Disclaimer: Los personajes de Sakura Card Captor pertenecen a sus debidas creadoras (CLAMP), únicamente fueron tomados prestados para la siguiente historia.


Novio de Alquiler.

Capítulo 4.

La verdadera Tomoyo.

— ¡Olvidaste mencionar… esto!

Fue su declaración ofuscada en el momento en que entraron a la biblioteca de la mansión Daidouji.

Eriol sonrió ligeramente al reconocer sus propias palabras en labios de la amatista. Tomoyo era astuta.

—Bueno, ¿Cómo iba a saber que eras la mejor amiga de Sakura Kinomoto y Shaoran Li? —preguntó inocentemente mientras tomaba asiento en uno de los mullidos sofás que estaban dispuestos en el centro de la sala. Ciertamente en su última visita a Japón la pequeña Sakura no había dejado de hablar de una gran y querida amiga, pero ella nunca había tenido la delicadeza de mencionar el nombre ni él el suficiente interés por preguntarlo, ¿Quién iba a pensar que el mundo era tan pequeño y que las cosas se torcerían de esa manera? Era interesante, sin embargo.

Aunque la opinión de Tomoyo fuera diametralmente opuesta.

— ¡No me refiero solo a eso y lo sabes! —Dijo ella deteniendo su andar de león enjaulado y señalándolo con el dedo índice. Estaba segura que sufriría un colapso pronto.

Al final, a la cena se habían unido Fujitaka y Touya Kinomoto, ambos recién salidos de sus respectivos trabajos. En el intento de ser una gran familia feliz, todo había resultado en un total desastre, si le preguntaban.

Luego de la sorpresa inicial de parte de sus amigos castaños, habían surgido un montón de comentarios y preguntas indiscretas antes y durante la cena. Éstas iban desde la queja generalizada al por qué ninguno de los dos lo había mencionado con anterioridad, hasta la perspicaz pregunta de por qué Tomoyo jamás había asistido a ninguna de las muchas reuniones de negocios y de sociedad en las que Eriol se veía involucrado.

Para esas alturas ya no había duda alguna de que Eriol Hiragizawa no era solo un simple acompañante de alquiler. Al parecer, se trataba de alguien mucho más importante, y ella había soportado la curiosidad tan estoicamente como había soportado la avalancha de preguntas de su familia a lo largo de toda la cena.

Porque si algo había descubierto durante los pasados sesenta minutos, era su impecable habilidad actora y la facilidad que tenía para ocultar la verdad a sus seres queridos.

Ella no pronunciaba las mentiras, de eso se encargaba el inglés, pero pronto se encontró a sí misma siguiendo el hilo de dichas invenciones y afirmándolas tan solemnemente, que incluso ella pensó que eran reales.

Así, ambos se habían envuelto en un complicado enredo de verdades a medias (mentiras) en las que ninguno había mencionado el noviazgo porque deseaban esperar hasta el momento adecuado, y para la inexplicable ausencia de Tomoyo en las reuniones, alegaron un indiscriminado exceso de trabajo en la Agencia de Modas y el hecho de que eran terriblemente aburridas.

Una vez que terminó el interrogatorio (junto con la cena que había sido incapaz de disfrutar), notó que las reacciones del resto eran tan variadas y tan desalentadoras, que creyó que la farsa se le vendría abajo en cualquier momento.

Touya los observaba con una mueca cínica bastante perceptible. Él no se había tragado el cuento, pero por supuesto, no diría ni "pío".

Su madre tenía esa mirada de recelo hacia Eriol, y Shaoran no ocultaba su sospecha hacia ambos, casi como si se debatiera en si creerles o no.

Los únicos que parecieron confiar ciegamente en su multitud de pretextos fueron, como no podía ser de otra forma, Fujitaka Kinomoto y la despistada Sakura.

Ante tal fracaso, se sintió realmente aliviada cuando una de las doncellas anunció que el postre estaba listo para ser servido en la sala de estar. Aquello le dio el momento perfecto y, alegando haber comido demasiado y bajo la patética excusa de mostrarle la biblioteca privada a Eriol, salió corriendo del lugar aun a pesar de las quejas del inglés, quien lamentaba haberse perdido aquel delicioso soufflé de chocolate.

Así que ahí estaban, ella un poco histérica, él bastante despreocupado.

Pero lo importante en esos momentos no eran los rodeos que les habían dado a los demás, sino aquello que Eriol parecía haber ocultado deliberadamente.

Tomoyo quería una explicación, y la quería en cuanto antes.

— ¿Quién eres? —preguntó cuándo el torbellino de sus pensamientos se calmó un poco. Al mismo tiempo, pareció notar que dar vueltas por los alrededores no la llevaría a ningún lado por lo que prefirió ocupar el sillón individual frente a su interlocutor.

Con un rictus de incertidumbre observó a Eriol y la forma en que parecía meditar cuidadosamente su respuesta.

—En estos momentos soy tu novio, Tomoyo. Lo demás no importa —dijo enigmáticamente, dibujando una sonrisa serena.

Sonrisa que se vio obligado a borrar en el momento en que un libro delgado pasó rozando una de sus orejas.

— ¿¡A qué ha venido eso!? —exclamó sorprendido.

—Te pregunté quién eras, Hiragizawa —repitió Tomoyo impasible, casi como si no acabara de lanzar un proyectil directo al rostro de otra persona.

El inglés no daba crédito a lo que acababa de pasar.

—Eso no es importante.

—Es importante desde que Sakura y Li te conocen. No podemos fingir que eres alguien más cuando ellos saben de tu vida personal —dijo en un tono que sonaba bastante agotado—. Necesito saber quién eres, de lo contrario ellos notaran que no sé nada sobre ti y descubrirán todo.

—Podrías pedirles que guarden el secreto.

Tomoyo negó.

—Sé que ellos no dirían nada, pero ambos son torpes por naturaleza. Sin querer terminarían delatándonos de alguna forma.

Los dos guardaron silencio por un rato, hasta que, sin más ideas que sugerir, Eriol le dedicó una última mirada cansada y un suspiro resignado antes de empezar a hablar, esta vez en serio.

—Supongo que conoces las Corporaciones Clow.

Asintió. Por supuesto que las conocía. No seguía tan obsesivamente el mundo de los negocios como su madre, pero teniendo una pequeña Agencia de Modas en crecimiento, era necesario que estuviera informada sobre las empresas competidoras o aquellas que pudieran ser potenciales aliadas.

Sabía entonces que Clow & Asociados era el gran monstruo de los negocios en Inglaterra y contaba con un buen prestigio internacionalmente. Teniendo su sede en Londres, manejaba una de las cadenas hoteleras más importantes y lujosas de la nación, sabía que hacía constantes exportaciones de productos y tenía una multitud de relaciones con un montón de pequeñas y medianas empresas, pues ella veía el pequeño logotipo de Clow & Asociados hasta en la caja del jabón que compraba en el supermercado.

Así que sí, conocía un poco sobre las Corporaciones Clow.

— ¿Qué hay con ellas? —cuestionó cuando Eriol no parecía estar dispuesto a soltar las palabras de un tirón.

—Bueno, podría decirse que me encargo de algunas tareas relacionadas con dichas empresas.

— ¿Eres un gerente o algo así?

El inglés soltó una risa incrédula.

—No soy un gerente, Tomoyo —se cruzó de brazos y la vio de forma tan intensa, que ella estuvo a punto de desviar su propia mirada—. Más bien soy el dueño de las Corporaciones.

Reinó el silencio una vez más, únicamente roto por el constante clock del enorme reloj de péndulo que se encontraba en una esquina de la biblioteca.

Y entonces, poco a poco, todo cobró sentido para Tomoyo.

Aquel exquisito gusto en las ropas de Hiragizawa, su elegancia, sus modales, la poca sorpresa ante el séquito de guardaespaldas en el aeropuerto de Tomoeda, la estrecha relación con Li (quien también tenía renombrados negocios en China), incluso la normalidad con que había aceptado el viaje en limosina, casi como si… fuera algo de todos los días.

Quiso darse un fuerte golpe en la frente ante el descubrimiento de que Eriol Hiragizawa era un hombre ridículamente importante, ridículamente rico y, para su gran horror, ridículamente reconocido, al menos seguramente en el mundillo de los negocios, el cual estaría reunido a primera hora del día siguiente durante el desayuno de bienvenida.

¿Dónde quedaba su plan de pasar desapercibida?

— ¿Te encuentras bien? —fueron las palabras de Eriol en el momento en que se cubrió el rostro con las manos.

Estuvo tentada a darle una respuesta sarcástica, pero bien sabía que con eso no resolvería nada.

Tampoco es como si pudiera enviar a Eriol de regreso en el primer avión a Inglaterra. Por mucho que le agradara la idea, aquello solo la dejaría con la tarea de dar un puñado de nuevas explicaciones.

De modo que no tenía más opción que la de continuar hacia adelante, inventando sobre la marcha y siguiendo el hilo de los cuentos de su supuesto novio, a quien parecía dársele tan bien todo aquello.

Suspiró. Ella detestaba improvisar.

Tres toques en la puerta de madera los alertó a ambos de que tenían compañía.

Eriol fingió estar leyendo aquel libro que le había lanzado con anterioridad y ella descubrió su cara, componiendo la mejor expresión de calma de la que fue capaz.

Un segundo después, la figura de una de las doncellas de la mansión apareció en el marco de la puerta.

—Señorita Daidouji, Señor Hiragizawa. La señora Sonomi los espera al pie de las escaleras.

Ambos asintieron en agradecimiento, y pronto la doncella volvió a retirarse.

Eriol fue el primero en ponerse de pie y tenderle una mano.

—No debemos hacer esperar a tu madre.

Ella estuvo de acuerdo en eso y aceptando el ofrecimiento, juntos salieron de la biblioteca.

Justo como había dicho la chica del personal, al pie de la escalera estaba Sonomi, acompañada por un sonriente Fujitaka.

—Sakura y Shaoran decidieron retirarse junto con Touya —dijo apenas estuvieron a unos pasos de distancia—. Y ustedes deben estar cansados, así que les mostrare sus habitaciones para que puedan descansar.

—Habitación, en realidad —intervino Fujitaka en un murmullo que la mujer de negocios no alcanzó a escuchar, pues ya había comenzado a subir los escalones.

Tomoyo observó a Eriol y él solo se encogió de hombros, limitándose a seguir a la pareja mayor.

Tenía que admitir que el hecho de ver a Sonomi Daidouji y a Fujitaka Kinomoto como una pareja no dejaba de parecerle bizarro. ¿Cómo habían esos dos terminado de aquella manera? Ella todavía recordaba claramente el profundo odio que su madre profesaba hacia el catedrático cuando era una niña.

Se trataba de esas cosas a las que nunca podría acostumbrarse. Siempre se había visto reacia ante los grandes cambios y aquel sin duda había sido uno enorme.

Sonomi se detuvo frente a una de las muchas puertas blancas del segundo piso, y consigo, se detuvo también el resto de la comitiva.

—Se le ha preparado una habitación de invitados, Hiragizawa —habló mientras tomaba entre manos el pomo de la puerta y comenzaba a abrirla—. El personal se ha encargado de traer su equipaje y…

Las palabras murieron en la maquillada boca de su madre apenas se percató del interior de la habitación.

Ésta no estaba preparada. En realidad, parecía una pequeña bodega, llena de muebles antiguos cubiertos por sábanas blancas y un montón de cachivaches más que Tomoyo no alcanzó a reconocer.

— ¿Pero qué…?

Una risita serena se escuchó a espaldas de todos, atrayendo de inmediato la atención hacia la figura de Fujitaka.

— ¿Tu eres el responsable de esto? —preguntó Sonomi con un tono latente de irritación.

El hombre ensanchó su sonrisa, inmune a la arrolladora furia de su pareja.

—Puede que haya olvidado decirle al personal que se encargara de la habitación de invitados.

Durante los siguientes minutos, Eriol y Tomoyo permanecieron en silencio mientras presenciaban la diatriba de una enfurecida Sonomi y las respuestas tranquilas de un divertido Fujitaka. Ella recriminaba su irresponsabilidad y su terrible despiste, sus horrorosos modales como anfitrión y la mala primera impresión que estaba dando.

Al final, las energías parecieron abandonar su delgado cuerpo y solo atinó a suspirar cansadamente y a frotar una de sus sienes ante el aparente caso perdido que era el hombre frente a ella.

—Le pediré a alguna de las doncellas que prepare otra habitación —dijo con tono resignado.

—Tal vez eso no sea necesario —Fujitaka se acomodó los anteojos antes de continuar—. Él podría dormir en la habitación de Tomoyo. Son una pareja después de todo, ¿no?

Ante aquella declaración, ambas Daidouji abrieron los ojos sorprendidas, una más aterrada que la otra.

Por su parte, Eriol no pudo evitar sonreír complacido.

— ¿De dónde ha venido esa idea?

—N-no me parece correcto, señor Kinomoto —sus alarmas se dispararon de inmediato, no había manera de que ella durmiera con aquel sujeto.

—Puedes llamarme Fujitaka, te lo he dicho muchas veces, Tomoyo —respondió el hombre amablemente—. Y en realidad no entiendo por qué tanto escándalo. Ambos son adultos.

—P-pero…

—Preparar una habitación lleva mucho tiempo, y en realidad es bastante tarde —continuó sin prestar atención a la mirada estupefacta de Sonomi y a la histeria de ella misma. Por el contrario, preguntó a Eriol—: ¿Tienes algún problema con dormir en la antigua habitación de Tomoyo?

—Ninguno, señor —dijo con esa maldita sonrisa divertida.

Claro que no tenía ningún problema.

—Entonces no se diga más. Supongo que no necesitan que los escoltemos, ¿verdad Tomoyo? —No esperó respuesta alguna, solo tomó gentilmente la mano de Sonomi y comenzó a caminar en dirección contraria—. Pasen buena noche. Nos veremos mañana a las nueve.

Tomoyo parpadeó una, dos veces, mientras veía a las dos figuras adultas desaparecer por el corredor. Lo único que podía pensar era que su madre estaba tan sorprendida por la propuesta de Fujitaka que había sido incapaz de objetar nada.

Una desgracia que Sonomi se hubiera privado justo en ese momento, pues ahora ella estaba metida en otro aprieto, esta vez completamente sola.

—No dormiremos juntos —fue su sentencia mientras comenzaba a caminar hacia su antigua habitación, la cual se encontraba a la vuelta del pasillo.

Para su mala suerte, Eriol siguió sus pasos.

— ¿Y dónde planeas que duerma? ¿En el corredor?

—No es una mala idea.

Eriol soltó una risa ligera.

—Vamos cariño, no todas las mujeres pueden alardear de haberme tenido entre sus sabanas. Yo te daré ese privilegio, y ¿sabes qué es lo mejor? —preguntó cuando ambos estuvieron frente a la habitación en donde solo ella dormiría.

Ante el mutismo de Tomoyo, él se acercó lo suficiente hasta ser capaz de susurrar en su oído.

—En esta ocasión haremos todo lo que tú quieras.

— ¡Por todos los dioses! ¡Eres un pervertido, Hiragizawa!

Eriol rio de buena gana y tomó su distancia una vez más mientras observaba con satisfacción el sonrojo que había aparecido en las mejillas de la amatista. Existía una cosa bastante placentera en la forma en que ella perdía el control, esos pequeños atisbos que alcanzaba a vislumbrar fuera de la rígida mascara que había estado portando desde que se encontraran en el aeropuerto.

Era entretenido provocarla, aquello la hacía verse más humana, menos perfecta, menos… como una frágil muñequita de aparador.

—Escucha —las palabras resignadas de Tomoyo lo trajeron a la realidad. Ella había entreabierto la puerta y no lo miraba a los ojos—. Aunque realmente me gustaría, no puedo dejarte en el corredor, pero estas completamente demente si crees que te permitiré dormir en la cama conmigo.

Él la miró con curiosidad mientras abría por completo la puerta y daba los primeros pasos en el interior. Ya desde su posición, se dignó a alzar la vista hacia su persona. Era la mirada más determinada que le había visto hasta el momento.

—Dormirás en el piso.

—Debes estar bromeando —respondió con una sonrisa incrédula. Por lo general, aunque las mujeres no ofrecían sus camas tan rápido como ofrecían sus cuerpos, siempre podía asegurarse un caliente y cómodo lugar en el que descansar. Él nunca había dormido en el piso, su estatus y su aspecto siempre se lo habían impedido.

Y sin embargo, Tomoyo solo se limitó a hacerse a un lado para dejarle entrar, no sin antes agregar:

—El piso. Tómalo o déjalo, y por favor que sea pronto, en verdad estoy cansada ¿sabes?

Eriol la observó atentamente una última vez, desde su rígida postura hasta el fruncimiento de sus delgadas cejas. Ahí estaba una mujer que había visto de forma intermitente a lo largo del día, si no fuerte, al menos sí lo suficientemente decidida. Ella no caería bajo sus encantos esta vez, no le cedería una parte de su cama.

Aquello, por más retorcido que fuera, terminó por agradarle. Tomoyo tenía un carácter escondido muy en el interior y se encontró a sí mismo impaciente ante la idea de sacarlo a flote.

Por eso no volvió a objetar nada, únicamente dio los pasos suficientes para estar dentro y permitió que ella cerrara la puerta.

Ya en el interior de la habitación, descubrió que ésta era bastante sobria para tratarse del lugar de una antigua adolescente.

Los colores de las paredes eran suaves y los muebles, blancos. Había un enorme escritorio con una máquina de costura encima y un montón de lápices, plumas y colores ordenados cuidadosamente. En una esquina estaba una televisión de grandes dimensiones y debajo de ésta, un pequeño librero a rebosar de libros de todos los tipos y tamaños.

Ciertamente no conocía a Tomoyo ni lo había hecho con anterioridad, pero la habitación estaba cargada de una atmosfera acogedoramente nostálgica que le hizo preguntarse de qué forma había pasado ella su niñez y adolescencia. De improvisto, se sentía terriblemente curioso.

—Hay cobijas dentro del armario —escuchó la voz de la amatista a sus espaldas. Giró hacia ella y notó que de su maleta sacaba un juego de ropas de dormir. Divertido, se descubrió pensando cuánto le habría gustado que se tratara de un pequeño camisón o algo por el estilo—, puedes poner algunas sobre el piso y usar otras para cubrirte.

Eriol siguió sus indicaciones mientras ella desaparecía tras una pequeña puerta que no había visto anteriormente, ¿El baño, quizá?

Luego de un rato, una vez terminado de preparar su improvisada cama y después de cambiar sus casuales ropas a un confortable pijama (extraído de su propia maleta, la cual curiosamente estaba ya en la habitación), escuchó cómo el pestillo de la puerta era retirado y emergía cuidadosamente la figura de Tomoyo, ataviada en una holgada ropa de dormir color celeste con su largo cabello negro recogido en una desarreglada trenza.

Había visto a muchas mujeres antes de ir a la cama (con él, dicho sea de paso) y estaba seguro que ninguna había lucido nunca como lo hacía Tomoyo en esos momentos.

Ellas siempre eran atrevidas, seductoras, incluso un poco salvajes, y sin embargo ahí estaba la amatista, con sus mejillas ligeramente arreboladas y su aspecto hecho un desastre, todavía arreglándoselas de alguna manera para verse… bueno, linda.

Aquello le causó gracia.

—No te atrevas a reírte —dijo Tomoyo pasando por su lado antes de meterse a la cama. Una demasiado grande para ella sola—. No era parte del plan estar en una situación como esta.

Eriol ensanchó su sonrisa.

—Al menos es bueno que no intentes seducirme.

— ¿Disculpa?

Negó con la cabeza y, cambiando de tema, señaló su maleta.

—Al parecer Fujitaka Kinomoto no es tan inocente como parece.

Tomoyo observó con cuidado lo que el inglés mencionaba y su boca se abrió ligeramente ante la constatación de que el despiste de Fujitaka no había sido tan accidental después de todo. Él había planeado todo ese embrollo de las habitaciones.

—Tal vez deba decirle a mi madre mañana por la mañana.

—De ninguna manera —dijo Eriol mientras se quitaba sus anteojos y con cuidado ocupaba su lugar entre las cobijas en el piso. Pronto, estuvo fuera de su campo de visión—. Él cree que somos una pareja, ¿no? Se supone que las parejas quieren estar juntas. Solo estaba ayudándonos.

Esta vez, no pudo negar que Eriol tenía razón.

Ambos permanecieron en silencio durante un rato, cada uno sumido en sus propios pensamientos, hasta que Tomoyo volvió a hablar de nuevo.

—Lo haré mejor mañana.

— ¿De qué hablas? —preguntó el inglés sin entender a lo que se refería.

Ella suspiró.

—Todo esto. Lo haré mejor mañana —repitió, y antes de que él pudiera interrumpirla, continuó diciendo—: Lo he pensado y me di cuenta que no tiene sentido continuar con este… nerviosismo. De seguir así solo conseguiré delatarnos.

—Bueno, has tardado un poco en darte cuenta de eso, ¿no lo crees? —su respuesta fue sarcástica, consiguiendo que Tomoyo pusiera los ojos en blanco aun cuando sabía que no podía verla.

—Descansa, Hiragizawa. Mañana será un día largo.

Escuchó una última risita de parte de Eriol, y después el silencio total.

Había llegado a la resolución de que estaba metida en aquello hasta el fondo y ahora, más que antes, debía actuar como una mujer profundamente enamorada.

Mañana seguramente no solo se encontrarían con un puñado de personas que conocían a Eriol Hiragizawa, sino que además ella estaría frente a frente con el hombre que la había orillado a toda esa locura en primer lugar.

Ren Nakamura.


2.

Abrió los ojos perezosamente, aún con los vagos recuerdos de un placentero sueño acerca de una playa, un sol cálido y una deliciosa bebida.

Se desperezó de forma lenta, estirando primero los brazos, luego las piernas y al final se permitió soltar un corto suspiro mientras se sentaba en la cama y se percataba de las cobijas cuidadosamente dobladas al pie del colchón.

Sonrió. Jamás hubiera pensado que Eriol fuera un hombre ordenado.

Alcanzó a escuchar de fondo el chirrido de las llaves de la ducha siendo cerradas y de repente el cuarto quedó sumido en un silencio que la hizo darse cuenta del ruido que antes había estado inundando el ambiente.

Esperó pacientemente, con los ojos fijos en la puerta del baño. ¿Qué esperaba? No estaba del todo segura, pero había amanecido con los ánimos renovados y tenía la imperiosa y absurda necesidad de hacérselo saber a Eriol.

Con aquello en mente, dibujó su mejor sonrisa en el instante en que vio la puerta abrirse lentamente.

Y ahí estaba Eriol, con los anteojos en la mano izquierda, una toalla negra en la derecha y… cubierto apenas con otra toalla que colgaba precariamente de sus caderas.

Su sonrisa se congeló.

—Ah, ya te despertaste —dijo como si nada, caminando tranquilamente hacia su maleta al tiempo en que frotaba la toalla negra contra el húmedo cabello.

Tomoyo sintió que sus mejillas se sonrojaban tan furiosamente que creyó que explotarían en cualquier momento.

Desde luego, a lo largo de sus veintiséis años había visto a uno que otro hombre desnudo, en serio, no eran nada del otro mundo, pero actualmente el problema recaía en que nunca había visto un hombre como… bueno, un hombre como Eriol.

Si ya antes había admitido su atractivo y el sujeto iba enfundado en sendas capas de ropa, no existía nada que pudiera decir ante la vista de su cuerpo desprovisto de ésta.

Eriol no era particularmente corpulento, en realidad era más bien delgado, pero la espalda ancha y los músculos de sus brazos y abdomen dejaban en evidencia las horas de ejercicio a las que seguramente se sometía.

Su piel blanca, casi rayando en lo pálido, todavía tenía gotas de agua que corrían libremente por todos lados y Tomoyo, ingenua, se atrevió a seguir el camino de una de ellas, hacia abajo, siempre hacia abajo, hasta que se perdió entre los pliegues de la toalla anudada en las caderas masculinas, dejándola a ella con una terrible sensación de vergüenza al descubrirse contemplando esa área en particular.

Y entonces estaba quizá lo más atrayente en Eriol Hiragizawa, aquello que impedía que apartara la mirada de su persona y que inconscientemente la hacía relamerse los labios: su presencia, ese porte innegablemente masculino, casi tentador e infinitamente arrogante.

Había algo en él un poco oscuro, misterioso, y no parecía darse cuenta de ello.

—No es que me queje —volvió a hablar mientras escogía de entre sus ropas algo que ella no se molestó en distinguir—. Pero es un poco perturbador que me veas como si fuera un trozo de carne.

Y así como el inglés era experto creando atmosferas (aun cuando no lo hiciera a propósito), era igual de bueno destruyéndolas.

Tomoyo sintió un calor todavía más intenso en sus mejillas y, aclarándose la garganta, salió con torpeza de la cama en dirección al baño.

—Tomare una ducha —se limitó a decir mientras se obligaba a no observarlo de nuevo.

Antes de cerrar la puerta, escuchó una risita burlona proveniente de Eriol.

— ¿Te espero abajo, cariño?

A lo que ella contestó con un resoplido poco delicado.

El baño resultó ser más relajante de lo que esperaba y la ayudó a olvidar el episodio con el inglés al tiempo en que le devolvió su buen humor matutino.

Salió a la habitación cuando ésta ya se encontraba vacía y le tomó casi una hora preparar su maquillaje y escoger un atuendo adecuado.

Al final, se aventuró a los pasillos de la mansión y posteriormente a los jardines traseros ataviada en un bonito y sencillo vestido blanco, unos zapatos de tiras y el cabello recogido en una coleta alta.

Respiró profundamente una vez que estuvo en la primera planta, cogió valor por última vez, y sin pensarlo mucho atravesó las grandes puertas corredizas, saliendo a los idílicos jardines de la mansión Daidouji.

Afuera, ya se esparcían por el área al menos dos docenas de personas, algunas cómodamente sentadas en las mesitas y sillas que se habían dispuesto, otras tantas de pie charlando en grupos pequeños, y unas más en la enorme mesa de comida que ostentaba con orgullo infinidad de platillos, bocadillos, dulces, postres y bebidas.

Su madre, como de costumbre, era demasiado extravagante.

Paseó la mirada por los rostros de los invitados, reconociendo a algunos como importantes hombres y mujeres de negocios que solían frecuentar las reuniones que su madre ofrecía cuando ella era todavía una adolescente.

A lo lejos distinguió la figura de Sonomi, saludando a los invitados e intercambiando risas y comentarios amenos. Tomando su mano estaba Fujitaka, quien parecía desenvolverse bastante bien con aquellas personas, reía y charlaba con una soltura que no la sorprendió en absoluto; había sido siempre un hombre afable después de todo.

Tomoyo buscó un poco más y pronto alcanzó a vislumbrar la figura de Eriol a unos metros de distancia. Él platicaba con una pareja de edad mucho más avanzada y casi le daba la espalda, impidiendo que la viera.

Tragó el nudo que se había formado en su garganta sin que se diera cuenta y exhaló lentamente, mientras pensaba que quizá aquella era la segunda prueba a la que tendría que ser sometida su farsa. La primera había sido el día anterior, con Sonomi y la familia Kinomoto y de la que en realidad no había obtenido un resultado completamente satisfactorio.

Así que con la firme resolución de la que había carecido anteriormente, caminó hacia las tres figuras y asió con delicadeza el brazo de Eriol una vez que estuvo a su lado. Ellos detuvieron su charla para observarla atentamente.

Por su parte, Tomoyo sonrió de la forma más encantadora que sus nervios le permitieron.

—Buenos días —intercambiaron las reglamentarias reverencias y al cabo se dirigió hacia el inglés—. Lamento haber tardado tanto, tuve un… contratiempo.

Eriol alzó ambas cejas interrogativamente, pero ella no mencionó nada al respecto. Por supuesto, no le diría que había empleado más tiempo del acostumbrado en el arreglo de su aspecto con el único fin de… ¿de qué?

De sorprenderlo, murmuraría una traidora vocecita en su cabeza, la misma que sería intencionalmente ignorada en el momento en que uno de sus acompañantes decidiera hablar.

— ¡Tomoyo Daidouji! Hacía años que no te veía —dijo alegremente Takeru Enzo, un empresario retirado entrado en los sesentas, muy amigo de su madre—. Si me permites decirlo, querida, Inglaterra te ha sentado de maravilla, te has convertido en una hermosa muchacha. Tampoco sabía que Hiragizawa fuera tu acompañante, pero siempre es un placer encontrarse inesperadamente con un buen socio de los negocios.

Tomoyo y Eriol sonrieron ante el alago, pero ninguno alcanzó a responder nada porque la sorprendida voz de Nozomi Enzo, la segunda esposa de Takeru, los interrumpió.

—Disculpen si parezco una entrometida pero… ¿Están ustedes saliendo? —preguntó curiosa, observando de reojo sus brazos entrelazados.

Y ahí empezaba el show.

Ambos asintieron al mismo tiempo, pero lo que salió de sus labios fue diametralmente distinto:

—Desde hace once meses. —dijo Tomoyo.

—Desde hace un año y medio. —dijo Eriol.

Los dos voltearon a verse inmediatamente, ella con alarma en los ojos, él con el ceño fruncido.

La pareja en frente de ellos tenía una expresión confusa.

Al final, fue el inglés quien consiguió sacarlos del aprieto.

—Lo que queremos decir —se aclaró la garganta—, es que nos conocemos desde hace un año y medio y comenzamos a salir hace alrededor de once meses.

Nozomi Enzo alzó una ceja.

— ¿Y utilizaron los primeros siete meses para conocerse?

—Quisimos hacer las cosas bien —esta vez fue Tomoyo la que intervino. De repente recordaba por qué siempre había preferido a la primera esposa de Takeru: ella, a diferencia de Nozomi, no era tan entrometida—. Eriol estuvo cortejándome durante un tiempo de esos siete meses.

Ambos compusieron sendas sonrisas, en un intento de darle credibilidad a sus improvisadas líneas.

Claro que el legendario despiste de Takeru Enzo sirvió mucho en su favor.

— ¡Pero que guardado se lo tenían, muchachos! —Dijo el hombre soltando una carcajada y dando una fuerte palmada en el brazo que Eriol tenía libre—. Yo juraba que jamás sentarías cabeza, Hiragizawa. Ahora gracias a la señorita Daidouji le debo una apuesta a tu padre.

Ocurrió en menos de un segundo, pero Tomoyo distinguió a la perfección la forma en que los músculos de Eriol se tensaban fuertemente.

— ¿Qué apuesta?

Takeru no borró su sonrisa.

—Ya sabes —hizo un gracioso movimiento con la mano, como si espantara un mosquito—. Él dijo que dejarías las andadas para antes de los treinta. Yo… bueno, yo no te tuve tanta fe. ¡Pero es enteramente tu culpa, muchacho! Las fotos de los diarios no mienten, y yo estaré viejo, pero no soy ciego, así que puedo asegurar que la mujer con la que te retratan nunca es la misma.

Tomoyo decidió, al ver el rostro incomodo de Eriol, que era hora de la retirada. Acababa de recordar otra cosa: Takeru Enzo, además de ser despistado, era tremendamente imprudente.

— ¿Nos disculpan un momento? —Dijo, y no esperó respuesta, arrastró a Eriol cerca de la mesa de comida, lo más lejos de aquella disparatada pareja—. No te tenía en el concepto de mujeriego —agregó cuando estuvo segura que nadie los escucharía.

Eriol hizo una mueca extraña, de desagrado.

—Fue antes de que estuviera a cargo de las empresas, hace un par de años —explicó—. No es algo de lo que este particularmente orgulloso.

Ella sonrió burlonamente y tomó su mano con confianza.

—Bueno, al menos de esa forma todos creerán que fui yo quien te reformó.

Le vio rodar los ojos divertido, y abrió los labios para responder, pero no fue su voz la que pronunció su nombre, sino la de alguien más.

— ¿Tommy?

Las alarmas de Tomoyo se dispararon de inmediato, siendo esta vez ella la que tensara todos sus músculos en menos de un segundo. Solo existía una persona en el mundo que la llamaba con aquel estúpido diminutivo que siempre había odiado.

Giró lentamente el cuerpo y cuando lo tuvo frente a frente, no pudo hacer nada contra ese terrible golpe que sintió en el estómago.

Ah, Ren Nakamura seguía justo como lo recordaba.

Siempre había sido un hombre guapo, con su cabello castaño claro, casi rubio, peinado prolijamente hacia atrás. Su alta estatura le confería una imponencia llamativa y severa que se complementaba con su rostro cuadrado y la fuerte línea de su mandíbula. Los ojos grises eran imposiblemente claros y, recordaba, un poco fríos, pero siempre transparentes, lo que hacía de Ren una persona sumamente fácil de leer.

Habían pasado años, pero en las memorias de Tomoyo, su antiguo prometido se mantenía como un hombre serio, no como Hiragizawa, que tenía un eterno brillo travieso y retador en la mirada, sino más bien del tipo de seriedad tranquila, incluso ingenua, que irremediablemente atraía a las mujeres como abejas a la miel.

Por eso, sintió una fuerte punzada de un no sé qué cuando observó su tenue sonrisa.

—Ren —dijo ella en un susurró, un poco pasmada, un poco asustada.

Pero si él notó su turbación lo ocultó bastante bien, pues en menos de un parpadear acortó los pasos que los separaban y sin preguntar, la envolvió en un apretado abrazo que tan solo la hizo recordar aquellos días cuando ambos eran más jóvenes, cuando eran una pareja… cuando ella estaba enamorada.

—No sabes lo mucho que te he extrañado —murmuró en su oído, provocándole un estremecimiento. De repente sus alarmas habían explotado, podía escuchar el grito de su conciencia, una mezcla de furia y desesperación, y podía ver los recuerdos yendo y viniendo en tropel a través de su cerebro: el anillo que una vez había descansado en su dedo anular, las sonrisas, los regalos, el tiempo compartido y… la traición. Al final siempre estaba la traición de Ren.

Por eso aquel abrazo estaba mal, aquel murmullo y aquella confianza estaban mal, pero con una horrible indignación, se dio cuenta de que no tenía el coraje para apartarlo.

—Te sugeriría que tuvieras cuidado —escuchó la voz de Eriol detrás de ella. ¿Era su imaginación o lo que teñía su tono era un dejo de disgusto? —Si lastimas a mi novia me temo que no reaccionare de la mejor manera.

Aquello fue suficiente para que Ren se apartara y ella pudiera respirar de nuevo.

Las cejas del rubio se contrajeron con molestia.

— ¿Tú quién eres? —preguntó.

Eriol alzó la comisura de sus labios en una sonrisa amenazante que Tomoyo no le había visto hasta el momento.

—Soy Eriol Hiragizawa, el novio de Tomoyo.

El ambiente se volvió tenso de la nada mientras aquellos dos hombres intercambiaban miradas retadoras. Ambos eran poderosos e imponentes, pero también ambos eran educados, por lo que sin duda, ninguno se atrevería a armar un escándalo en el desayuno de bienvenida de Sonomi Daidouji.

Así que Ren se limitó a sonreír; la misma sonrisa insidiosa que Eriol no había quitado de su rostro.

—He escuchado hablar mucho de ti —estuvo de acuerdo—. Te hiciste cargo de las empresas de tu padre hace un tiempo ¿no? Según tengo entendido sus problemas de salud le impidieron seguir administrándolas. ¿Él se encuentra bien?

Tomoyo abrió los ojos como platos ante el descaro de Ren y una vez más fue testigo del tenso rictus de Eriol. Aquello estaba empezando a salirse de control.

—Eh… Ren… ¿has venido con tu familia? —preguntó casualmente, pero por fortuna capturó la atención del hombre, quien la miró directo a los ojos.

—Vine con mis padres —dijo al tiempo en que desviaba la mirada hacia un punto lejano a su derecha, donde Tomoyo alcanzó a distinguir las figuras de los señores Nakamura plácidamente sentados en las sillas jardineras—, y con… Aya.

Oh. Pensó la amatista, arrepintiéndose de haber preguntado.

Aya era la chica con la que lo había encontrado hacía tantos años. En la cama. Desnudos. Haciendo el amor.

Se preguntó qué tan ridícula era la situación y se preguntó también qué tan sinvergüenza era Ren, atreviéndose a llevar a su amante (o novia en realidad, dadas las actuales circunstancias) a la casa de la que alguna vez estuvo a punto de ser su madre política.

Sin embargo aquello no lo sabía nadie, y ante ojos de todos Ren Nakamura y Tomoyo Daidouji no eran más que una antigua pareja que no había conseguido salir adelante, pero que, como adultos maduros que eran, habían sido capaces de terminar las cosas razonablemente, conservando en el camino aquella bonita "amistad" que tuvieran antes incluso de comenzar la relación.

Si, como no.

Y llegar a esa resolución le dolió. No en el corazón, sino en el orgullo (el que no había conseguido recuperar aun a pesar del tiempo), por lo que optó por tomar de nuevo la mano de Eriol y sonreír de una forma tan radiante que incluso temió que pareciera falso.

Pero todo era mejor antes que dejarle saber a Ren lo dañada que todavía estaba.

—Me alegra saber que aún siguen juntos —dijo en un tono de arpía que ni siquiera ella sabía que podía usar—. Siempre hicieron una bonita pareja.

Mejor que nosotros, fueron las palabras que completaron su frase, ahí, en lo recóndito y oscuro de su mente.

—Si… bueno…

Y el mutismo de Ren fue evidente y el silencio incomodo también. Ambos sabían que ella hacía una directa alusión a aquel día en que todo se vino abajo.

Tomoyo decidió que había tenido suficiente de él.

—Nos tendrás que disculpar, Ren, pero sabes como es mi madre y sus reglas de etiqueta. Si no saludamos al menos a la mitad de toda esta gente hará un escándalo.

El rubio asintió.

—Entiendo. Pero volveremos a hablar ¿no es así? Todavía estaremos por aquí hasta el día de mañana en la noche.

—Oh, pero por supuesto. Hay mucho sobre lo que ponernos al día —dijo con una ironía bien camuflada de cortesía. Como toque final, se sintió lo suficientemente osada para ponerse de puntillas y alcanzar la oreja de Eriol, donde lo que pretendía ser un susurro terminó siendo a propósito una pregunta lo bastante fuerte como para que Ren escuchara —: ¿Nos vamos, cariño?

Eriol no respondió, pero le dedicó una extraña sonrisa entre incrédula y divertida antes de guiarla fuera de la vista de Ren, y de cualquier invitado impertinente, en realidad, pues no detuvo su caminata hasta que no se encontraron en uno de los pequeños gazebos con los que contaba el jardín. Solo hasta ese momento, lejos de las miradas curiosas, ella se atrevió a soltar su mano y a recargarse en la baranda de madera que estaba elegantemente decorada con enredaderas.

—Intuyo que ese sujeto es el motivo de que yo esté aquí —murmuró Eriol al aire de una forma pensativa—. ¿Qué pasó entre ustedes, Tomoyo?

Ella lo observó durante un largo rato, recordando de repente que en los contratos de Agencias Soel se había limitado a especificar que deseaba un acompañante (novio) para una cena de compromiso. Era obvio que el inglés no tenía idea sobre su antigua relación con Ren ni el turbulento desenlace de la misma.

Suspiró, pensando que a esas alturas realmente ya no importaba si Eriol sabía o no las verdaderas razones tras las cuales había pagado por su compañía.

Y así, decidió contar todo, con detalles mucho más minuciosos de lo que le hubiera dicho a Emily en su momento, pero esencialmente la misma historia.

Él le puso su total atención durante todo el relato, sin asentir, sin negar, sin hacer una sola mueca; simplemente se quedó allí, de pie con los ojos fijos en los suyos, escuchando sin interrumpir.

Para cuando hubo terminado, tampoco obtuvo una reacción inmediata, por el contrario, Eriol se tomó su tiempo para quitarse los anteojos, limpiarlos cuidadosamente y volver a colocarlos en su lugar, incluso se recargó en la baranda de la misma forma en que ella lo hacía.

Cuando habló, su voz fue serena, tranquila, muy diferente a la forma en que lo hiciera Emily algunos días atrás. Claro que lo que dijo tampoco fue precisamente agradable.

—Te creía con un poco más de dignidad, Tomoyo.

Parpadeó varias veces seguidas, sin comprender del todo las palabras, pero Eriol no le dio tiempo a meditar mucho, pues siguió hablando:

—Sé que te conozco desde hace poco más de un día, pero la imagen que me has dado de ti no es otra que la de una pobre mujer desvalida, y aun con todo y eso, lo entiendo ¿sabes? Realmente no tenía ningún problema con tus nervios enfermizos, ni con tu histeria, ni con tu incapacidad de cogerle el lado divertido a las situaciones. Pero creí que incluso tú tendrías un límite.

Tomoyo abrió sus labios, en un intento de soltar una réplica a sus acusaciones, pero tenía la mente en blanco, nada inteligente acudió a su cerebro en aquel momento, lo que Eriol interpretó como una bandera verde para continuar con su diatriba.

—Todo este tiempo no has hecho más que compadecerte de ti misma, dejando que los actos de Ren Nakamura te orillaran a… esto, a pagar una fortuna por la compañía de un hombre gracias a tu debilidad, a tu miedo de que te vieran sola y a tu falta de valor para encarar a tu madre. Lo que es… patético.

Él soltó una exhalación pesada y las últimas palabras no las dijo viendo hacia ella, sino que posó sus ojos zafiro en la fiesta que se celebraba a la distancia.

—La primera vez que te vi pensé que eras una mujer hermosa, pero ahora me pregunto si realmente se trata de eso o no eres más que una pequeña niña que juega a ser mayor.

Un silencio mortuorio se extendió entre los dos indefinidamente, solo interrumpido por los lejanos murmullos de las pláticas y risas de los invitados que disfrutaban del desayuno.

Eriol contó hasta tres de forma lenta, sin darse el lujo de ver a la chica a su lado.

Y entonces, justo cuando su voz interna acababa de pronunciar el tres, sucedió.

Fue primero un empujón, pero a éste le siguieron una serie de golpes que lo hicieron girar, siendo su pecho el que recibiera el daño en lugar de su brazo izquierdo.

Ahí estaba Tomoyo, golpeándolo fuertemente con sus pequeños puños mientras lo veía con un brillo endemoniado en sus ojos amatista. Ella no había derramado ni una sola lagrima.

Interesante.

— ¿¡Crees que me conoces!? ¿¡Crees que lo sabes todo!? —Exclamaba sin dejar de magullar su pecho—. ¡No tienes idea de lo que es estar enamorado! ¡No tienes idea de lo que se siente ser engañado por el que creíste era el amor de tu vida! ¡No eres más que un imbécil narcisista!

Ante sus declaraciones, Eriol solo atinó a reír suavemente y a tomar sus muñecas, inmovilizándola con un poco de esfuerzo. Los golpes de Tomoyo no eran particularmente dolorosos, pero tantos y tan repetidos empezaban a hacerle sentir una ligera incomodidad.

— ¿¡De qué te ríes, idiota!? —preguntó ella, furiosa como una pequeña fiera.

—De ti —dijo sencillamente, y aquello solo consiguió encender más las mejillas de Tomoyo, quien se removió insistentemente sobre el fuerte agarre de Eriol—. ¿Quisieras tranquilizarte y escucharme, por favor?

—Te escuché y en menos de cinco minutos me llamaste patética y niña. Creo que fue suficiente —respondió con la misma ira de antes, pero dejó de retorcerse una vez que notó su clara desventaja ante la fuerza del inglés.

Eriol la miró atentamente durante unos minutos, desde su ceño fruncido hasta su postura crispada de rabia, ese brillo refulgente en los ojos y la mueca de enojo en los labios. Ah, allí estaba ese carácter que él quería sacar a la luz, allí estaba, lo había conseguido, era su obra.

—Con que esta es la verdadera Tomoyo —asintió para sí mismo, bastante complacido—. Me gusta mucho, ¿a ti no?

Ella relajó el ceño al segundo siguiente en que le escuchara pronunciar aquellas palabras. Se la veía sorprendida y deliciosamente consternada. Al parecer, había entendido por fin el objetivo del discurso.

—Tú… ¿lo hiciste a propósito? —Eriol le dio su mejor sonrisa de niño bueno y eso fue suficiente para que sacara sus propias conclusiones—. Eres… eres… ¡Eres un maldito, Hiragizawa!

—De esto es de lo que te hablaba ayer —dijo alegremente, ignorando sus reproches—. Pasión, querida, pasión. Es un placer saber que no careces de ella. Solo estaba… profundamente dormida.

Tomoyo no dijo nada ante aquello, pues aunque seguramente no lo aceptaría en voz alta, muy dentro de ella sabía que las palabras de Eriol eran ciertas. Hacía años que no se dejaba guiar por sus emociones como en esos momentos; hacía años que solo sonreía educadamente y se comportaba como una perfecta dama, ignorando sus propios deseos.

Por otro lado descubrió que, en realidad, era bastante grato seguir sus impulsos, era liberador, refrescante.

— ¿Me vas a soltar? —preguntó al cabo de un rato, cuando recobró la compostura y creyó estar lo suficientemente tranquila como para no soltar chispas por los ojos. De todos modos, no tenía sentido continuar enojada con el inglés, no cuando todo lo que había dicho no eran más que verdades.

— ¿No me golpearas de nuevo?

Negó firmemente con la cabeza.

Entonces Eriol la soltó y le dio la sonrisa más sincera que le había visto hasta el momento. Era una sonrisa pequeña pero bastante dulce, casi infantil y que lo hacía lucir mucho más joven de lo que en realidad era.

Por alguna extraña razón, se sintió sumamente cohibida.

— ¿Qué vamos a hacer ahora? —atinó a decir mientras fingía estar muy concentrada en la enredadera que trepaba por una de las columnas del gazebo.

—Ahora, Tomoyo —dijo mientras le tomaba de ambas manos y se inclinaba lo suficiente como para que fuera capaz de sentir su cálido aliento sobre el rostro, sin percatarse ni un poco de la turbación que esto provocaba en la amatista—, vamos a ser la pareja más enamorada que toda esa gente haya visto antes, e incluso tu madre va a dejar de sospechar.

Después de aquello fue difícil detallar cada una de las cosas que sucedieron en las horas posteriores. Con la misma sonrisa, Eriol la llevó amablemente de regreso a la reunión y a partir de allí las cosas se volvieron… extrañas, aunque bastante agradables, bastante convenientes.

Con solo verlo, Tomoyo había intuido desde el principio que el inglés era una persona naturalmente encantadora, pero había un gran trecho entre intuir y presenciar.

Juntos habían caminado entre la multitud de personas, saludando, presentándose mutuamente como una pareja y charlando algunos minutos, a veces sobre el clima, a veces sobre sus proyectos en común, a veces sobre negocios.

Eriol no la dejó en ningún momento y cada tanto se daba el lujo de ignorar la plática de los viejos hombres de negocios para susurrarle cosas al oído o darle fugaces besos en la mejilla, muy cerca de los labios pero nunca en ese lugar en particular.

La llevaba de la mano e incluso en alguna ocasión se atrevió a tomarla de la cintura de una forma bastante delicada, siempre con esa deslumbrante sonrisa plasmada en el rostro. Y cuando cogieron algo de comida, insistió en darle un poco de su propio desayuno directo en la boca, consiguiendo como respuesta un sonrojo que tachó de "adorable".

Tomoyo tenía que admitir que Eriol se comportaba como el novio perfecto y era imposible ocultar la satisfacción que experimentaba cada vez que notaba las miradas del resto sobre ambos; los tenían comiendo de la palma de su mano.

Pero sin duda alguna, lo que más disfrutaba eran los breves vistazos de su madre, y sobre todo, los de Ren Nakamura, quien aunque sonreía, tenía un ligero destello de incomodidad en los ojos cuando Eriol se acercaba más de la cuenta a ella. Conocía demasiado a Ren como para suponer que aquello era molestia.

No era ingenua, sabía muy bien que el rubio esperaba algo de su parte, aunque ese algo fuera todavía un misterio.

Así, entre sonrisas brillantes, pláticas superficiales y toneladas de azúcar, el desayuno llegó a su fin y con ello empezó la partida de aquellos que vivían en Tomoeda y en ciudades vecinas, mientras que a los extranjeros se les colocó en su respectiva habitación de invitados (esta vez debidamente preparadas).

Al final, volvió con Eriol al gazebo de nuevo, ahora mucho más tranquila y complacida que antes.

—No salió tan mal, ¿verdad? —preguntó el inglés mientras llevaba un trozo de aquella torta de chocolate a sus labios y que había robado de los restos de la mesa de comida. A lo largo del día, había descubierto que el hombre tenía un raro gusto para los dulces.

—Ha salido mejor de lo que esperaba —estuvo de acuerdo, consiguiendo una sonrisa petulante de parte de Eriol —. Apuesto a que mi madre no tardará mucho en hablarme al respecto.

Eriol continuó con su mueca complacida, pero ninguno de los dos dijo nada por un rato. Tomoyo se limitó a contemplar el mutismo que ahora reinaba en los jardines y él se dedicó a terminar su torta de chocolate.

No fue sino hasta que el platito blanco que sostenían las manos del inglés estuvo vacío, que él volvió a hablar.

—Estaré fuera un par de horas, hay algo que tengo que hacer.

Lo observó en silencio durante unos segundos, extrañada y sorprendida ante la repentina decepción que alcanzó a distinguir en su interior. No lo había notado hasta ese momento, pero tenía la ligera esperanza de poder pasar el resto del día en compañía de Eriol.

El solo descubrimiento resultó chocante, por lo que aun en contra de sus propios sentimientos, sonrió.

—Entiendo. No vemos más tarde, ¿entonces?

Él no pareció darse cuenta de nada, por lo que solo asintió, devolviendo la sonrisa.

—Tengo que regresar por algunas de mis cosas, ¿vienes?

—Me quedare aquí un rato más —dijo al tiempo en que negaba suavemente con la cabeza y veía la forma en que Eriol se encogía levemente de hombros. Entonces, sin que ella lo esperara, se inclinó para depositar un fugaz beso en una de sus mejillas

—Regresare en un rato —fueron sus últimas palabras antes de dejar el gazebo y dirigirse hacia la mansión.

Tomoyo le vio partir y solo hasta que él estuvo lo suficientemente lejos, se atrevió a soltar un suspiro.

No era tonta; aun a pesar de su poca fortaleza en el último tiempo, sabía reconocer bastante bien sus propios sentimientos y deseos.

Eriol, con su pícara y despreocupada naturaleza, con su egocentrismo y su sonrisa astuta, empezaba a gustarle, tal vez demasiado.

Y mientras veía su figura hacerse más pequeña conforme avanzaba, sonrió de nuevo, esta vez de verdad, pensando insistentemente en que aquello era bastante riesgoso.


3.

El reloj encima del buró marcaba las once en punto de la noche cuando unos golpes en la puerta de su habitación la hicieron apartar la mirada de aquel libro que estaba leyendo.

Estaba a punto de gritar un "adelante", cuando la puerta fue abierta suavemente y apareció Eriol, quien lució bastante sorprendido de verla.

—Creí que estarías dormida —fue su saludo en el momento en que ingresó completamente en la habitación—. Lamento haber tardado tanto.

Tomoyo hizo un gesto con la mano, quitándole importancia a la situación.

—Pase casi toda la tarde con Sakura y Li —colocó el libro en el buró y volvió a posar los ojos en el inglés—. Había tanto de qué ponernos al tanto. ¡Él me confesó que planea pedirle matrimonio a Sakura dentro de poco!

Eriol rio ante la efusividad de la amatista, pero por supuesto, eso era apenas un poco de la verdadera emoción que expresó en el momento en que un joven castaño, rojo hasta las orejas, le soltara aquel abrupto aviso en un momento en que Sakura se había disculpado para ir al baño.

Ella había soltado un gritito de júbilo y había abrazado al pobre hombre hasta que estuvo a punto de asfixiarlo.

—Bueno, supongo que ya era hora ¿no? —Dijo Eriol mientras se deshacía del saco y caminaba hacia la maleta—. Tengo entendido que llevan demasiado tiempo juntos.

Tomoyo asintió.

—Desde la escuela primaria. Más de la mitad de su vida —agregó con tono soñador. Siempre que pensaba en el eterno amor de sus amigos castaños, una felicidad inusitada se apoderaba de ella. Le alegraba enormemente que ambos tuvieran una relación tan sólida.

Eriol observó un momento el semblante de ensueño de la amatista y negó con la cabeza, divertido. Optó por dejarla unos minutos más dentro de su fantasía y se internó en el cuarto de baño, saliendo al cabo de un rato ya con unas nuevas ropas de dormir.

Reparó en la cama de Tomoyo y fue ahí cuando se dio cuenta de una cosa.

Frunció el ceño.

— ¿Tienes idea de donde están las cobijas? —Preguntó curioso, trayendo a Tomoyo de vuelta a la realidad—. Juraría que las dejé en tu cama esta mañana.

Ella le dedicó una mirada extraña, entre nerviosa y decidida, por más contradictorio que aquello sonara. Sus pálidas mejillas de repente comenzaron a adquirir un evidente tono carmesí.

—Las doncellas las llevaron a la lavandería.

— ¡Pero estaban limpias! —dijo sorprendido. Incluso podía asegurar que aquellas mantas tenían un ligero aroma al suave perfume de la mujer frente a él.

Tomoyo se encogió de hombros.

—Estuvieron en el piso toda la noche, Eriol. Por supuesto que no estaban limpias.

Él echó una ojeada a todo el piso de la habitación. Estaba impecable. Un poco más de lustre y casi podría ver su propio reflejo.

Se acomodó los anteojos y alzó una ceja; ciertamente no alcanzaba a comprender el juego de Tomoyo.

— ¿Y dónde se supone que dormiré?

— ¿Qué no es obvio? —contestó ella con otra pregunta mientras se acostaba en el colchón y se cubría hasta la cabeza con el edredón. No pasó por alto que había dejado de verlo a los ojos deliberadamente—. Tendremos que dormir juntos. ¡Pero no te hagas ilusiones, Hiragizawa! Que esta idea no es para nada de mi agrado.

Eriol observó incrédulo el pequeño bulto en el que se había convertido Tomoyo, demasiado confundido y sorprendido como para atinar a decir nada.

Desvió la vista y algo debajo de la cama llamó su atención. Se puso de cuclillas y lo que descubrió casi le hace soltar una carcajada incontrolable.

De repente todo tenía sentido.

Ah, Tomoyo era una niña.

Ahí, ocultas (de una muy mala forma, si le preguntaban), estaban todas las cobijas que el día anterior habían sido su cama improvisada.

Comprendió entonces las intenciones de la amatista.

— ¿Me estás diciendo que tendré que dormir contigo, en la misma cama? —preguntó poniéndose de pie y siguiendo el infantil juego de Tomoyo. Una sonrisa traviesa adornaba sus labios.

—No tenemos más opción —escuchó su falso murmullo irritado—. Y date prisa ¿quieres? La luz me molesta demasiado.

Eriol contuvo la risa una vez más, pero reunió todos sus esfuerzos para impregnar su voz del tono más desencantado del que fue capaz.

—Creo que esta vez paso —dijo mientras caminaba hacia la puerta de nuevo—. No quiero interrumpir tu sueño, Tomoyo, así que dormiré en alguno de los sillones de la sala. O mejor aún, dormiré en los sofás de la biblioteca. Te prometo despertar antes que todos para evitar que hagan preguntas.

Y sin más, abrió la puerta y la volvió a cerrar. Permaneció en silencio y fue cuestión de esperar unos segundos antes de que una serie de murmullos (esta vez realmente irritados) se dejaran escuchar por la habitación.

—Eso me gano por hacer estas tonterías —dijo Tomoyo, que empezaba a removerse dentro de las cobijas—. El muy pagado de sí mismo se atrevió a rechazarme.

Mordiéndose la lengua, Eriol se acercó sigilosamente a la orilla de la cama, aguardando el momento preciso en que pudiera soltar la risa que le estaba carcomiendo el interior.

— ¿En qué estaba pensando? ¿Cuántos años tienes, dieciocho? Ni que fuera tan guapo, de todos modos…

Y en ese momento Tomoyo decidió descubrirse el rostro e incorporarse apenas, encontrando frente a sí la figura de un Eriol sumamente divertido.

—Con que no soy tan guapo —dijo con la voz contenida.

Ella abrió los ojos como platos, sintiendo cómo sus mejillas y su rostro en general se llenaban de un calor abrasador; sus delgados labios comenzaron a boquear como un pequeño pez y contempló la posibilidad de volver a refugiarse dentro de las mantas ante la infinita vergüenza que estaba experimentando.

Aquella imagen fue demasiado para Eriol, quien soltó una carcajada que le hizo derramar algunas lágrimas.

—Querida —empezó cuando fue capaz de controlar la risa, aunque todavía tenía una sonrisa burlona y un brillo divertido en los ojos—, si lo que querías era que durmiera contigo, solo tenías que decirlo.

Tomoyo frunció el ceño.

—No es por lo que te estas imaginando, Hiragizawa —dijo fastidiada, pero su expresión severa se veía opacada por el tono carmín de su rostro—. Quería agradecerte de alguna manera por lo de hoy. Y además, sé que el piso es bastante frío y… bueno, bastante duro.

La sonrisa de Eriol menguó un poco, comprendiendo que existía algo de seriedad en el actuar de la amatista.

— ¿Por lo de hoy? Solo hice mi trabajo Tomoyo. Para eso me contrataste.

—Haz hecho más que eso —murmuró, encontrando de repente muy interesantes sus uñas pintadas de blanco—. Me abriste los ojos de alguna manera ¿sabes? Y has estado soportando mi insufrible personalidad desde el día de ayer. Bien pudiste haber renunciado desde hace bastante, pero no lo has hecho. Por eso quería agradecerte.

Él no dijo nada, dándose cuenta de improviso que ella tenía algo de razón. ¿Por qué soportarla? En años anteriores, había tenido la desgracia de ser contratado por clientas mucho menos fastidiosas y problemáticas que Tomoyo Daidouji y él no había tenido un solo reparo en dejar el trabajo. ¿Por qué había sido diferente esta vez?

Quiso decirse que era por todo lo involucrado que había acabado en la situación. El reconocimiento de Sakura y Shaoran había complicado las cosas, volviendo imposible su escapada.

Y sin embargo, cuando Tomoyo volvió a alzar la mirada, manteniendo el contacto esta vez, supo que lo anterior era una completa mentira.

Siempre había sido una persona perspicaz, observadora, y estaría mintiendo de nuevo si dijera que no había visto la desesperación en el semblante de Tomoyo desde el primer momento en que se encontró con ella. Sus ojos amatista pedían a gritos un poco de ayuda y él no lo había pensado dos veces antes de ofrecérsela, muy a su retorcida manera, como siempre, pero ayudándola al fin y al cabo.

Además, si tenía que ser honesto, debía admitir que su belleza lo había dejado encandilado.

Por todo eso, se atrevió a acariciar suavemente la mejilla femenina, deleitándose con la forma en que ella se dejó llevar, cerrando los ojos y soltando un suspiro placentero.

Interpretó aquello como un mudo permiso para acercarse lentamente, y cuando estuvo a pocos centímetros de sus labios, susurró:

—Mírame, Tomoyo.

Ella abrió los parpados poco a poco, y cuando los ojos amatista se encontraron con los zafiro de él, Eriol creyó que no había cosa más hermosa que hubiera visto antes.

Iba a besarla, realmente iba a hacerlo, pero justo en el último momento, justo antes de que esa ínfima distancia que los separaba fuera acortada, el estruendoso sonido de un teléfono celular los sobresaltó a ambos, rompiendo con la burbuja e implantando un enorme abismo de nuevo.

Tomoyo apretó los labios, frustrada y decepcionada, mientras observaba con odio su pequeño y costoso aparato que sonaba y sonaba sobre el buró.

—Deberías contestar —dijo Eriol cruzándose de brazos.

Suspiró, pero tomó el teléfono entre las manos, ¿Quién hablaba a tan altas horas de la noche, de todos modos?

— ¿Hola?

¡Tommy!

Se quedó quieta durante unos segundos, parpadeando varias veces antes de lanzar una rápida mirada a Eriol, quien solo alzó una de sus cejas ante su repentina turbación.

—R-ren… —murmuró sin la intención de sonar sorprendida, pero haciéndolo de cualquier forma. Frente a ella, Eriol frunció el ceño—. ¿Cómo conseguiste mi número?

¡Ah! Se lo he pedido a tu madre en la mañana. Espero que no te moleste.

—Son casi las once con treinta, Ren.

Estoy consciente de ello, pero en verdad deseaba hablar contigo. Durante el desayuno apenas si tuvimos tiempo, Hiragizawa te acaparó en todo momento.

—Creo que es obvio desde que estamos saliendo —dijo mientras veía con horror la forma en que Eriol se alejaba aún más de ella e iba hacia el otro lado de la cama. Ahí acababan de morir sus posibilidades de obtener un beso del inglés. De repente, se encontró bastante molesta con el sujeto al otro lado de la línea.

Lo entiendo, pero hacía años que no te veía, Tommy. Ingenuamente pensé que podríamos tener un tiempo a solas para charlar.

—Como dices, fue un pensamiento ingenuo —respondió sin pararse a meditar lo duro que aquel comentario podría sonar. Como estaban las cosas, su antiguo prometido no se merecía siquiera que ella le dirigiera la palabra—. Escucha Ren, es tarde y estoy sumamente cansada, ya hablaremos mañana si se presenta la oportunidad.

Escuchó un último intento de persuasión por parte de Ren pero no dio su brazo a torcer. En menos de un minuto había cortado la llamada.

Eriol ya estaba acostado en un lado de la cama y le daba la espalda.

Suspiró.

—Lamento eso —dijo volviendo a ocupar su lado de nuevo. Se cubrió hasta la barbilla con las mantas.

Pasaron unos minutos antes de que viera la figura de Eriol moverse perezosamente y encararla. Él ya no llevaba sus anteojos y curiosamente sonreía, pero había un enojo palpable en toda su expresión.

—No te disculpes, Tomoyo. La impertinencia de aquel imbécil no es culpa tuya —él volvió a acariciar su mejilla, pero aunque era una sensación igual de agradable, faltaba esa magia, esa íntima atmosfera de antes—. Aunque sí es totalmente tu culpa el haberlo escogido en primer lugar. Jamás pensé que pudieras tener tan malos gustos.

Y la solemne declaración de Eriol, en lugar de causarle molestia, le provocó una gracia tremenda que solo consiguió hacerla sonreír divertida y negar con la cabeza.

— ¿Sabes? De entre todos, fuiste la mejor opción que pude escoger —dijo satisfecha consigo misma y su buena decisión (la primera en mucho tiempo), aunque de la nada, un pensamiento extraño le atravesó la mente e hizo que borrara la sonrisa—. Hay algo que todavía no me queda claro, Eriol.

Al susodicho no pareció importarle el cambio de tema.

—Si eres dueño de las Corporaciones Clow, ¿Por qué te alquilas en Agencias Soel? No es como si necesitaras el dinero.

La atmosfera cambio tan bruscamente como el tema, pasando de solemne a incomoda. Eriol tuvo que cerrar los ojos un momento, como si estuviera recordando algo bastante vergonzoso, su sonrisa malvada había desaparecido y un ligero, casi imperceptible sonrojo se había adueñado de sus blancas mejillas.

—Técnicamente no trabajo ahí —contestó de forma queda, pero ante la evidente confusión de Tomoyo, no tuvo más opción que seguir explicando—. Yo… administro el cincuenta por ciento de la agencia.

— ¿¡Eres dueño de una agencia de hombres de compañía!?

El inglés tuvo que cubrir la boca de Tomoyo con una de sus manos, pues estaba seguro que de no hacerlo sus gritos llegarían hasta las habitaciones del resto de la casa.

— ¡No soy el dueño totalitario! —exclamó en su defensa, pero la sonrisa encantada de Tomoyo ya se había hecho presente. Suspiró—. Era el lugar perfecto para que mi prima trabajara e hicimos una asociación.

— ¿Tu prima?

—Nakuru Akizuki, la encargada del lugar.

Recordaba bastante bien a Nakuru. Una mujer de carácter intempestivo y pícaro. Hiperactiva y muy segura de sí misma. Jamás hubiera imaginado que tuviera algún parentesco con Eriol.

—Hace algún tiempo le dieron un ultimátum a Nakuru —continuó él, ajeno a sus pensamientos—: O se conseguía un marido que la mantuviera o se buscaba un buen trabajo y dejaba de malgastar la fortuna de la familia. Y como mi querida prima es demasiado liberal, decidió encontrar un trabajo.

—Y recurrió a ti —dijo Tomoyo, completando la historia del inglés. Él únicamente asintió.

—Ella es muy inteligente, pero como comprenderás no podía darle un puesto administrativo en las empresas ni tampoco podía dejarla en la calle. Así que le propuse fundar Agencias Soel como una excusa para que tuviera un empleo y su familia la viera como una mujer independiente. Al principio era algo provisional, pero resultó ser un negocio muy rentable. No tienes idea de la gran cantidad de mujeres que están dispuestas a pagar por un hombre.

Observó a Eriol con incredulidad, comprobando que aquello no era una broma. Tampoco es que le sorprendiera demasiado, él era un hombre de negocios después de todo.

—Entiendo que hayas creado la agencia, pero sigues sin responder del todo mi pregunta, Eriol. ¿Por qué te alquilas como un empleado más?

Él hizo una mueca curiosa con los labios, como si se negara a hablar más, pero de nuevo los grandes y locuaces ojos de la amatista lo habían atrapado y no tuvo otra opción más que contestar por completo a la pregunta.

—Como todos los negocios, éste no se hizo tan popular de la noche a la mañana, ¿sabes? —Dijo con reticencia—. Al principio carecíamos de empleados y… bueno, alguien tenía que hacer el trabajo.

Tomoyo comprendió las palabras de Eriol, pues ella misma se encontraba en una situación similar en su propia empresa. Eran una agencia en crecimiento, y aun cuando contaba con diseñadores, en más de una ocasión se había visto obligada a postrarse frente a la máquina de coser y confeccionar ella misma algunos de los pedidos.

—Con el tiempo el catálogo fue creciendo y debido al alto precio, pocas mujeres (por no decir nadie), dejaron de pagar por mi compañía —continuó con una sonrisa sarcástica—. Pero Nakuru es tan embustera que amenazó con revelar la existencia de la agencia a la familia y se negó a borrar mi nombre del catálogo hasta que…

— ¿Hasta qué…? —preguntó curiosa ante el repentino silencio del inglés.

Eriol suspiró.

—Hasta que no me consiguiera una novia real —terminó, rodando los ojos y dando por finalizada la explicación.

Ella tuvo que hacer un gran esfuerzo para no burlarse de lo ridícula que le resultaba la situación. ¡Eriol tenía veintiocho años! Y sin embargo todos parecían querer que sentara cabeza con alguien. Era bastante hilarante, si le preguntaban.

—Aunque tengo que decir que es un poco extraño —dijo ella mientras miraba hacia el techo pensativa—. Nakuru Akizuki no parecía querer que yo te contratara.

—Ah, eso es porque he arruinado a propósito las últimas tres citas en las que me obligó a trabajar —Eriol se encogió de hombros—. Gracias a su amenaza me veo forzado a trabajar, pero eso no quiere decir que también este forzado a comportarme adecuadamente.

—En ese caso es una suerte que yo te haya agradado.

— ¿A qué te refieres?

—Hasta el momento no has hecho nada para arruinar este plan ridículo. En realidad me has ayudado bastante —Tomoyo le dio una sonrisa sincera que él no pudo evitar corresponder, aun cuando en el interior tuviera una pequeña espina de culpa.

—No planeo hacerlo en esta ocasión.

No demasiado, pensó al tiempo en que a su espalda cruzaba los dedos como un niño pequeño.

En sus planes no estaba el hacer nada terrible, no realmente, pero era consciente que debía ponerle un alto al impertinente de Ren Nakamura, y ¿qué mejor forma de hacerlo que colocando a Tomoyo en una situación límite?

Así, ensanchando esa encantadora sonrisa que tenía, rogó internamente para que la amatista no lo golpeara (esta vez en serio) luego de lo que planeaba hacer para alejar a su antiguo prometido de su vida. Esta vez de forma definitiva.


¡Hola! Esta vez la espera no fue tan larga (o eso creo, ya me dirán ustedes). Me encantó escribir este capítulo en particular, aunque fue algo problemático, primero porque cambiaba una y otra vez las escenas y luego estaba la cosa de la extensión. Sin dudas, es lo más largo que he escrito hasta el momento, pero ha sido divertido, espero no haberlos aburrido xD

Depende bastante de cómo vayan las cosas (y de qué ideas aparezcan sobre la marcha), pero muy probablemente el próximo sea el último capítulo, y aunque me gustaría, no puedo dar una fecha de publicación, acabo de regresar a la escuela y ya tengo toneladas de tarea, espero sepan comprender.

Como siempre, unas enormes gracias por todos los comentarios, todos me alegraron el día! y gracias también a RIP-MOE, eli, cordy, anneyk, Shingo, Sara, Gallarjon y Freya, que aunque no puedo contestarles directamente, he leído sus reviews.

Espero que el capítulo les haya gustado. Un saludo a todos!