Bienvenidos, lectores. Aquí os dejo el segundo capítulo de Shiki Uchiha. Es un capitulo sencillo y básicamente se encarga de acercarnos más al entorno de Shiki y Naruto en un momento en que las cosas están calmadas, porque a pesar de que sea poco interesante es algo fundamental y no nos parece correcto quemar etapas. En lo referente al comentario de Uchimaki Remi en , no, no he ignorado la masacre Uchiha, simplemente explicaré las cosas más adelante. En todo caso, digamos que Shiki no es exactamente una Uchiha. Sobre los oc que me habéis dejado, por ahora el único que he podido incorporar a la historia ha sido Yuuki Senju, pero he tenido que cambiar un par de cosas para que su existencia tenga sentido. En fin, ya os dejo con el siguiente capítulo.

Canciones:

Style - Taylor Swift

Glad You Came - The Wanted

Still I Fly - Spencer Lee

Fix You - Coldplay

Run Away - Fareoh

Sunrise - Our Last Night

II: Konohamaru

La villa oculta de la Hoja, tan tranquila como de costumbre… En estos momentos dos ninjas comienzan a aclimatarse a su nueva vida de genin, pero tal vez para uno de ellos no sea tan nueva. Shiki y Naruto parecen estrechar lazos, y ya es momento de que su historia dé comienzo… ¿O no?

– No sabía que te gustaba pintar – dijo repentinamente Naruto mientras que me dedicaba a pintarle el rostro con lentitud.

Dejé la cera roja en la caja y le miré a los ojos, analizando sus palabras.

– Hmph, hay muchas cosas que no sabes de mi – sentencié volviendo a la actitud correspondiente de mi apellido.

Seguí pintándole el rostro con lentitud, pasando la cera sobre sus característicos bigotes y sacándole una pequeña risa.

– Me haces cosquillas, ttebayo – se quejó sin poder evitar moverse.

Me aparté con rapidez, puesto que sabía que si seguía moviéndose así haría una raya en plena obra de arte, y no sería capaz de soportarlo. Aquella misma mañana el Uzumaki había venido pidiéndome que le pintase el rostro para la foto de su carnet ninja. Un parte de mi estaba convencida de que Sarutobi le obligaría repetirla y que era una pérdida de tiempo, pero otra deseaba pasar un rato sin tener que hacer nada realmente importante, y eso es lo que estaba haciendo en ese momento.

Para mi suerte tampoco estaba Sasuke, puesto que se había ido a entrenar con su grupo de amigos, básicamente compuesto por Tsuki Mia y Suin Akure, las futuras promesas de la villa. Solían ir a entrenar juntos muy a menudo, al fin y al cabo, eran los chicos más poderosos del curso y solían competir entre sí constantemente. Suspiré y me dediqué a repasar los trazos anteriormente hechos, oscureciéndolos un poco. En cuanto hube acabado, me levanté con cuidado de no tirar nada y me quedé observando mi obra de arte.

– Bien, ahora no toques nada – dije al tiempo que dejaba la caja de ceras en su lugar – Hace un par de días limpié el apartamento y como también te he pintado las manos prefiero que no ensucies nada – sentencié con tono tranquilo.

Él solo asintió para luego levantarse, cogí las llaves y salimos del apartamento para dirigirnos a la azotea de la torre del Hokage en donde nos harían las fotos. Cuando llegamos allí vi que el fotógrafo estaba montando la cámara con lentitud, era un hombre mayor que me parecía haber cruzado un par de veces en Ichiraku, pero más allá de eso no lo conocía de nada.

– Vaya, me alegra ver que estáis aquí – dijo una voz a nuestra espalda, me giré con lentitud, encontrándome con la pelinaranja del clan Hitomi.

– Sawaii-chan, buenos días – dijo feliz el rubio.

– Hola, Sawaii – dije sin cambiar mi tono habitual.

La chica solo rió, pero luego miró al Uzumaki extrañada. Caí en la cuenta de que tenía todo el rostro pintado, por lo que solo sonreí.

– Pero, ¿Cómo es que te estás haciendo la foto ahora, ttebayo? – preguntó con cierta curiosidad el rubio hiperactivo.

En cierto modo yo también sentía curiosidad por ese hecho, puesto que los demás la habían hecho ayer, pero nosotros no tuvimos la oportunidad por culpa del incidente con Mizuki.

– Bueno, la verdad es que Iruka-sensei dejó que me graduara – dijo con una sonrisa – Pero como sabéis a mi abuelo no le hace mucha gracia y tuve una pequeña discusión hasta que logré convencerle de que ya soy lo suficientemente mayor como para cuidarme sola – dijo haciendo un puchero la ojiazul.

– Debes de comprender que es por tu kekkei genkai, no lo hace por fastidiarte – sentencié con tranquilidad.

– ¡Ya lo sé! – respondió alzando un poco la voz por lo molesto que le resultaba el tema – Pero si de todas formas no sé utilizarlo, así que a veces me parece un poco pesado – dijo rodando los ojos ligeramente.

A pesar de las palabras de la pelinaranja, tanto Naruto como yo sabíamos perfectamente que en realidad adoraba a Sarutobi. Salvo que a veces él era demasiado sobreprotector con ella y terminaban discutiendo, lo cual debía de reconocer, me hacía bastante gracia.

– No está bien que hables así del Hokage, Sawaii-chan – habló una mujer de cabello rubio y ojos vino, más conocida como Kokoa Kada.

Kokoa Kada era una kunoichi de nivel chunnin con grandes habilidades sensoriales, había pertenecido al mismo equipo genin de Iruka y Mizuki y tenía grandes dotes como ninja médico, pero había decidido dedicarse a ayudar al Hokage, convirtiéndose en su secretaria y mano derecha.

– Lo siento, Kokoa-san, pero a veces me molesta un poco – confesó la pelinaranja con un leve sonrojo.

Estaba muy avergonzada de que la hubieran escuchado decir eso de su abuelo, después de todo se trataba del líder de la villa, un hombre respetado por todos.

– Bueno, ya está – anunció el fotógrafo al tiempo que nos miraba a los tres.

Sus ojos viajaban desde Sawaii hasta Naruto, pasando por mí en medio.

Después de varios minutos observando concretamente al rubio, se apoyó sobre la cámara con delicadeza.

– A ver… ¿Estás seguro de que quieres sacarte una foto con esa cara? – preguntó algo extrañado el hombre.

– Sí, sí, ¡Usted sáqueme la foto! – aseguró el chico con una gran sonrisa.

El hombre no pudo evitar soltar un corto suspiro, pero obedeció mientras que el Uzumaki se sentaba en el suelo para estar a la altura del objetivo, hizo una mueca extraña y el hombre sacó la foto.

Kokoa parecía un poco molesta por la actitud del rubio, pero no dijo nada y solo atinó a esbozar una sonrisa casi imperceptible. Después la Hitomi tomó asiento en el suelo y sonrió, esperando a que el fotógrafo tomara la foto. Cuando llegó mi turno tomé asiento en el suelo y esbocé una pequeña sonrisa, lo suficientemente notable como para dar una buena impresión. La verdad era que ya tenía una foto y un carnet ninja en el que figuraban todas las misiones que había realizado, pero Sandaime había insistido en el hecho de que tenía que renovar la foto de perfil.

– Hmm… ¿No quieres cubrir eso? – preguntó el hombre, señalando mi brazo con una expresión calmada mientras que se apoyaba en la cámara.

Con cierto disimulo bajé la mirada hasta posar mis ojos azules en un tajo horizontal que tenía en el antebrazo izquierdo, resultado de la pelea con Mizuki el día anterior. Fruncí el ceño y pasé mi pulgar por la herida, notando que aún no se había curado del todo, lo cual era bastante extraño considerando el chakra curativo que ella poseía. La herida era superficial y no dolía en lo más mínimo, además del hecho de que era muy improbable que se infectara, por lo que negué con la cabeza.

– Hmph, no hace falta – respondí con la actitud correspondiente a mi apellido.

Cuando el fotógrafo terminó de tomar las fotos, se las tendió a la rubia, la cual las guardó en la carpeta y bajó de la torre del Hokage con rapidez.

– Yo me tengo que ir, Sei-chan me ha invitado a su casa – dijo feliz la pelinaranja.

Seimei Izanami, un compañero de clase e íntimo amigo de Sawaii. Solía verlo a menudo también, su abuela era un miembro del consejo de Konoha y muchas veces nos había invitado a su casa a Sasuke y a mí, aunque su amabilidad a veces resultaba algo sospechosa.

– Oye, Shiki… – empezó a decir el Uzumaki al tiempo que se giraba hacia mí señalando las marcas de su rostro – ¿Me ayudas a quitarme esto? – preguntó con una pequeña sonrisa.

– Hmph, está bien – cedí, no tenía nada mejor que hacer, o al menos hasta la tarde.

Volvimos al apartamento y cogí algunas toallas para luego volver a salir, lo que confundió al rubio.

– ¿No vamos a tu casa? – preguntó entre confundido y decepcionado.

– Como ya te he dicho, el otro día limpié todo, además no te dejaré terminarte la despensa como haces cada vez que vienes – añadí con tono de reproche.

Asintió y fuimos hacia el interior del bosque, al pequeño rio que atravesaba la villa de Konoha y donde podía quitarle la pintura sin problemas y, aún más importante, sin ensuciar mi bañera.

Al ser la hora de comer no había nadie, algo que agradecí silenciosamente mientras que dejaba las toallas sobre una roca cercana al pequeño flujo de agua. Me incorporé y puse las manos en las caderas, observando el lugar en silencio y disfrutando de la paz y tranquilidad que parecía emitir el lugar. La verdad era que se trataba de un sitio bastante difícil de encontrar, oculto entre varios arbustos y árboles frondosos y alejado de la zona donde se solían hacer picnics, sin embargo, eso no quitaba el hecho de que fuera un lugar precioso. La luz del sol se colaba entre las hojas de los árboles, cayendo directamente sobre el río y creando una especie de arcoíris de colores a causa de las gotas de la pequeña caída de agua que había a un lado.

Una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro, contenta con el sitio que había encontrado y la paz que traía consigo. Di media vuelta y posé mi mirada en el rubio, el cual estaba sentado de piernas cruzadas en el suelo.

– Lo mejor será que te quites la camisa – empecé a decir con tono neutro, metiendo una mano en el agua para probar la temperatura – Lo último que quiero es oír tus quejas de ropa mojada – dije con mi habitual tono frío, sintiendo como el agua se deslizaba entre mis dedos.

Sin más que decir, saqué la mano del agua y me la sequé en una de las toallas. Para ser principios de enero, la verdad era que el agua estaba bastante tibia, la temperatura perfecta para quitar las marcas de pintura del rostro de Naruto.

Me hice una coleta con rapidez para después quitarme la chaqueta negra con el logo del clan Uchiha detrás, quedando tan solo en una camiseta negra de manga tres cuartos adecuada para el temporal. Ni mucho frio ni mucho calor. Una vez despejada y preparada, me di la vuelta para encontrarme con la mirada del rubio sobre mí, lo cual logró que un ligero sonrojo cubriera mis mejillas. Sin siquiera pensármelo dos veces le di un fuerte golpe en la cabeza, haciendo que callera sentado al suelo.

– ¡Hey, eso duele, ttebayo! ¿Por qué has hecho eso Baka-Shiki? – preguntó, frotándose la cabeza con más fuerza de la necesaria para exagerar el golpe.

Solté un bufido y negué con la cabeza, acomodando una vez más las toallas.

– No me llames Baka-Shiki, Dobe – gruñí en voz baja, utilizando el mote con el cual mi hermano se dirigía al rubio hiperactivo de Konoha.

Naruto negó con la cabeza y siguió llorando de manera falsa, exagerando la situación en un intento por darme pena. ¡Ja, como si eso fuese a pasar! El rubio aprovechó para quitarse la chaqueta naranja y quedar en una camiseta de manga corta de color negro. Puse los ojos en blanco al tiempo que una pequeña sonrisa se formaba en mi rostro. Maldito Dobe.

Si era sincera conmigo misma, la verdad era que adoraba a Naruto. Era un chico sencillo pero complicado, amable a pesar de lo mal que lo trataban los aldeanos, un poco despistado pero muy enérgico, y especialmente leal. El rubio hiperactivo de Konoha. Estar de aquella manera con él, en cierto modo, me hacía preguntarme hasta qué punto podía fingir ser una alumna más de la Academia, ignorando mi pasado y tan solo intentando vivir mi vida.

Hum… Interesante.

Murmuró aquella voz en mi mente, seguramente con una sonrisa en el rostro y disfrutando de tener libre acceso a mis pensamientos.

Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza, decidiendo ignorar los comentarios poco oportunos de Nara para poder volver a centrarme en la situación. Naruto se levantó del suelo y sonrió, rascándose la nuca para luego estirar los brazos. Al hacer esto último su camiseta negra se levantó, dejando al descubierto gran parte de su barriga y abdomen y mostrando las marcas negras que creaban su sello. Sin poder evitarlo, posé mis ojos azules en el sello. Lo había visto en numerosas ocasiones en pergaminos y viejos rollos de la villa, pero nunca había tenido la oportunidad de verlo frente a mí.

Vaya… no es tan diferente a los míos. Pensé de manera ausente, pasando mi mano por las dos marcas que tenía en el lado izquierdo del cuello, las cuales formaban parte del sello que contenía a Nara y al otro. Me mordí al labio y sacudí ligeramente la cabeza, apartando la mano de mi cuello y alisando mi camiseta negra, no necesitaba ir preocupándome innecesariamente por aquellos sellos inútiles, ya tenía suficiente con todo lo que estaba ocurriendo en mi villa.

– ¿Pasa algo? –preguntó el ojiazul, bajando su camiseta con más rapidez de la habitual.

Ahogué un suspiro y negué con la cabeza, acomodando el cuello de mi camiseta para ocultar las dos marcas negras que creaban el dibujo de mis sellos.

– Hmph, nada – respondí con el tono correspondiente a mi apellido.

El rubio hiperactivo de Konoha asintió, sentándose en el suelo una vez más para poder remangarse los pantalones ninjas naranjas y así poder entrar al agua sin problema. Le lancé una corta mirada de manera discreta, vigilando sus movimientos en busca de cualquier signo de molestia. Sabía muy bien que Naruto aún no lograba acostumbrarse al hecho de tener a una bestia en su interior, y, a pesar de que llevaba al Zorro de Nueve colas desde su nacimiento, ahora que era consciente de ello las cosas eran muy distintas. El ojiazul se levantó y decidió adentrarse en el río, hundiendo sus pies en el agua y dejando que los pocos peces que se encontraban allí acariciaran sus piernas.

Por suerte, el agua de la zona en la que nos encontrábamos apenas llegaba hasta los tobillos, por lo que estaría bien mientras que no me acercase a la parte honda en la cual caía la pequeña cascada.

– ¿Vienes o qué? – se quejó el rubio, sacándome de mis pensamientos.

Asentí con energía, desatando las sandalias ninjas hasta dejar mis pies al descubierto y hundirlos en el agua, sintiendo como las rocas del fondo del río se clavaban ligeramente en la planta de mis pies.

Naruto soltó una pequeña risa, sumergiendo las manos para luego mojarse los brazos y empezar a borrar los trazos de cera roja. Sonreí y negué con la cabeza, metiendo mis manos en el agua y sintiendo como la corriente me acariciaba la piel. Con mucho cuidado de no resbalar con las piedras del fondo, cogí una de las toallas que había preparado y mojé una de las esquinas para luego caminar hacia el Uzumaki.

– ¿Me dejas? – pregunté con tono calmado, la toalla goteando entre mis manos.

El rubio me observó durante unos largos segundos antes de asentir, apartando su banda ninja para dejar al descubierto su frente, también cubierta de trazos de cera.

Con mucho cuidado, preocupada de herir a Naruto, pasé la toalla por su rostro. El genin soltó un pequeño quejido, pero enseguida se mordió la lengua y me dejó continuar. Después de cinco minutos frotando su cara con toda la delicadeza posible y escuchando sus quejas, mi paciencia terminó por esfumarse.

– ¡No puede ser! – grité con frustración, lanzando la toalla a un lado del río, sin preocuparme siquiera porque la corriente se la llevara.

El rubio cogió otro de los paños y frotó con más fuerza, enredando sus característicos bigotes e irritando la piel. Solté un bufido y me crucé de brazos, viendo como el ninja intentaba deshacerse de la pintura en vano.

– ¡No se va, ttebayo! – gritó, alarmado.

Solté una risa y le arrebaté el pañuelo de las manos, sumergiéndolo en el agua para limpiar la pintura que se había desteñido. Tendría que haber apretado menos al hacer el dibujo, pero ya era demasiado tarde como para arrepentirse, además de que, tratándose de Naruto, no importaba realmente.

– ¡Tiene que irse! No va a estar ahí para siempre, solo hay que frotar con más fuerza – respondí con tono autoritario, estampando la toalla en su cara.

El Uzumaki apretó los puños y lanzó el pañuelo al aire, dejando que cayera a varios metros, sobre la hierba de la ribera del río. Incapaz de contenerme, le pegué una fuerte colleja.

– ¡No tires las toallas! – reproché, viendo como el rubio se frotaba la parte de atrás de la cabeza.

– ¡Pero si tú la has tirado antes! – protestó, golpeando el agua con el puño y haciendo que varias gotas nos salpicaran a los dos.

– ¡Porque son mías! ¡Y deja de salpicarme! – grité, sin embargo, podía notar como una sonrisa empezaba a formarse en mi rostro.

El ojiazul me devolvió el gesto, pero eso no le impidió volver a salpicarme, lanzando una mayor cantidad de agua en mi dirección y mojando mi camiseta negra por completo, haciendo que se me pegara a la piel y comenzara a transparentarse ligeramente.

– ¡Naruto! – me quejé, imitando su gesto y empezando a lanzar agua en todas las direcciones posibles.

El rubio puso los brazos en cruz en un intento por detener el agua, pero no funcionó, por lo que canté victoria al ver como su camiseta había quedado completamente empapada, exactamente igual que la mía. Sin poder evitarlo, al ver su ceño fruncido y labios apretados en una fina línea, solté una potente carcajada.

– ¡Tendrías que ver tu cara! – bromeé, señalando al rubio y notando como se me empezaban a escapar las lágrimas de la risa.

El rubio arrugó la nariz con enfado, un gesto que casi nunca hacía, por lo que retrocedí de un par de pasos, removiendo el agua a mis pies y molestando a los peces a mi alrededor. No tenía intención de enfrentarme a un Naruto furioso, conocía lo suficiente al rubio como para saber que cuando se enfadaba era un enemigo a temer. Naruto levantó el rostro con lentitud, varios mechones rubios cubrían su cara, ocultando sus ojos azules, pero dejando a la vista una sonrisa malvada que conocía demasiado bien.

– N… Naruto… – empecé a decir, dando varios pasos hacia atrás, preocupada por los planes maléficos que el rubio hiperactivo de Konoha podría estar maquinando.

La sonrisa del ojiazul tan solo aumentó, por lo que tragué saliva y levanté un brazo en un intento por protegerme de su mirada malvada. Si había algo que había aprendido sobre mi tiempo con el Uzumaki, era que sus venganzas eran temibles. Además, la sonrisa de su rostro gritaba "problemas" a los cuatro vientos.

– Shiki-chan… ¿Sabes que toca ahora? – preguntó con un tono macabro que solo había oído un par de veces.

Sin siquiera darme cuenta, seguí retrocediendo, prácticamente olvidando que detrás de mí se encontraba la zona profunda donde caía el agua de la cascada. Tenía otros problemas de los que ocuparme, como por ejemplo el rubio hiperactivo de Konoha.

– Ahora toca quitarte las marcas de cera, sino luego no se irán, ¿Verdad…? – pregunté con una risa nerviosa en un intento por distraer al genin lo suficiente como para que me dejara escapar.

El ojiazul negó con la cabeza una vez más, dando otro paso hacia adelante.

– ¡ES LA HORA DE LAS COSQUILLAS, TTEBAYO! – gritó el rubio, abalanzándose sobre mí con una gran sonrisa en el rostro.

– ¿Tienes frío? – preguntó Naruto después de varios minutos en silencio.

Levanté la mirada, clavando mis ojos azules en los suyos, celestes. Negué con la cabeza y dejé el paño mojado a un lado, sobre la roca en la cual el Uzumaki estaba sentado. Había conseguido quitar la mayoría de las marcas de cera roja, pero aún quedaban un par en su frente y sus manos.

– Nah, estoy bien – comenté con tono despreocupado y falsa determinación, alzándome de hombros.

El ojiazul sacudió la cabeza, revolviendo sus mechones rubios con una sonrisa pintada en el rostro. Le di una leve colleja para después separarme del genin, buscando el resto de marcas de cera para poder borrarlas. Un escalofrío recorrió mi espalda, recordándome que estábamos a principio de enero y que aun hacía demasiado frío como para estar tonteando alrededor del agua. Naruto bajó la mirada, fijando sus ojos celestes en el curso de agua, observando como los peces nadaban alrededor de sus pies en silencio.

– ¿Sabes, Shiki…? – empezó a decir, apenas en un susurro – He tenido esta cosa en mi interior toda mi vida, pero ahora que lo sé es como si notara cada vez más las miradas de los aldeanos, los insultos o simplemente el miedo… – habló el rubio, la mano izquierda sobre su sello – Y sé que no debería de cambiar nada, porque el zorro de nueve colas ha estado ahí desde el principio, pero…– se detuvo, incapaz de seguir.

Dejé escapar un pequeño suspiro, apartando un par de mechas azabaches de mi frente para poder lanzarle una mirada al Uzumaki.

– Naruto, no eres el Kyubi – dije con convicción, mirando al rubio directamente a los ojos. – Mizuki no debería de habértelo dicho así – murmuré por lo bajo, retorciendo el pañuelo entre mis manos.

El rubio alzó una ceja.

– ¿Lo sabías? – preguntó con tono incrédulo, sin siquiera molestarse en ocultar su expresión, traicionado.

Me mordí la lengua, apartando la mirada brevemente.

– Lo sabía porque lo entiendo – suspiré – Naruto, tu y yo… nunca seremos como los demás – expliqué con sinceridad, bajando el cuello de mi camiseta para dejar al descubierto los dos sellos de tinta negra.

El rubio hiperactivo de Konoha tragó saliva, observando las dos marcas con mirada curiosa, pero con una expresión seria. Con un movimiento digno de una kunoichi, me aparté del ojiazul y volví a cubrir mis sellos con el cuello de la camiseta, preocupada por la posible reacción del genin. En ese momento no había estado preparada para contarle al Uzumaki quien era en realidad, pero al menos había sido capaz de mostrarle los dos sellos. Seguramente sería suficiente para que Naruto comprendiera que éramos iguales. Que los dos cargábamos con el mismo peso sobre nuestros hombros.

Naruto… siento no poder decirte toda la verdad, pero prometo que algún día te lo diré todo sobre quien soy y de dónde vengo. Pensé, bajando la mirada hasta posar mis orbes azulados en el fondo del río, cubierto por varias piedras y rocas.

– Shiki…– empezó a decir el rubio, negué con la cabeza y sonreí.

No necesitaba escuchar nada de lo que el Uzumaki tuviera que decir, ya tenía suficiente con mis propios pensamientos. No necesitaba las palabras juzgantes del rubio.

– Hmph, está bien, estoy bien – me apresuré a decir, volviendo a utilizar el tono correspondiente a mi apellido. – Estamos bien – añadí después de un par de segundos, una pequeña sonrisa pintándose en mis labios.

NORMAL POV

Kokoa cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre el hombro de Iruka al tiempo que reprimía un pesado suspiro. La rubia volvió a abrir los ojos, bajando la mirada hasta posar sus orbes rojizos en la banda ninja azulada que antes pertenecía a Mizuki Akure.

– ¿Estás bien? – preguntó del de ojos castaños con tono tranquilo, removiendo los fideos de su ración de ramen con expresión calmada mientras que intentaba no deshacer los vendajes de que cubrían su torso.

La pelea con Mizuki del día anterior le había dejado en un estado lamentable, o al menos para un ninja de nivel chunnin. Iruka nunca había sido un Shinobi especialmente talentoso, además de que al ser sensei de la Academia sus habilidades no necesitaban ir más allá de lo ordinario, pero el castaño estaba convencido de que podría haber luchado con más fuerza para proteger a Naruto y Shiki. Naruto y Shiki. Pensó el sensei, recordando a la curiosa pareja de futuros ninjas, incluso si la azabache ya ocupaba aquel puesto.

Kokoa asintió, respondiendo a la pregunta de su compañero mientras que metía la banda ninja en uno de los bolsillos de su pantalón. La Kada no solía utilizar vestimenta civil muy a menudo, pero dentro del apartamento de Iruka sabía que no había necesidad que formalidades y por esta misma razón se había resignado a llevar un pantalón de algodón de color negro, un jersey beige y unas bailarinas del mismo color. La rubia posó la mirada en el cuerpo cubierto de vendajes de su compañero en un intento por analizar el estado físico de Iruka, sin embargo, la única conclusión a la que pudo llegar fue que no tenía hambre, después de todo llevaba jugando diez minutos con su bol de ramen.

Kokoa suspiró.

– ¿Cuánto tiempo dijo Heiwa-sama que tardarías en recuperarte? – preguntó, haciendo referencia al líder del clan Heiwa y al mejor médico de Konoha, el cual había aceptado a curar las heridas del chunnin para saldar una de sus deudas con el ninja.

Iruka se llevó una porción de ramen de miso a la boca, reviviendo los eventos del día anterior en silencio. Mizuki Akure, su ex-compañero de equipo, había engañado a toda la villa para poder huir con uno de los rollos prohibidos además de haber inculpado a Naruto y de haberle contado la verdad. El peliazul había traicionado la confianza del Hokage, de sus compañeros de equipo, de los habitantes de toda la villa. Y, aun así, ninguno de ellos había sido capaz de verlo venir.

¿Cómo pudimos pasarlo por alto? Se preguntó el Umino, voz áspera incluso en sus pensamientos. Mizuki era su compañero de equipo, se conocían desde hacía años y aun así no había sido capaz de verlo venir. Iruka había comido con él dos días antes. ¿Cómo podían haberlo pasado por alto? Kokoa chasqueó los dedos frente al rostro del castaño al ver que este estaba completamente perdido en sus pensamientos. El chunnin se frotó la frente y frunció el ceño, intentando deshacerse de sus oscuros pensamientos en vano. Iruka había sido demasiado inocente, demasiado despistado, demasiado ingenuo. Aun recordaba como la noche anterior el Akure le había dicho que quería hablar con Naruto, en ese entonces el ninja ya sabía que algo no cuadraba, pero había decidido ignorarlo y seguir con su vida, demasiado ocupado como para hacer algo al respecto.

– Iruka – empezó a decir Kokoa con tono firme, llamando la atención del castaño.

El Umino fijó sus ojos avellana en ella.

Esto no es tu culpa – aseguró, convicción resbalando entre sus palabras – Esto no es culpa de nadie, Mizuki decidió traicionar la villa y nosotros tan solo fuimos herramientas en su plan, esto no es culpa de nadie – repitió, una leve sonrisa apareciendo en la esquina de sus labios.

Iruka le devolvió el gesto, dejando los palillos a un lado de su bol de ramen. Las palabras de su compañera lo habían animado más de lo que esperaba. Sin embargo, no podía evitar preguntarse si esas palabras iban dirigidas hacia él o si Kokoa estaba intentado convencerse a sí misma de que no podrían haber hecho nada.

– Supongo que tienes razón – murmuró el ninja, levantándose del sofá con gestos lentos, aun entumecido por la pelea – deberíamos estar celebrando de que al final todo ha ido bien – Iruka hizo una breve pausa, el ceño fruncido – ¿Por qué no brindamos? Por Naruto y Shiki y su pelea contra Mizuki –

Kokoa arqueó una ceja, pero no le parecía una idea tan descabellada, al fin y al cabo, aquellos dos niños habían sido los verdaderos héroes de la villa, habían luchado contra Mizuki cuando el chunnin había sido incapaz y eso era un verdadero acto de valentía. Se merecían mucho más que las miradas frías de los aldeanos, y la ojiroja esperaba poder cambiar eso algún día.

El Umino se dirigió hacia su pequeña cocina, sacando dos copas de vino y dejándolas sobre la encimera mientras que sacaba una botella de vino tinto de su vieja nevera. La Kada entornó los ojos, observando la botella con aire curioso. Conocía a Iruka desde hacía mucho tiempo, y la verdad era que casi nunca lo había visto beber, por lo que la rubia estaba convencida de que sería una aventura interesante.

– Sobre tu pregunta de antes – empezó a decir el castaño, entrando en el salón con las dos copas llenas de vino – Hoy tenemos que decidir los equipos genin, normalmente tendría un mayor tiempo de recuperación, pero ahora que Mizuki no está, tan solo somos Rukia-chan y yo –

Kokoa asintió lentamente, comprendiendo la situación con facilidad. La Academia ninja contaba originalmente con muy pocos docentes, y el hecho de que Mizuki hubiese sido capturado hacía que tan solo quedaran un par de tutores, por lo que los días de descanso de Iruka no podían durar demasiado, y aún menos con una formación de equipos genin de la que ocuparse.

– ¿Por Naruto y Shiki? – preguntó el chunnin, levantando una de las copas.

La rubia asintió, levantando la suya propia y brindando delicadamente con su antiguo compañero de equipo.

Por Naruto y Shiki

SHIKI POV

– Casi he terminado – anuncié con entusiasmo, frotando las manos del Uzumaki con más fuerza de la necesaria, cansada de sus constantes quejas.

Sentí un flujo de chakra, por lo que me aparté del rubio y deslicé la mano hacia mi bolsa ninja con discreción, esperando poder coger un kunai en caso de ataque. Sin embargo, todas mis preocupaciones se esfumaron al ver como una conocida cabellera anaranjada aparecía de entre los arbustos.

– ¡Aquí estáis! – gritó Sawaii con entusiasmo, alzando los brazos en señal de victoria con una gran sonrisa pintada en el rostro.

Puse los ojos en blanco y dejé el kunai en la bolsa ninja, volviendo a centrarme en terminar de borrar las manchas rojas de las manos del ojiazul.

– Sabía que os encontraría aquí, eres demasiado predecible, Shiki – comentó la Hitomi mientras se sentaba en la rivera de piernas cruzadas.

El rubio soltó un bufido, lanzándole una mirada recriminatoria a la pelinaranja.

– De todas maneras, ¿Qué haces aquí, ttebayo? – comentó el genin, sus ojos celestes aun fijados en la kunoichi.

Sawaii se rascó la nuca, revolviendo varios mechones anaranjados con despreocupación.

– Oh, ¿Eso? – preguntó con una leve sonrisa en el rostro – el abuelo quiere vernos, creo que tiene algo que ver con las fotos, pero no estoy segura – explicó con tono confundido.

Asentí lentamente, analizando la situación minuciosamente. Si el Hokage nos había convocado teníamos la obligación de aparecer lo más rápido posible, por lo que le lancé una corta mirada a la Hitomi.

– Sawaii, ¿Podrías ayudarnos con esto? – pregunté con tono esperanzador, señalando las marcas de cera que permanecían en el rostro del Uzumaki.

En cuanto terminamos de limpiar la cera de las manos y la frente del Uzumaki, Sawaii nos ayudó a recoger todas las tollas para luego ir hacia la torre del Hokage. Por el camino, decidí detenerme un momento en el apartamento para dejar los pañuelos y las toallas y así poder cambiarme. Después de haber cambiado mi empapada camiseta negra por una camisa blanca más ligera con el símbolo del clan Uchiha en una esquina, nos dirigimos hacia la torre del Hokage, lugar donde Sandaime nos había convocado.

Una vez frente a la gran puerta de madera del despacho de Sarutobi, Sawaii se preparó para tocar la puerta, pero por desgracia el Uzumaki se adelantó y decidió abrirla con una potente patada, irrumpiendo en la habitación de manera escandalosa. Oculté el rostro entre las manos, resignada ante la actitud infantil y espontanea del rubio hiperactivo de Konoha. La pelinaranja me lanzó una corta mirada en forma de disculpa, me alcé de hombros y entramos en el despacho.

– Naruto, ¿Es que acaso no puedes ser más tranquilo? – preguntó Kokoa desde su lugar habitual con diversos documentos entre los brazos, una gota de sudor resbalando por su sien.

Negué con la cabeza.

– Hmph, lo dudo, es un tonto – dije con aire prepotente, digno del apellido Uchiha.

– ¡Shiki! – se quejó el ojiazul.

Sonreí y volví a cruzar los brazos, dejándome caer en una de las tres sillas que se encontraban en medio de la habitación, frente al escritorio del líder de la villa. La Kada reprimió una risa y sacudió la cabeza, bajando la mirada hasta posar sus ojos rojos en la pila de papeles que ocupaba gran parte de la mesa del Hokage.

En cuanto la Hitomi y el Uzumaki tomaron asiento (la ropa del segundo dejando pequeños charcos de agua durante el proceso), Sandaime tomó un rostro más serio. Kokoa empezó a explicarnos la situación.

– Bien, al parecer hay ciertos problemas con vuestras fotografías – dijo la mujer mientras sostenía una carpeta entre sus manos y la ojeaba – Me temo que las de Sawaii y Shiki se han extraviado, pero la de Naruto… – suspiró y le pasó la fotografía al Hokage, el cual se quedó observándolo por varios segundos sin decir nada.

Estaba segura de que acababa de ver la foto del rubio, enseguida su rostro se tornó en una profunda mueca de desagrado, lo que hizo reír en voz baja a la pelinaranja.

– ¿Qué es esta foto? – preguntó simplemente y de manera lenta mientras dejaba ver la foto del rubio.

– ¿Eso? – Preguntó al tiempo que entrecerraba los ojos para ver la imagen – La verdad es que me costó decidirme por la pose final, pero las pintadas se le ocurrieron a Shiki-chan, ¡Estuvimos tres horas pintando, ttebayo! – aseguró de manera despreocupada.

– ¿Estuvimos? – Dije con molestia – Yo he sido la única que ha pintado – dije apartando la vista y fingiendo molestia.

– Naruto… – dijo Sandaime girándose hacia el chico – Vuelve a hacerla – dijo con tono cortante y aplastando la ilusión del ojiazul.

El rubio trató de poner pegas, pero fue interrumpido por Kokoa.

– ¿Dónde está la banda ninja que te dio Iruka? – preguntó extrañada.

Sonreí de medio lado, ella siempre había logrado estar al tanto de todo lo que ocurría, ni siquiera Sandaime conocía su secreto.

En otra ocasión aquello habría resultado un inconveniente, pero llevaba demasiado tiempo en Konoha como para siquiera pensar en Sarutobi y el resto de ninjas como mis enemigos. Sin embargo, aún era incapaz de bajar la guardia por completo estando rodeada de Shinobis.

– No me la quiero poner hasta la reunión de mañana… no vaya a ser que se ensucie – dijo bajando ligeramente la mirada, lo que indicaba que realmente era algo importante para él.

Dejé escapar una ligera sonrisa, sincera. Kokoa hizo lo mismo, adoraba a ese niño y no podía evitar verlo como su propio hijo o hermano.

– La verdad, Naruto – habló de nuevo la Kada con tono mucho más cálido – Tu carnet de ninja es un documento muy importante y secreto de la villa, – dijo con tranquilidad – y si además es importante para ti, deberías de tomártelo en serio –

El Uzumaki la miró algo embobado, siempre le sorprendía que alguien le tratase tan bien y quedaba bastante abrumado y confundido.

– Ya lo sé, pero es que…– no podía oponerse.

El crujir de la madera del suelo me alertó, por lo que levanté la mirada hasta posar mis ojos azules en la puerta, al notar un flujo de chakra ligeramente familiar decidí dejarlo pasar, apoyando la espalda contra el respaldo de la silla y volviendo a centrar toda mi atención en Sandaime.

La puerta se abrió de golpe y un niño pequeño entró en la habitación con dos Shurikens, tratando de parecer amenazante.

– ¡Combate conmigo, vejestorio! –

El Hokage solo atinó a ajustarse el sombrero y a rodar los ojos. El chico corrió por la habitación con intención de atacar al Hokage, pero tropezó y calló de bruces al suelo. Ahora viene mi nieto, como si no tuviese bastantes problemas con Kurayami. Ay… yo ya estoy viejo para esto. Pensó Sandaime para luego soltar un pequeño suspiro. En la puerta apareció con rapidez el sensei del chico, Ebisu.

Sawaii observó al chico con cierta ternura para luego girarse hacia mí, simplemente alcé los hombros.

– ¿¡Quién me ha tendido una trampa!? – se quejó el Sarutobi, sabiendo perfectamente que se había caído solo.

– ¿Te encuentras bien, honorable nieto? – Preguntó su sensei colocándose las oscuras lentes que llevaba – Además… no hay ninguna trampa, el suelo está la mar de liso… – esto lo dijo con una gota de sudor en la sien.

El rubio miró confundido a Konohamaru y luego levantó la vista hacia Ebisu, el cual lo miraba con cierto recelo, con aquellos ojos fríos.

– ¿Ocurre algo, Ebisu? – pregunté con tono acido, incapaz de mantenerme al margen de la situación e ignorar la acción del jounin.

Odiaba cuando le lanzaban aquellas miradas frías, no se las merecía. El sensei me devolvió la misma mirada para luego mirar hacia otro lado, molesto por haber interrumpido su momento de odio hacia el Kyubi.

– ¡Tú me has puesto la trampa! – acusó el Sarutobi, señalando al Uzumaki.

El rubio lo agarró de la camisa al tiempo que lo amenazaba con el puño, no lo dejaría acusarle sin razones.

– ¡Yo no te he tocado, te has tropezado solo! – se defendió el rubio hiperactivo.

Suspiré y rodé los ojos, realmente tenía una actitud impulsiva e infantil.

– ¡Naruto, haz el favor de soltarle! – gritó alarmado Ebisu. – ¡Él es el nieto de Sandaime Hokage! – le reprendió con fuerza.

El rubio dejó de zarandearlo y alternó la mirada entre Konohamaru y Sawaii, la cual no decía nada y se dedicaba a sonreír.

– Oh Ebisu, no negarás que a Konohamaru le vendría bien espabilar – rió Kokoa con tono desafiante.

– No creo haberle pedido opinión, Kada-san – respondió el ninja con tono acido.

La llamaba por su apellido, lo cual indicaba puro odio entre ellos o un profundo respeto, optaba por la primera opción considerando que siempre que se encontraban terminaban insultándose o tan solo en medio de una pelea de orgullo.

Un duelo de miradas se produjo entre ambos, me limité a observar la escena, divertida. Mientras tanto el Uzumaki se había quedado parado, aun agarrando al chico por el cuello de la camisa.

– Venga, pégame ahora – dijo Konohamaru con aire de superioridad.

Lo sabía, él es como todos los demás, en cuanto se enteran de quien soy ya no se atreven a hacerme nada... pensó el menor. Sin embargo, Naruto le dio una fuerte colleja.

– ¡Por mi como si es tu tercera abuela! ¡Atontado! – espetó con furia el rubio.

Ebisu salió del duelo de miradas junto con Kokoa y ambos quedaron observando la escena bastante sorprendidos, aunque la rubia con una sonrisa, satisfecha.

Sandaime solo atinó a suspirar. Kokoa observó la escena y luego se giró hacia Sarutobi, el cual asintió.

– Bien, creo que ya os podéis ir – anunció la mujer, la cual se dirigía a Sawaii, el Uzumaki y a mí. – Pero recordad que debéis volver esta tarde a las seis para volver a haceros la foto, es muy importante – nos recordó con tranquilidad.

La Hitomi asintió mientras que el rubio se limitaba a chasquear la lengua con molestia para luego salir del cuarto con rapidez, seguido por Konohamaru.

Al ver esto, la pelinaranja solo pudo dejar escapar una leve risa.

– Esos dos… creo que este par va a ser interesante – rió Sawaii de manera despreocupada mientras se acercaba a donde estaba Sandaime y le daba un beso en la mejilla.

Escuchar esto no tranquilizó en lo más mínimo a Ebisu, el cual salió en busca de su alumno, puesto que no le gustaba que estuviese en compañía del Uzumaki. Sawaii abandonó la habitación, dejando que un extraño silencio inundara la estancia.

– Shiki-sama… tenemos que hablar

Me volví a sentar y dejé escapar un corto suspiro, me había saltado la hora de la comida y anoche había llegado tarde a casa por culpa del incidente con Mizuki, estaba demasiado cansada como para lidiar con cualquier cosa. Kokoa cerró la puerta de la habitación y se quedó junto al Hokage con semblante tranquilo, pero aun así fui incapaz de relajarme. Había algo en la manera en la cual la rubia se movía, que, de una manera u otra, me mantenía demasiado alerta.

– ¿Me enviará a una misión? – pregunté sin ser capaz de esconder la molestia en mis palabras, labios fruncidos.

Tenía claro que con las pocas horas de sueño que había conseguido en las últimas dos semanas sería incapaz de completar cualquier misión, estaba demasiado cansada y llevaba días cumpliendo mandados de Sandaime, revisando papeles y tratando de averiguar el próximo objetivo de Kurayami.

– No, puedes estar tranquila, por ahora dejarás las misiones – volvió a utilizar el tono familiar, lo que logró tranquilizarme en cierto modo. – Tan solo necesitaba comentar un par de cosas… – explicó.

Asentí con expresión cansada, jugueteando con el dobladillo de la camiseta mientras escuchaba las palabras del Sarutobi. A pesar de estar ligeramente más calmada al saber que no tendría que tomar parte en ninguna misión, sabía que el Hokage había preparado otra cosa en su lugar.

– Esta vez teníamos pensado hacer algo distinto – empezó a decir la rubia, colocando varios archivos sobre el escritorio del Hokage de manera que fueran visibles para todos. – Tenemos que ocuparnos de los equipos genin, y considerando que Mizuki ya no… ya no se encuentra en condiciones de ocupar el puesto de sensei, había pensado que tal vez podría ayudarnos, Shiki-sama – explicó con poco entusiasmo, voz flaqueando ligeramente al pronunciar el nombre de su ex compañero de equipo.

Volví a asentir, presté atención a las palabras de la kunoichi y volví a apoyar la espalda en el respaldo de la silla.

– ¿Qué es lo que hay que hacer exactamente? Y Kokoa, no hace falta tanta formalidad – recalqué, volviendo a utilizar aquel tono autoritario correspondiente a mi cargo como Miyukage.

La Kada me regaló una leve sonrisa, sin embargo, se mantuvo en silencio mientras que sus ojos rojizos inspeccionaban la habitación.

Sandaime se ajustó el sombrero.

– Oh, no hay de qué preocuparse, tan solo se trata de clasificar los alumnos en tres grupos y luego empezar a crear equipos, pero debo de advertir que la elección de los sensei será decidida más tarde junto con los jounin más experimentados –

Me mordí el labio inferior, pero me resigné a tan solo volver a asentir, aceptando las palabras del líder de la villa. La puerta del despacho se abrió con un potente crujido, el cual hizo eco en la habitación.

Kokoa esbozó una leve sonrisa, observando como Iruka entraba en el cuarto y tomaba asiento junto al Hokage frente a la gran mesa de madera que este último utilizaba como despacho. Detrás de él se encontraba Rukia Mia, una de los maestros de la Academia que se ocupada de los estudiantes más recientes.

– Buenas tardes – dijeron los dos ninjas, prácticamente al mismo tiempo.

Sarutobi aceptó sus palabras con un simple movimiento de la cabeza, volviendo a fijar sus cansados ojos en la inmensa pila de papeles que ocupaba gran parte de su mesa.

– Ahora que todos estamos aquí ya podemos empezar – anunció la ojiroja, entregándonos a cada uno una pequeña pila de documentos con varios nombres escritos en cada archivo.

Alcé una ceja, ligeramente confundida por el gesto.

– Primero empezaremos dividiendo a los alumnos en tres grupos, dependiendo de su nivel tanto en Taijutsu como en Ninjutsu básico – explicó con tono tranquilo – el primer grupo será para los alumnos de más alto nivel, compuesto por chicos con habilidad tanto para técnicas físicas como para las de Ninjutsu. – la kunoichi hizo una pequeña pausa, leyendo una vez más uno de los documentos – El segundo para los alumnos que tan solo dominan una de estas dos artes y el tercero para los que aún tienen un largo camino por recorrer –

Iruka se rascó la cicatriz de la nariz, una mueca de dolor apareciendo en su rostro. A pesar de que Mizuki no había herido al Umino en ningún órgano vital, el chunnin había perdido mucha sangre además de haber recibido un buen golpe en la cabeza, la cual seguía cubierta de vendas de algodón.

– Bien, tenemos a Suin Akure – dijo el Hokage, dejando el perfil del chico sobre el escritorio a la vista de todos los presentes – tiene un alto nivel en Taijutsu y es capaz de dominar técnicas de Ninjutsu avanzadas, además de ser miembro del clan Akure –

– Del cual uno de sus miembros traicionó a la villa tan solo ayer – añadió Rukia con tono cortante, sin siquiera molestándose en levantar la mirada de su propia hoja.

El chunnin ahogó un suspiro y se pasó la mano por el rostro, reprimiendo un leve quejido de dolor ante la presión de su propia mano.

– No podemos culpar a todo un clan por los errores de un solo ninja – se apresuró a decir Hiruzen – Especialmente considerando lo ocurrido la última vez que cometimos ese error – añadió en apenas un susurro.

Rukia se mordió el labio inferior mientras que la ojiroja y el castaño decidieron quedar en silencio, labios formando una fina línea.

– Eso es agua pasada – se apresuró a interrumpir la Mia, ojos azules fijos en la mesa, incapaz de encontrarse con mi propia mirada.

¿De que estaban hablando? ¿Cuál era esa 'ultima vez' que había mencionado el Hokage? Sacudí la cabeza para deshacerme de todos aquellos pensamientos inútiles y decidí centrarme en la situación actual de crear los equipos genin, recordando que cuanto antes termináramos los equipos antes podría comer.

– Las habilidades de Suin… – empecé a decir, leyendo por encima el informe con sus cualidades como ninja –… son increíbles, cierto, pero su rendimiento sube de manera increíble en los trabajos de equipo realizados junto con Tsuki Mia – expliqué, señalando el gráfico adjunto al documento.

Rukia levantó la cabeza, agitando su melena azabache al escuchar el nombre de su hija.

– Era de esperarse, considerando que Tsuki es una de las alumnas con mejores resultados junto con Sasuke Uchiha, Jinn Mashiko y el mismo Suin – comentó Sandaime, acariciándose la barba mientras que se recostaba en el asiento.

Tsuki Mia era definitivamente una de las mejores alumnas de todo el curso, capaz de concentrar la cantidad exacta de chakra a la hora de realizar cualquier Ninjutsu, poseía un muy alto nivel en Taijutsu con movimientos fluidos y rápidos además de ser una gran líder y estratega.

– Separarlos sería desperdiciar todo su potencial, creo que lo mejor sería ponerlos juntos en un equipo – dije con aire pensativo.

Rukia asintió, sin embargo, la Kada negó con la cabeza y se apoyó ligeramente en el escritorio.

– Poner a dos ninjas altamente capaces rompería el equilibrio que estamos buscando para los equipos, puesto que entonces quedaría un equipo compuesto de ninjas débiles que sería incapaz de terminar una misión algo más complicada de lo normal. – Kokoa se humedeció los labios – Entiendo que la mayoría estéis emocionados ante la idea de un equipo invencible, pero no podemos olvidar que esto pondría en desventaja a otro equipo y podría resultar en algo letal –

Me mordí el labio con fuerza, comprendiendo enseguida el punto de vista de la rubia. Estábamos trabajando con personas, no con proyectos para aumentar el poder de la villa. No podíamos dejar a un equipo desprotegido por haber intentado crear un 'súper equipo'.

– ¿Y si lo hiciéramos un equipo de cuatro? De todas formas, ya sabemos que habrá al menos dos equipos de cuatro, podríamos crear uno con dos alumnos de gran potencial y otros dos con poca habilidad – propuso el chunnin, ojos castaños brillando por la emoción.

Hiruzen ajustó el sombrero y esbozó una sonrisa.

– Esa parece una buena alternativa, de hecho… Konoko Ishigami sería una buena suma a este equipo –

Alcé una ceja, ligeramente confundida por las palabras del líder de la villa.

– Konoko es una estudiante excepcional, aunque su nivel en Taijutsu es extremadamente bajo y su Ninjutsu es desastroso, sería una buena idea de ponerla junto con Tsuki y Suin – habló Rukia con sinceridad.

– Desde luego – accedió Kokoa.

– ¿Tal vez Kino Deju? Es un chico muy callado y cuyas notas no hacen justicia a su nivel, es bueno en Taijutsu, pero posee un bajo nivel de chakra, por lo que su Ninjutsu es bastante pobre. – propuso Iruka, jugueteando con una de las vendas que sobresalían de las mangas de su chaleco reglamentario.

– Bien, entonces ya tenemos el primer equipo listo – anuncié, una leve sonrisa empezando a formarse en mi rostro.

Solté un pesado suspiro y seguí caminando por las calles de Konoha, pies adoloridos por culpa de las cintas de las sandalias ninjas, las cuales había apretado demasiado aquella misma mañana. Habíamos estado tres horas y media planeando los equipos genin junto con Sandaime, Kokoa, Iruka y Rukia. Durante todo ese tiempo lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que necesitaba un ramen de miso. Por si fuera poco, Sarutobi pensó que sería divertido mantenerme al margen de mi propio equipo, del cual no sabría los integrantes hasta el día siguiente cuando Iruka los anunciara en clase. Chasqueé la lengua y sacudí la cabeza, deshaciéndome de aquellos pensamientos con rapidez.

Las calles estaban desiertas, a pesar de que no había hecho demasiado frío en las últimas dos semanas se podía notar el olor de la lluvia en el ambiente, acompañado de pesadas nubes grisáceas flotando en el cielo. Apresuré el paso al sentir como varias gotas empezaban a oscurecer el suelo, refugiándome bajo el tenderete del Ichiraku Ramen.

– Vaya, que sorpresa verte aquí tan tarde – sonrió Ayame, la hija del dueño del puesto.

Le devolví el gesto y revolví mis mechones azabaches, deshaciéndome de las pocas gotas de lluvia que habían llegado a caer sobre mi pelo. Ordené un ramen de miso y tomé asiento en mi sitio habitual, ojos entrecerrados por las potentes ráfagas de viento y el cansancio de las últimas semanas.

Estaba a punto de caer en los brazos de Morfeo cuando una voz conocida me llamó la atención, obligándome a abrir los ojos y darme la vuelta.

– Shiki-sama, no esperaba verla aquí – confesó Hayate entre pequeños ataques de tos.

Hayate Gekko era uno de los ninjas de nivel chunnin que habían sido asignados a vigilarme durante los dos primeros años en los que estuve en la villa. No porque fuera una amenaza para Konoha como pensaban la mayoría de aldeanos que estaban al tanto de las dos bestias que dormían en mi interior, sino por la constante amenaza del grupo de Kurayami. Tenía el pelo de un tono entre negro y verde pantano, liso y grasiento que se le pegaba al rostro, enmarcándolo de manera misteriosa mientras que sus ojos negros estaban rodeados de ojeras y su piel parecía tener un ligero tono grisáceo y verde.

A pesar de tener el aspecto de un enfermo terminal, era un Tokubetsu Chunnin, es decir, un Shinobi de segundo nivel con mayor habilidad de la habitual, también conocido como una 'futura promesa' de la villa.

– No me llames así en público – recordé con un tono tranquilo, hundiendo los palillos en el bol de ramen que Ayame acababa de dejar en la barra. – Es demasiado formal –.

Hayate dejó escapar una pequeña carcajada y asintió con la cabeza, haciendo que varias gotas de agua empaparan el lugar.

– Por supuesto, lo había olvidado – confesó con aire jovial.

Hayate Gekko era uno de los ninjas a los cuales probablemente más le debía, no solo por el hecho de venir al rescate cuando algunos aldeanos se pasaban de la raya o por haber estado presente en la ceremonia del funeral de mis predecesores, sino que por protegerme de Kurayami en una ocasión en la que uno de sus miembros, Kuma Mitsue, había logrado secuestrarme tras un despiste del grupo de ANBU encargado de vigilarme. Esbocé una leve sonrisa y bajé la mirada, enrollando los tallarines alrededor de los palillos mientras que el chunnin tomada asiento a mi lado.

– De todas formas, he oído que has pasado la mañana con el Hokage, ¿Alguna razón en particular? – preguntó el azabache, hundiendo los palillos en su propia ración de ramen de pescado.

– Hemos estado formando los equipos genin, eso es todo – contesté con aire ausente, la mente ligeramente entumecida por la falta de sueño.

– ¿Un día duro? – preguntó el chunnin con una sonrisa de comprensión.

Solté un bostezo y apoyé la cabeza en el hombro del ninja ligeramente, sintiendo como los pequeños objetos metálicos que colgaban del chaleco se clavaban en mi mejilla.

– Largo – corregí con apenas un hilo de voz.

Después de hablar un par de minutos más con el chunnin y Ayame decidí retirarme hacia el apartamento aprovechando que la lluvia había cesado. Las calles estaban aún más desiertas que antes, pero sabía que al día siguiente estarían llenas de niños de la academia corriendo de un lado al otro después de haber recibido la información sobre su equipo. Sacudí la cabeza y dejé escapar otro bostezo mientras empujaba la puerta del apartamento de manera perezosa. Una vez dentro no me lo pensé dos veces y me tiré sobre el sofá. Estaba demasiado cansada como para hacer cualquier cosa, por lo que me dediqué a perderme en mis pensamientos sin llegar a darme el lujo de quedarme dormida.

Adoraba Konoha, adoraba sus paisajes, sus edificios, sus monumentos, su gente… En muy poco tiempo la villa se había vuelto un lugar fantástico en el cual era aceptada (incluso si no era por todo el mundo) como era y al cual podía llamar 'hogar'. Incluso con las miradas de odio, los ojos fríos y el trato cortante y distante de algunos de los aldeanos, había descubierto que la villa de la Hoja era un lugar más cálido de lo que pensaba. Tenía amigas que se preocupaban por mí, como Sawaii y Tsume. Tenía un buen amigo que siempre lograba animarme hasta en mis peores momentos y un hermano que moriría por mí. ¿Qué más podía pedir? A veces, a pesar de no querer admitirlo, Konoha era un lugar mucho más agradable de lo que mi villa jamás llegaría a ser, y ese pensamiento me asustaba.

– ¿Shiki? – preguntó una voz, apartándome nuevamente de mis pensamientos, los cuales habían empezado a tomar un camino peligroso.

Abrí los ojos lentamente y posé mis orbes azules en Sasuke, el cual cargaba con dos bolsas de papel llenas de frutas y verduras, seguramente para preparar la cena o algo parecido.

– ¿Hmm? – pregunté distraídamente, sin siquiera hacer un esfuerzo por moverme.

El azabache negó con la cabeza lentamente, intentando ocultar la sonrisa que se había formado en su rostro, dejando las bolsas en la cocina y volviendo a girarse para mirarme con una expresión extraña.

Alcé las cejas y me incorporé lentamente, apartando la manta que cubría la parte inferior de mi cuerpo con una patada poco femenina, al fin y al cabo era una kunoichi de nivel jounin.

– ¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? – pregunté lo segundo con preocupación, girándome hacia la ventana para ver mi reflejo.

Después de verificar que todo estaba en orden, arrugué la nariz para volver a posar mi mirada en el Uchiha. Sasuke reprimió una sonrisa y se apoyó en la mesa, haciendo que varias mechas azabaches cayeran sobre su rostro.

– Nada, solo pensaba que pareces cansada. Llevaba mucho tiempo sin verte tan despistada – comentó con tono suave y despreocupación.

Asentí lentamente, enterrando mis frías manos en la manta para luego soltar un bostezo poco discreto. Sasuke tenía razón, estaba cansada y sentía como si hubiese estando entrenando durante tres días seguidos sin descanso, pero estaba segura de que se trataba del gasto de chakra de mi última misión combinado con los sucesos del día anterior, con Mizuki y Naruto.

– ¿Harás la cena? – pregunté con curiosidad, apoyando la cabeza en la ventana e intentando olvidar todo pensamiento relacionado con mi última misión, la cual había resultado más desagradable de lo esperado.

El Uchiha se alzó de hombros, empezando a guardar la compra con cuidado.

– No lo sé, podríamos salir al Ichiraku o a la BBQ, en todo caso aún es pronto –

Asentí de manera ausente y me cubrí mejor con la manta, la temperatura había bajado repentinamente y podía escuchar como empezaba a lloviznar fuera. El azabache siguió guardando los alimentos uno por uno mientras que tarareaba en voz baja una canción cualquiera, era algo que su madre solía hacer cuando era niño y que él había heredado.

Una vez que todos los alimentos estuvieron guardados en su sitio, Sasuke se sentó a mi lado y nos cubrió a ambos con la manta, acurrucándose junto a mí al notar lo fría que estaba mi piel.

– ¿Por qué siempre estás tan fría? – preguntó con tono suave, acomodándose una última vez.

Me alcé de hombros para luego apoyar la cabeza en su hombro, siempre me había gustado estar así con él, además de que el hombro del Uchiha era uno de los lugares más cómodos del mundo.

– No lo sé, tampoco es como si tú estuvieses caliente. Estás casi más frío que yo – me quejé en voz baja, entrelazando mi mano con la suya para probar mi punto.

Ninguno dijo nada durante los siguientes minutos, sumiéndonos en un agradable silencio mientras que el mayor jugaba con uno de mis mechones con su mano libre, la otra aun entrelazada con la mía. No era extraño, al fin y al cabo, habíamos pasado muchas cosas juntos y después de un tiempo habíamos terminado siendo más cercanos que la mayoría de los hermanos, por lo que realmente no importaba. Decidí romper el silencio, explicándole al azabache mi conversación con el Hokage.

– Al parecer quiere dejarme descansar durante una temporada, además de que ahora formaré parte de un equipo genin como los demás – murmuré, disfrutando la sensación de los dedos del ojinegro acariciando mi cuero cabelludo.

Sasuke asintió, seguramente adivinando de quien estaba hablando. El Uchiha alzó una ceja, confundido por mis palabras, sin embargo, no dijo nada y siguió acariciando mi pelo mientras que yo hablaba.

– Esta tardé tendré que ir a hacerme la foto para el carnet ninja con Naruto, al parecer han perdido la primera – estiré la mano libre frente a mí, observándola con curiosidad mientras que luchaba por permanecer despierta. – Todo sería mucho más fácil si simplemente toda la villa supiera quien soy en realidad, qué soy –

El ojinegro dejó de acariciarme el pelo, obligándome a levantar la mirada y fruncir el ceño.

– ¿Por qué paras? – pregunté con tono infantil.

Sasuke puso los ojos en blanco al tiempo que una sonrisa ladina se pintaba en su rostro, se acomodó ligeramente y ajustó la manta con más fuerza, haciendo que un escalofrío recorriera mi cuerpo.

– Shiki… no importa lo que piensen los demás. Lo importante es que sepas quien eres en realidad, y sé que nunca le harías daño a una mosca si no fuese necesario, ¿Vale? –

Asentí lentamente, sintiendo como otro escalofrío recorría mi cuerpo. Realmente deseaba poder creer al azabache, pero sabía muy bien que ya era demasiado tarde para ello. Había hecho cosas de las cuales no podía sentirme orgullosa y había herido a personas inocentes, había arrebatado vidas y hecho otras cosas que prefería borrar de mi memoria, pero el mundo no era tan dulce y yo no era tan egoísta.

Sin embargo, jamás le había mencionado ninguna de estas cosas al Uchiha, y desde luego no iba a empezar ahora. Me revolví entre las mantas y decidí agradecerle como habría hecho en cualquier otra situación en la que no estuviese mintiendo a la persona que más me importaba en el mundo.

– Gracias… – murmuré, apoyando el rostro en el pecho del ojinegro mientras que este último pasaba su brazo por detrás de mí, intentando mantenerme caliente.

Adoraba a Sasuke, y era consciente de que sin él no sería capaz de seguir adelante, al menos no realmente. Le debía mi vida al Uchiha y no dejaría que él lo olvidara jamás.

Protege lo que tienes, Shiki, porque puede que en un futuro ya no puedas.

Susurró aquella voz con su habitual tono tranquilo, sin embargo, logré notar un tono de advertencia oculto tras sus palabras. Una advertencia que aun ni entendía, pero que sabía marcaría los próximos años de mi vida.

Sawaii se encontraba sentada al borde la barandilla, piernas colgando de la azotea de la torre del Hokage mientras que el viento mecía sus cabellos anaranjados. Esbocé una sonrisa apenas visible, agachándome junto a la Hitomi al tiempo que Naruto aparecía en la escena.

– Esto es ridículo – se quejó la pelinaranja en apenas un susurro, ojos celestes siguiendo los movimientos del rubio.

Kokoa esbozó una leve sonrisa y puso los ojos en blanco, alzándose de hombros mientras que el aldeano terminaba de montar todo lo necesario para hacer las fotos restantes. Había sido un día muy largo y tanto nosotros como la kunoichi estábamos agotados.

El fotógrafo colocó el trípode en posición y se apoyó en la cámara, la cual tenía el objetivo fijado en dirección al monumento de los Hokage.

– Bueno, ¿Quién va primero? – preguntó el aldeano, lanzando una corta mirada cargada de curiosidad en dirección al Uzumaki, al fin y al cabo, era la primera vez que le veía sin aquellas marcas de cera roja.

Sawaii suspiró y dio un paso hacia delante, parecía que había sido condenada a une pena de muerte cuando tan solo se trataba de una simple fotografía. Aun así, entendía que cierto aspecto de todo aquello molestaba a la pelinaranja, las paredes de su habitación estaban cubiertas en fotos de ella junto con Sandaime y Sakaji, pero aun así nunca tendría la oportunidad de sostener una imagen de sus padres, y eso le pesaba más que nada en el mundo. No haber tenido la oportunidad de conocer a tus padres era una cosa, pero otra era ni siquiera tener acceso a su recuerdo.

Sawaii sonrió y el aldeano tomo la foto con rapidez, flash cegándonos a Naruto y a mí de manera temporánea.

– En serio, ¿Cómo de incompetentes son los ninjas del abuelo para perder nuestras fotos? – se quejó la joven kunoichi mientras que yo avanzaba para tomarme la foto.

Sonreí de manera discreta y el flash se disparó, dejando paso al rubio hiperactivo, el cual parecía menos emocionado que por la mañana.

– El hecho que hayan cometido un error no los hace incompetentes – respondió Kokoa con su habitual tono tranquilo.

– Y aun así eso es lo que nos enseñan en la Academia – terminó la pelinaranja.

En cuanto la foto del Uzumaki fue tomada, Kokoa cogió las tres fotos y dejó la azotea para entregarlas al Hokage. Justo cuando el aldeano empezaba a desmontar su cámara, Naruto lo detuvo.

– ¡No! Espere un momento por favor – pidió el rubio, cogiéndonos a ambas de las manos hasta arrastrarnos frente al objetivo – ¿Podría hacernos una última foto? Para el futuro, cuando seamos mayores y yo sea Hokage, Sawaii-chan mi secretaria y Baka-Shiki la mejor kunoichi de Konoha – explicó el ninja, un extraño brillo en su mirada.

– ¿¡Cuantas veces te he dicho que no me llames así?! – me quejé al tiempo que le daba una colleja.

El fotógrafo dejó escapar un suspiro, sin embargo, fue incapaz de negar la petición del rubio al ver la determinación de su mirada junto a aquel brillo, el cual era incapaz de determinar pero que resultaba extrañamente familiar. Casi como... Yondaime Hokage. Sí, casi como él. Sin más que decir, Naruto me cogió por la cintura y empezó a hacerme cosquillas mientras que Sawaii se echaba a reír. El sonido del flash resonó en la azotea, inmortalizando uno de los momentos en los que realmente me sentía feliz.

Muchas gracias por leer!