Ella me salvó. Justo cuando la espada de ese soldado iba a golpearme de manera cruel y sanguinaria, una espada enorme (lo que luego reconocería como un espadón) apareció del torso del soldado, haciéndole gritar antes de morir de igual forma que murió mi padre. Fue cuando el cadáver del soldado cayó al suelo cuando vi el rostro de la mujer que había salvado mi vida exterminando a aquél que iba a poner fin a la misma. Y era el rostro más hermoso que había visto jamás. No sabía si era por efecto de la luna, pero en aquel entonces me pareció que ese era el rostro de un ser divino y no de una humana. Su cabello era pelirrojo y era largo, de tal manera que formaba una lisa melena que le llegaba hasta los hombros. Sus ojos eran rojos como el fuego, y ante la luz de las antorchas que habíamos encendido para poder vislumbrar a nuestros enemigos, se veían con una gran viveza. Su nariz chata, sus mejillas sonrosadas, su boca diminuta, sus orejas casi redondas, todo eso hacían de ella una mujer preciosa. Ni siquiera las salpicaduras de sangre que recorrían su entero rostro empañaban tan impresionante visión. De cuerpo era bajita, casi diría que el espadón era más grande que ella, y sin embargo, daba muestras de que sabía usarlo a la perfección. Yo me quedé petrificado mientras veía como ella, junto a unos cuantos pueblerinos que habían sobrevivido al envite de los soldados del Conde Dit, rechazaban al resto de soldados de ese grupo que había logrado atravesar las líneas de vanguardia. Cuando lograron que se retiraran, yo me lancé al cadáver de mi padre y lo abracé mientras lloraba desconsoladamente. Todavía estaba caliente, pero no respiraba, no había esperanza alguna. Mi padre, el ser que me crió, que me dio vida, y que me amó profundamente, había desaparecido. Estaba sólo en el mundo.
La mujer me llamó la atención, al igual del resto de pueblerinos, para decirnos las siguientes palabras:
-No hay esperanza de victoria para vuestro pueblo.-exclamo la muchacha, que tendría pocos años más que yo, 18 o así.-Os superan enormemente en número y están mucho mejor preparados. Debéis iros, esconderos, huir… Sé que no queréis perder vuestros hogares, pero si os quedáis aquí perderéis la vida. Mi Orden hará todo lo posible para retrasar su avance y que podáis escapar. Daos prisa. No tardaran en regresar, así que marchaos cuanto antes.
Mis vecinos aceptaron el consejo de la mujer a regañadientes y empezaron a irse directos a las montañas, donde podrían encontrar refugio. Yo empecé a seguirles, pero acto seguido empecé a preguntarme que destino me aguardaba si iba con ellos. No era un chico muy sociable y aunque a muchos les conocía, porque el pueblo no era muy grande, no confiaba en ellos como para empezar una nueva vida. No es que fueran mala gente en absoluto, pero sabía que malvivir para encontrar un hogar ahora sería casi imposible, y que lo más probable es que fuera un lastre para ellos.
Entonces volví la vista atrás, hacia la mujer que salvó mi vida, y algo me dijo que debía seguir sus pasos. Ojalá no hubiese hecho caso.
Ella era muy rápida y corría directa hacia el epicentro del campo de batalla. Yo me acerqué allí oculto entre la maleza (pues la batalla tenía lugar en el campo), y vi la acción desde lejos. Pude ver a un montón de soldados del Conde Dit haciendo frente a un pequeño grupo de guerreros con capa y armadura, armados todos con espadas gigantes. La mayoría de ese grupo de guerreros eran Humes, pero había una Viera entre ellos. Eran ocho y luchaban contra las hordas de soldados sin vacilar. Entre ellos destacaba un hombre mayor, de unos 40 años, cuya capa era dorada y parecía dirigir al resto. Quedé impresionado al ver su forma de luchar. Su espada gigante se movía con una enorme rapidez y con tremenda fuerza, y cada golpe que daba abatía a un soldado. Junto a él se arremolinaban pilas enteras de cadáveres de soldados del Conde Dit. El resto también luchaba con gran tesón y admirable valentía, entre ellos la mujer pelirroja que me había salvado antes. No eran tan buenos como el hombre de la capa dorada, pero se defendían bastante bien. Y además trabajaban en equipo con increíble coordinación. En ese momento no lo sabía, pero acababa de conocer a la División Granate de los Caballeros de la Orden Sacra.
Asombrado estaba ante tal espectáculo, no me percaté en un principio de que por detrás se me acercaba un soldado del Conde. Seguramente era un explorador, que buscaba nuevas formas para emboscar a ese grupo que tanta resistencia les estaba ofreciendo. Él me vio, y pensó que debía matarme para que yo no pudiera alertar a ese grupo, pero el muy inútil hizo ruido mientras pisaba la maleza, lo que me puso sobre aviso de la presencia de la amenaza que se cernía sobre mí. Me di la vuelta y alcé la espada que mi padre me había dado para la batalla. Y me encontré cara a cara con el soldado, el cual se puso a reír en cuanto me vio actuar. Por lo visto estaba hecho un manojo de nervios, temblando todo el rato, lo que me hacía casi imposible empuñar la espada. Y esa imagen le parecía divertida a ese soldado. Parecía decidido a acabar rápido con mi vida, por lo que alzó rápido su espada para darme un golpe letal. Exactamente igual que el otro soldado que iba a matarme tras matar a mi padre. Y sabía que nadie aparecería milagrosamente para salvarme esta vez. Fue entonces cuando, no sé muy bien cómo, levanté mi espada y paré el ataque de ese hombre. El soldado pareció sorprendido de que su ataque inicia hubiera sido detenido por un muchacho de 15 años. Yo también estaba sorprendido de lo que había hecho. El soldado intentó entonces hacer un corte transversal, pero también lo rechacé con mi espada. Y entonces, sin saber muy bien qué fue lo que me hizo actuar así, levanté rápidamente mi espada y lancé un poderoso golpe hacia el cuello del soldado explorador. La espada se clavó por el extremo izquierdo de su cuello y lo atravesó hasta la mitad. El soldado se puso las manos en su mismo cuello, seguramente porque se estaba asfixiando con su propia sangre. Sin embargo, poco importó, ya que a los pocos segundos yacía muerto ante mí. Nunca supe como había ganado ese combate, pero de una forma o de otra, acababa de matar a mi primer hombre.
