Todavia no me puedo creer que este sea el ultimo cap. del fic, le tomé un enorme cariño, pero aún no me voy a despedir nos queda el epilogo, ya les cuento en la parte de abajo, mientras disfruten ;)
Sweet innocence.
Capitulo 3
21 años.
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― ¿Puedes creerlo? ¡Se fue y me dejó ahí, sola! ―Indignada exclamé gesticulando y caminando frente a una sonriente Bree que intentaba leer si no fuese por mi ataque de cólera.
― ¿Cómo ocurrió eso?
―Me lo encontré en el campus y le dije que si podíamos comer juntos y me contestó que no podía, que tenía que hacer un trabajo con algunos de sus compañeros.
Solo de recordar las caras de esas tipas mientras esperaban a que Edward terminara de hablar conmigo me hacía hervir la sangre.
―Bella, sabes que eso no es lo que te molesta. ―Resignada cerró su libro y se concentró de lleno en mi― Lo que te tiene echando fuego por la boca es el que Jane esté entre esos compañeros.
― ¡Agrr! ―Apreté los puños de solo escuchar su nombre― es que no sabes cómo lo mira Bree, como una zorra a punto de devorarse a su presa. ¡La detesto!
Por años esa chica llevaba rondando a mi novio, lo perseguía, y aunque sabía que yo era su novia no lo dejaba en paz. Edward y ella eran compañeros de licenciatura y aunque él siempre me ha dicho que ella le cae mal, no puede sacarla de los equipos de trabajo ya que son los catedráticos los que escogen los grupos.
Unos golpes en la puerta impidieron que siguiera con mi diatriba. Bree se levantó de prisa y la abrió, encolerizada me dejé caer en el sofá en el que estaba sentada ella antes y crucé tanto mis piernas como brazos.
―Edward, es bueno verte, alguien estaba deseosa de tenerte enfrente, ―lo dejó entrar y al mirarlo su rostro denotaba cansancio, llevaba días sin dormir bien gracias a los exámenes finales― espero que no haya sangre y si la hay no quiero ver, nos vemos.
Y con eso se fue, tomando su libro y cerrando la puerta dejándonos a los dos solos.
Él dejó su cartera, llaves y celular sobre la mesita de centro, se pasó la mano por su cabello rebelde y supe que buscaba las palabras correctas para hablar.
Rehuí su mirada y me concentré en un punto fijo de la pared.
―Bella, ¿cuántas veces tengo que decirte que Jane no me interesa de ninguna manera? ―Sin esperarlo se sentó a mi lado y acaricio mi mejilla con la punta de sus dedos― Ni siquiera la soporto, es tan creída y tonta, yo te amo a ti cariño, ¿lo sabes, verdad?
Con sus suaves dedos me obligó a girar el rostro, lo conocía tan bien que siempre sabía cuando decía la verdad o no, esta vez hablaba completamente en serio, y yo no tenía ninguna duda de sus sentimientos hacia mí, solo que no podía evitar enojarme que esa mujercita quisiera lo que es mío, eso era todo.
Su celular repiqueteó con un zumbido avisando que un mensaje había llegado, al estar de mi lado se me hizo fácil tomarlo para alcanzárselo y de reojo vi que era un número desconocido, pero en el comienzo del texto rezaba el nombre de la persona que lo mandaba.
―"Hola Eddie, soy Jane, fue una lástima que hayas tenido que irte, nos hiciste mucha falta. Nos vemos mañana". ―Leí el mensaje escupiendo cada frase escrita por esa resbalosa y sintiendo la bilis subir por mi sistema― Apuesto que a la que le hiciste mucha falta fue a ella, ¿no crees Eddie?
¡Agh! Aquí iba a explotar una bomba, no le gustaban nada esa clase de diminutivos. Le entregué el teléfono lo más despectivamente que pude, lo agarró frunciendo el ceño y con el enojo claro en sus ojos me traspasó como un rayo láser.
―Deja de actuar como si yo tuviera la culpa de su acoso, ¿quieres? Como puedes ver no tengo su número registrado, si le hablo en clase es solo por educación y por asuntos meramente profesionales. ―Resoplando se puso de pie dispuesto a irse.
― ¿Y entonces por qué ella sí tiene tu número? Odio como se te insinúa, como si no supiera que yo estoy contigo.
― ¡Carajo! ¡No lo sé y tampoco me importa! ―Dejándome estupefacta, alzó el brazo y estampó fuertemente el teléfono en la pared propiciando que este se rompiera en pedazos.
¡Mierda, su Iphone!
― ¡Edward, no tenías porqué hacer eso!
― ¡Lo hice para ver si así dejas de ver cosas donde no las hay! ―Su grito resonó en toda la estancia, me paralicé en mi lugar, mis ojos picaron traicioneros y se llenaron de lágrimas, nos quedamos en silencio sin pronunciar palabra. Él odiaba verme llorar y yo odiaba ponerme tan sensible como ahora.
―No, por favor, no llores. ―La expresión le cambió a una más afligida y de nuevo vino a sentarse a mi lado hasta jalarme a sus brazos y rodearme con ellos― perdóname, mi vida por favor perdóname, no fue mi intensión hablarte de esa manera.
Dejando salir un sollozo enterré mi cara en su pecho, lo abracé devuelta y permití que nos meciera suavemente. Cuando recuperé un poco la calma me retiré, y amorosamente él comenzó a limpiar mis ojos y mejillas de cualquier rastro de lágrimas.
― ¿Mucho mejor ahora?
Asentí sorbiendo mi nariz.
―Discúlpame por comportarme así, no sé qué me sucedió, yo se que tú me amas y que jamás me engañarías ―dije permitiéndole que me acomodara sobre su regazo―. Tu teléfono Edward…
Él había esperado tanto tiempo esa nueva versión de Apple que apostaba lo que sea a que le dolió verlo hecho pedazos, era seguro que se compraría otro igual, era un amante de la tecnología.
―No te preocupes por eso, me compro otro y ya está ―se encogió de hombros y besó mi frente―. ¿Estás con el periodo?
Fruncí el ceño confundida por el giro de la conversación, hice memoria y recordé que según mi calendario mental mañana era el día en el que me bajaba. Ahora entendía el porqué de mi drástico cambio de humor.
―Mañana.
―Ah, ya veo. ―Sonrió quitándome los zapatos y subiendo mis pies al sofá, me acurruqué sobre su cuello e inspiré de su exquisito aroma que siempre me serenaba― ¿Quién es la celosita? A ver, a ver.
Entre besito y besito que le dio a mis labios, logró acostarme y quedar sobre mí a lo largo del sillón.
―Yo no soy ninguna celosa ―entrecerré los ojos dándole la mirada del mal, si yo era celosa él no se quedaba atrás.
―Amor, ovejita, cosita hermosa, no te enojes ―mordisqueó mi boca antes de acariciar mi lengua y juguetear con los botones de mi blusa.
Estos eran nuestros momentos más cursis, normalmente sucedían cuando andaba en mis días, me cuidaba, me hacía cariñitos, me atendía y me cocinaba.
―No me enojo bebé. ―Hice un puchero enredando los dedos en su cabello y buscando su boca― ¿Estamos bien?
―Estamos perfectamente. ―Contestó antes de quitarme la blusa.
Ahora me reía de nuestras peleas tontas, lo más divertido de todo es que éramos un par de celosos incorregibles, bueno, al menos ya nos conocemos.
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24 años.
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―No puedo creer que les hayas dicho a Charlie y a Carlisle que no podían venir con nosotros ―reí aún incrédula― con lo mucho que ellos aman pescar seguro todavía siguen refunfuñando.
Me bajé del auto sosteniendo la canasta de alimentos que traía de casa, no pensaba estar esperando aburrida mientras que algún pez se dignaba a tomar la carnada. Toda la mañana Edward ha estado dando lata con el hecho de venir a la Push a pescar, algo raro en él, pues son Charlie y Carlisle los que siempre lo arrastran hasta aquí.
Curiosamente mi cortés novio no quiso invitarlos hoy, argumentaba que deseaba pasar tiempo a solas conmigo y obviamente yo era la más feliz con esa idea.
Nosotros vivimos juntos en Seattle, aunque mi padre dio el grito en el cielo hablé con él y lo hice comprender que yo ya era lo suficiente mayor como para comenzar a hacer mi propia vida, con un poco de pesar al final lo aceptó y me hizo prometer que acudiría a su lado por cualquier cosa, él siempre me apoyaría.
Al salir de la universidad el tío de Edward, Garrett, le ofreció trabajo en su empresa naviera, era de bajo perfil pues llevaba apenas algunos años en el mercado pero la verdad es que les estaba yendo muy bien.
Él era muy inteligente y hábil con los números, desde que lo contrataron las ventas en el sector público y privado subieron y la compañía tuvo un nivel de reconocimiento mayor, Edward se encargaba de evaluar los proyectos de inversión, analizar el mercado, fijar los precios, buscar nuevas estrategias de competencia y un montón de cosas más que me platicaba tan emocionado que lograba transmitirme su entusiasmo.
Por mi parte, aunque al principio me negué Garret me insistió en trabajar ahí también, una vez en la que nos visitó junto a su esposa Kate y sus hijos, tuvo la oportunidad de ver algo de lo que hacía y afirmó que era justo lo que su empresa necesitaba para atraer más al ojo público. Así que después de ser víctima de su persuasión y la de Edward, ahora trabajo en el área de publicidad. Me encantaba mi trabajo y el clima laboral que se respiraba era tranquilo y alentador.
Además Edward tenía su propia oficina y solo bastaba de una llamada para que yo fuera a saludarlo… eh, sí, a saludarlo.
El trabajar juntos en la misma empresa no era algo que nos perjudicara en lo profesional, él cumple con su trabajo y yo con el mío, comprendíamos la carga de trabajo del otro y lo más importante, nos acoplábamos como pareja. Tanto en lo personal como en lo profesional.
―Solo quiero pasar tiempo con mi chica, ―respondió emergiendo de sus pensamientos― quiero recordar viejos tiempos, por eso he traído mi caña ―la levantó para mostrármela sonriendo ampliamente.
―A mí también me gusta tu caña ―le guiñé un ojo bromeándole, lo que ocasionó que se largara a reír, amaba escuchar ese sonido de felicidad en él y mucho más si era yo la causante de ese estado de ánimo.
Haría todo con tal de verlo siempre feliz, así como se que él se ha esforzado por hacerme feliz todos y cada uno de los días de mi vida; vivimos juntos en un departamento que nos dio la empresa, era provisional pues era nuestra ilusión tener pronto nuestra propia casa.
―Lo sé, te encanta. ―Me dio un beso fugaz y luego caminó rumbo al borde del muelle. Se sentó y comenzó a sacar todos los implementos que utilizaría para pescar, al fin y al cabo según él es a lo que habíamos venido. Pescar es aburrido, pero con tal de complacerlo aquí estoy como buena novia.
Llegué hasta su lado y me senté comenzando a sacar nuestro tentempié, el día era lindo, cuando el sol salía en la reserva los rayos resplandecientes llenaban de luz y calidez todo lo que estuviese a su alcance.
Pasamos un buen rato comiendo y recordando tantas cosas de nuestras vidas que el tiempo se nos fue volando. Momentos felices y momentos tristes, experiencias que nos hicieron llegar hasta donde ahora nos encontramos y que por nada del mundo cambiaríamos, ellas forjaron lo que somos ahora y estábamos orgullosos de ser.
Ya era tarde y el horizonte del mar arrastraba olas tan brillantes que daba la impresión de que cada una de ellas llevaba miles de diamantes, era una vista hermosa y más bello sería aún ver cuando el sol comenzara a meterse, los rayos desvelando un sinfín de gamas de colores que daban lugar al maravilloso crepúsculo.
― ¿Cariño podrías traerme la pequeña hielera que dejé atrás de la bestia que tu padre llama camioneta? ―Con una sonrisa en sus labios y sus ojos entrecerrados por el reflejo producto del atardecer me preguntó, me abrazaba con un brazo y con el otro sostenía fuerte la caña.
Me levanté y rodé los ojos, voluntariamente a fuerzas Charlie nos prestó su pickup roja, en terracería era mejor usar una cuatro por cuatro que traer el Aston de Edward, además, así como este lo cuidaba era mejor no arriesgarse a que le sucediera algo, a veces creía que ese auto era mi competencia.
Busqué la dichosa hielera pero no la encontré por ningún lado, yo tampoco recuerdo haber visto que él subiera otra aparte de la que ya estaba llena de pescados. Seguro se había equivocado, me encogí de hombros y decidí regresar, caminando lo vi ponerse de pie en su lugar y voltear a verme.
― ¡Pesqué algo grande! ―Gritó dando vueltas al carrete de hilo de la caña― ¡Pesa mucho, Bella ayúdame!
Asombrada de que por fin pudiera capturar algo realmente bueno me apresuré hasta él, se esforzaba y mantenía fuertemente agarrado el mango de la caña viéndose desesperado.
Como pude me metí en el hueco de sus brazos y aferré la caña tan fuerte que sentía que un peso se vendría enseguida sobre mí, ya quería ver de cuantos kilos era nuestro pescado una vez estuviera afuera, Charlie y Carlisle se sorprenderían.
Edward comenzó a tirar y en su lucha con el tremendo animal me contagio con su entusiasmo, la línea del hilo comenzó a subir y en nada nuestra presa quedaría a la vista. Nunca me había emocionado tanto pescando y eso que para mí normalmente era algo aburrido.
― ¡Ya casi cariño, ya casi sale, un poco más de fuerza! ―Pedía él sobre mi hombro, yo tiraba a su mismo ritmo ansiosa por ver nuestra gran captura, aunque a decir verdad quien ponía mucho más esfuerzo era él― ¡Ya viene!
Y salió quedando a la vista.
Lo miré con los ojos tan desorbitados por la incredulidad, que pensé que se me saldrían de las cuencas y caerían hasta rodar por mis pies. Edward terminó de hilar el carrete hasta tener al alcancé el anzuelo con nuestro… No pez.
De que habíamos pescado algo, eso que ni que.
Me abrazó aún más fuerte atrayéndome a su cuerpo, recargó su cabeza en mi hombro y subió la mano para alcanzar eso que colgaba del anzuelo, junto a la botella de dos litros llena de agua que hasta hace un momento hacía de peso muerto bajo el mar.
― Edward, ¿dónde, conseguiste eso? ―Estupefacta observé el pequeño y colorido anillo de juguete.
― Renée me ayudó. ―Besó mi oreja antes de exhalar un largo suspiro― Todas las cosas de tu niñez están en tu habitación en la casa de tus padres, le pedí a tu madre que me permitiera tomar esto.
Los engranajes en mi cabeza se movieron a mil por hora, regresándome a una época más dulce e inocente.
"― ¿Entonces tu y yo también somos mejores amigos?
―Somos mejores amigos, novios y cuando seamos adultos seremos esposos.
― ¿Tú y yo nos vamos a casar?
Me puse contenta de imaginar eso, en los cuentos siempre después que el príncipe y la princesa se casaban vivían felices para siempre.
Además, quería que tuviéramos una casa muy bonita y grandota y un bebé para así poder jugar con él.
―Sip, pero primero te compraré un anillo y nos prometeremos ―se quedó como pensando por un rato― desde que Alice me dijo que seríamos novios me puse a ahorrar más, aún no tengo mucho dinero para comprarte el anillo que vi en una revista de Esme pero por lo pronto conseguí esto ―volvió a buscar en su mochila y sacó un anillo de esos que salían en los huevos de Kínder, era muy bonito, tenía una florecita adornándolo― te prometo que cuando junte el dinero necesario te compraré uno mejor.
Estaba sorprendida y emocionada, ya quería ser grande para poder casarme con Edward".
Las lágrimas corrieron libres por mis mejillas, Edward soltó su agarre entorno a mí y comenzó a deshacer el nudito que sostenía al anillo en el anzuelo y que al parecer había hecho en lo que me fui a buscar la hielera a la camioneta.
Todo había sido planeado, por eso no encontré nada de lo que me pidió en la pickup, por eso no les permitió a nuestros padres venir con nosotros, por eso tenía tantas ganas de venir a pescar cuando a él casi no le gusta.
Tiró la caña en el suelo y se paró frente a mí. El viento de la tarde desenredaba mi cabello logrando que algunos mechones quedaran pegados a mi rostro gracias a las lágrimas.
El temple de Edward era infinito, su mirada verde y pacífica contenía una resolución arrolladora que se conectaba directo a mi persona.
― ¿Recuerdas hace años esa primera vez en la que nuestros caminos se cruzaron? ―asentí conmovida, claro que lo recordaba, recordaba todos y cada uno de los momentos que he pasado a su lado en lo que llevaba de vida― Éramos dos pequeños niños que aunque no se conocían, de inmediato se unieron como si desde siempre se hubiesen estado esperando, dos niños que entre sueños y fantasías se comprometieron incluso más de lo que muchas veces los adultos lo hacen, jugaron a hacerse novios y con este pequeño anillo sellaron la promesa de que cuando crecieran terminarían uniendo sus vidas en matrimonio.
Con suavidad tomó mi mano izquierda y colocó el anillo en mi dedo meñique, ya que era el único en el que quedaba.
―Edward… ―mi voz ronca no me dejaba proferir nada más allá de su nombre, sorbí mi nariz queriendo decir algo más pero acariciándome con sus nudillos me detuvo.
―Te prometí que cuando creciera te compraría uno mejor, pero este primer anillo significa mi promesa, ―dio un beso a la florecita que lo adornaba, y a continuación metió la mano al bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña caja de terciopelo, mi corazón martilleaba fuerte contra mi pecho― este segundo anillo es la materialización de ella, por lo tanto hoy, frente a este mar que nos unió por primera vez, yo Edward Cullen, te pido a ti Isabella Swan que te cases conmigo. ―Abrió la cajita y un hermoso y elegante anillo de oro blanco quedó al descubierto, era en forma de flor y en el centro descansaba un diamante, era completamente bellísimo y casi idéntico al anillo que me dio en mi infancia, deslumbrada llevé una mano a mi boca para acallar el leve quejido en forma de llanto que amenazaba con salir― No solo quiero que seas mi mejor amiga, mi novia, mi amante, mi mujer y mi esposa, sino que sobre todo seas mi compañera por el resto de mi vida. ¿Aceptas?
Emocionada por su declaración y sin procesar bien lo que hacía me le eché encima, ya era una costumbre mía y era bueno que él siempre lo esperara, como en este caso que me atrapó y se mantuvo firme para que no cayéramos del muelle al agua.
― ¡Sí!, ¡sí!, ¡sí! ―Grité amortiguando mi llanto sobre su cuello donde una lágrima tras otra se perdía, me despegué y acuné su rostro, él parpadeó y entonces me di cuenta de que sus ojos brillaban cristalinos― Claro que quiero casarme contigo, no existe otra cosa que más desee, quiero acompañarte y que me acompañes durante el resto de nuestras vidas.
Su boca buscó la mía y nos sumergimos en un apasionado y febril beso que si no parábamos terminaríamos haciéndolo al aire libre. Nos separamos dándonos pequeños besos que prometían terminar lo comenzado una vez llegáramos a casa. Todavía no podía creerlo, pronto sería su esposa… Isabella Cullen.
Mis pies tocaron de nuevo la madera cuando me bajó, me dio un último beso y sacó la alianza de la almohadilla de raso negro en la que yacía incrustada para deslizarla en mi dedo corazón.
― ¿Te gusta? ―Pregunté moviendo coqueta los dedos en el aire, de verdad era una pieza exquisita y bella que robaba el aliento.
―Me encanta, pero me fascina aún más como se ve en ti, solo así es perfecto ―entrelazó nuestras manos, besó mi nuevo anillo, el interior de mi palma y después me atrajo fundiéndome en un estrecho abrazo.
Apreté los ojos y respiré su delicioso aroma, deseé quedarnos para siempre de esta forma, envueltos en felicidad, plenos y totalmente enamorados. Pero había una cosa que no podíamos dejar para después.
―A llegado la hora de hacer algo muy incómodo y peligroso para ti, puede que incluso me quede viuda antes de tiempo ―despegué mi cara de su pecho para dejarla unos centímetros cerca de la suya, sus ojos alarmados me hicieron reír.
― ¡Charlie! ―Murmuró como si fuera una palabrota.
Me carcajeé contenta con la situación, pobrecito, le esperaba una gran prueba de fuego.
―No te preocupes mi amor, Charlie te quiere ―jugueteé con el suave cabello de su nuca para relajarlo.
―Por supuesto que me quiere ―afirmó estremeciéndose y aún con los brazos alrededor de mi cintura―, pero tres metros bajo tierra.
Sin poder controlarme me largué a reír por la expresión de terror dibujada en su rostro.
Edward y Charlie en una misma habitación, hablando sobre una próxima boda, eso sería muy interesante. Rogaba porque mi padre no tuviera su escopeta cargada.
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― ¡¿Estás embarazada?! ―Exaltado preguntó, los colores se le subieron enrojeciéndole la piel y haciéndolo sudar.
― ¡Por supuesto que no papá! ―Exasperada respondí, era el colmo que se comportara de esta manera, Edward y yo vivíamos juntos, ¿qué cree que hacíamos por las noches? ¿Jugar cartas, enseñarnos las estampitas, o qué?― Y si fuera así no tiene nada de malo, soy completamente independiente, dormimos y vivimos juntos, estamos comprometidos y nos vamos a casar.
Escuché claramente como rechinaba sus dientes. De acuerdo, tal vez di detalles que no ayudaban a que se tranquilizara. Sabía que se la pondría difícil a Edward, vamos, desde que se conocen se la pone difícil, pero no creí que después de tantos años se comportaría el doble de peor esta vez.
Edward tragó saliva y temeroso apretó la mano que me sostenía, no me sorprendería quedarme sin mano en algunos minutos, llevaba haciendo eso desde que entramos por la puerta. Los dos se estaban comportando de forma ridícula, y aunque al principio pensé que sería divertido al final la cosa me salió contraproducente, la enojada terminé siendo yo, la única que se divertía de lo lindo era mi madre sentada a un lado de mi padre con una sonrisa Colgate y ojos saltones de alegría por la noticia y por la escena que presenciaba.
Disimuladamente le hice gestos a Renée rogando por ayuda, con Edward y Charlie yo estaba perdida. Ella al instante entendió, soltó una risita graciosa, se limpio las lagrimas de emoción que antes se le escaparon y acomodándose en su asiento colocó una mano delicadamente sobre el brazo de mi padre.
―Charlie, por favor, deja de actuar de esta manera y agradece que ambos estén siendo responsables, ¿acaso no conoces a Edward? Quiere a nuestra hija, lleva cuidando de ella desde que era un niño.
Como un toro en plena corrida mi padre resopló apretando los puños, era tonto que no aceptara nuestro matrimonio, ni siquiera cuando se enteró que Edward y yo nos mudaríamos al mismo departamento se puso así, se estaba comportando de una forma muy estúpida y eso me sacaba de quicio.
―Papá, lo único que te pedimos es tu bendición ―proseguí yo procurando transmitir toda la calma del mundo―, Edward y yo nos amamos, es el hombre de mi vida, me hace feliz y lo único que pido es que aceptes nuestra decisión.
Siguió sin decir nada, al contrario, al ver que Edward se removía en su asiento lo siguió con la mirada como un halcón a punto de lanzar el ataque. Mi novio armándose de valor deshizo su agarre de mi pobre mano y con un brazo rodeó mis hombros, carraspeó y se animó por fin a hablar.
¡Vaya, ya era hora! Creía que se le había ido la voz, desde que le dijo a Charlie "He venido a pedir la mano de tu hija", no volvió a pronunciar ni una mísera palabra y todo por los malditos nervios.
―Charlie, ―balbuceó y volvió a aclararse la voz― sabes que amo a Bella más que a nada en este mundo, ya me has hecho prometerte antes que la cuidaría, hoy te lo reitero, la cuidaré siempre porque es lo más importante de mi vida, por lo tanto te pido que la hagas feliz y nos honres con tu bendición.
Poco a poco la expresión de mi padre fue cambiando, de estar encolerizado sus ojos comenzaron a volverse acuosos.
Alto ahí, ¿Charlie llorando?
De repente subió sus manos hasta la cara para cubrírsela y comenzó a emitir pequeños sollozos. ¡Oh papá!
Edward dio un respingo mirándonos confundido a Renée y a mí. Con el corazón apretujado me levanté, después de todo el gran Charlie Swan en el fondo no era más que un noble y tierno osito.
―Oh, papito… ―me senté a su lado y lo abracé fuerte llevando su rostro a mi cuello, me devolvió el abrazo y todo rastro de enojo por mi parte y obviamente por la suya se esfumó― ¿Por qué te pones así? ¿Qué pasa?
―Mi…mi pequeña, mi princesa… ―sollozó― te vas a casar y, y, ya no me vas a querer tanto como ahora ―apretó más su agarre y sorbió su nariz―, ahora tu mundo va a ser solo Edward y te olvidaras de mi.
Lloré junto a él conmovida, jamás habría imaginado tanta inseguridad en el jefe de policía de Forks.
―Papi, ¿cómo puedes decir eso? ―Puse la mano bajo su barbilla para que se levantara y me mirara fijamente―. Eres mi padre y te quiero, siempre te voy a querer, te agradezco por todo lo que hiciste por mí, por hacer de mí la persona que hoy soy, pero es hora de que forme mi propia familia.
―Lo sé nena ―me daba ternura y más al ver como su bigote bailaba cada que hablaba― y estoy orgulloso de ti, es solo que, es difícil ver cuánto has crecido… recuerdo como si hubiera sido ayer cuando tú y yo íbamos juntos a pescar, me mirabas como tu héroe y sonreías inmensamente, brincando emocionada cada vez que pescaba algo, por muy chiquito que fuese tú siempre te alegrabas. Y ahora eres una mujer que sabe lo que quiere, lista para enfrentarse a la vida. Te quiero princesa, siempre vas a ser mi pequeña princesa.
Me dio un paternal y cariñoso abrazo que me hizo sentir completa, ahora si todo iba por buen rumbo.
―Entonces, ¿nos das tu bendición? ―Le sonreí esperanzada.
―Por supuesto que sí, sé que Edward es el hombre indicado para ti, me lo ha demostrado desde el primer día.
Los dos miramos a mi prometido y le sonreímos, suspiró notablemente aliviado y se acercó para estrechar la mano de mi papá.
―Gracias por la confianza Charlie.
―Gracias a ti por cuidar y amar a mi tesoro.
No me había dado cuenta de que Renée no se encontraba en la sala, hasta que regresó con una bandeja llena de copas y una botella de champagne.
―Ahora sí, ¡vamos todos a celebrar! ―Eufórica y radiante le dio la botella a Charlie para que la descorchara― Esme y Carlisle ya vienen en camino.
―Mamá debiste haberte esperado ―reclamé riéndome.
―Ah, no cariño, Esme tiene que enterarse. ¡Tenemos que comenzar con los preparativos!
Edward y yo nos miramos, abrazándonos y largándonos a reír, la que nos esperaba, Esme y Renée siempre habían estado esperando que nos decidiéramos a casarnos, ahora que se les había cumplido no existiría poder humano que las detuviera.
¡Agh!, y luego estaban Alice y Rose, la primera recién casada y la segunda sin atreverse a dar todavía ese paso con Emmett. Ambas se pondrían contentísimas cuando les propusiera ser mis damas de honor.
Un nuevo peligro se avecinaba.
Y yo sería muy feliz de estar envuelta en él si solo así llegaba a la realización de mi sueño.
Y lo sigo siendo, feliz de tener a mi lado al hombre que amo y me ama, feliz de tener a mi familia conmigo y feliz de tener a mis amigos igual de contentos por cumplir ellos sus propios sueños. Bodas, compromisos, bebés, nuevos proyectos…
De eso se trataba la vida, de vivirla, siempre como un nuevo proyecto.
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Fin.
Y este es el ultimo capitulo de Sweet innocence, pero esperen que aún nos queda el epilogo, prometo no tardarme nada en subirlo, ya vieron que he estado actualizando constantemente.
En el cap. anterior vimos a un celoso Edward, pero que creen, Bella no se queda atrás, ambos son tal para cual, ¿Lindos, no?, ¿Les gustó la declaración de Edward para Bella en el muelle?, ¿Qué les pareció Charlie llorando por su pequeña princesa?... Fue grandioso haber escrito este pequeño fic, gracias a todas por seguirlo, si les gustó o no háganmelo saber por medio de un review, soy feliz respondiéndolos :D
Y como siempre gracias a Alexandra por betear tantas paginas llenas de horrores.
Todavía no me quiero despedir del todo hasta subir el cap que nos queda, por lo tanto aprovechare este espacio para contestar los reviews de quienes no tienen cuenta.
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Julieton: Gracias por leer, espero que el fic haya cumplido todas tus expectativas. Ang: Muy adorables ¿verdad?, gracias por haber seguido está historia de cerca. Jachu Cullen: Te contesté el review mandándote un email, tengo el presentimiento de que no te llegó :S el propósito de la historia ameritaba que fuesen solo pequeñas y sobresalientes experiencias vividas d las que se contaran en el fic, de otra manera esto habría sido un enorme fanfic, y esa no era la idea. Gracias por tu apoyo, nos seguimos leyendo. Guest: Jajaja a todas nos gustó el lado celoso y posesivo de Edward, y claro que se pudieron aguantar hasta los 19, si lees entre líneas él y Bella tuvieron sus buenos momentos "románticos" que los ayudaron a soportar la espera, como las sensuales video llamadas, el manoseo y otras cosas que ya te podrás imaginar, ellos nunca podían terminar teniendo sexo porque de alguna manera al pensar que Charlie estaba cerca los hacía bloquearse. Por otra parte, a los 15 Bella apenas estaba abriendo los ojos y se estaba quitando esa bruma de inocencia que tenía, ella y Ed estaban sufriendo los cambios de la adolescencia y les fue difícil manejarlos. Gracias por seguir de cerca la historia. Rosse Pattz Stew: Hola, gracias por leer a los pequeños Ed y Bells, mañana subo el epilogo.
Gracias a todas.
Fa.
