Hoy es un día bueno. Uno de esos días que no ocurren mucho desde la operación. Quizá el primero.
Sherlock entra en el hospital cargando a Rosamund en brazos; camina erguido y deprisa, con la elegancia y la determinación con la que lo hace siempre. Como si no hubiese nada extraño en su aspecto; como si siempre hubiese estado esa bolsa pastel colgada de su hombro izquierdo, como si siempre hubiese habido una sonrisa rubia enredando sus rizos negros; endulzando sus ojos, aliviado su peso.
Camina unos metros más, coge el ascensor, gira a derecha e izquierda en un par de ocasiones y usa una llave magnética antes de enfrentar el último pasillo y volver a girar.
Observa al hombre que hay apostillado junto a la puerta: traje negro, pinganillo discreto, arma a la espalda,... MI6. Mira a través de él el número de habitación y sonríe imperceptiblemente antes de ingresar.
—La 221. Los sentimientos no son algo bueno, hermanito.
Mycroft Holmes mastica con desprecio las palabras y las escupe mientras se levanta y camina hacia Sherlock.
—¿Qué haces aquí, Mycroft?
—He venido a visitar al bueno del doctor. —Una diplomática sonrisa bailando retorcida en sus labios.
—¿Hay alguna brecha de seguridad?
—No, lo he comprobado yo mismo. Esto es una visita de cortesía.
—Tú no haces visitas de cortesía.
—Y tú no crías bebés.
—Watson es mi ayudante.
—Es una niña.
—Es un puesto hereditario.
La sonrisa en Mycroft sigue siendo sólo una mueca desagradable, pero el brillo de la risa asoma en sus ojos un segundo antes de que lo aparte apretando los labios y farfullando una despedida que el detective no se molesta en devolver.
La puerta se cierra y vuelven a estar solos los dos, los tres. Sherlock ocupa el sillón junto a la cama de John y divaga sobre los motivos ocultos que traerían a su enorme hermano hasta allí, mientras juega distraídamente con Rosie sobre sus rodillas.
Y todo es más o menos normal; la forma en la que Sherlock zigzaguea de un tema a otro sin mucho sentido, entre largos silencios; la forma en la que reduce el ritmo en el que mueve las piernas hasta que consigue que la niña se duerma y la recuesta en la cama de John, con eficacia, comprobando sus signos vitales y que esté cómoda y suficientemente abrigada; con más delicadeza y ternura de la que piensa admitir alguna vez.
Es normal, o algo así, que aproveche los silencios para oír la respiración acompasada de John y el sonido monitorizado de sus latidos.
Y que los datos que recoge por sentimentalismo los traduzca en variables para un estudio sobre El estímulo auditivo y su influencia en los signos vitales de pacientes en coma; es también más o menos normal.
Lleva algún tiempo haciendo esto, contando historias y prestando atención a las reacciones fisiológicas que provocan en John.
Al principio era sólo una forma de mantenerse cerca, por si es verdad lo que dicen y John puede oírle, pero luego empezó a notar las reacciones en el cuerpo del doctor, la respiración ligeramente agitada y el pulso acelerado casi imperceptiblemente; y no pudo evitar recoger datos, ajustando las variables y creando un análisis sin demasiado valor científico y sin ningún uso práctico en el futuro.
Y quizá no es la mejor manera de demostrar que está preocupado y alerta, que va a mantenerse cerca sólo por si acaso, aunque no sepa con certeza si John lo escucha o si despertará. Y si lo piensa encuentra muchos sitios donde su capacidad para recoger y analizar datos puede ser bastante más útil, pero simplemente John está aquí... y Sherlock no va a ir a ningún otro lugar.
