Mikasa rodó por el suelo, sintiéndose cada vez más pesada y dolorida. Su cuerpo crujió, pero se levantó sola, ignorando la mano tendida ante ella. Se limpió la sangre del labio y retomó posición de batalla.
—Coloca los brazos un poco más arriba y separa los pies, los tienes demasiado juntos.
Mikasa miró a Levi con molestia, acatando sus órdenes a regañadientes. Realizó un gancho de izquierda que fue fácilmente detenido por el sargento. Él agarró su brazo, retorciéndolo, y barrió sus pantorrillas para tirar a la chica al suelo, bocabajo. Ella soltó un fuerte jadeo de dolor y ocultó el rostro fruncido en el suelo, tensándose.
—¿He sido muy brusco? —preguntó Levi, extrañado. Una cosa era que Ackerman perdiera forma física y, otra muy diferente que se volviera una llorica.
—No —zanjó dando grandes bocanadas de aire. El hombre la liberó un poco de su agarre, otorgándole algo de movilidad. Ella se giró, quedando cara a cara con el sargento—, sigamos.
Pero Levi la escrutó con su mirada acerada, fijamente. Mikasa no solía ser alguien sensible al dolor, y tampoco había presionado ninguna zona especialmente débil del cuerpo humano. Por tanto, sólo había una explicación.
Tomó a la chica de los hombros y la volvió a poner bocabajo. Ella se retorció bajo su cuerpo, soltando improperios y quejas. Levi, ajeno a su berrinche infantil, levantó la camiseta de Mikasa para el entrenamiento hasta la parte alta de las costillas, descubriendo un hematoma casi tan grande como la palma de su mano. Ambos fruncieron el ceño a la vez, ella apartó la mirada y él la obligó a mirarle, tomándola por la barbilla.
—¿Por qué no has dado parte de esto, Ackerman? Tiene muy mala pinta —cuestionó, molesto.
La chica se giró para encararle.
—Ya me tratan como alguien débil. Incluso para volver del todo al cuerpo y poder cumplir la última voluntad de mi hermano tengo que entrenar con usted. —Ante aquella declaración, Levi frunció aún más el ceño y en su boca se instaló un rictus de amargura.
—Eres débil porque así lo decidiste en su día.
Mikasa entrecerró los ojos. El aliento del sargento chocaba contra su mejilla derecha. Se quedaron en silencio, mirándose con una fusión de ardiente odio y helada ira.
—Ya casi es la hora de la cena —informó él, alejándose del cuerpo tenso de la chica. Tendió una de sus manos para ayudarla a levantarse, y esta vez ella la aceptó.
—Bien, me muero de hambre... —murmuró mientras se secaba el sudor de la frente. Se bajó la camiseta con cuidado de no rozar con demasiada fuerza el hematoma.
Levi rió por lo bajo. Se desenrolló las vendas protectoras de las manos y Mikasa le miró, escéptica.
—¿Qué le hace tanta gracia, sargento?
Los ojos grises del hombre se clavaron en ella, indiferentes si no fuera por ese pequeñísimo brillo de humor en ellos.
—Nada. Sólo que... Pensar en que hace unas semanas no habrías dicho eso de ninguna forma... Es irónico, y bastante satisfactorio —contestó.
—Satisfactorio… ¿Siempre es tan sincero?
Levi se dirigió a la cabaña de madera, saliendo del claro del bosque donde habían estado entrenando.
—Sólo con quien necesita sinceridad.
Y desapareció entre la mata verde de naturaleza.
Mikasa suspiró, notando que empezaba a llover. Llevó su mano al cuello, buscando el calor de su bufanda, el apoyo de su hermano que aún residía en ella, pero sólo encontró su fría piel mojada. Sollozó con una sonrisa, destrozada, al entender la cruel ironía de ese momento en el que se encontraba totalmente sola.
—Ackerman, ¿no escuchas? —La voz del sargento la sorprendió—. ¿Tengo que llevarte con correa acaso?
Y contra todo pronóstico, Mikasa sonrió por una razón, desconocida hasta para ella misma, y se colocó a su lado. Levi la miró, extrañado, pero decidió ignorar aquel cambio tan repentino de actitud de la muchacha. Recorrieron el camino ahora fangoso que llevaba a la base de la Legión en un cómodo silencio, cada cual pensando tranquilamente en sus cosas. Mikasa abrazó sus hombros sintiéndose cansada, y se dio cuenta de que la lluvia había durado muy poco, pues ya no caían gotas frías sobre ella.
—Gracias —susurró con mirada melancólica. Levi dirigió sus ojos grises a la chica— por ser sincero, sargento. Lo necesitaba.
El hombre soltó una bocanada de aire que se transformó en vaho.
—Me alegro, Mikasa. —Ella se sorprendió de que la tuteara, pero, extrañamente, no la molestó, sino que sintió un pequeño calor en ella—. Yo aprendí esa lección demasiado tarde.
—Al menos la aprendió. —La muchacha no se tomó la libertad de hablarle de la misma manera informal—. De no ser por usted, yo jamás lo habría logrado.
Levi no respondió, no era necesario.
—¿Usted cree... que algún día seré fuerte?
El hombre miró a la chica a su lado, observando el gesto de desesperación oculta entre el sudor y la sangre seca.
—Ya lo eres. Y también eres muy indisciplinada, cabe decir. Pero recuerda que los fuertes no podemos permitirnos caer, porque la humanidad caería con nosotros.
—Ser fuerte es una irónica debilidad.
Mikasa abrió el pomo de la puerta de madera y ambos entraron a la cabaña. El olor a estofado entró en sus narices de forma deliciosa.
—Browse, ¿qué te dije ayer? Aléjate de la cocina ahora mismo.
Sasha hizo un puchero y Jean se la llevó de allí. Levi se masajeó el puente de la nariz, en un intento por calmarse.
—Ackerman, ve a ducharte. A los demás, quiero este cuchitril impoluto en media hora, o no habrá cena. Para nadie.
Todos se pusieron al trabajo inmediatamente. Mikasa se retiró al baño con rapidez, sintiendo que la ropa se le pegaba al cuerpo. Entonces pasó frente a la antigua habitación de Eren, ahora desierta. Algo en su pecho se oprimió al recordar a su hermano. Se culpaba por no haberle podido salvar, y la imagen de su muerte aparecía noche tras noche en su cabeza, provocando horribles pesadillas.
Entró al cuarto y vio que todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo. Era normal, porque hacía meses que su dueño no volvía. Y jamás lo haría.
—Eren... —murmuró, recorriendo la estancia con pasos pequeños—. Cumpliré tu voluntad —repitió, añorando su bufanda, y sus ojos brillaron de determinación—. Retomaré Shiganshina y cumpliré la voluntad de la humanidad.
