De nuevo haciéndole tortura a Yamato... pobre xD.
HC: Sora tiene un gusto por los animales.
Yamato x Sora x Koushiro
Peligro animal
.
.
—¿De quién ha sido la idea de venir? — cuestionó Koushiro haciendo de para sol con su mano derecha.
En la izquierda sostenía un folleto de animales exóticos al que solo un vistazo había bastado para enterarse de todo. Yamato, a su lado, levantó un dedo y señaló hacia la pelirroja que miraba emocionada a las cebras. Una de ellas se acercó a morder la comida que le ofrecía y ella rio encantada.
Ambos sudaban como pollos. Hacía un calor de muerte en pleno verano. Sus camisas eran ya como una segunda piel casi. Y sin embargo, Sora estaba tan fresca como una lechuga.
Cuando unos días atrás Koushiro había traído las entradas, la pelirroja se había enfadado con un pícaro mohín que al chico de ojos negros le encantó, pues habían sido regaladas por una clienta que claramente intentó tirarle los tejos. Koushiro había aceptado las entradas con educación y las llevó a casa con la idea de que quizás Hikari y Takeru se sintieran atraídos. Incluso veía la posibilidad de que Mimi y Taichi fueran juntos.
Pero Sora se las había quitado de las manos mientras sus ojos brillaban y alegado que se aseguraría que todos tuvieran libre ese día en sus agendas para el evento.
Yamato y él no compartían su fanatismo por el safari. Mientras que Sora era capaz de disfrutarlo, él no cesaba de pensar que estarían mucho mejor en su hábitat y Yamato no cesaba de pensar que ellos estarían mejor en el sofá con tres cervezas bien frías y una película de estreno en el canal satélite.
—La idea fue de ella. La culpa tuya— recordó Yamato dándole un cachete en el trasero que le sacara los colores.
Ambos avanzaron un poco más en busca de algo de sombra. Sora alternaba las idas y venidas de un rondel a otro. Una jirafa quiso comérsele el cabello y Koushiro y Yamato tuvieron que alejarla porque casi se engancha de su cuello.
Se había metido en un cercado de lobos y sacarla de ahí fue casi imposible.
Yamato miró su reloj, el que tanto Koushiro como Sora le regalaran durante su último aniversario.
—¿Crees que podremos convencerla de hacer un alto para comer?
Koushiro dudó.
—SI tiene un animal en la mesa, quizás— bromeó.
Yamato sacudió la cabeza. Pocas veces eran las que el rubio aceptaba una broma en la que tuviera que ver la comida de por medio. Koushiro estaba seguro de que si Yamato no quisiera ser astronauta o músico su tercera vocación sería de chef mundial.
Se acercaron a Sora justo cuando esta sacudía sus manos y les miraba con devoción.
—Son preciosos, en serio. Gracias, Kou.
Le plantó un beso en los labios y una sonrisa como regalo. Koushiro se sonrojó y empezó a pensar que esas cositas ablandaban sus deseos de haber quemado las entradas.
—Vamos a comer, anda— intervino Yamato pasándole un brazo por los hombros a Sora—. Aquí detrás está el restaurante. Junto al acuario.
Sora hizo lo mismo con Koushiro, pero en su cintura. Asintió y tras dar una última mirada a esos animales, les siguió.
Lo que Yamato no contaba es que había que pasar el acuario para llegar hasta el restaurante. Maldiciendo entre dientes, ambos hombres intercambiaron una mirada mientras Sora los arrastraba de un tanque a otro y señalaba puntos fuertes. Incluso pudo decir que varios peces se parecía a alguno de ellos.
El de Koushiro tenía colores rojos y nada de forma extraña. El de Yamato estaba dentro de un saxofón de plástico que tenían como decoración. El suyo propio era un joven pez naranja que era perseguido por ambos peces.
Cuando finalmente llegaron al restaurante, Yamato tenía el estómago por los suelos y no pensaba más que en comida. Koushiro se quedó guardando la mesa mientras que la pareja iba en busca de comida. Yamato conocía bien los gustos de sus dos amantes, así que buscar algo para Koushiro no sería difícil.
—Oh, Dios. Matt, mira que bolitas de arroz más preciosas. Parecen pandas.
Yamato las miró con las cejas alzadas.
—Son fáciles de hacer.
—¿Harás? — Sus ojos brillaron con emoción y esperanza.
Él asintió, pensativo, mientras echaba más ensalada al plato de Koushiro y el de ella.
Sora continuó emocionada con lo que quedaba de parque. Koushiro terminó con dolor de piel por las horas bajo el sol y sin protección. Yamato tenía un tremendo dolor de cabeza de haber seguido a la chica por todos lados.
Mientras ella dormía satisfecha en la parte de atrás del coche que conducía, miró hacia el chico con el ceño fruncido.
—A la próxima, quemas, destruyes, mojas, lo que sea, las dichosas entradas.
Koushiro asintió y se quitó los zapatos con alivio.
—Creo que tengo ampollas.
Yamato frenó de golpe.
—¿Qué dices de pollas?
Koushiro agrandó los ojos y le miró con espanto.
—¡Ampollas!
—Gallinas.
Los dos miraron hacia Sora. Bostezaba y se acomodaba en el asiento, todavía en el mundo de los sueños. Su respuesta había salido casi automáticamente.
Ambos hombres suspiraron.
—Parece que realmente vamos a tener que hacerle un regalo por navidad— murmuró Koushiro—. Habrá que comprarte pastillas para alergia.
Yamato chasqueó la lengua.
—¿En serio vas a comprarle el dichoso conejo?
Koushiro enarcó las cejas.
—O un conejo o regresar a caminar todo lo que hemos pasado hoy. Así que lo veo algo más rentable.
El rubio no pudo más que darle la razón.
Aunque un mes después, su nariz le odiaba con toda su alma. Las pastillas de la alergia poco hacían contra su problema. El conejo de Sora que había apodado como Yako, reuniendo las dos primeras letras de los nombres de sus dos personas favoritas, le odiaba y adoraba roerle los zapatos.
Koushiro le daba palmaditas de alivio.
—Venga, verla feliz es lo mejor.
—Koushiro. Si no fuera porque tengo la nariz como una fuente de mocos, en estos momentos, tu culo estaría contra mi cadera y tu cara contra la pared mientras tu boca gritaba mi nombre. A veces eres un genio, pero otras me dan ganas de torturarte.
Koushiro enrojeció ante la idea. Sora se unió a ellos, sentándose sobre sus rodillas y aumentando sus estornudos.
—Oh, Yamato— protestó—. ¿Estás seguro de esto?
Él asintió y se encogió de hombros mientras se limpiaba la nariz.
—Solo tendré que soportarlo un tiempo. ¿Cuánto tiempo viven los conejos?
Sora sonrió con inocencia.
—Muchos años si los cuidas bien.
Yamato maldijo entre dientes. Dudaba que su nariz aguantara tantos años.
Pero ver a Sora feliz, que fuera capaz de besarle aunque tuviera la nariz como un tomate, daban sentido a soportar todo y más.
Aunque no compartiera el amor de Sora por los animales.
Notas de autora:
Este fue mega flojito uxu.
