Bien, solo quería decir que es muy probable que la historia de Kul Elna cambie un poco. No porque necesite hacerlo realmente, sino porque no recuerdo muy exactamente qué fue lo que sucedió y, aparte, así lo acomodo mejor al AU de esta historia.
Además, por si no lo han notado, Atem todavía no obtiene su rompecabezas del milenio, porque todavía no es el Faraón oficial.
Y ya por último, YGO! DM no me pertenece.
Capítulo 4
"El metal de los barrotes estaba muy oxidado," dijo Yugi una vez que ambos estuvieron fuera. "Lo noté la primera noche y le pedí a Jono que me trajera algo para poder debilitarlos más. La fuerza de un caballo bastaría para romperlos."
Por fin, Atem pudo ver al tal Jono. Se trataba de un joven rubio —o castaño muy claro —y alto, con una mirada afilada y un aura fuerte.
Él le sonrió amistosamente mientras quitaba la soga que había atado alrededor del caballo.
"¿Y tú eres?" quiso saber. Su acento marcado complicaba la traducción de Atem.
Aquella ventana de la mazmorra en la que estaban daba hacia los jardines exteriores del palacio del emperador de Hitita. No habían guardias a la vista, por lo que podían hablar sin preocuparse realmente.
Sin embargo, antes de que Atem pudiera pronunciar palabra, Yugi lo interrumpió.
"Él es el Príncipe de Egipto, Jono. Trátalo con respeto si no quieres tu cabeza lejos de tu cuello," bromeó.
Atem pudo ver a Jono tragar saliva.
"¡¿El Príncipe?! ¡¿Y qué diablos hace aquí el Príncipe de un país como Egipto?!" cuestionó asombrado, o quizás espantado, pensó Atem.
Atem suspiró.
"Yugi dijo que me ayudaría a volver a mi país si me mostraba algo primero," contestó.
Jono parpadeó un par de veces y dirigió su mirada al chico de estatura más pequeña.
Yugi se encogió de hombros.
"Sí..., ya sabes, le daremos comida, un lugar seguro para dormir y buscaremos la forma de hacerlo volver... Quizás una carreta, o ir al sur y alquilar un bote..."
"¡¿Huh?! ¡¿Nosotros?!" preguntó Jono en su idioma natal y luego se aclaró la garganta. "No sé si podamos..."
El príncipe rió interrumpiéndolo.
"Por supuesto, me encargaré de recompensarlos en su momento," añadió.
La mirada desconfiada de Jono cambió por una más interesada y pronto terminó asintiendo.
"Bueno, si no hay nadie más que pueda hacerlo..."
Yugi rió con disimulo.
"Qué interesado."
Jono volteó a mirarlo y levantó un puño frente a él.
"¡Hey! ¡Solo estoy buscando lo mejor para futuro!"
"Sí, sí..."
El caballo a su lado relinchó de manera graciosa para llamar la atención y Yugi y Jono se acercaron a él.
"De todos modos," Jono se aclaró la garganta y acarició la crin del caballo. "Síganme ambos, nuestro transporte nos espera."
Atem asintió una vez y siguió de cerca a ambos recién conocidos.
No es como si confiara ciegamente en Yugi o algo así, pero en ese momento, el Príncipe de Egipto sentía que iba a necesitar toda la ayuda posible para poder volver.
Llegaron prontamente a las afueras del palacio cruzando una especie de túnel que Jono había utilizado para entrar.
El transporte se trataba de una carreta poco más grande que la que habían utilizado los habitantes de Kul Elna para traer a Atem a Hitita.
Kul Elna, recordó el Príncipe con el ceño fruncido. Todavía no lograba recordar de dónde se le hacía familiar aquel nombre.
"Bien, ahora solo tenemos que esperar a los demás," avisó Jono después de acomodar al caballo frente a la carreta.
"Ya estamos aquí," escucharon una voz femenina.
Al girar, Atem se encontró casi frente a frente con una guapa joven rubia de largo cabello. Su perfume era fuerte que casi lograba hacerlo estornudar.
Dio unos pasos hacia atrás hasta que chocó con algo o, mejor dicho, con alguien.
"¿Huh? ¿Quién eres tú?" quiso saber. Se trataba de alguien alto y moreno, con el cabello corto y una mirada tan afilada como la de Jono, aunque no parecía mostrar hostilidad hacia el príncipe.
"Chicos, no tenemos tiempo, los guardias se darán cuenta de su ausencia," comentó otra chica de cabello castaño corto llegando con rapidez.
Atem parpadeó dos veces.
"¿Teana?" preguntó. "¿Qué haces aquí? ¿Te dejaron salir del palacio?"
La chica de mirada azulina frunció el ceño y Atem notó que se había equivocado. Teana tenía los ojos más oscuros, como rojizos, quizás.
"¿Teana?" repitió la chica. "Lo siento, no sé de quién hablas, yo me llamo Anzu. ¿Tú eres de Egipto? ¿Cuál es tu nombre?"
Atem no supo qué decir por unos segundos, pero por suerte no tuvo que pensarlo mucho cuando, desde una considerable distancia, todos escucharon.
"Los prisioneros han escapado! ¡Rápido, búsquenlos, no deben estar muy lejos!"
"¡Mierda!" exclamó Jono subiendo al frente de la carreta y tomando las cuerdas del caballo. "¡Suban todos, rápido!"
Atem miró a Yugi, quien asintió.
"Explicaré todo en el camino," dijo subiendo primero a la carreta y ayudando a Anzu a subir después. "Solo confíen en mí."
Anzu, la mujer rubia y el hombre alto compartieron una mirada y asintieron. Por un momento, Atem pensó que se negarían a llevarlo, pero al parecer ellos en serio confiaban en Yugi.
Envidiable, penso Atem. Él esperaba que su reino confiara de la misma manera sobre él en algún momento.
Y así, el príncipe también subió al transporte.
Yugi no tardó mucho más en hacer las debidas presentaciones para después contar lo poco que sabía sobre la historia de Atem, asimismo el príncipe agregó las partes que no había mencionado hasta el momento.
"¿Kul Elna?" preguntó Honda mirando a Atem. "¿Te capturaron remanentes de Kul Elna y te vendieron al palacio de Hitita?"
¿Remanentes?, se preguntó Atem con el ceño fruncido antes de asentir.
"No sé qué es lo que exactamente busca el emperador al casarme con una de sus hijas, pero no ganará poco," explicó. "Como sea, no puedo dejar que algo así suceda antes de ver a mi padre."
"Por eso debes volver..." concluyó Anzu abrazando sus rodillas cerca a su pecho para después mirar a Yugi. "Pero... ¿Estás seguro de esto? ¿No es relativamente peligroso tanto para el Príncipe como para nosotros?"
Yugi se quedó en silencio por unos segundos.
"Ciertamente," dijo. "Si pagaron por él, no hay duda de que lo buscarán en un futuro cercano, pero pienso que no lo buscarán entre nosotros. Somos viajeros, después de todo."
Atem lo miró.
"No quiero causar problemas. Puedo buscar una manera solo de regresar a mi reino, no tienen que..."
"No," lo interrumpió Yugi. "Lo dije antes, ¿no? Tienes que ver algo antes de volver, estoy seguro que lo necesitas."
Silencio.
Nadie se atrevió a decir algo por un largo tiempo en el que solo se escuchó el galope del caballo y las constantes órdenes de Jono.
¿Cómo Yugi estaba seguro de eso? ¿Qué era lo que quería que viera?
Atem no podía responder esas preguntas por sí mismo.
"Ah..." Mai suspiró un poco fuerte, llamando la atención de todos en la carreta. "Si Yugi lo dice, entonces debe ser así; sin embargo, tendremos problemas si alguien que no somos nosotros lo averigua."
"¿Y por qué sería eso?" quiso saber Atem.
"Hm..." fue Honda quien decidió responder. "Digamos que no todos tienen una buena relación con Egipto, o más bien con el Faraón y sus sacerdotes."
Con un suspiro, Atem apoyó la espalda contra el lateral da la carreta. Aunque no entendiera muchas cosas, sabía que su padre había hecho mucho para que Egipto lograra ser el gran reino que es.
Probablemente no pediría por su vida si alguien buscara venganza, pero...
No puedo rendirme, pensó el Príncipe cerrando los ojos.
Por supuesto, no era el único que podía tomar el trono tras la muerte de su padre. Estaba seguro que Aknadin aprovecharía la oportunidad, o incluso el sacerdote Seto podría tomar las riendas sueltas del reino.
Pero no podía dejarlo así.
Él era el único hijo de Aknamkanon, como había dicho el emperador de Hitita, y, como tal, no podía decepcionar a su padre. Atem no podía abandonar sus responsabilidades como único Príncipe de Kemet.
Sin saber en qué momento sucedió, Atem se quedó dormido arrullado por sus pensamientos y por el ligero temblor de la carreta.
Dentro del palacio de Egipto, todo era un caos.
Los sirvientes corrían de un lado al otro llevando y trayendo diferentes encargos. No faltaba mucho para que un nuevo año comenzase y con ello llegaba el cumpleaños del Príncipe Atem; sin embargo, al no haber Príncipe, ¿a quién debían celebrar?*
Los habitantes del reino ya habían comenzado a traer ofrendas y regalos con la ilusión de poder ver aunque sea una vez al próximo Faraón, pero con la ausencia de este, las cosas simplemente habían ido de mal en peor.
Sobretodo por la falta de empeño en las fiestas religiosas, los habitantes del reino ya habían comenzado a rumorear diferentes ideas.
Y era así como todos los sacerdotes habían llegado a la sala de reuniones. Sin excepción.
"No creo que se haya escapado," dijo por enésima vez Mahad apoyando desde la distancia a uno de sus amigos más cercanos. "Es simplemente imposible que el Príncipe haya hecho algo así."
"Lo haya hecho o no, el asunto es que ahora carecemos de un gobernador," puntualizó Aknadin.
"¿Se deberá a que lo estábamos obligando a casarse?" sugirió Shimon.
"No lo estábamos obligando. No podemos hacer eso," comentó Seto. "Estoy de acuerdo con Mahad en que el Príncipe no pudo haber escapado. No podría haberlo hecho sin que nadie lo notara."
"Sobre eso," comenzó Shada. "Algunos guardias dicen que lo vieron ir hacia los establos la noche de su desaparición. Intentaron acompañarlo, pero se negó rotundamente."
"¿Será por una mujer?" sugirió Karim.
Por unos segundos, la sala se sumió en un silencio infernal.
"Imposible," fue Seto quien habló. "El Príncipe no haría algo así, a menos que..." miró a Mahad por unos segundos antes de suspirar y negar. "Como sea, ¿no podemos rastrearlo con su magia?"
Isis negó.
"Podemos ir al establo real e intentarlo, pero si el Príncipe no hace uso de su Ka, no podremos hacer mucho," explicó.
"Pero igual se hará algo," concluyó Aknadin levantándose y dando por terminada la improvisada reunión. "Busquen e investiguen en los establos. Yo trataré de calmar a las multitudes."
Todos asintieron y también se levantaron para ir saliendo uno a uno de la sala de reuniones.
Por último, los únicos que quedaron fueron Mahad e Isis.
El mago miró a la sacerdotisa con sospecha.
"No puedo creer que tu collar del milenio no te haya mostrado este futuro," dijo.
Ella solo mantuvo la mirada al frente, en ningún punto en especial y sin ninguna expresión para remarcar.
"El futuro es incierto, Mahad," contestó. "A veces ni siquiera yo sé qué es lo que veo; solo sé que no mentí cuando dije que no habrían desastres cercanos."
Isis empezó a caminar dejándolo unos pasos atrás.
"¿Entonces dices que esto no es un desastre?" quiso saber dándole el alcance.
La sacerdotisa se tomó un tiempo para responder.
"Esto no fue lo que vi," dijo.
"¿Qué fue lo que viste, entonces?"
Mahad la tomó del brazo y ambos detuvieron su andar solo para mirarse por un prolongado tiempo directamente a los ojos, como para buscar una verdad que seguramente no encontrarían.
"Un reencuentro," contestó con la voz bañada en convicción, quizás para que él le creyera y la apoyara en ese hecho. "Vi un reencuentro, Mahad."
El mago frunció el ceño y lentamente la soltó.
"¿Un... Reencuentro?" repitió.
Isis asintió y llevó ambas manos sobre su pecho, como si abrazara algo invisible para Mahad.
"Mahad," lo llamó. "¿Hace cuánto que no buscas la magia de tu aprendiz?"
Y con eso dicho, Isis continuó su camino hacia los establos dejando a Mahad confundido y, de alguna manera, preocupado.
Aprendiz... Reencuentro... ¡¿Podrá ser...?!
Pero se vio obligado a sacudir su cabeza para quitar esos pensamientos. No podía. No era el momento para eso.
Si ella estaba viva, ella seguiría viva. El Príncipe era la prioridad en el momento.
Aunque, se dijo, si realmente era como Isis decía, buscarla también sería productivo.
Con eso en mente, Mahad siguió el mismo camino que Isis.
Cuando Atem abrió los ojos, se dio con la sorpresa de que su transporte se había detenido y, con ello, que ni Yugi ni los demás estaban con él. Por un momento pensó que había caído en una trampa o algo similar, pero se obligó a calmarse y pensar con la cabeza fría.
Yugi no parecía ser del tipo mentiroso.
Se estiró un poco antes de decidir salir. Se escuchaban voces a los alrededores y algunos otros sonidos similares a los que oía cuando caminaba entre la servidumbre del palacio.
La luz del sol lo cegó por unos cuantos segundos y no fue hasta que se cubrió con el antebrazo que pudo abrir los ojos.
"Wow..." fue lo primero que escapó de sus labios.
Era como un pequeño pueblo, solo que se notaba que no lo era.
Las casas eran de largas telas blancas, habían maderas amontonadas que seguramente eran hermosas fogatas en las noches y cuerdas entre palo y palo en las que colgaban ropas ligeras. El olor de carne cocinándose llegaba a sus fosas nasales y hacía que su estómago rugiera, incluso podía oír las aguas de un río cercano, pero antes de siquiera dar un paso, una voz lo interrumpió.
"Asombroso, ¿verdad, su alteza?" preguntó Jono con una sonrisa de lado.
Atem casi saltó por la sorpresa, pero logró guardar la compostura para responder.
"Ni que lo digas," contestó Atem mirando el lugar y luego volviendo a mirarlo. "¿En dónde estamos?"
Jono emitió un "hm..." mientras ahuecaba su barbilla entre los dedos.
"Al Este de Hitita, podríamos decir. Quizás entre las fronteras de Babilonia o Mitanni."
"Oh..." dijo Atem.
Eso es realmente lejos, pensó mirando la arena bajo sus pies.
Jono se aclaró la gargante y Atem lo miró. El joven de claro cabello le tendió una especie de capa oscura.
"Como dijo Honda, no todos tienen una bonita historia con la familia real de Egipto, solo por seguridad," explicó a lo que Atem asintió.
La capa le cubría la mayor parte del rostro pasando por sobre los hombros y llegando hasta los tobillos. Hacía calor, aunque no tanto como en Egipto, por lo que era soportable.
"La capa te quedó mejor de lo que esperé," mencionó Yugi acercándose.
Atem sonrió.
"Supongo que ambos tenemos el mismo problema," comentó señalando su cabeza.
Yugi rió mientras asentía.
"Debes tener hambre," dijo. "Vine para llevarte a comer."
"Está bien, pero ¿no debías mostrarme algo?" preguntó Atem.
No era por ser maleducado, pero aunque le gustara el lugar, en realidad quería volver lo antes posible a su reino.
"Todo a su tiempo, Príncipe," contestó Jono como si supiera de qué hablaba. "Reuniremos lo que necesitamos en unos días, mientras tanto, ¿por qué no intentar relajarte y dejar el papel de Príncipe por un momento?"
Atem no respondió. ¿Cuánto le gustaría poder olvidar sus deberes aunque sea por un día?, pero no podía. No debía. Ya lo había decidido.
Antes de seguir a Yugi, Jono se despidió con una mano en alto.
"Ah, Príncipe," lo llamó. Atem alzó una ceja. "Bienvenido a tu hogar temporal."
Atem sonrió. Hogar temporal... No sonaba tan mal.
*Bien, en la wiki de Atem dicen que su cumpleaños es el 26 de julio más o menos. En el calendario egipcio, esa fecha caía durante la primera estación que va desde el 19 de julio hasta el 15 de noviembre (inundación/Akhet), la cual era considerada el inicio del año. No había mucho trabajo durante esa época y por eso habían muchas fiestas religiosas.
Las otras dos estaciones son: La Siembra (Peret) que va desde el 15 de noviembre hasta el 15 de marzo y La Cosecha (Shemu) que va desde el 15 de marzo hasta el 13 de julio.
(¿Qué pasa con los días entre el 13 y el 19 de julio? Solo Dios los sabe...)
