Inercia
Capítulo 3
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Algún tiempo después (que eran en realidad muchos años para escribirse), era obvio toda la revolución sudamericana que España tenía encima. Había encontrado muchas tierras y ahora todos esos países, que vio crecer y trató de educar, no lo querían para aprovecharse de ellos. ¡Cómo crecían los niños!, ¿verdad?
Argentina había sido de los primeros en lograr la liberación, y era obvio que siguió los pasos de otros así como los demás seguían los suyos, siendo el mismo argentino quien escuchaba todo el alboroto que se armó en esa sala improvisada de juntas conformada por tres integrantes.
—¡Yo voy! —dijo entonces. Los demás se voltearon a verlo.
—¡No seai idiota! —chilló Chile.
La niñez ya no estaba en ninguno de los dos físicamente, eran todos países que buscaban la oficialidad y la independencia. Ese nivel de adultez señalaba que ya no querían ver a un español pisándoles las tierras y haciéndose de ellas a costa de ellos mismos. Y había que aprovechar el momento en el que el jefe de España estaba cautivo y no podía molestarse por lo que hicieran.
Perú se notaba con una convicción fresca, pero estaban con varias intenciones desatadas en ese último tiempo. No sabían si iban a poder por sí mismos.
—¡No soy idiota! Les digo que voy para tu casa a ayudarte y después para la de Perú —Se observaron un momento en silencio—. ¿Quieren la independencia o no?
Eso bastó para que se formara el plan. Argentina estaba libre, había que salir para Chile a prestar ayuda y espantar a los realistas españoles.
—Yo te doy todo mi apoyo, causa —dijo el moreno allí, convencido. Argentina lo rodeó con uno de sus brazos, cariñoso.
—Vamos a estar bien, vamos a poder.
—Ya, po. Pero ¿está seguro que va a servir?
El chileno recibió una mirada que lo dejó entre nervioso y paralizado. La recordó de cuando Argentina tenía el pelo largo, andaba en cuero y descalzo, que era más aniñado y le andaba atrás para entregar el propio y robarle su primer beso con toda la convicción del mundo. La mirada verde centellando y atravesándolo de ímpetu.
—Va a servir, yo le tengo confianza —respondió Perú por él, que a su mirada le agregó una sonrisa agrandada y segura.
Unas noches después, el chileno bostezaba y sentía un nudo horrible de nervios en el estómago. Al otro día seguirían el camino para los Andes y a su patria, a defenderla y echar a los intrusos. Le molestaba pensar en guerra y trabajo sucio, en personas muriendo y sufriendo… pero el solo pensar en Mapuche le devolvía la convicción.
Su madre había peleado demasiado ya, estaba perdiéndose en los terrenos más recónditos de lo que había sido y sabía que pronto no quedaría prácticamente nada de ella.
Sintió un escalofrío cuando la tela de la carpa se abrió y entró el frío nocturno del Cuyo por su espalda. Argentina estaba allí con una mueca de disgusto y un aparente y visible cansancio encima.
—¿Qué querí?
—Qué poca amabilidad, Chilito.
El aludido refunfuñó, mientras la patria celeste y blanca se acercaba y sentaba en el catre donde dormía. Cada uno tenía su propia tienda, así que era obvio que había ido ahí a pedirle, preguntarle o decirle algo. Lo observó largo rato; mientras apoyaba los codos en las rodillas y el mentón en sus manos, concentrando la visión verde en el suelo y pintando una mirada consternada.
¿Estaba preocupado por algo?
—Oye, no te estái arrepintiendo, ¿o sí?
—No, huevón —reclamó, pero no lo miraba, y eso era lo que más parecía llamarle la atención al chileno.
—¿Entonces, po?
Se tensó cuando lo vio ponerse en pie, pasando a mirarlo finalmente. Tenía un par de ojeras marchitas bajo sus ojos, que lo volvían a atravesar insistentes, aunque con cansancio. Más se tensó cuando le sujetó una de las manos y lo levantó de donde estaba sentado (en el piso junto a una mesita para trabajar). Se dejó manejar porque el argentino se veía ciertamente afligido, sonriéndole entre todo ese mar de desazón presente en su expresión.
—Necesito…
No terminó de hablar, simplemente se inclinó el poco que los separaba para abrazarlo calurosamente, escondiendo la nariz en su cuello y estrechándolo con ganas.
Un par de segundos después, el chileno estaba pasando los brazos por su espalda, correspondiendo cauteloso primero y con la misma fuerza después. Era como si no lo hubieran hecho en siglos enteros, lo que llegaba a resultar extraño considerando que igual seguían cerca del otro (pese a la distancia que comenzaba a formarse entre ambos).
No se dieron cuenta de lo mucho que era requerido aquello hasta ese instante.
—Gracias por esto —dijo el menor, tan bajito como pudo, como no queriendo escucharse decirlo. Sintió que el agarre se aflojaba y, en seguida, Argentina lo miraba con su típica grandeza de ego y una ternura infinita. Chile casi pudo leer en su rostro "¿Cómo no te voy a ayudar, tarado?", tan claro como el agua de las montañas.
Estuvo muy cerca de pegarle un excelente golpe, pero…
Creyó que lo besaría.
Lo creyó tanto que cerró los ojos y esperó a ello con el rostro rojo como tomate, sintiendo en su lugar que le movía el pelo de la frente y plantaba sus labios allí por unos momentos, casi como disfrutando de la cercanía que tenían y de nada más. No pudo evitar el coloreo (aunque menos intenso) en su rostro, uno que el argentino no podía compartir.
El cansancio y la preocupación no lo dejaban concentrarse tanto en la poca vergüenza, o pudor, que tenía por compartir aquella muestra de afecto tan seria.
Todavía no sabía por qué el alboroto en su pecho o por qué la necesidad de tanta cercanía con él, en enorme parte quería creer que ese imán que lo atraía a molestarlo o a insinuársele era más una burla sin sentido. Pero en aquel momento, solo en ese momento, se empezaba a percatar de que dejaba de ser tanto una insistencia así…
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Argentina sabía que había sido una lucha perdida desde el comienzo, pero las ganas que su corazón puso en ganar fueron certeras y eso bastaba para haberlo herido muchísimo más de lo que físicamente se encontraba. Tenía un parche en una de sus mejillas y varios moretones a lo largo de su cuerpo, sin contar que acababa de recuperarse de una pulmonía severa y que tuvo suerte de no terminar con algún hueso roto.
Sonreía y sus ojos se veían achinados por la sonrisa; le parecía que llevaba añares enteros sin hacer el gesto, aunque solo hubiesen sido un par de meses. Se sentía nuevo, como si incluso las calumnias que tenía ya sin la guerra estuvieran desvaneciéndose. Parecían ser, junto a Brasil, los únicos que realmente se notaban vivarachos.
Y es que el argentino, en el medio de los huesos cansados y el derrame de sangre enfermo que era cuando regresó de Malvinas, le había dado un soberano golpe en el medio de la cara a su jefe, que comenzaba a retirarse del mandato para darlo por finalizado para el siguiente año.
Lo bueno es que iba contagiando a los demás; así como se contagiaban la tristeza y los pesares (porque así como le pasaba algo a uno, solía pasarle a los otros tarde o temprano), también se contagiaban las ganas de pelear y de salir adelante. Un constante efecto dominó.
Sus manchas iban desvaneciéndose conforme pasaron un par de momentos juntos entre risas, reproches, historias y ánimos.
—Me alegra que estés mejor —Bolivia le dio un empujón amistoso con el hombro, levantando después su vaso para brindar—. Por el inicio del final de todos nuestros tormentos, hermanos míos —declaró, recibiendo vítores y algún que otro choque peligroso de vasos por parte de sus compañeros, ya bastante alegrones.
Todos esperaban que esa horrible época acabara, ya la veían terminándose en Argentina, que simulaba estar limpiándose todas las cosas malas de encima como si fueran basura. Estaba rotísimo física y emocionalmente, pero tenía tal determinación y tal actitud revoltosa como nunca. Estaba revolucionado quizá tanto como antaño, y eran visibles la rabia y el alivio que sentía por estar al fin abandonando toda la represión.
Eso los alentaba a copiarlo.
—No te preocupes, meu amico. Todo se va a acabar —vitoreó Brasil, levantando su copa.
—No, ni me lo digas, flaco. Yo sé que todo está acabándose y no de mal modo; se me va lo podrido, lo tiro como al asado quemado: con bronca y a los animales, como perros sucios que son —dijo enrabiado, revuelto, como todos los veían—. Perdí una parte mía, pero ya he perdido otras. Me traicionaron —Y esto lo dijo en un hilo de voz, sintiendo que le apretaban la garganta—, pero no voy a dejar que el inglés puto me vea bajar los brazos así como así. Ni mucho menos voy a dejar que la basura se amontone y me envenene la sangre.
» Tengo una tierra hermosa, enorme y brillante que represento, así como las suyas en todo su esplendor, y con lo mejor que tienen, representan ustedes. No voy a dejar de pelearla, no pienso bancarme que me arrastren por el piso como ya nos han arrastrado a todos, tiempo atrás. Somos lo que somos y no hay que dejar que nos tomen como pelotudos inservibles.
Y los dejó mudos, emocionados y con los ojos lacrimógenos.
Bolivia se puso en pie con todo su fuerte carácter arriba, sacándose los guantes y desprendiéndose la chaqueta del uniforme, tirándolos por ahí para no verlos más en toda la noche. Se vio limpia e iluminada, así como Argentina hizo resplandecer la sala. Y le siguió Uruguay haciendo lo mismo, después Brasil, Paraguay, Perú, Colombia…
Volvieron a brindar, con las manos desnudas, el pelo suelto y las energías renovadas, con una sonrisa que mostraba los dientes y enorgullecía sus propias almas, viéndose todos cerca de lo que fueron. Sintiendo los pies descalzos sobre la tierra que los trajo al mundo, llevando apenas las camisas y los pantalones simplones y ligeros, que se asemejaban a la desnudez que tenían arraigada y que perdieron.
Los hombros sueltos y las miradas determinadas e iluminadas; los países de Sudamérica renaciendo de entre la sangre, la tierra y los gritos por tanto tiempo reprimidos.
—Falta lo más difícil —pensó en voz alta Uruguay, observando a su hermano que saltaba y hablaba a los gritos como solía hacer.
—Te doy la razón —Perú había sido el que más presente se encontró en la relación que habían tenido el chileno y el argentino, tanto en el pasado como más cercano al presente, de la misma forma que el hermano del segundo.
Y los dos sabían la que se venía en la siguiente reunión que tuvieran todos juntos. Cuando esos se vieran a la cara y todo explotase.
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