficialmente y su hoja teñida por completo de ceniza.
Estiró hacia atrás su espalda y entró por las puertas que tan gentilmente le había abierto la estatua de piedra, que le hubiera intentado empalar con su lanza pétrea era otra cuestión. No veía animales, ni personas rumiando como hacía horas atrás, y tras caminar por la densa niebla unos cuantos pasos la atravesó. El camino de piedras blancas incrustadas en el suelo daba paso a un siseante y sinuoso camino lleno de tumbas hacia una construcción tan gigantesca que le dejó sin palabras. Le dolía el cuello de mirar hacia arriba para alcanzar a ver las dos puntas principales de lo que parecía ser una catedral o un castillo. La estructura recta e inmensa había sido duramente castigada por el tiempo y su situación al borde de un acantilado; varias torres delanteras habían caído y precipitaban el ya accidentado suelo, y quizás la parte trasera había sido parcialmente tragada por el mar. Fuera como fuese, la construcción parecía querer resistir quizás mil años más sin demasiado problema.
Su admiración y concentración fue reducida a la nada cuando escuchó el sonido de una gran masa de líquido romper. Abrió los ojos como un gato y tras un rápido vistazo a su alrededor encontró detrás de sí un pedregoso descenso que, si bien parecía peligroso, tras ser partido por la mitad por un lagarto y haber ¿ganado? contra una estatua de piedra enorme cobrada viva por a saber qué, no le parecía más que un paseo.
El mar.
El descenso le llevó a una pequeña playa de arena en cuyas aguas calmadas se reflejaban las estrellas casi a la perfección.
—Por fin… —susurró con gran alivio.
Al quitarse la camisa de cuero de animal y el abrigo de piel de lobo, cuya cabeza colgaba hacia atrás a modo de capucha, se dio cuenta de que tenía una larga trenza de color morado que finalizaba en una pequeña coleta, atada por dos diminutas tiras elásticas que sujetaban su cabello. Tras darse cuenta de que había ignorado aquello se miró la mano donde tenía los dos elásticos y deshizo la trenza con su otra mano.
No recordaba su cara, ni su cuerpo.
Escondió los elásticos entre sus ropas, dejando reposar el escudo y el hacha sobre ellas para que ninguna súbita corriente de aire se las llevase, y entró desnudo al agua. Su piel se erizó al contacto con el mar, pareciendo que su cuerpo echaba de menos aquella sensación y un suspiro de alivio salió de sus labios cuando el agua acarició su dolorida cadera. Apretó los párpados y dio unos pasos más hasta que tomó aire y metió la cabeza bajo el agua y comenzó a contar.
Uno, dos, tres…
¿Respiraba? ¿Estaba muerto? No necesitaba comer, no tenía sueño, su cansancio se iba en nada. No podía morir y solo el dolor le decía que seguía con vida. Buena parte de él quería nadar hacia el fondo del mar hasta que sus brazos y sus piernas hirvieran de cansancio y dejase de existir bajo el mar.
Soltó varias burbujas por su boca.
¿Qué le confirmaba que iba a morir así? Por lo visto iba a seguir muriendo y muriendo una y otra vez infinitamente, y morir ahogado hasta que el mar se secara no iba a ser agradable.
Sacó la cabeza del agua. Debía encontrar respuestas.
Se dio la vuelta dándose cuenta de que un hombre se había sentado cerca de sus pertenencias. De pelo corto y ojos rasgados, había dejado descansar una vieja espada curva oculta en su vaina en sus rodillas. Sus ropajes exóticos parecían ser de buena calidad, aunque no estaba seguro del color por culpa de la noche, parecían ser azules.
—Me preguntaba de quienes eran estas ropas tan bien dobladas, y resulta ser un chico bastante apuesto. Llevas bastante tiempo bajo el agua, ¿quieres morir? —su homólogo de pelo largo no le dijo ni una palabra, solo se acercó a él lentamente—. Parece que has experimentado la muerte al menos una vez, y debes de estar confuso. No vas a morir así, solo conseguirás torturar tu mente y al final convertirte en un hueco.
—¿Un hueco?
—Son no muertos, como tú y como yo, que pierden su mente y solo queda su cuerpo.
Su respiración se aceleró repentinamente, y tomó el hacha de cerca de sus ropas cuando tuvo oportunidad apuntando al hombre de aspecto casi llegando sus cuarenta años. El hombre pareció sorprendido por su acción, aunque su vista no parecía ir más arriba de su cadera. De repente sintió el único filo de la hoja curva cerca de su cuello, mientras la cabeza del hacha volaba hacia un lado. El hombre se había levantado a tal velocidad que no lo había visto hasta que se detuvo.
—Eres muy joven, para apuntarme con un hacha de mierda. Debes tener al menos veinte años menos que yo, me gustaría conocerte más pero no tengo mucho tiempo y en seguida me convertiré en un hueco. No tengo la suficiente fuerza mental como para seguir.
—Pero si eres como yo ¿matarte no hará que revivas de nuevo?
—Novato. Un no muerto puede matar a otro no muerto; las almas que ha ido absorbiendo a lo largo de su vida pasan al cuerpo del asesino… Y así descansaré en paz. Puedes quedarte con mi katana, y con mis pertenencias, mis conocimientos… quédatelo todo.
Sus ojos rasgados y sus pupilas negras se quedaron clavadas en los ojos violeta del joven. A través del reflejo pudo ver su cara de facciones suaves, sus labios finos y su nariz pequeña. La visión no duró mucho pues en seguida perdieron el color y se volvieron blancas. El hombre apartó la katana de su cuello y se llevó las manos a la cabeza tratando de alejarse del chico, para luego emitir un chillido agudo y desgarrador antes de tomar la espada a dos manos y lanzarse a por su primera presa.
Fue como mover un músculo que jamás había movido y del que no tenía constancia hasta entonces, pero por un impulso pudo hacer que el reciente hueco fuese tragado por las llamas que salían de la palma de su mano derecha.
—Gracias —susurró el hombre antes de caer de rodillas.
El cadáver se había quedado con una sonrisa, y todo había pasado tan rápido que no sabía muy bien qué sentir. La ropa se había reducido casi a cenizas y solo quedaba un viejo bolso de mano que había dejado donde se sentó y la katana.
Apretó los dientes sin saber qué hacer. Y de la nada el hombre comenzó a desprender grandes partículas blancas que le recordaron a nubes, que fueron atraídas hacia él y le tocaron produciendo un inmenso calor en su interior. Como en su sueño, estalló en llamas blancas mientras aquel flujo seguía. Esta vez era él quien se cayó de rodillas y clavó los dedos en sus hombros.
Ardía. Ardía muchísimo. Pero esa vez no iba a desmayarse.
El torrente se detuvo y su frente tocó la arena tratando de asimilar lo poco que el hombre le había dicho. El hombre… no podía dejarlo ahí. Cogió aire para levantarse y tomó al hombre en brazos con sumo cuidado comenzando a caminar hacia el interior del mar, hasta que dejó de hacer pie y el agua le llegaba casi al cuello. Le dio un pequeño impulso y dejó que el cuerpo fuese arrastrado hacia dentro por la poca corriente que había.
