Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.

Superando nuestros límites

Capítulo 3... ¿Qué edad tienes?

Acababan de entrar a aquella habitación que les traía muchos recuerdos. La cabaña de Albiore se mantenía intacta desde el fallecimiento de su ocupante principal, solo June entraba una vez a la semana para limpiar el polvo que se acumulaba. Buscaban unos libros que Shun necesitaba para continuar su entrenamiento, cuando él se quedó mirando con nostalgia un calendario que colgaba de la sala de la cabaña de su maestro.

—15 de agosto —susurró.

—¿Dijiste algo, Shun? —preguntó su compañera.

—¿Ah? Nada importante, solo recordaba algo —respondió desganado.

—¿Será algo relacionado con Ikki? Cada vez que recuerdas a tu hermano pones esa misma cara.

—¿Qué? ¿En verdad? —se cuestionó a si mismo ante la acertada percepción de su amiga—. Sí, recordaba a Ikki. El calendario del maestro quedó abierto en el mes de agosto y mi hermano cumple años ese mes.

—No lo sabía. Me contaste muchas cosas de Ikki, pero nunca hablamos de su edad.

—En realidad, cumplir años para nosotros nunca fue algo importante. Aunque Ikki conoció a mamá, yo siempre fui huérfano y nunca tuvimos la opción de celebrar nada —dijo nostálgico.

—Igual que yo. No sabría qué edad tengo a no ser por el maestro que se preocupó de regularizar todos mis papeles —confesó la chica, mientras miraba por la ventana.

Shun se quedó observándola un momento. Ella se mantenía de espalda y un leve viento movía su cabello. Desvió su mirada hacia el calendario y una duda asaltó su mente.

—¿Qué edad tienes, June? —preguntó sin pensar.

—¿Ah? —dijo la joven, girando para poder verlo.

—Tu edad, ¿cuándo cumples años? —le repitió con seguridad, evidenciando su interés.

—Tengo 15… en abril cumplí los 15 —respondió temblorosa, volviendo a mirar por la ventana. La repentina pregunta de él le provocó una ansiedad desconocida, unas cosquillas en su estómago. "¿Por qué me siento así? Sólo es una pregunta normal", pensó.

—Ikki cumplió 17. Pensaba en lo rápido que pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando llegamos a la Fundación Graude… —reveló.

—¿Y tú Shun? ¿Qué edad tienes? —finalmente se atrevió a preguntar, volviéndose para mirarlo a la cara.

—Eh, aún tengo 14. Pero, en septiembre cumpliré los 15… —contestó nervioso. ¿Por qué me causa ansiedad saber que soy menor que June?, pensó.

—Recuerdo cuando llegaste a la Isla, Shun. Yo llevaba 2 años entrenando ya…

El maestro Albiore me llevó mi desayuno como todas las mañanas, sentándose frente a mí en la mesa.

Hoy llegará un nuevo aspirante a santo. Es un niño que entrenaré para conseguir la armadura de Andrómeda.

¿Un niño?

Sí, June. Ahora tendrás un compañero de tu edad. Espero que ambos se lleven bien.

Sí, maestro —respondí respetuosamente.

Ahora, termina tu desayuno. Espéranos en el campo de entrenamiento.

¿Puedo ir con usted, maestro?

Es mejor que no, June.

Está bien, maestro.

Lo vi salir, mientras me preguntaba qué clase de niño llegaría a aquella isla olvidada a recibir un entrenamiento durísimo. Comí rápidamente, presa de la curiosidad y salí corriendo hasta el campo de entrenamiento. Esperé mucho tiempo sentada sobre una roca. Empecé a pensar que el maestro me había engañado, pues se estaba demorando demasiado. Hasta que al fin lo vi a lo lejos en el camino. Al principio parecía venir solo, pero después de un momento, pude ver que alguien lo acompañaba.

—Ese alguien eras tú.

—Sí, recuerdo ese día —dijo Shun, haciendo memoria.

Mi viaje hacia isla Andrómeda fue horrible. Un barco carguero sin ninguna comodidad me llevó hasta un muelle. Apenas bajé ya me estaban subiendo a un bote que me llevó hasta la isla. Todos los días que duró el viaje me habían dado el mínimo de comida, solo para llegar vivo aquí. Cuando vi al maestro de pie en la orilla, pensé que moriría y que no tendría ninguna oportunidad de ganar la armadura. Siempre fui considerado un niño débil, dependiente de su hermano, hasta el punto de que él se sacrificó para ir al lugar que a mí me había tocado, la Isla de la Reina Muerte.

Ven aquí niño —me llamó el maestro—. Soy Albiore y desde hoy estarás bajo mi mando.

Un gusto, mi nombre es Shun —contesté apenas. La escasa alimentación que había tenido esos días, que nunca supe cuántos fueron, me estaba pasando la cuenta y estaba realmente exhausto. Intenté avanzar unos pasos, pero sentí un mareo que me hizo trastabillar. El maestro se acercó, me sostuvo y notó de inmediato mi debilidad.

¿Cuándo fue la última vez que comiste?

Ayer en la tarde, señor.

Dime maestro —dijo seriamente. Me arrastró del brazo hasta dejarme sentado en una roca y sacó de un pequeño bolso unas frutas—. Toma, come.

Gra-gracias, maestro —respondí. No recuerdo qué fruta era ni qué sabor tenía, pero para mí fue la más deliciosa en mucho tiempo. Después de reponerme, me dijo que lo siguiera. Caminamos un rato, el que fue suficiente para darme cuenta que este lugar no era un paraíso, muy por el contrario, estaba más cerca del mismísimo infierno. Pero, de algo me di cuenta en ese momento y fue que aquel que sería mi maestro era una persona amable que permitiría que mi entrenamiento fuera un poco más ameno. Caminaba distraído por el entorno, cuando de pronto fijé mi vista al frente y ahí, sobre una roca vi a alguien...

—Esa eras tú, June —aclaró con una sonrisa.

Ambos se quedaron unos segundos en silencio reflexionando en el instante de sinceridad que se habían permitido. Pocos eran esos momentos, pues evitaban estar mucho tiempo a solas, cada uno debido a sus propios motivos, que sin saber eran los mismos del otro.

—Mejor, sigamos buscando el libro —dijo June, interrumpiendo aquel silencio.

—Sí, tienes razón —respondió Shun—. Ya había olvidado que vinimos por el libro.

Continuaron su búsqueda cada uno con sus propios sentimientos revolucionados debido a la reciente conversación. June sentía los latidos fuertes de su corazón y una extraña alegría de saber que estaba en un momento cotidiano junto a su amigo. Movió unas cajas que sabía que contenían varias cosas importantes, pero, sin darse cuenta pasó a llevar la otra pila de cajas que estaban junto a ellas. Shun, de reojo pudo ver que su amiga necesitaba ayuda y, con agilidad se acercó, la tomó de la mano y la tiró hacia él, recibiéndola en su pecho.

Como todo fue muy rápido, June no supo cómo ni por qué, pero de un momento a otro se sintió rodeada por los brazos de Shun que la sostenían con firmeza. Sus latidos acelerados le hacían creer que de un momento a otro su corazón se saldría de su pecho.

Shun, por su parte, solo se limitó a hacer lo que pensaba que era lo correcto en ese instante, pero, después de sentir el cuerpo cálido de June entre sus brazos, no pudo evitar ponerse nervioso y ruborizarse. Tembloroso aflojó el abrazo y permitió que la joven se apartara un poco.

—Pe- perdón… las cajas iban a caer sobre ti —dijo tartamudeando. Volteó su cara para mirar a otro lado y puso su mano sobre su rostro, ordenando su cabello, para evitar que ella notara su nerviosismo.

—¡Ah! Las cajas… gracias —contestó June. No sabía si esa respuesta la ilusionaba o no. Shun había tenido la amabilidad de ayudarla, pero estar en sus brazos había sido tan placentero, a pesar de lo nerviosa que la ponía.

—¿Habías encontrado algo antes de que te interrumpiera?

—Sí. Justamente había encontrado la caja que, según recuerdo, tenía unos libros muy importantes.

Se acercaron a ordenar todo lo que había caído, hasta que June pudo divisar entre aquel caos lo que necesitaba. Al abrir la caja, rebuscó entre los libros, hallando al fin el que estaban buscando.

Los nervios de ambos aún estaban a flor de piel y al sentir el contacto del roce de sus manos al tomar el libro al mismo tiempo, no pudieron evitar mirarse mutuamente. June podía ver la cara confusa y sonrojada de Shun, sin embargo él no podía saber qué pasaba debajo de esa máscara. En un impulso de su corazón, soltó el libro de una mano y la acercó al rostro de su amiga, acariciando apenas aquel frío metal. Ella, confundida y totalmente nerviosa, retrocedió un paso y decidida salió corriendo de la cabaña sin rumbo.

—¿Qué fue eso? —se preguntó June cuando al fin detuvo su carrera—. Shun… él… él…

Su confusión era cada vez mayor y comenzó a sentir que poco a poco el aire le hacía falta. Daba vueltas en círculos intentando calmarse, pero su corazón se aceleraba cada vez más debido al recuerdo de los dedos de Shun tocando sutilmente su máscara.

—¡June! —escuchó que gritaba su nombre desesperado. No sabía qué hacer, si salir huyendo de nuevo o si esperar a que le diera una explicación a su actitud. Pero, ¿qué esperaba que le dijera?

—No, Shun. Ahora es mejor que no hablemos —dijo al fin, cuando él ya estuvo a su vista.

—Perdón June, yo no quería que te sintieras mal. Solo déjame explicarte —habló suplicante, mientras caminaba hacia ella. Sin embargo, ¿qué iba a decir? ¿Acaso había una explicación lógica a lo que se había atrevido a hacer?

—Shun… yo…

—June, por favor.

—Está bien, pe-pero, quédate ahí. No te acerques tanto… —aceptó nerviosa. Antes no hubiera tenido problemas para abrazar a Shun, para tomar su mano o para que él acariciara su rostro. Entonces, ¿por qué ahora le era tan difícil? ¿Qué había cambiado?

—Perdón —dijo resignado—. No quería invadir tu espacio, solo fue un impulso. Ni yo mismo puedo explicarme bien qué es lo que me sucede.

¿Acaso se siente igual que yo?, pensó June. Un destello de alegría atravesó se pecho y las cosquillas volvieron a su estómago. Observó cómo Shun daba vueltas, tal como ella lo hiciera minutos antes, y se tomaba el cabello nervioso. Se notaba confundido y apremiado por algo desconocido, inquieto por emociones recién descubiertas… se notaba igual que ella. Y de pronto una paz la llenó en su interior, una paz producida por una certeza: al fin había encontrado la respuesta.

—Shun… ¿qué día es tu cumpleaños? —preguntó con voz nerviosa pero decidida. Él detuvo su andar y la miró confundido, sin entender el drástico cambio de actitud—. Sólo dime, por favor.

—El 09 de septiembre. ¿Por qué?

—Para que lo celebremos juntos. Hagamos tu primer cumpleaños Shun. ¿Qué te parece?

—E- está bien —respondió aun indeciso ante su propuesta—. Pero, ¿por qué este cambio, June?

—No te preocupes por lo que pasó. Te entiendo. Es mejor dejar las cosas así. ¿Te parece que volvamos a la cabaña?

Así los dos volvieron sus pasos hacia el lugar del que hacía unos instantes habían salido completamente nerviosos. La joven iba más tranquila, teniendo al fin una respuesta clara a su dilema y sabiendo que muy pronto iba a descubrir si estaba en lo correcto o no. En cambio, él iba más confundido y preocupado que nunca, después de todo, se había atrevido a hacer algo impensado. Le preocupaba que eso alejara a su amiga de su lado, que su actitud imprudente hiciera que ella se apartara definitivamente. Sin embargo, su repentino cambio e interés en su cumpleaños, para el que faltaban solo unas semanas, le parecía intrigante.

Shun llevaba varios días leyendo el libro de su maestro. Había averiguado que el Santo de Virgo siempre se restringía de un sentido para acumular su cosmos y de esta forma incrementar y manipular su poder a voluntad. Y ahí estaba de nuevo frente a la playa intentando descubrir qué sentido podría él restringirse.

—Shaka siempre tenía sus ojos cerrados —recordó—. Además, Shiryu fue capaz de alcanzar el séptimo sentido aun ciego y después volvió a ver.

Entonces, decidido desenvolvió las vendas de sus brazos y cubrió sus ojos para evitar a toda costa poder ver. Comenzó poco a poco a encender su cosmos para lograr iluminar su ahora negro camino. Al principio le costó acostumbrarse a la sensación de oscuridad, pero paulatinamente empezó a divisar el color de su aura rodeándolo, permitiéndole "ver" sus manos. Fue extendiendo su cosmos con cautela, el cual, tal como si fuera una vela tenue, le permitió observar su alrededor. Una roca a cierta distancia llamó su atención.

—¿Lograré destruirla? —se preguntó.

Recordó sus cadenas, aquellas fieles compañeras que estuvieron con él en tantas batallas. Las imaginó en su mente, las sintió colgando de sus manos, frías y firmes, capaces de protegerlo a toda costa. Y, en un impulso, su cosmos en forma de cadenas salió disparado de sus manos pulverizando la roca. Él mismo quedó impresionado de lo que había logrado. En los pocos meses que llevaba en la Isla el estudio, le meditación y la constante práctica lo habían llevado a profundizar sus propias técnicas, permitiéndole manejarlas a mayor grado. Mantuvo su entrenamiento toda esa tarde, fascinado de sentir su cosmos fluir en forma de cadenas rompiendo la oscuridad que lo rodeaba.

—¿Cómo te fue hoy?

—¡Genial! Gracias al libro que encontraste pude descubrir una nueva técnica.

—¿En serio? ¡Qué bueno que te haya servido! ¿Me la enseñarás?

—Aún no puedo. Tengo que pulirla. No quiero imaginar que podría causarte daño —dijo sincero.

—Está bien —aceptó resignada. Le encantaba saber que Shun se preocupaba por ella—. Tengo casi todo listo para tu fiesta. Solo faltan unos días…

—¿Hablas en serio? ¿Y por qué no me has pedido ayuda?

—Es tu fiesta, tiene que ser una sorpresa, creo yo.

—Mmm, puede ser. Pero, prefiero que sea una fiesta para ambos, después de todo tu cumpleaños pasó sin que lo celebráramos.

—¿El mío? Eso ya pasó, pero si tú quieres…

—Eso prefiero. Así que si necesitas algo, avísame para poder ayudarte, aunque solo tú tengas el control de toda esta isla.

Desde aquella confusa conversación, ambos habían relajado más sus actitudes mutuas y podían conversar con más naturalidad. Se estaban permitiendo vivir el día a día, disfrutando de su compañía antes de que se viera alterada con la llegada de su aprendiz.

Así, tranquilamente pasaron los días hasta que llegó la fecha esperada.

—¡Feliz cumpleaños, Shun! —gritó la amazona afuera de su cabaña.

Aún no terminaba de amanecer y él aún estaba acostado en su cama. Pero, al escuchar su voz, saltó rápidamente y se alistó para salir. Ella le había dejado claro que era necesario salir muy temprano, porque tendrían que caminar mucho para llegar al lugar donde había preparado todo. Unos diez minutos le tomó estar listo para partir.

—Perdón por la tardanza —se excusó, ordenando su cabello.

—No te preocupes, hoy es tu día —dijo alegre.

—Eso suena demasiado para mí, jamás en mi vida he tenido un día para mí —reflexionó el santo.

—Bueno, hoy lo tendrás. Al igual que tu deseo…

—¿Mi deseo?

—Sí. Hoy es tu cumpleaños, debes pensar en algún deseo que tengas y al terminar este día lo cumpliré, si es que está en mí poder hacerlo, claro.

El joven se quedó meditativo, intentando entender el propósito de su amiga. ¿Acaso se habrá dado cuenta?, se preguntó.

—Está bien, lo pensaré —respondió decidido.

Una hora tardaron en llegar a aquel lugar preparado por June. Una playa pequeña de arena blanca, enmarcada por enormes rocas y en medio, un toldo de fabricación casera.

—Tuve que ingeniármelas para no achicharrarnos de calor —reveló la chica.

—Muy inteligente de tu parte —le halagó.

—Entonces, joven santo de Athena, le invitó a pasar a su fiesta.

—Muchas gracias, bella doncella —dijo haciendo una reverencia, como hubiese visto en alguna película en algún lugar en sus brevísimos días de paz entre guerra y guerra.

June no pudo evitar ponerse nerviosa ante su actitud caballerosa y sintió cómo sus mejillas se acaloraron. Él era especial y le hacía sentir que ella también lo era. Con alegría ambos caminaron hacia la playa, viendo el hermoso sol reflejado en el océano. ¿Cuándo se había vuelto bella la isla o en realidad nunca habían notado su belleza?

La amazona tenía prácticamente todo dispuesto bajo ese pequeño toldo que los protegía de los feroces rayos del sol. Un desayuno preparado con cosas que Shun nunca había visto ahí, traído quizás por quién, quien sabe cuándo. Lo importante es que ahí estaban disfrutando del momento de tranquilidad, hablando de cosas triviales y profundas a la vez, compartiendo aquel momento especial.

—Para Ikki todo fue más difícil —reflexionó el joven de verdes cabellos—. El trato que le dio su maestro fue muy duro, él sufrió mucho…

—Lo siento mucho, Shun…

—Bueno, eso ya no se puede cambiar. Al menos, me alivia pensar que tuvo alguien a su lado en esa tormentosa isla.

—¿A alguien?

—Sí. Él me contó que había una chica, Esmeralda. Ella lo cuidó de sus heridas y le dio el apoyo para llegar a convertirse en santo. Así como tú lo hiciste conmigo… —reveló con sinceridad. Ella podía ver la transparencia de su alma a través de su mirada agradeciéndole su atención.

—Y lo volvería a hacer, Shun. Tú eres alguien especial en mi vida, por algo no quería que fueras a combatir el Santuario.

Y ahí estaba lista la oportunidad para que él preguntara aquello que lo traía confundido y alterado desde que la volvió a ver con máscara. Pero, temía ser imprudente como la vez anterior.

—¿Te acuerdas lo que te conté de mi entrenamiento?

—Sí. El que aprendiste ahora último.

—Quería mostrarte mis avances, pero a la vez quería pedir mi deseo. ¿Será posible?

Esa petición tomó por sorpresa a la amazona. Pensaba conceder su deseo, pero nunca pensó que su estómago iba a llenarse de mariposas ante su inminencia.

—S-sí, claro —contestó nerviosa.

El santo desenvolvió de nuevo las vendas de sus brazos, tapando su visión, tal como llevaba haciéndolo los últimos días de entrenamiento. Se puso de pie y sin dudar avanzó hacia ella, extendiéndole su mano con seguridad. Impresionada, June le concedió su mano y permitió que la alzara. Caminaron un rato por la playa tomados de la mano, disfrutando el placer de sentir el contacto de sus dedos.

—¿Cómo lo haces? ¿Cómo puedes ver si tienes los ojos vendados?

—Es el poder del cosmos. Puedo "ver" gracias a él.

—Eso es magnífico… cada día me impresionas más.

—Ahora, ¿puedo pedir mi deseo? —preguntó Shun, a la vez que detenía sus pasos y se ponía frente a ella.

—Claro. ¿Cuál es tu deseo?

—Deseo… deseo que te quites la máscara… —reveló casi susurrando.

—Pe-pero… —dudó al comienzo June. "Todo parecía más fácil en mi imaginación", pensó—. Pero, tienes tus ojos vendados, ¿de qué serviría?

—No quiero invadir tu espacio, June, me conformo con solo saber que estás frente a mi sin esa máscara.

—Está bien, Shun —contestó decidida.

Con temblor en sus manos, retiró lentamente aquel metal de su rostro hasta que al fin se sintió libre de él. Con ansiedad, alzó la vista para encontrarse con los ojos vendados de su amigo. Vio una sonrisa en su rostro, que le revelaba que ya estaba al tanto de que se encontraba descubierta. Él se acercó y nervioso por lo que se proponía a hacer, alzó sus manos temblorosas hasta rozar sus mejillas. Ella dejó que siguiera con lo que pensaba, entendiendo que se había tomado las molestias para no hacerla sentir mal otra vez. Pero, el solo contacto de sus dedos sobre su piel la alteraba profundamente y aceleraba sus latidos otra vez. Con asombro vio el cosmos de Shun rodearla, transmitiéndole una calidez inconmensurable.

A su vez, el futuro santo de Virgo, extendió su cosmos alrededor de June, deseando ver su rostro en su mente. Sus manos apenas rozaban la piel de sus mejillas, pero las facciones de ella aparecieron al contacto con su aura, su perfilada nariz, sus ojos impresionados, sus suaves labios. Incluso podía percibir sus mejillas más sonrojadas que el resto de su piel. Daba gracias al poder de su nueva técnica que le permitía ver aquel rostro que anhelaba.

—Eres hermosa June —soltó sin pensar.

Y esas palabras fueron suficientes para ella. Su respuesta estaba clara… lo amaba, lo amaba con todo su corazón. Anhelaba estar a su lado, escuchar su voz, sentir su piel. Si en algún momento no supo qué era lo que sentía, ahora estaba completamente claro.

—Shun, yo…

—Perdón, no quise hacerte sentir mal. Sé que la ley de las amazonas te impide… —intentó excusarse, a la vez que soltaba su rostro.

—No… no es eso. Mírame, por favor —dijo, decidida, tomando el rostro de él con sus manos—. Pero, mírame de verdad…

Y diciendo eso, retiró las vendas que cubrían su vista. Shun, al comienzo dudó en abrir los ojos, pero, al sentir que ella aún lo sostenía, alzó la vista poco a poco, volviendo a ver ese rostro tan anhelado. Detuvo su mirada en aquellos profundos ojos azules que tantas veces distrajeron su mente y que al fin estaban frente a él, más hermosos de como los recordaba.

—Gra-gracias, June. Cumpliste mi deseo, tal como prometiste…

—Este también era mi deseo…

Continuará…


Notas: Hola! En verdad espero que hayan disfrutado este nuevo capítulo… mi imaginación anda a mil, pero temo cometer errores de redacción, historia o trama.

Agradezco enormemente a quienes se pasan a leer esta historia y espero poder transmitir los sentimientos para que al menos se emocionen con ella.

Muchas gracias también a quienes se toman el tiempo de comentar ya que solo así puedo saber si estoy haciendo un trabajo llamativo para ustedes.

Hasta el martes y que pasen muy buena semana...

Selitte :)