Capítulo IV: The Shadow Of A Gas Station.

La puerta crujió y mientras John depositaba su palanqueta en el suelo, justo al lado de donde yacía sentado, apareció por la puerta de la gasolinera Jack Ryan. Los dos hombres se miraron, y ninguno de los dos intercambió un saludo.

– ¿Qué haces aquí? –preguntó John, el primero en romper el incómodo silencio.– ¿No estabas en el coche? Esta ciudad es peligrosa.

– ¿Me lo dices, o me lo cuentas? –respondió un lacónico Ryan, secándose el sudor de la frente. De pronto, miró el artefacto rojo que John tenía en la mano.– Eh, esa cosa me suena. ¿Qué haces con esa basura?

John se levantó, apoyándose en una mesa, y se acercó a él.

– Esta especie de radio rara me ha salvado la vida. Emite estática cuando hay algo raro cerca.

Mientras hablaba, le pegó la radio al oído de Jack, con el volumen casi al máximo, pero éste no oyó absolutamente nada.

– ¿Me estás tomando el pelo, verdad?

Pero John no contestó, sino que retiró la radio de la oreja de Jack.

– Pues nada, sólo funciona cuando hay cosas de esas cerca.

Ryan se sentó en el suelo, y se frotó los ojos con los puños, bajo las gafas. Luego se agarró la cabeza con ambas manos

– Joder, joder, joder… –repetía cansinamente, mientras se apretaba los puños en las sienes.

John, por su parte, pasó olímpicamente de su compañero, y se puso a caminar entre los estantes, sin buscar nada en especial pero ojeándolo todo con una mirada.

A Jack le daba algo de miedo ese hombre, pero de momento, era lo más parecido a un compañero que tenía en esa maldita ciudad demoníaca.

A propósito de eso, Jack se levantó.

– Oye, escucha…

– ¿Ajá?

– ¿Tienes la menor idea de qué está pasando ahí fuera?

A la pregunta le siguió un silencio incómodo, por parte de los dos, pero Ryan no se dio por vencido.

– No puedo creer que… bueno… esas… cosas… bueno, es decir… me he encontrado como unos monstruos y…

– Yo también los he visto –le dijo Connor, cortante.

Jack se calló unos segundos, pero luego volvió a la carga.

– Maldita sea, ¿porqué estamos aquí? Menos mal que gracias a Dios hemos acabado refugiándonos en la misma gasolinera…

– Tú no sé porqué has llegado aquí, pero yo he tenido una idea. –contestó John.– Piensa donde estamos. Si cogemos ruedas de aquí, y las llevamos al coche, podríamos largarnos de este maldito sitio.

– ¿Ruedas? ¿Aquí dentro habrá ruedas? Bueno, es una buena idea… –confirmó Jack. De pronto, parecía más animado.– De acuerdo, nos dividiremos. Recorreremos esta zona a ver qué encontramos.

Tras formar el plan, cada uno se dirigió a direcciones opuestas, dentro de la zona interior, pero antes de que John se alejase un solo paso, Jack le pidió que le dejara la radio.

En la cara de John se esbozó algo parecido a una sonrisa entre dientes, mientras murmuraba que él mismo había dicho que la radio "era una basura". De todos modos, depositó la radio en un estante, entre botellas de aceite lubricante, y tras agacharse a recoger la pata de cabra del suelo, mientras que Jack se quedó mirando la puerta. Antes de hacer nada, fue hasta el estante, y recogió la extraña radio. La tuvo en la mano, y la miró con detalle, girándola para verla por todos lados. Se trataba, ni más ni menos, de lo que le había parecido a Jack la primera vez que la vió: una basura.

Sin embargo, ahora volvía a emitir estática. Jack se puso pálido, cuando recordó las palabras de John sobre el significado de la estática, y miró hacia la puerta. Asustado, cogió una mesa bastante pesada, la despejó de todo tipo de caramelos, chicles y demás golosinas que había encima, y la colocó tumbada en la puerta, a modo de barricada. De esa forma, nada podría entrar.

Afanado con el trabajo, y aún sudoroso por el esfuerzo físico, no se percató de que la radio no había cesado su letanía, y que algo aguardaba en el recinto. Miró en derredor, asustado, y empuñó la pistola grapadora. No se atrevió a moverse en busca de las ruedas, sino que continuó apuntando hacia todas direcciones, aunque la estática permanecía constante. Entonces, de repente, oyó un chillido. Algo gutural, infantil, y luego el sonido de un estante que se caía al suelo, desparramando por el suelo todo su contenido.

Jack gritó, asustado, el nombre de su compañero, pero no obtuvo respuesta. Y, sin embargo, el sonido de la radio seguía incrementandose. Mientras sudaba profusamente, caminó unos pasos, pegado a la pared, y apuntando con la pistola grapadora, que sujetaba con ambas manos. Gracias al plástico rugoso, ésta no se resbalaba por el sudor.

Y entonces, finalmente, la vió.

Se trataba de una criatura del tamaño de un niño, que había aparecido del mismo sitio por el que había pasado John. Pero John no estaba.

Jack, horrorizado, contempló a la criatura acercarse, no tan lento como quisiera, pues estaba a unos diez menos de él, más o menos, y acortaba distancias.

Sin perder del todo la calma, disparó con la pistola grapadora en toda la cara.

No tuvo muy buena puntería, y aunque algunas grapas dieron en el blanco, otras ni lo rozaron. El sonido que hacían las grapas metálicas al incrustarse en la carne ponía los pelos de gallina, y aunque se trataba de grapas normales de oficina, tamaño normal, arrancaban hilillos de sangre al impactar. Pero la criatura no se detenía. Jack cambió de táctica y le disparó a una pierna, pero tampoco surtía efecto. Tras agotar las grapas de las que disponía y disparar un rato en vacío, guardó el arma y, desesperado, desenfundó el machete.

Lo movió frente a la criatura para intimidarla, pero ésta se seguía acercando moviendo la cabeza hacia todas direcciones, pero sin dejar de mirar hacia Jack.

Con el corazón latiendo fuertemente bajo su pecho, su camiseta mojada, su sueter de cuello alto y la chaqueta de cuero por encima asfixiándole, supo que o atacaba él primero, o moriría en ese frío e inhóspito lugar.

Por lo tanto, el primer ataque fue de él, que realizó un tajo en el torso de la criatura, llevándose casi un brazo de ésta. Sin perder la iniciativa, su segundo ataque consistió en alongarse hacia delante y hundir toda la hoja del cuchillo en el hombro del monstruo, pero éste no se detenía y se encontraba a muy poca distancia. Para cuando retiró el arma, y se preparaba para clavárselo de nuevo, la criatura se lanzó contra él y le arrojó al suelo. Jack cayó de espaldas, afortunadamente con el cuchillo aún en sus manos, y lo lanzó desesperadamente hacia arriba, tratando de cortar en dos a su agresor, gritando y forcejeando de forma desesperada.

Mientras la sangre de la pequeña criatura llovía sobre él, y emitía agónicos chillidos, trataba de agachar la cabeza lo suficiente como para morder a Jack, mientras movía su cuerpecito para golpearle con puntapiés.

Bastó un último corte para cortar piel y músculo, y hacerla caer, y luego Jack se levantó y comenzó a sacudirle patadas, hasta que dejó de moverse. Sin embargo, continuó golpeándola, sin cesar, hasta que ambas piernas se empezaron a quejar.

Completamente rendido, se sentó en el suelo, al lado del cadáver, y respiró profundamente.

"¿Cómo y porqué habían llegado esos monstruos a Silent Hill? ¿Todo el mundo habría sido asesinado por esas perversas criaturas?"

En ese caso, habría cuerpos...y él solo recordaba haber visto un cuerpo en todo el camino, tendido en el aparcamiento fuera de la gasolinera.

También se preguntó porqué no habría aparecido John a ayudarle. ¿Estaría él también en apuros?

Asustado por aquella hipótesis, se puso en pié. Estar sentado no le serviría de nada, excepto para malgastar el tiempo. Además, por lo que había visto, el "store center" de la gasolinera era bastante grande.

Antes de ponerse en movimiento, aguardó un momento, atento a cualquier sonido. Y posó sus ojos en el cuerpo que acababa de tumbar.

Se trataba de una niña deforme, rara, extraña. No tenía brazos, sino una especie de muñones mal cortados, con hileras de venas marcadas, y la piel de un extraño color celúreo. Llevaba un trajecito de niña de primera comunión, que resaltaba lo bizarro que era esa cosa. Además de los zapatitos, los calcetines manchados de sangre y la falda, lo más extraño era su cabeza, pues aunque en un principio Jack no se había fijado, la criatura carecía de cara. Nariz, ojos, en vez de eso, tenía una espantosa abertura vertical, que había visto moverse mientras ésta le atacaba. ¿Se trataría de su boca? ¿Quizás intentaba morderle?

Satisfecho porque la radio estaba en silencio y deseando moverse para tener que dejar de mirar al extraño cadáver, recorrió la estancia que, poniendo mucho cuidado en no perderse y memorizar las zonas que ya había mirado, pues su sentido de la orientación era pésimo y deseaba evitar, por encima de todo, el perderse. Cada pocos pasos llamaba a John, pero no obtenía respuesta.

En las estanterías no había nada útil, pero llamaba la atención la cantidad de material que se podía conseguir en una gasolinera. Desde limpiaparabrisas, hasta revistas para adultos y catálogos de juguetes para niños, chucherías, refrescos, más juguetes para niños, botellas de líquidos de todo tipo...

Cuando estaba mirando estas últimas, uno de ellos le llamó la atención: aceite altamente inflamable. No supo para que le serviría, pero lo recogió. Supuestamente era una mezcla de gasolina y aceite para las motos de poca cilindrada, pero como decía la etiqueta era fácilmente inflamable.

No vio nada más que le llamara la atención, excepto un dulce empaquetado sobre la mesa. Llevaba un distintivo de la universidad de Silent Hill, así que seguramente lo habrían sacado de allí. Sin que eso le importase, se le hizo la boca agua nada más verlo, porque tras la larga travesía en coche, ahora tenía hambre. Pero al abrirlo, de entre medio del chocolate derretido cayeron dos cosas:

Una llave de latón y una cucaracha bastante grande, negra y peluda, que quedó patas arriba, pero consiguió ponerse bien y se largó de allí rápidamente. Jack se quedó demasiado impactado como para reaccionar, por lo que dejó que la cucaracha viviese. Tras perder el apetito, recogió la llave y la guardó en su riñonera y al mirar hacia detrás, finalmente vio lo que estaba buscando.

En diversas estanterías estaban puestos muchos tipos de neumáticos dependiendo de su tamaño y marca. Firestone, Yokohama, Bridgestone, Kumo, Michelin...

Ya había encontrado los malditos neumáticos, lo que no sabía era cómo se las iba a ingeniar para llevar, sin John. ¿Dónde demonios se había metido?

Pero por mucho que Jack gritaba, ninguno de sus llamadas era respondida.