4.- Homeless (Marina Kaye)
Cathrina Frankenstein: Me halaga que encuentres interesante esta historia que es resultado de peras los retazos favoritos de historias que he planeado. Espero te agrade el resto
Panchoso: de nuevo mil gracias por la nota del primer capítulo, y gracias por comentar, espero que la historia se mantenga a la altura de las espectativas
Hinaru16241: Estoy buscando la manera de hacerlo fiel a la historia original pero con un toque distinto, para no volver a contar la primera película y que valga la pena leer Secretos, la verdad no se que tan larga será la historia, dependerá de los lectores. Gracias por leerme! Nos leemos pronto
La noche siguiente no hubo ataque.
Ni las siguientes ocho.
El pueblo se sumió en una pacífica tranquilidad durante una semana y un día, tiempo que Hipo y Patapez habían aprovechado al máximo. Los primeros cuatro días, Hipo había estado estudiando al Furia Nocturna, que resultaba haberse refugiado en una cala pequeña, cerca de la costa donde un enorme charco lleno de peces le abastecía de comida. Ambos muchachos se habían dado cuenta de que el dragón había perdido parte de la aleta de la cola y eso le impedía estabilizarse para volar.
Aunque se habían prometido el uno al otro enfocarse en la observación, Hipo no pudo mantenerse a raya el primer día y terminó acercándose al Furia Nocturna. Patapez casi se desmaya al grabar con su Go-Pro el momento en el que Hipo extendió una mano hacia el dragón, con la vista apartada, y cómo Chimuelo (Como habían decidido llamarlo), se había acercado hasta permitir que el humano lo tocara.
Ahora, Chimuelo les permitía a ambos estar cerca de él mientras comía o descansaba. Ambos muchachos habían estado haciendo pesca en el charco para alimentar al enorme dragón, pero comenzaban a preguntarse cuánto tiempo podrían estar ahí.
Los siguientes cuatro días habían volado en hacer pruebas con algunas aletas de cuero y metal, tratando de hacer aleaciones más ligeras para mantener el vuelo liviano.
¡Pero por todos los dioses! La última prueba al mecanismo que Hipo había inventado, casi le había costado la vida, en quince segundos se tuvo que forzar a aprender a volar, y en quince segundos, hombre y dragón se habían visto en la necesidad de aprender a confiar el uno en el otro. Cualquier movimiento des-sincronizado les habría costado la vida a ambos.
Hipo y Patapez miraban el atardecer sentados en la piedra más alta de la cala. Chimuelo perseguía algunos Terrores terribles por el borde del lago, jugando con ellos y disfrutando de la libertad de saber que no era cazado.
—Me siento a la deriva. —Fue el primer comentario de Patapez después de horas de silencio y observación científica.
—¿De qué hablas? —Murmuró Hipo confundido.
—Toda mi vida crecí creyendo que los dragones eran seres temibles y peligrosos, pero... —Vio a Chimuelo hacer ruidos parecidos a la risa mientras cuatro Terrores pequeños se trepaban a sus alas. —El más peligroso dragón de todos los tiempos no parece tan temible. Ni tan peligroso. Ni siquiera trató de matarte cuando te acercaste, te miró y se alejó nada más.
—Sí, también yo estaba sorprendido esa noche. Cuando el Gronckle no me atacó. Esto lo cambia todo. —Murmuró el castaño mirando a su amigo. —¿Tienes idea de si hay algún patrón de ataque? Es decir, Astrid dijo que atacan sólo al final de la cosecha.
—Sí, normalmente llegan, destruyen y luego se van. Generalmente no hay muchas víctimas, salvo por ovejas y yaks.
—Pero no hieren personas. —Comentó Hipo esperanzado.
—Más o menos. —Murmuró Patapez confundido, rascándose la coronilla. —Ahora que lo pienso, no, no hieren personas. No a menos...
—A menos que ataquen primero. —Hipo se levantó en un movimiento fluido, sacudiéndose la tierra de la ropa. —Vamos, tengo que hablar con mi padre.
—¿Con el jefe Estoico? —Soltó Patapez asustado. —No creo que sea buena idea.
—Tampoco yo, pero no tenemos muchas opciones.
—¿No sería mejor idea investigar un poco primero? Digo, para decirle al jefe nuestras conclusiones con bases firmes.
—¿Qué bases pueden ser más firmes que el hecho de que su hijo de diecisiete años vuela a dragón? —Espetó Hipo frustrado. Desde que se había ido a vivir a Berk tenía la sensación de que de verdad nadie en esa isla escuchaba. Respiró profundo y encaró a su amigo. —Tienes razón. Deberíamos primero decirles a los chicos.
—¡¿A Patán?! Mejor vamos con el jefe.
Hipo soltó una carcajada que llamó la atención de Chimuelo y los otros dragones. El castaño levantó una mano en señal de despedida para los reptiles de la cala y comenzó a caminar de regreso al pueblo, Patapez no tardó en alcanzarlo y durante el trayecto siguieron debatiendo entre contarle la verdad o no a los demás.
Y caída la noche, de nuevo fue una velada pacífica.
.
A la mañana siguiente, Hipo estaba pensativo, trepado a lo alto de una escalera, tratando de colgar un escudo vikingo en la entrada de la alcaldía. Se preguntaba qué relación tendría la ausencia de ataques con el hecho de que Chimuelo estuviese herido y en la cala. Recordaba haber concebido en su mente la idea de que Chimuelo era una especie de guardián de los otros dragones, pero le costaba trabajo creer que de verdad no hubiesen ataques solo porque su mejor soldado estaba herido. Mucho tiempo habían atacado sin Chimuelo de por medio. Suspiró negando con la cabeza y ese movimiento fue suficiente para sacar de balance la escalera. Exclamó medios gritos, soltó el escudo y se aferró a la escalera, tratando de equilibrarla. Una vez que estuvo de nuevo en su lugar, el muchacho bajó a toda prisa, excusándose de las labores de decoración alegando malestar.
Aunque Patapez estaba seguro de que se iría corriendo a la cala, ya lo alcanzaría más tarde.
Astrid, por su parte, se escabulló de la vista de todos y, tomando un hacha a la pasada, siguió a Hipo hasta la cala.
QAntes de lograr divisarlo, la rubia escuchó al muchacho exclamar. —¡Tal vez deberíamos irnos volando de aquí! Patapez tiene razón, no es mi hogar. No es tu hogar, no es un lugar para nosotros, que hemos vivido una mentira toda la vida. Piénsalo, volar lejos, tan lejos como podamos. —Tras una pausa, el muchacho exclamó, desesperado. — ¿Qué estoy diciendo? Debería hablar con mi padre.
—Hipo... —Llamó Astrid abriéndose paso entre la vegetación. Se quedó helada. El muchacho castaño vaciaba una enorme canasta de peces en el suelo para luego acariciar las escamas del cuello del enorme Furia Nocturna. —Furia... —Murmuró sin aliento. El muchacho la vio y corrió a detenerla en cuanto se percató de que la chica levantaba el hacha.
Todo fue muy rápido, en un momento, Hipo había logrado tomar el hacha por el mango, justo sobre la cabeza de Astrid, y por el impulso del forcejeo y el peso del arma, ambos habían caído al suelo, Hipo sobre Astrid, inmovilizándole las piernas con sus rodillas y sosteniéndole las manos sobre la cabeza.
—¡Cálmate, Astrid! Necesito que te calmes.
—¡Hay un Furia Nocturna a menos de doce metros de nosotros, no me pidas que me calme!
—¡Astrid! —Llamó, consiguiendo que la chica dejara de forcejear. —Chimuelo es mi amigo.
—Chimuelo. —Repitió la chica sin aire.
—Te voy a soltar. Pero no grites, ni corras... Promételo.
—Hay una furia... —Murmuró Astrid comenzando a hiperventilar.
—¡Promételo! —Gritó Hipo consiguiendo que Astrid se enfocara de nuevo. —Promete que permitirás que te muestre.
—Ok, lo prometo. —Murmuró cautelosa, sabiendo que el castaño había perdido la cabeza, planeando cómo se escaparía de Hipo en cuanto la soltara.
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—Así que... —Murmuró Heather tratando de sonar natural y fracasando. —¿Patapez, saldrás con Hipo ésta tarde también?
—Quiero saber cómo está, iba pálido en la mañana.
—Es cierto.
—¿Por qué la pregunta? —Murmuró nervioso, sonriendo. —Es decir, aún no me voy. Me puedo quedar otro rato, si quieres.
—Sí, sería genial. Quiero decir... Ay... —Heather suspiró derrotada y miró a Patapez afligida, tratando de organizar sus ideas. —Necesito ayuda con un problema que tengo.
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Llegaron al borde del bosque y la pelinegra comenzó a jalar lo que parecían enredaderas cubriendo una roca, reveló una cueva oculta tras la vegetación. —No tenía a quién más acudir y la verdad es que estoy muy asustada. —Admitió Heather tomando una antorcha y guiando a Patapez a travéz de la caverna. —Por favor no te asustes. Nadie conoce la existencia de este lugar, ni siquiera mi hermano.
—Tranquila. —Prometió Patapez. —Tus secretos están a salvo conmigo.
—Gracias. —Murmuró Heather con una sonrisa boba en el rostro. —A partir de aquí, vamos más lento.
Patapez descubrió que un enorme agujero en el techo permitía que se filtrara la luz. Estaban en un sitio muy parecido a la Cala donde Hipo tenía a Chimuelo, así que más o menos se imaginó por dónde iba aquello.
—¿Por qué la antorcha? —Murmuró tratando de sacar plática.
—Para no asustarla. —Admitió Heather sonriendo, avanzando en cuclillas. Con la mano libre le hizo una señal a Patapez para que se detuviera y ella comenzó a moverse lento. —Volví, Cizalladura. Aquí estoy. ¿Cómo está mi nena? —Un enorme Latigo afilado salió de entre las sombras, reflejando el fuego en las escamas metálicas. La dragona avanzó a pasos calmados hasta Heather y ella le acarició la punta de la nariz antes de caminar con ella hasta donde estaba Patapez. —Por favor... —Pidió Heather levantando la antorcha. —No grites.
—Esto es increíble. —Murmuró Patapez fascinado. —¿Puedo? —Murmuró adelantando una mano hacia la dragona, quien inmediatamente emitió un gruñido. Patapez ahogó un grito y retrocedió medio paso, pero ante el tacto cálido de Heather, Cizalladura le dedicó una mirada de desconfianza, pero se acercó a permitir que el muchacho la tocara un momento. —Esto es... fascinante. —Murmuró asombrado.
—¿No saldrás huyendo?
—¿Huir? ¿Por qué habría de hacerlo? Es decir... —Murmuró recobrando la compostura. —El látigo afilado en sí es peligroso, pero no tanto como nos presumen a la furia nocturna. No huiré. Es... Hermosa.
Heather suspiró aliviada. —Por un momento pensé que ver un dragón de éstos tan de cerca... ¿A qué te refieres con lo de la furia nocturna?
Patapez se encogió de hombros, lo habían pillado. —Bueno... —Murmuró incómodo, retorciendo sus manos. —Verás... —Suspiró pesado. —Hipo derribó un Furia Nocturna. Y lo hemos estado estudiando cerca de Berk.
—¿Qué?
—¿Qué hay de este Látigo afilado? —Espetó rápidamente para desviar la atención de Heather.
—La encontré en mi primera semana en Berk. —Admitió la pelinegra acariciando el cuello de su dragona. —La pobre, era muy pequeña y estaba asustada, era casi ciega y estaba herida, no sabía qué hacer con ella, así que la escondí aquí. Y la he cuidado durante estos años para que crezca sana. Creí que un día me comería o algo, pero siempre me ha protegido mucho.
Patapez asintió comprendiendo la postura de la dragona y sonrió.
—Hipo parece haber aprendido mucho de dragones en estos días, ha estudiado más de cerca al Furia Nocturna, y ha estado encontrando otros dragones en la isla, ya sabes, entrenándolos, documentándolos.
—Que vikingo tan valiente. —Dijo Heather con un escalofrío.
—Bah, lo dice la que crio a un Látigo afilado, la valiente eres tú.
Heather sonrió ligeramente sonrojada y asintió. —Tal vez. —Dijo en un hilo de voz. Acarició a Cizalladura una última vez y sonrió mirando a Patapez. —Deberíamos volver.
—Cierto. Se hace tarde.
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Astrid soltó un alarido que consiguió que una bandada de Terrores Terribles emprendiera el vuelo.
—Gracias por nada, reptíl inútil. —Soltó Hipo con ironía mientras le daba un zape a Chimuelo.
—¡Ok! —Gritó Astrid desesperada, aferrándose al cuerpo de Hipo con brazos y piernas, y apretando los ojos. —Lo siento. ¡Lo siento! Sólo bájame de esta cosa.
Chimuelo le dedicó una mirada de reojo a Astrid antes de frenar en seco y planear suavemente por entre las nubes, permitiendo a ambos muchachos echar ojo a la impresionante vista desde las alturas. A la chica le tomó algunos minutos más recomponerse y echar un vistazo a su alrededor, pero cuando lo hizo se quedó muda, admirando los tonos naranjas, rosas y violetas que tenían las nubes contra el horizonte. Chimuelo voló con los últimos rayos del atardecer a la espalda y subió por encima de las nubes, lo suficientemente alto como para no ser vistos.
Cuando las nubes terminaron, ambos muchachos pudieron ver la feria de Berk y el pueblo entero, cómo poco a poco las farolas de las calles se iban encendiendo hasta crear un mosaico de lucecitas en la roca, iluminando el lago en un espejo perfecto del firmamento, aunque la música de los juegos no se escuchaba hasta arriba, el paisaje era algo impresionante por sí solo. Astrid sonrió abrazándose suavemente de Hipo y recargando la mejilla sobre el hombro de Hipo.
—Está bien. —Murmuró sonriendo mientras se enderezaba un poco para mirar a Hipo. —Lo admito, esto es genial. Es increíble. —Dijo mirando a su alrededor, sin embargo, volvió la mirada a Chimuelo, y agachándose un poco para acariciarle una mejilla, añadió. —Y él es increíble.
—Tiene sentido creer que ataquen terminando la feria, no porque hibernan. —Explicó el muchacho mirando a Astrid de reojo. —No soportan los ruidos fuertes, los confunde.
—Claro, esperan a que termine la feria para poder atacar.
—Lo que aun no comprendo es por qué atacan. Es decir. No lo hacen sin razón aparente, sus ataques son bastante organizados.
—¿Ves sus ataques dos veces y ya dices que son organizados?
—Ja-ja. ¿Detecto acaso sarcasmo?
—No. —Respondió la chica extendiendo la O tanto como pudo antes de que Chimuelo le contagiara la risa.
—El primer día no me di cuenta de ello, pero a la noche siguiente hicieron lo mismo. Gronckles y Pesadillas se dedicaron a la destrucción, Terrores fueron distracciones, Cremallerus mantuvieron a la gente a raya y al final los Nadders se llevaban el botín. El problema es que sólo llevaban rocas consigo. Los únicos que se llevaron alguna oveja eran los Pesadillas más rebeldes.
—Wow. —Murmuró Astrid desorientada. —¿Notaste todo eso de verlos sólo dos noches? Nosotros en generaciones no lo habíamos notado.
—No te ofendas, Astrid. —Comentó el muchacho meneando la cabeza. —Ustedes son... un poco tercos. Chimuelo no te estaba atacando y aun así insististe con el hacha. Sin ofender.
Astrid lo pensó un momento y luego golpeó el hombro de Hipo. —Eso es por secuestrarme.
Hipo soltó un bufido por lo bajo y le dedicó una mirada de reojo a la chica antes de acariciar el costado de Chimuelo para calmarlo. —Me lo gané. —Chimuelo soltó unos rugidos parecidos a la risa y luego se quedó serio de golpe, mirando un punto en lo alto de la montaña. En un movimiento rápido viró hacia la izquierda, rodeando Berk hasta llegar a la entrada de una cueva a espaldas de la Isla. —¿Qué pasa, amigo? ¿Qué tienes?
Chimuelo aterrizó en la entrada de la cueva y abrió la boca, proyectando una luz violeta a manera de antorcha. Ambos muchachos avanzaron detrás del dragón, Astrid tomándose del brazo de Hipo y ocultándose un poco tras él. Ambos soltaron el aire que habían estado reteniendo cuando se percataron de que había un nido de Gronckles justo en el centro de la cueva. Varios dragones más miraban con preocupación a los dueños del nido, ya que algunos huevos parecían estar a punto de romperse.
Astrid reconoció entre las piedras algunos pedazos del mármol de los pilares de la alcaldía y se llevó ambas manos a la boca. —Hipo. —Murmuró asombrada.
—Lo veo. —Comentó el muchacho, igual de sorprendido. —Rápido, debemos volver al pueblo, Patapez debe saber algo al respecto. Él es el fan de los gronckles. Chimuelo.
El dragón negro asintió emitiendo algunos gruñidos y se agachó para permitir que Hipo y Astrid montaran de nuevo, partiendo hacia la negrura de la noche y hacia la Cala.
