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Ecos de Guerra
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IV
Apologize
«They tell me that you mean it
Then you go and cut me down
But wait
You tell me that you're sorry
Didn't think I'd turn around
And say
That it's too late to apologize
It's too late
Said it's too late to apologize
It's too late
I take another chance, take a fall, take a shot from you
I need you like a heart needs a beat.»
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30 de Junio de 1994
A Sirius le tomó más tiempo del que estaba dispuesto a admitir conseguir controlar el temblor de sus manos que se trasladaba hacia todo su cuerpo.
La noche lo había envuelto y la ansiedad lo había hecho bajar el pecho hacia la calidez del lomo del animal, que no parecía tener problemas en surcar el cielo sin destino fijo. Se abrazó más a él y aguardó con impotencia que sus extremidades se relajaran, con el cerebro todavía demasiado embotado con todo lo que había pasado como para reflexionar cuál era el próximo paso a seguir.
Estaba vivo.
No solo estaba vivo, Harry le había creído.
Apretó las rodillas y se aferró más a Buckbeak, mareado de todas las sensaciones que había olvidado cómo controlar.
El arrojo de aquel niño lo había dejado desarmado, literalmente. James estaría orgulloso, porque a pesar de toda la mierda que había pasado, era tan noble como Lily.
Y tan fiel como él.
Abandonar el castillo sin él había resultado sencillo porque recién en ese momento, después de sobrevolar Escocia por más de media hora, había caído en la cuenta de que volvía a ser un fugitivo. Y no había cumplido su promesa.
Volvió a hundir las manos en el pelaje del hipogrifo al sentir que otra vez lo traicionaban las palmas.
Necesitaba un plan. Y lo necesitaba ahora.
Había fallado, sí, pero había conseguido algo más que solo Harry reconociera toda la historia.
Sintiéndose un poco estúpido, se inclinó más sobre Buckbeak, buscándole la oreja.
─¿Conoces Dover? ─murmuró, esperando que el silbido del viento no se llevase la voz ronca. ─Necesitamos ir allí.
El animal viró un poco.
─Eso, al sur ─Sirius le palmeó el lomo, con los dedos temblorosos. ─Vamos al sur.
El viaje fue eterno, por supuesto. Clareaba cuando empezó a sentirse descompuesto de hambre ─había olvidado la última vez que había ingerido alimento─, acompañados de espasmos cada vez más fuertes. Temía caerse y arruinar toda la mierda que había hecho para llegar hasta allí.
Buckbeak descendió en altura cuando Sirius alcanzó a vislumbrar el mar. Tenía el cuerpo entumecido y frágil, los labios resecos de sed y un dolor punzante en la cabeza por obligarse a mantenerse despierto.
Había trazado un plan.
Conminó al animal a aterrizar en una playa virgen, añorando de manera ridícula su vieja motocicleta. El piso, blando, lo hizo tambalearse como un idiota cuando al fin puso los pies en tierra firme. Tuvo que sujetarse al pelaje del hipogrifo para no terminar comiendo arena.
─Buen chico ─musitó, con un intento de caricia. Obtuvo solo una larga mirada de ojos amarillos como respuesta. Respiró profundo y sacó la varita, agradeciéndole a Merlín tenerla a mano.
La parte más difícil era conseguir mover a Buckbeak hasta su destino. Lo desilusionó, consiguiendo que nadie pudiese verlo, pero luego cayó en la cuenta de que no tenía ni puta idea dónde se encontraba, cómo llegar al corazón de Dover y cómo alcanzar la maldita casa.
No tenía dinero, ni muggle ni mágico, le costaba mantener la línea recta y todavía tenía la sensación de estar volando sobre el hipogrifo.
Cuando intentase recordar cómo lo había hecho, solo lograría dar con algunas sensaciones.
Su mano tirando de la cuerda invisible de Buckbeak. La ansiedad de ser reconocido, sumado a la impotencia de saber que no había nada que pudiese hacer al respecto.
El hambre. El miedo.
El dolor en todo el cuerpo.
La esperanza.
Dio con la vieja casa de Remus tal y como la guardaba en su memoria. Tuvo un momento de confusión cuando quiso llamar, esperando que la madre de Remus saliera a recibirlo con esa mueca que lo ponía incómodo, con el licántropo a la zaga advirtiéndole que no hiciera ningún comentario salido de tono.
Pero el lugar estaba vacío.
Entró aprisa, forzando la puerta. No tenía la menor idea si Remus seguiría viviendo allí.
Pero él entendería. Sabría que estaría allí aguardándolo. Lo sabría, ¿verdad?
Llevó a Buckbeak a la habitación donde Remus se transformaba en luna llena, suponiendo que, si el animal rompía algo más, nadie lo echaría en falta. Le regaló una caricia en la cabeza, se veía cansado y orgulloso. Parecía entender que gracias a él seguía vivo.
Sirius no se había terminado de voltear que el animal ya había flexionado las rodillas para echarse, guardando el pico entre las plumas para acceder al fin a un sueño tranquilo y merecido.
Pero él todavía tenía cosas que hacer.
Se apresuró a dar con la cocina, encontrando algún cacharro para poder ponerle agua a la pobre criatura, que estaría tan sediento como él. Le importó una mierda todo y abrió la boca bajo el grifo, ahogándose luego de beber aprisa. La garganta le quemaba.
Buckbeak estaba dormido cuando le dejó la fuente, pero sabía que lo agradecería más tarde.
Había un paquete de arroz viejo en la encimera, y algunas tonterías más que lo pusieron casi de rodillas. Demasiado desesperado para cocinar, tomó el primer puñado crudo y lo masticó con asco antes de tranquilizarse y pensar qué era lo que podía hacer con la varita.
Al fin saciado, el cuerpo dejó de temblarle. Se dejó caer en el sillón de la sala, atacado de nuevo por la ansiedad.
Iba a aguardar. Remus iba a ir. Estaba seguro.
Con su último resabio de fuerza, echó unos pocos encantamientos protectores, Remus iba a saber sortearlos.
Se quedó dormido antes de guardar la varita en el bolsillo.
─Sirius.
Se sobresaltó, parecía que le habían susurrado el nombre tres segundos después de haber conseguido un poco de dulce inconsciencia.
Pero no podía ser, porque era de noche.
Remus lo miraba de cerca.
─No deberías estar aquí.
Otra vez la cabeza le daba vueltas. Se frotó la cara, tratando de dejar sus pensamientos en orden. Se puso de pie, la sonrisa le tiró de los labios hasta quebrarlos.
─Sabía que ibas a venir.
Pero Remus dio un paso atrás y se giró, escaqueándose hacia la cocina.
─Debes marcharte, Sirius. El Ministerio te sigue buscando, y aquí será el primer sitio donde quieran atraparte.
No era ese el recibimiento que esperaba. La espalda de su viejo amigo se desdibujaba un poco en la oscuridad, nadie había encendido ni una luz.
─Necesitaba hablar contigo primero ─dijo con sinceridad. No se reconocía la voz, le raspaba la garganta.
─Sé qué eres irresponsable, Sirius, pero por una vez en tu vida hazme caso ─replicó Remus dándose vuelta con una mueca indescifrable en el rostro. En el pecho del aludido se encendió una mecha.
─Puedo cuidarme solo, ¿sabes? ─respondió con ironía. ─Lo hice bien los últimos doce años.
Su amigo permaneció erguido frente suyo, con esa expresión que había irritado a Sirius desde que era casi un crío.
─Intento ayudarte ─explicó el licántropo al fin, tenso.
─Me importa una mierda tu ayuda, quiero respuestas ─lo desestimó él, avanzando dos pasos amenazantes. Remus se mantuvo tieso.
─No tenemos nada de qué hablar ─se obcecó, desviando la mirada antes de suspirar. ─Ya márchate antes de que te encuentren.
La mecha se prendió solo con una chispa. Sirius se abalanzó sobre él, sin tiempo para que Remus se defendiese. El puño se incrustó en el pómulo del licántropo con una facilidad de ensueño, como si estuviese esperando ese momento para hundirse bajo su piel.
Remus cayó al suelo con el impacto, haciendo mucho ruido al intentar sujetarse de una silla. Quedó tirado en la oscuridad, con ese aura de mártir que Sirius tanto detestaba y que le encendía sus instintos más negros.
─¿¡Qué haces?! ─rugió, antes de caer de rodillas a su lado. Remus escupió saliva mezclada de sangre con una serenidad esquizofrénica.
─Nada.
Sirius lo tomó con brusquedad por la pechera, obligándolo a ponerse a su altura. Los nudillos le quemaban.
─¿No vas a defenderte? ─espetó, escupiéndole el rostro al hablar.
─No.
Un nuevo puñetazo le estalló la nariz. El licántropo se sostuvo con ambas palmas abiertas sobre el piso, sintiendo cómo la primera gota de sangre se unía a la suciedad del suelo.
─¿Me estás jodiendo? ─exclamó Sirius, ya fuera de control. Se abalanzó sobre su amigo y volvió a golpearlo, desesperado. ─¡Defiéndete, maldita sea! ¡DEFIÉNDETE, ¿QUÉ TE PASA?! ¡GOLPÉAME!
Se detuvo ante el dolor espeluznante de su puño, cegado de rabia. Remus no se había movido.
─Eres un jodido imbécil ─espetó, apretando las mandíbulas. ─Un jodido imbécil, ¿me oyes?
El aludido utilizó la manga de su camisa para limpiarse el rostro hinchado. No medió palabra.
─¿Por qué no buscaste a Harry? ─el dique de contención de Sirius se había roto. Quería volver a golpearlo, pero necesitaba más las respuestas a las preguntas que le quemaban la lengua. Se sobó el puño con la otra mano, helada. ─¿Por qué mierda no lo criaste tú? ¡ES LO QUE JAMES HUBIESE QUERIDO!
Remus tosió, manchándose la manga con una masa sanguinolenta.
─No... no pude.
─No me jodas ─repitió Sirius. La cabeza le daba vueltas. Estampó el puño en el piso para tratar de mitigar el dolor de sus nudillos en carne viva, pero la agonía no venía de ese punto de su cuerpo.
Provenía de más adentro.
─¿Qué mierda no pudiste? ─soltó, intentando calmarse para entender. ─¿Qué cosa fue tan difícil como para que no pudieras hacerte cargo tu? ¡FUISTE EL ÚNICO QUE SALIÓ ILESO DE TODA ESTA MIERDA!
Los ojos de Remus se cruzaron con los de él, y Sirius no supo si era su propia culpa la que se reflejaba en ellos.
─Golpéame de nuevo ─pidió el licántropo con la voz enronquecida. Se sorbió una vez más, buscando despegarse la sangre con la manga, y cuando su rostro hinchado emergió otra vez, Sirius comprendió que estaba llorando. ─Por favor.
Sirius nunca había deseado tanto tener un cigarro sobre los labios.
─Eres un jodido imbécil ─repitió una última vez, respirando con dificultad. ─Pero ya lo sabía. James también lo sabía, así que da igual. No voy a volver a golpearte, levántate.
Pero ninguno acató la orden. Sirius aguardó a que los ojos de Remus volviesen a encontrarlo.
─Lamento no haberte creído ─musitó, con angustiosa honestidad. Él sonrió con los labios partidos.
─Ya. Yo también.
─Y siento que Peter se haya escapado por mi culpa ─añadió. El rostro desfigurado se abultaba aprisa, pero aún así Sirius podía ver esa mueca lastimera que había puesto desde el día que lo había conocido. ─Lo encontraremos, Sirius. Te lo juro.
─Da igual ─luego de la descarga de energía, se sentía más sereno. La cabeza se le había despejado. ─Tengo otras cosas que resolver ahora.
─¿Qué harás?
─Creo que no puedo quedarme en el país ─confesó a regañadientes. Le había costado llegar a esa conclusión, pero parecía no tener otra opción. ─Me iré, al menos hasta que el Ministerio se olvide un poco del asunto.
─Sí ─afirmó Remus, recuperando su serenidad. ─Es lo mejor.
─Te encargarás de Harry ─no era una pregunta. El licántropo lo miró con casi treinta años de culpas vencidas en su interior.
─Renuncié al colegio ─admitió, desviando los ojos. ─Snape le hizo saber a toda la comunidad educativa lo que soy.
─Maldito bastardo.
─No puedo culparlo ─replicó Remus de mala gana. ─En algún momento iba a saberse. Tuve que hacerlo ─hizo una pausa corta para encantar un trapo sucio y ponérselo en la mejilla ardiente. ─Harry va a seguir viviendo con sus tíos, Sirius.
Lo pronunció con cuidado, esperando no volver a encender la mecha.
─¿Por qué? ─espetó él, enojado. ─¿Quién lo dice?
─Dumbledore.
─Dumbledore fue el que nos puso a todos aquí. No sé si seguir confiando en sus decisiones nos lleve a un buen puerto.
─Gracias a él estás libre ─apuntó Remus en voz baja.
─No ─la mueca irónica de Sirius se había acentuado. ─Estoy libre porque así lo quise. Él no hizo nada en doce putos años para sacarme de ese maldito agujero.
─Era... ─el licántropo se veía mortificado. ─¿Cómo mierda íbamos a saber?
─Preguntar nunca está de más.
─Sirius, fui a verte... ─la expresión del aludido cambió, y Remus creyó que estaba de nuevo frente a su amigo asustado, la última noche de agosto, hacía más años de los que querría recordar. ─Fui a verte a Azkaban. Tú... no eras... no eras Sirius, ¿entiendes? No eras nada.
Un silencio denso, opresivo, descendió hasta hacerles sentir sus dedos helados contra la garganta, apretando para dejarlos sin respiración.
─Ya no importa ─masculló Sirius intentando deshacerse de esa sensación. ─Ya da igual...
Remus asintió.
─Tienes que irte.
─Ya sé ─suspiró y se puso de pie con dificultad. ─¿Quieres que te arregle eso? ─ofreció, frotándose el cuello algo avergonzado.
─No, ya lo curo yo luego ─aseguró el licántropo, incorporándose a su vez. ─Me lo merecía.
─No voy a negarlo.
Sirius creyó atisbar una sonrisa en lo que quedaba del rostro de Remus.
─Le di de comer al hipogrifo ─comentó, desviando el tema. ─¿Hace cuánto estás aquí?
─Pues... desde esta mañana, ¿no?
─Sirius, escaparon hace más de tres días.
─Oh, vale ─asimiló la información, desorientado. ─Puede que mi siesta haya durado un poco más de lo que pensé entonces.
─Te prepararé algo para que te lleves. Y tengo un poco de dinero.
─No seas ridículo, ya me encargo yo ─todavía tenía mil preguntas en su cabeza, insignificantes, ridículas, dolorosas. Era como si se hubiese dormido demasiado tiempo, como acababa de ocurrir, y la vida hubiese continuado sin él. ¿Dónde estaba? ¿Cómo hacía para recuperarlo todo de una vez? ─¿Aún vives aquí?
El sitio no tenía aspecto de ser un espacio habitado.
─Sí.
─Vaya. Mi trastero tenía mejor pinta.
─Tuve que venderlo después de que... ya sabes.
─Una pena. Me hubiese encantado vivir en Londres, bien cerca de los idiotas del Ministerio.
Remus le lanzó una mirada severa.
─No puedes ser un inconsciente ahora, Sirius. Harry depende de ti. Piensa las cosas con seriedad.
─Es la única razón por la que me voy de este puto país ─refunfuñó el aludido, de mal talante. ─Debería volver, incendiar el Ministerio y luego hacer volar Azkaban de una jodida vez. Y luego, claro, la rata traidora ─apretó las mandíbulas cuando vio que Remus cerraba los ojos, dolido y resignado. Él había tenido tiempo de sobra para asimilar todo aquello, pero para el licántropo todo seguía siendo demasiado reciente. Resopló y buscó otra de las preguntas que hubiese querido tener respuesta mucho antes.
─¿Hablaste con alguien en estos años?
─¿A qué te refieres?
─Bueno, no es que muchos hayamos podido salir vivos ─ironizó de mala gana. ─Pero Jones debe seguir por aquí. Y Vance.
─No.
Sirius aguardó un segundo antes de volver a indagar.
─¿Y McDonald? ─Remus no respondió de inmediato. ─¿La has vuelto a ver? ¿Sobrevivió?
─Sí ─el licántropo hizo una mueca. ─La vi. Una vez ─irguió la cabeza, muy digno. ─Pero ahora márchate de una vez. Ya tendremos ocasión de ponernos al día.
─¿Cuando no sea un maldito fugitivo de la justicia?
─Sí ─Remus ladeó la cabeza. ─Será muy pronto.
─Seguro.
─¿Sirius? ─la cabeza del joven ya había empezado a trazar planes, pero la voz de su amigo lo detuvo. ─Es increíble volver a tenerte aquí, de verdad. Lo lamento.
Sirius creyó que había controlado al fin los temblores ansiosos de su cuerpo, pero cuando el abrazo sincero de Remus lo alcanzó, tantos años después del último que había recibido, volvió a sentir cómo se estremecía hasta el alma.
No lo había perdido todo.
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¡Hola a todos!
Se que es raro verme por aquí, pero tenía un momento arañado de los ratos de estudio y como tengo tantas cosas que todavía me quedan escribir, me decidí por esta pequeña escena que llevaba años retrasando.
Sé que les debo muchísimas cosas, así que estoy trabajando poco a poco por conseguir dar con todo y poder dejárselos. De momento, quería contarles cómo había sido el reencuentro de Remus y Sirius, ya lejos de intermediarios. Verse las caras por primera vez después de tantas verdades no pudo ser fácil, se los aseguro.
Sé que falta un poco ─o mucho─ por decir aquí, pero el tiempo apremiaba. ¿Alguna vez la vida de Sirius consiguió ser serena? Lo dudo mucho. Me da mucha pena saber que tuvieron que esperar todavía más para ponerse al día y retomar su relación allí donde se había congelado después de la muerte de Lily y James. Por otro lado, me deja algo nostálgica y feliz que al menos para ellos, durante un tiempito breve, los relojes volvieron a andar.
Me parece muy injusto todo lo que vivieron, y en especial, lo que la guerra le hizo a su amistad. De alguna manera, ya adultos, intentaron enmendarlo.
Es todo. Les prometo estar de regreso muy pronto en Guerra. A este spin-off también le quedan los capítulos contados, no creo que pase de siete u ocho. ¡Ojalá los disfruten!
Gracias por todo su apoyo, ¡los quiero mucho!
Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.
Ceci Tonks.
