Regalo a Bellk del "Intercambio Navideño 2015-16" del foro de InuYasha: Hazme el amor.
Gracias a: Bellk, SheilaStV, isabella86, rijeayko, Moon. Y gracias en especial a mi PN Bellk por permitirme seguir actualizando a pesar de que debí terminar hace mucho T.T Mi PN es la mejor del mundo. Uno más para ti.
4.
― ¿Y qué hiciste? ¿De verdad hizo eso? No puedo creerlo, no puedo creerlo, estás mintiendo.
Ayame se desesperó con el celular en la mano.
―No estoy mintiendo, Rin. Te juro que hizo eso, yo… ¡no pensé que fuera llegar a tanto! ―dijo a su mejor amiga.
Rin Noto suspiró, habían sido amigas desde la primaria y sabían todo una de la otra, Rin sabía absolutamente todo el asunto de que Ayame estaba enamorada de su propio tío.
―Esto no me gusta, Yame. Él tiene razón, estás jugando con fuego, puedes quemarte.
Ayame se mordió los labios mientras sacaba ropas de su closet para ver que se iba a poner para la fiesta que sería en una hora.
―No me importaría mucho…
Escuchó a Rin gruñir al otro lado de la línea.
―Ambos te lo advertimos. Piensa en tu padre, ¿qué tal si tu tío accede a estar contigo? ¿Qué dirá tu papá?
Ayame tragó en seco, no queriendo pensar en eso.
―No sé, no sé, no sé. Déjame en paz, señorita responsabilidad. Ahora, te colgaré porque tengo que ponerme sexy para salir.
Rin suspiró de nuevo, tener a una amiga como Ayame le provocaba eso. Era un cuento de nunca acabar.
―De acuerdo, no tomes mucho, Yame. Compórtate. Cualquier cosa sabes que me puedes llamar. Te amo.
―Si mamá… te amo más.
Ambas chicas terminaron la llamada y Ayame se dedicó a escoger algo sexy para la fiesta. El encuentro con su tío la había dejado exhausta, no había pretendido insinuársele así, pero… es que… ella lo quería, no podía resistirse a esa piel morena y a esos ojos cafés. Su sonrisa, por los Dioses, su maldita sonrisa… ese hombre la volvía loca. ¿Qué no veía que él mismo tenía la culpa de todo?
Cuando hubo escogido algo bonito y sexy, Ayame bajó las escaleras, sus padres estaban en la cocina.
― ¿A dónde crees que vas vestida así? ―dijo su padre, bajándose las gafas para verla.
Ayame rodó los ojos.
―Papá, por favor, hoy modelé lencería. No hay nada que no haya mostrado en la pasarela que…
Ayame guardó silencio cuando su padre la vio con una expresión asesina.
― ¿Lencería? ¿De qué demonios estás hablando? Lucy, ¿tu sabías algo de esto? ―preguntó a su madre, quien sonreía como una niña pequeña.
― ¿Yo? ¿Qué? No, no sabía nada ―dijo inocentemente, guiñando un ojo a su hija.
Ren entrecerró los ojos.
―Yo… me quedaré a dormir en casa de Ayumi. Solo será una pequeña celebración ―mintió―. Les marcaré cuando llegue…
―Ayame… ―advirtió su padre―. ¡Cúbrete esas piernas! ―gritó enojado, mientras que Ayame salía de la cocina.
― ¡Adiós! ¡Los amo! ―gritó y después se escuchó la puerta principal ser cerrada.
―Lucy Kakazu, ¿mi hija modeló lencería en la universidad? ¿Cómo pudiste permitirlo? ―preguntó molesto.
Lucy se encogió.
―Es lo que ella ama hacer, cariño. No puedes quitarle sus sueños solo porque no te gustan ciertas cosas.
Ren se restregó el rostro, un gesto que compartía con su hermano a pesar de no compartir sangre.
―Maldita sea, un día de estos esa niña me va a matar.
Lucy rio y besó a su esposo en los labios, eso fue todo lo que Ren necesitó para olvidarse por completo del asunto.
Rendición
― ¡Hola! ―gritaron todos a Ayame.
Ella sonrió y saludó a quien se le cruzó enfrente, la fiesta se estaba celebrando en un penthouse de un amigo del diseñador; era un chico rico que Ayame no conocía y al parecer, nadie ahí lo hacía. Eri, Ayumi, y todas las demás modelos estaban ahí, junto con un montón de gente que ella no conocía y también muchos estudiantes de la universidad que ayudaban tras bambalinas.
― ¡Aquí está mi modelo estrella! ―gritó el diseñador a Ayame.
Era un tipo delgado, alto y con lentes. Parecía más bien un pintor o algo por el estilo, pero era uno de los mejores diseñadores de su generación.
―Basta, Ken… todas las modelos estuvimos perfectas ―dijo con cariño.
Ken asintió.
―Concordaré contigo en eso. ¿Aceptaste alguna proposición? ―preguntó mientras que le hacía un trago a la pelirroja.
Ayame negó.
―No es tiempo.
La fiesta pasó y Ayame tomó más y más. Era usual para ella salir ebria de esas fiestas, era divertido, tenía veinte años y aunque para Rin la idea de diversión y alcohol no estuvieran ligada, para ella era la combinación perfecta. Cuando se encontraba jugando beerpong con el dueño del penthouse, que por cierto era muuuuy guapo… Ayame no pudo evitar pensar en su tío. ¿Qué estaría haciendo? No era tan tarde, pasaban de las once y estaba segura que él seguiría despierto. Lo llamaría, si, esa sería la mejor idea… o tal vez no, porque su Ayame cuerda se había ido a dormir y la Ayame ebria y alocada estaba instalada en su cuerpo.
Cuando hubo terminado el juego, Ayame se apartó un poco para marcar el número de su tío. ¡Qué ganas tenía de escuchar su voz! Sabía que estaba ebria y debía mantenerse al margen pero…
― ¿Ayame?
― ¡Tío! ―gritó emocionada―. ¿Qué hashes?
― ¿Dónde estás? Hay mucho ruido.
―Eshtoy en laa fiesstaaa, ¿recuerdas que te dije? Hoy cuando meee dijiishte que-r erra ese tipp-o de mujer… ―dijo arrastrando la voz.
― ¿Estás ebria? ―preguntó enojado.
Ella se carcajeó.
― ¡Si!
― ¡Ayame! ―Le gritó un chico―. ¡Ven acá!
―Tío, te amo ―susurró contra la bocina.
Kōga suspiró.
―Ayame estas muy ebria, por favor dime donde es esa fiesta para ir por ti.
Ella rio de nuevo.
―No… está bien, me quedaré a dor-miiir aquí, esh el penthouse de unn shicco y creeo que lle gusssssto, es muy guapo ―dijo sin pensar en decir eso.
Kōga tensó la mandíbula y siseó entre dientes.
―Mándame la dirección ahora mismo ―ordenó.
― ¡Te encontré! ―Le dijo el dueño del penthouse―. Vamos a mi habitación.
Ayame se carcajeó de nuevo contra el celular.
―Tío, te amo, ¡adiós!
La llamada terminó y Kōga se quedó con la boca abierta al haber escuchado la última parte. ¿Qué carajos estaba pasando? ¿Habitación? ¿La habitación de quién? ¡Encontraría a Ayame y la arrastraría a su condominio!
Ayame se rio y dejó su celular por ahí.
―Estásh loco, tenggo novioo ―dijo riéndose.
El chico suspiró y se rascó la cabeza.
― ¿En serio?
Ayame asintió.
―Sigamos jugando ―le ofreció con una sonrisa.
Él se encogió y aceptó, regresando a jugar beerpong con Ayame por un lado.
El celular de Ayame volvió a sonar pero ella no contestó, estaba tirando una pelota de pingpong a un vaso contrario y había anotado un punto. La celebración fue en todo el penthouse y Ayame se carcajeó con la ebriedad a todo lo que era.
Su celular volvió a sonar y ella lo tomó.
― ¿Tío? ¿Me amashh? ―preguntó riendo.
― ¡Muy bien, Ayame! ―gritaban sus compañeros.
― ¡Aaahh! ―Gritó ella cuando alguien le apretó una nalga―. ¡No me toquesh ahíii! ―gritó riendo.
―Ayame, ¿dónde carajos estas? Quiero la maldita dirección en este puto instante ―gruñó Kōga.
Ayame dejó de reír y carraspeó.
―Yo…
―Ahora, Ayame.
―Si… yo lo shiento, tío.
Ayame estaba muy ebria y no sabía que estaba pasando. Jaló a Ken de la camisa y le preguntó la dirección, mientras que él se la decía, Kōga escuchaba todo y apuntaba en el GPS de su celular.
―Voy por ti, Ayame. Más vale que no pase nada, no te acerques a ningún hombre.
Ayame asintió a pesar de que él no la estaba viendo.
―Si…
Kōga cortó la llamada y Ayame se quedó en las nubes, no sabía que acababa de pasar. ¿Había hablado con su tío? ¿Había sido una alucinación? ¡Que importaba! Estaba tan ebria que no tenía noción de lo que estaba pasando en ese instante. La gente se veía borrosa y todo estaba pasando muy rápido. Ya ni siquiera sentía los labios y las pantorrillas le hormigueaban mucho.
El tiempo pasó y ella se divertía como loca, jugando beerpong, bailando y cantando con sus amigos de la universidad. Ser joven nunca había sido tan perfecto hasta que…
― ¿Ayame? ―Eri la llamó―. Tu tío está aquí.
Ayame arrugó el ceño.
― ¿Eh?
―Ayame, vámonos ―un Kōga enojado había aparecido frente a ella mientras que un tipo la tomaba de la cintura―. Quita tus manos de mi sobrina ―gruñó enojado, apartando al tipo y tomando a Ayame de la mano.
― ¿Tío? ¿Qué hashesh aquí? ―preguntó sin saber que pasaba―. Espera, necesito mi bolshoooo ―dijo zafándose de su brazo.
Kōga se revolvió el cabello y siguió a Ayame hasta un lugar donde había muchas bolsas.
―Aquiiiii ―exclamó emocionada, cuando había divisado su bolsa.
―Vámonos ya ―repitió Kōga.
―Shi, si… eres peor que papá ―dijo entrelazando su mano con la de él.
―No puedo creer que tu padre te deje venir a estas fiestas ―dijo cuando empezaban a caminar entre la multitud de gente.
― ¡A dónde vas preciosa! ―gritó un chico tomando a Ayame de la otra mano.
Ella se rio.
―Esh mi hora de dormirrrr ―dijo lanzando besos.
―Basta ―dijo Kōga pegándola a su cuerpo y jalándola de la mano del chico.
― ¡Adiós, Ayame!
― ¿Qué? ¿Ayame se va?
― ¿Ayame?
Explotaron todas las voces y muchos gritos se escucharon en el departamento.
― ¡Adiós, Ayame!
― ¡Te veías hermosa hoy!
― ¡Te vemos el lunes!
Ella solo se carcajeaba mientras que Kōga la apretaba más fuerte de la cadera para arrastrarla fuera del departamento.
― ¡Losh amo! ―fue lo último que Ayame gritó antes de que Kōga la arrastrará por completo fuera del penthouse.
―Maldita sea, Ayame. Estás muy ebria ―masculló de mala gana.
Ella se rio.
―Tío… pensé quee habíia siddo mi imagginacción que había hablaado conntigo… ¿estoy shoñando? ―dijo colgándose de su brazo.
Kōga suspiró.
―Apestas a alcohol.
Ella rio de nuevo.
― ¿Me llevarás a tuu casa y me harásh el amor? ―preguntó pegándose a él como garrapata.
Kōga gruñó malas palabras.
―Jamás te dejaré tomar de nuevo ―maldijo por lo bajo, arrepintiéndose de haberla dejado ir a esa fiesta.
―Tío… ―ella se recargó más en él y sonrió―. Te amo…
Kōga observó a su sobrina y negó con decepción.
―Maldita niña ―la tomó en brazos y la cargó al estilo nupcial.
Ella rio.
―Hueles rico ―dijo colgando sus brazos a su cuello―. Espera… quiero… ―Ayame se balanceó en el cuerpo de su tío y esta vez pudo hacer lo que quería desde un principio; abrazarlo con brazos y piernas―. Mejor… ―dijo recargando su cabeza en el hombro de su tío.
Kōga suspiró y no le quedó de otra más que tomar a Ayame de sus grandes piernas descubiertas y caminar con ella hasta el elevador.
― ¿Por qué demonios usas faldas tan pequeñas? Ren me va a escuchar.
―Papá también she enojó… ―susurró contra su cuello.
Kōga tragó en seco y pensó en todo lo que había pasado en la pasarela. ¿Dónde había quedado el hombre sereno y estoico que era dentro de los jurados? Ayame hacia que se olvidara de todo lo cuerdo y decente.
Kōga entró en el elevador junto a Ayame quien se apretaba todavía más y más a él.
― ¿Por qué estabas con esos hombres? ―preguntó Kōga sin querer hacerlo. Los celos habían surgido desde lo profundo de su ser, confundiéndolo y volviéndolo loco en el proceso―. ¿Quién carajos te pidió ir a su habitación con él? ¿Quién te tocó? ―preguntó enrabiado.
Ella se rio levemente contra su cuello.
― ¿Eshtás celoso, tío? ―preguntó volviendo su cabeza frente a la suya, sus ojos se veían atentos
―Contéstame ―ordenó viéndola con enojo.
Ella se encogió.
―Eshe chico Ken… el dueño del penthouse… oh dios, estoy muy ebria ―dijo sintiendo el elevador bajar―. Él quería… ―carraspeó―. Ya sabes ―vio hacia otra parte.
Kōga tensó la mandíbula y apretó a Ayame de las piernas sin darse cuenta de ello.
― ¿Lo permitirías?
―Tu no me quieres ―dijo bajando su mirada a su pecho―. Yo solo…
― ¿Qué? ¿Querías acostarte con otro tipo porque yo no te hago caso? Entonces dudo de tus sentimientos ―dijo él con decepción.
― ¿Qué? No, no ―la ebriedad de Ayame se había ido por el caño al escuchar eso―. No es cierto ―dijo frenéticamente, buscando su cara con desesperación y tomándolo con sus manos―. Yo solo te amo a ti ―dijo haciendo que el corazón de Kōga se acelerará―. Aunque tú no me ames, siempre te amaré ―dijo pegando su frente a la de él―, aunque no me tomes en serio… y no quieras saber nada de mi ―sonrió―, siempre serás el único.
Kōga vio los ojos cerrados de Ayame, la chica estaba muy ebria y, al igual que esa vez en su habitación, estaba hablando sus sentimientos verdaderos.
―Te llevaré a tu casa ―dijo sin más.
Ella abrió los ojos de inmediato.
― ¿Qué? No… dormiré contigo ―dijo con una sonrisa tonta en los labios.
―Ayame…
―En el sofá, tonto ―recostó su cabeza de nuevo en su hombro y Kōga suspiró, esa niña tonta lo volvería loco.
Kōga caminó fuera del elevador con Ayame en brazos.
―No puedo creer que estuvieras con chicos ―murmuró enojado.
―No estaba con nadie ―se quejó ella.
Él caminó hasta su auto y la metió en el asiento del pasajero. Ayame se desplomó contra el asiento y cerró sus ojos, estaba muy cansada, ese día había sido exhaustivo. Ni siquiera tenía cabeza para pensar en lo que estaba pasando, todo le daba vueltas y no sabía si todo aquello era un sueño o no. Estaba segura que la cabeza le martillaría en la mañana.
Kōga observó a Ayame dormitar en el asiento del copiloto mientras que él manejaba. ¿Cómo es que una chiquilla así podría poner su mundo de cabeza? Esa niña había estado haciendo de las suyas para hacerlo sonreír desde que había nacido. Habían hecho de todo juntos, se habían bañado juntos, dormido juntos, ido de viaje juntos… en algún momento de la niñez de Ayame, casi la pudo sentir como una hermana pequeña. Tal vez se llegó a preocupar como un padre, pero siempre se recordaba que era simplemente el tío de esa pelirroja.
Pero ahora todo había cambiado; Ayame ya no era una niña, la Ayame que jugaba con muñecas había quedado atrás. Ahora, al parecer, a Ayame le gustaba jugar con él, cosa que su interior comenzaba a encontrar interesante pero que su lado razonable acallaba a cada momento.
―Tío…
― ¿Qué sucede? ―preguntó echándole una miradita mientras manejaba con una mano.
―Lo siento ―murmuró abriendo los ojos y viéndolo, estaba recostada en el asiento e irritablemente callada. Esa no era la Ayame normal a la que él estaba acostumbrada―. Ya sabes… por decir todo lo que dije, no debí besarte tampoco ―dijo suspirando―. Es solo que… te amo demasiado ―dijo bostezando.
Kōga apretó fuertemente el volante y observó a Ayame cerrar los ojos de nuevo.
―Estás ebria, lo entiendo. Y lo del beso… puedo entenderlo también.
Ella asintió.
―Gracias. Prometo no insinuarme de nuevo.
Ayame por fin se quedó dormida con los ojos de Kōga viéndola como un halcón. El semáforo cambió a verde y el avanzó por las calles de Tokio.
¿Prometo no insinuarme de nuevo? ¿En realidad cumpliría eso? ¿Y él quería que cumpliera eso? Maldita sea, su mente estaba hecha un desastre, no podía pensar con claridad, era ridículo.
― ¿Tío? ―ella habló de nuevo.
―Pensé que dormías.
―No… es solo que todo me da vueltas, ugh ―se quejó, tomando su cabeza entre las manos―. ¿En realidad te vas a casar con ella? ―preguntó de nuevo, viendo a su tío con lágrimas en los ojos.
Kōga tensó la mandíbula ante esa mirada, ella estaba a punto de llorar y no era algo que le gustara ver, en realidad no le gustaba ver llorar a ninguna mujer.
―No hablaré de esto contigo en el estado en el que te encuentras.
―Estoy perfecta ―se quejó sentándose derecha en el asiento―. ¿Qué tiene ella que no tenga yo? ―dijo sorbiéndose la nariz como una niña pequeña, un mohín infantil se había instalado en su rostro y lágrimas gordas recorrían sus mejillas.
―Ayame, por favor… ―dijo suspirando.
―Dime pequeña ―ordenó cruzándose de brazos, viéndolo con un puchero.
Kōga rodó los ojos y suspiró.
―Pequeña, no hablaré de esto contigo. Ahora, se una buena chica y duerme hasta que lleguemos a mi casa.
―No quiero ser una buena chica, no quiero que te cases con ella, me opongo ―dijo enojada.
Kōga rio.
―No te puedes oponer a mis decisiones.
―Oh claro que puedo hacerlo. Así como tú tomaste cartas en el asunto ¡y me sacaste de esa fiesta! ¡Yo quería tomar más! ―gritó molesta.
― ¿¡Tomar más!? ¡Ni siquiera recuerdas la mitad de lo que pasó ahí dentro! ¡Te pudieron violar! ―gritó de igual manera.
Ayame jamás lo había hecho perder los estribos de esa manera. Kōga siempre le dejaba esas riñas a Ren, él huía despavorido, no queriendo meterse en un asunto como ese; una Ayame enojada no traía nada bueno a la mesa.
― ¡Era mi decisión estar ebria! ¡Mi decisión si quería que alguien me tocara de más! ―contraatacó.
Rápidamente el pequeño auto de lujo de Kōga se convirtió en una corte en donde ambos abogados peleaban por hablar más fuerte uno que el otro.
― ¿¡Entonces querías que te tocaran!? ¿Así de fácil eres? Maldita sea, Ayame ―dio un golpe fuerte al volante.
Ella apretó su dentadura con fuerza, hizo sus manos puños y tragó saliva para mantenerse de decir algo más.
―Me quiero bajar ―susurró por lo bajo.
― ¿Qué?
―Me quiero bajar de tu auto ―dijo más alto.
― ¿Estás loca? ¿En la mitad de la calle? Por favor cálmate y espera a que lleguemos a mi casa.
― ¡No! ¡Eres un abusivo! ¡Cómo puedo estar enamorada de alguien como tú! ¡Regresa, quiero que Ken me toque! ―Tomó la manija de la puerta pero él fue más rápido y echó el seguro infantil a todas las puertas―. ¡Déjame salir!
― ¿Quieres que ese enclenque te toque? ―Gruñó lleno de rabia―. Estás muy ebria, Ayame. Deja de decir sandeces.
―Quiero salir, quiero salir, ¡ahora! ―tomaba la manija y la abría una y otra vez rápidamente.
Kōga divisó su edificio y estacionó el auto rápidamente en el estacionamiento subterráneo.
―Ya llegamos, ¿te puedes calmar con un carajo?
― ¿Te puedes calmar con un carajo? ―lo imitó ella con una grave―. No me puedes decir que hacer y que no, tampoco me puedes sacar de una fiesta en donde estaba teniendo el mejor momento de mi vida. Sin pensar en ti y en tu noviecita perfecta, ugh, como los odio a los dos ―escupió con desprecio.
Las fosas nasales de Kōga aletearon, su furia era evidente, su quijada y su rostro contenido lo demostraban.
―Vamos a ir arriba en completo silencio ¿me escuchaste? ―advirtió con severidad.
Ella le sacó la lengua y abrió la puerta cuando él le quitó el seguro.
―Tirano ―lo acusó y salió de ahí.
―Maldita niña… ―gruñó antes de salir.
Abrió los ojos con enojo al ver a Ayame correr hacia la entrada.
― ¡Adiós, perdedor! ―gritó mientras corría perfectamente en sus tacones.
― ¡Niña insolente, vuelve acá! ―gritó por igual, corriendo hacia ella―. ¡Te dije que guardaras silencio, mocosa!
Ella se carcajeó.
― ¡Es la primera vez que me dices mocosa! ―se carcajeó todavía más, corriendo y corriendo hasta casi llegar a la gran entrada del estacionamiento.
Él sonrió apenas y la tomó de la cintura con rapidez.
― ¡No! ¡Suéltame! ¡No pienso ir contigo a tu casa! ¡Tirano! ―dijo mientras que Kōga la arrastraba de la cintura y la pegaba a su pecho.
―Estas muy ebria, ¿qué no entiendes, Ayame? No puedes contra mí, pequeña ―Se burló de ella en su oído―. Ahora guarda silencio y quédate quieta ―Se la echó al hombro como un costal de papas.
― ¡Nooooooo, auxilioooooooooo! ―Gritó dramáticamente, pataleando y pegándole en la espalda con las manos―. Eres muy malo ―Se quejó rindiéndose.
Él, dentro de su enojo, rio y caminó con fuerzas renovadas al elevador.
―Estás loca ―dijo con diversión
―Malvado ―refunfuñó.
― ¿Estás ebria o te gusta comportarte como una niña pequeña conmigo?
―Ambas ―dijo ella colgando como un pedazo de trapo en el hombro de su tío.
―Escucha, nena, estás ebria y no sabes lo que dices…
―Tú no estás ebrio y me llamaste fácil ―dijo quedamente.
Ambos entraron al elevador y el silencio reinó. Kōga se arrepintió de esas palabras, palabras que no se había dado cuenta que había dicho por el momento del calor.
―Ayame…
―Ya cállate. Solo abres la boca para insultarme ―dijo desesperándose y quitándose de él―. Hubiera preferido que me llevaras a casa ―murmuró alejándose de él y no viéndolo a los ojos.
―Ayame, lo siento… es solo que tú estabas diciendo esas cosas y…
―No soy fácil ―dijo sintiéndose ebria de nuevo, en realidad nunca había dejado de estarlo, solo se había puesto cuerda un poco para pelear con su tío.
―Lo sé, nena ―Ella sonrió apenas―. Perdóname ―pidió.
Ella hizo un mohín y se encogió de hombros.
― ¿Qué me darás a cambio? ―preguntó con suspicacia.
Él negó con diversión.
― ¿Qué quieres?
―Dormir contigo ―dijo con brillo en los ojos.
― ¿Algo que pueda cumplir? ―preguntó con arrogancia.
Ella rodó los ojos.
―Estoy ebria, pero no soy tonta… no te burles de mí.
Él casi rio.
―Lo siento, nena.
El elevador se abrió en el pasillo que daba a la puerta de Kōga y ambos caminaron, ella con un poco más de problemas y tambaleándose apenas.
― ¿Cómo pudiste correr perfectamente y ahora no puedes caminar?
Ella se encogió.
―Adrenalina. En realidad quería escapar de tus garras ―dijo como excusándose.
Él pudo reír esta vez.
―Lo haces sonar como si fuera un monstruo.
Ella sonrió y ambos entraron al condominio de Kōga, Ayame buscando la cocina porque moría de hambre y sed y Kōga viéndola tambalearse sin sus tacones puestos y con esa falda tan corta que dejaba poco a la imaginación.
―Tengo hambre. ¿Tienes algo no carnívoro? ―preguntó abriendo su refrigerador.
―Verduras y frutas en los últimos cajones ―respondió tras de ella.
―Siiiiiiii, naranjas ―dijo sacando tres o cuatro del refrigerador, feliz y cargando las naranjas como trofeos en sus manos.
Kōga rio y observó a la pelirroja sentarse en el desayunador de su cocina, pelando las naranjas como si eso fuera lo más importante de la noche. ¿Se le había olvidado todo lo que había pasado?
―Agua, dame agua ―ordenó sin quitar su vista de las naranjas.
Él, derrotado por todo lo que había pasado, hizo lo que ella ordenó.
― ¿Por favor? ―preguntó el poniéndole el vaso frente a ella.
― ¿Por favor, qué? ―preguntó ella, volteándolo a ver.
Él negó, vencido por esa mujercita.
―Olvídalo, pequeña. Me iré a cambiar, no hagas nada loco mientras no estoy aquí.
―Sí, sí, papá ―dijo ella rodando los ojos.
Kōga se fue de ahí, viéndola por última vez y escapándose al fin para tener un rato de paz en su habitación. ¿Quién era esa chica sentada en su cocina, y qué le había hecho a Ayame? ¿Esa era la Ayame que él no conocía? ¿La Ayame ebria y enojada con la cual nunca había tratado? Debía admitir que aunque era un poco más dramática que la cuerda, también era más divertida, aunque en un modo infantil que hacía mucho no veía. Parecía que Ayame había cambiado con el pasar de los años y solo mostraba su verdadero ser cuando estaba ebria.
¿Era lo que sentía por él? ¿Había cambiado su forma de ser porque se había enamorado de él? Tuvo que obligarse a sí mismo a despejar esos pensamientos, se cambió con rapidez y salió de nuevo a la cocina donde Ayame comía gajos de naranja con un deleite que jamás había visto en nadie más.
― ¿Estás bien, pequeña? ―la examinó acercándose a ella.
Ella se encogió.
―He estado mejor. ¿Me puedo cambiar? ―preguntó.
El asintió.
―Te dejé ropa en la cama.
Ella sonrió y se paró tambaleándose un poco.
―Ugh… necesito dormir ―suspiró derrotada y caminando en dirección a la habitación de Kōga. Él rio y le revolvió la cabellera―. Oye, tengo veinte ―dijo molesta.
Él aventó la mano al aire.
―Tienes diez para mí.
Ella gruñó y entró a la habitación. Kōga podía decir que aquella situación le divertía pero no podía olvidar todo lo que había pasado minutos antes. Esa maldita niña ebria, con los brazos de un idiota alrededor de su cuerpo. ¿Y esas voces masculinas cuando ella había hablado con él por teléfono? ¿Y qué tal de la manera en la que le había gritado que ella quería ser tocada? ¿Por qué eso le molestaba más de lo normal? ¿Por qué empezaba a sentir algo horrible en el pecho cuando se la imaginaba con otro? Eran…
― ¿Tío?
Kōga levantó su mirada y se topó con Ayame caminando hacia él. No llevaba nada más puesto que la camisa blanca y grande que él le había dejado.
―Ayame… ponte los pantalones que dejé para ti… ―dijo tratando de no ver aún más de las piernas de su sobrina.
Ella sonrió con malicia.
―No te he perdonado ―dijo avanzando hacia él.
Kōga retrocedió lo más que pudo hasta que topó con el sofá y se quedó quieto observando el cuerpo de Ayame. ¿En qué demonios había pensado? ¿En qué obedecería y se pondría ambas prendas?
―Te dije que lo sentía, pequeña…
―Yo te pedí algo a cambio para perdonarte ―dijo de inmediato.
Kōga observó los ojos verdes de Ayame destellar con más brillo de lo normal, esa niña no tenía nada bueno en mente.
―Y dije que no a tu pedido ―respondió.
― ¿Qué tal si pido otra cosa? ―preguntó acercándose más a él.
Se paró frente a él y no hizo nada. Lo vio a los ojos y él se sintió como un animal atrapado por su presa.
― ¿Y bien? ¿Qué quieres?
Ella sonrió.
―Un beso.
Kōga la vio con seriedad, ella lo supo, ella supo que esa mirada cargada de severidad era una mirada que a su tío le gustaba mostrarle últimamente. Tal vez era su única táctica para decirle que aquello de ella confesándose no era algo con lo que estaba contento.
―Ve a dormir, Ayame. Dormiré en otra habitación ―dijo con un tono duro.
―De acuerdo, iré a dormir. Pero no te perdonaré y no te volveré a hablar ―atacó muy en serio.
Ella empezó a irse y él maldijo a su sobrina en cinco lenguajes en su mente.
― ¿Estás loca? ¿No vas a volver a hablarme? ―dijo sin poder creerlo.
― ¡Me llamaste fácil! Dos veces ―dijo poniendo ambas manos en su cadera.
― ¿Y cómo es que un beso va a resolver eso?
―Lo olvidaré si me besas, duh ―dijo como si fuera obvio.
Él se restregó el cabello con mucha fuerza y gruñó por lo bajo.
―Te pedí perdón. Sabes que no dije eso en serio.
―Bésame y pruébalo, te reto ―dijo con un tono desafiante.
Kōga Ōkami conocía muy bien a esa Ayame, oh si, él prácticamente había creado a esa Ayame. Ahora su creación se estaba volviendo en su contra.
―Pequeña… lo que sea menos eso, no me pongas en esta situación ―pidió casi con desesperación.
―Tu solo te pusiste en esta situación. Vamos… ¿sería tan malo besarme? Lo hice esa vez en mi habitación, lo hice hoy también… ―dijo viendo los labios carnosos de su tío, y después, y sin pensarlo de verdad, bajó su mirada rápidamente a un bulto que comenzaba a notarse bajo los pantalones de su pijama.
Kōga sintió esa mirada lasciva y su erección no pudo evitar crecer todavía más.
―Te dije que no jugaras con fuego, Ayame Kakazu.
Ella se encogió.
―No me importa, quiero mi beso.
Ayame se acercó más y más a su tío, quien no oponía resistencia, y cuando estuvo muy cerca de él… se puso de puntitas y puso ambas manos en su pecho. Él solo llevaba puesta una camisa blanca y unos simples pantalones de pijama, Ayame pudo sentir sus bien trabajados músculos bajo esa camiseta. Sabía lo mucho que su tío se ejercitaba, era un deleite verlo cuando no tenía una camiseta encima.
―Ayame… te lo advertí hoy ―dijo por última vez.
―Ya cállate…
Ella se relamió los labios antes de juntarlos a los de él. Kōga no sabía qué hacer, si quitarla como lo había hecho aquella noche, o dejarla como lo había hecho en el camerino.
― ¿Te gusta? ―preguntó con descaro.
Ayame tomó los labios de Kōga, que no se movían, y los comenzó a besar. Kōga quería sacarla de su condomino o el mismo huir de ahí. Pero también quería empujarla contra la pared y…
Sus manos encontraron la delicada cintura de Ayame y la tomó con fuerza, haciendo que Ayame ahogara un gemido en las bocas de ambos. Él por fin tuvo el coraje para profundizar el beso y ver a los ojos a Ayame quien lo había estado besando con los ojos abiertos todo el tiempo, retándolo, tentando su paciencia. Pues no más, Kōga Ōkami había tenido suficiente.
