Los personajes, hechizos y escenarios manipulados son absoluta propiedad de J. K. Rowling.
N/a: Tengo demasiadas ideas para una sola persona y muy poco tiempo para tantas ideas.
Luego de varios intentos de despertar, por fin lo logró. Cuando intentaba desplegar sus párpados, había un algo que se lo impedía, que lo obligaba a decaer nuevamente en cama y en las profundidades de un sueño abrazador. Evidentemente, el sueño había sido tan suyo, tan vergonzoso para sí, que su psiquis había hecho lo imposible para reprimirlo y enviarlo directo al inconsciente, a patadas. Por lo que, obviamente, al despertar (pero ahora de verdad, eh, esta vez no volvió a dormirse nuevamente) no pudo recordar ni mísera cosa de lo sucedido en este. Igualmente mucho no le importó porque, cuando estaba aún recostado y estirándose, sí fue consciente de su situación actual. Volteó a su derecha y se encontró con el cuerpo dormido de un adolescente de lacios y sedosos cabellos negros. Al instante supo quién era y se ruborizó en el acto. Se cubrió el rostro con las sábanas, recordando lo patético que había resultado con su amigo y, aún más traumático, frente a Evans. Oh, ahora sí que deseaba morir con todas sus fuerzas. No podía creer lo estúpido que había resultado.
Se incorporó lo suficiente como para quedar sentado y, recién ahí, pudo notar dónde se encontraba. Miro por doquier. Estaba en la enfermería, pero ni rastro había de Madam Pomfrey. Entonces… Pensó James. Entonces estamos sólo nosotros…
Sólo nosotros.
Sacudió la cabeza, intentando a sus ideas disipar y se puso de pié. Ya se encontraba mucho mejor, se dijo, pero al acto tuvo un leve mareo y cayó nuevamente en cama.
Y al oír la cama crujir, el otro se despertó exaltado. Restregó sus ojos y bostezó abiertamente, cosa que sus padres habrían reprochado y a él poco habría importado.
—Eh, Cornamenta —Sonrió de lado al verlo sentado en la cama y se le aproximó. —¿Mejor, cuatrojos? —Aún sonriente, lo miró desde atrás, notándolo un tanto extraño.
James no se atrevía a verlo de frente, se sentía algo avergonzado por su comportamiento y, de hecho, había pensado que Sirius estaría igual o enojado.
—Sí... —Dijo James por lo bajo, sintiéndose un tanto inquieto.
—Eu, Canuto —Por fin se animó a voltear y mirarlo. Se encontró con un Sirius sonriente, feliz por la recuperación de su amigo.
—¿Sí, Potter? —Siempre que lo llamaba por su apellido, se molestaba, pero sabía que Sirius lo hacía por diversión, no por maldad.
—Ayer nosotros... digo vos... yo... am nos… —
—¿Qué? —
—Nos besamos -Por fin sentenció con una sonrisa triste. —Canuto, ayer me besaste. —Trató de ser lo más directo posible, y así fue. Sirius rió un poco al ver la reacción de su amigo, intentando aparentar precaución.
—¿Y? —Rió entre dientes. —Era para callarte, boludo. —Sirius notó los hombros de James relajarse, como si se hubiese desecho de un peso extra.
—Ah, genial. —El de gafas se mostró un poquito efusivo como para tal comentario. Y lo notó. —Es que pensé que... vos… —
—¿Pensaste que me gustabas? —James hizo una mueca y lentamente sintió el calor subir a su rostro. —¿Pensaste que te amaba en secreto, que eras mi platónico? —Sirius se carcajeó con naturalidad y James se incomodó. —Qué estúpido sos, Cornamenta. —Negó aún sonriente Sirius, dejando a un James complacido y lo suficientemente feliz como para también sentir su ego herido y un tanto decepcionado.
