Capítulo 4: Amor y deseo.
"Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama".
Cervantes
Tenshi se acercó a ella sonriendo con esa timidez característica. Tenía una sonrisa franca, abierta, de esas que hacen que la gente confíe automáticamente en ellos. Traía las manos ocultas a la espalda y un ligero rubor coloreaba sus mejillas. Yūgao sonrió, recordando su primer encuentro y sorprendida de lo rápido que pasaba el tiempo. Algunas veces desayunaban juntos y Tenshi solía escoltarla de regreso a su departamento cuando coincidían sus patrullas con la entrada principal.
Yūgao se había sumergido por completo en misión tras misión; sin que supiera exactamente el porqué, Lobo la había recomendado con el equipo de Inteligencia y Serpiente la convocaba a largas misiones que la mantenían alejada de Konoha por periodos extendidos. Cuando estaba en la aldea alternaba turnos de guardia en la Torre Hokage y en la vigilancia del portador del Kyūbi.
–Debe ser difícil estar ocupada todo el tiempo –comenzó Tenshi, ella sonrió para sí, había pocas cosas que se pudieran ocultar a la policía de Konoha.
–Terminas por acostumbrarte.
–¿Irías hoy conmigo al cine? –soltó de pronto, tendiéndole la flor que estaba escondiendo.
–Está bien.
–¿Así solamente?
–¿Quieres que diga algo más?
–No, no, así está perfecto.
Aún tenía fresca en la memoria la plática del festejo por la graduación de Iruka, recordaba el bello rostro de Rin velado por ese algo indefinible que le da un aura de tristeza al rostro de una mujer cuyo amor no es correspondido. Se preguntó si algún día ella se vería así, lamentando un amor imposible.
Sacudió la cabeza, regresando a su realidad. El encuentro con Tenshi había agitado pensamientos extraños, no era un novio formal, pero sí alguien con quien salía continuamente, en una especie de acuerdo mutuo de compromiso sin palabras. Solitaria por naturaleza, había tenido pocas amigas con quién compartir las ilusiones de la adolescencia. Se preguntaba si era amor lo que sentía por Tenshi, quería que alguien le explicara bien cómo era ese sentimiento, ya que su misma inteligencia le impedía creer lo que las pantallas del cine mostraban, sin embargo le apenaba preguntar.
Miró el reloj y decidió que era hora de cambiarse. Se dio una rápida ducha, se vistió con ropa informal y un poco de brillo en los labios y se sentó a esperar paciente la llegada de su cita.
En cuanto salieron del edificio, la tímida mano de Tenshi tomó la suya de manera tentativa y ella volvió el rostro sonriéndole, indicándole de esa manera que no le molestaba el gesto; caminaron pacíficamente hacia los cines, disfrutando del hermoso atardecer. Tenshi no hablaba mucho, limitándose a sentirse feliz en su compañía.
–¡Yo, Usuki-san, Tenshi-kun! –saludó Kakashi que iba en sentido contrario al de ellos.
–Kakashi-san –saludó Tenshi, inclinando un poco la cabeza en tanto Yūgao le sonreía. Kakashi los pasó de largo, se dirigía hacia el cuartel.
–Me pareció que quería decirte algo... ¿lo estaré imaginando?
–Yo creo que sí –respondió ella riendo, lo conocía lo suficiente como para saber que si quería decirle algo lo habría hecho frente a quien fuera– ¿acaso el Sharingan posee entre sus cualidades la de la clarividencia?
–No te burles –replicó Tenshi ruborizado.
Rió de buena gana y él se unió a su risa.
El sudor nervioso de Tenshi la hizo pensar que para él, tomarla de la mano era más importante que lo que representaba para ella. Lo siguió dócilmente, sintiendo la calidez de su presencia, tal vez ese simple hecho era lo que la gente llamaba amor, el disfrutar de la compañía de alguien con quien sentirse confortable.
El llamado a la oficina de Lobo la intrigó, pasaba del medio día y apenas estaba regresando de su turno de guardia en la puerta principal, Anko agitó la mano parodiando preocupación y Usuki sólo movió la cabeza, preguntándose qué querría su comandante. Entró a la oficina y permaneció de pie ante el escritorio.
–Campo de entrenamiento número 3. Prepárate, te espero en media hora, ropa de práctica y tus katanas.
–Sí capitán.
Salió hacia los vestidores sintiéndose curiosa. Escuchó los inconfundibles pasos firmes de Anko tras de ella, se sentó en la banca mientras cambiaba su uniforme ANBU por algo cómodo.
–No tardaste nada. ¿Qué quería?
–No lo sé.
Anko la miró con incredulidad mientras Usuki ataba el cinto cruzado al pecho que sostenía las dos katanas.
–¿No te dijo?
–No, supongo que quiere probarme, o algo –respondió alzando los hombros– "campo de entrenamiento 3 en media hora"... –recitó– ya menos.
–¿No se te ocurrió preguntarle? –preguntó Anko confundida.
–Él es el capitán, dio una orden, yo obedezco.
–Tienes un punto, es cierto, no tiene por qué dar explicaciones.
–Mitarashi, cambio de guardia en la torre –apareció Cuervo dejándose caer en la banca.
–Suerte, no dejes que te corte –dijo guiñándole un ojo y saliendo a toda prisa de los vestidores.
–¿Quién te va a cortar? –preguntó Cuervo despojándose de la máscara y calándose sus clásicos lentes oscuros.
–Lobo –contestó Yūgao.
–Nah, no lo hará.
–Me citó en el campo 3 con equipo de práctica –completó ella, comenzando a colocar las vendas en manos y antebrazos.
–Deja, yo lo hago, siempre es mejor cuando otro te venda, –dijo Aoba– extiéndelas.
–Gracias.
El campo estaba vacío, a pesar de ser uno de los más grandes y con más variedad de terrenos, era poco usado para entrenamiento, se encontraba demasiado cerca al memorial. No podía compararse en nada al Bosque de la Muerte, pero sí era un lugar seguro para que un jounin con sus genin entrenaran, por otro lado se acercaba al atardecer, la mayoría de los equipos terminaban el adiestramiento antes del mediodía.
A pesar de la mala fama que precedía a Kakashi respecto a su puntualidad, lo encontró esperándola como había dicho. Vestía el uniforme jounin estándar sin chaleco, un par de katanas cruzadas a la espalda. Sonrió para sí, recordando una vez más las palabras de Atsui.
–Capitán –saludó.
–Niten ryu –comentó de pronto, Yūgao lo miró interrogante.– Es tu especialidad, ¿cierto?
–Aún no me especializo.
–Comenzaremos a cambiar eso –comenzó a avanzar hacia el centro del claro, ella lo siguió. – He recibido órdenes de darte entrenamiento especial.
–Es... un honor entrenar con usted capitán.
–Siéntate –ordenó, Usuki obedeció, colocando las espadas a un lado, al igual que lo había hecho él.
Levantó el hitai-ate descubriendo su ojo izquierdo y la miró fijamente, como grabando sus rasgos en la memoria, Yūgao sintió un asomo de vergüenza por la intensidad de los dispares ojos fijos en ella. Lobo cerró el ojo del Sharingan y pareció sonreír, la máscara de seda ocultando la expresión real.
–Eres una verdadera belleza –afirmó con voz cálida.
–¡Capitán!, yo...
–Ser tan hermosa resulta un inconveniente personal –comentó bajando la vista y la voz hasta un nivel apenas audible.
Yūgao se quedó en silencio, perturbada por sentirse halagada por el cumplido, nunca había considerado ser ese tipo de chica, pero al mismo tiempo, el tono de su voz le dejó un resabio de inquietud. Esperó que continuara lo que tuviera que decirle. Cuando por fin habló, la calidez había desaparecido, sustituida por un frío tono profesional.
–Dentro de tres meses realizarás una misión rango "S" de infiltración y asesinato. El equipo de Inteligencia ya está preparando el terreno, accesos, salidas, cantidad de guardias, todos esos detalles.
–Entendido.
–Implica la seducción y eliminación del objetivo –declaró tras un corto silencio.
–En-entendido –tragó saliva.
–Debe ser realizado inmaculadamente, ni el error ni la vacilación son permisibles. El equipo de exterminio limpiará el área, eliminación se encargará de borrar-
Estaba vagamente consciente de que seguía hablando, explicando con frases cortas los detalles de la misión, pero ella dejó de escucharlo, sumida en un maremágnum de emociones que no entendía.
Había recibido clases especiales en la Academia, al igual que las demás kunoichi, desde la elaboración del té, modelaje, maquillaje, arreglos florales y todo lo que implicaba una formación para una mujer ninja. Le habían sido enseñadas formas especiales de matar a través de venenos y cuidadosas mezclas de simples plantas silvestres y la teoría de la seducción sexual, impartida durante el entrenamiento jounin, había sido recibida por sus compañeras entre risitas, bromas y gran alboroto.
La realidad fue como un balde de agua fría que le echaran de improviso. Se esforzó en aclarar sus pensamientos y se concentró en enfocar la vista nuevamente. Lobo la miraba en silencio.
–Sandaime me ha ordenado que te prepare personalmente. Pero es tu elección.
–Capitán... yo... será un honor... –declaró, entendiendo las implicaciones.
–Deja de repetir palabras en las que no crees –afirmó en tono exasperado.
Un sollozo escapó de su garganta sin que pudiera reprimirlo a tiempo. Tras un momento de vacilación, las manos de Lobo la levantaron y la rodeó con sus brazos, ella enterró el rostro en su pecho, sacudida por llanto que ya era incontenible.
–Lo siento –dijo con suavidad, acariciándole el cabello y abrazándola más fuerte– iría en tu lugar, pero me temo que no soy del gusto del objetivo.
–¿Es una broma? –preguntó entre sorbidos de mocos, sin saber si reír o llorar con más fuerzas.
–Solicitaría tu sustitución por alguien más si... el Consejo fue quien te eligió.
–Soy una kunoichi… –se interrumpió por otro asalto de llanto.
Él se inclinó a recoger las katanas con una mano, la tomó de la cintura con la otra y ambos se desvanecieron del lugar. Yūgao se limpió los ojos con la manga de su camiseta y vio que estaban en la casa de Kakashi.
–Está más cerca del campo –la depositó con cuidado en el sofá– prepararé algo de té.
La dejó a solas en la pequeña salita que le parecía tan familiar. Yūgao no entendía el porqué de sus reacciones a pesar de que con cada nueva experiencia, la realidad de la vida ninja se hacía presente. No podía decir que no les habían dicho tal o cual cosa, se las habían dicho. Por lo general entraban al servicio soñando con una vida llena de hazañas heroicas y se encontraban con una preparación física, mental y militar que los preparaba para enfrentar un mundo lleno de violencia. Algunos de sus compañeros hacían su elección al terminar la Academia, limitándose a hacer misiones pequeñas por el resto de sus días sin esforzarse en alcanzar el siguiente nivel.
Llegar al rango jounin implicaba un esfuerzo extra, y alcanzar el nivel ANBU estaba destinado sólo para los más resistentes, los de espíritu más fuerte, aquellos capaces de anteponer el deber a los propios sentimientos. Sin poder evitarlo, se cuestionó seriamente si de verdad estaba donde debería estar, si estaba persiguiendo un sueño equivocado.
Él regresó, colocó las tazas de té en la pequeña mesa y se sentó frente a ella. La miró largamente, evaluando si estaría más tranquila. Descubrir su rostro y mostrarle su propia vulnerabilidad fue lo único que se le ocurrió, sabía que entendería el gesto. Deslizó la máscara y bebió un sorbo de su bebida. En reacción automática Yūgao hizo su jutsu especial para cerrar las cortinas del ventanal y asegurar la puerta.
–Como sabrás, por regla general la preparación especial la realiza un tokubetsu –explicó mirándola fijamente, usando su tono profesional.– Tratándose de un ANBU y considerando el poco tiempo que tienes en el escuadrón, Sandaime decidió que se manejara de manera interna.
–Para que nadie de fuera se entere –afirmó en tono amargo.
–De hecho consideró en primer lugar tu edad y posible poca… experiencia en ese terreno, su decisión fue para que tú no te sintieras mal –corrigió él sin inmutarse.
–¿Todos pasan por esto? –preguntó, sin contener el asomo de rebeldía.
Él la miró un instante, la pregunta que en realidad estaba planteando era "¿tú también pasaste por esto?", cerró los ojos echando la cabeza hacia atrás. Yūgao lo miró a su vez, pensando que era probable que sí, ello al menos una vez.
–Las relaciones íntimas son una cuestión delicada –comenzó, cuando creía que había desechado el tema, era mucho esperar, sin duda él tenía una misión personal que cumplir–. Implican exponerte a una vulnerabilidad total. He visto shinobi optar por enfrentar la corte marcial del Consejo.
–No lo sabía –respondió sorprendida de desconocer algo así.
–La ropa sucia se lava en casa. No se supone que se conozcan las identidades de aquellos que traicionan su juramento a Konoha.
–Capitán...
–Kakashi.
–¿Perdón?
–Estamos en mi casa, llámame por mi nombre –afirmó sonriendo, desconcertándola con el gesto, verlo sonreír sin el rostro tapado era una novedad. Yūgao asintió.
–Si declino la asignación enfrentaré al Consejo.
–De hecho.
–Y se me considerará traidora a la Hoja.
–Sólo por ellos.
–¡Qué consuelo! –respondió riendo histéricamente. Kakashi se levantó y se dirigió a su despensa.
–¿Galletas? –ofreció, regresando con un platito.
–No creí que fuera del tipo de galletas capi... Kakashi-san.
–Uh, últimamente he recibido una dotación anónima de ellas –respondió rascándose la nuca, extrañado– Tenzô es el que más las disfruta –añadió alzando los hombros, no le gustaban las cosas dulces.
Yūgao vio nuevamente la diferencia entre Kakashi y Lobo. Lobo mantenía un férreo control sobre sus reacciones, mismo que soltaba muy pocas veces, siempre parecía alerta y reía poco. Kakashi era ligero, más proclive a la risa y en general parecía común y corriente. Se dijo que el hombre era muy inteligente, manejando sus dos personas a su conveniencia. ¿Método de defensa?
–Te pareces mucho a Tenzô –comentó, viendo cómo Yūgao devoraba sus galletas mientras lo analizaba.
–Ya me lo había dicho antes –contestó ella en tono desinteresado.
Kakashi rió, reafirmando su idea de que en efecto, ambos eran muy parecidos. Lo leían a la perfección, lo analizaban y desechaban sus intentos de incomodarlos. Por fin la veía relajada, respiró internamente. El asunto tampoco resultaba fácil para él.
–Tú decides.
Yūgao lo miró un instante y bajó la cabeza.
–¿Uchiha Tenshi es tu novio? –preguntó, rompiendo el incómodo silencio.
–Supongo que sí.
–Entonces, creo que podré explicarte sólo la teoría –sonrió feliz– él te dará la práctica.
–¿Qu—qué? –preguntó, confundida– ¡Maldición, Kakashi! ¿Cómo esperas que le diga a mi novio "oye, practiquemos para que pueda seducir a otro"? ¿Estás loco? Además, además... –se interrumpió, cayendo en cuenta de que le había gritado a su jefe. – Lo siento.
–Maa... creo que hemos roto el hielo, –se limpió un sudor imaginario de la frente. Usuki lo miró incrédula.
–¡No es gracioso! –protestó ruborizada.
–¡Se me ocurrió!
–Creo que prefiero a Lobo –gruñó enfurruñada.
Kakashi se levantó del sillón y se sentó junto a ella en el sofá. Usuki no volvió la vista, concentrada en mirar sus propias manos, que, sin darse cuenta, retorcía ansiosamente.
–Yūgao... –acercó la boca a su oído y ella pudo sentir el calor de su respiración. El tono de voz, murmurando su nombre por primera vez y de una forma tan sensual, la hizo sentir mareada.
–¿Ss—sí?
–Piénsalo –dijo poniéndose de pie y cubriéndose el rostro de nuevo, un rápido sello devolvió la casa a su estado natural, inundando la habitación con la luz del atardecer– campo 3 mañana a primera hora, práctica de niten ryū y saigo, yo lo llevaré.
Vagamente consciente de que la estaba echando, se levantó, acomodó las katanas en el arnés y salió, muy alerta de su propia reacción, de que su cara estaba encendida, de que él lo había notado y que sólo la había despedido para darle tiempo a arreglar su compostura.
Caminó desconcertada, dirigiéndose a ciegas a su departamento, bastante alejado de la zona que albergaba el hogar de Kakashi. Tenzô le había dicho: "no dejes que te altere" y la había alterado, a tal grado que le habló por su nombre, lo tuteó y aparte le gritó... y eso para empezar, la segunda alteración fue de una especie completamente diferente, pensó que le gustaría pedirle consejo al chico sobre cómo actuar en esa situación. Sacudió la cabeza, en definitiva se le estaba soltando un tornillo, ya que se le había ocurrido pedir asesoría a un chico sobre emociones femeninas.
Una simple modulación de voz había bastado para dejarla perturbada, ruborizada y con el corazón amenazando salírsele del pecho. En definitiva, era alguien muy peligroso.
"Piénsalo", ¿se habría referido al asunto con Tenshi? Decidió que sí.
–Uff –suspiró Kakashi dejándose caer en el sofá.
Había pasado parte de la mañana paseando como león enjaulado en los confines de su oficina, barajando la mejor manera de plantear el asunto a una chica que aunque ya era considerada adulta según las leyes ninja, aún era una adolescente. Tras analizar cada faceta y posible reacción decidió un planteamiento directo. El día anterior la había visto pasear de la mano con un Uchiha, si estaba involucrada en una relación romántica, existía la posibilidad de que sólo tuviera que pasar por encima de un estallido emocional, si no lo estaba entonces las cosas se pondrían feas.
El llanto confirmó su suposición, precisar sus propias reacciones ante ojos rojos y mocos le costaba trabajo, él no era muy proclive a mostrar sus verdaderos sentimientos, frecuentemente ocultos tras una fachada de desinterés general ante la vida, verla llorando lo desconcertó. Se sentía culpable por haberla puesto en la mira del Consejo, pero nuevamente, seguía considerando que la elección de Uzuki tenía más que ver con su belleza que con verdaderas proezas de acción, sintió la irritación reptar nuevamente sobre su piel.
Con su elección de palabras Sarutobi le había dado a entender que la "decisión" de Uzuki tampoco era negociable, "tienes una semana para obtener su consentimiento". No había una ley escrita que obligara a un shinobi a cumplir una asignación, excepto su propia ética profesional, sin embargo, dadas las circunstancias, era posible que la pasaran por condicionamiento si se negaba, si su psique rechazaba ese proceso, la corte marcial era lo que la esperaba.
Detectar el talento era uno de sus dones, otra más de las razones para que Sarutobi lo mantuviera como cabeza del escuadrón. Para él el puesto era sólo un detalle, ser ANBU o jounin era lo mismo, aunque ser ANBU tuviera la ventaja de calificar a un shinobi para aprender las técnicas secretas de la aldea, algunas de ellas prohibidas, como los clones de sombra o los jutsus de muerte. Él estaba convencido de que la diferencia era tan sólo en apariencia, en el fondo seguía siendo él mismo. No perder de vista ese hecho era una de las cosas que lo mantenían cuerdo. El desempeño de Usuki le había dado indicaciones de que pensaba de la misma manera, su intuición y capacidad estaban en desarrollo, pero eran sobresalientes para alguien de su edad. Si tenía razón, ella aceptaría.
–Oi, Kakashi –saludó Genma apareciendo ante la cocineta, sacándolo de sus pensamientos.
–¿Emergencia? –preguntó ya adormilado.
–No, quería asegurarme de que la nube negra hubiera pasado.
–Creí que seguías en misión.
–Terminé temprano –dijo quitándose la armadura y las guardas.
–Entonces Tenzô te puso al corriente.
–¿De tu mal humor? –preguntó, abriendo el refrigerador, sacó dos cervezas y le arrojó una, que Kakashi atrapó en el aire.
–Tch.
–Sea lo que sea veo que ya pasó –dijo alzando los hombros– recórrete.
–Siéntate en el sillón.
–Nah, este sofá es cómodo, necesito tirarme un rato, estoy molido.
–Vete a la recámara.
–¿Sin ti? Olvídalo –respondió bostezando ruidosamente.
–Idiota. –Las bromas subidas de tono de Genma terminaron por aligerarle el ánimo. Desde que ingresara al escuadrón Genma cuidaba de él.
Sonrió, la voluntad de fuego característica de la aldea era lo que los impulsaba a continuar la cadena de protección hacia los pequeños, extendiéndose muchas veces hasta la edad adulta. Genma seguía viéndolo como un crío, malcriándolo hasta el cansancio.
Genma lo miró de reojo, observando que se acomodaba dejándole espacio. Cuando Kakashi ingresó al escuadrón se había sentido asombrado por su edad, era prácticamente un niño, por lo demás, solitario y arisco, de estructura física frágil, poseedor de una increíble belleza que se percibía aún a través de la máscara que ocultaba su rostro. La semana siguiente cumpliría los veinte y aún seguía teniendo los mismos ojos infantiles, grandes, dormilones y tristes, aunque era mucho menos arisco y en definitiva se había fortalecido, aunque su cuerpo seguía siendo esbelto y ligero.
Se preguntó si seguiría en el escuadrón hasta el límite de edad o se retiraría tras los diez años que permitía el servicio, él mismo se acercaba a ese tiempo, tras lo cual sería considerado como un tokubetsu. Cerró los ojos, por el momento sólo le interesaba dormir un rato.
–Reportándome, capitán.
–Bienvenida.
La observó con sumo cuidado, detectando las huellas del poco sueño de la noche anterior, evaluando sus reacciones ante su presencia.
–Has unas katas con las dos espadas –ordenó– usa tu máxima velocidad.
–Sí, capitán –respondió, obedeciendo en el acto, ligeramente indignada de verlo echarse bajo la fronda de un árbol, un extraño libro naranja abierto sobre su rostro.
–¡Concéntrate! –ladró.
Sin que supiera cuándo, de pronto él estaba atacándola con resolución, alternando fintas con desvíos, giros bruscos de muñeca y un movimiento de piernas y cuerpo que disparaba sus instintos de defensa. Por un rato se sintió como un ratón siendo el entretenimiento de un gato, hasta que su cuerpo reaccionó con enojo disparando la adrenalina.
–Kodachi abajo, katana arriba –corrigió el movimiento final, dando un golpe con el canto del ninjatô a la espada corta de Yūgao y, desviando la katana con la suya, la desarmó fácilmente– si no te acostumbras a esa posición, cambia las espadas de mano. Descanso.
Yūgao se dejó caer en el pasto, el corazón aún acelerado por el esfuerzo físico.
–Perdone mi reacción de ayer –se disculpó, inclinando la cabeza.
–¿Has tomado tu decisión?
–Lo haré –respondió, sin duda no perdía el tiempo, se sentó a su lado, pasando una mano sobre la sudorosa frente.
Kakashi suspiró, eso solucionaba un problema. Ahora tendría que abordar los demás de uno en uno. La miró, aún sudaba profusamente por el intenso ejercicio. Deslizó la máscara y acercó su rostro al de ella, le dio un suave lengüetazo sobre el labio superior.
–¿Qu-qué cree que hace? –él se apartó al instante.
–Tenías una gotita de sudor sobre el labio.
–Yo... esto... ¿gracias?
–Tendrás que acostumbrarte al contacto físico de extraños.
–Lo siento.
–Deja de disculparte. Tomaste tu decisión, acepta las consecuencias. Controla el rubor –ordenó, como recitando una oración practicada; regresó la máscara a su sitio.
Usuki volvió la vista hacia él, descubriendo el brillo plateado en el ojo gris profundo, característico de su persona Lobo. Sintió un ligero estremecimiento. Si así reaccionaba con alguien a quien le confiaba su vida sin dudar, no quería ni pensar en la misión. Se sintió avergonzada.
–¿Podríamos... comenzar de nuevo?
–Ya comenzamos, mi deber es corregirte.
–¿Sabía que aceptaría?
–Cuando llegaste aquí asumí que lo habías hecho. Como sea, un buen entrenamiento siempre es bienvenido –respondió estirándose satisfecho.
–¿Soy tan predecible?
–Eres una excelente ninja –volvió el rostro hacia ella–. Suficiente descanso –afirmó, lo miró incrédula, él le entregó un pequeño carrete.– El manejo del saigo aplica los principios de la técnica de listones combinado con el hojojutsu y técnicas vorpales. El peso que tiene en la punta permite su uso como arma flexible.
Yūgao lo miró aprensiva ¿cuánta resistencia poseía ese demonio?
–¿Lis-tones?
–Una de las disciplinas kunoichi –explicó, aumentando la irritación de Yūgao, por supuesto que sabía a qué se refería– si no me equivoco. Para disminuir el riesgo de accidente usaremos hilo de cabello negro, tienen la misma densidad –le tendió un pequeño carrete– le pedí a Ardilla que les colocara un peso igual en la punta.
Se puso de pie y ella lo siguió hasta el centro del claro. Nuevamente la forzó lo indecible. Movimientos vertiginosos que escasamente conseguía seguir, haciéndola sentirse demasiado conciente de la diferencia de niveles y darse cuenta de que, incluso dando su mejor esfuerzo, él estaba haciendo concesiones.
Lobo mantuvo el ritmo por mucho tiempo, ordenó el alto justo cuando ella sentía que el alma quería abandonarle el cuerpo. En todos sus años de práctica jamás la habían llevado al límite, ahora se sentía cercana a él. El sol de la tarde caía a plomo sobre la tierra, evaporando descarado la poca agua que sentía que le quedaba en el cuerpo. Se sentó a la sombra, sintiendo las rodillas temblorosas y los brazos adoloridos por el esfuerzo. Sacó la cantimplora de la mochila y bebió un anhelante sorbo.
–Diré esto una sola vez: no es mi intención hacerte las cosas difíciles, pero hay demasiado en riesgo como para que te las facilite. Sólo te puedo dar a elegir, Uzuki, podemos continuar en público o en privado.
No le respondió, supuso que esperaría nuevamente que le dijera su decisión. Él se sentó a su lado nuevamente, sin previo aviso le pasó una mano por la nuca y su cuerpo respondió con una sacudida, había sido tan sólo un roce, enrojeció hasta las orejas, respiró profundo y forzó a la sangre a regresar a su lugar. Lobo la miró, impasible.
–Hay una diferencia entre el amor y el deseo, esto es deseo –acercó el rostro hacia ella.
Le lamió la hélice de la oreja y aprisionó entre los dientes su lóbulo, bajó despacio por el cuello hacia la nuca, dejando una vereda de húmeda respiración en su descenso mientras posaba una mano sobre su rodilla, formando pequeños círculos con los dedos, en una caricia lenta y desconcertante. Yūgao sintió el corazón acelerado y el estómago en caída libre.
–Si aceptas la existencia del deseo podrás controlarlo. No luches contra él, –murmuró contra su nuca– Yūgao.
Pensó que era más fácil decirlo que hacerlo. Su sistema de razonamiento había perecido en un instante. Él se apartó, dejándola con una sensación de fría ausencia que le mordía la piel. Enrojeció nuevamente, sintiendo un absurdo impulso de protegerse con los brazos. Lo miró enfundar las espadas en el arnés y acercarse, le tendió una mano, ayudándola a ponerse de pie.
–Por hoy eso es todo, mañana a la misma hora –dijo, desapareciendo al instante.
–Te odio –murmuró, alejándose a paso lento del campo de entrenamiento, se sentía demasiado drenada como para transportarse.
–Uhu... eso fue… mmm seeexy.
–¡Anko! –gritó sobresaltada, la chica había aterrizado a su lado. – ¡Te voy a matar!
–Me preguntaba dónde andabas... –comentó Anko, caminando desenfadada, los brazos cruzados tras la nuca.
–Entrenando –respondió, irritada.
–¿Sabes? No he podido meterme en sus pantalones… aún, pocos pueden.
–No sé de qué hablas, –contestó, ruborizada a su pesar– pero no lo comentes con nadie.
–Oh, vas en serio con él.
–No es eso.
–¿No? yo creo que sí es eso. Uh, cuando se enteren… –agitó un dedo ante su nariz.
–Por favor Anko, –la tomó del brazo– te lo ruego.
–Pero si es algo de lo que puedes alardear, no entiendo el problema –dijo, mirándola confundida.
–De verdad, yo... yo salgo con alguien y esto es... es un entrenamiento... especial.
–Oh.
Anko caminó junto a ella. Yūgao no era alguien que hablara mucho, la mayoría de las veces se limitaba a escuchar, obedecía las órdenes sin rechistar y su desempeño era extraordinario. Muchas de las asignaciones que cumplían los miembros del escuadrón eran solitarias y tampoco era del tipo que discutiera los detalles de misión con el resto del equipo. La miró de reojo, se veía atribulada más allá de lo razonable, consideró el punto con seriedad, tal vez era debido a su juventud, tal vez a que apenas llevaba año y medio en ANBU.
–Podrías pedir que te sustituyan –dijo al tanteo, dejando de lado el tono de broma que siempre utilizaba.
–No es opción –murmuró.
Se quedó callada, sin saber exactamente qué decirle. El procedimiento estándar en ese tipo de situaciones era enviar un tokubetsu, hombre o mujer según el caso, si no había alguno disponible entonces se solicitaba un voluntario, que ya hubiera sido previamente adiestrado por un tokubetsu. Las excepciones eran kunoichi extremadamente hermosas que eran solicitadas por el Consejo para una misión de alto riesgo diplomático. Miró a Yūgao, en definitiva esa debería ser la situación.
–No sé por qué me afectó tanto.
–Son las hormonas –dijo Anko sin darle importancia– juegan malas pasadas. Estás aún en la edad en que adentro es un caos –alzó los hombros– el pensamiento racional es desechado apenas entra en escena.
–Eso sonó extrañamente alegórico.
–¿Prefieres una explicación científica? –preguntó confundida, era perfectamente capaz de hacerlo, sólo que no iba con su estilo. Le recordaba demasiado a su sensei.
Yūgao rió ante la expresión de Anko, todos sabían que había sido alumna de uno de los sannin. Siguieron caminando en silencio hasta la salida del campo de entrenamiento. El mundo seguía girando a su ritmo, ajeno al pequeño drama personal, al igual que la vid,a que continuaba su avance, omisa de sucesos individuales, moviéndose con su propia inercia.
–Puede no parecerlo pero sabe lo que hace –dijo Anko de pronto, considerando que tenía que decir algo que le diera seguridad a Yūgao.– Sigo pensando que eres afortunada, es todo un bombón. Tiene hasta un club de fans.
–Anko...
–¿Qué? Vamos, admítelo.
–¿Qué puedo decirle?
–Nada, es un Uchiha, sabrá entenderlo y si no lo entiende entonces no es digno de pertenecer a un clan élite –respondió Anko despreocupada, comprendiendo de inmediato a quién se refería su compañera.
–¿Hay algo de lo que no estés enterada?
–Mm... déjame pensar… No.
–Te odio.
Una de las características de Anko era la naturalidad con que aceptaba lo que sucedía, como si el hecho, por muy extraño que pareciera sólo fuera una pequeña desviación dentro de un gran esquema; cualquiera atribuiría esa actitud a un desinterés por el mundo en general, pero Yūgao sabía que no era así, Anko encontraba siempre lo positivo dentro de lo negativo y podía ver debajo de todas las capas que ocultaban cualquier cosa ya que poseía una inteligencia muy por encima de lo normal.
Dentro del campo de batalla era silenciosa, rápida, precisa y letal, de ahí el nombre de su máscara, utilizaba el temor ancestral de la especie humana hacia las serpientes, que controlaba a la perfección, para dominar a cualquiera que tuviese la mala fortuna de cruzarse en su camino. Fuera de él era bromista, alegre, habladora a más no poder, escandalosa y poco pudorosa y también tenía un corazón de oro. Yūgao sonrió, pensando lo que le haría si supiera lo que pensaba de ella.
–Yūgao.
–¿Sí?
–Todo saldrá bien.
Por alguna razón esas simples palabras funcionaron mucho mejor que todas las anteriores que le dijera.
–¿Ya estás bien?
–Sí, gracias.
–Entonces cárgame, estoy cansada –dijo con una brillante sonrisota.
–Serás...
Glosario:
*Niten ryū es el nombre que recibe la técnica samurai de manejo de 2 espadas.
*Saigo significa literalmente muerte, momento en que se muere y es un arma que inventé para mi fic "Bajo las cicatrices". No tengo idea si existe algo parecido en la tradición ninja.
*Hojojutsu son técnicas para atar o restringir a una persona con cuerdas, aún utilizadas por la policía de Japón.
*Vorpal es un adjetivo creado por Lewis Carrol en la secuela de Alice in Wonderland (Through the Looking-Glass), adoptado por la cultura popular para designar armas con potencial de muerte instantánea, generalmente por decapitación.
