A gárgolas, sirenas y ladrones.


A Kurama no le gustaba admitirlo, pero era divertido.

Por más que Youko actuara como un sinvergüenza sin recato alguno y tuviera variedad de demonios, inclusive caza-recompensas, detrás de el cómo sus enemigos, era divertido, cuando se convertía en él.

- No quiero vacilación. Tengan en honor de morir en campo de batalla antes de ser capturados o convertirse en estorbos.

Los bandidos, seguidores de Youko, asintieron a su cruel discurso. Eran quince en total, todos con poderes diferentes y algunos únicamente hábiles, pero no lo suficientes para compararse con el equipo que Youko, Koronoe y otros tres habían formado en el pasado. Cuando abandono forzadamente el mundo demoníaco, dejo de saber de ellos. Debía conformarse con los seguidores suicidas que tenía. Fuera de eso, confiaba en su plan.

La gema Nogard. Su próximo objetivo.

La valiosa gema de la que se decía que conservaba un líquido rojo en su interior era famosa por su belleza y el misterio de su procedencia, que nadie pudo desvelar. De color rojizo oscuro, ligera y de apariencia tenue, era un tesoro fascinante. Los tesoros con misterios sin conocer eran estimados por todos. Especialmente por ladrones.

Habían rumores de que no podía ser destruida ni con el ataque de un demonio rey. Que formaba parte de un antiguo rito, una leyenda urbana del Makai olvidada llamada el "Amo de las Estaciones". Dicha gema estaba resguardada a kilómetros de cualquier sitio poblado, hundida en una laguna de gárgolas y de sirenas monstruosas. No había ni uno del que se escuchase que hubo conseguido la gema y que no se le conociese fallecido.


Cuando llegaron al lugar, a las orillas de un gran manantial con cascada, Youko le aviso a su equipo que mirasen a otro sitio cuando las sirenas se le acercaran y cuando no hubiera forma de lograrlo cerraran los ojos o se cubrieran, no solo los ojos, también la nariz. Las sirenas, feroces cuando se enfadaban, se traían un aroma pestilente que dejaba inconsciente a débiles demonios que, sospechaba Youko, su compañía era en gran parte. Les sugirió cubrirse con barro, hojas, piedras, lo que encontrasen, los oídos. Se comunicarían entre señas y los explosivos de Kesuishi, un demonio de piel rocosa, quien daría la indicación a todos para marcharse una vez terminado el trabajo.

Youko tuvo sus dudas y mucha razonable desconfianza, pero había calculado sus estrategias basándose en las habilidades de sus compañeros. Sabia donde debía estar uno y actuar como lo había pensado. A los cinco minutos de haberlos tomado a prueba, reconoció las artes de cada uno y su carácter, para ingeniárselas en un ataqué como ese.

Lógicamente, un sitio en el que se albergaba un valioso tesoro tenía atención cautelosa. Habrían recibido muchos "invitados" como ellos, que adoraban las sirenas pues se alimentaban de su energía y las gárgolas de los restos orgánicos. Sin embargo, en vez de hacer un inesperado ataque, Youko decidió aparecer como si fueran parte de esa cultura de caníbales. Su idea no fue tomada muy al gusto por sus compañeros, pero al cabo de unos segundos, con la demostración de su poder en la cabeza de un demonio juicioso, todo quedo a su favor.

Midió la distancia. Reconoció las trampas cerca de la gema Nogard, la cual estaba sobre unas piedras en agua de sangre y cabellos, con las sensuales pero mortales sirenas que esperaban a que se acercara. Nadie cuestiono las ordenes mudas de Youko y continuaron, como si nada, hacia a delante. Hasta que fue suficiente y comenzaron.

Ataque. Destrozo. Alas renacidas de la piedra, transformándose de inmóviles estatuas a gárgolas furiosas. Sirenas de boca gigante y maloliente. Armas, espadas y explosivos. Todos quedaron expuestos.

Youko miro a su alrededor. Quedaban siete de pie. Era mejor de lo que había esperado, considerando su insuficiente energía y fuerza para una situación riesgosa como esa. Las guardianes se estaban entreteniendo con ellos y no dudo en aprovecharse de la ocasión, cuando el tesoro estaba desprotegido. De un salto, con el brazo hacia abajo y la palma abierta, cruzo el lugar donde posaba la gema Nogard y la tomo entre sus dedos. Cuando lo hizo, no se esperó la descarga de energía hiriente de la gema.

Se arrodillo al volver a tierra. Se miró la mano con la gema encendida de rojo llameante. Estaba quemada. La gema ciertamente parecía guardar un poder, porque al tocarla sintió algo en el desconocido interior como el agua dentro de una botella. Era una mezcla de rojo y púrpura, que se movía de forma serpentina y transmitía una sensación de cierto temor. A Youko no le causo más que admiración de regocijo. Coloco la gema sobre el suelo y en unos pocos segundos el dicho objeto se cubrió de la misma tierra. Ahora era una piedra corriente, recubierta de raíces y barro. No sabía que poderes tenia, así que lo mejor era asegurarla. La tomo de nuevo entre manos, aliviado a que los misteriosos poderes no cruzaran la cubierta de raíces.

Hizo una señal y grito a su compañía.

Retirada.

Victoria interrumpida.

Al salir del territorio de las sirenas, con las gárgolas persiguiéndoles hasta el límite de sus tierras, los rufianes se encontraron con otro altercado. Youko no conocía al hijo de Raizen, pero vio cómo su obstáculo a un humano de poderes espirituales y demoníacos formidables. Apretó sus dientes. Alguien de esa combinación, había oído, era un detective espiritual, por lo tanto muy fuerte y problemático.

Youko no reconoció al hijo de Raizen como Yusuke, porque su disparo espiritual había dado a uno de sus aliados a larga distancia y no pensó en el más que como un justiciero que sacar del camino.

- No hay escape. Esto se acabó.

- No creas- dijo Youko, dedicándole una sonrisa ladina, sin molestarse en saber dónde estaba- Cuando mis enemigos hacen un movimiento, yo ya hice el mío.

El hogar de las sirenas había sido un sitio sustancialmente en el agua y el lugar en el que estaban en ese momento era prácticamente un desierto de naturaleza, contra eso, Youko pudo encontrar rastros de vida y las sacrifico al volverlas un arma, cuyos pétalos eran la munición al ataque, a una velocidad impresionante. No necesito dar órdenes porque sus hijas gigantescas ya estaban en lo suyo. Antes que alguien pudiese reaccionar al ataque, Youko ya tenía en mano su Látigo de Rosa.

Sus aliados disminuyeron en cantidad y en asalto. Estaban agotándose. Calculo que quedarían dos de pie. Vio de casualidad a Yusuke huyendo de sus criaturas, que comenzaba a dominar a su beneficio. Gruño. Él era más poderoso, pero contra el detective espiritual las probabilidades eran de igualdad para ambos. No pensaba huir. Iba a dar pelea y estaba resuelto a demostrar que aun, contra las costumbres humanas de su otro yo, continuaba siendo el mismo de hacía tiempo atrás.

Una nube negra lo desconcertó.


El Maestro del Jagan había estado un poco más lejos del lugar de batalla, en espera a que el ladrón jefe apareciese y le diese pelea, solo ellos dos. No creía que Yusuke, aun con su poder, pudiera con el kitsune. Pasado unos minutos se hartó y utilizo su Tercer Ojo, conocido como el Ojo Demoníaco, dándose por enterado que el legendario demonio estaba en posición de combate contra Yusuke. No, ya había esperado suficiente. Salto de la copa del árbol en el que había estado esperado y utilizo su velocidad para llegar antes que diera inicio la batalla entre el bandido y su compañero. Cuando Yusuke empezaba una pelea no quería interferencia y allí era realmente temible, fuera de eso, Hiei respetaba esa ideología.

Se apareció ante el afamado ladrón con el producto de una llama en su mano. Llevaba un guardarropa de eterno negro a excepción de una cinta rodeando su cintura y unas vendas que conservaban su máximo poder en el límite, por sobre su rostro (similar a Mukuro, pero con menos pergaminos y los dos ojos abiertos). Sus ojos destellaban brillante rojo y la espada en sus manos revelaba su talento.

No se podía reconocer a Hiei sino viéndolo de cerca, por la mitad de su rostro cubierto en vendas, su vestimenta que daba la impresión de un atuendo de combate y su yoki cambiado de intensidad. Urameshi quedo relevado.

Youko recibió tres hábiles ataques con la espada, llegando a gemir por causa de una herida, no profunda, en la parte superior de su espalda. Se asombró de la agilidad experta de su nuevo combatiente. Existían demonios veloces pero este parecía ser la superación de todos.

Con los colmillos apretados, lo sintió venírsele desde arriba, reconoció su sombra en acto de parpadeos y detuvo la cruenta embestida con su Látigo, quedando la planta filosa y la katana destructiva cruzadas. Realmente era fuerte. Se concentró en conseguir una estrategia mientras ambos hacían fuerza contra el otro. En eso reconoció la marca del Ojo Demoníaco.

- El Maestro del Jagan.

- Legendario zorro… Debiste quedarte lejos. Tu fama es tan vieja que es un desperdicio.

- Los poderosos…- murmuro el aludido - Somos la historia de vuestra voluntad.

- Muere con esa filosofía.

Aprovechando su estatura, empujo al kitsune con fuerza, con los pies en su pecho, y se dio impulso para atrás, a una corta distancia para ver como el bandido se reponía con su arma de rosas.

- Que valga mi tiempo, zorro- le señalo con la espada, una vez en el suelo desértico.

- Vaya que eres apasionado.